Capítulo 5

Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.

Y no era de extrañar que les mirara sorprendida, ya que la imagen que tenía ante ella era, por lo menos, inusual. Incluso se hubiera alegrado por la infanta Elvira si hubiera sido otro el que la estuviera consolando. Pero el mero hecho de que fuera Ruy hizo que la sorpresa inicial se tornara automáticamente en recelo y celos.

Incómodo por la interrupción en sí misma, y por la circunstancia añadida de que fuera precisamente Jimena quien les hubiera encontrado, Ruy apartó automáticamente su mano de la cara de Elvira, y dio un paso atrás para distanciarse de ella. Llevaba toda la noche queriendo tener un momento a solas con Jimena para preguntarle por qué había accedido a casarse con Orduño, y ahora que, por fin, se presentaba la oportunidad antes de que partiera para Castilla, no quería que su amada pudiera malinterpretar lo que acababa de ver.

"Jimena, me has dado un susto de muerte," susurró la infanta, deseando haber buscado un lugar aún más escondido para hablar con Ruy. Todavía no había acabado de decirle todo lo que quería hacerle saber, y no le apetecía hacerlo delante de Jimena. Su fiel dama de compañía nunca le había confiado sus sentimientos hacia Ruy, pero Elvira no estaba ciega y había comprobado en infinidad de ocasiones cómo se miraban: exactamente como le gustaría que Ruy le mirara a ella.

"Lo siento, mi Señora, estábamos preocupadas cuando hemos visto que no estaba en su alcoba. La infanta Urraca insistió en que comprobáramos que estaba bien…" le contestó Jimena procurando, no sin esfuerzo, fijar su mirada en ella e ignorar a Ruy, que la miraba fijamente.

"¡Qué detalle el de Urraca!" exclamó Elvira sarcásticamente. "Puedes decirle que no tiene nada que temer, con una muerta en la familia por hoy tenemos suficiente," añadió, secándose las lágrimas con ambas manos, deseando que fuera la mano de Ruy la que lo hiciera como justo antes de la interrupción. "Lo dicho, Ruy, cuídate y cuídalo mucho, por favor. Intentaré hablar con él por la mañana pero dudo mucho que me haga caso…" dijo finalmente dirigiéndose a Ruy. Le habría gustado decirle mucho más, incluso abrazarle para despedirse, pero confiaba en que su mensaje hubiera quedado claro: no quería perder a su hermano favorito y a su mejor caballero por un Señorío en Toro. También deseaba proteger a su hermano pequeño, García, y que él saliera indemne de la confrontación, pero eso se lo tendría que pedir a Nuño, su privado; trasladar dicha responsabilidad a Ruy hubiera sido demasiado.

"Descuide mi Señora, le protegeré con mi vida," le aseguró él, bajando respetuosamente la cabeza.

Sin más dilación, y tras sonreírle tristemente, Elvira se dio la vuelta y comenzó a caminar por el pasillo camino de sus habitaciones. La luz de las antorchas del corredor iluminaba su menuda silueta, envuelta en la sencilla chaqueta de Ruy, quien, distraído por su elegante porte, la siguió con la mirada. Jimena iba a seguirla cuando El Campeador la cogió de la mano y la condujo suavemente al fondo de la estancia. En todo el tiempo que llevaban suspirando el uno por el otro habían sido muy contadas las ocasiones en las que habían tenido contacto físico y ambos sintieron claramente el efecto del roce de sus manos; Ruy cerró brevemente sus ojos en un esfuerzo por hacerlo perdurar, mientras que Jimena intentó con todas sus fuerzas ignorarlo.

"¿Qué estás haciendo? ¿No te basta con Amina y ahora también la infanta Elvira?" preguntó ella, enfadada, soltando bruscamente su mano y apartándose de él.

Sorprendido por su reacción, Ruy no se paró a pensar en cómo podía interpretar ella lo que acababa de ver. "¿Por qué te casas con Orduño?" preguntó, acercándose a ella, impaciente por recriminarle su actitud.

