Capítulo 7
Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.
Al oír sus palabras Elvira ladeó ligeramente su cabeza para mirarle, sin romper el abrazo que los unía; el sútil movimiento hizo que Ruy abriera sus ojos y le devolviera la mirada. Estaban tan cerca que la escasísima luz que se filtraba por las rendijas de la puerta les permitía verse con claridad a pesar de la oscuridad que reinaba en el diminuto cuarto, y el corazón de la infanta latía desbocado. Ni en sus mejores sueños había imaginado que un día estaría en los brazos de Ruy, aunque fuera llorando en busca de consuelo.
"Más te vale buscar otra manera de cumplir con tu deber...," murmuró ella. Recordaba con nitidez la tristeza que había traído a su vida la muerte de su primo Álvar hacía unos años, cuando aún era una adolescente, y no quería ni imaginarse lo que sería perder a Ruy, aunque, a diferencia de su primo, su relación con él hubiera sido siempre totalmente platónica. Por lo menos hasta ahora. Ese pensamiento hizo que se dejara llevar por sus sentimientos y le besara tímidamente en los labios. El contacto fue muy breve ya que Elvira se sorprendió rápidamente de su atrevimiento, retirando su cabeza hacia atrás mientras se sonrojaba.
Antes de que pudiera disculparse sintió las manos de Ruy en la parte superior de su cuello, y sus pulgares acariciándole las mejillas y secándole las lágrimas mientras la miraba fijamente, como si le pidiera permiso. A él también le había sorprendido el gesto cariñoso de la infanta, y le había gustado, pero no quería precipitarse. Sabía de la vulnerabilidad de Elvira, y de su sufrimiento en los últimos tiempos, y quería darle la oportunidad de echarse atrás por si se había tratado únicamente de un impulso en agradecimiento al servicio que prestaba a su hermano mayor. Lo último que quería era aprovecharse de ella; no lo haría con nadie, pero mucho menos con la Señora de Toro, infanta de León y la hermana pequeña y favorita de su rey para más señas.
Elvira advirtió, emocionada, la intención de Ruy, y asintió levemente. Solo en ese momento él la besó suavemente, reconociendo al momento cuan reconfortante resultaba ese tipo de intimidad con una hermosa mujer sin que recibiera una bofetada por ello, como había sucedido en el bosque con Jimena, o sin que ella le transmitiera un deseo agónico y una acuciante necesidad de posesión física, como pasaba siempre con Amina. Para cuando se dio cuenta, la infanta le había rodeado el cuello con sus brazos, acariciándole la parte inferior del cuero cabelludo mientras claramente le instaba con el movimiento de sus labios a que la besara más apasionadamente. En ese momento Ruy perdió el poco control que le quedaba y accedió a sus deseos, besándola sin descanso hasta que unos minutos después, en el frenesí del momento, la espalda de él chocó con la puerta causándole una instantánea mueca de dolor.
Elvira, asustada, se separó de él lo justo para que el peso de su esbelto cuerpo no lo empujara de nuevo contra la puerta. "¡Estás herido!" exclamó. "Tenías que habérmelo dicho, habría llamado al físico," susurró mientras intentaba liberarle del jubón y abrirle la camisa para comprobar el alcance de las heridas en su hombro izquierdo.
Ruy le cogió ambas muñecas para que dejara de desvestirle y la miró detenidamente, manteniendo sus cabezas muy juntas. La punzada de dolor que había sentido a lo largo de su espalda le había devuelto de golpe a la realidad. Bastante tenía ya con haberse besado de forma apasionada con la infanta en una oscura alacena que era poco más que un armario como para que encima ella le desnudara para intentar comprobar el estado de sus heridas... Pero Elvira, totalmente ajena a sus pensamientos, no se apartó, clavando sus claros ojos en los de él.
"No es nada, mi Señora. Lances de la batalla, sanarán solos…" dijo finalmente Ruy tras unos segundos de silencio, bajando después su cabeza en señal de respeto.
Por toda respuesta ella giró sus muñecas y deslizó sus brazos suavemente hacia arriba hasta entrelazar sus dedos de ambas manos con los de él, apretándolos tiernamente en señal de apoyo. Una vez más sorprendido y conmovido por la tierna muestra de afecto de Elvira, y olvidando de nuevo su posición y títulos, Ruy comenzó a acariciarle lentamente el interior de las muñecas con sus pulgares, provocando en ella un cosquilleo y una sensación de abandono que no había conocido nunca.
"Creo que deberías llamarme Elvira," fue lo único que ella fue capaz de decirle al oído mientras hábilmente se giraba en el espacio reducido en el que se encontraban hasta quedar apoyada en la puerta, para evitar que el magullado cuerpo de Ruy volviera a golpearse con ella. Sin soltar sus ásperas y encallecidas manos le besó de nuevo, encontrando por parte de él una respuesta del todo entusiasta.
