Todo el equipo estaba tenso, atento al más mínimo crujido o chirrido. Algo en el aire de esas ruinas les producían escalofríos, incluso cuando el sol de mediodía los golpeaba con fiereza, esa misma atmósfera pesada y agobiante los atosigaba. Durante las noches era peor, numerosos integrantes del grupo afirmaban que, en sus sueños, escuchaban una voz gruesa, y a pesar de tratar de sonar cálida y amable, podían detectar a la perfección la rabia escondida en ella. Pero en cuanto despertaban se olvidaban de la tétrica conversación. Al principio pensaron que se trataban de simples pesadillas producidas por la emoción, aunque ideas terribles comenzaban a instalarse en sus mentes, por ejemplo, que la zona se alimentaba de la energía de los infelices que se atrevían a entrar.
A Daniel, el líder del grupo de arqueólogos, le sorprendía que todavía nadie hubiera desertado. Él mismo también era una víctima de la misteriosa voz, daba igual lo que hiciera, siempre estaba presente en sus sueños, susurrándole, y obligándolo a despertar sudoroso y agitado. Grandes ojeras debajo de sus ojos verdes revelaban la constante falta de descanso, ya ni siquiera se preocupaba por asearse correctamente; su cabello rubio platino y largo, normalmente peinado a la perfección, se encontraba despeinado; su ropa clara, arrugada; incluso sus botas marrones listas para el duro trabajo estaban llenas de tierra y polvo. Su fiel compañero, Golett, no podía hacer nada por animarlo.
Esa mañana el grupo al completo se preparó para un nuevo día en las Ruinas Alfa. Nadie se atrevió a hablar durante el corto trayecto del campamento. Los escombros de la antigua civilización se expandían a ambos lados de los humanos, columnas derribadas, edificios sólidos a pesar del paso del tiempo, estructuras de piedra que en algún momento sirvieron como corrales, bancos, mesas. La vegetación era abundante, aun así, ni la hiedra ni el moho se atrevía a expandirse sobre los edificios. Daniel recordaba el primer día de la expedición, todos estaban emocionados por los misterios escondidos detrás de los gruesos muros de piedra a la espera de ser descubiertos por el mejor equipo de arqueólogos de Johto. Incluso los Pokémon gritaban emocionados, ahora ni siquiera se atrevían a rozar las piedras, mucho menos permanecer solos durante demasiado tiempo.
Todos menos, por supuesto, Asier, quien caminaba con una amplia sonrisa en el rostro junto a su Luxio, no muy lejos de Daniel. Su cabello rojo y corto desprendía destellos producidos gracias al sol, saludando, entusiasmado, a los tímidos Unown escondidos detrás de paredes y columnas. Asier se giraba de vez en cuando hacia Daniel tan solo para brindarle una cálida sonrisa tranquilizadora, incluso sus ojos castaños reflejaban ese entusiasmo contagioso, aunque no en ese momento. Asier fue el único al que la voz decidió no visitar, nadie sabía el motivo de ello.
—Bien, no perdamos más tiempo. —Daniel contempló el paisaje silencioso. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Decidió ignorarlo—. Nos separaremos, ¿de acuerdo? —No hubo respuesta, lo que lo hizo suspirar de agotamiento—. Román, Nora, West, encargaos de ese edificio de ahí —los tres asintieron, recogieron sus mochilas cargadas de utensilios y, junto a sus Pokémon, caminaron hacia el lugar señalado—, Asier, Lira, Eco, conmigo, comenzaremos a excavar en estas ruinas. —Los nombrados siguieron de cerca a su jefe, ninguno quería entrar pero echarse atrás no era una opción.
