Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

10

No dormimos.

Cuando empezamos a dormirnos, los besos delicados se hacen más profundos, los toques gentiles se transforman en agarres golosos, y a pesar del cansancio que nos inunda, follamos durante toda la noche.

Hinata pasa mucho tiempo sobre su estómago en el preludio de la segunda ronda, porque me he obsesionado con su trasero. El sentir la forma firme bajo mis manos, la suave y flexible sensación mientras trazo los globos con mi lengua, la hermosa forma en la se tambalean mientras la tomo por detrás. Entierro mis dedos en él, dejando un rastro de pequeñas marcas en la carne con forma de corazón. Rasguño y muerdo con mis dientes, lo beso y lo venero con mis labios, si el trasero de Hinata estuviera hecho de bronce, me postraría ante él y le rezaría.

Durante nuestro tercer viaje por las bases, me monta. Ella tomó unas cuantas clases de equitación hace algún tiempo, y Dios, valieron su peso en oro. Se vino y encontré la vista de esa posición particularmente deliciosa. La forma en la que sus pechos rebotan cuando se empala en mi pene, la forma en la que su elegante espalda se arquea mientras sus caderas giran, y la sublime y maravillosa mirada que atraviesa su cara cuando mi orgasmo desencadena el de ella, y se viene por segunda vez con mi nombre en sus labios. Hermosa.

Hinata no guarda condones, así que después de la tercera ronda se nos acabaron. Pero eso no nos detiene de seguir por una última vez. Aunque tomo un poco de persuasión al inicio, monta mi cara y hago que se venga con mi lengua enterrada muy dentro de ella. Luego se acuesta, totalmente cansada, y deslizo mi pene entre sus pechos y los follo lentamente. Alcanza la energía justa para levantar su cabeza y chupar la punta, y gime cuando me vengo fuerte sobre ella.

No puedo recordar mucho después de eso; pero estoy muy seguro que colapsé encima de ella, y nos quedamos profundamente dormidos.

Me despierto de una siesta muy bien ganada por una húmeda sensación, por una embravecida lengua lamiendo detrás de mi oreja. Hace cosquillas, y tengo una sonrisa en mi cara antes de abrir mis ojos. Me giro sobre mi espalda, esperando encontrar unos cálidos ojos cafés mirándome con adoración y veo unos ojos negros media noche con forma de almendra mirándome desde una cara blanca mullida con bigotes.

Miau.

Siento otra lengua mojada en mi pierna, y volteo hacia abajo para ver a un gato café con blanco prácticamente haciéndole el amor a mi rodilla. Mi garganta se siente seca y un poco dolorida, probablemente por todos los gemidos profundos. Me obligo a tragar y vuelvo a ver a la bola de pelos color nieve enroscada detrás de mi cabeza.

—Tú debes de ser Edward. —Supuse por su pelaje pálido, opuesto al felino más abajo; que tal vez es Jacob, porque su pelaje es más parecido al color de un lobo.

Y sí, me siento jodidamente mortificado por saber eso.

Rasco la cabeza del gato y me siento, frotando mi barba, buscando a Hinata. Y veo una nota en la mesita de noche, apoyada contra la lámpara.

Tuve que ir a la oficina. Te veo en la corte esta tarde.

¿Una nota? ¿Me está jodiendo? Después de anoche; los besos, los roces, el exceso de esos malditos orgasmos, ¿obtengo una nota?

No lo creo. De. Ninguna. Manera.

Dando grandes zancadas atravieso mi puerta de entrada y tomo una ducha en tiempo récord. Iruka me ofrece el desayuno de la misma forma en la que los Vengadores observan a Bruce Banner antes de que entre en fase Hulk. Empujo el omelette por mi garganta, agarro mi portafolio, y marcho para salir por la puerta con mi camisa abotonada a la mitad y mi corbata colgando del cuello.

Diez minutos más tarde entro de golpe en la oficina de Hinata; poniéndole el pestillo a la puerta y cerrando las persianas. Sonríe alegremente detrás de su escritorio, manos cruzadas.

—Hola.

Mi ceño fruncido me pesa en mi cara.

—¿Entiendes el concepto de reglas de juego?

La sonrisa de Hinata pasa de alegre a desconcertada.

—¿Qué?

Camino hacia ella con lentitud, a propósito.

—Eres una graduada de Yale, así que debes de entender el concepto. La única conclusión a la que puedo arribar es que rompiste esas reglas a propósito esta mañana —Me inclino sobre ella, y el pulso de su cuello se acelera— Y romper las reglas tiene consecuencias, pequeña rebelde.

Se mueve nerviosa, baja la mirada, pero hay excitación en sus ojos.

Anticipación. Lujuria.

