Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
Epilogo
Seis meses después…
"!Bienvenidos, generación del 2000 de Saint Arthur!"
La reunión de la escuela secundaria: una de las peores molestias alguna vez inventada. Tienes que vestirte de gala para ver gente que en realidad no te gusta lo suficiente como para mantener el contacto los últimos quince años. A los hombres les preocupa si alguien se dará cuenta de lo calvos que están, y la respuesta es sí. A las mujeres les preocupa si se ven igual a como lo hicieron cuando tenían dieciocho años. Noticia de última hora, no lo hacen, O, si lo hacen, es por un maldito vudú tóxico que bombea por sus venas, así que deberían dejar de hacerlo inmediatamente.
Vicki y Brian se excusaron, utilizando la máxima excusa irrefutable de sus hijos para librarse de ir. Hinata se mostró reacia también. Pero después de mi implacable persuasión oral, y dos orgasmos, cedió.
Creo que será bueno que enfrente esos fantasmas, así podrá ver que incluso los matones crecen, y más importante, envejecen. Dice que no lo necesita pero creo que, en el fondo, aún lleva una pequeña herida abierta de aquellos años. Y al regresar aquí, conmigo, finalmente podría cicatrizar por completo. Y para ser honesto, quiero estar aquí con Hinata. Quiero jodidamente exhibirla, a ella y al anillo de compromiso de tres quilates que le puse en el dedo el mes pasado. No es solo porque está guapísima. La querría en mi brazo incluso si todavía estuviera usando esas viejas gafas, frenos y grandes suéteres holgados. Porque me siento orgulloso de ella, no solo cómo luce. Y, si todo va como creo que lo hará, tengo un motivo oculto adicional para regresar.
Cher resuena en los altavoces mientras Hinata y yo entramos al gimnasio de la mano. Dado que nuestro internado cuesta un ojo de la cara, se podría pensar que el evento tendría más elegancia. Clase. Pero no, es la tipa decoración con serpentinas, luz tenue, velas sobre las mesas, las intermitentes luces estroboscópicas ocasionales como si estuviéramos en un club, un mal DJ. Conseguimos una copa en el bar y caminamos por ahí, mezclándonos con mis viejos compañeros del equipo de lacrosse e incluso hablamos durante unos minutos con William "jodido" Penderghast. Es un influyente director ejecutivo ahora, con una modelo de Victoria Secret por esposa. Bien por él.
Pero ambos sabemos que aun así, al final conseguí la mejor parte.
—¡Mierda, Naruto Uzumaki! ¡Ven aquí apuesto desgraciado!
Soy abordado por una bronceada y rubia mujer en un vestido de lentejuelas, usando demasiado Chanel número cinco. Cuando da un paso atrás, veo que es mi antigua novia, Cashmere Champlain. Sería agradable decir que obtuvo lo que merecía, que los años no fueron amables con el rostro y cuerpo que tanto valoraba. Pero eso no sería cierto. Es todavía hermosa, con un rostro con estilo mejorado medicamente y un cuerpo tonificado sin nada de grasa obvia. Oí que se casó con un jugador de fútbol profesional hace unos años, luego se divorció. Y se casó con uno de sus compañeros de equipo.
Sus labios se separan en una sonrisa agresiva, revelando unos dientes rectos y brillantes. Golpea la solapa de mi traje.
—¿Cómo estás, extraño?
—Estoy bien, Cazz —contesto fríamente— ¿Qué hay de ti?
—¡Estoy estupenda! ¡Manejo mi propio negocio de modelaje en Los Ángeles ahora! Todas piensas que serán la próxima Giselle, aunque la mayoría no podría ni conseguir un comercial de crema para las hemorroides sin chupársela al fotógrafo primero. ¿Qué haces con tu atractiva naturaleza estos días?
Y aquí es donde ese motivo oculto entra en juego.
—Me comprometí recientemente.
Su sonrisa cambia a una forzada y sus ojos se endurecen.
—¿En serio? Qué bueno.
—Lo es —Entonces jalo a Hinata detrás de mí— Mi prometida Hinata Hyuga. La recuerdas, ¿no es así, Cazz?
Su pretensión de buen humor cae, fundiéndose en una fea mueca.
—Hola, Cashmere.
Hinata la mira fijamente, sus ojos duros como el topacio. Es similar a su postura en la corte. Intrépida.
—¡Tienes que estar malditamente bromeando! —grita Cahsmere hacia mí— ¡Lo sabía! ¡Siempre supe que sentías algo por ella! ¡Increíble!
Mi voz es tranquila, y engañosamente contrita.
