Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.
"Buenos días, mi Señora," dijo Ruy tan pronto desmontó de su caballo, con la cabeza baja en señal de respeto. "Magnífico día para cabalgar," añadió antes de que ella pudiera contestarle, levantando la mirada y sonriendo suavemente, intentando borrar de su mente las imágenes de ambos juntos en la alacena. No porque no le hubiera gustado lo que había sentido allí junto a Elvira, sino porque la apreciaba sinceramente y temía haberla lastimado. Y bastante mal lo estaba pasando ya con las guerras y disputas entre sus hermanos.
Elvira se relajó ante la manera en la que se había dirigido a ella. Como si nada hubiera pasado entre ellos en las últimas semanas; como siempre la había tratado: con esa mezcla de respeto y simpatía que, por qué no reconocerlo a estas alturas, la volvía loca.
"Así es. Buenos días, Ruy," le contestó mientras le sonreía. Ahora era ella quien intentaba olvidar la escena que había tenido lugar delante de la habitación de él un par de noches antes. "¿Qué habrá pensado de mí?" se preguntó a sí misma, no por primera vez desde que había tenido la "brillante" idea de ir a buscarle por la noche, intentando disimular su impaciencia por conocer la razón que le había llevado a Sahagún. Elvira no era tonta, y daba por descontado que no se había presentado allí con el único propósito de verla; la idea era muy romántica, pero dudaba mucho de que Ruy, que amaba a Jimena y se entendía con Amina, hubiera ido hasta allí solo para verla. No era tan ilusa.
"El rey Sancho me envía para que la acompañe a León de inmediato…" le explicó él, con las manos tras su espalda y la cabeza ligeramente inclinada, imaginando que Elvira se estaría preguntando por la razón de su inesperada presencia en Sahagún.
"¿Ha pasado algo? ¿Han terminado las negociaciones?" preguntó la infanta, preocupada, temiendo por la suerte de su hermano García, y olvidando cualquier pensamiento acerca de Ruy. ¿Qué habría acontecido para que su hermano Sancho prescindiera de su mejor hombre y lo enviara a buscarla para llevarla de vuelta a la corte sin previo aviso?
"No, que yo sepa, mi Señora. Solo insistió en que volviera a la corte de inmediato, sin esperar a que su séquito prepare el equipaje," dijo Ruy, manteniendo la cabeza suavemente agachada.
Las órdenes de Sancho habían sido muy claras, e incluso bruscas; es más, al transmitirlas a Elvira su fiel caballero las había endulzado un tanto. "Vas a Sahagún y la traes a León de inmediato, Ruy. Me da igual cómo esté vestida, que probablemente será con ropajes de hombre si está montando a caballo… Como si está con el mismísimo obispo escuchando misa o en plena confesión... Me da igual, ¿me oyes? La traes, a rastras si hace falta…" le había ordenado el rey de Castilla. Al oirle no le había quedado duda alguna de que algo relativo a su hermana preocupaba sumamente a su señor. Durante el viaje a Sahagún había habido un momento en el que incluso Ruy había llegado a pensar que la inesperada llamada podría estar relacionada con el encuentro que había mantenido con Elvira en la alacena, pero descartó ese pensamiento de inmediato. Conocía bien a su rey, y si dicho episodio había llegado a sus oídos (aunque no podía imaginar cómo), Sancho le hubiera confrontado directamente. Y sabiendo cómo Elvira era su hermana favorita y lo protector que había sido con ella toda su vida, no quería ni imaginar la reacción de su rey si alguna vez llegaba a enterarse de lo sucedido entre ellos.
Elvira asintió al oír las palabras de Ruy. Lo que menos le apetecía en aquel momento era volver a León. Desde que estaba en Sahagún había encontrado cierta paz de espíritu y empezaba a reponer energías para lo que le esperaba en las próximas semanas. Pero conocía bien a su hermano y debía haber un motivo importante para que la quisiera de vuelta cuanto antes. Sancho sabía bien lo que Elvira disfrutaba con Cristina y su familia y no la privaría de unos días de asueto sin razón para ello. "No le hagamos esperar entonces. Acompáñame a la casa, a dar instrucciones para la vuelta," dijo, para después sujetar las riendas de su caballo y montar con un ágil movimiento. La alegría por estar junto a Ruy se mezclaba con la preocupación por la llamada de su hermano.
A Ruy no le pasó desapercibido el hecho de que la infanta montaba a horcajadas en vez de al estilo amazona. No era la primera vez que lo hacía en su presencia, y dudaba mucho de que fuera a ser la última. La conocía bien y sabía que ni siquiera las reprimendas de su madre (antes) y de su hermana Urraca (ahora) le harían cambiar de opinión. La admiraba no solo porque montaba igual que cualquiera de los caballeros de las tropas de sus hermanos, sino porque las continuas invectivas que había recibido de su madre y su hermana durante años no habían hecho mella en su deseo de disfrutar al máximo mientras cabalgaba.
Cuando llegaron a la casa Elvira entró por la puerta más cercana a las cuadras para dar instrucciones a su séquito, despedirse de sus anfitriones y agradecerles su hospitalidad, mientras Ruy esperaba en un pequeño jardín. Cuando la infanta salió, lo hizo acompañada de Jimena, quien claramente se sorprendió al ver a Ruy allí.
