Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.
La súbita carcajada de Sancho resonó por toda la estancia. "Si esto es una broma, Elvira, que sepas que no has elegido el mejor momento …"
"No es una broma, Sancho. Estoy hablando en serio," declaró la infanta, volviendo su mirada hacia su hermano con una calma que no sentía en absoluto. En ese momento lo único que quería era volver a mirar a Ruy y comprobar que su inicial sorpresa no se había tornado en confusión, o, peor aún, rechazo. Pero ya habría tiempo para Ruy; ahora debía fijar su atención en Sancho, y estar totalmente centrada en él para rebatir todas las objeciones que, estaba segura, tendría contra un eventual compromiso entre Ruy y ella. Y la reacción de su hermano la sorprendió.
"Déjanos solos, Elvira," exigió, de repente, en un tono amenazador.
Elvira se tensó aún más al oír sus palabras. "Sancho, repito que estoy hablando en serio. Siento si te he sorprendido y espero no causarte problemas con Alfonso, más de los que ya tienes, pero…" comenzó a explicar, hablando de una manera pausada.
Sancho volvió a reír a carcajadas, interrumpiéndola con su risotada. "Ahora mismo lo que piense nuestro querido hermano Alfonso de todo esto es lo que menos me importa, Elvira… Déjanos solos…" insistió. "Esta hermana mía parece que no entiende nada… y eso que es una de las personas más inteligentes que conozco…" pensó, enfadado.
"Pero lo que le digas a Ruy…" empezó a decir una vez más, manteniendo una postura erguida en la silla en la que estaba sentada, haciéndole ver que quería quedarse.
Sancho suspiró y bajó la cabeza un segundo para intentar mantener su genio a raya, por lo menos hasta que su hermana saliera de la habitación. Luego miró a Ruy, quien ahora ya observaba directamente a la infanta, implorandole con su mirada que hiciera lo que el rey le indicaba. "Elvira, no lo voy a repetir más. Si tienes a Ruy en alguna estima, abandona la estancia ya, antes de que tenga que llamar a la guardia real, y sabes que lo haría…" acabó diciendo.
Elvira frunció el ceño, completamente sobrepasada por la reacción de Sancho, y miró de nuevo a Ruy, quien le sonrió y asintió suavemente con la cabeza, animándola, ahora ya con gestos indubitados, a seguir las órdenes de su rey y haciéndole saber, sin necesidad de palabras, que estuviera tranquila, que todo iría bien.
El intercambio entre ellos no pasó desapercibido para el rey de Castilla, quien, a la vista de cómo se comportaban, empezó a preocuparse de verdad. Todo esto no parecía tratarse de un capricho de Elvira; de hecho, a diferencia de Urraca, nunca había sido una persona dada a antojos y albedríos varios. ¿Qué estaba pasando entre su mano derecha y su hermana preferida? ¿Y cuándo había comenzado todo esto? Estaba intentando hacer memoria lo más rápidamente posible sobre los últimos acontecimientos en la vida de Ruy, quien le había acompañado en todos sus viajes desde su nombramiento como rey.
Recordaba que habían estado varios meses en la corte de Castilla, sin contacto con León (por lo menos, que él supiera, pensó preocupado); tras sus esponsales en San Isidoro, habían partido a la guerra a Galicia, y después Ruy había marchado inesperadamente a Vivar a acompañar a su madre en su lecho de muerte… Pero de todos sus pensamientos atropellados, alimentados por el estupor, uno destacaba sobre los demás: ¿se trataba únicamente de un inocente coqueteo entre ellos, o habían dejado ya de lado la fase platónica para embarcarse en una relación con todo lo que eso implicaba? Es más, aunque Ruy nunca le había confesado nada, Sancho estaba convencido de que llevaba años suspirando por el amor de Jimena, la prometida del Conde de León. ¿Qué era entonces su hermana para él: un simple y mero pasatiempo, porque el objeto de su afecto nunca estaría estaría a su alcance? ¿Pero para eso no tenía ya a Amina?
Totalmente ajena a los pensamientos de su hermano, Elvira se levantó muy despacio y se dirigió a él. "Esta bien. No hace falta que recurras a las amenazas, Sancho. Espero que trates a Ruy de la misma manera que me tratarías a mi. No me decepciones, por favor…" dijo antes de abandonar la habitación, sonriendo tímidamente a Ruy mientras se retiraba.
