Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
9
Justo antes de la puesta del sol, estoy en el pórtico desvencijado de su casa de estilo victoriano y llamo a su puerta. Se abre casi de inmediato, como si estuviera esperándome. Hinata está de pie en el resplandor de la luz del sol que se desvanece, vestida con pantalones vaqueros claros desgastados que abrazan sus caderas y muestran su dulce culo de una fantástica manera. Su camiseta es holgada y fina, una capa de encaje blanco sobre una de gasa, el escote se sumerge en una V baja que expone sus pechos turgentes y sin sujetador.
Con la boca hecha agua, y mi imaginación a toda marcha, murmuro:
—Le voy a enviar al Juez Bradshaw una nota de agradecimiento.
Se ríe y siento sus ojos arrastrarse hasta mis propios vaqueros desgastados, por encima de mi camiseta color negro, deteniéndose justo donde las mangas cortas se ajustan alrededor de mis bíceps.
—También te ves muy bien.
Miau.
Asomándose detrás de la pantorrilla de Hinata, hay dos grandes ojos negros unidos a un pelaje gris. Los gatos no son mis animales favoritos, van detrás de los perros, cerdos barrigones y la criatura más linda que Dios alguna vez haya creado: el erizo. Pero, a diferencia de mi compañero de habitación universitario de primer año, posible futuro asesino en serie —quien intentó atropellar a todos los gatos callejeros que se cruzaban en su camino— tampoco los odio.
—¿Quién es este?
—Es Jasper.
Miau.
Me agacho y extiendo una mano.
—Hola, Jasper...
—Naruto, espera…
Pero antes de que pueda hacer caso a su advertencia, los ojos de Jasper se transforman en rendijas agudas y sus garras cortan mi mano como Wolverine teniendo un mal día. Una garra araña mi dedo medio.
—¡Bastardo!
—Lo lamento —arrulla Hinata.
Sacudo la mano, luego llevo la punta a mi boca, saboreando la sangre.
—Odio ser quien te lo revele, pero tu gato es un estúpido.
Toma mi mano, examinando la herida.
—Simplemente es cauteloso con las personas que no conoce. Como un gato guardián —Mira detrás de ella— Jacob y Edward son mucho más amables.
—¿Cuántos tienes?
Se encoge de hombros.
—Solo tres.
Asiento lentamente.
—Regresé a tu vida justo a tiempo. Casa vieja, múltiples compañeros felinos, un interés inadecuado en libros de vampiros destinados a ser disfrutados por vírgenes niñas adolescentes —Junto mi pulgar e índice— Te das cuenta de que estás así de cerca de convertirte en una señora vieja llena de gatos.
Hinata me saca la lengua. Sonrío.
—Haz eso de nuevo más tarde, te demostraré muchos mejores usos para esa lengua.
Se ríe, sacudiendo la cabeza como si pensara que bromeo.
—Muy bien, pongámonos en marcha —le digo— Tenemos una caminata por delante de nosotros.
Frunce el ceño.
—¿Pensé que dijiste que ibas a traer la comida?
—Lo dije. Pero no que comeríamos aquí.
Extiendo una mano, y coloca la suya en la mía. Es cálida y suave, un ajuste perfecto.
—¿A dónde vamos?
Me inclino y le susurro al oído, provocando piel de gallina a lo largo de su clavícula.
—Es una sorpresa.
Caminamos por la ciudad bajo el cielo oscuro de color rosa anaranjado, con las manos entrelazadas. Pasamos por el Monumento de la Segunda Guerra Mundial y el Reflecting Pool a través del calor radiante del monumento a Lincoln, zigzagueando entre los turistas que se sacan fotos y analizan mapas, los cuales son asistentes permanentes. Y entonces llegamos a Tidal Basin, sus tranquilas aguas reflejan los orbes suaves de las farolas que iluminan el camino circular a su alrededor. En la primavera, aquí los árboles están cargados de flores de cerezo, formando una gruesa corona de flores de color rosa claro en torno al agua, pero en esta época del año, las flores han caído, dejando solo follaje verde en sus ramas, la promesa de su florecimiento en el próximo año.
Saco a Hinata del camino más cerca de la orilla del agua, donde una manta de franela nos espera en el césped, linternas encendidas ubicadas en cada una de las cuatro esquinas. En el centro, una botella de vino blanco y dos cestas de picnic; una con cubiertos, platos y servilletas, y la otra protegida para mantener caliente los recipientes de comida china. No estaba seguro de qué tipo de comida china le gustaba, de manera que pedí una variedad. Los arbustos alrededor aíslan el lugar del camino —se siente como de toda la ciudad entera— creando nuestro propio oasis personal. Nuestro propio mundo solo para ella y yo.
