Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.

Tras recorrer rápida y sigilosamente varios largos pasillos e imponentes salones en su intento por pasar desapercibida, Elvira por fin llegó a la puerta que buscaba. Tragó saliva, apoyó la chaqueta entre su costado y el codo de la mano en la que llevaba la vela y sin más dilación llamó suavemente a la puerta con los nudillos de su otra mano.

Para su extrañeza, nadie respondió a su llamada. Nerviosa, estaba ya dudando entre darse la media vuelta y volver a su alcoba o tocar un poco más fuerte, cuando la puerta se entreabrió unos quince centímetros, lo suficiente para mostrar a un despeinado Ruy que, con el torso completamente desnudo, intentaba ajustar su vista a la tenue luz de la vela que ella portaba. Afortunadamente para Elvira, le había sido asignado su aposento habitual, en una zona de paso que separaba las estancias nobles de la corte de las destinadas a la servidumbre, donde no era en modo alguno habitual encontrar a miembros de la familia real ni de la nobleza y la iluminación era muy escasa de noche.

La cara de Ruy mostró claramente sorpresa cuando percibió quien era su visitante. "Mi Señora…" fue lo único que pudo decir mientras intentaba cerrar lo máximo posible la puerta sin parecer descortés. Amina le había seguido esa noche a su humilde habitación y, desolado por la muerte de su madre, cansado por el viaje, sumamente decepcionado por la actitud de Jimena y preocupado por las intenciones de su rey, no había sabido o no había querido despacharla como había hecho en anteriores ocasiones.

En ese momento Elvira supo que había cometido un grave error presentándose, así, sin más, en su cuarto después de haber caído la noche. No se percibía nada más que oscuridad al otro lado de la puerta entreabierta, pero era evidente que Ruy no quería que viera lo que fuera que allí hubiera, o, más posiblemente, pensó ella abochornada, quien fuera que allí estuviera.

Arrepentida de haber cedido a su impulso de verle, y, a la vez, sorprendida por el aspecto físico de Ruy, tan distinto al que estaba acostumbrada, comenzó a hablar sin saber muy bien por dónde empezar. ¿Preguntarle qué tal estaba? "Cómo va a estar, si acaba de perder a su madre," pensó rápidamente. ¿Aquí te traigo la chaqueta? "La verdad es que la excusa es bastante pobre, se la podía haber hecho llegar con una de mis damas o con uno de los pajes," se dijo a sí misma, azorada.

"Buenas noches, Ruy. Yo… no quería molestarte, solo quería…" acertó, por fin, a empezar a decir, prácticamente tartamudeando mientras procuraba mirarle directamente a los ojos y no fijarse en su pecho y hombro desnudos que le llamaban poderosamente la atención. Notaba cómo el rubor le iba subiendo por el cuello y las mejillas y estaba francamente incómoda.

De repente un fuerte ruido, como el arrastre de un mueble, y a continuación una voz evidentemente femenina quejándose y maldiciendo con un fuerte acento, se oyeron con claridad provenientes de la oscura habitación, interrumpiendo lo que Elvira estaba intentando decir. Avergonzado, Ruy se volvió hacia la pequeña estancia, cerrando momentáneamente y sin previo aviso la puerta, y comprendió que Amina se había tropezado con una esquina de su camastro al levantarse. Pensando que al otro lado del dintel estaba la infanta Elvira, y que no podía dejarla ahí sin más, e ignorando los suaves lamentos de Amina, abrió la puerta de nuevo, esta vez completamente, y salió, tal y como estaba, vestido solo con unos viejos calzones, al lóbrego pasillo. En su afán de hacerlo con rapidez para que Elvira no percibiera quién estaba en su habitación la empujó sin querer, y tuvo que sujetarla fuertemente por la cintura con ambas manos para que no cayera al suelo de bruces en medio del pasillo.

A consecuencia del tropezón, la vela que portaba Elvira se le cayó y se apagó, dejando a ambos prácticamente a oscuras en el corredor mientras él la sostenía firmemente..