—No huía, Naruto. Me llegó un correo. Ha habido un avance en el caso Moriotti y tuve que llegar temprano… para trabajar…

Sus palabras se desvanecen poco a poco mientras mira fijo la dura línea de mi boca. Asiento. Y lentamente deslizo mi corbata de alrededor de mi cuello. Luego en un rápido movimiento, la levanto de su silla y pongo su trasero a la mitad de su escritorio.

—Naruto…

Ella ya no dice nada más. No puede, porque deslizo mi corbata entre sus dientes y la anudo detrás de su cabeza. No muy apretada claro, con la firmeza suficiente para mantenerla en lugar. Y amortiguar sus sonidos.

No puedo permitir que alguien nos escuche. La imagen profesional y todo eso.

—Al parecer no me hice entender muy bien ayer —Avanzo por debajo de la falda de Hinata y le arranco las bragas, metiéndolas en mi bolsillo— Arreglaré eso ahora mismo.

Abro sus piernas, la jalo hacia adelante, y me arrodillo.

Mi lengua la toca primero, trazando su ya mojada abertura. Mis labios la siguen rápidamente, besando y chupando esa hermosa, hermosa vagina. Hinata se recarga hacia atrás, dando un suave y largo gemido, una mano aferrada en el escritorio detrás de ella, la otra enterrada en mi cabello rubio.

Le hago el amor a su vagina con mi boca, de la forma en la que me hubiera gustado hacerlo cuando nos despertamos esta mañana. Y la follo con mi lengua, porque también me hubiese gustado hacerlo. Con el tiempo esencial, le doy un intenso y caliente homenaje a su clítoris, apretando y frotando, mordiendo solo un poco con mis dientes. Se endurece contra mi lengua, disfrutando de la atención. Pasados cinco minutos ella se retuerce contra mi cara, emitiendo un gemido agudo alrededor de la mordaza y justo en el filo de un orgasmo enorme.

Es ahí cuando me detengo. Y con calma me siento en mis talones.

Me levanto, me desabrocho los pantalones, saco mi pene, frotando mi erección en un puño apretado. Hinata observa con los ojos muy abiertos.

—¿Te quieres venir? —pregunto con mis cejas alzadas.

—Ajam.

Asiento, aún jalándomela.

—Solo las mujeres que siguen las reglas pueden venirse.

Y ahora se ve enojada. Muy enojada.

—Pero si dices que lo sientes, lo dejaré pasar esta vez.

—Nosnt —murmura, viéndose todo menos de acuerdo.

Inclino mi cabeza hacia ella.

—No pude entenderte. ¿Lo intentas de nuevo?

—Nosnt —gruñe.

Mi ceño se frunce, luego se relaja en una exagerada comprensión.

—Oh… No puedes decir lo siento, ¿cierto? Porque tienes una mordaza en la boca. —Chasqueo mi lengua— Es una lástima ser tú.

Trata de darme un golpe, con puño cerrado y rápido. Atrapo su muñeca y la mantengo en su espalda baja; parándome entre sus rodilla, mi pene se pega contra la sueva tela de su camisa azul de seda. Se acerca a mí con su otra mano, pero también tomo esa, atrapando ambas detrás de su espalda con una mano.

Sus ojos se deslizan por mi cara.

—Follame.

Le dedico una gran sonrisa.

—Ahora, eso sí lo entiendo. Y no me importa si lo hago.

Agarro mi pene desde la base, me acerco con la mitad de mi cuerpo sobre Hinata, y entro en hasta el fin. Se siente jodidamente perfecta a mi alrededor. Arremeto contra ella sin piedad y sus ojos se cierran. Descansa su frente contra mi mandíbula. Suelto sus manos para sostener sus caderas, acercándola a mí.

Uno pensaría que ella se quitaría la mordaza, pero en su lugar sus brazos me envuelven, manteniéndome así para el paseo de su vida. Solo hacen falta unos minutos para llevarla hasta el borde, hasta que siento la indicación en el pulso de sus músculos, escucho la aguda y sonora respiración que toma que me indica que se encuentra cerca de venirse.

Y mis caderas se detienen. Intenta hacer el trabajo por sí misma; moviéndose contra mí, pero en su posición, no va a lograr terminarlo.

—Si me despierto y no estás a mi lado, te voy a atar a la maldita cama —El necesitado y desesperado tono de mi voz disminuye el efecto de mi amenaza— Y haré esto por horas. No te dejaré esperando, porque no soy tan malo. Pero te haré rogar, y te haré gritar antes de dejar que te vengas. Y eso es una maldita promesa.

Paso mi lengua por su oreja, atrapando su lóbulo, terminando con un beso. Luego desato la mordaza de detrás de su cabeza.

—Ahora di por favor.

Muerde mi oreja. Fuerte.

Me alejo y me río.

—Tranquila Mike Tyson.

Me salgo solo un poco y empujo mis caderas hacia adelante, provocándola.

—Solo di por favor, Hinata. Dilo por ambos. Va a ser tan jodidamente bueno.

Siento sus labios en mi mejilla. Contra mi cuello.

