Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
2
El sábado, Iruka me lleva a la finca de mis padres alrededor de una hora después de que la fiesta comenzara. Él tiene que hacer unos recados, así que le digo que se vaya; con instrucciones estrictas de que me recoja exactamente en tres horas. No es que no me guste mi familia, son geniales. Pero en pequeñas dosis. Si paso mucho tiempo con ellos... bien, ya lo verás.
Mis pasos resuenan en el inmenso vestíbulo de mármol. Paso la sala de música, la sala de estar, el invernadero, la biblioteca, en donde se encuentra colgado mi retrato a los cinco años, vestido con un mono azul y una gorra; luciendo como el niño afeminado de las pinturas de los anuncios de Dutch Boy, pero con cabello rubio. Le he ofrecido a mi madre mi primogénito, que probablemente nunca tenga, para que lo quite, pero no cede. Si Sasuke, Neji o Sakura alguna vez ponen los ojos en él, estoy jodido.
En la parte trasera de la casa hay una ajetreada energía procedente de la cocina, la que se puede sentir más que escuchar; sirvientes arrastrando los pies, reponiendo las bandejas de champán y caviar, llevando cubos de hielo para mantener fresca la mesa de langosta y ostras. En el exterior, hay carpas y mesas, una banda, y un bar completamente equipado con dos camareros. Lo que no hay son serpentinas, globos brillantes, payasos o magos; a pesar de que esta se supone que es una fiesta infantil. Porque en realidad, este tipo de fiesta es para los doscientos adultos mezclándose, charlando, dándose la mano, besándose las mejillas y apuñalándose las espaldas. Sí, he dicho doscientos; solo amigos y familiares.
Verán, mi padre es el menor de ocho. Mi madre, la menor de doce. Y ambas partes gozan de excelente salud, todos ellos viven por jodidamente siempre. Lo cual significa que hay primos, tíos, primos segundos, y abundancia de sobrinos, y la banda está toda aquí. Además de una buena salud, hay otro rasgo que es fuerte en mi familia. Se podría decir que son... excéntricos. Más locos que la mierda de rata también trabajando. Tomemos a mi tía Bette, por ejemplo. Es la mujer del vestido café claro, mirando hacia las ramas de ese árbol de arce, hablando con las aves como una mujer sin hogar en un parque. Tiene cuatro hijos y no habla con ninguno de ellos, desde hace años. Prefiere la compañía de sus palomas de carreras. Creo que ha ganado premios. Es importante tener un propósito en la vida. El aburrimiento ha matado a más de mi clase social que el cáncer y las enfermedades del corazón combinados. Debido a que la mayoría de la gente trabaja por cosas como comida, casa y ropa, y el trabajar por esas necesidades infunde un propósito y ambición. Te da una razón para arrastrarte fuera de la cama por la mañana. Pero cuando tus necesidades están cubiertas, cuando literalmente no tienes que limpiar tu propio trasero si no quieres, ¿qué diablos haces contigo mismo? Si eres estúpido te drogas, bebes o juegas para ocupar tu tiempo. El aburrimiento es una enfermedad. Ya sea que la cures haciendo algo que ames, o morir intentándolo.
—Hola, primo.
Luego está mi primo Louis, un tipo bajito zalamero, con un mal peinado sobre su calva. La riqueza convierte a los hombres en unos idiotas, pero incluso si él no tuviera dos peniques para frotar juntos, aún sería un idiota. Simplemente nació de esa manera.
—Louis. —Estrecho su mano.
Noten, no le pregunto cómo le va; porque me lo dirá de todas formas.
—Estoy muy bien, hombre. Acabo de cerrar una dulce oferta inmobiliaria. Excelente ubicación. Derribaré el edificio y lo convertiré en un estacionamiento. Mi chico está cumpliendo una orden de desalojo a los antiguos inquilinos; monjas y huérfanos o algo así —Se carcajea como un villano malvado— Pero así son los negocios, ¿cierto?
—En realidad, no.
No me escucha; el rugido de su narcisismo ahoga todo, menos el sonido de su propia voz. Noto que su mirada se dirige al trasero de una morena a mi derecha.
—Guau, Cynthia Beardsley se desarrolló bien. —Luego me mira— ¿La tía Kushina ya consiguió casarte?
—No.
Se ríe de nuevo.
—Todos tenemos que caminar por la plancha algún día. Te apuesto una botella de Royal Salute 50 que ella te tendrá comprometido para finales de año.
