Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

8

Cuando por primera vez abro los ojos, estoy desorientado. No sé qué hora es, o cuánto tiempo he estado dormido. Entonces me doy cuenta de que me encuentro en el sofá, todavía es de noche y llueve, y mientras el recuerdo de Hinata que no se presentó para la cena, me impacta directo debajo de las costillas, el conocimiento de lo que me despertó irrumpe a través de mi cerebro nebuloso.

Fue un golpe en la puerta.

Voy hasta ella y la abro, justo a tiempo para alcanzar a una rubia menuda bajando las escaleras.

—¿Hinata?

Se detiene en la acera y poco a poco se vuelve hacia mí. Está empapada, sus vaqueros moldeados a las curvas de sus piernas, las mangas de su suéter blanco con rayas azules marino gotea, su cabello lacio, labios ligeramente teñidos de azul.

—No iba a venir —dice.

Mi voz es somnolienta y profunda.

—Sí, lo imaginé cuando no apareciste. —Abro la puerta un poco más— Entra.

En su lugar, la Señorita Vinagre para mi Señor Agua, da un paso atrás.

—No sé por qué estoy aquí —Y suena genuinamente desconcertada, incluso con un poco de pánico.

—Obviamente porque soy irresistible —El viento sopla, rociando gotas heladas a través de mi piel desnuda, donde cuelga mi camisa abierta— Estás temblando, cariño, entra.

Me mira, tantas emociones arremolinándose en su expresión. Es como una gatita asustadiza que no puede decidir si debería permitir que un desconocido acaricie su cabeza o llevar su culo arriba del árbol más cercano.

Y me rompe el corazón.

—No creo que pueda.

Así que voy a ella. La lluvia es fría y dura, empapando mi camisa. Sus ojos se mueven desde la acera, a mi pecho, a mis ojos y de nuevo, como si estuviera lista para huir, pero sus pies permanecen plantados. Me inclino para que me pueda oír por encima del diluvio.

—¿Recuerdas cuando aprendí por primera vez a montar en bicicleta de nuevo?

Las comisuras de sus labios se elevan.

—Sí, me acuerdo.

—¿Y que solo teníamos tu bicicleta de niña, por lo que te sentaste en el manubrio y pedaleé?

Asiente con la cabeza.

—Y un día, yo iba demasiado rápido y golpeamos una roca, y ambos salimos volando. Ya no quería montar así, porque tenía miedo de que te hicieras daño. ¿Recuerdas lo que me dijiste?

Sus ojos se encuentran con los míos.

—Dije… Dije que teníamos que seguir montando… Porque el viaje era lo único que hacía que la caída valga la pena.

Asiento con ternura.

Y añade:

—Entonces me llamaste galleta de la fortuna. Y ambos nos reímos.

Cuando nuestras risas cesan, extiendo una mano.

—No voy a dejar que caigamos en esta ocasión, Hinata.

Sus ojos están de vuelta a mi pecho.

—No estoy segura…

—Todo lo que tienes que hacer es tomar mi mano.

Es como decía antes, nunca sabes quién es alguien por dentro. Alguien tan magníficamente feroz en la corte como Hinata, podría estar escondiendo un alma frágil y delicada. Y no creo por un segundo que es porque sea débil. El hecho de que esté malditamente parada aquí, demuestra cuán fuerte es. Es solo… instinto.

Nos alejamos de las cosas que nos hacen daño. Que nos han hecho daño en el pasado.

Para eso son las cicatrices. Protegen las heridas. Las cubren con tejido grueso, entumecido, por lo que nunca sentiremos el mismo dolor de nuevo. La parte inferior de mi muñón es un gran callo duro. ¿Pero las cicatrices que Hinata tiene en su interior? Son aún más duras.

Cuando mantiene la mirada en mi mano, suplico:

—Por favor, ven adentro.

Lenta, dubitativamente, su pequeña mano se desliza en la mía. Y nos alejamos de la lluvia.

