Capítulo 6
Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.
Dos días después del fallecimiento de la reina Sancha, ésta fue enterrada en el panteón de reyes de la basílica de San Isidoro de León con la solemnidad propia de su posición, y ante su tumba primorosamente esculpida en piedra, Alfonso VI de León dio permiso a su hermano Sancho para que el ejército castellano atravesara el reino leonés camino de Galicia. Se confirmaban así los peores temores de la infanta Elvira, quien no había podido evitar que su hermano mayor declarara la guerra al menor a cuenta del Señorío de Toro que su padre le había legado a ella en su testamento.
Veintitrés largos días después, cuando Elvira vio llegar desde la muralla de León al ejército castellano tras derrotar a las tropas gallegas en Galicia, quiso gritar. En primer lugar, de alegría, porque, aunque magullados y claramente exhaustos tras la batalla, Sancho y Ruy cabalgaban solemnemente al frente de las huestes; y en segundo lugar, de tristeza, ya que tras ellos iba su hermano pequeño García, hecho prisionero. Si bien las noticias que les habían llegado del frente eran confusas, todas las fuentes coincidían en que se había librado una cruenta batalla y todo parecía indicar que ambos reyes habían sobrevivido. Elvira se alegró muchísimo de comprobar que sus dos hermanos y Ruy estaban vivos, maltrechos sí, pero vivos, y se apenó al ver a García prisionero de su propio hermano. ¿Qué tendría Sancho pensado para él? Se estremeció al pensar si habría considerado la pena de muerte; conocía el acusado sentido de la justicia que tenía el mayor de sus hermanos y, por lo tanto, temía por la suerte del pequeño.
Además, no podía olvidar el papel que sus otros dos hermanos, Alfonso, rey de León, y Urraca, Señora de Zamora, y, muy a su pesar, ella misma, habían jugado en esta fugaz y cruenta guerra entre Castilla y Galicia. Valiéndose de que para Urraca lo que su hermana Elvira sentía por Ruy era evidentemente más que aprecio, habían engañado vilmente a esta última, haciéndola creer que las tropas de Léon tenían instrucciones de atacar a Castilla por la retaguardia y matar a Ruy para que lo comunicara a Sancho y así éste dividiera su ejército, mermando así su poderío militar. Solo la rápida intervención de Elvira, primero, y de Jimena, después, una vez que descubrieron el engaño había evitado el desastre, pero la infanta sabía que el rey de Castilla, y ahora también de Galicia, no dejaría dichas artimañas sin castigo.
Intentó conversar con su hermano Sancho, pero estaba reunido con su privado Velarde y con Ruy discutiendo asuntos de estado, según le dijeron, y cuando se dirigió a los aposentos de su hermano García se encontró con que Sancho, con el beneplácito de Alfonso, había dado órdenes de encerrarlo en su alcoba y no permitir que nadie, ni siquiera su familia, lo visitara.
Desolada, y sin saber qué hacer hasta que Sancho acabara su reunión y finalmente pudiera hablar con él, se dirigió a la pequeña y oscura despensa en la que se había encontrado con Ruy la noche de la muerte de su madre. Desde aquel funesto día había acudido a aquella diminuta alacena con frecuencia cada vez que quería aislarse por un rato de todo lo que la rodeaba. Allí, rodeada de sacos y provisiones de lo más variado, polvo y telarañas, y alejada de las constantes atenciones de sus damas de compañía, que hacían todo lo posible por animarla, y de los mordaces comentarios de su hermana Urraca, podía Elvira llorar tranquilamente la muerte de su madre y la suerte de sus hermanos, sin tener que estar continuamente disimulando.
No era ajena al hecho de que de una infanta se esperaba que representara con dignidad a la corona en todo momento, y eso incluía aguantar estoicamente los reveses de la vida y dar ejemplo de sosiego y templanza a los demás en tiempos de zozobra, pero había veces en las que sentía que el mundo se le venía encima. ¿Qué pensarían sus padres si estuvieran vivos y vieran lo que estaba pasando entre sus hijos? ¿Seguiría su padre pensando que había sido una idea acertada el dividir los reinos a su muerte?
¿Y qué iba a hacer ella en Toro? Tarde o temprano tendría que instalarse allí definitivamente y encargarse del gobierno del señorío. Sabía que era perfectamente capaz de gobernarlo, y en el fondo estaba orgullosa de que su padre hubiera apreciado su capacidad y se lo hubiera legado, pero la exigencia de que permaneciera soltera de por vida que iba indisolublemente ligada a su herencia no casaba en absoluto con la idea que se había hecho de cómo sería su vida. Siempre había pensado que sus padres la desposarían con un apuesto príncipe extranjero, y que vivirían en la tierra de él, en el caso de que fuera un príncipe heredero; o en la de ella, si él no tuviera obligaciones dinásticas que cumplir en la suya. Pero ahora se encontraba con que estaba obligada a permanecer soltera y a abandonar su adorado León para vivir, sin nadie de su familia que la acompañara, en un aislado convento en Toro.