—De acuerdo.
Extiendo la mano y de nuevo las estrechamos. Louis puede ser un idiota, pero no estoy por encima de quitarle de las manos una botella de whisky de diez mil dólares.
Veo a mi padre a unos pocos metros de distancia y me dirijo en su dirección. La apariencia que inteligentemente saqué de él: alto, espeso cabello rubio, ojos azules y un rostro que parece quince años más joven que sus verdaderos sesenta y cinco.
Nos damos la mano y le da una palmada afectiva a mi hombro.
—Hijo.
—Hola, papá.
Toma un sorbo de su brandy.
—¿Cómo están los criminales en estos días?
Y aquí vamos. Mi padre nunca fue un admirador de navegar con el peso del apellido de uno. Durante mis años de adolescencia, las cenas familiares eran como la Inquisición española: ¿Cómo has contribuido hoy? ¿Cómo te has distinguido? ¿Por qué serás recordado? Cuando empecé la escuela de derecho, se le metió a la cabeza que debería entrar en la política, convertirme en el fiscal Naruto Uzumaki, luego fiscal general Naruto Uzumaki, con el tiempo en senador Naruto Uzumaki, después de eso sería hasta el infinito y más allá.
En su lugar, me convertí en abogado de defensa criminal. Y no creo que el viejo alguna vez lo supere.
—Son acusados, papá. No criminales.
—¿Hay diferencia?
—Estoy seguro de que hace una diferencia para los inocentes.
De acuerdo, casi ninguno de ellos son inocentes. Sin embargo, la gente rara vez hacen cosas ilegales por el simple hecho de hacerlas, siempre hay circunstancias atenuantes. Una noche fuera del campo de juego por aquellos que no han nacido con una cuchara de plata en el trasero es lo que me hace salir de la cama por la mañana.
—Juego ráquetbol con un alto miembro del Departamento de Justicia —dice.
Mi padre juega ráquetbol con todo el mundo. Pero no es un dador de nombres. Debido al dinero y las conexiones son como el Club de la Pelea, la primera regla de tenerlos es que no hablas de ellos.
—Siempre andan en busca de buenos hombres, tenlo en mente, Naruto.
Toco mi sien.
—Está archivado.
—Naruto, cariño, estás aquí —dice mi madre con esa voz suave y entrecortada mientras camina hacia mi lado.
Todo sobre mi madre es silencioso, suave, delicado. Como una rosa cuyos pétalos se caerán si soplas sobre ella. Nunca ha maldecido, ni levantado la voz, ni siquiera cuando tenía siete años y tuvieron que llevarme a la sala de emergencias porque atasqué palomitas de maíz en mi nariz solo para ver cuántas cabrían. (Veintitrés, en caso de que tuvieran curiosidad).
—Hola, mamá. —Me inclino y la beso en la mejilla.
Pasa la mano sobre la tela de la camiseta polo color azul claro.
—Este es un color muy bonito en ti, querido.
—Gracias.
Su mirada se desplaza por encima de mí con adoración.
—Camina conmigo, Naruto.
Oh, mierda... Mi madre diciendo camina conmigo es similar a una mujer con quien sales diciendo: "tenemos que hablar"; eso nunca termina bien.
Engancha su brazo con el mío y camina por el césped, lejos de la multitud.
—He leído mucho últimamente —comienza— Y pensado. Tienes treinta y dos años, querido; eres guapo, te vistes bien, bailas bien; siempre has sido muy pulcro.
El último comentario me tiene mirándola extrañado, pero la dejo continuar.
—El hijo de Talula Fitzgibbons tiene casi tu edad, y recientemente le dijo a ella que se volvió homosexual.
Oh chico.
—No solo eso, sino que también contrató a una linda madre de alquiler y espera trillizos. ¿No es sorprendente, Naruto? ¡Trillizos!
—Mamá…
Pero ese tren salió de la estación.
—Así que quería que sepas, que si eres homosexual, tu padre y yo te amaremos exactamente igual que como lo hacemos ahora —Me da palmaditas en el brazo y modifica— Siempre y cuando tengas hijos.
—No soy gay, mamá.
Se ve decepcionada.
—¿Estás seguro?
—Mamá, soy tan heterosexual como un hombre puede ser.
Su dedo delicado golpea ligeramente sus labios mientras lo piensa.
—Bueno, está bien. Entonces me gustaría que hablaras con la nieta de Celia Hampshire. Ella está aquí y es una chica encantadora.
