Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.

Ruy recibió la orden de ir a buscar a Elvira a Sahagún al día siguiente muy temprano. Sancho le encontró en los establos antes de que saliera el sol; sabía bien dónde buscarle a esas horas. Al rey de Castilla le divertía y a la vez le soliviantaba ver cómo su mano derecha se afanaba en cepillar y atender a los caballos cada vez que tenía oportunidad. Ruy insistía en que dichos menesteres le recordaban quién era y de dónde venía, pero su señor pensaba que un caballero, y todavía menos quien dirigía sus huestes, no debía perder su valioso tiempo entre bestias que podían ser perfectamente atendidas por escuderos y pajes.

Por la reacción de Ruy a las palabras de su rey resultaba imposible conocer si la orden le había sorprendido o no, ya que se limitó a bajar la cabeza y decir "Como dispongais, Alteza." Era habitual que las personas de confianza de los reyes escoltaran a los miembros de la familia real cada vez que se desplazaban fuera de la ciudad. Pero lo cierto es que lo último que le parecía en ese momento era encargarse de ir a buscar a la infanta y traerla de vuelta a León, cuando pensaba que podía resultar de mucha más ayuda a su señor sin moverse de allí, encargándose de las negociaciones entre los distintos reinos, tal y como había hecho desde que había regresado de Vivar. Además, así también tenía la oportunidad de vigilar de cerca a su abuelo, miembro de la delegación de nobles leoneses que negociaba en nombre del rey Alfonso, y a la vez intentar ver a Jimena. Aunque sabiendo que la infanta Elvira se encontraba en Sahagún ahora se daba cuenta de la razón por la que no la había visto en la corte el día anterior: muy probablemente estaría acompañando a su señora. La posibilidad de ver a Jimena en Sahagún y hablar con ella hizo que viera con mejores ojos el encargo de su rey.

Mientras Ruy salía de León, y caía en la cuenta de que en el trayecto de vuelta con la infanta se le presentaría, por fin, la oportunidad de hablar a solas y disculparse con ella, en Sahagún Elvira se disponía a pasar otro tranquilo día en la finca, totalmente ajena a los planes que sus hermanos estaban organizando para ella. Por primera vez desde la muerte de su madre, acaecida semanas antes, había conseguido dormir de un tirón y se sentía descansada y algo más animada para encarar los cambios que, sin duda, se avecinaban en su vida, con su madre fallecida, sus hermanos guerreando con la menor excusa y su Señorío de Tori esperando a que se instalara allí y tomara las riendas de su gobierno.

Cuando Ruy llegó a Sahagún no le resultó difícil localizar la finca que le había indicado Sancho. Estaba situada a las afueras y dos guardias reales estaban apostados junto al inmenso portón de madera que daba paso al camino principal que conducía a la amplia casa. Al verle le saludaron y le acompañaron hasta el zaguán, donde se identificó como emisario del rey Sancho de Castilla ante el servicio de la casa. Le hicieron pasar a un amplio y austero salón, donde fue recibido por Cristina, quien le informó del probable paradero de su amiga tras las presentaciones de rigor. "Es difícil decir, porque la infanta suele recorrer toda la finca, pero al final de la mañana suele descansar un rato junto al manantial que está detrás de la ermita. Os indicaré cómo llegar, no tiene pérdida," le dijo, mientras observaba detenidamente al hombre que tenía ante ella.

Muy amigas desde la infancia, Elvira no había dudado en confiar a Cristina todo lo que había pasado con Ruy en cuanto llegó a Sahagún y pudieron conversar a solas. No había obviado detalle sobre sus encuentros en la pequeña alacena y lo que había pasado en el último de ellos, su intempestiva visita a su habitación a altas horas de la noche, para encontrarlo con Amina y prácticamente huir despavorida. Para Cristina no fue muy difícil adivinar por las palabras de Elvira que su amiga estaba enamorada de Ruy, pero no supo muy bien qué decirle más allá de las típicas frases hechas para reconfortarla. Ella nunca había sentido nada parecido a lo que le describía Elvira. Desposada a los quince años con un noble amigo de su padre que le doblaba la edad, con el que había tenido tres hijos en cuatro años, había aprendido a querer a su esposo e incluso a disfrutar de sus encuentros íntimos a partir del respeto y admiración que le profesaba. Se consideraba muy afortunada por ello, ya que sus amigas no habían tenido la misma suerte en los matrimonios que sus familias habían arreglado para ellas. Pero lo que ella sentía por su marido no tenía nada que ver con lo que veía en Elvira cuando hablaba de Ruy.

