Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.

"¡Qué haces!" exclamó Elvira mientras se agarraba firmemente a la silla para no caerse, mientras ambos corceles aminoraban su marcha progresivamente hasta quedar parados uno junto al otro. "¿Te has vuelto loco?" añadió, mirándolo confundida y enfadada mientras intentaba recuperar su ritmo de respiración normal.

"Mi Señora, mi señor Sancho me mataría si le pasa algo bajo mi protección," le contestó él, jadeando también y nervioso, deseando no haber dicho eso en el mismo momento en el que se oyó decirlo.

"Ya claro, eso es lo único que te importa…" resopló ella en voz baja, pero lo suficientemente audible para que Ruy la oyera, y desmontó rápidamente. Sabía que estaba comportándose como una niña mimada y malcriada, pero se sentía humillada y decepcionada. Pensaba que sus hermanos, que estaban demostrando que eran incapaces de mantener la paz entre sus reinos, no creían que pudiera gobernar Toro sola y por eso querían casarla con Diego Ordóñez. ¿Qué otra razón podrían tener para contravenir así la última voluntad de su padre, esa que Sancho se vanagloriaba tanto en respetar? Y también se sentía humillada y dolida porque Ruy no la consideraba lo suficientemente buena amazona para retarle a una carrera de igual a igual y, para colmo de males, al parecer no sentía nada por ella, mientras que ella estaba loca por él. "Cuidado Elvira, no te pongas más en ridículo," pensó, por un momento, mientras posaba sus pies en el seco terreno, al darse cuenta de que tenía los sentimientos a flor de piel.

"Eso no es cierto, mi Señora…" replicó Ruy, desmontando también y situándose enfrente de ella, teniendo cuidado en no invadir su espacio personal y en mantener la cabeza baja en señal de respeto. Aunque ahora mismo lo que le pedía el cuerpo era hacerle saber que su comportamiento no era de recibo y que le había dado un susto de muerte, imprudente o no, ella seguía siendo infanta de León y señora de Toro, y le debía respeto.

"¿No? ¿Seguro?" Elvira sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas y se concentró en controlarlas mientras le miraba fijamente. Con las lágrimas pudo, pero no con sus próximas palabras, que brotaron a borbotones sin que fuera capaz de pararlas. De repente su compromiso con Diego Ordóñez pasó a segundo plano; tenía delante de ella a Ruy y estaban solos, le parecía que le acababa de demostrar que no confiaba en ella y no pudo disimular la frustración que sentía. "Porque después de aquel rato en la alacena parece que me evitas, y cuando soy yo la que te busco… en fin… y después apareces en Sahagún siguiendo órdenes de mi hermano pero haces como si no hubiera pasado nada… No sé tú, pero yo no tengo por costumbre ir besando a los caballeros que me encuentro por la corte. Y eso de que Sancho te mataría si me pasa algo… pensaba que me conocías lo suficiente para confiar en mí, al menos en lo que concierne a montar a caballo..." Una vez que había comenzado a hablar, parecía que no podía parar. Toda la tristeza y frustración acumulada en los últimos tiempos la estaba vertiendo sobre Ruy.

Él no la dejó hablar más. Sabía que en ese momento nada de lo que pudiera decirle podría consolarla. Claramente era ya tarde para disculparse por lo sucedido en la alacena, pero, además, para su sorpresa, acaba de enterarse de la razón por la que había ido a buscarle a su habitación unos días antes. Al parecer no estaba dolida por lo que había sucedido entre ellos, sino por lo que no había sucedido después. Eso le rompía todos los esquemas… Confuso a la par que sorprendido, hizo lo primero que le pasó por la cabeza: alargó sus manos y enmarcó su rostro con ellas mientras ella enmudecía.

Para la sorpresa de Elvira, Ruy permaneció muy pegado a ella, juntando sus frentes mientras mantenía sus manos sobre el cuello de ella y le acariciaba las mejillas con los pulgares.

Elvira tragó saliva, y clavó sus ojos claros en los oscuros de él. "Por favor si no lo sientes de verdad..." musitó, intentando poner un poco de cordura en lo que estaba pasando. Estaba también haciendo todo lo posible por acallar la vocecilla que resonaba en su interior diciéndole que se relajara y se dejara llevar por el momento, pero le resultaba imposible. Dio un paso atrás, posando sus manos en el pecho de él para mantenerlo a cierta distancia.

"Ruy, no estoy ciega. Sé que amas a Jimena y te entiendes con Amina…" se atrevió a decir. Por mucho que la idea de dejarse llevar le pareciera muy atractiva, no podía cerrar conscientemente los ojos al hecho irrefutable de que no era la única mujer en la vida de Ruy. Bastante mal lo estaba pasando ya como para exponerse a sufrir nuevas decepciones.