—La nieta de Celia Hampshire asiste a la preparatoria.
—No, se graduó el mes pasado.
Me pellizco el puente de la nariz.
—Está bien... Iré al bar. Ahora. ¿Podemos hablar de esto más tarde?
—Por supuesto, cariño. Estoy tan feliz de que estés aquí.
Y porque la amo y soy un buen hijo, miento:
—También yo.
Mi madre se dirige de nuevo hacia mi padre y yo hacia el bar. En realidad debió ser mi primera parada. Di tres pasos y luego un brazo se enrosca en el mío y mi cadera salta con fuerza.
—¿Pero estás seguro de que no eres homosexual? ¿Comprendes que mantienes a tía Kushina fuera del grupo de los populares?
Jalo a mi prima Shizune a un fuerte abrazo.
—Gracias a Dios estás aquí.
Sus ojos oscuros brillan mientras se ríe.
—¿Por qué, porque soy tu única familiar normal?
—Sí, esa es exactamente la razón.
Shizune también es mi prima preferida. Alborotadora y ruidosa, con el tipo de sonrisa que no puedes dejar de devolver. Cuando éramos jóvenes y mis otros primos dijeron que yo era demasiado pequeño; demasiado molesto; para jugar algún juego estúpido, Shizune se aseguró de incluirme. Cuando cumplí veintiún años, se presentó en mi universidad y me llevó a mi primera cerveza legal. No te dan a elegir la familia, pero si lo hicieran, Shizune sería mi primera opción en la primera ronda.
Su hijo de cuatro años, choca contra mi pierna, seguido rápidamente por su hermana de dos años.
—¡Tío Naruto! —chilla ella.
La levanto.
—Mirai, bebé.
Miro hacia Jonathon.
—¿Cómo estás, amigo?
Inclina la cabeza hacia atrás, sin soltar la pierna.
—Hago popo en la bacinica ahora.
—Bienvenido a la hombría. —Le doy un "dame esos cinco", por lo que salta para chocarlos.
Mirai se retuerce en mis brazos, por lo que la dejó en el suelo y corren en círculos alrededor de nosotros. Echo un vistazo detrás de Shizune.
—¿Dónde está Yamato?
Se encoge de hombros, y el brillo de sus ojos se atenúa.
—En Portugal, de "negocios" con su secretaria.
Yamato es el esposo de Shizune, cuyo trasero patearé con fuerza la próxima vez que lo vea.
—Vamos, no te enojes —dice— Es lo que es.
—Lo que es, es jodido. ¿Por qué lo aguantas?
Se encoge de hombros.
—Porque cuando él se encuentra cerca, es un buen esposo y padre. Debido a que los niños lo aman, y yo también.
—Te mereces algo mejor, Shizu. Mucho mejor.
—Él es lo que quiero.
Niego con la cabeza mientras Mirai tira de la pierna de mis pantalones y apunta hacia unos arbustos.
—Tío Naruto, quiero esa mariposa, pero no viene.
—Bueno, vamos tú, Jonathon y yo a buscar una mariposa.
Consigo una sonrisa de agradecimiento de Shizune, luego alzo al niño sobre los hombros y los tres vamos a cazar.
Dos horas más tarde, miro por el patio a la multitud de platicadoras y monocromáticas personas. Todas tan ansiosas de clonarse uno al otro, de no ser etiquetadas como demasiado llamativa u ostentosa. Es un mar de beige: pantalones color café claro, vestidos de verano color taupe y un par de lentes de sol Ray-Ban café claro detrás del otro. Hasta que un estallido de pasos rojos salen de debajo de la carpa blanca de la fiesta. Tal vez esta tarde no será una pérdida total, después de todo.
El vestido es elegantemente seductor, largo hasta la rodilla, sin mangas, escote con un cordón que se enrolla alrededor de la clavícula y se ata en la espalda. Pero el cuerpo dentro de él es lo más destacado. Ella es pequeña pero inequívocamente femenina, cálida piel melocotón, elegante cuello, brazos delicados, una ligera pronunciación del escote, una cintura estrecha, y piernas tonificadas con el más dulce indicio de músculo. Su cabello es espeso, un multifacético oscuro: hebras lilas, casi moradas, agracian su mandíbula, pero hay matices de negro dirigiéndose a un moño bajo. Ella es jodidamente impresionante. No tengo ni idea de quién es, pero descubrirlo acaba de convertirse en mi prioridad número uno.