—Por favor Naruto. Oh… por favor.

Y eso es todo lo que hacía falta. Entro con intensidad en su interior, acercándonos al clímax y entregándonos de inmediato. Nos venimos juntos, gruñendo y agarrándonos, como dos salvajes sin sentidos.

Es jodidamente asombroso.

Respirando con dificultad, no me muevo por unos minutos, no hasta que mi corazón vuelve a la normalidad. Entonces me yergo y arreglo su ropa. Después de guardar mi pene, la señalo agitando el dedo.

—Espero que hayas aprendido tu lección. Voy a guardar tus bragas por el resto del día como recordatorio.

No parece estar contenta conmigo. Y después de la experiencia monumentalmente ardiente que acabamos de compartir, eso es inaceptable. Así que sostengo su cara con ambas manos y la beso con gentileza. Con el pulgar acaricio su mejilla.

—Anoche fue la mejor noche de mi vida. Te lo hubiera dicho esta mañana, si te hubieras molestado en despertarme antes de irte.

Su enojo se desvanece, transformándose en algo que se parece mucho a felicidad contenida. Beso su frente y me alejo un paso, lamiendo mis labios, aún con su sabor en ellos.

—Abogada, te veré en la corte.

Le guiño un ojo y salgo por la puerta, con una actitud mucho más feliz que cuando entré.

Esa tarde en la corte, Hinata parece distraída. Descolocada. Tal vez es porque no está acostumbrada a tener sexo en su lugar de trabajo. A lo mejor es porque tomé la custodia de sus bragas; y jugueteé con ellas durante las sesiones, solo por mi perverso placer. Cual sea la razón, ha tenido un mal día.

Y me cree el responsable. Sé eso cuando llega a mi casa esa tarde, entrando sin anunciarse. Iruka le prepara una bebida, la que se toma en dos tragos, mirándome enojada todo el tiempo. Regresa el vaso vacío a mi mayordomo, y con el tono practicado de una mujer que fue criada en una casa llena de sirvientes, le dice:

—Gracias, Iruka. No vamos a necesitarte por el resto de la noche.

Luego dirige esos ojos flameantes hacia mí.

—Naruto, me gustaría hablar contigo. En privado.

Hago una seña con la mano.

—Guía el camino, dinamita. Adonde vayas, yo te seguiré.

Me lleva a mi cuarto. Y al segundo que la puerta está cerrada, me estrella contra la pared. Y me arranca la ropa. Lo que me da la motivación que necesitaré para poder ganarle en la corte todos los días. Porque si esta es la forma en la que lo sobrelleva. No existe mayor incentivo que esto.

Unos días más tarde, en mi almuerzo con Neji, Sasuke y Sakura, les informo todo sobre Hinata. Los tres me miran fijo. Sin expresión en sus miradas.

Luego Neji menea un poco su cabeza, como si tratara de acomodar sus pensamientos. —Déjame asegurar que escuché bien. ¿Te estás follando a la fiscal de tu caso?

Me trago un bocado de sándwich de pavo.

—Sí. Bueno a veces follamos, a veces pasamos el rato.

Como ayer, en la casa de Hinata, nos acurrucamos en su sillón y vimos una película. Ella la escogió: Mad Max: Furia en el Camino. Y si no tenía antes la certeza de que era una condenadamente asombrosa mujer, después de esa elección tenía plena seguridad de que así era. Nos abrazamos, nos acurrucamos y nos besamos, me dejó tocar sus pechos, lo que fue ardiente. Pero eso fue todo.

—A veces hablamos...

Como anoche, después de una muy satisfactoria y profunda sesión para sacar el enojo, cuando Hinata me contó sobre los descubrimientos en el caso Moriotti. Fueron de los grandes. El FBI escuchó una charla sobre una amenaza a uno de los fiscales del caso. Hinata. Moriotti mandó avisos; un pago muy lucrativo, para cualquier malnacido que la pudiera dejar fuera del juego. Esto es muy común es los casos de la Mafia, tratar de intimidar a los fiscales para que no sigan adelante. Los agentes no tienen ninguna evidencia en concreto del plan, pero le han asignado un agente federal de seguridad de todos modos. Solo por si las dudas.

—Y a veces hacemos el amor muy, muy dulcemente.

Sasuke carraspea.

—¿Y no afecta la forma en la que llevas el caso?

—No. Nos aventamos a la garganta del otro todo el día en la corte, después lo tomamos muy duro toda la noche en la cama. Y nada de eso deja de ser asombroso.

—¿Y la fiscal es tu amiga de la infancia, de la cual te enamoraste cuando tenías diecisiete pero no viste por catorce años? —pregunta Sakura mientras corre su mano por el brazo de su esposo de arriba hacia abajo.

Se han estado llevando mejor estos días, desde el Gran Compromiso. Sasuke estuvo de acuerdo en no darle problemas a Sakura sobre su acceso sin restricciones a la lista de todos nuestros clientes, siempre y cuando Sherman, su rottweiler gigante, esté a su lado cuando lo haga.

