Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.

El ruido de la puerta al abrirse atajó en seco los pensamientos de Sancho, quien, molesto por la interrupción, alzó su cabeza y vio a dos miembros de su guardia real, que respetuosamente daban paso a la infanta Elvira. Todavía impactada a partes iguales por la noticia de su próximo compromiso y el íntimo momento que había compartido con Ruy poco después en su paseo a caballo, no había dudado en interrumpir la reunión entre su hermano y el Cid campeador en cuanto tuvo conocimiento de que ambos se encontraban juntos. Lo que no podía imaginarse es que no estaban tratando acerca asuntos de estado, sino que su conversación había derivado a los candidatos para su mano, y que Ruy había insistido en que Diego Ordoñez no era, ni mucho menos, el ideal. De hecho, poco le había faltado para postularse él mismo.

"Hombre, hablando del rey de Roma," su hermano la saludó bromeando, mientras Ruy bajaba respetuosamente su cabeza. "Justo me estaba diciendo Ruy que seguro que preferirás quedarte soltera que desposarte con Diego Ordóñez…" comentó, jocoso.

Pero la infanta no estaba para bromas. Miró brevemente a Ruy con agradecimiento y rápidamente volvió su atención hacia su hermano, tratando de encontrar un tono neutro y pausado para dirigirse a él. "No te rías, Sancho. Es un asunto muy serio, y Ruy tiene razón…"

El rey de Castilla se encogió de hombros. "Pero tú siempre has dicho que querías casarte y tener hijos, y sabes de sobra que entre los de nuestra condición no se elige esposo, lo eligen por ti…" explicó, mientras sentía que se impacientaba. Su única intención había sido hacerle la vida más amable a su hermana favorita y librarla, en lo posible, de los egoístas designios del testamento del padre de ambos, y lo único que había conseguido hasta ahora era preocuparla más de lo que ya estaba. La rabia y frustración era evidente en su suave rostro ovalado, y Sancho se sintió culpable por ello, pero a la vez vio algo en la cara de su hermana que le llamó la atención: determinación. No es que fuera un nuevo hallazgo; la conocía bien y sabía de sus innumerables cualidades, y también de sus defectos, pero nunca la había visto pelear por nada. Siempre protegida por toda su familia, no le había hecho falta; pero algo le decía que su hermana pequeña no iba a dar su brazo a torcer fácilmente en este asunto, y una inmensa ola de orgullo le invadió. Evidentemente le incomodaba tener que volver a tratar el asunto de su matrimonio con Alfonso, dada su enemistad creciente a pesar de los lazos de sangre que les unían, pero a la vez le alegraba ver a su hermana con la energía suficiente para pelear por el futuro que quería para sí misma.

"Cualquier cosa antes que unir mi destino al de Diego, hermano," le aseguró ella, mientras se sentaba en una de las sillas de la habitación, dándole a entender a Sancho que estaba allí para hablar con él y que no la iba a despachar fácilmente.

"Mi señor, mi señora… con vuestro permiso me retiro…" murmuró Ruy, incómodo por la situación. Se sorprendió al darse cuenta de que, además de celoso de Diego Ordóñez, estaba ansioso por volver a estar a solas con Elvira y retomar las cosas donde las habían dejado cuando Lisardo les había interrumpido. Además, sabía que había tenido la oportunidad de sincerarse con Sancho acerca de lo que había pasado con su hermana durante las últimas semanas y no lo había hecho. Y algo le decía que no iba a estar cómodo delante de su rey y señor hasta que no lo hiciera. "Pero primero tengo que hablar con ella," se dijo a sí mismo mientras se giraba para abandonar la estancia. No se fiaba de lo que pudiera decir o hacer si se quedaba allí un minuto más.

"No, Ruy, quédate, por favor. Lo que le tengo que decir al rey también te incumbe…" rogó Elvira, mientras alargaba su brazo para evitar que saliera de la habitación. "Confía en mí, quédate," insistió ella ante su cara de extrañeza, fijando sus ojos claros en los oscuros de él. Su tranquila súplica le conmovió hasta el punto de que olvidó por completo su intención de irse, y no por primera vez desde que Elvira había irrumpido en la habitación, deseo poder estar a solas con ella.

A Sancho no le pasó desapercibida la manera en la que ambos se comunicaban casi sin palabras. Había bastado una mirada y un suave susurro de Elvira para que Ruy se quedara clavado en el suelo, mirándola como embobado y obedeciéndola casi sumisamente. Pero ella siguió hablando, interrumpiendo los pensamientos del rey..

"Hermano, he venido a pedirte, no, a rogarte, a suplicarte, que por favor no sigas adelante con mi compromiso con Diego Ordóñez. Haré cualquier cosa para evitarlo y no quiero causarte mal ni escándalo alguno. Dios bien sabe que tenemos suficiente con tener que lidiar con las repercusiones del testamento de nuestro padre, y soy consciente de que tu también estás sufriendo con esta situación…" explicó ella, en una manera sumamente calmada teniendo en cuenta las sensaciones que bullían en su interior.

"Elvira…" le interrumpió Sancho.

La infanta movió suavemente la cabeza. Sabía que Sancho no se sentía cómodo hablando de sus sentimientos; le habían educado desde la cuna como al príncipe heredero del imperio de sus padres que era y en esa educación nunca había habido ni el menor resquicio para ello. El único afecto que había recibido en su vida hasta que se había desposado hacía solo unas semanas había sido el procedente de sus hermanos Elvira y García, por lo que llevaba especialmente mal haber ido a la guerra contra éste último y haberle hecho prisionero para hacer valer la última voluntad de su progenitor. "No, no digas nada. Tu lo sabes, yo lo sé y Ruy también lo sabe. Aquí solo estamos nosotros tres y no hay razón para disimular…" dijo Elvira, mirando con cariño a su hermano más querido.

"¿Y todo eso que has dicho siempre de que querías una familia?" preguntó Sancho, deseando cambiar el tema lo antes posible hacia un terreno más práctico y más alejado del mundo de los sentimientos.

Elvira tragó saliva, sintiendo que era o ahora o nunca. Dudaba mucho de que dado el estado en el que se encontraban las negociaciones entre los distintos reinos volviera a gozar de una oportunidad así para trasladarle a su hermano lo que de verdad ansiaba. Le habría gustado compartirlo con Ruy primero, pero iba a tener que hacerlo sin su previo conocimiento. "Y la sigo queriendo, pero no con Diego Ordóñez, sino con Ruy, si él me acepta…" aseveró, mirando primero a su hermano y después a Ruy mientras sentía cómo su corazón latía desbocado.

Una vez que se oyó lo que acababa de decir, el pánico la invadió. "¿Y si él no me acepta?" pensó, angustiada, clavando su mirada en Ruy, quien, al oírla, había levantado muy despacio su cabeza y la miraba sorprendido. Y orgulloso y muy honrado; ella había tenido el valor de hacer aquello a lo que él no se había atrevido a pesar de la estrecha relación que le unía con su señor. Solo esperaba que éste no reaccionara como solía hacer cuando algo no resultaba de su agrado.