Me ve cuando me acerco. Ojos color grisa brillante, agudos y evaluadores, me rastrillan de la cabeza a los pies. Disfruta de la vista, nena. Estaré feliz de darte la gira extendida más adelante.
—Hola —digo, sonriendo cuando llego a ella.
Levanta la barbilla, enderezando los hombros.
—Hola.
Hay algo familiar en ella. Pica en la parte posterior de mi cerebro y mi polla se agita. Me pregunto si es amiga de mis primas, ¿posiblemente una dama de honor con la que conecté en una de sus bodas?
—¿Disfrutando de la fiesta?
Su mirada se gira hacia la multitud mientras bebe de la copa de cristal en la mano.
—Sí. Estoy segura de que la cumpleañera se encuentra en éxtasis. Caviar y champán, lo que quiere toda niña de un año.
Sarcasmo. Me gusta el sarcasmo. Sugiere inteligencia. Confianza.
Me gusta su trasero incluso más, el que he comprobado discretamente.
—Lo que se dice por el club de campo es que incursionaste en un negocio por ti mismo —comenta casualmente— Tienes una firma de abogados con tu nombre en ella.
Sus senos son bastante fenomenales también. Un poco en el lado pequeño, no más que una copa B, pero apuesto a que son firmes, turgentes y mágicamente deliciosos. Del tipo que puede renunciar a un sujetador, así sus pezones se notan contra su blusa cuando se encuentra excitada. Me encanta esa imagen en una mujer.
—Sí, casi dos años. Hemos construido un nombre por nosotros mismos.
—Debes sentirte muy orgulloso.
—Lo estoy.
Levanta un hombro.
—Creo que es realmente pretencioso.
Mi mirada se dirige a su rostro.
—¿Disculpa?
—Es una farsa. El valiente joven abogado defensor, renuncia a la firma con gran sueldo para servir a gente desvalida —Su voz se vuelve burlona— Es fácil ser valiente cuando se tiene el dinero de tu bisabuelo respaldándote.
Frunzo el ceño.
—Eso es bastante presuntuoso de tu parte.
—No, lo que es presuntuoso es pensar que puedes caminar hasta aquí, echar una ojeada a mis tetas y trasero, y asumir que no actuaré en consecuencia.
Supongo que no fui tan discreto como pensé.
—¿Ojeada es una palabra? Porque si lo es, lo eres. Bastantes mujeres lo tomarían como un cumplido.
Me enfrenta directamente.
—Bastantes mujeres son idiotas. Y no están tan bien informadas como yo sobre lo egoísta y pequeño capullo inmaduro que puedes ser.
¿Pequeño? Eso me molesta, particularmente en tan cercana proximidad a la palabra capullo.
—¿Quién demonios eres tú?
Me mira fijamente durante dos latidos. Luego hecha la cabeza hacia atrás y se ríe.
—Dios mío. De todas las formas en que imaginé que esto iría, nunca consideré que me olvidarías por completo. Pero supongo que no debería sorprenderme, era bastante olvidable en esos días.
—¿Qué siquiera sig…?
La voz de una mujer grita:
—¡Hinata! —cortándome, y pateándome en mi proverbial trasero.
Mitzy Hyuga, una de las más antiguas amigas de mi madre y nuestra vecina de al lado, se acerca y planta dos besos al aire en la belleza a mi lado.
—He estado esperando a que llegues —le dice.
—He estado aquí desde hace veinte minutos, madre.
Santa mierda.
La señora Hyuga se gira hacia mí, su brazo alrededor de la espalda de su hija.
—¿No es maravilloso que nuestra Hinata haya a casa, Naruto?
Y todo lo que puedo hacer es repetir como un idiota.
—Sí... maravilloso.
Mitzy da un paso atrás, toma las manos de su hija, y las sostiene en alto a sus costados, observándola, juzgando y evaluando, justo como en los buenos viejos tiempos.
—Estoy muy contenta de dejaras Nevada. Todos esos casinos desagradables, polvo y desierto —Le acaricia la mejilla— Ese aire seco ha causado estragos en tu piel. Te haré una cita con mi esteticista esta semana, ella es una hacedora de milagros.
Hinata libera un suspiro resignado.
—Gracias, madre.
—Entonces dejaré que ustedes dos se pongan al corriente. Veo que los Vanderblast se encuentran aquí y si no paso por lo menos diez minutos con Ellora se convertirá en un lío irritado.