—Sí, tienes razón. Siempre la tuviste. La cosa es que, tengo una pequeña confesión que hacer.
—¿Qué?
—Te engañé, Cashmere. A través de todo el internado. Todas esas noches cuando te dije que tenía práctica hasta tarde, que la pierna me molestaba o que tenía que estudiar, en realidad estaba con Hinata —Miro directamente a sus ojos llenos de ira— Siempre fue ella. Siempre.
Cuando una expresión de asombro llena su rostro, sé que me cree. Que mis palabras la golpearon justo en el corazón. Y al final la arpía que persiguió a Hinata murió.
—¿Es… es en serio?
—Totalmente —Entonces me encojo de hombros— Pero eso no es un gran problema, ¿verdad? Los chicos son estúpidos. Solo se preocupan por sí mismos, no les importa lo mucho que pueden lastimar a otra persona. Sin resentimientos, ¿verdad?
Se traga todo lo que se encontraba a punto de decir, porque estamos rodeados de sus viejos seguidores, y cada uno de ellos oyó. Así que recompone su rostro lo mejor que puede.
Sonríe forzadamente.
—Sí. Sin resentimientos.
—Genial —Acaricio la parte trasera del cabello de Hinata— Oh, esta es una buena canción. Si me disculpas, voy a bailar con la chica de mis sueños. Hasta pronto, Cazz.
Me giro y me llevo a Hinata. Una vez que nos hallamos en la pista de baile, con mis brazos a su alrededor, me sonríe.
—¿Por qué hiciste eso?
Presiono los labios contra su cabello.
—No puedo regresar el tiempo y cambiar esos años para ti, pero puedo cambiar la forma en que los recuerda. No podrá pensar que era mejor que tú, nunca lo fue.
El suspiro de Hinata suena contenido y agradecido al mismo tiempo.
—Gracias.
Apoya la cabeza en mi pecho y bailamos durante unos minutos. Luego aleja la cabeza con entusiasmo.
—Oye, ¿sabes que deberíamos hacer?
—¿Qué?
—Deberíamos conducir de nuevo al mirador —Su voz se vuelve sensual. Coqueta— Podríamos… liarnos… como lo hicimos la última vez.
Muevo mi nariz contra la suya.
—¿Me dejarás ir hasta el final esta vez?
Se muerde el labio, como si tuviera que pensar en ello.
—No estoy segura… Soy una chica buena, sabes.
Mis manos se deslizan hacia abajo hasta sus caderas, apretando.
—Pero es tan divertido cuando eres mala.
Y caliente. Es en realidad jodidamente caliente cuando es mala. Inclina la cabeza hacia atrás y sus ojos brillan. Todo por mí.
—Juega bien tus cartas, las cosas podrían volverse traviesas.
Genial. Soy un jugador de cartas patea culos.
—¿Sabes de que más me acabo de dar cuenta? —pregunta.
Mis manos se deslizan por sus mulos, ahuecándole el culo.
—¿Qué?
—Nunca me diste un apodo.
La beso suavemente, con la promesa de más por venir.
—Pero lo hice. El mejor apodo de todos los tiempos, y en unos pocos meses, voy a usarlo cada vez que pueda.
Inclina la cabeza a un lado, tratando de adivinar. Eventualmente se da por vencida.
—¿Cuál es?
Levanto su mano izquierda a mis labios, besando los nudillos donde su anillo de compromiso se encuentra. Donde, muy pronto, un anillo de boda estará.
—Esposa.
Erase una vez… en el Estado de Uzumaki
Potomac
—¿Sora? —susurró la voz de Himawari Uzumaki— ¿Estás despierto?
No se suponía que ella lo estuviera. Sus padres la habían metido en cama hace horas. Su madre suavemente había echado hacia atrás su cabello oscuro y le había besado la frente, el vestido blanco de su madre brillando en la tenue habitación como una estrella en el cielo nocturno. Y su padre le deseó dulces sueños, llamándola su pequeña loba, porque dijo que era tan lista como uno. Él era así de tonto, siempre saliendo con nombres graciosos para ella y sus hermanos pequeños.
¿Pero cómo podían esperar que durmiera? Era la víspera del Nuevo Año y había una gran fiesta en el salón abajo.
—¡Sora! —dijo con la voz más fuerte.
—¡Sí, estoy despierto!
Las sábanas de seda susurraron cuando su mejor amigo en todo el mundo, Sora Maito Hanare, salió de ellas. Aunque ambos tenían ocho, Sora siempre fue una cabeza más alta que ella. Se frotó la somnolencia de sus ojos grises claros, pasó una mano por su cabello oscuro, y se paró al lado de ella en la puerta.
—¿Ya comenzó?