Habían perdido toda noción de tiempo y espacio cuando, unos minutos después, oyeron voces que procedían del pasillo. Ruy y Elvira dejaron de besarse y se quedaron muy quietos, con los ojos muy abiertos, mirándose sin separarse, intentando escuchar lo que decían al otro lado. Percibieron que se trataba de Maese Orotz y Lisardo, y de su conversación se desprendía que estaban buscando a Ruy por toda la corte; al parecer el rey Sancho le había llamado con urgencia.
Al alejarse hacia el final del pasillo, las voces bajaron en intensidad y ambos se relajaron, todavía muy juntos. Ruy apoyó suavemente su frente en la de Elvira y cerró los ojos. Una vez más, la súbita interrupción le había devuelto bruscamente a la realidad. "Elvira, yo…" murmuró sin moverse, abriendo los ojos y dándose cuenta de que, dejándose llevar una vez más, la había llamado por su nombre de pila por primera vez en su vida. Aunque se conocían desde niños, siempre había sido 'Mi señora' para él, y siempre la había tratado de vos; sin embargo, ella siempre le había llamado por su diminutivo (poca gente le llamaba Rodrigo) y le había tuteado.
En ese instante, Ruy no sabía muy bien qué hacer; aturdido todavía por lo que acababa de pasar entre ellos, no dudaba de que su deber era acudir a la llamada de su rey y señor pero no quería dejar así a Elvira.
Ella le sonrió mientras echaba ligeramente su cabeza hacia atrás y le tomaba de las manos. Ruy no se lo había comunicado con palabras, pero por la forma en la que la miraba ella entendía perfectamente la disyuntiva ante la que se encontraba. "Ruy, siempre leal, atento y generoso," pensó, henchida de orgullo. "Ve, Ruy, no le hagas esperar," le dijo mientras se giraba para liberar la puerta que estaba bloqueando con su espalda. Por mucho que en ese momento Elvira deseara que ninguno de los dos abandonara la despensa en la que se encontraban, era plenamente consciente de que el mundo real se encontraba fuera de dicho habitáculo. Y en ese mundo real Ruy era un caballero a las órdenes de su señor el rey Sancho II de Castilla, y ella la Señora de Toro que debía cumplir con la última voluntad de su padre.
"Pero…" balbuceó Ruy. Estaba confundido viendo que Elvira se aprestaba a dejarle salir con total normalidad después de lo que había pasado entre ellos, sin hacer una escena (como normalmente solía pasar con Amina). Y comenzaba también a estar avergonzado, muy avergonzado, pensando que se había aprovechado de la fragilidad de su estado de ánimo para besarla durante un buen rato. En ese momento no se daba cuenta de que ambos estaban especialmente vulnerables por los acontecimientos de las últimas semanas; también estaba pasando por alto el hecho de que ella le había besado primero.
"Ve tranquilo, estoy bien…" le aseguró Elvira, abriendo el portón sin hacer ruido y dejándole pasar. Conociendo a Ruy, y su sentido de la lealtad y honor, tendría que prácticamente empujarle fuera de la despensa para que acudiera a la llamada de su hermano Sancho. Y así lo hizo, después de que él comprobara, asomando brevemente la cabeza, que no había nadie en el corredor.
Una vez que estuvo sola, Elvira cerró rápidamente la puerta y se apoyó sobre ella, cerrando sus ojos y sonriendo en la oscuridad. Todavía no podía creer que hacía solo minutos había estado en los brazos de Ruy y que se habían besado apasionadamente. Tendría que esperar un rato para volver a sus aposentos, para evitar el riesgo de que alguien pudiera ver que ambos habían salido de la alacena casi al mismo tiempo, e inventar una excusa si alguien le preguntaba dónde se había metido tanto tiempo, pero, sin duda, había merecido la pena.
Mientras Elvira fantaseaba con cuándo y cómo sería su próximo encuentro con Ruy, no podía dejar de preguntarse cuál sería la actitud de él. Elle era una mujer inteligente que sabía perfectamente que el Cid Campeador amaba a Jimena y se entendía con Amina, así que, ¿en qué posición quedaba ella? ¿Estaría dispuesto a repetir lo que habían hecho o, por el contrario, el sentido del deber que tanto admiraba en él le haría disculparse y mantenerse apartado de ella? No le extrañaría que eligiera la segunda opción, y, si así lo hacía, ella respetaría sus deseos y no le presionaría. Según esperaba que pasara el tiempo para poder abandonar la despensa sin que nadie la relacionara con Ruy, Elvira comenzaba a darse cuenta de que el breve y apasionado encuentro que habían tenido se debía únicamente a las especiales y duras circunstancias que estaban viviendo, y que, ante la posibilidad de que no volviera a pasar nada parecido, debía tomarlo como un regalo del cielo. Como una de esas experiencias que se vive una sola vez pero se recuerda toda la vida.
