Capítulo 8
Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.
La manera en la que Ruy y Elvira volvieron a verse no entraba, ni de lejos, en los distintos escenarios que ella barajaba cuando, aún eufórica por su encuentro en la despensa, esperaba pacientemente para volver sigilosamente a sus aposentos aquella noche; ni fue la propicia, en absoluto, para despejar las dudas que durante días acecharon a la infanta desde que él había abandonado la pequeña y oscura alacena hasta que estuvieron frente a frente de nuevo.
El reencuentro tuvo lugar una semana después, cuando Ruy volvió de Vivar tras enterrar a su madre. Durante esos siete días, Elvira no paró de pensar en él, pero, en cambio, ella estaba muy lejos de ocupar los pensamientos de él. Esa noche, cuando el rey Sancho le había hecho llamar, había sido para comunicarle que habían llegado noticias a la corte indicando que su madre estaba muy enferma, posiblemente en su lecho de muerte. Ruy supo en ese momento que debía partir a su tierra de inmediato para despedirse, y de repente todo pensamiento relativo a la infanta Elvira y lo que acababa de suceder entre ellos quedó totalmente olvidado. Triste y angustiado, concentró todas sus energías en reunir sus escasas pertenencias y partir cuanto antes hacia Castilla con su abuelo.
Una vez allí no solo vio morir a su progenitora, sino que en el cementerio de su pueblo, ante las tumbas de sus padres, su abuelo le confió, apenado, que los nobles gallegos derrotados por las tropas castellanas habían jurado lealtad a Alfonso en vez de a Sancho, lo que abría de lleno la posibilidad de una nueva guerra; ahora, entre León y Castilla por Galicia. Una vez más, su rey y señor se enfrentaría a un hermano, esta vez a Alfonso, y la guerra traería sin duda miseria, tristeza y probablemente la ruina económica a ambos reinos. Además, supondría que Ruy se tendría que enfrentar a su propio abuelo, quien últimamente parecía muy desmejorado, en el campo de batalla. Las perspectivas no eran muy halagüeñas.
Tan pronto estuvo de vuelta en León, Ruy fue directamente a transmitir esa información a su rey Sancho, quien había demorado su retorno a Castilla hasta decidir qué suerte debería correr su hermano García y el resto de prisioneros gallegos. La reacción del rey castellano fue la esperada, y, una vez más, ordenó al Cid Campeador la organización y preparación de sus huestes por lo que pudiera pasar.
La noticia de que Ruy había regresado de Vivar corrió como la pólvora por toda la corte leonesa, y cuando tras despachar con su rey accedió al patio de armas se encontró con un variado comité de bienvenida. Al lado de la muralla, un nutrido grupo aguardaba su llegada; la reina Alberta, seguida de Amina, se acercó según le vio. Más atrás se quedaron la infanta Elvira y Jimena, con Álvar, Lisardo y maese Orotz ligeramente apartados. Alberta sorprendió al Ruy chapurreando su pésame en castellano y besándole en los labios, mientras que Amina se limitó a darle sus condolencias sin tocarle ni acercarse demasiado. Sabía lo poco que le gustaban sus muestras de afecto en público y después de semanas sin estar cerca de él no quería incomodarle; ya vería la manera de intentar por todos los medios consolarle en privado.
Cuando Amina se apartó, Ruy distinguió claramente quiénes eran las siguientes en la fila para darle el pésame: la infanta Elvira y Jimena. Al verlas juntas no pudo evitar pensar en lo parecidas que eran físicamente; de parecida estatura, ambas eran rubias y de ojos claros, y lucían peinados similares. Pero se percibía una clara diferencia: mientras los ojos de la infanta le miraban con calidez y simpatía, era del todo imposible ignorar la frialdad en la mirada de Jimena.
"Lo siento mucho, Ruy," dijo Elvira cuando él llegó a su altura, posando brevemente su mano en el antebrazo de él, intentando no sonrojarse ante el contacto. Lo que realmente le apetecía era abrazarle y consolarle; desde que eran unos niños sabía del amor que profesaba por su madre, de la que se tuvo que separar muy pequeño para acompañar a su abuelo a la corte de Léon, y estaba segura de que su muerte habría sido un duro golpe para él. Ella misma había pasado por esa misma circunstancia hacía escasamente un mes y se identificaba perfectamente con su dolor. Pero no le pareció apropiado hacerlo delante de toda la corte. Por no decir que si alguna vez volvía a abrazar a Ruy, tenía el secreto anhelo de que fuera en privado. De hecho, llevaba una semana recordando y reviviendo su encuentro en la alacena, y vivía con la ilusión y la esperanza de que volviera a tener la ocasión de vivir un momento como aquel.