Sus dientes castañean mientras se sienta en el borde de mi cama. Lanzo una manta sobre sus hombros, frotando sus brazos, bajando hasta acunar sus manos.

—Jesús, te estás congelando. ¿Cuánto tiempo estuviste afuera?

—Un rato. Estaba caminando… Pensando.

—Tu familia tiene más dinero que la mayoría de los gobiernos pequeños. La próxima vez que andes deambulando, para y compra un paraguas.

Hinata tirita mientras se ríe. Jalo la manta más apretada alrededor de ella y le froto la espalda. Su voz sale suave y vacilante en el cuarto oscuro.

—Nada de esto está yendo como lo imaginaba.

—Para mí tampoco. Imaginé que estaría ocupado sacando tu ropa, no envolviéndote como un burrito.

Eso me consigue otra risa.

—Me refiero a volver a casa, verte de nuevo… Pensé que sería tan diferente.

Sostengo sus manos entre las mías, frotando el frío de ellas.

—¿Diferente cómo?

—Sabía que nos toparíamos en algún momento. Pero cuando vi tu nombre en el caso de Longhorn, pensé que era el destino. Mi oportunidad de revancha. Pensé que estarías impresionado por mi nueva apariencia. Encaprichado conmigo.

Puede tachar eso de la lista.

—Me imaginé coqueteando, jugando contigo, y luego destruirte totalmente. Ibas a estar devastado. Y yo iba a reír sobre los restos de tu corazón roto.

—Eres una cosita vengativa, ¿verdad?

Sus ojos se desvían hacia el techo y sacude la cabeza a sí misma.

—A veces. Cuando se trata de mis casos, las víctimas, quiero castigar a las personas que los han perjudicado. Pero tú… Sigues siendo tú. Y cuando te vi, todo se sentía exactamente igual. Como lo era antes del baile, antes de ir a tu dormitorio esa mañana. Como si tuviera diecisiete años otra vez, solo esperaba que estuvieras…

Sus palabras se interrumpen y mi pecho se contrae con esa mezcla sublime de emoción y temor. De querer algo tanto que es como si cada célula de tu cuerpo se estirara, intentando alcanzarlo, sin embargo, hay una sombra gris de preocupación de que nunca podrías llegar a tocarlo. Y mantenerlo. Que lo único que te quedaría es el recuerdo de lo grande que podría haber sido.

—¿Tiene sentido, Naruto?

Trago saliva.

—Sí. Tiene perfecto sentido.

Acuno mis manos alrededor de las suyas y soplo. Otro escalofrío la sacude.

—Tienes que salir de estas ropas mojadas —digo suavemente, sin sugerir una provocación. Debido a que estamos cerca del precipicio. Puedo sentirlo. Y tengo que andar con mucho cuidado, ya que un movimiento en falso podría enviar a Hinata lejos, y realmente perderla.

El cuarto está en silencio. Me quito la camisa empapada y dejo que caiga al suelo. Solo sus ojos se mueven, los arrastra sobre mis hombros, hasta las cumbres y valles de bronce de mi torso. Me levanto y lentamente desabrocho mis pantalones, después empujo la tela pesada y húmeda por mis caderas, deslizando una pierna antes de apoyar una mano en la cama para tirar de ellos por encima de mi prótesis, dejándome en boxers negros entallados.

Libre de la ropa fría y húmeda, mi piel se siente caliente. Al igual que la superficie de un horno, calentado desde el fuego ardiendo adentro. Sus ojos lilas siguen cada movimiento, levantando la vista hacia mí. Esperando.

Empujo la manta de sus hombros y la dejo caer al suelo. Me mojo el labio inferior con la lengua mientras agarro el suéter empapado de la parte inferior y lo levanto lentamente, tomando nota de cada centímetro de su piel de porcelana mientras es revelada. Hinata eleva los brazos. Saco el suéter y cae con un ruido sordo en el suelo. La vi desnuda anoche, pero eso fue diferente. No pude disfrutar de la vista; estaba tratando demasiado duro de no mirar.

Pero ahora miro. Y, oh, lo disfruto.