Sin decir más, ningún cliente ha alzado su voz a más de un suspiro desde eso.

—Así es.

Me meto una papa frita en la boca. He estado quemando una enorme cantidad de calorías últimamente, debo reponerme. Neji se inclina hacia adelante, aun viéndose como si no entendiese nada.

—¿Y tú quieres tener una relación con ella? ¿Una real?

Me encojo de hombros.

—Todavía no estamos escogiendo los nombres de los niños, pero es hacia donde se dirige, sí.

Ya tengo una lista hecha; y Kakashi la encabeza.

—¿Y Hinata se siente de la misma manera? —pregunta Sakura.

Tomo un sorbo de mi refresco.

—Más o menos. Tiene algunos problemas. Estoy trabajando en eso. Ella podrá superarlos.

Sasuke descansa su codo en la mesa.

—¿Estás seguro de que no es la emoción de la batalla lo que hace que te sientas atraído hacia ella?

Frunzo el ceño.

—Definitivamente no. ¿Por qué lo preguntas?

Sakura responde con cuidado:

—Porque después de tus padres y tu terapeuta, nosotros somos la relación más larga que has tenido.

—Oh… sííí.

Las caderas de Hinata se sacuden mientras me monta, los movimientos suaves se vuelven duros y desesperados. Toco un seno, pellizcando el pezón duro mientras succiono entusiastamente el otro.

—Oh… ¡Oh!

Su barbilla cae en la cima de mi cabeza mientras se viene, sus músculos succionan mi polla sin misericordia y exploto en su interior con un grito descontrolado.

Unos minutos después, yacemos enredados, su cabeza en mi pecho, nuestras resbaladizas extremidades y sudorosos torsos se adhieren el uno al otro de manera reconfortante. Mis dedos se deslizan de arriba abajo sobre su brazo.

Y pienso.

Hinata concluyó el caso contra Justin Longhorn hace unos días. Yo puse al experto en computadores en el estrado al día siguiente, para por lo menos sugerir algún tipo de duda razonable. Ahora, solo falta Justin. Él testificará en su propia defensa… y luego terminará. Y me pregunto si así es como se sienten Serena Williams o Peyton Manning cuando tienen que competir contra sus hermanos. Es tan jodidamente conflictivo. Quiero ganar este caso, por Justin, por mi propio sentido de competencia. Sin embargo, no quiero que Hinata pierda.

Dejo salir una respiración y comienzo con:

—Así que, escucha… sé que crees que ganarás el caso….

La voz de Hinata es terciopelo en mis oídos, de la misma forma en que suena siempre después de darle tres orgasmos.

—No lo creo. Sé que ganaré.

Le aprieto el brazo.

—Correcto. Pero, la cosa es, mañana tu caso se derrumbará. Voy a poner a Justin en el estrado y no hay forma en que el jurado lo envíe a prisión por veinte años después de que escuchen su testimonio. No les diste la opción de reducir los cargos, así que son veinte años o una absolución. Necesitas negociar conmigo, Hinata.

Se sienta y me mira como si no me reconociera.

—¡Bastardo despreciable!

Y ya saben cómo fue el resto de esa conversación. Intenta golpearme y tiro su ropa por la ventana, etc., etc.

—Ahora escucha, pastelito.

Miro su hermoso y enfurecido rostro, fijando los ojos en los suyos.

—Me estoy enamorando de ti.

Se queda completamente quieta debajo de mí. Sacudo la cabeza.

—No, estoy enamorado de ti, cuando te miro, cuando pienso en ti, no puedo decidir si quiero follarte, estrangularte, o solo sostenerte en mis brazos. Usualmente las tres cosas. Y si eso no es amor, no sé qué lo es.

Abre la boca para discutir, pero no le doy la oportunidad.

—Eres todo lo que he estado buscando, antes de que incluso supiera que lo buscaba. Propuse el acuerdo porque es lo correcto para el caso, y porque tengo miedo de que si gano lo sostendrás contra mí. Y ya tengo por compensar.

Su pecho se agita, como si estuviera corriendo, y en su cabeza, probablemente lo hace.

—Déjame levantarme, Naruto. Déjame levantarme ahora mismo.

Le suelto las muñecas y me levanto, sentándome a su lado, mi pierna cuelga fuera de la cama. Hinata se sienta, pero no se mueve del lugar a mi lado. Prácticamente puedo ver las ruedas girando en su cabeza.

Le meto el cabello detrás de la oreja.

—No tienes que decirme nada. Aún.

Sería jodidamente agradable si lo hace, pero no tiene que hacerlo Cuando habla, se concentra en sus manos dobladas en su regazo.

—Todo esto está pasando demasiado rápido.

—Lo sé. Es rápido, pero es real, Hinata —Le tomo la mano— Somos una realidad.