"Gracias, mi Señora," le respondió Ruy, como siempre bajando la cabeza en señal de respeto, justo a tiempo de ver cómo la infanta tocaba su brazo brevemente. El suave roce de su pequeña mano le transportó automáticamente a su encuentro en la diminuta despensa apenas una semana antes, y a lo que allí había pasado. La manera apresurada en la que había partido hacía Vivar tan pronto tuvo conocimiento del estado de su madre y todo lo que había vivido una vez había llegado a su localidad natal había desterrado de su cabeza cualquier pensamiento acerca de la infanta o lo que había pasado entre ellos. Pero ahora que lo había recordado se sintió culpable y avergonzado, y deseó tener la oportunidad de disculparse por lo que consideraba su irrespetuoso comportamiento. Esperaba de corazón no haber contribuido con él a aumentar las preocupaciones de Elvira.
Para cuando volvió a levantar la cabeza con la intención de intentar averiguar el estado de ánimo de la infanta, solo tuvo tiempo de apreciar como ella se alejaba camino de sus aposentos mientras Jimena le decía un frío "lo siento" y procedía rápidamente a seguir a su señora.
Esa noche Elvira volvió a hablar largo y tendido con su hermano Sancho, rogándole una vez más clemencia para su hermano menor, García, e instándole a que olvidara los manejos de sus otros hermanos Alfonso y Urraca y pasara página de una vez por todas. "Somos todos hermanos. ¿No puedes olvidar y vivir en paz?" le rogó ella, llorando. El rey de Castilla era plenamente consciente de que un gobernante debe tomar decisiones difíciles que pueden acarrear dolor para sus allegados y hasta para él mismo, pero estaba muy preocupado por el sufrimiento que los conflictos entre ellos estaba causando en su hermana favorita, y procuró calmarla indicándole que todavía no había tomado decisión alguna.
Las palabras de Sancho solo consiguieron inquietar aún más a Elvira. Una vez en su alcoba, angustiada por las rencillas familiares que la rodeaban y desilusionada por el tibio e insulso reencuentro con Ruy, despachó educada pero firmemente a sus damas de compañía; era ya tarde y no estaba de humor para su constante charla y hueca conversación. Jimena era la única que normalmente percibía si su señora estaba inquieta por algo y procuraba ayudar a que se sintiera cómoda instando al resto de damas a guardar silencio, pero últimamente parecía muy distraída y distante y de manera inadvertida había dejado de ser su aliada en ese sentido.
Cuando se disponía a buscar su camisa de dormir favorita reparó en la humilde chaqueta de Ruy que estaba perfectamente doblada en una esquina del arcón en el que guardaba su vestimenta de noche. La había guardado cuidadosamente allí el día del fallecimiento de su madre la reina Sancha, después de que Ruy se la acomodara con suavidad sobre los hombros para que no cogiera una pulmonía en las frías estancias de la corte, con la firme intención de devolvérsela en cuanto él volviera a León. Pero dado que nada más regresar de Galicia tuvo que partir con premura a Vivar no había tenido ocasión de hacerlo. Todo rasgo de cansancio, angustia y desilusión se evaporó de su rostro cuando se dio cuenta de que gracias a su caballerosidad ahora tenía la excusa perfecta para ver a Ruy a solas.
Totalmente decidida, con un valor que no sabía muy bien de dónde lo había sacado, y sin pararse a pensar en las consecuencias de sus actos, Elvira asió una vela con una mano, sacó la áspera chaqueta del labrado baúl de madera con la otra, y se dirigió a la habitación del Cid Campeador. Aferrada a la sencilla prenda, y animada por su ligero aroma a tierra y madera, olores que recordaba haber percibido claramente cuando se habían besado en la despensa, recorría veloz los intrincados corredores de la fortaleza real. Solo esperaba que le hubieran asignado la misma estancia de siempre; sería muy difícil dar una explicación convincente de la razón que la había llevado allí a esas horas de la noche si era otra persona quien abría la puerta.