Firmes pechos redondos cubiertos de encaje blanco. Sus pezones, malvas oscuros y tensos, provocando debajo de su cubierta transparente. Su clavícula es delicada, hombros y brazos tonificados. Su estómago es plano, con un toque de músculo, y me muerdo el interior de la boca, porque quiero chupar esa piel, deslizar mi lengua a través de ella, presionar los dientes contra ello hasta escucharla gemir.

Mi pecho se levanta y cae tan rápidamente como el suyo. Me arrodillo frente a Hinata y alcanzo el botón de sus pantalones. Y siento aquellos suaves ojos color resplandecer, como una vela en la ventana que muestra el camino a casa. Levanta las caderas y las yemas de mis dedos rozan su piel suave mientras deslizo los pantalones por sus muslos, dejando un pequeño trozo de bragas de seda blanca en su lugar. Sus piernas están hermosamente esculpidas y la longitud perfecta para envolverse alrededor de mi cintura, mis hombros… mi cuello.

Entonces me pongo de pie y observo todo, contemplando la imagen dulce de su hermosa figura sentada al final de mi cama.

—Métete bajo las sábanas —le susurro.

Mientras Hinata se instala en el centro, con la cabeza sobre la almohada, me siento en el borde de la cama y quito mi prótesis. Luego me volteo y me deslizo bajo las sábanas a su lado. Sin decir una palabra, se moldea contra mí. La sensación fresca de su carne es un shock al principio, pero en tan solo unos momentos, mi calor ahuyenta su frialdad.

A excepción de sus pies. Prácticamente golpeo el techo cuando pasa los pies por mi pantorrilla.

—¡Eres como un maldito cubo de hielo!

Se ríe con cierta malicia. Nos enfrentamos, casi nariz con nariz. Su cabello todavía gotea en los extremos y una gota escurre sobre su clavícula, baja por su pecho, y tengo que tomar una respiración profunda, porque quiero lamerla con tantas ganas.

—Háblame —dice en voz baja— ¿Todavía… todavía hablas con alguien de la escuela?

—No.

—Háblame de tus amigos. Tus socios en el bufete. ¿Cómo son?

Es cierto que se puede decir mucho acerca de una persona por la compañía que mantiene. Los idiotas tienden a gravitar hacia otros, lo que los hace verse mejor o peor, dependiendo de las circunstancias.

—Sasuke es un muy buen tipo. Estable, ¿sabes? Trata de hacer lo correcto, es importante para él, pero a veces no puede salir de su propio camino. Pero aun así, es el tipo de persona que podrías llamar si tienes un neumático pinchado a las dos de la madrugada en el medio de una tormenta de nieve. No dudaría en ponerse sus botas y ayudarte.

Veo su sonrisa en respuesta en la penumbra.

—Sakura tiene tres hermanos mayores, por lo que es ruda, pero oculta un centro muy suave. Es apasionada y divertida… es como la hermana mayor que nunca tuve.

La palma de Hinata acaricia mi bíceps —dubitativo al principio— luego con un toque más seguro.

—Y Neji… te gustará Neji. Él es realmente malvado.

Su risa ahogada llena el aire.

—¿Es malvado?

Hay una sonrisa en mi voz cuando contesto.

—Totalmente. Erige esta cara de tipo duro, y es duro, pero solo es porque no quiere que la gente vea lo mucho que se preocupa. Se da cuenta de todo, cada detalle. Y felizmente cometería asesinato por las personas que ama.

—Suenan como muy buenos amigos.

—Sí, son los mejores. Soy suertudo.

Estamos en silencio durante unos minutos. Los martilleos de los latidos de mi corazón aumentan mientras su mano continúa acariciando mi brazo. Arriba y abajo, suave y cálido.

—¿Naruto? —Su voz es el susurro más suave, como si estuviera comprobando si estoy dormido.

—¿Mmm?

—Yo… Te extrañé mucho.

Y estoy acabado.