"Vamos, Jimena, Ruy nos acompañará a León. Mi hermano quiere que esté de vuelta cuanto antes," dijo Elvira, pasándole a su dama las riendas de uno de los caballos que estaban atados fuera de la cuadra. El hecho de que nada más llegar a la altura de su caballo volviera montar hizo que no tuviera ocasión de observar el gélido saludo entre Ruy y Jimena: él sonrió tímidamente y bajo su cabeza, y ella simplemente le miró fríamente, frunciendo el ceño, procurando mantenerse lo más apartada de él que fuera posible.
Durante el viaje Ruy no tuvo ocasión de hablar con ellas; con ambas tenía importantes conversaciones pendientes pero, se dijo, tendría que esperar a mejor ocasión. Para cuando la silueta de León se divisaba en la lontananza, Ruy se arrepentía de no haber hablado con Elvira cuando la había encontrado sola en Sahagún, en la linde más alejada de la finca. Dudaba que volviera a tener otra oportunidad como ésa, fuera de la corte, en un entorno tranquilo y solitario, para disculparse con la infanta por lo sucedido en la alacena, pero cumplir con las órdenes de su señor el rey Sancho le había parecido más importante en ese momento. Y se sorprendió a sí mismo cuando se dio cuenta de que encontraba más apremiante hablar con Elvira que con Jimena. ¿Y no debería ser al revés?
Según llegaron a la fortaleza real, ambas damas descabalgaron y se dirigieron presurosamente a su interior, no sin que antes Elvira se diera la vuelta y sonriera a Ruy, diciéndole "Muchas gracias." Él bajó su cabeza en señal de respeto, y se dirigió a las cuadras con los caballos. Allí, mientras los atendía como le gustaba hacer, en vez de pensar en su amada Jimena no podía dejar de pensar en la sonrisa de Elvira, sus mejillas ruborizadas por el aire libre y la manera en que el viento mecía sus cabellos despeinados a causa del viaje. No podía ni imaginarse que no tardarían en verse allí mismo.
El encuentro de Elvira con sus hermanos fue breve. Tras los saludos de rigor Alfonso se sentó en el trono mientras Sancho permanecía de pie, haciéndole señas para que ella se sentara en uno de los sillones dispuestos junto al trono, en los que se sentaban junto a sus padres cuando éstos trataban asuntos de estado y requerían de su presencia para que fueran aprendiendo el arte del buen gobierno. Elvira tomó asiento muy despacio, con un nudo en su garganta, preguntándose una vez más por la razón por la que la habían llamado y temiendo por la suerte de su hermano García. Todo esto parecía demasiado formal para ser una charla normal entre hermanos.
Así, mientras Alfonso se limitaba a escuchar con gesto serio, Sancho finalmente tomó la palabra y le expuso a su hermana que estaban dispuestos a permitirle desposarse, esperando que así la tarea del gobierno de Toro fuera más llevadera para ella.
El corazón de Elvira se disparó al oír lo que su hermano estaba diciendo. No podía ser verdad… ¡le permitían desposarse! "Pero padre…" acertó a decir, confundida y contenta a la vez. Le parecía increíble que Sancho y Alfonso se hubieran puesto de acuerdo en algo, y que fuera en algo relacionado con ella. Siempre había tenido una relación muy cercana con Sancho, pero a Alfonso siempre le había notado más lejano. Cordial sí, e incluso afectuoso cuando sus padres habían fallecido, pero lejano, como si Urraca agotara todas las posibilidades de amor filial para él.
"No te preocupes por padre, hermana. Creemos que su intención era que siguieras soltera para que no te distrajeras del gobierno de Toro y para evitar problemas dinásticos," la interrumpió suavemente Alfonso, "más de los que ya tenemos…" añadió, mirando fijamente a Sancho. "Pero estamos seguros que desposándote con alguien de nuestra total confianza como es Diego Ordoñez eso no va a pasar…"
"¿Diego Ordoñez?" preguntó Elvira, sorprendida. "Me dobla la edad y apenas le conozco…" susurró, súbitamente deseando que a sus hermanos no se les hubiera ocurrido la idea de dejar que se desposara. Diego Ordoñez era el mejor amigo de su padre y durante décadas habían luchado juntos en mil y una batallas en los campos de Navarra, Aragón y León, junto con su tío Ramiro. Hacía años que había enviudado y se había retirado a vivir de las rentas a su castillo del norte de Burgos. A lo largo de su vida Elvira había coincidido con él una decena de veces, a lo sumo; mientras ella era pequeña siempre estaba guerreando con su padre, y después de su retiro no eran frecuentes sus viajes a la corte.
"Eso no es problema, hermana. Es un fiel amigo que velará por ti como uno de nosotros. Sea cuanto antes, avisa a don Bernardo para los preparativos," dijo Alfonso, mientras Sancho fijaba su mirada en su hermana, preocupado. No había acogido la noticia como él esperaba; le había parecido que sus ojos brillaban con alegría al conocer que se le permitía casarse, pero todo rastro de júbilo se había borrado de su rostro al conocer quién era el elegido. ¿Sería posible que su hermana tuviera su propio candidato? ¿Y que dicho candidato no lo fuera solo por razones de conveniencia sino porque estuviera enamorada de él? Sabía de sus amores adolescentes con su primo Álvar, pero después de la muerte de él no había habido nadie en la vida de Elvira. Al menos aparentemente. "Le preguntaré a Ruy. Si hay alguien, él lo sabrá," pensó, cabizbajo, mientras veía a su hermana abandonar la estancia apesadumbrada.