Y ahora que lo tenía delante, entendía el porqué. No solo era un buen mozo, muy buen mozo diría ella, y de una edad similar a la suya, sino que apenas cinco minutos con él le habían dado una idea clara acerca de su personalidad. Todo en él destilaba respeto y prudencia, y se expresaba como el caballero que era. Si a eso unimos su bien ganada fama de leal, valiente y fuerte guerrero, no le extrañaba que su amiga Elvira bebiera los vientos por él.

Ruy le dio educadamente las gracias y salió de la casa hacia la zona adyacente al jardín donde había dejado su caballo. Cuanto antes pudiera localizar a la infanta Elvira, antes podría estar de vuelta en León con ella, y unirse a las negociaciones y vigilar de cerca a su abuelo. Durante el tiempo que había estado en la casa no había visto a Jimena, pero la conversación con ella tendría que esperar, se dijo a sí mismo tristemente. Su obligación era, en primer lugar, para con su señor el rey Sancho, y, en segundo lugar, para con su abuelo, cuya enfermedad se había más patente desde que habían regresado de Vivar.

Tal y como había vaticinado Cristina, Ruy encontró a Elvira sola junto a la linde sur de la finca, en la parte más apartada de la casa principal y el resto de construcciones. Estaba sentada en una roca junto al manantial, pensativa, mientras su caballo pastaba tranquilamente al borde del pequeño arroyo. Ataviada con lo que desde lejos parecía ropa de montar de hombre, el sol iluminaba sus rubios cabellos, creando dorados destellos que le daban un aire irreal.

Conmovido por la vulnerabilidad que destilaba la escena, Ruy se sorprendió a sí mismo cuando se dio cuenta de que había amainado el paso de su propio caballo para observar la estampa sin ser descubierto. Tragó saliva; la conversación que tenía pendiente con la infanta iba a ser más complicada de lo que había creído en un primer momento, pero no tenía sentido alguno retrasarla una vez que habían coincidido a solas. Además, el rey Sancho le había insistido en la importancia de que Elvira estuviera en León lo antes posible. No le había dado más explicaciones, y evidentemente Ruy no se las había solicitado (él estaba para obedecer, no para preguntar), pero se imaginaba que querría tener a todos sus hermanos presentes cuando concluyeran las negociaciones relativas al futuro del reino de Galicia y de los prisioneros gallegos, entre los que se encontraba su hermano García.

Resuelto a cumplir con el encargo de su señor lo antes posible, espoleó a su caballo para dirigirlo al encuentro de Elvira. Ella levantó la cabeza al oír a alguien aproximándose, y su corazón dio un vuelco cuando, unos segundo después, distinguió la silueta de Ruy a lomos de su caballo dirigiéndose hacía ella. Por un momento dudó y pensó que su cabeza estaba jugando con ella; tanto pensar en él le estaba provocando visiones. Además, probablemente el reflejo del sol le estaba confundiendo, por lo que se levantó muy despacio y puso su mano derecha encima de sus ojos, a modo de visera. Para entonces el jinete ya casi había llegado a su altura y no había duda ni margen de error posible; se trataba de Ruy, vestido con lo que ella sabía que eran sus mejores galas.

Elvira suspiró, y se acercó a su caballo para sujetar sus riendas. No quería que el noble animal se asustara ante la presencia de extraños, pero lo cierto es que tener las manos ocupadas en algo le venía muy bien para disimular su nerviosismo. No alcanzaba a comprender qué hacía Ruy allí, y su sensatez le prohibía pensar lo que su corazón anhelaba, esto es, que hubiera ido a verla, pero lo cierto es que allí estaba, disponiéndose a desmontar para acercarse a ella. En ese momento entró en pánico y notó cómo se ruborizaba, recordando la bochornosa escena delante de la puerta de la habitación de él un par de noches antes, y, sobre todo, los besos y demás muestras de afecto que habían compartido en la alacena antes de que él partiera inesperadamente para Vivar, pero la manera en la que Ruy se dirigió a ella hizo que se tranquilizara.