-Eterno-
[Yamichar Week 2022]
Día 7. 'Portrait' / 'Coincidence'
—¿Yami…? —preguntó suavemente mientras los ojos de la persona a quien hablaba, exactamente igual de azules que los suyos, la miraban con devoción.
—No, no soy Yami.
Einar se quedó observando el rostro de su madre. Hacía tiempo que sus momentos de lucidez eran prácticamente nulos y, con cierta frecuencia, solía confundirlo con su esposo, que había fallecido algunos años atrás. Desde ese momento, ella cambió mucho y, poco tiempo después, cayó enferma.
Vivía en la base de las Rosas Azules con Hana, capitana de la orden por esas alturas, y las demás chicas. La cuidaban, la trataban de manera excelente y tanto él como su hermana mayor podían ir a visitarla siempre que quisieran.
Sin embargo, Einar sentía que su familia ya no era la misma, y no era para menos. Cuando se va creciendo, van surgiendo momentos en los que hay que enfrentarse a la crudeza de la vida y ver a su madre en ese estado le rompía el alma en mil pedazos, pero debía aguantar la compostura delante de ella.
—¿Ah, no? Te pareces mucho a él.
Sonrió, ciertamente halagado. Cuando era adolescente, la relación con su padre se enfrió mucho, hasta tal punto en el que estuvieron una temporada sin hablarse demasiado. Se cortó incluso el pelo para que no le dijeran que se parecía a él. Hoy en día, su máximo orgullo era precisamente que encontraran remembranzas de su padre en su físico y en su personalidad.
El tiempo cambia, madura a las personas. Siempre se arrepentiría de esa época, en la que sentía que nunca era suficiente para Yami, pero ya no podía hacer nada para cambiarla, así que la aceptaba. Ese era su pasado y así estaba bien. Con el paso de los años, entendió que ese período confuso en su relación se debió a una falta de comunicación propia de dos personas que no sabían bien cómo lidiar con las palabras.
—¿De verdad? Entonces seguro que es muy guapo.
Charlotte sonrió y asintió lo más enérgicamente que pudo, y Einar le acarició el rostro mientras se sentaba justo enfrente de ella. Siempre había admirado la relación de sus padres. Se amaban profundamente, se llevaban bien, se respetaban y habían conseguido construir un hogar sólido y hermoso. El ambiente en su familia siempre fue idílico, porque además sus hermanas eran personas especiales, nobles y generosas. Si alguien dio más problemas, realmente fue él. Pero su madre siempre fue su debilidad y la persona que lo ayudó a pasar esa etapa de rebeldía injustificada lo más pronto posible.
Desde ese entonces, la vida había cambiado mucho. Sus hermanas eran capitanas de los Toros Negros y las Rosas Azules, y Hikari tenía dos hijos a los que todo el mundo adoraba, mientras que Hana también había sido madre, aunque solo una vez. Él, por su parte, hacía muchos años que compartía su vida con una persona completamente ruidosa y que solía molestarlo mucho en el pasado, pero sin la que ahora no podía vivir. También era padre de dos niñas; una se parecía bastante a su hermana mayor y la otra, a su esposa.
Todavía podía recordar la cara de ilusión que componían Yami y Charlotte cada vez que conocían la noticia de que iban a ser abuelos. Siempre fueron personas maravillosas y se alegraba infinitamente de que precisamente ellos fueran sus padres. Le habían enseñado que el amor edifica vínculos que, bien cuidados con los años, se vuelven indestructibles.
—¿Quieres que te enseñe algo?
Einar, algo confundido por aquella propuesta de su madre, asintió enseguida. Con sus indicaciones, llegaron al pasillo en el que estaba colgado el retrato familiar que se hicieron cuando él apenas tenía cuatro años. A pesar de su corta edad, recordaba ese día perfectamente. Y parecía que su madre también lo hacía, porque no podía apartar su mirada clara ni un segundo de allí.
—o—o—o—
Lo primero que vio al despertarse fue el rostro tranquilo y dormido de Yami. Recordaba que, las primeras noches que pasaron juntos, no podía creerse estar viéndolo allí, durmiendo a su lado en la misma cama.