La necesidad de besarla, tocarla, ha estado tirando de mí como una corriente embravecida desde que la vi en mi patio delantero, y con esas pocas palabras, dejo que la corriente me lleve. Cierro la distancia minúscula entre nosotros y presiono mis labios contra los suyos. Se hunde en mí con un suspiro. Su boca se amolda a la mía, acuno su mandíbula con una mano, y la abre para que mi lengua se deslice contra la de ella. Se siente irreal, dulce y sorprendentemente familiar. Gimo con su dulce sabor. Y es como si tuviera diecisiete otra vez, de vuelta en el Ferrari. Una caliente excitación recorre mi torrente sanguíneo con cada latido de mi corazón. La necesidad y el deseo; queriendo tocarla por todas partes, sin embargo, con ganas de saborear cada segundo.

Y de repente me doy cuenta por qué lo que sentí en ese entonces era tan poderoso. No fue porque yo era un niño cachondo que no podía esperar para eyacular.

Fue ella.

Esta chica hermosa, dulce y fuerte en mis brazos. Ella me atrapó desde hace tiempo —se metió bajo mi piel, en mi corazón— y ha estado allí, a la espera, desde entonces. Y ahora está aquí —en mi cama— su piel enrojecida por la excitación, sus dedos agarrando mis hombros, sus dientes mordisqueando mis labios de una manera que hace que casi pierda mi maldita cabeza.

Sin romper el contacto con su boca, me levanto en un codo, por lo que me cierno por encima de ella. Su estómago se contrae bajo mi palma y mi otra mano se desliza sobre su vientre y se detiene en un seno perfecto. Encaja muy bien en mi mano, y cuando aprieto su suavidad, Hinata gime y chupa duro mi lengua, me demuestra lo mucho que le gusta. Froto mi mano en un círculo lento, apretando con los dedos, sintiendo el punto febril de su duro pezón contra el centro de la palma de mi mano. Y gime en mi boca, se arquea bajo mi tacto. Extiendo besos de sus labios, por su mandíbula, cubriendo el punto en su cuello, donde su pulso salta con placer. Succiono esa piel, saboreando los restos de lluvia, sudor y ese sabor especial que es solo de ella.

Respira con dificultad, y sus manos están en todas partes, recorriendo mi pelo, deslizándose por mi espalda, masajeando los músculos de mis hombros y brazos. Lamo mi camino hasta su oreja, rozando su lóbulo entre mis dientes, y mi mano invierte el curso. Deslizándose hacia abajo con una seductora lentitud hacia donde su pelvis se está levantando, en busca de fricción, pero solo para encontrar aire.

Me ocuparé de eso por ella.

Cuando mi mano se posa entre sus piernas, encima de sus bragas, mis dedos descansando contra su coño, le digo al oído:

—¿Esto está bien?

Y me da la palabra de dos letras más dulce de todas.

—Sí.

Mi mano se contrae, mis dedos presionan contra su apertura, dejándola sentir la presión, dejándola imaginar lo jodidamente fantástico que va a ser cuando se sumerjan en el interior. Un sonido frenético proviene de su garganta y sus caderas giran contra mí, pidiendo más.

—¿Qué quieres que haga, Hinata?

Deslizo la mano de un lado a otro, seduciendo, tentando, avivando su fuego. Le da un tirón a mi pelo.

—Tócame.

Acerca mi boca de nuevo a la de ella, salvaje ahora, su lengua se arremolina y lame, mojada y desesperada. Y mi mano nunca detiene su movimiento de deslizamiento. Ahora puedo sentir su clítoris bajo la seda, hinchado y buscando la liberación.

—Más —jadea, sus ojos cerrados con fuerza—. Por favor, tócame más.

Muevo mi mano hasta su estómago, cubriendo su ombligo, y luego me deslizo por debajo de esa seda. Y algo acerca de mi mano bajo sus bragas hace que sea aún más caliente. Un momento después, soy yo quien gime, mis ojos fuertemente apretados contra la abrumadora sensación de la suave piel de Hinata, piel desnuda deslizándose contra mi mano. Oh, mierda, está tan mojada. Y su calor es abrasador y perfecto. Quiero dirigir mi lengua profundamente en ese calor, sentir que se envuelve firmemente alrededor de mi pene.

