Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.

Elvira abandonó el salón del trono rápidamente. Le daba la impresión que sus dos hermanos daban el asunto por zanjado, sin querer ni siquiera escuchar su opinión, y en esas circunstancias sabía que era inutil discutir con ellos. Si lo hacía, lo más probable era que se empeñaran todavía más y que ella que perdiera cualquier posibilidad, por remota que fuera, que le quedara de hacerles cambiar de opinión. Con el alma encogida, y aguantando a duras penas las lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos, no daba crédito aún a la razón por la que Sancho le había hecho llamar con urgencia: desposarla con el mejor amigo de su padre. "Casada con Diego Ordóñez…" pensaba, moviendo incrédulamente la cabeza mientras vagaba por los interminables pasillos y corredores de la fortaleza real, intentando calmarse antes de ir al encuentro de sus damas. Todas ellas, excepto Jimena, habían permanecido en León mientras ella estaba en Sahagún, y sin duda querrían ponerla al tanto de las últimas novedades y cotilleos de la corte.

Pero no tenía ánimo alguno para aguantar durante horas la charla incesante e intrascendente sobre quién llevaba días sin aparecer por la plaza o qué escudero había sonreído a una determinada dama a la entrada de misa... Secándose torpemente los ojos con sus manos, dio media vuelta y se dirigió a los aposentos de su hermano García. Hacía días que no le veía y esperaba que su hermano Sancho hubiera levantado ya la prohibición de que recibiera visitas. Por lo menos aprovecharía su estancia en León para verle y hacerle compañía. Pero al llegar a su puerta se encontró con tres guardias armados, miembros de la guardia real de su hermano mayor, que le impidieron el paso. "Lo siento, mi Señora, órdenes del rey de Castilla, sin excepciones para la familia," le indicó uno de ellos. Todos la conocían desde siempre, y, al igual que Ruy, la apreciaban, por lo que de buena gana la hubieran dejado pasar unos minutos para ver a su hermano pequeño. Pero ninguno de ellos osaba desobedecer a su rey, aunque fuera para complacer mínimamente a su hermana más querida.

La imposibilidad de ver a García fue la gota que colmó el vaso en el ya maltrecho ánimo de Elvira. Al bajar la cabeza, derrotada, se dio cuenta de que todavía estaba vestida con ropa de montar. La premura en contestar a la llamada de su hermano Sancho y reunirse con él había hecho que al llegar a León ni siquiera se cambiara de atuendo y se vistiera con algo más presentable. Después de todo, ya no estaba en una finca a las afueras de Sahagún; estaba en la corte y debía vestir adecuadamente. No quería ni pensar la regañina de su hermana Urruca si se la encontraba en los aposentos reales llevando por todo atuendo unas recias botas de hombre, unos calzones y una capa. En su descargo cabría decir que los tejidos y la hechura eran de máxima calidad en todas las prendas, que bajo la amplia capa llevaba una suave camisa de gruesa seda, y que su ropa interior era la habitual, pero no creía que eso le importara a Urraca si la veía así ataviada.

La ropa que llevaba le dio una idea para intentar despejar su cabeza y pensar cuáles debían ser sus próximos movimientos. Nada mejor que un buen paseo a caballo para poner sus ideas en órden. A diferencia de Sahagún, sabía que en Léon no podía cabalgar sola, pero ahora mismo no le importaba; se llevaría consigo a cualquiera de los escuderos que estuviera en la zona de las caballerizas, y haría llegar aviso a Alfonso y a Sancho de que había salido.

Dicho y hecho. Se dirigió a las caballerizas y al llegar al portón el corazón le dio un vuelco. Allí estaba Ruy, todavía vestido con sus mejores galas, junto al caballo que había traído Elvira de Sahagún, cepillándole suavemente mientras le susurraba al oído. La escena le conmovió profundamente, y deseó no tener que interrumpirla. Pero Ruy era él único que estaba en las cuadras en ese momento y, muy a su pesar, le tendría que pedir que ensillara su caballo y la acompañara.

Precisamente ahora Ruy era la última persona a la que quería ver; se sentía demasiado vulnerable tras la reunión con sus hermanos y no se fiaba de ella misma cerca de él en esas circunstancias. La última vez que había pasado algo parecido había acabado besándole apasionadamente. Además, todavía no se había repuesto de la vergüenza que había pasado al ir a buscarle a su habitación por la noche para verle con la excusa de devolverle su chaqueta, y encontrarle con Amina.