Llevaban muchos años juntos, tenían tres hijos y la situación en el mundo entero había cambiado, pero sus sentimientos por el otro seguían intactos.
Le acarició el mentón para despertarlo. Él arrugó la frente un poco y después entreabrió los ojos con molestia, pero su rostro compuso un gesto calmado al verla allí, justo enfrente y sonriéndole. Se movió debajo de las sábanas y la abrazó, escondiendo la cara en el hueco que su hombro y su clavícula formaban. Charlotte le besó la sien despacio y, cuando se separaron, le rozó ligeramente los labios con los suyos.
—Buenos días. Vamos a levantarnos, que tenemos algo que hacer.
—¿Eh? —profirió él con la voz ronca.
—Hoy vienen a hacernos el retrato. ¿Es que ya no te acuerdas?
—Ah, sí.
—Bien, voy a despertar a los niños. No tardes mucho, ¿vale?
Yami asintió mientras la veía levantándose de la cama y saliendo de la habitación. Se levantó también y fue a bañarse. Se puso su ropa de siempre, porque ya lo había hablado con Charlotte; no pensaba vestirse de manera formal. Si quería un retrato familiar estaba bien, pero debía mostrar su día a día y su esencia, y él realmente odiaba con todas sus fuerzas los trajes entallados que los hombres solían llevar en esas tierras cuando había un evento especial.
Bajó las escaleras cuando terminó de vestirse y se encontró a sus hijos preparados. Hana llevaba un vestido rosa y Hikari había optado por unos pantalones y una blusa con un chaleco. Sonrió al verla. Sabía perfectamente que no se pondría un vestido en su vida. Einar vestía más normal, con una camiseta azul y unos pantalones.
Y, por supuesto, Charlotte llevaba un vestido azul con rosas rojas adornándolo que hacía que se viera preciosa. Se quedó mirándola. En muchas ocasiones, le costaban entender cómo una mujer así se había fijado en él, pero el destino es caprichoso y sus giros son muy extraños e inesperados, así que simplemente lo aceptaba con agradecimiento.
—Qué guapos estáis, mocosos.
Los tres niños sonrieron a su padre y después se quedaron revoloteando a su alrededor, esperando la típica caricia que solía darles en la cabeza, así que no los defraudó y lo hizo.
Escuchó un ruido en la puerta. Seguramente, serían las dos personas que habían contratado para que les hicieran el retrato. Cuando Charlotte le comentó que quería que se hicieran uno como recuerdo de la familia, le dio una pereza increíble. Pero se la veía ilusionada y con muchas ganas de tenerlo, así que ni se le ocurrió negarse. Su felicidad era su prioridad máxima y siempre haría lo posible para que estuviera bien.
Charlotte recibió a los dos hombres encargados del retrato y fueron a la sala. Les dieron algunas indicaciones sobre cómo debían colocarse y, justo antes de empezar, la Capitana de las Rosas Azules llamó a sus hijos para acomodarles la ropa.
Yami se acercó a ella. Esperó a que terminara y sus hijos se alejaran para comentarle algo.
—Oye, ese de las gafas te mira demasiado, ¿no?
Charlotte volteó a observarlo. Era un chico bastante joven. Precisamente en ese momento, la estaba mirando y, al hacer contacto visual, le apartó los ojos con algo de vergüenza.
—¿Estás celoso? —preguntó ella con una sonrisa juguetona adornándole los labios.
Antes de que pudiera contestarle, sujetó su mentón, bajó un poco su rostro y lo besó brevemente. Se fue a sentarse en la silla en la que debía ir para el retrato y Yami se quedó observándola mientras sonreía.
Se acercó y se colocó detrás de su familia, dejando una mano en la silla en la que Charlotte estaba sentada y la otra apoyada en el hombro de Hikari.
El proceso sería largo, pero estaba seguro de que valdría completamente la pena.
Yami se tumbó en la cama al llegar a su habitación. Justo como lo esperaba, había sido un día algo tedioso, pero el resultado del retrato había sido perfecto.
Colocó las manos debajo de su cabeza mientras esperaba a Charlotte. Al verla entrando, se incorporó para sentarse en la cama. Le sonrió y después se quedó enfrente del espejo mientras se quitaba los pendientes.