Cuando nos quedamos solos de nuevo, no puedo dejar de mirar. Hubo un tiempo en que ella era mi mejor amiga. Durante un minuto caliente fue más. Después de eso, me odió. Y luego solo... se fue. No la he visto desde hace catorce años, y la última vez que lo hice, sé casi con certeza que no tenía este aspecto.
—¿Hinata...? —susurro, aún no del todo convencido de que es ella.
Me mira con la cabeza inclinada, una cadera hacia afuera y una sonrisa desdeñosa.
—Hola, Cabeza de polla.
Bueno. Ahora estoy convencido.
Tardo unos pocos segundos en recuperarme de la impresión, pero cuando lo hago, miro al suelo sonriendo. Porque si hay una cosa que sé hacer, es no huir de una situación.
—Hinata Hyugy Hyuga.
Su sonrisa cae como un barril por las cataratas del Niágara.
—Mi segundo nombre es Suzanne.
—Lo sé, pero nunca tuve un apodo para ti. A pesar de que ya consideramos Hyugy, ¿verdad? No fue uno bueno, voy a seguir buscándolo.
Niego con la cabeza, mirándola otra vez. Porque ahora que sé quién es, estamos hablando de un nivel totalmente distinto de interés depravado.
—Maldita sea. Luces…
—Sí, lo sé. —Suspira, luego mira a su manicura de esa manera malintencionada en que hacen las mujeres— Gracias.
No hay ni una pizca de sinceridad en su tono, supongo que ha escuchado un millón de cumplidos antes. Lo cual, con su nivel de sensualidad, es posible. Excepto por una cosa.
—¿Qué has hecho con tus ojos? —Me apoyo en el ceño fruncido.
—Se llaman lentes de contacto.
—Bueno, quítatelas. No me gustan. Tus ojos reales son increíbles. Impresionantes en realidad, lilas cálidos con motas de oro.
Reconocería los ojos de Hinata en cualquier lugar.
—¿Qué le hiciste a tu cara? —pregunta, cruzando los brazos.
Me toco la barbilla.
—Me dejé barba.
—Bueno quítatela. Se parece a una vagina de una película porno de los años setentas.
Mis labios tiemblan, porque, joder, las cosas que salen de su boca. Siempre lo han hecho.
—Estoy empezando a tener la impresión de que no te gusta más, dulzura.
Desafío se eleva en sus ojos.
—Estás suponiendo que realmente me gustó desde el principio. Ya sabes lo que dicen de las personas que asumen, idiota.
Me enfrentaré con Hinata. Empieza el juego.
—Definitivamente te gustó. ¿Recuerdas el verano que me mostraste rápidamente tus tetas? Eso tiene que contar para algo.
—No te enseñé mis tetas. —Frunce el ceño.
—Lo hiciste. Fueron los primeras que vi en mi vida, dejaron una impresión memorable.
Aprieta sus dientes.
—Di un salto en la piscina y mi traje de baño rodó hacia arriba.
—Creo que fue un desliz freudiano de pezón. En tu subconsciente querías hacerlo porque te gustaba.
—Creo que eres un hijo de puta pomposo. Posiblemente un sociópata.
Sonrío.
—No significa que no te guste.
Por encima del hombro de Hinata, capto la mirada ansiosa de mi madre sobre nosotros. Ella sería menos evidente si tuviera un punto de mira y binoculares dirigidos en nuestro camino.
—Mi madre nos mira.
Hinata coloca el vaso vacío en la bandeja de un camarero que pasaba y recoge uno lleno.
—Por supuesto que está mirándonos. Durante años, su mayor deseo fue que yo creciera para poder llevar tu vástago.
Resoplo.
—Eso es ridículo. —Entonces miro de reojo a Hinata, midiendo su reacción— ¿No es así?
—Por supuesto —Me mira directamente a la cara— Nunca podría estar con alguien como tú, tienes la madurez de un niño de doce años de edad.
Alzo mi copa.
—Y tú tienes el pecho de uno.
Espero que vuelva con una réplica inteligente, mordaz, pero solo hace un gesto hacia mí con la mano abierta.
—Ya vale.
Irónicamente, mi primer instinto es sacarle la lengua. Pero no le daré la satisfacción.
—Además —añade con una sonrisa altanera— Estoy viendo a alguien. ¿Tal vez has oído hablar de él? Toneri Ōtsutsuki.