Daniel apretó los dientes, más les valía encontrar algo valioso en el interior, si no era así, su equipo terminaría por romperse y todo por lo que había trabajado acabaría en el cubo de la basura. Su prestigio como arqueólogo, su carrera, nada se salvaría, ni siquiera la reputación de sus amigos, nadie querría contratarlos para continuar desenterrando lugares y objetos arcanos. No quería ver la magistral carrera de Asier tirada por los suelos solo porque él aceptó el trabajo de desenterrar las Ruinas Alfa impulsado por el conocimiento olvidado, jamás se lo perdonaría.
Sintió un leve tirón en la mano derecha acompañado de un quejido diminuto. Agachó la cabeza solo para encontrarse con su Golett mirándolo fijamente. Su rostro permaneció impasible, con sus ojos amarillos clavados en David, aun así, él supo al instante que su compañero estaba preocupado. Torció sus labios en una sonrisa quebradiza.
—Estoy bien. No te preocupes.
Golett, no demasiado convencido por las palabras de su maestro, intentó insistir con un suave susurro, pero Daniel se alejó rápidamente del Pokémon y se puso a trabajar en silencio junto a los demás. El único sonido audible era el de los suspiros frustrados de los humanos, los utensilios siendo frotados en diferentes superficies y las patas de Golett, el Luxio de Asier y el Furret de Lira chocando contra el suelo de piedra, mientras el Marill de Eco se encargaba de mantener tranquilos a los Unown curiosos.
La desesperación crecía en el interior de Daniel a gran velocidad, había perdido la noción del tiempo, ¿pasaron horas o minutos? Daba igual. Su piel pálida y cubierta de polvo se llenó de pequeñas gotas de sudor, reflectantes de los constantes rayos de sol que entraban a través de un gran agujero en el techo. Tenía la camiseta empapada y pegada a su cuerpo, pero no le molestaba, pues le resultaba imposible pensar en otra cosa que no fuera el inminente fracaso de su misión. Una imaginación descontrolada creaba numerosos escenarios, algunos de sus compañeros de gremio riéndose de él y su equipo, otros, en los que los altos cargos decidían despedirlos directamente.
Frunció el ceño, a punto de gritar desde lo más profundo de su ser. El cansancio y la ansiedad acumulada comenzaban a hacer mella en Daniel. Estaba ansioso por deshacerse de la negatividad, alejarse de esas ruinas infernales de una vez para poder dormir en paz. Pero el grito cargado de emoción de Asier lo hizo volver en sí antes de cometer una estupidez.
—¡Dani! —Su voz entusiasmada resonó a través de la pequeña estancia, atrayendo la atención de todos los presentes. El jefe se giró al escuchar su nombre— ¡Ven, corre!
Daniel se puso en pie sin molestarse en sacudirse las rodillas manchadas de arena y caminó hacia su compañero con una expresión confusa en el rostro. Hacía días que asimiló que no encontrarían nada de valor en las Ruinas Alfa, ¿por qué iba a cambiar algo de repente? Se preparó para lo peor, aun así, decidió fijarse en los rostros de los demás en busca de algún tipo de ayuda emocional, saber que alguno más se sentía como él, de cierta manera, lo reconfortaría. No fue así, Eco y Lira contemplaban estupefactos a Asier, incluso los Unown revolotearon encima de su cabeza, leves sonidos escapaban de ellos mientras intentaban apartarlo a base de empujones de su reciente descubrimiento.
—¡Hey, hey! —Gritó entre carcajadas intentando detenerlos. Su Luxio, una pequeña leona de cuerpo amarillo y melena oscura, se sentó junto a él, confiada en que los tipos psíquico no dañarían a su entrenador— ¡Me hacéis cosquillas, parad!
—¿Qué has encontrado, Asier? —La voz ronca de Daniel detuvo a los Unown, quienes se escondieron rápidamente a la espalda de su compañero.