Mira nuestras manos, pero no sostiene la mía. Yace como un peso en mi palma.

—Me importas, Naruto, ya debes saber eso. No… no sé si puedo amarte. No me encuentro segura de ser capaz de hacerlo. Soñé con estar contigo por tanto tiempo… y luego, después de la escuela, dejé que ese sueño muriera. Lo cremé, lo enterré. Lo hundí en el fondo…

—Sí, gracias, me hago una idea.

Sus ojos se endurecen.

—Creo… que me gusta que el sentimiento esté enterrado, Naruto. Hace todo más fácil. Mi relación con Toneri y la relación que tuve antes fueron fáciles. Podía disfrutarlas y luego seguir adelante cuando llegaban a más, porque no me afectaban. No alteraron mi vida o quién soy.

Pienso en Kakashi y estanques congelados.

—Te gusta patinar en la superficie.

Frunce la frente, sin entender. Así que lo aclaro.

—Si nunca te sumerges en la parte más profunda, nunca tienes que preocuparte por ahogarte.

Asiente lentamente.

—Sí, así es.

Retira la mano y se levanta. Se frota los ojos y suspira.

—Iré a casa a pensar, ¿de acuerdo?

¿Estoy decepcionado? Como la mierda.

¿Vencido? Ni en sueños.

Sé de dónde viene, más de lo que ella probablemente entenderá alguna vez. Me gustaría haberlo dicho antes, soy paciente, soy firme.

No creo ni por un segundo que sea incapaz de amarme. Hay demasiada pasión entre nosotros, demasiados sentimientos. Creo que incluso ya podría amarme.

Me enfrenta, su postura toma un aire más profesional, incluso aunque sigue maravillosamente desnuda.

—Y no habrá un acuerdo. Me apegaré al plan que tengo. Si lo cambio ahora, siempre me preguntaré si fue porque fue la mejor opción para el caso o porque dejé que mis sentimientos por ti me influenciaran.

Asiento, reasignado pero no realmente sorprendido.

—De acuerdo.

Levanta mi camiseta de la cama, comienza a deslizársela por los brazos, pero levanto un dedo, deteniéndola. Luego abro la puerta del dormitorio y allí, afuera, en una fila cuidadosamente doblada, se encuentra la ropa de Hinata. Como sabía que estaría.

Se ríe un poco cuando las recojo y se las entrego. Luego grita por el pasillo:

—Gracias, Iruka.

Realmente debería pagarle más.

Ambos nos quedamos en silencio mientras se pone la ropa, menos el brasier. Simplemente no me puedo sentir mal por eso.

Luego se aproxima a mí, poniéndose de puntillas, y besándome suavemente.

—Te veré mañana.

Lo hará. Es nuestro enfrentamiento final. Nuestra Batalla Real. Y cuando termine, solo uno estará de pie.

—Llamo a Justin Longhorn al estrado, Su Señoría.

Justin se ajusta la corbata azul marino, se pasa las manos nerviosamente por los pantalones y luego sube al estrado. Después de jurar, me mira y le doy un asentimiento alentador.

—¿Cómo te encuentras, Justin?

Traga duro.

—No muy bien.

Hago un gesto alrededor de la sala.

—Es una locura, ¿no? ¿Cuán rápido el sistema legal puede moverse… envolverte por completo en esa fría y dura máquina?

Hinata se levanta.

—¿Tiene el señor Uzumaki una pregunta relevante para el testigo, Su Señoría?

La miro, observando sus dulces piernas detrás de su falda azul oscuro.

—Tengo varias.

—Lleguemos a ellas, entonces —alienta el juez.

—Sí, Señoría —Vuelvo a mirar a Justin— ¿Cuántos años tienes, Justin?

Su voz es pequeña y chillona por la juventud.

—Diecisiete.

—¿Tienes algún interés? ¿Pasatiempos?

—Casi solo las computadoras.

Lo llevo a través de su niñez. Cómo comenzó su interés por los juegos de Xbox y Game Boy, luego escaló hasta los juegos en línea y la codificación. Cómo se volvió amigo de los publicadores anónimos en el tablero de mensajes, quienes lo llevaron a salas de conversaciones secretas donde los piratas informáticos se juntan. Y donde desarrolló sus habilidades de pirateo. Cómo presumían de sus logros, siempre tratando de impresionarse y superarse los unos a los otros.

—Dime sobre First Security Bank —digo.

—La barrera de control de acceso de First Security era como una leyenda. La medalla dorada. Todos querían romperla, pero todo el que lo intentaba fracasaba. Empezaba a parecer realmente impenetrable.

—¿Así que lo intentaste? Intentaste meterte a su sistema bancario en línea.

Sus ojos saltan al jurado, pero luego admite:

—Bueno…. Sí. Fue un reto. Como el jefe en el último nivel jefe de un juego.