Hinata se detiene, asimilándolo todo. La luz de las linternas brilla en sus ojos relucientes y su sonrisa me quita el jodido aliento.
—Esto es... es hermoso, Naruto. Gracias.
Mi pulgar traza su labio inferior.
—Esa sonrisa es todo el agradecimiento que necesito.
Entonces reconsidero esa declaración.
—Bueno, quizás no todo el agradecimiento —Le doy un guiño— Vamos a ver cómo va la noche.
Y luego comemos y bebemos, hablamos y reímos. Hinata me cuenta acerca de su viaje de buceo a Belice en la primavera pasada, y le cuento sobre mi excursión en kayak en Alaska el año pasado. Le cuento sobre la liga de lacrosse masculina en la que juego los fines de semana y su rostro se ilumina cuando me habla de sus domingos a la caza de ventas de garaje de cosas antiguas. Nos ponemos al día sobre nuestras familias y los últimos chismes de parientes lejanos. Nos relatamos historias: divertidas, terribles, vulgares sobre la universidad y la escuela de leyes.
Básicamente, es una cita realmente fantástica. Del tipo que se reproduce en un montaje con alguna terrible canción pop en segundo plano como si se tratara de una cursi comedia romántica. Del tipo que un chico le contaría a sus amigos al día siguiente, incluso si no folla.
Las horas pasan sin que ninguno de los dos nos demos cuenta, y para el tiempo en que caminamos de regreso a los escalones del pórtico de Hinata, es después de la medianoche. Ambos estamos relajados y sonrientes, y sus mejillas se ruborizan con el más bonito sonrojo del buen vino y una buena conversación.
Abre la puerta y pregunta:
—¿Te quieres venir adentro?
Adentro, en la espalda, el estómago, la boca; quiero venirme en todas las partes que me deje.
—¿Por "café"? —bromeo, haciendo comillas en el aire con los dedos.
Sus ojos se oscurecen a un ardiente marrón chocolate.
—No, pero podría darte un recorrido. Mostrarte cómo marcha la restauración. Hemos sido capaces de mantener todas las molduras originales.
Sonrío.
—Sé cómo va eso. Primero es, "ven a ver mis molduras"... entonces es "derriba mi lámina de yeso y echa un vistazo a mi enladrillado, muchachote". Y si tengo suerte, me dejarás echar un vistazo debajo de tu alfombra por algo de acción de piso que nos hará perder la cabeza.
Se ríe.
—No olvides la chimenea, ¿quieres que te muestre mi repisa, Naruto?
—Apuesta tus dulces molduras que lo hago.
La casa es una combinación impresionante de las mejores comodidades modernas y el reluciente encanto del viejo mundo. Hablamos de las vigas de madera que está manteniendo expuestas en la sala de estar, y los ocultos altavoces compatibles con Bluetooth que se instalarán en cada habitación. Me muestra un pequeño salón con el papel tapiz original, que si te fijas muy de cerca, contiene imágenes ocultas de mujeres y hombres desnudos. Eso son los victorianos para ti. Pervertidos reprimidos.
Luego subimos las escaleras, a su habitación. La iluminación es tenue, pero acogedora, una solitaria lámpara de cristal en una mesita de noche de caoba. Las paredes son beige con un cálido rojo oscuro que acentúa la pared detrás de la cama. La cual es enorme, un dosel con miles de grandes almohadas esponjosas que me hacen pensar en un montón de nubes cumulonimbos. Es el tipo de cama en la que querrías quedarte por varios días y con la manera en que Hinata me mira, ese podría ser el plan.
Me detengo frente a la chimenea, pasando la mano a lo largo de la impresionante repisa de mármol.
—Esto es bonito.
Hinata me observa justo desde la puerta cerrada.
—Sí... lo es.
Cuando nuestros ojos se encuentran y se mantienen, es como si solo lo supiéramos. No se necesitan palabras. Bueno o malo, correcto o incorrecto, todo lo que ha pasado en nuestras enredadas vidas nos ha llevado hasta aquí, a este momento.
Mi voz es profunda, áspera.
—Ven aquí, Hinata.
Da un paso hacia delante directamente a mis brazos. La levanto de sus pies, sujetándola contra mí. Sus manos se entierran en mi pelo, tirando un poco, luego agarrándolo fuerte.
Y nos besamos como si fuera el fin del mundo.