Asier y él habían cursado en la misma universidad dos años atrás, estuvieron juntos durante la carrera, desde primero hasta cuarto, e incluso crearon entre ellos una especie de rivalidad para ver quién obtenía las mejores calificaciones del curso. Daniel fue el vencedor por apenas unas décimas. En cuanto se lanzaron al mundo laboral, consiguieron escalar puestos sin problemas hasta convertirse en los arqueólogos más reconocidos de toda la región, y, aun así, con veinticuatro años de edad y una larga lista de méritos en su espalda, Asier no cambió ni una pizca. Siempre llevaba su cabello pelirrojo enmarañado y suelto, bromeando constantemente con teñírselo de rosa chillón, varios mechones se le enredaban una y otra vez en los pendientes de las orejas, haciéndolo estallar en un llanto exagerado porque era incapaz de quitarlos. Sus ojos color miel parecían una ventana directa a su alma, alegres y grandes, capaces de reflejar la luz del sol. Su sonrisa cálida, acompañada por cientos de pecas, era capaz de alegrar a cualquiera incluso en los momentos más bajos, pero no pudo hacer frente a la atmósfera opresiva de las ruinas. Al cuello portaba la característica gargantilla negra que su hermanastra le regaló de pequeña, además, el uniforme marrón no le pegaba nada, jamás lo había hecho.
—¡Mira! —Eco y Lira se echaron hacia un lado, permitiendo una mejor vista hacia donde Asier señalaba con el dedo.
Un agujero pequeño, más o menos como un puño de grande. Una densa oscuridad lo desbordaba, parecía que de un momento a otro tomaría vida propia y saldría a la superficie reptando, al igual que la fantasmagórica corriente de viento helado lo suficiente fuerte para sacudir el cabello de los presentes.
—¿Cómo lo has…? —Tartamudeó Daniel examinándolo.
—No lo sé. —Respondió el muchacho enorgullecido. Todos los presentes los miraron incrédulos, sin embargo, los Unown empezaron a empujarlo otra vez—. Al principio no había nada. Me giré a por unas herramientas y de repente, pam, ahí estaba. Ya sé que es enano, ¡pero eso significa que hay otra planta, hemos encontrado algo!
—Ya, ya lo sé, Asier. —Dijo en apenas un susurro. Algo no iba bien, lo que fuera que se escondía bajo sus pies había formado ese hueco tan solo para atraerlos al piso inferior. Se mordió el labio inferior.
—¿Va-vamos a bajar? —Eco tembló tras hablar, abrazando con fuerza a su Marill. Los demás se mantuvieron en silencio, expectantes a la respuesta de Daniel.
El hombre rubio se tensó, sintiendo una pesada carga sobre sus hombros de repente, tenía un mal presentimiento, un movimiento en falso y un suceso terrible ocurriría. No sabía qué debía hacer ni qué peligros aguardaban debajo del suelo de piedra, aunque si era capaz de atemorizar a los Unown, a los Pokémon habitantes de las ruinas, seguramente sería horrible.
Analizó las expresiones con detenimiento de cada uno de los humanos y sus criaturas, todos, salvo a excepción de Asier, parecían preocupados y temerosos a la vez que esperaban atentos a la decisión de Daniel, incluso Golett había insistido en permanecer cerca del entrenador durante los largos segundos examinando cuidadosamente el boquete.
—No.
—Sí.
La sangre se le heló al momento en el que la voz cargada de rabia resonó en el interior de su cabeza, prácticamente taladrándole el cerebro. Durante unos momentos temió que le comenzaran a sangrar los oídos a causa de un sonido tan atronador. No se molestó en buscar a por la habitación, pues sabía que no encontraría a nadie más allá de sus camaradas. Un nudo se le formó en la garganta cuando vio los rostros de los demás, impidiéndole respirar. El miedo lo tenía paralizado.
Todos menos Asier, palidecieron y se quedaron tensos, incapaces de moverse. El Marill permanecía abrazado a Eco, Golett se movía de un lado a otro en busca del origen del sonido, Luxio gruñía, dejando escapar docenas de chispas de su boca, mientras que Furret contemplaba a los agitados Unown.