Se levantó. Se colocó detrás de su cuerpo y la abrazó mientras dejaba su barbilla en su hombro. Ella simplemente le acarició los brazos y luego sintió un beso posándose en su mejilla.
—Estás tan guapa con este vestido que llevo todo el día teniendo ganas de arrancártelo.
Charlotte se rio. ¿No era esa afirmación bastante contradictoria? Negó con la cabeza y se dio la vuelta para besar sus labios.
—Yami, muchas gracias —dijo sinceramente, porque sabía que no había rechistado ni un poco en todo el día por complacerla.
—¿Sabes que te quiero muchísimo?
Asintió sonriendo y lo abrazó.
Realmente, tenía mucha suerte de compartir su vida con un hombre tan sumamente especial como lo era Yami Sukehiro.
—o—o—o—
La primavera había llegado ese año con fuerza. Todas las calles estaban llenas de flores y la base que en un tiempo solía capitanear Charlotte Roselei, llena de rosas por todas partes, de modo conmemorativo hacia una de las guerreras más poderosas y capaces que alguna vez tuvo el Reino del Trébol. Era, sin duda alguna, la estación perfecta para partir.
Einar estaba de visita y sabía que Hikari llegaría también pronto. Hana le había dicho que podía ir cuando quisiera, pero no podía negar que le costaba un poco visitar el edificio y ya no ver a su madre por allí. La habían enterrado hacía apenas dos semanas, junto a Yami, pero se sentía extraña la situación, tal y como sucedió cuando su padre murió e iba a la base de los Toros Negros, a pesar de que había pasado gran parte de su vida viviendo allí.
—Me alegra mucho que hayas venido —dijo Hana, saludándolo.
Estaban en el jardín. Era curioso, porque cuando la veía allí y con el uniforme de las Rosas Azules puesto, no podía pensar en otra persona que no fuera su madre. Se parecían muchísimo, pero Hana tenía algo especial y que nadie más en la familia había heredado, ni siquiera las más nuevas generaciones de los Sukehiro: los ojos de Yami. Y no solo se trataba de su color, sino también de su decisión, de su intensidad.
Aun así, no podía negar que era como un reflejo de Charlotte Roselei; sosegada, comedida, prudente y demasiado responsable. A veces, también vergonzosa y tímida de más, aunque tenía que reconocer que nunca vio esa faceta de su progenitora, solo había escuchado historias de la época en la que era así.
Era una mujer fuerte y muy decidida. Recordaba su gentileza cuando eran pequeños, pero también que era bastante estricta cuando era necesario. Fue una madre estupenda. Por eso, seguramente se sentía tan vacío. Las madres son las personas que más nos quieren en el mundo y saber que ella ya no estaba a su lado lo hacía sentirse muy solo, aunque sabía que no lo estaba en realidad. Sin embargo, ese sentimiento ya no se iría jamás. Especialmente en él, que tenía una relación muy estrecha con Charlotte.
—¿Puedo ir a verlo?
Hana asintió mientras sonreía con nostalgia. Sabía bien a lo que se refería; Einar quería ir a observar el retrato familiar que se hicieron hacía tantos años y que estaba colgado en el pasillo de la base de las Rosas Azules. Sabía que lo necesitaba con urgencia, así que simplemente lo dejó ir sin acompañarlo.
Al llegar, se quedó serio, observando fijamente el cuadro. Los trazos eran muy bellos y sus expresiones, tremendamente felices, a pesar de que Hana no sonreía como los demás, pero sabía que era porque le daba vergüenza posar y ser el centro de atención.
En completo silencio, sintió dos lágrimas recorriendo su rostro. Echaba de menos esos tiempos perfectos en los que sus únicas preocupaciones eran jugar con sus hermanas, corretear por toda la base, leer el periódico con su padre sin entender absolutamente nada o que su madre le contara alguna historia de sus misiones antes de dormir.
Su vida no era mala. No lo era en absoluto. Sin embargo, la vida adulta era mucho más difícil de lo que pensaba y saber que cada vez iba perdiendo a personas que amaba inmensamente era muy doloroso. Más aún teniendo en cuenta que sus hermanas eran mayores que él y que probablemente tendría que experimentar su pérdida también.