Explica cómo pasó tres días sin dormir, alimentado por bebidas energéticas y pastelitos de crema.

—¿Y luego? —pregunto.

No puede contener la sonrisa en su joven rostro.

—Entré. Al principio no podía creerlo, pero se hallaba frente a mí. Las cuentas se encontraban allí.

—¿Entonces qué hiciste? ¿Fuiste volando al tablero de mensajes para contarles la buena noticia a los chicos?

Las cejas de Justin se fruncen.

—No. No le dije a nadie. Por un tiempo solo vagué por ahí, viendo cosas. Seguía esperando que me botaran cuando se dieran cuenta que estaba allí —Su voz se vuelve baja— Pero nadie… nadie me vio.

—¿Qué pasó luego?

—Abrí mi propia cuenta. Una cuenta falsa.

Me recuesto contra la mesa de la defensa.

—¿Por qué?

—Para ver si alguien lo notaba.

—¿Y lo hicieron, Justin? ¿Alguien te notó?

Apenas sacude la cabeza.

—No.

Suavemente, pregunto:

—¿Después qué hiciste?

Y aquí está la apuesta. El riesgo. El de Justin y el mío, porque esencialmente confiesa su culpabilidad.

—Fue un error. No lo quería ha…

—¿Qué no querías hacer, Justin?

Toma una respiración profunda.

—Tomé un centavo de otra cuenta.

La comisura de mi boca se mueve.

—¿Un centavo?

Asiente.

—Sí. Y luego esperé veinticuatro horas. Para ver…

—¿Si alguien te notaba?

—Sí.

—¿Lo hicieron?

Responde tan bajo que el relator de la corte tiene que repetir su respuesta.

—No.

—¿Qué pasó luego, Justin?

Mira al micrófono delante de él.

—Tomé cien centavos. Cada uno de cien cuentas diferentes.

Echo un vistazo al jurado. Ocho mujeres, todas madres; seis hombres, cuatro padres; dos tíos. Doce decidirán el destino de Justin, dos son suplentes. Y cada uno tiene toda su atención en Justin. Viendo cada movimiento, escuchando cada palabra. Notando cada matiz, justo como esperaba que hicieran. Ninguno luce molesto, sus expresiones van desde curiosidad a interés… a simpatía.

Perfecto.

Escojo las palabras deliberadamente.

—¿Y nadie te vio entonces, Justin?

—No.

—¿Y qué hiciste?

Hace una pausa, me mira para que lo guie. Y asiento.

—Es confuso… No recuerdo exactamente el orden, pero… fui al banco. Y tomé más dinero de las cuentas.

—¿Tenías planes de gastar el dinero? ¿Una semana en Aspen? ¿Una fiesta en un hotel lujoso?

Se estremece.

—No. No haría nada con el dinero.

—¿Entonces por qué lo tomaste?

Sacude la cabeza, viéndose realmente asombrado. Perdido, como el niño que aún es.

—Yo… no sé. Simplemente fue… un accidente. No quería que nada de esto pase.

Dejo que las palabras cuelguen por varios minutos. Una pausa significativa. Luego camino de regreso a detrás de la mesa de la defensa.

—No más preguntas por el momento, Su Señoría —Miro a Hinata— Es todo suyo, señorita Hyuga.

Ni me mira; su mirada afilada está totalmente centrada en Justin. Como un depredador con una gacela herida a solo unos pasos.

—Señorita Hyuga —dirige el juez— Proceda.

Y Hinata no puede abalanzarse lo suficientemente rápido. Su voz es casi irreconocible. Afilada y cortante, cortando el aire.

—¿Fue un accidente? ¿Escuché correctamente? ¿Robó dos punto tres millones de cuentas de jubilación de una docena de víctimas inocentes y trabajadoras; por accidente?

Hinata también elige cuidadosamente las palabras. Ambos tratamos de pintarle al jurado la imagen que queremos ver. Justin parpadea.

—Sí.

Pasea delante de él, luciendo agresiva, peligrosa. Si este no fuera un momento tan crucial, sin duda tendría una erección.

—¿Cuánto tiempo le tomó este "accidente"? —pregunta.

—No… no recuerdo.

—¿Más de cinco minutos?

—Sí.

—¿Más de diez?

—Eh… sí.

—¿Una hora?

Justin se mueve nerviosamente.

—Una hora suena correcto. Probablemente tomó ese tiempo.

Ella asiente.

—Un accidente, señor Longhorn, es un evento desafortunado, imprevisto. Como cuando uno se tropieza y se cae en la acera. ¿Conoce la diferencia entre sus acciones y caerse en la acera?

Los ojos llenos de pánico de Justin se mueven hacia mí.

—¿Cuál?

—No toma una hora caer. Esa cantidad de tiempo requiere una acción pensada, deliberada, intencionada.

Se cruza de brazos y cambia de táctica, como un boxeador cambiando un gancho de izquierda a un gancho en el mentón.