No fue su imaginación.
El suelo se desplomó bajo sus pies sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo. El fuerte olor a humedad los golpeó de lleno y quedó adherido a sus fosas nasales. La oscuridad demasiado densa lo envolvió, le fue imposible localizar a los demás, tan solo era capaz de escuchar sus gritos aterrorizados y los llantos desesperados acompañados de rezos a Arceus. El viento resultó mucho más fuerte de lo que había creído al principio, mucho más frío y ensordecedor. Cerró los ojos lentamente, no había salvación, la caída sería demasiado grande como para sobrevivir y por mucho que lo pidieran, ningún legendario les concedería una segunda oportunidad. Su única opción era esperar una muerte rápida e indolora.
Pero de repente, todo se detuvo. Su cuerpo magullado fue envuelto en una luz rosada gracias a la que logró encontrar a sus compañeros no muy lejos de donde él se encontraba, rodeados por el mismo brillo. Varios Unown giraron a su alrededor, utilizando sus fuertes poderes psíquicos para depositarlo cuidadosamente en el suelo.
El roce con la piedra pulida bajo sus manos le hizo estremecerse. Estaba fría, demasiado fría, parecía haber aterrizado en un bloque de hielo suave, libre de suciedad o malas hierbas. El silbido del viento era algo más débil a ras de suelo, en cambio, adoptó un matiz nuevo, ya no parecía un simple silbido únicamente audible en las alturas, sino voces. Cientos de voces de niños, hombres, mujeres, ancianos e incluso gritos de Pokémon, desesperadas por hacerse escuchar después de años sepultadas. No los entendía, hablaban en un idioma antiguo, si es que realmente estaban hablando y no formaba parte de otra alucinación.
Por el contrario, alcanzaba a oír los constantes agradecimientos de Asier hacia los Unown, quienes seguían bastante alterados a juzgar por sus constantes vaivenes. Lira tosía agónicamente no muy lejos de donde Daniel aterrizó.
—¿¡Qué ha pasado!? —Exclamó Eco. Su voz rebotó en las paredes de la nueva habitación en la que se encontraban, una enorme y plagada de oscuridad.
Un escalofrío le recorrió la espalda. No logró responder, tenía la boca pastosa, la asquerosa mezcla del sabor de la bilis y la tierra mezclados le provocaba arcadas. Consciente de que si decidía hablar acabaría expulsando el contenido de su estómago, decidió recostarse y recuperar la compostura. Tal vez si lograba dejar de jadear podría recuperarse.
—¿Algún herido? —Preguntó Asier paseando a lo largo de la sala.
—¡No te separes, Asier, no sabemos dónde estamos! —Gritó Lira en un tono quebradizo.
—Tranquila, Lira, lo tengo todo controlado. —Replicó demasiado calmado a pesar de la situación, incluso algo vacilón—. Luxio —el leve quejido de confusión del Pokémon se perdió en el viento—, usa destello, ilumina un poco este agujero, anda. ¿Golett? —Llamó al pequeño golem azul— ¿Puedes ayudarnos tú también, por favor?
Daniel no alcanzó a escuchar la respuesta de su compañero, cerró los ojos rápidamente, lo último que quería era, además, quedarse ciego durante unos minutos a causa del movimiento. Dos luces blancas bañaron la estancia al instante, lo suficientemente fuertes como para hacer retroceder a las sombras lejos del grupo de arqueólogos.