Resistiendo esa necesidad, necesitando que ruegue por más, deslizo dos dedos entre sus labios hinchados, pero no llegando a sumergirlos en el interior. Extiendo su humedad en su clítoris, alrededor de su abertura, frotando pequeños círculos que hacen que las piernas de Hinata se abran más.

—¿Así? —Provocándola contra su cuello. Su boca se abre con un gemido.

Pero luego me toma desprevenido. Su mano se sumerge en mis boxers, envolviéndose alrededor de mi polla y apretando con la cantidad perfecta de presión, deteniéndose justo antes del dolor. Y entonces lo frota, torciendo la muñeca en la punta. Y me siento mareado, borracho en su contacto, y sediento por más.

Hinata presiona su cabeza contra la almohada, lejos de mis labios, hasta que abro los ojos y la miro. Y entonces sonríe.

—¿Así? —pregunta en un tono sensual.

Su pulgar traza la punta de mi pene, deslizándose hacia atrás y delante, moviendo el líquido pre seminal a su palma para lubricación, pero aún no acaricia de nuevo. Debido a que está esperando mi respuesta.

Sonrío hacia ella.

—Más rápido.

No vacila. Su mano resbalosa me bombea en suaves y firmes sacudidas, y mis ojos quieren rodar hasta la parte trasera de mi cabeza, se siente tan malditamente bien. Pero los mantengo fijos en Hinata. Esperando por su respuesta.

Y ella ordena—: Más profundo.

Mis dos dedos instantáneamente se hunden en su coño. Y gruño, porque está mojada, el maldito paraíso. Sus músculos aprietan mis dedos mientras entran y salen, en perfecta sincronía con su mano acariciándome. Mi pulgar encuentra su clítoris y se entusiasma, arqueando el cuello, presionándose contra mi toque. Y entonces estoy besándola de nuevo. Porque cuando se venga —y por la sensación que tengo, está cerca— quiero probar su gemido.

Mis caderas empujan en su apretada mano. Mi lengua se hunde en su cálida boca. Mis dedos frotan y se entierran. Y siento la tensión en mis testículos, el cosquilleo en mi espalda, la presión carnal en mis entrañas. Mierda, me voy a venir tan fuerte. Y la quiero conmigo cuando lo haga. Quiero que nos estremezcamos juntos, hasta que no quede nada de ella o de mí. Solo habrá un nosotros.Y entonces el coño de Hinata se ciñe con fuerza alrededor de mis dedos en contracciones sedosas y rítmicas, una y otra vez. Se viene con un grito contra mis labios. Dejo salir un largo y áspero gruñido contra ella. Ola tras ola de intenso placer fluye a través de mí mientras empujo contra su mano y me vengo sobre su estómago.

Por un largo rato, jadeamos sin aliento, sosteniéndonos el uno al otro. Puntos flotan frente a mis ojos; porque fue así de intenso. Con un suspiro satisfecho, Hinata descansa el rostro contra mi brazo. Me inclino y beso sus labios tiernamente.

Cuando es tiempo de limpiarnos, me encantaría simplemente frotar mi semen sobre su piel y terminar así la noche. Pero supongo que es muy pronto para eso.

Uso las muletas apoyadas contra la pared para dirigirme al baño, y regreso con una toalla húmeda y tibia. Arrodillándome a su lado, limpio su estómago. Sigue mis movimientos íntimos con los ojos brillantes y somnolientos, y una sonrisita de satisfacción. Se ríe cuando mis dedos pasan por su caja torácica. Luego boto el trapo y me dejo caer en la cama a su lado.

Ansiosamente viene a mis brazos, y ambos nos quedamos dormidos.

Un par de horas después, la luz gris de la mañana apenas se asoma a través de las persianas cuando mis ojos se abren para ver a Hinata de pie en medio del cuarto. Contoneando su trasero en sus pantalones húmedos.