El aire se pone denso a nuestro alrededor y el tiempo se detiene mientras nuestras bocas se inclinan, nuestras lenguas follan, nuestras gargantas gimen y zumban con una urgencia desesperada. Hinata se arquea en mis brazos, su cabeza se inclina hacia el techo cuando mis labios recorren la prístina extensión de su garganta.
—Naruto... —jadea, extendiendo los dedos por mi pelo— Esto es real. Dime que esto es real.
Mis ojos se mueven a los suyos y ahueco su mandíbula en una mano.
—Es real. Esto es tan real que no puedo dejar de temblar.
Busca mi rostro... y luego sonríe. Porque me cree. Y las emociones que aumentan en mi pecho, mis sentimientos por ella, son indescriptibles. Es como... A la mierda Jack Dawson... Yo soy el rey del mundo ahora.
Deslizo uno de los tirantes de la blusa de Hinata por su brazo, lo suficiente para exponer un pálido y perfecto pecho. Doblo mis rodillas, salpicando con besos el suave montículo, y cierro los labios sobre el duro, apretado brote de su pezón. Su gemido es profundo y largo con aprobación mientras succiono ese punto duro. Adorándolo con la lengua, trazando, acariciando y chasqueando.
Sin romper el contacto, envuelvo los brazos alrededor de sus caderas y la levanto, llevándola a la cama. La acuesto, chupando y lamiéndola con mi boca. Agarra la parte de atrás de mi camisa y suelto el pezón con un pop, levantando los brazos para que pueda sacarme la camisa. Sus manos dejan una estela ardiente mientras sus uñas rasgan mi torso. Un tirante de su blusa da paso cuando lo arranco de su cuerpo en un tirón rápido, dejándola desnuda de la cintura para arriba. Mis ojos vagan y consumen; tanta carne pálida, perfecta.
Beso su estómago, lamiendo y raspando con mis dientes, abriéndome paso hacia arriba. Hinata se arquea y gime, sus manos recorren mi pelo. El calor de nuestra piel, nuestros pechos desnudos frotándose —es casi demasiado— y sin embargo, ni siquiera cerca de suficiente. Volviendo a su boca, muerdo su carnoso labio inferior con los dientes, luego cubro sus labios con los míos. Saboreando el sabor de su húmeda y dulce boca, su suave y resbaladiza lengua... sus quejidos y gemidos. Tanteando a ciegas, el botón de sus vaqueros es liberado y con su ayuda, se los quito de sus piernas —bragas y todo— dejándola desnuda.
La necesidad desesperada de mirarla me da la fuerza para levantarme de rodillas a su lado en la cama, pero mis dedos no pierden nunca el contacto con su piel. Se arrastran hasta la caja torácica, ahuecando sus pechos, jugando con esos hermosos pezones, trazando su clavícula, rozando sus brazos. Mis ojos están por todas partes, memorizando cada detalle; el rosado rubor de su piel sin defectos, el indicio del hueso de su costilla, el suave marcado de su pelvis, el delicado, lienzo inmaculado debajo, y lo mejor de todo, los desnudos labios carnosos de su reluciente coño. Mis ojos amenazan con cerrarse con un gemido cuando la imagen se graba en mi cerebro, pero me obligo a abrirlos. Sujeto los tobillos de Hinata y los jalo, abriéndole las piernas para una mejor visión. Gimo de nuevo —largo, bajo y gutural— mientras mis manos masajean, y mis dedos se hunden en su interior, dando paso a mi boca. Me acuesto sobre mi vientre, mi aliento contra su piel, los dedos abriendo la rosada carne.
—Cristo, Hinata, tu coño es tan jodidamente bonito.
Gime por mis palabras.
—Esto se hizo para ser besado, lamido y follado todo el maldito día... y noche.
Presiono mi boca abierta contra su piel y ella grita. Mi lengua examina, penetra, y ahora mis ojos se cierran. Porque su sabor es dulce, húmedo y caliente. Podría perderme en su coño. Esto podría arruinarme, porque no sé cómo voy a funcionar sin pensar en estos perfectos, delicados labios. Tan suave, tan jodidamente delicioso. Mi boca se mueve duro sobre ella, dentro de ella. Mi barba está raspando la delicada piel de sus muslos, dejando probablemente abrasiones de rosa brillante, y la idea me excita aún más.
Mi nariz frota su clítoris mientras succiono y chasqueo mi lengua en el paraíso entre sus piernas. Y cuando me muevo hacia arriba, cuando la lengua roza contra ese hinchado nudo, las caderas de Hinata se sacuden, y se viene contra mi boca —piernas temblando— llorando mi nombre. Apenas me detengo para dejarla recuperarse. Giro la cabeza y succiono la piel de sus muslos, definitivamente dejando una marca esta vez. Lamo mi camino a la sensible hendidura justo debajo de su hueso pélvico. Toma grandes bocanadas de aire y tira de mis hombros.