Cuando Daniel decidió volver a mirar, se encontró de frente a un panorama desolador; sus camaradas estaban cubiertos de polvo, sus ropas desgarradas y algunos de ellos tenían de moratones a causa de la caída, pues probablemente habrían chocado contra los escombros; Eco permanecía sentado de piernas cruzadas, manteniendo a Marill entre sus brazos de manera protectora. No dejaba de intentar contactar con el exterior mediante su walkie talkie, a pesar de solo recibir estática desde el otro lado de la línea; Lira tenía la cabeza alzada, buscando el agujero del que cayeron, pero el destello de Golett y Luxio apenas alcanzaba a iluminar unos cinco metros en todas direcciones. Su Furret permanecía cerca de ella; Asier, al contrario, paseaba boquiabierto, contemplando maravillado el muro a la espalda de Daniel; Luxio no se alejaba demasiado, su cuerpo brillando a causa del movimiento; los Unown revoloteaban de un lado a otro, aún más nerviosos que antes.
Daniel se apoyó sobre las manos una vez creyó encontrarse en buen estado, lo suficientemente bien, al menos, para no vomitar. El aire frío lo ayudó de cierto modo a tranquilizarse, aun así, Golett, cuyas marcas amarillas brillaban intensamente, ayudó a mantenerlo en pie sujetándolo del brazo.
—¿¡Cómo vamos a salir de aquí!? —Exclamó Lira al borde del pánico. Furret la sujetaba de las manos y hacía tenues sonidos en un intento de calmarla— ¡Estamos atrapados, la radio no funciona! ¿¡Qué hacemos, Daniel!?
Pero el arqueólogo no respondió. El silencio volvió a proclamarse gobernante otra vez. En su mente, al contrario, el sonido de los constantes rugidos acompañados de estallidos lo bombardeaban sin piedad. Buscó la ayuda de Golett para sostenerse, las piernas le temblaban como gelatina mientras se le formaba un nudo en el estómago. Las ganas de vomitar regresaron junto a los heladores chillidos de terror de humanos y Pokémon. No podía entenderlos, las escasas palabras que decían pertenecían a un lenguaje demasiado arcano, tal vez él lo conociera, aunque no conseguía recordarlo. Aun así, fue capaz de diferenciar el sonido agónico de la guerra, daba igual cómo de antigua fuera, el dolor y sentimiento de pánico siempre eran los mismos.
—¿Qué quieres de nosotros? —La voz de Daniel no fue más que un simple susurro que el viento se llevó sin esfuerzo alguno.
El resto del grupo se centró en él, sus rostros cargados de una mezcla de estupefacción y confusión. Asier, al contrario, se sintió impotente, la ansiedad de no saber qué debía hacer para ayudar a su amigo comenzaba a carcomerlo.
—No temas, Daniel, no voy a haceros daño. Solo necesito vuestra ayuda. Tu ayuda.
El arqueólogo abrió los ojos de par en par. Un escalofrío le trepó sobre la espalda después de, finalmente, haber escuchado la voz de una forma tan nítida en el interior de su mente. Nadie más lograba escucharla. No parecía masculina, tampoco femenina, pero estaba cargada de rencor y furia. Intentaba aparentar serenidad a pesar de la intensidad de esos sentimientos negativos, y, aun así, algo en su tono resultaba atrayente e incluso hipnótico.
—¿Có-cómo sabes mi nombre? —Tartamudeó, el corazón le latía a mil y con semejante fuerza que parecía ser capaz de partirle las costillas.
—Yo lo sé todo, joven humano. Todo. Nada se esconde de mí por demasiado tiempo. He visto el nacimiento del mundo, igual que contemplaré su final.
Daniel tragó costosamente. Esa voz no pertenecía a un humano, tampoco a un Pokémon corriente de tipo fantasma o psíquico haciendo una jugarreta de muy mal gusto, sino a un legendario demasiado antiguo y omnipotente, ¿de cuál se trataba? No lo sabía, las palabras se le atragantaban junto al valor de preguntar. Quedó rígido, contemplando a los Unown moviéndose desesperados en un mundo enmudecido en el que únicamente alcanzaba a escucharse a sí mismo y a la tétrica voz. Los sonidos de la batalla también quedaron ahogados.
—Entonces qué qui-quieres de nosotros.
—Ya te lo he dicho antes, ayuda. Pero no todos pueden brindármela.