Sancho esperó a que la puerta estuviera cerrada tras ella para acercarse a Ruy, quien volvió a bajar la cabeza en señal de respeto. Intuía cuál podía ser la reacción de su rey a las palabras de Elvira y trató por todos los medios de prepararse mentalmente para ella en cuestión de segundos. Lo último que quería era que su rey pensara que no le respetaba, ni a él ni al resto de su familia.
"¿Quién crees que eres, osando seducir a la infanta?" siseó Sancho, mirándole fijamente tras situarse a escasos centímetros de él. Un comportamiento así con su hermana le habría dolido viniera de quien viniera, pero el hecho de que fuera Ruy hacía que, además de ofendido, se sintiera traicionado. Y la traición era una emoción con la que el rey de Castilla no había aprendido a lidiar a pesar de la educación recibida durante todos sus años como príncipe heredero de los reinos de sus padres. Es más, últimamente tenía la sensación de ser traicionado constantemente: por su padre, al repartir los reinos entre sus hijos; por su madre, por acatar la voluntad de su marido sin contestarla; por sus hermanos Alfonso, Urraca y García, por conspirar a sus espaldas… Pensaba que ya había recibido la dosis de traición que te tocaba en esta vida; por eso la posibilidad de que Ruy, su amigo, su leal Cid Campeador, su mejor guerrero, también le hubiera traicionado era tan doloroso.
Ruy levantó muy despacio la cabeza, y fijó su mirada en la de su rey, frunciendo el ceño. "Mi señor, la infanta merece todo mi respeto. Nunca haría eso con nadie…"
Una brusca carcajada de Sancho le interrumpió, impidiéndole decir lo que pensaba pronunciar a continuación. "Y mucho menos a la infanta…" pensó, mientras volvía a inclinar la cabeza en señal de respeto. Habiendo vivido en la corte desde que era un niño, era plenamente conocedor de que en ese ambiente los gestos eran tan importantes como las palabras, o incluso más, y aunque tenía en alta estima a su rey e incluso le consideraba su amigo, sabía que en estas circunstancias lo más sensato y prudente era mantener las distancias.
Sancho siguió riendo mientras Ruy mantuvo su pose: manos a su espalda y cabeza gacha.
"Nunca haría eso con nadie, dice…" exclamó el rey, cuando por fin acabó de reírse. Habían sido solo unos segundos, pero al Cid le parecieron minutos. "¿Y qué has estado haciendo todos estos años con Jimena, Ruy?"
El Campeador levantó la cabeza, sorprendido, al oír que se refería a quien, durante mucho tiempo, hasta que ella había comenzado a decepcionarle, había considerado el amor de su vida. ¿Seducir a Jimena? ¡Nunca lo había hecho! Había estado enamorado de ella desde que era un chiquillo, y era cierto que había buscado y perseguido su amor sabiendo que estaba prometida a otro, pero de ahí a seducirla había un trecho.
Ruy tragó saliva. Sancho debía sentirse muy defraudado y traicionado para traer a colación a Jimena. "¿De qué estáis hablando, mi señor? Yo nunca…" empezó a explicar, ahora sí fijando su mirada en la del rey.
"¿De veras crees que estoy ciego, Ruy? ¿O ahora me tomas por tonto? Has estado años detrás de ella, provocando encuentros furtivos entre vosotros…"
"Mi señor, el encuentro más furtivo y, digamos, escandaloso, que hemos tenido fue detrás de uno de los pilares de la nave de San Isidoro, justo antes de partir hacia Castilla, y todo lo que hicimos fue despedirnos…" Ruy recordaba vivamente la escena. Ambos se habían emocionado casi hasta las lágrimas, y habían intercambiado pequeños objetos de recuerdo: el pañuelo de ella, la cinta de pelo de él… pero ni siquiera se habían besado.
A Sancho se le había agotado la paciencia. Estaba furioso, dolido, se sentía traicionado y ahora, además, creía que Ruy le estaba mintiendo respecto a Jimena para tapar su relación, o lo que fuera que tuvieran, con Elvira. No lo iba a tolerar más. "Fuera de mi vista, Ruy. ¿me has oído? Fuera de mi vista. Te quiero fuera de la corte, vuelve a Castilla de inmediato," exclamó Sancho, muy enfadado, haciendo un gran esfuerzo por controlar el temblor de su voz mientras se dirigía así a su mejor amigo. "Y ni oses acercarte a mi hermana hasta que partas, ¿está claro?"