—Ven aquí —Jadea— Bésame, Naruto.
Y con mucho gusto lo hago.
Sus manos me acarician el rostro con cariñosos toques de amor. Luego empuja mi pecho con una fuerza sorprendente hasta que estoy de rodillas. Cuando me encuentro donde me quiere, da un frenético tirón en el botón de mis vaqueros. Un frustrado gruñido se le escapa, haciéndome sonreír. Pero cuando consigue abrirlos, mi sonrisa se convierte en un gemido boquiabierto. Debido a que no pierde el tiempo, saca los pantalones lo suficientemente bajo como para liberar a mi dura polla, y luego ella está por todas partes. Frotando mi polla con la lengua y los labios, mojando la delicada piel, deslizándose a la punta y resbalando al maldito hasta el fondo de su caliente y húmeda boca.
Mis caderas se sacuden, y tengo que apoyar mi mano en su espalda para evitar caer.
—Mierda... Jodeeeer...
Las maldiciones caen de mí mientras Hinata disfruta mi polla. Arremolinando su lengua fantástica alrededor de la punta, balanceando la cabeza, chupándome tan duro que puede provocar un paro cardíaco. ¿No sería la mejor maldita muerte?
La parte posterior de su mano roza contra la cremallera abierta de mis vaqueros cuando ahueca mis bolas, masajeándolas, luego añadiendo un juguetón tirón que envía placer eléctrico disparándose por mi columna vertebral. Es muy buena en esto, demasiado buena. Porque cuando mi mano se entierra en su suave cabello para hacer un poco de buen tirón de mi parte, zumba alrededor de mi pene y las vibraciones me llevan hasta el borde. Y tan glorioso como se siente, tanto como quiero ir por la vida con su boca permanentemente envuelta alrededor de mi polla... no... No...
No voy a venirme en su boca. No la primera vez.
Si Hinata y yo realmente lo hubiéramos "hecho" hace todos esos años en el Ferrari de mi padre, hubiera sido del tipo de acto sexual lento, gentil y dulce que escriben en libros.
No hay nada lento o gentil sobre nosotros ahora. Nos devorábamos el uno al otro —una especie de locura— jodida y bellamente salvaje. Pero todavía hay una ternura, porque queremos estar más cerca, besarnos más profundo, hacer sentir al otro mucho mejor que bien. Mi puño se aprieta en su cabello, tirando de ella fuera de mi pene, hasta que estamos pecho a pecho, cara a cara.
Y prácticamente me gruñe.
La beso como el infierno y río contra sus labios.
—Aspiradora parece un apodo muy apropiado en este momento.
Me mira a los ojos y se ríe de nuevo, y, Cristo, es tan hermosa que duele.
Después se acuesta con la delicada gracia del aterrizaje de una mariposa en una hoja, apoyándose en sus codos. Sus ojos me examinan de arriba a abajo, y su voz se vuelve ronca.
—Quítate los pantalones. Y ven aquí.
Esa sería la orden de la que están hechos los sueños.
—Sí, señora.
Le doy la espalda, me siento en el borde de la cama, y saco mis pantalones. Tomo los tres condones de mi billetera. Entonces saco el perno en la pierna, lo deslizo y saco el recubrimiento, porque es más fácil moverse alrededor de la cama sin que se enganche en las sábanas. Y planeo moverme muchísimo.
Hinata es impaciente, porque en vez de acostarse de nuevo y esperar que vaya a adorarla, salpica un caliente rastro de besos por mi columna vertebral. Se mueve a mi cuello y sus pechos se presionan contra mi espalda, haciéndome gemir. Me doy vuelta y deslizo mi mano detrás de su cuello, manteniéndola quieta mientras saqueo su caliente boca impaciente. Mi otro brazo se desliza alrededor de su cintura, levantándola contra mí mientras me levanto en mis rodillas.
Necesitados pequeños gemidos y quejidos hacen eco de su boca a la mía. Luego me sorprende, empujando mis hombros y tumbándonos en la cama por lo que cae en mi duro pecho con un suave Ufff. Planta un beso en un pectoral, luego sonríe sensualmente mientras se levanta.
—Quiero mirarte.