Toneri Ōtsutsuki es un joven senador de Illinois con el ojo puesto en la Casa Blanca. Es una estrella de rock, la segunda venida de John F. Kennedy. Apuesto a que todo el Partido Demócrata y un buen porcentaje de los republicanos tienen su cuadro colgado en la pared de la oficina, de la misma manera que el cartel de Jon Bon Jovi con el pelo alborotado está colgado en las paredes de la habitación de mis dieciséis primas. Y dos de mis primos.
—¿Estás saliendo con un político? —digo como si fuera una mala palabra, porque en mi experiencia, los políticos rara vez son limpios.
Levanta una ceja perfectamente cuidada.
—Tú fuiste casi un político.
—Solo en los sueños húmedos de mi padre —replico— Aunque siempre dijiste que ibas a casarte con un príncipe. Suena como que estás en tu camino.
—Mi madre lo dijo, no yo.
Sonrío.
—Entonces ella debe estar en éxtasis. Por fin eres todo lo que siempre quiso que seas.
Juego. Set. Partido.
Algo cambia en los ojos de Hinata, y de repente me da la sensación de que no estamos jugando más.
—No todo. Madre quería que fuera una bailarina.
Hace años, oí que hacía una licenciatura en la Universidad de Brown. Pero aparte de ese pequeño detalle no había nada. Su padre es un hablador, su madre una fanfarrona, pero cuando Hinata se fue después de la escuela, la información sobre ella se bloqueó como Fort Knox.
—¿Es eso lo que hacías en Las Vegas? ¿Bailar? ¿Muy bajo para una stripper, verdad? Aunque estaría sentado al frente y en el centro de ese espectáculo si pudiera.
Asiente lentamente, sonriendo con demasiado aire de suficiencia.
—Sí, demasiado bajo para una stripper… pero justo a la altura correcta para una fiscal federal.
Me deja frío. Y de repente siento un fuerte parentesco con el hijo bastardo de Ned Stark porque: ¡No sabes nada, Jon Nieve!.. Y al parecer yo tampoco.
—¿Eres un… ?
—¿El caso Moriotti, el capo de la mafia? Esa fui yo. Me trasladaron a la oficina de DC la semana pasada y no puedo esperar para empezar a jugar en tu terreno.
Durante los últimos catorce años he pensado mucho acerca de lo que sería volver a ver a Hinata Hyuga, pero nunca pensé que sería en el lado opuesto de la sala.
—¿Te das cuenta que esto nos hace enemigos mortales? Ahora eres la Lex Luthor de mi Superman, el Magneto de mi profesor Xavier.
—Con tu obsesión por los cómics todavía en pleno efecto, yo diría que soy más la Wendy de tu complejo de Peter Pan.
Ignoro la indirecta porque estoy demasiado ocupado conectando los puntos.
—Espera un momento, tu segundo nombre es Suzanne.
—Pensé que ya cubrimos eso.
—¿Eres H. S. Hyuga?
Su sonrisa se amplía en dos filas de malvado color blanco perla.
—Sí. Ese es mi apodo profesional.
—¿Eres el fiscal en mi caso Longhorn?
Aplaude como en el golf.
—Correcto de nuevo.
—He estado intentando conseguir una reunión con tu oficina, para poder hablar.
Sus facciones se arrugan con fingida confusión.
—¿Acerca de que te gustaría hablar contigo?
—¿Eh, la lectura de cargos?
El noventa y siete por ciento de los casos criminales federales terminan en acuerdos con el fiscal. Si deseas una idea real de la jurisprudencia actual, olvídate de la juez Judy, hagamos un trato en su lugar.
Se ríe de una manera claramente desagradable.
—Naruto, Naruto, Naruto, no hago ofertas de culpabilidad. Nunca. Es un poco por lo que soy conocida. Ah, y nunca he perdido un caso. Soy conocida también por eso.
Estaba equivocado, este partido no está ni de lejos cerca de terminar. Acaba de empezar.
—Justin Longhorn tiene diecisiete años de edad —argumento.
—Exactamente —prácticamente escupe— Edad más que suficiente para saber qué hacía.
—Es su primera ofensa.
—E hizo un infierno de debut. Voy por el máximo. Tu niño está mirando los veinte años.
Cuando éramos jóvenes, Hinata era inteligente, divertida como el infierno, ajena social, pero nunca fue rencorosa. Pero al mirarla ahora, hay una ferocidad en ella que es nueva. Al igual que un chihuahua de dientes afilados al que le han pisado demasiadas veces.