Le toma unos segundos a mi boca recibir el mensaje de mi cerebro.

—¿Qué haces?

Se gira rápidamente, como si no esperaba que despertara.

—Tengo que irme a casa. Tengo que bañarme y prepararme para la corte.

Con un bostezo, le digo:

—Bien, te llevaré.

—No te molestes. Un taxi será más rápido.

Ahhhhhhh. La Hinata dulce, tierna y sincera ha dejado el edificio. La Hinata defensiva, nerviosa y espinosa como un cactus está en la casa.

Maldita sea.

Cuando agarra el suéter húmedo del suelo, ofrezco:

—¿Quieres algo de ropa seca? No tienes que…

—No gracias. —Se mete el suéter por la cabeza y sonríe tensa— La ropa húmeda no va a matarme.

Me siento, muy despierto ahora. Mi voz resuena clara y seria.

—Hinata.

Se congela como ciervo atrapado por la mira de un rifle, y me mira como si yo fuera el cazador.

—Debemos hablar sobre lo que pasó anoche —le digo.

—Mejor no, y digamos que sí lo hicimos. Entonces se va.

Acuno mis manos sobre mi boca.

—Estoy tan contento de que seamos adultos sobre esto. Está funcionando muy bien.

Su única respuesta es la puerta principal cerrándose. Me echo hacia atrás, tomo una almohada y la sostengo sobre mi cara, tratando de sofocar la frustración que es Hinata Hyuga de mi mente.

No funciona.

Parece que esto va a hacer Un Paso Adelante, y Dos Pasos Atrás.

Púdrete, Paula Abdul. Nunca me gustaste.

El resto de la madrugada me la paso pensando en Hinata. De vez en cuando, como durante mi larga ducha con puntuación XXX, la pienso en esas pequeñísimas bragas de encaje y sujetador a juego.

Aunque para ser más exactos, sin ellas.

Pero sobre todo, simplemente pienso en ella. Para al momento en que entro a la corte, llego a la obvia conclusión de que Hinata tiene problemas. Problemas profundamente arraigados, reforzados con acero, que será jodido superarlos. Pero está bien. Por veinte años he entrado y salido de terapias; si alguien sabe acerca de problemas, ese soy yo. En realidad, esto demuestra otra forma en la que somos perfectos el uno para el otro. Somos almas gemelas. Destinados a estar juntos, escrito en las estrellas, los perfectos Bogie y Bacall.

Hinata aún no lo ve, pero está bien. Porque soy paciente. E implacable. Cuando se me mete algo en la cabeza, no hay nada que no pueda hacer. Y ella está en mi cabeza. Quiero entenderla, aprender cada parte suya, las curvas suaves, los bordes afilados, los rincones misteriosos y sombríos que se esfuerza tanto en ocultar. Quiero derribar sus puertas, subir a su torre de marfil. Quiero dar muerte a todos sus malditos dragones.

Probablemente, al principio, no lo apreciaría… pero con el tiempo entrará en razón. Será genial.

Cuando llego, Hinata no está en la corte. Me siento a la mesa de la defensa, con la mano sobre el hombro de Justin, contándole la estrategia de hoy y asegurándole que cuido su espalda, que todo va a estar bien. Parece que soy el único adulto en su vida a quien le importa; sus padres todavía no vienen.

Cinco minutos antes de lo que está previsto para que comience, la siento. Sé que suena cursi y absurdo, pero es la verdad. El aire comienza a cargarse y arrastra mi mirada hacia la puerta. Cuando aparece en la puerta, una barricada sube en mis pulmones, capturando mi respiración. La chaqueta de su traje es de color bermellón oscuro, del color de un vino tinto intenso —con cuello alto y hasta la cintura— perfectamente adaptada a su delgada figura. La falda a juego moldea sus caderas y muslos, cayendo justo por encima de la rodilla. Medias transparentes de seda negra y tacones altísimos terminan el conjunto. Para el observador fortuito es un aspecto elegante y profesional. Pero debido a que conozco la piel suave y las dulces curvas encerradas en su interior, para mí es una provocadora delicia erótica. Más sensual que cualquier conjunto de una conejita de Playboy. ¿Sus bragas son negras? ¿Rojas? ¿De encaje o seda?

