Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.
A la mañana siguiente muy temprano, después de pasar la noche en vela arrepintiéndose de haber cedido al impulso de ir a ver a Ruy a su habitación, Elvira viajó a Sahagún de Campos con un pequeño séquito, compuesto por Jimena, una sirvienta, un paje y cuatro miembros de la guardía real de su hermano Alfonso. Había planeado el viaje hacía semanas, incluso antes de la muerte de su madre, y en aquel momento no podía ni imaginarse todo lo que iba a acontecer en ese tiempo.
Viajaba allí con frecuencia a visitar a los descendientes de un noble leonés que había servido durante toda su vida a su abuelo Bermudo I. Fuertes lazos de amistad habían surgido desde entonces entre ambas familias y cuando Elvira era pequeña era frecuente que su madre Sancha y todos sus hermanos pasaran allí cortas temporadas cuando Fernando I estaba en el frente de batalla. En aquella magnífica finca, lejos del ambiente de la corte, y rodeada de sus amigos de infancia y de sus hijos, la reina Sancha se sentía feliz. Lo mismo le sucedía a Elvira; allí se sentía como en casa; incluso mejor, ya que no estaba sometida al protocolo y continuo escrutinio propio de la corte en la que había nacido y había vivido toda su vida.
Cuando estaba en Sahagún solía dividir su tiempo entre sus amigas de la infancia Cristina y María, hermanas casadas y con hijos pequeños, que no dudaban en pasar unos días en la casa de sus padres para estar cerca de Elvira cuando ésta les visitaba, y largos paseos a caballo por toda la finca. Su inmensa extensión le permitía un lujo que no tenía en León: cabalgar sola. Muy buena amazona desde niña, le incomodaba sobremanera tener que salir siempre acompañada. Cierto era que algunos acompañantes eran más agradables que otros; en ese sentido, prefería mil veces a los pajes y escuderos de sus hermanos que a los miembros de la guardía real que custodiaban la fortaleza real.
Ya desde muy joven su favorito para estos menesteres era Ruy, quien siempre era amable con ella y casi, casi la trataba como a una igual. Sobre un caballo las habilidades de Elvira no distaban mucho de las de los más destacados jinetes del reino, y esa destreza no pasaba desapercibida para Ruy. Incluso alguna vez habían hecho carreras entre ellos bajo la divertida mirada de Sancho, orgulloso de su 'hermanita', como la solía llamar, y el espanto de la infanta Urraca, quien odiaba cabalgar y la mayoría de las veces solo acompañaba a sus hermanos por órden expresa de su madre la reina Sancha.
Hacía semanas que Elvira había planeado pasar unos días en Sahagún, pero ahora, con todo lo que estaba pasando entre sus hermanos y su desafortunado encuentro con Ruy la noche anterior, sentía que necesitaba más que nunca la paz y el sosiego que siempre le brindaban sus estancias allí. De camino, decidió apartar a Ruy por completo de sus pensamientos. "Ama a Jimena y se entiende con Amina; no tiene lugar para mí y solo voy a sufrir. Como si no tuviera ya suficiente con todo lo demás," se dijo a sí misma, una vez más, para convencerse. "Disfrutaré al máximo de estos días con Cristina y María; quién sabe cuándo volveré a verlas una vez me instale definitivamente en Toro." Y así lo hizo desde el momento en el que llegó a Sahagún y se reencontró con sus amigas.
Por su parte, Ruy también se olvidó por completo de la visita de Elvira a altas horas de la noche, de que tenía intención de pedirle disculpas por lo que había sucedido en la alacena antes de partir hacía Vivar y de preguntarle qué tal estaba. No es que lo hiciera conscientemente, ni era su intención ningunearla, ni muchísimo menos, pero no se encontró con ella ni por la mañana ni por la tarde, y la situación de los nobles gallegos y el propio rey García en Léon y lo que pretendía hacer su señor el rey Sancho le tenían muy ocupado, haciendo de mensajero entre los dos bandos. Además, también estaba muy preocupado por la salud de su abuelo, y distraído intentando localizar a Jimena, a la que tampoco vió durante todo el día.
Esa noche, tras las duras negociaciones que habían tenido lugar para decidir la suerte de los prisioneros gallegos, los reyes Sancho II de Castilla y Alfonso VI de León se encontraron por casualidad en lo alto de la muralla de la fortificación leonesa. La privilegiada situación de la fortaleza real hacía que desde la zona en la que se encontraban se divisara prácticamente toda la ciudad de León, y, aunque era de noche, la vista resultaba imponente. Al verse, ambos se saludaron fríamente desde lejos, con un movimiento de cabeza.
"Ya veo que tú tampoco puedes dormir… " dijo Alfonso, acercándose despacio a su hermano.