Una parte de mí encuentra este calor abrasador. No es más una chica, es una mujer fuerte, totalmente dueña de sí misma. Del tipo cuyo cabello me encantaría empuñar mientras mi polla está profundamente en su garganta. Del tipo que gemiría cuanto más tiempo golpeo en contra de su áspera y dura pared. Pero otra parte de mí está de luto por su dulzura. La valiente, inocente, bellamente criatura salvaje que se sentó en el manillar de una bicicleta y confió en mí para mantenerla a salvo mientras yo pedaleaba. La que tomó mi mano y me dijo que bailara con ella llevando la pierna falsa sin practicar, porque pensaba que era lo suficientemente fuerte como para atraparme si me tropezaba.
Luego está el profesional en mí, que se siente molesto porque será un dolor en el culo en un caso que debería ser un cierre fácil.
Doy un paso más cerca.
—¿Qué diablos, Hinata? Ha devuelto el dinero. Fue un error. Es un niño.
Levanta la barbilla y me mira, todo fuego y pelea.
—Es un criminal. Y un matón. Se hizo con los ahorros de la vida de una docena de personas inocentes. Se metió de la cabeza y la sensación de seguridad, solo porque podía. Voluntaria e intencionalmente robó miles de dólares, con retorno o no, me voy a asegurar de que pague por ello.
—Guau. Hola, Javert.
Hinata niega con la cabeza y se ríe.
—Siempre has sido inteligente, Naruto. Muy adorable. Espero por el bien de tu cliente que estés embalando más de esa ternura en estos días.
Agacho la cabeza, inclinándome hacia abajo, a solo unas pulgadas de distancia de los labios brillantes.
—No he tenido ninguna queja sobre lo que estoy embalando hasta el momento.
Se queda mirando mi boca por un latido demasiado largo. Luego parpadea, sacudiendo su mirada.
—Bueno. Entonces te veré en la corte, abogado.
—Apuesta tu dulce trasero a que lo harás.
Hinata se desliza junto a mí y se aleja, no dejándome más remedio que verla pasar.
No hablamos de nuevo después de eso. Pero discretamente vigilo a Hinata el resto de la tarde. Dónde se encuentra, con quién habla. La tensión escuece mi piel si permanece fuera de mi campo de visión durante demasiado tiempo, pero cuando la encuentro de nuevo, el alivio detona en mi pecho. Durante mucho tiempo, años, me pregunté qué estaría haciendo, dónde estaría; joder, ansié verla, de la forma en que un alcohólico anhela un solo sorbo más.
No fue fácil, pero con el tiempo me enfrié, renuncié a ella por completo, porque preguntarse y anhelar son causas perdidas. Así que, tan bueno como es ser capaz de verla ahora, no estoy feliz de caer de la carreta por el momento.
—¡No me quiero ir, mamá! —llora Jonathon, tirando de la mano de su madre, intentando clavar sus talones en la hierba. Porque Shizune acaba de decirle a sus hijos que se hace tarde y es tiempo de volver a casa.
Mirai agrega su propio gemido lastimero.
—Quiero fuegos artificiales.
Doy un paso al lado de mi prima mientras sus hijos se unen en su contra.
—¡Vamos a perdernos los fuegos artificiales, mami! —grita Jonathon.
—Cálmate, pequeño —digo— No hay fuegos artificiales esta noche. Solo los tenemos en la víspera de Año Nuevo.
Todos los años, mis padres van por todo lo alto y celebran una enorme y formal fiesta de víspera de Año Nuevo. Lo han hecho desde antes de nacer. Hay trajes de etiqueta y vestidos, baile, fuentes de champán… y fuegos artificiales a medianoche que iluminan el cielo y bañan el río Potomac, en color brillante, chispeante. Los niños pequeños en la familia, como Jonathon y Mirai, no se les permite permanecer en la fiesta toda la noche. Son enviados a la cama a una de la docena de habitaciones de arriba antes de medianoche. Pero, obviamente, Jonathon y Mirai saben acerca de los fuegos artificiales. Es probable que se deslicen fuera de la cama y vean el espectáculo a través de la ventana. Eso es lo que he hecho todos los años, cuando tenía su edad.
Solo que no miré desde la ventana. Y no miré solo.
—Yo primero —digo a Hinata en la base de la escalera— Así puedo abrir la escotilla.