Llevaba ya un rato en la despensa cuando el ruido de la puerta la sobresaltó. Enfadada porque alguien había descubierto su escondite y probablemente ya no podría volver a estar tranquila en él, se secó rápidamente las lágrimas y se incorporó, pensando en la excusa que iba a dar para justificar su presencia en tan curioso habitáculo. Su sorpresa fue mayúscula cuando levantó la cabeza y distinguió claramente la silueta de Ruy recortada contra la luz del corredor.
A él justo le dio tiempo a ver que había alguien dentro mientras cerraba la puerta tras de sí, y antes de que la abriera de nuevo para dejar entrar la luz del pasillo y ver de quién se trataba oyó la suave voz de la infanta Elvira. "Ruy, ¡Gracias por cuidar de Sancho!"
Sin que le diera tiempo a contestar sintió cómo Elvira le abrazaba, encajando su cabeza entre su recio cuello y su fuerte hombro mientras comenzaba a temblar incontroladamente; el casual encuentro con la mano derecha de su hermano mayor estaba haciendo que comenzara a relajar toda la tensión vivida en las últimas semanas. Sorprendido tanto por la presencia de la Señora de Toro en tan curioso lugar como por el abrazo y la manera en la que temblaba, y no sabiendo qué decir ni qué hacer, Ruy se limitó a rodearla con sus brazos. Conmovido por su estado de ánimo e intentando tranquilizarla, se atrevió incluso a acariciarle el rubio y cabello suavemente mientras notaba como gruesas lágrimas humedecían su cuello, intentando por todos los medios ignorar el hecho de que lo único que separaba sus cuerpos eran los ropajes de ambos.
En ese momento Ruy estaba muy cansado y anímicamente derrotado. A la crudeza de la batalla librada en Galicia sumaba el nuevo desencuentro vivido con Jimena cuando ésta había ido a avisarle de la trampa que habían urdido Alfonso y Urraca. Allí solos, en un paraje aislado junto a una pequeña arboleda, y convencido de que Jimena había corrido el riesgo de ir a avisarle porque todavía sentía algo por él, y no solo porque la infanta Elvira se lo había pedido, se había lanzado a hacer algo que nunca había hecho: besarla. Pero la reacción de ella, apartándose rápidamente y espetándole "¿Qué haces? ¿Es que me has confundido con tu mora?" mientras le miraba con desprecio, le había dejado helado, y solo la imperiosa necesidad de reunirse a tiempo con su señor el rey Sancho para batirse contra Galicia le había impedido derrumbarse psicológicamente. Después de ese desafortunado encuentro en el bosque, que sólo había servido para empeorar la situación entre ellos, Ruy dudaba mucho que alguna vez fuera capaz de recuperar la confianza de Jimena.
Es más, al llegar a la corte leonesa y verla de nuevo había observado esa misma mirada en sus ojos, y tras reunirse con el rey Sancho y Velarde para tratar qué se iba a hacer con los prisioneros gallegos, García incluido, se había dirigido a la pequeña despensa en busca de paz y sosiego. Estaba muy dolido por la actitud de Jimena y sentía la urgente necesidad de estar solo un rato. Ni se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que la Señora de Toro hubiera buscado refugio en el mismo sitio que él.
Solo cuando notó que la respiración de Elvira se iba normalizando en sus brazos y que parecía estar más calmada se atrevió a hablarle, todavía sin moverse. "Daría mi vida por él, mi Señora," susurró, cerrando los ojos y dejándose llevar por lo agradable que resultaba que alguien a quien apreciaba le abrazara. Se sentía tan solo y tan perdido… ¿Por qué resultaba tan fácil hablar y tratar con doña Elvira, y tan difícil hacerlo con Jimena? La infanta no se apartaba de él ni le miraba con desprecio; es más, era evidente que estaba contenta de verle, y no rechazaba su contacto físico. No dudaba de que lo correcto sería excusarse y salir de la despensa antes de que alguien los sorprendiera en esa actitud, pero no quería herir los sentimientos de Elvira; sabía muy bien lo que era sentirse despreciado y no quería causarle aún más dolor. Así que, sin ser consciente de ello, al quedarse abrazado a ella en esa pequeña y oscura alacena tomó una decisión que cambiaría sus vidas y el curso de la Historia.