Himawari sonrió emocionada, porque por cuanto podía recordar, había esperado ver el espectáculo de juegos artificiales que pronto iluminaria el mundo afuera. Como magia.
—No, pero pronto.
Sora tomó la delantera, abriendo la puerta y asomándose afuera, asegurándose de que la costa estuviera despejada. Luego se deslizaron por el pasillo sin fin, los pies con pantuflas de Himawari y los descalzos de Sora sin hacer ningún sonido. Entraron en el dormitorio rojo y cerraron la puerta suavemente detrás de ellos.
Aquí era donde la abuela de ella mantenía sus álbumes de fotografías más preciados: las estanterías de libros estaban alienados con estos. Sus padres habían tenido dos bodas; una en una playa desierta de arena blanca y árboles tropicales balanceándose, y otra, mucho más elegante, con cientos de invitados en un edificio con intrincados arcos y columnas de mármol. Y había fotografías de todos los viajes de sus padres. Antes de que ella naciera, habían saltado de un avión juntos. Pero ya no viajaban mucho, a ningún lado donde toda la familia pudiera ir.
Su padre una vez dijo que tenerla a ella fue la aventura más grande.
Los dos chicos treparon en el asiento de terciopelo de la ventana. Himawari se colocó de rodillas, con las palmas contra los fríos vidrios, mirando fuera para atrapar un vistazo de los invitados abajo.
—No puedo creer que Sanosuke fuera a la fiesta este año, pero no nosotros. —Ella hizo un puchero.
Sora se encogió de hombros.
—Es mayor que nosotros.
Como el menor de siete, Sora sabía todo sobre tener que esperar para hacer cosas que sus hermanos mayores ya tenían permitidas.
—Solo agradece que no eres Tamiko o Boruto, les faltan años para ir.
Eso es verdad. Los hermanos menores de Himawari estaban en este momento confinados en su cuarto, con Iruka y la niñera Jane manteniéndolos vigilados.
Himawari estiró el cuello cuando la multitud de invitados salió a la terraza con sus brillantes joyas, vestidos vaporosos y elegantes trajes. Prácticamente podía escuchar el tintineo de las copas de champaña mientras sirvientes con guantes blancos las pasaban en las bandejas de plata. Ella vio a sus padres entonces; su madre se reía por algo que su padre susurró en su oído. Había pocas cosas que Naruto Uzumaki disfrutara más que hacer reír a su esposa. Entonces lentamente, su padre se dio vuelta, su apuesto rostro se inclinó, como si estuviera mirándola. Y podría jurar que le guiñó un ojo.
Por un segundo jadeó. Hasta que recordó que el cuarto estaba oscuro y que estaban muy arriba de él; no podría saber que estaba ahí.
Vio a su tío Sasuke —alto y oscuro— caminar hacia sus padres, con su brazo alrededor de su hermosa tía Sakura. Al lado de su madre, vio los padres de Sora. Himawari pensó que la tía TenTen podría tener frío, porque el tío Neji la tenía acurrucada contra su amplio pecho, con los brazos alrededor de ella, escudándola contra el frío.
Sonando ligeramente aburrido, Sora preguntó:
—¿Qué quieres ser cuando seas grande? Yo voy a ser un Marine, ellos tienen las mejores misiones.
Himawari se sentó sobre sus talones.
—Yo voy a ser una escritora, como mi tía Vicky.
La nariz de Sora se arrugó. La escuela era fácil para él, podía leer algo una sola vez y recordarlo palabra por palabra. Pero eso no quería decir que le gustara leer.
—¿Sobre qué escribirías?
Himawari miró hacia las tres parejas abajo, quienes eran una gran y maravillosa parte de su vida.
—Voy a escribir sobre tres superhéroes. Todo el mundo cree que ellos son personas normales, pero tienen identidades secretas.
Sora asintió.
—Las identidades secretas son geniales. ¿Qué serían?
La voz de Himawari se puso suave mientras imaginaba.
—Uno será un vaquero, otro un caballero y el otro, un príncipe.
—¿Matarán personas?
La cabeza de Himawari giró hacia él.
—No, salvarán personas. Todos los días. Y tendrán hermosas esposas súper heroínas que los salven.
Sora entrecerró los ojos.
—No lo sé, Hima. Suena un poco tonto.
Ella solo sonrió.
—Mis historias serán asombrosas. Quienquiera que las lea se reirá y llorará y sabrá lo que se siente enamorarse. Y terminarán de la mejor forma que todas las historias terminan.
Sora se inclinó hacia ella, con la atención atrapada.
—¿Cómo?
—Y todos vivieron felices para siempre.