Mi pene se engrosa cuando considero que podría no estar utilizando nada en lo absoluto. Incluso mejor.

Hinata entra en la sala del tribunal como una reina dirigiéndose hacia su trono. Su largo cabello está recogido en un moño bajo, con una hebra rebelde rozando la piel delicada debajo de su oreja. Y recuerdo el suculento sabor de ese punto exacto anoche, al igual que una fruta dulce y madura. Justo antes de que gire hacia su mesa, me echa un vistazo. Su rostro expresa únicamente profesionalismo, pero en sus ojos, necesidad e indiferencia, afecto e inquietud, todos arremolinándose en sus profundidades. Se ve perdida. Y mi pecho se aprieta con el feroz deseo de protegerla, de animarla… de prometerle que todo va a estar bien.

Voy a asegurarme de ello.

Le doy una sonrisa relajada y tranquilizadora, y algo así como alivio pasa por sus rasgos. Asiente de modo formal, después se acomoda en la mesa de la fiscalía.

Después de que el juez pide silencio y repasa los preliminares, la querida y vieja señora Potter retoma su lugar en el estrado de los testigos. Me coloco de pie para continuar mi interrogatorio, abotonándome la chaqueta gris carbón del traje, y me pregunto si de ahora en adelante las cosas serán diferentes entre Hinata y yo en la corte. Si ella va a ser diferente. Amable. Más gentil. Más... amistosa.

A mitad de la segunda pregunta realizada a la señora Potter, Hinata se pone de pie con un salto.

—¡Objeción!

Bien. Supongo que eso lo responde.

En el momento en que el juez golpea con el martillo para suspender la sesión por el día, los tacones de Hinata repiquetean enérgicamente mientras agarra su maletín y me pasa caminando hacia a la puerta. Mis ojos la siguen, pero el resto de mi cuerpo se queda para ofrecerle a Justin llevarlo a casa, ya que ninguno de sus padres se presentó hoy. Una hora y media más tarde, Iruka me deja frente al edificio de Fiscalía de los . Subo los escalones de piedra de a dos, me dirijo a la puerta cerrada de la oficina de Hinata. Su secretaria dice que se encuentra en una reunión. Una mirada furtiva a través de la ventana me dice que es una reunión importante, teniendo en cuenta que hay cuatro hombres con aspecto de abogados serios en trajes, inmersos en una profunda discusión alrededor de su escritorio.

—Esperaré —le digo a la secretaria.

Detesto tener que esperar, sobre todo cuando tengo una zurra que entregar. Y en este caso, me refiero a todos los sentidos en los que se pueda entender.

Me siento en la silla vacía frente a la puerta de Hinata, con la rodilla derecha rebotando y la cabeza reclinada contra la pared. Después de una eternidad, la puerta se abre y sale el desfile de hombres. El último en salir, un hombre corpulento de cabello canoso, asiente hacia ella.

—Hablaremos pronto, Hinata.

—Sí. Manténgame informada. —Asiente en respuesta, su rostro como el de un busto de yeso del siglo XVII. Esa fue una época muy infeliz para la cerámica.

Espero hasta que el último hombre dobla la esquina, luego entro en su oficina, cerrando la puerta detrás de mí. Se sienta en su escritorio, bajando la mirada a un archivo como si quisiera quemarlo con la mirada.

Extiendo una mano hacia atrás y bloqueo la puerta. Entonces bajo las persianas, ocultándonos del mundo exterior. Si Hinata nota mis acciones, no lo demuestra.

Me paseo hacia su escritorio, haciendo mi mejor imitación de Heath Ledger, el Guasón. —¿Por qué tan seria?

Hinata suspira, aún con la mirada en el archivo.

—Mi caso mafioso de Las Vegas acaba de recibir una apelación. Moriotti consiguió un nuevo juicio.