Y mira: con ojos hambrientos y manos exploradoras. Pero entonces, algo malditamente raro sucede. Trago saliva, y sabe como la auto-conciencia. La vulnerabilidad. Imagino que así es como deben sentirse las mujeres, si tienen estrías o celulitis o un neumático de repuesto alrededor del vientre. Algo sobre su cuerpo que cambiarían si pudieran.
Aquí está la cosa, conseguí superar cualquier problema con mi pierna y las mujeres hace mucho tiempo. No me molesta, y las chicas con las que me acosté han estado más interesadas en mi larga, gruesa tercera pierna, si sabes lo que quiero decir. Pero —si estoy siendo honesto— la falta de mi extremidad inferior es... impar. Es… ausente. Tu cerebro te dice que supone que haya más.
Naturalmente, esperas ver dos piernas completas, no obstante, una simplemente... acaba.
Mi pecho se levanta y cae rápidamente bajo la mirada escrutadora de Hinata. Y no sé si es la expresión de mi rostro, o algún pequeño movimiento inconsciente, pero lee mi maldita mente.
—¿Sabes lo que pienso cuando te miro, Naruto?
Mi respuesta sale rasposa, áspera.
—¿Qué?
Acaricia mis abdominales, los brazos, ambas piernas.
—No pienso, "Oh, Naruto es tan fuerte", a pesar de que lo eres. No pienso, "Ha sobrevivido tanto", a pesar de que lo hiciste. —Me mira a los ojos— Solo pienso, perfecto. Eres... Perfecto.
Y no sabía lo mucho que quería escuchar esas palabras de ella, hasta que me las dio. Le agarro los brazos y la tiro hacia abajo, poniendo cada emoción salvaje, dulce, loca en un beso.
Suficiente charla. No más miradas o acariciar. Tenemos que follar, ahora.
Le hago rodar así que estoy encima de ella, presionando y aplastándola contra el colchón. Los movimientos de Hinata son tan desenfrenados como los míos, dedos arañando y tirando, caderas girando, piernas envueltas, muslos apretando tan fuerte que apenas puedo respirar. Alcanzo un condón de la cama, arranco el envoltorio con mis dientes, y expertamente lo enrollo con una sola mano. Apoyándome en mi codo, deslizo mi polla a través de sus desnudos labios inferiores, gimiendo por el húmedo calor que puedo sentir incluso a través del látex. Sus caderas me acunan, sus piernas se extienden más amplias, llamándome, y entonces entro suavemente en ella.
Durante un buen rato, no me muevo. Estoy dentro de Hinata. Es tan jodida y bellamente ceñida. Dejo su cuerpo estirarse alrededor de mí, que se acostumbre a mi tamaño, mientras saboreo la apretada tensión de sus músculos, la sensación de su coño caliente a alrededor de mi cuerpo entero. Entonces bajo la mirada hacia sus ojos marrones desgarradoramente hermosos, y me muevo. Retirándome y bombeando, flexionando las caderas en un lento y constante ritmo. Sus labios se separan, su dulce aliento escapando con cada embiste. Nuestras narices se frotan, y me rindo en la pura sensación —cerrando los ojos, capturando su boca— montándola más rápido.
La lengua de Hinata baila contra la mía y gime contra mis labios.
—Sabía... Sabía que sería así. Sí... oh, sí, Naruto.
Sus manos agarran mi culo, empujándome más profundo. Mi boca recorre su cuello y mis caderas se aceleran —moviéndose más duro— haciendo círculos entre sus muslos cada vez que estoy enterrado por completo. Estaría avergonzado por la rapidez con la que siento el creciente placer feliz de mi orgasmo viniendo si no supiera que ella está ahí conmigo. Debido a que es tan jodidamente bueno.
Perfecto, como ella dijo.
El coño de Hinata se aprieta a mi alrededor construyendo su propio placer. Hago círculos con mis caderas, más duro, más rápido, frotando mi pelvis contra su clítoris. Y luego el pensamiento se vuelve imposible. Con un agudo gemido, se contrae con tanta fuerza al rodearme, que es casi doloroso. Empujo en profundidad con una penetración final, me vengo con tanta fuerza que la sangre corriendo por mis oídos ahoga el sonido de mis gemidos.
Lentamente, mi capacidad de escuchar regresa. Las manos de Hinata se deslizan por mi espalda, suaves y casi... agradecidas. Levanto el rostro de su cuello y abro los ojos. Parpadea hacia mí. Siento como si debiera decir algo, algo significativo y profundo. Pero me folló hasta dejarme estúpido, me robó las palabras. Así que beso sus labios, ahora suave, con veneración. Y siento su gozo mientras me mantiene cerca en contra de ella y no me suelta.