—Dos punto tres millones de dólares es un montón de dinero, señor Longhorn.

Él asiente vacilantemente.

—Supongo.

—¿Qué podría hacer uno con dos punto tres millones de dólares?

—No… no sé. Cualquier cosa, supongo.

El dedo de Hinata se clava en Justin.

—Eso es correcto. Casi cualquier cosa. Esa cantidad de dinero compra libertad. Poder. Y usted quería ese poder, ¿no?

—No. Ese no es el por qué…

—Pensó que era mejor que sus víctimas, ¿verdad? No tuvo que trabajar por ese dinero. O guardarlo. Podía solo entrar y tomarlo, en cualquier momento que quisiera, ¿no es cierto?

—Yo…

Lo está acosando. Podría objetar, pero no lo hago. Solo me relajo y dejo que haga exactamente lo que sabía que haría.

—¿Cómo se sintió cuando traspaso el primer servidor de seguridad, señor Longhorn?

La frente de Justin se arruga.

—No lo sé.

—Seguro lo sabe. ¿Lo hizo sentir bien?

—Supongo.

—Supongo no es una respuesta. ¿Sí o no?

—Sí. Se sintió bien.

—¿Y cómo se sintió tener todo ese dinero? ¿Saber que su plan tuvo éxito?

—No fue… yo no…

—¿Pensó en las personas que estaba robando?

—No realmente.

—Por supuesto que sí. Nadie compra su falso tartamudeo, señor Longhorn. Porque sabemos la verdad. Atravesar el primer sistema de seguridad lo hizo sentir más inteligente que los otros hackers, ¿verdad?

—Sí, de alguna manera…

—Y tomar ese dinero lo hizo sentir poderoso. No eran solo las cuentas, eran las personas. Personas que sabía estarían aterradas al ver los ahorros de su vida perderse.

—No, nunca quise…

—Quería mostrarles que era el mejor. El más inteligente. Quería asustarlos. Para hacerles daño. Personas inocentes e indefensas como la señora Potter —Apunta a la pequeña anciana, que está frunciendo el ceño en la primera fila— Y tuvo éxito. Porque cuando todo está dicho y hecho, usted es un matón con un ordenador. Un terrorista cibernético.

Las mejillas de Justin se vuelven color rosa brillante, sus ojos brillantes con lágrimas amenazando con salir.

—¡Lo siento!

—Sí, señor Longhorn, sin duda lo hace. Ellos nunca…

—¡Solo quería que alguien me viera! —grita Justin. La boca de Hinata se cierra de golpe— ¡Solo quería que alguien supiera que me encontraba allí!

Y se echa a llorar. Solloza contra una de sus manos, sus palabras amortiguadas pero desgarradoramente claras.

—¡Nadie me ve! No tengo ningún amigo. Camino por los pasillos de la escuela, y soy como un fantasma. Como si ni siquiera existiera.

Hace un gesto a los asientos vacíos detrás de mí, donde sus padres deberían estar.

—¡Ni siquiera mis propios padres están aquí! Ellos no se preocupan. A nadie le importa. —Otro sollozo se abre paso y toda la sala mira con ojos atónitos.

Incluyendo Hinata.

—Yo… eso es… —tartamudea, intentando recuperar la compostura, pero las palabras de Justin sobrepasan las suyas.

—Podría ir a la cárcel por veinte años, o morir mañana, y no habría ninguna diferencia para nadie —Mira a la señora Potter— Lo siento mucho. No fue mi intención asustarla. Solo quería que alguien, cualquiera, supiera que estoy aquí.

La sala está en silencio excepto por el sonido de Justin llorando. Hinata lo mira fijo mil emociones agitándose detrás de sus ojos. Y probablemente miles de recuerdos.

Levanto mi mano.

—¿Un receso, Juez?

—Concedido. —Golpea el martillo y el jurado es escoltado fuera de la sala.

Camino más allá de Hinata, que permanece de pie inmóvil, y encuentro a Justin saliendo del estrado. Se limpia los ojos y palmeo su espalda.

—Todo está bien, amigo.

A medida que nos dirigimos de nuevo hacia la mesa de la defensa, la señora Potter mira a Hinata.

—¡Usted debería sentirse avergonzada de sí misma! ¡Atacar a este dulce y pobre niño de esa manera!

—Yo… no lo hice…

La señora Potter avanza para abrazar a Justin, dándole palmaditas en la espalda con suavidad.

—Bueno, bueno. Vamos, tengo algunas galletas en mi bolso. ¡Harold, dale a este niño una galleta!

Dado que Justin parece encontrarse en buenas manos, tomo el brazo sin resistencia de Hinata y la saco por la puerta.

—¿Reunión?

La llevo por el pasillo a una de las pequeñas salas de conferencias vacías. Allí suavemente la guío a una silla plegable junto a la mesa.

—Oh, Dios mío —dice, todavía aturdida.