Suspiró mientras se quitaba las lágrimas de la cara. Había sentido el ki de su hermana mayor hacía rato en la base, pero ahora se movía hacia él. No quería que lo viera tan abatido, aunque sabía que era completamente normal sentirse así y expresarlo. Simplemente no quería que ninguna de sus hermanas se preocupara por su estado de ánimo, porque sabía que ambas tenían sus propias responsabilidades.
—Hola mocoso.
—Hola tata.
—Este cuadro es precioso, ¿no crees?
—Sí que lo es. Me lo pasé muy bien ese día, todavía me acuerdo.
—Sí, yo también. Se notaba que a papá no le apetecía nada hacerlo, pero siempre complacía a mamá en todo lo que podía.
—Pero nunca dejó de fumar.
—Bueno… He dicho en todo lo que podía —apuntó Hikari mientras sonreía y miraba el cuadro sin despegar siquiera sus ojos de allí.
—Volviendo a lo que has dicho, ¿cómo sabes que a papá no le apetecía hacerlo?
—Ya te lo he dicho, se le notaba.
Einar suspiró y después miró el perfil de su hermana. Sabía que la pérdida de su madre era devastadora para toda la familia, pero también que la de su padre le afectó como ninguna, debido al vínculo tan grande que compartían.
—Lo conocías mejor que nadie.
—Yo diría que mamá lo conocía mejor. La vamos a echar mucho de menos, ¿verdad?
Hikari se movió hacia su hermano y lo instó a que pasara uno de sus brazos por su hombro a modo de caricia cariñosa. Era mucho más alto que ella. Se llevaban diez años y recordaba perfectamente su nacimiento, pero ya era un hombre adulto, aunque para ella siempre seguiría siendo su mocoso.
Se quedaron juntos y en silencio mirando el retrato, hasta que ella habló de nuevo.
—Llévatelo.
—¿Qué? —preguntó él, desconcertado.
—Llévate el cuadro a tu casa.
—¿Qué dices? No puedo hacer eso. Está bien aquí, donde mamá lo dejó. Además, ¿qué va a pensar Hana?
—Hana está de acuerdo, ya he hablado yo con ella.
Einar apretó el abrazo con su hermana. Siempre lo protegerían aunque fuera un adulto y probablemente sabían que estaba pasando por un momento horrible, aunque él no lo mostrara tanto como lo necesitaba.
—Pero…
—Nada de peros. Sé que lo cuidarás muy bien.
—Muchísimas gracias, tata.
—No tienes que darlas. Estoy segura de que mamá estará feliz de que lo tengas tú.
Sintió algunas lágrimas acumulándose en sus ojos, pero, contradictoriamente al dolor, sonrió.
—Vamos con Hana al jardín. Seguro que ha preparado té para los tres.
Asintió y después cortaron el abrazo. Se dirigieron hacia donde su hermana se encontraba, pero, antes de marcharse, Einar miró de nuevo el retrato, el rostro sonriente de su madre y el aura tan especial y cálida que desprendía su familia.
La idea de no volver a verla era triste y muy difícil de asimilar, pero estaba tranquilo, porque sabía que, a partir de ese momento, ella estaría junto a la persona que más había amado en su vida y esta vez, durante toda la eternidad.
FIN
Respuesta a los reviews anónimos:
Guest: me alegra mucho que te haya gustado el headcanon y la forma en la que retrato a Yami :) es un poco difícil escribir sobre él porque cuesta un poco imaginar lo que piensa, pero seguiremos por aquí por supuesto.
Nota de la autora:
Tengo que reconocer que me emocioné mucho escribiendo este one-shot. Pero bueno, así salió y espero que os haya gustado.
El retrato del que hablo es la comisión que me hizo Inma para la portada de Presunción de inocencia, actualmente en publicación, y me sirvió como inspiración para la historia.
Se acabó la week :( pero me lo he pasado genial, he visto trabajos bellísimos y ha sido en general un evento precioso. Así que muchas gracias a vosotras y vosotros por acompañarme también.
La yamichar week volverá el año que viene, así que ¡nos veremos por allí!
