Disclaimer: no me pagan por escribir, pero si lo hiciera sería muy pobre. Nada me pertenece.
Aviso: esta historia participa en el Multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras con los prompts extrañar, anticuado y dos personajes a elección. Entraría dentro de la categoría "what if?" Conciso y escaso, acorde con mi inspiración.
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El tiempo y las heridas
Todo lo cura
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Un día los ve.
Obi-Wan regresa de una misión en solitario en el Borde Exterior. A pesar de su simplicidad, se siente agotado y se pregunta si debería hacer caso al Consejo y acoger un nuevo padawan; aunque siempre razona que enseñar a otro joven jedi lo agotaría más.
Arquea hombros y espalda, desentumeciéndose, y echa a andar por la plataforma en busca de un vehículo. Como de costumbre, Coruscant es un hervidero de gente, conversaciones, gritos, risas, reencuentros, pisotones y huidas precipitadas.
Se conformará con cualquier aerodeslizador anticuado si es capaz de llevarlo rápidamente a la tranquilidad del Templo Jedi.
―¡Espérame!
―¡Corre, ven!
Dos niños se atraviesan frente a él. El chico baja la rampa de su nave sin mirar por dónde va, todo temeridad. La niña, algo más juiciosa, lo sigue de cerca, pero se detiene un instante para echar un vistazo a su alrededor.
Y los ve.
Solo han pasado cinco años (¿o sería más correcto decir que ya han pasado cinco años?) y le han pesado como una eternidad.
Los niños se parecen mucho a ellos, los reconoce de inmediato. Se llaman Luke y Leia. Obi-Wan los sostuvo en brazos el día que nacieron, pero nunca ha vuelto a estar con ellos.
Hasta ahora.
Luke señala a algún lugar y Leia a otro. Hay tantas cosas que ver que no saben hacia dónde mirar. Obi-Wan siempre supuso que los Skywalker vivían en el País de los Lagos, un lugar precioso y apacible de Naboo, muy diferente a Ciudad Galáctica y mucho más acogedor.
Los Skywalker. Todavía le suena extraño.
Ha pensado mucho en ellos en los últimos cinco años. Más de lo que debería, como ya le han advertido Mace Windu y el maestro Yoda. Pero no es culpabilidad lo que Obi-Wan siente… aunque, que su antiguo pupilo decidiese romper casi cualquier norma del código a su alcance, sí lo hacía sentirse responsable.
No.
Anakin no confió en él y Obi-Wan no supo ―o no quiso saber― lo que sucedía en su vida hasta que fue inevitable que se lo revelase.
Anakin.
Anakin lo ve.
Padmé va tras los niños, toma a cada uno de una mano y los reprende suavemente por salir corriendo de la nave. Obi-Wan oye su voz, recordando aquel día. Solo Padmé consiguió mantener la calma, tratando de contener los reproches entre ambos. Pero la brecha se abrió, esparciendo su dolor.
Cuando las miradas de Anakin y Obi-Wan se cruzan cinco años después, ya no queda nada de eso. La rabia y la decepción se han esfumado y han sido reemplazadas por otras cosas.
Pena.
Vergüenza.
Nostalgia.
Y afecto.
No parece un jedi. Viste otras ropas, no tiene espada. Se ha dejado barba. Está diferente, quizá sea otra persona. Pero Obi-Wan le conoce bien o, al menos, siempre lo ha creído. Salvo cuando decide casarse en secreto con una senadora, por supuesto. Y sabe que es Anakin quien está frente a él, pese a las diferencias, intentando decirle algo con la mirada porque no le salen las palabras.
Quizá no haya cambiado tanto.
―¿Estáis bien? ―Le pregunta―. ¿Todo bien?
Anakin asiente suavemente, agradecido porque el maestro jedi haya tomado la iniciativa.
―¿Y tú?
Obi-Wan imita su gesto. Padmé le sonríe en la distancia y Obi-Wan se despide de ella y los niños con la mano. Cada uno escoge un camino distinto, como la última vez; pero ahora hay algo que los reconforta a ambos y Obi-Wan decide que, de momento, eso es suficiente.
El aerodeslizador que lo lleva al Templo está pasado de moda, le falta pintura y emite un zumbido bajo y grave. Desde luego, Anakin no lo escogería.
Obi-Wan suspira.
¿Cómo va a escoger a un nuevo padawan si añora tanto al primero?