—Respira, Hinata.

—Yo… mierda…

—Hinata —lo digo más fuerte, obteniendo su atención— Respira.

Sus ojos van a mi rostro.

—Él colapsó completamente allí.

—Sí.

—Es… no es un criminal… es un niño solitario.

—Lo sé.

Se frota la frente.

—Oh Dios mío… y lo destrocé.

Asiento.

—Sí. Seguro lo hiciste.

—Porque se sentía bien, Naruto —Golpea su pecho— Me hizo sentir bien. Fuerte.

—Sí… me di cuenta.

Su aliento sale rápido y conmocionado.

—No quería sentirme débil de nuevo. Así que me salí de mi camino para atacarlo. Porque me hizo sentir poderosa hacerlo sentir mal.

—Lo sé —le digo en voz baja.

Y su voz se eleva, con horrible realización.

—Naruto… ¡soy la matona!

Las lágrimas son inminentes, y coloco mi mano sobre su hombro.

—Hinata, está bien.

Su frente cae sobre la mesa, golpeándola.

—¡Oye! —Coloco la mano sobre la mesa para que no pueda hacerlo de nuevo— Cálmate. Sucede que me gusta lo que hay en esa cabeza tuya, así que no vamos a dañarla, ¿de acuerdo?

Ojos húmedos y culpables me miran. Me siento frente a ella.

—Está bien, mira, Justin es un buen chico. Un niño solitario, sí, pero no lo destruiste. Se recuperará, créeme —Vacilo, intentando medir que tan descontrolada está— Soy consciente de que las epifanías son malditamente agotadoras… he estado allí. Pero ya que bajamos las armas, temporalmente, ¿cómo te siente sobre discutir un acuerdo con la fiscalía ahora?

Toma un momento para que la espalda de Hinata se enderece y su barbilla se levante. Y la fiscal federal H.S. Hyuga me devuelva la mirada.

—¿Qué ofreces?

—Una declaración de culpabilidad que se mantendrá en su expediente juvenil y no lo seguirá a su edad adulta. Y una sentencia de dos años de libertad condicional, para ser cumplida bajo la división de tecnología informática del FBI o Seguridad Nacional. Con un agente que reconozca el talento de Justin y que quiera que se use para el bien.

Se inclina hacia atrás.

—Eso es un… arreglo único.

Me encojo de hombros.

—Un amigo mío tuvo un arreglo similar cuando era un joven delincuente. Funciono muy bien para él. Así, Justin no crecerá siendo un genio cibernético del mal que hackeara códigos nucleares porque mami no lo quería. Tendrá a alguien que mantendrá un ojo sobre él. Será importante, Hinata… y creo que eso es de lo que se trataba todo esto en primer lugar.

Golpea ligeramente la uña sobre la mesa, pensando.

—Cuatro años. Quiero que sea supervisado hasta que cumpla veintiún años. Y no más "accidentes" bancarios. Si hace algo como esto otra vez, irá a la cárcel.

Sonrío.

—Esa vena vengativa tuya es sin duda atractiva.

Me sonríe, luego extiende su mano. Y la agito.

—Tiene su acuerdo, abogado.

Hinata se mueve para levantarse, pero sostengo su mano… porque no he terminado todavía.

—Algo será entregado en tu casa hoy. Estará allí cuando llegues a casa. Quiero que lo uses esta noche, cuando vengas a mi casa a las siete en punto —Aprieto su mano— Por favor di que sí.

Hace algo mejor. Se inclina sobre la mesa y me besa.

Entonces dice que sí.

Después de que todas las formalidades son atendidas, camino con Justin fuera de la corte a un día cálido y soleado. Tiene el número de la señora Potter en su bolsillo y una cita en el parque con Harold este fin de semana. Dado que necesita un viaje a casa, nos dirigimos por las escaleras hacia la esquina donde Iruka nos recogerá.

A medio camino, Hinata sale de la corte para regresar a su oficina por la tarde. Dos agentes federales vestidos de civil se posicionan unos metros detrás de ella cuando es abordada por un periodista en un traje color amarillo con un bloc de notas en la mano.

—Señorita Hyuga, ¿cuál es su opinión sobre el próximo juicio de Gino Moriotti?

El tono de Hinata es confiado. Arrogante. Es bastante caliente.

—Nuestro caso es tan sólido como lo fue la primera vez. No veo ninguna razón por la cual el resultado no será el mismo. Culpable de todos los cargos.

—¿Y cómo se siente sobre la recompensa que se rumorea que el señor Moriotti ha puesto por su vida? ¿Está preocupada por su seguridad mientras el caso avanza?

—Gino Moriotti ha hecho una trayectoria de intimidar a la gente, de hacer su camino a través de la violencia y el miedo. En este caso, debería prepararse para una decepción.

Y mientras veo a la diminuta rubia ruda prácticamente pavonearse al alejarse, pienso con orgullo, esa es mi novia.