Resuelta a olvidar todo eso por un rato si con ello conseguía salir de esos muros que la estaban ahogando, atravesó decidida el umbral de la caballeriza. "Hola Ruy, ¿puedes ensillarlo, por favor? Y me temo que voy a tener que pedirte que me acompañes, no hay nadie más por aquí…" dijo mirando a su alrededor, mientras él se volvía sorprendido. Estaba de espaldas y no la había visto llegar. Se fijó en que llevaba los mismos ropajes de hombre que había vestido en Sahagún, pero su ceño estaba fruncido y su rostro tenía un gesto muy serio. Parecía que su hermano Sancho no le había dado buenas noticias.

"Como guste, mi Señora," dijo él, bajando la cabeza en señal de respeto y preguntándose si no debería aprovechar el momento para disculparse con ella por lo sucedido en la alacena y por su torpeza la noche que ella había ido a buscarlo a su habitación. Porque era evidente que ella había ido en su busca, y Ruy cada vez tenía más curiosidad por la razón que la había empujado a hacerlo. Entre todas las que había barajado no figuraba que ella pudiera sentir algo por él; Elvira era infanta de León, señora de Toro, hija, hermana, nieta y sobrina de reyes. ¿Cómo iba a fijarse en alguien como él? Sin duda lo que había pasado en la pequeña despensa había sido fruto de la tristeza y la frustración.

Mientras ensillaba los caballos, decidió que no era el momento propicio para sacar el tema. La infanta permanecía con semblante adusto, nada que ver con su habitual rostro relajado y, mientras la miraba de soslayo, le había parecido ver que los ojos le brillaban de una manera extraña, como si estuviera aguantando las lágrimas. Estuvo tentado de preguntarle si se encontraba bien, pero cuando le tendió las riendas de su caballo ya ensillado ella musitó "Gracias, Ruy," y montó ágilmente. Tenía tanta necesidad de sentir la libertad que montar a caballo le proporcionaba que ni siquiera le esperó, en un gesto totalmente inusual en ella. Ruy tuvo que darse prisa en seguirla; paró un momento junto a la garita de la muralla de la fortaleza real para mandar aviso a su señor Sancho de que salía con la infanta y tuvo que poner su caballo al trote para alcanzarla.

Una vez a su altura, giró suavemente la cabeza para mirarla e intentar descifrar su expresión. Era evidente que había recibido malas noticias nada más llegar a León, y cuando volvía a sopesar si debía interesarse por su estado, fue ella la que le sorprendió con una interpelación inesperada. "¿Una carrera hasta el molino?" le preguntó Elvira, con una expresión inescrutable.

Ruy asintió. "Sea, mi Señora," contestó, asintiendo con su cabeza. Para cuando se dio cuenta Elvira ya había espoleado a su caballo y se dirigía galopando al cercano bosque, que debía cruzar de extremo a extremo para llegar a la meta. Era uno de sus recorridos favoritos cada vez que salía a montar, por lo variado de los paisajes que atravesaba y por la diversidad de obstáculos que debía sortear, y lo conocía bien. "Ideal para despejar la cabeza," pensó la infanta mientras se adentraba al galope en la espesa arboleda.

Cuando perdió de vista a Elvira en apenas unos segundos Ruy se dio cuenta que algo iba mal. Nunca, desde que eran niños, había entrado en el bosque a esa velocidad. Era una buena amazona, muy buena, pero también era prudente y sensata, y eran precisamente esas cualidades las que hacían que destacase en una disciplina que muy pocas mujeres practicaban en aquella época. Pero la manera en la que estaba cabalgando desde que habían abandonado la fortaleza real no era ni prudente ni sensata, y el corazón de Ruy dio un vuelco al darse cuenta. Un accidente en el intrincado recorrido que les quedaba hasta alcanzar el molino podía ser fatal, y esta vez fue Ruy quien espoleó a su caballo para seguir a la infanta.

Se tranquilizó un tanto cuando volvió a establecer contacto visual con ella. Seguía galopando a una velocidad endiablada, pero por lo menos lo hacía esquivando troncos caídos y ramas bajas con total maestría. "Por lo menos lo que sea que la ha disgustado no le ha hecho perder sus habilidades a caballo…", pensó Ruy, ligeramente aliviado. Pero lo siguiente que observó fue la manera en la que, en vez de vadear un pequeño río que dividía el bosque en dos, empujaba a su caballo a saltar de orilla a orilla. El salto fue impecable, pero fue la gota que colmó la paciencia de Ruy. Enfadado con ella por los riesgos que estaba asumiendo, tomó un pequeño atajo que ella había obviado al saltar el río, esperando que así podría alcanzarla. Cuando llegó a un claro y la vio llegar por su derecha, rápidamente se situó a la par y a pesar de la velocidad a la que iba alargó su brazo y tomó firmemente las riendas del caballo de ella, quien, sorprendida, le miró extrañada.