Me apoyo en la esquina de su escritorio.

—¿Vas a someterlo de nuevo a juicio?

—Totalmente. El hijo de puta merece pasar el resto de su vida en un agujero frío y oscuro, y voy a ser quien lo coloque ahí.

Mi silbido es largo e impresionado.

—En caso de que no lo mencionara antes, esa vena vengativa es bastante sexy.

No suelta una carcajada. No sonríe.

—Realmente no tengo tiempo para hablar en este momento.

—Sí... Yo, particularmente, tampoco tengo ganas de hablar. Pero…

Sorprendiéndola, jalo de golpe su silla, la hago girar y apoyo mis manos sobre los brazos de la misma, inclinándome. Enjaulándola.

Por un sensual segundo soy distraído por la forma en que se levanta su pecho, la forma en que sus ojos giran y sus labios se separan, lo suficientemente como para deslizar mi lengua. Mi pene requeriría que la abriera más ampliamente, y joder, esa idea también me distrae.

—Pero… tanto si queremos hablar o no, parece que necesito establecer algunas reglas básicas —Mi mirada quema la suya y mi voz suena casi tan dura como mi pene— Regla número uno, no pones ni el dedo del pie fuera de mi cama sin antes despertarme. Jamás.

Me inclino y acaricio con mi nariz la delicada línea de su cuello, luego arrastro mi lengua por el mismo camino hasta su pulso —envolviendo los labios alrededor de él y succionado— lo suficiente fuerte como para dejar una marca. Pero... ese es el precio que ella paga.

—Me masturbé dos veces en la ducha —siseo contra su piel—. Y todavía estaba tan duro como una maldita roca al observarte en la corte.

Ese pequeño chisme me consigue un buen gemido. Pero no terminé.

—Y juro por Cristo, todavía podía olerte en mis dedos. Me volvió loco todo el puto día.

Retrocedo hasta que estoy mirándola a los ojos. Están iluminados con calor y sublimemente estimulados.

—Deja de mirarme así —vocifero.

—¿Así cómo?

—Como si quieres que te bese. No voy a besarte, Hinata. Estoy enojado contigo.

Se retuerce en su asiento, su mirada va de mis labios a mi manzana de Adán, juntando sus muslos y rozándolos muy ligeramente. Y un gemido se queda atrapado en mi pecho, porque al parecer, le gusta que esté enojado con ella.

Jesús, la diversión que podría tener con eso. Pero me mantengo enfocado.

—Regla dos, hablamos. No sobre el caso, sino acerca de todo lo demás. Nada más de huir.

Su garganta se contrae mientras traga, y casi puedo oír los latidos de su corazón. O tal vez son del mío.

—Tres: tomaremos un día a la vez. Estás asustada, hay mierda entre nosotros, lo entiendo. No te pediré más de lo que puedas darme.

Frunce el ceño.

—Naruto, no creo…

—Dices eso un montón. Pareces confundida, por lo que voy a hacer que sea muy fácil para ti. Cuatro, voy a ir a tu casa esta noche. Llevaré comida. Pasaremos el rato. Si por casualidad pasamos buena parte de ese tiempo sin ropa, también lo aprovecharemos. Di sí.

Permanece en silencio por varios segundos, haciendo que contenga la respiración. Luego cede.

—Sí.

—Buena chica.

Entrecierra los ojos. Pero debido a que estoy tan complacido —porque lo he deseado todo el maldito día— me como mis propias palabras, me inclino y la beso profundamente. Duro, exigente, infundido con cada gramo de posesividad que siento por ella. Un beso con choque de dientes, de reprimenda, que la deja temblando.

Soy un gran creyente de las salidas oportunas. Durante las recapitulaciones finales, la última imagen que le das al jurado, las últimas palabras que les dejas resonando en los oídos, son las más poderosas. Pueden hacer la diferencia entre una absolución o una condena a cadena perpetua.

Y ese beso fue un infierno de cierre.

Por lo que me enderezo, doy la vuelta y salgo tranquilo de la oficina de Hinata.