Jimena frunció el ceño, confusa y enfadada, moviendo ligeramente la cabeza y dando un paso atrás para poner cierta distancia entre ellos. Le parecía mentira que tuviera que explicarle la razón por la que, celosa y herida por lo que había visto en el banquete, había decidido seguir adelante con su compromiso, cuando él no tenía reparos en mostrar su relación con Amina en público, ni en esconderse con la infanta para… ¿seducirla? Jimena tragó saliva antes de hablar. "Porque estás con Amina, y al parecer también lo intentas con mi Señora…"

En ese momento Ruy comprendió que Jimena había malinterpretado todas sus interacciones con ambas, y quiso explicarse. "No estoy con ninguna de las dos, Jimena. Prometí que te esperaría, ¿recuerdas? Y tu lo prometiste también…" dijo, impaciente. Pensaba que lo que sentían el uno por el otro estaba por encima de cualquier tipo de injerencia externa y le ofendía, y mucho, que Jimena dudara de él. Al fin y al cabo, ella era la que estaba prometida, veía a su prometido a diario, y él nunca había dudado de ella.

Jimena negó con la cabeza; el dolor y los celos le impedían recordar su parte en la promesa que se habían hecho. "Lo siento, Ruy. Os he visto a Amina y a ti en el banquete, y ahora con doña Elvira… ¡Su madre acaba de morir!"

Ahora era Ruy el que comenzaba a enfadarse. "¿De verdad piensas que soy capaz de hacer algo así ? ¿Tan poco me conoces?"

Jimena dudó al oír las palabras de Ruy; efectivamente le conocía muy bien, y todo eso no parecía propio de él en absoluto. Pero al recordar las imágenes del banquete junto a Amina y la escena que acababa de presenciar con la infanta se dijo a sí misma que había tomado la decisión correcta. "Ya no confío en ti, me casaré con Orduño en cuanto sea posible…" dijo lentamente.

"Jimena…" Ruy intentó alcanzarla con su mano, pero ella se giró rápidamente.

"Por favor, no me busques más…" rogó apresuradamente antes de echar a correr por el pasillo siguiendo los pasos de su Señora.

Cabizbajo, Ruy suspiró, dejándola marchar. Había podido apreciar la desconfianza en los ojos de Jimena y no tenía sentido insistir si ella ya no confiaba en él. Lo único que podía hacer ahora era volver a ganarse su confianza, y no sabía cómo lo podía hacer si esa misma noche tenía que dejar León para preparar las tropas del rey Sancho. Y mientras muy probablemente él iría a la guerra, Orduño permanecería a su lado en la corte, agasajándola constantemente y, muy probablemente, aprovechando la más mínima oportunidad para trasladarle todo tipo de comentarios y rumores negativos acerca de Ruy.

Según abandonaba la zona noble de la corte para preparar su partida hacía Castilla, maldijo mentalmente a Amina y la relación que había mantenido con ella cuando había estado en Zaragoza años atrás: al final le había costado muy cara, le había hecho perder a Jimena. Malhumorado, notó más frío según se acercaba a su habitación, y al ir a arrebujarse en su burda chaqueta recordó que se la había ofrecido a la infanta Elvira para que dejara de temblar justo antes de que Jimena les sorprendiera. Curiosamente, no maldijo a la Señora de Toro ni deseó no haberse encontrado con ella esa noche; al contrario, recordó las dos conversaciones que había mantenido con ella en cuestión de horas con cariño y afecto, y sintió sinceramente no haber pasado más tiempo con ella. "Ojalá no tuviera que añadir una guerra entre hermanos al sufrimiento por la inesperada muerte de su madre," pensó, intentando olvidar lo bien que se había sentido estando tan cerca de ella en ambas ocasiones. Después de todo, ella era infanta de León y Señora de Toro, hija, nieta, sobrina y hermana de reyes, y él no era más que un recientemente nombrado caballero que había sido paje y escudero toda su vida. La reacción que había percibido en su cuerpo al estar cerca de ella, tanto en la diminuta despensa como tras el pilar de piedra, le parecía irreverente e irrespetuosa, además de unicamente achacable a su estado de ánimo tras conocer los planes de boda de Orduño y Jimena, por lo que era mejor olvidarla.

No lo sabían entonces, pero Ruy y Elvira tardarían semanas en volver a hablar. Para entonces Sancho se habría autoproclamado rey de Galicia tras ganar al ejército de su hermano García y haber descubierto las sucias maniobras de Alfonso y Urraca para diezmar a sus huestes; Elvira estaría aterrada por las consecuencias que estos hechos podrían desencadenar en su ya complicada vida familiar, y Ruy llegaría a la corte de León agotado físicamente y psíquicamente tras la dura batalla, y anímicamente destrozado tras haber sido rechazado por Jimena una vez más. Bajo dichas circunstancias, el encuentro del Campeador y la infanta cambiaría sus vidas para siempre.