Sancho levantó la vista. "No…" dijo, molesto por la interrupción, sorprendido al encontrarse a alguien, y mucho más a Alfonso allí a esas horas. Había subido para estar un rato a solas y poder pensar con tranquilidad, y no te apetecía discutir con su hermano también por la noche. Bastante discutían ya por el día. "Padre solía venir a pensar aquí cuando algo le preocupaba. He pensado que tal vez podría ayudarme, pero de momento…" añadió, esperando que Alfonso captara la indirecta y le dejara tranquilo.
Para su sorpresa, su hermano menor sonrió. "Ya… yo también lo he intentado a veces, pero debió llevarse con él el secreto porque desde hace un tiempo a mi no me ayuda subir aquí…" Observando el ceño fruncido del rey de Castilla, intentó relajar la tensión. "¿Es por García? Estoy seguro de que llegaremos a un acuerdo…."
Sancho suspiró, apoyándose en la parte inferior de una de las almenas de la fortaleza. "Sí, García..., los prisioneros... y también nuestra hermana Elvira…" murmuró con aspecto cansado.
"¿Elvira? ¿Qué pasa con Elvira?" preguntó, sorprendido y preocupado, Alfonso. Si bien siempre había estado más unido a Urraca, quería sinceramente a su otra hermana y sentía de corazón el dolor que la última voluntad de su padre estaba provocando en ella, tanto de manera directa, a través del legado del Señorío de Toro, como indirectamente, a través de las luchas entre los distintos reinos de sus hermanos.
"No puedo creer que no te hayas dado cuenta…" resopló Sancho.
"¿Qué lo está pasando mal con todo esto? Por supuesto que me he dado cuenta, no soy el necio que tu crees, hermano…" explicó Alfonso, visiblemente ofendido. Empezaba a arrepentirse de haberse acercado a hablar con Sancho; quizá con un saludo en la distancia hubiera sido suficiente.
Sancho sacudió su cabeza, abatido. "No es solo eso…" dijo. "Pronto tendrá que ir a Toro, sola. Dice que se ahoga en el convento, que no puede salir, que no es la vida que se había imaginado y para la que se ha preparado..."
Esta vez fue Alfonso quien suspiró, apoyándose también en la almena. "No le queda más remedio que ir, hermano. Si renunciara al Señorío complicaría mucho las cosas, y lo sabes…"
Sancho asintió despacio. "Lo sé, y es lo que le he dicho. Pero Elvira no se merece una vida solitaria, recluida en un convento, lejos de casa y soltera de por vida…"
Alfonso se encogió de hombros. "Si esa es una parte del problema, permitámosle desposarse… Así por lo menos no estaría sola…" No acababa de entender la cláusula del testamento de su padre que no permitía casarse a sus hermanas. ¿Acaso pensaba el rey Fernando I que una mujer casada no podía gobernar un Señorío? ¿O lo que realmente pretendía era proteger a sus hijas de pretendientes ambiciosos que vieran el matrimonio con ellas como una vía para prosperar e incluso llegar a reclamar los tronos de Castilla, León y Galicia? Si esta última era su intención, Alfonso creía que bastaba con disponer que el Consejo de Nobles debía autorizar la elección del cónyuge y que este renunciara a cualquier hipotético derecho que le pudiera corresponder sobre esos reinos.
Sancho frunció el ceño, y miró furioso a su hermano. "Eso va en contra de la voluntad de padre, Alfonso…"
Su hermano se rió. "¿Tu crees que a padre de verdad le importaría que Elvira se desposase si con ello se asegurara un gobierno estable en Toro?"
Sancho se quedó pensativo. Alfonso tenía razón; si Elvira se casaba se aseguraban de que no estuviera sola en Toro, y eso sin duda redundaría en su felicidad y, por ende, en el bienestar del territorio que tenía que gobernar de por vida. Finalmente asintió. "Nos reuniremos los dos con ella mañana y se lo propondremos. Enviaré temprano a Ruy para que vaya a buscarla a Sahagún…"
"¿Y García?" preguntó Alfonso. Entendía que, por muy pequeña que fuera la modificación que el matrimonio de su hermana suponía con respecto al total de lo dispuesto por Fernando I en su testamento, lo lógico sería contar, al menos, con el acuerdo de sus tres hijos varones. Urraca probablemente pondría el grito en el cielo, alegando que ella sí que estaba dispuesta a cumplir con la condición de la soltería impuesta por su padre para que fuera Señora de Zamora, por lo que prefería ocultárselo el máximo tiempo posible. Ya lidiaría con ella más adelante, por lo menos no antes de tratar el asunto con la propia Elvira.
"García no tiene nada que decir si nosotros dos estamos de acuerdo," sentenció Sancho. "Vete pensando en algún candidato de entre tus nobles…" añadió, dando por hecho que su hermana aceptaría de buen grado a cualquier noble leonés por marido con tal de desposarse. No podía estar más equivocado.