"Perdona, no quería interrumpir nada…" susurró Elvira, ahora ya totalmente sofocada, apartando sus brazos y separándose de él hasta apoyarse en la pared que tenía detrás. Llevaba días soñando con volver a estar en sus brazos, pero no precisamente en estas circunstancias. "Tierra trágame," pensaba mientras buscaba frenéticamente una excusa para salir corriendo. Entretanto, sentía la urgente necesidad de poner distancia física entre ellos para no hacer todavía más el ridículo. El ligero aroma a tierra y madera que unos minutos antes había percibido en la chaqueta era ahora, que estaba frente a su propietario y la oscuridad les envolvía, embriagador, y el recuerdo de la imagen de su torso desnudo no se borraba de la retina de Elvira. Así las cosas, su cabeza le decía que era mucho más prudente apartarse de él aunque su corazón latiera desbocado.

A la vista de la reacción de ella, Ruy se limitó a agacharse, tantear el frío suelo en busca de la vela caída, y recogerla. Posteriormente, siguiendo la pared a oscuras, se acercó despacio a la antorcha que lucía encendida a la vuelta del corredor, encendió la vela, y volvió a donde Elvira se había quedado petrificada apoyada en la pared enfrente de la puerta de su habitación.

"Mi Señora, yo…" murmuró pasándole la vela encendida sin levantar la mirada del suelo. Estaba francamente avergonzado y quería mostrarle el máximo respeto a Elvira, dentro de lo posible teniendo en cuenta la situación en la que se encontraban. En otra coyuntura le habría gustado preguntarle qué tal estaba, y hablar con ella un rato para intentar distraerla de sus preocupaciones, pero en ese momento le pareció de todo punto irrespetuoso. Todavía no había tenido ni ocasión de disculparse por lo sucedido en la alacena y allí estaba con ella, medio desnudo en el pasillo, osando incluso sujetarla con sus brazos...

En ese momento ella vio en la vela encendida que volvía a portar en su mano la oportunidad para volver por donde había venido. No tenía sentido alguno prolongar un encuentro que nunca tenía que haberse producido. "Solo quería devolverte tu chaqueta, buenas noches…" dijo, lo más serena posible, mientras alargaba su brazo y posaba la doblada prenda sobre su pecho desnudo, hablando deliberadamente en un tono de voz que resultaba claramente audible para quien quiera que estuviera compartiendo su lecho. Sin esperar a lo que pudiera decir él, Elvira se dirigió con paso ligero hacia el final del pasillo mientras Ruy, atónito, sujetaba su chaqueta mientras la veía alejarse. Su instinto le pedía correr tras ella, darle las gracias y preguntarle cómo estaba, pero pensaba que ya era tarde para eso. Tendría que esperar a una ocasión más propicia.

La infanta sintió un enorme alivio cuando llegó a sus aposentos. Entró apresuradamente y cerró la maciza puerta tras de sí, apoyándose en ella mientras se deslizaba hacia abajo hasta quedar sentada en el gélido suelo de piedra, su espalda reposando en la fría madera. Acercó las rodillas a su torso y reposó su cabeza sobre ellas, abrazando sus piernas. Gruesas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas mientras se reprochaba a sí misma el haber cedido al impulso de buscar una excusa para ver a Ruy a solas. "¿Cómo se me ha ocurrido semejante idea? ¿Qué habrá pensado de mí? ¿Cómo no me he imaginado que podría no estar solo?" pensaba, avergonzada y enfadada consigo misma.

En ese momento se dio cuenta de que, además, estaba celosa. Sabía que no tenía derecho alguno a estarlo y eso la enfureció aún más. Ya no le cabía ninguna duda de que estaba enamorada de Ruy, pero él quería a Jimena y se entendía con Amina; amar a alguien que no la correspondía solo le podía traer sufrimiento y frustración. Como si ya no tuviera suficiente con las guerras entre sus hermanos, las intrigas sin fin de su hermana Urraca y su inminente traslado a Toro…

Lo que Elvira no sabía entonces era que iba a ser precisamente la lucha fratricida entre Sancho y Alfonso y los manejos políticos de Urraca para ayudar al segundo de ellos lo que acabaría propiciando un rayo de esperanza e ilusión en medio de su triste existencia.