A pesar de que los dos tenemos nueve, es mucho más pequeña que yo. Esta es la primera vez que he subido hasta el techo, y soy el chico, así que definitivamente debo ir primero. Podría haber pájaros rabiosos allá arriba, o murciélagos.
Estamos en el gran ático, donde se almacenan los troncos, libros antiguos, pinturas y vestidos envueltos en plástico. Está oscuro y polvoriento, con esquinas sombreadas que parecen que se mueven si miras fijamente demasiado tiempo. A Hinata le encanta estar aquí.
—Vamos, que va a empezar pronto —digo— Volveremos aquí mañana.
Sus ojos ávidos detrás de sus gruesas lentes de color amarillo, mientras mira alrededor de la habitación, pero asiente.
—Está bien.
Me dirijo por la escalera y empujo la puerta de acceso al techo. Luego subo atravesándola y llevo abajo mi mano. Hinata la agarra mientras sube y entonces estamos de pie en la cima plana de mi casa. A veces Hinata la llama un castillo, palacio Uzumaki, por el salón de baile. Su casa es grande. No tienen un salón de baile, pero tienen una sala de cine, que es mil veces más genial.
El viento helado corta y cala mi túnica, está helado este año, lo suficientemente frío para ver cada respiración. El cielo es un manto negro por encima de nosotros, y las estrellas son tan brillantes, que se siente como si pudiera alcanzarlas y agarrar una sola con la misma facilidad que se escoge una manzana de un árbol. Hinata gira en círculos rápidos, su largo cabello castaño en abanico.
—Tenías razón, ¡esto es lo mejor!
Sonríe, y la línea de metal de su aparato brilla en la luz de la luna.
Sonrío de regreso, hasta que se pone demasiado cerca del borde del techo. Agarro su mano y tiro de ella hacia atrás.
—¡Cuidado!
Nos sentamos cerca de una de las cinco chimeneas, para bloquear el viento. Cuando los dientes de Hinata comienzan a castañear, pongo mi brazo alrededor de ella. Se acurruca contra mí, calentándonos un poco. Hablamos mientras esperamos a que el espectáculo inicie.
—… Y me dejaron renunciar a esgrima y comenzar con lacrosse en su lugar —digo— Es increíble.
—¡Qué suerte! —grita Hinata— Mi madre dijo que no podía dejar ballet incluso si mi pierna estaba rota. Dijo que me voy a casar con un príncipe, y ningún príncipe quiere una princesa que no sabe cómo bailar.
La música flota hacia arriba desde la banda en la planta baja.
—Me pregunto si Claire está bailando con tu primo Louis —me dice Hinata— Ella dijo que va a darle un beso a medianoche.
Siento mi cara crujir.
—¿Por qué?
—Ella dijo que eso es lo que se hace a la medianoche. Besar al chico que te gusta.
Mi cara se queda arrugada porque no puedo imaginar que a alguien le guste Louis, y mucho menos que lo bese.
A continuación, un coro de voces surge de la galería a continuación.
—Diez, nueve, ocho…
Unos segundos más tarde, la banda comienza "Old Lang Syne" y el cielo estalla con color. Los estallidos de rojos y azules, barras de púrpuras plateado y franjas verdes espumosas iluminan la noche y se reflejan en la superficie del río.
Mientras miro los fuegos artificiales, Hinata gira bajo mi brazo. Y entonces me besa en la mejilla.
—Feliz Año Nuevo, Naruto —susurra.
La miro y sonrío.
—Feliz Año Nuevo, Hinata.
A medida que sacudo el recuerdo escaneo el patio, buscando ese vestido rojo. Pero cuando la encuentro, no se trata solo de alivio lo que siento, es otra cosa. Algo más áspero, más caliente, más hambriento.
Debido a que Hinata me está mirando.
No se da cuenta de que me he dado cuenta. Su mirada parece demasiado ocupada arrastrándose sobre mi pecho, mis brazos, mi trasero. Sus ojos están ansiosos y sus mejillas se pintan de color rosa, y no creo que tenga nada que ver con el sol de la tarde. Me giro, sosteniendo mis brazos hacia fuera, para que pueda obtener el placer de la revisión completa y sus ojos se apoderan de los míos.
Sonrío y levanto una ceja. Sus labios se abren y sus mejillas van del rosa al rojo. Levanto la mano y de la ondeo. Levanta su nariz y se aparta de mí.
¿Y sabes una cosa? Creo que esto va a ser divertido.