"Elvira," suspiró él, utilizando por segunda vez en su vida su nombre de pila y manteniendo la distancia física entre ellos con el fin de que no se sintiera presionada. Ruy sabía perfectamente lo que había tenido y ya no tenía con Jimena y con Amina, pero se daba cuenta de que Elvira era completamente ajena a lo que había acontecido en los últimos días. De repente sintió un orgullo inmenso derivado del hecho de que ella sintiera celos de Jimena y Amina. "Ya no tengo nada con ellas: Jimena está preparando su boda y Amina… con Amina es distinto pero no tengo intención de volver a estar con ella… Yo tampoco voy besando a las damas que encuentro por la corte..." añadió, parafraseando las palabras que ella había pronunciado respecto a él a la vez que intentaba poner en orden sus sentimientos.

Elvira intentó procesar lo que acababa de oír y lo que ello implicaba. Se sentía cohibida y notaba como el rubor le iba subiendo por el cuello hasta teñir sus mejillas. "Yo…" tartamudeó, "yo… lo siento, no tenía intención de insultarte... " acertó finalmente a decir.

Ruy volvió a acercarse a ella, con intención de tomarla en sus brazos cuando a lo lejos se oyeron cascos de un caballo que se acercaba al trote. Ambos se giraron, sorprendidos, y comprobaron que Lisardo cabalgaba hacia ellos.

"Buenas tardes, mi Señora. Ruy, el rey Sancho te busca, es urgente que vuelvas a la fortaleza real," les dijo según llegó a su altura, sin tan siquiera desmontar.

Sin mediar palabra, ni una mirada siquiera, Ruy y Elvira tomaron las riendas de sus caballos, montando rápidamente. Los tres cabalgaron juntos de vuelta hasta la entrada de las caballerizas reales, donde Ruy se hizo cargo de los corceles de Ruy y Elvira, que desmontaron y siguieron caminos opuestos: Ruy hacia la amplia sala en la que se reunían las delegaciones de los distintos reinos para las negociaciones relativas a Galicia, y Elvira hacia los jardines. Todavía confundida y sorprendida por la conversación que acababan de tener, quería estar un rato a solas para saborearla y para planificar cuáles deberían ser sus siguientes pasos de cara a evitar por todos los medios el matrimonio con Diego Ordóñez. Se daba cuenta de que su alegría por los minutos pasados conversando con Ruy no debían distraerla de lo que se había convertido en su principal objetivo ahora: convencer a sus hermanos de que estaba mejor soltera que desposada con Diego.

Cuando Ruy llegó a la sala, la encontró vacía y sin signo alguno que le hiciera pensar que allí había tenido lugar reunión alguna, ni la fuera a haber en los próximos minutos. Extrañado, se dirigió hacia los aposentos del rey de Castilla, donde encontró a Sancho sentado delante de su escritorio.

"Mi Señor," dijo Ruy situándose delante de él, cruzando los brazos en su espalda y bajando la cabeza en señal de respeto. Consideraba al rey como uno de sus mejores amigos, pero nunca osaría tratarlo de tú a tú.

"Hola Ruy, gracias por venir. Quería tratar contigo un asunto de suma importancia…"

"Si se trata de negociaciones, las delegaciones no se han reunido todavía…" indicó Ruy.

"No, nos reuniremos esta tarde, estate preparado. Pero no es lo eso por lo que te he llamado, es otro asunto, tan importante si cabe, o más, que el futuro de Galicia…" le explicó Sancho, levantándose y poniéndose delante del escritorio, sobre el que se apoyó mientras miraba a Ruy.

"Vos diréis, mi señor…"

"Mi hermana Elvira," comenzó Sancho.

Ruy no pudo evitar tensarse al oír sus palabras, y levantó la cabeza, mirando sorprendido a su rey, quien, si no hubiera estado tan preocupado por todos los frentes que tenía abiertos en ese momento, se habría dado cuenta del cambio en el semblante y en la expresión corporal de quien consideraba su mano derecha ante la mera mención del nombre de su hermana favorita.

Ruy tragó saliva, preguntándose una vez más si los episodios de la alacena y la visita nocturna de Elvira habrían llegado a los oídos de su señor. ¿Qué otra razón empujaría a Sancho a requerir su presencia para hablarle de su hermana cuando estaban negociando un tratado de paz de suma importancia para el futuro de los reinos cristinos?

"Vos diréis, mi Señor," acertó a repetir, preparándose para recibir la ira de su rey. Si éste conocía alguno de esos episodios, Ruy estaba seguro que no quedaría sin castigo.

"¿Sabes si se ve con alguien?" preguntó Sancho a bocajarro.