El muchacho se giró rápidamente hacia Asier.
—¡No! —Gritó aterrorizado —¡No le hagas daño, te lo suplico!
—Calma, no provocaré mal alguno a un inocente. —Esa respuesta no consiguió aliviarlo al completo—. Daniel, querido mortal, te ruego que escuches mis palabras y me ofrezcas tu poder para poder recuperar el mío—. El arqueólogo se mordió la lengua—. Mi cometido en este mundo no fue otro más que mantener la paz a lo largo de las regiones. Nada de hambre, guerras o asesinatos, tan solo unas tierras creadas para que los puros y devotos pudieran cultivarlas y hacerlas prosperar. Pero algo se escapó de mi control. La naturaleza humana os obliga a aniquilaros entre vosotros, masacrar, asesinar y conquistar. Os divertís contemplando viscerales batallas entre las bestias a las que se suponía que debíais tratar como iguales, obteníais ganancias de ellas. Los Pokémon terminaron infectándose de la maldad latente en vuestras almas. —Daniel cerró la mano en un puño tan fuerte que comenzó a temblar. La voz bufó de manera ensordecedora—. Pero cuando partí para enmendar mi error, mis propias creaciones se alzaron en mi contra.
El chico alzó la cabeza, observando cautelosamente el muro a escasos metros frente a él. Sintió la sangre helándose debajo de su piel. Gran parte de la escena tallada en la piedra se encontraba consumida por las sombras, aunque el destello de Luxio y Golett fue más que suficiente como para iluminar muchas de las figuras deformadas por la erosión del viento y la humedad. Diferenció a un enorme grupo de humanos vistiendo togas huyendo de una ciudad remota incendiada, todos malheridos y con expresiones de horror plasmadas eternamente en la roca. Algunos Pokémon ayudaban a transportar a los heridos mientras que otros se unían a una encarnizada batalla rodeada de cadáveres. Reconoció las formas de un pájaro de gran tamaño lanzando bocanadas de fuego, Ho-oh, un tigre capaz de expulsar rayos de su cuerpo rayado, Raikou, un hermoso ciervo haciendo brotar gruesas raíces del suelo en ruinas, Xerneas, entre muchos otros ya irreconocibles, pero todos y cada uno de ellos enfrentándose cara a cara contra una figura cuadrúpeda alzada en el cielo, y rodeada de diecisiete tablillas, el dios de los Pokémon, creador del mundo conocido, Arceus.
—Me derrotaron para luego encarcelarme en una dimensión alejada de la vuestra para evitar que pudiera llevar a cabo mi cometido de devolver al mundo a su esplendor original. Ellos también acabaron infectados por la maldad humana, Daniel, no puedo culparlos de ello, pero han permitido que el mal se extienda a lo largo de los continentes sin castigo alguno. Las guerras se hicieron más comunes, al igual que el hambre y las batallas Pokémon. Los pecadores han aumentado en número, he sido testigo de diversos grupos tratando de reconstruir el planeta controlando a mis propias creaciones.
El calor de la ira subió a las mejillas mientras recordaba a la perfección la guerra de Kanto contra Johto, los cientos de niños famélicos llorando por la pérdida de sus familiares alistados en los cuerpos militares, el olor a sangre, cenizas y muerte pobló la región durante años, ese hedor permaneció adherido a sus fosas nasales demasiado tiempo, al igual que las vívidas memorias de los chillidos de los Pokémon del ejército recuperándose en los Centros Pokémon.
Todas esas desgracias influenciadas por el primitivo deseo de poder, uno que Arceus trató de eliminar tiempo atrás y fue privado de ello.
—¿Por qué nadie sabe de esta guerra? Todos piensan que habitas en un plano superior, vigilándonos y protegiéndonos.
—Los supervivientes de la batalla se encargaron de ocultarla, mis creaciones así lo decidieron para ocultar su atroz crimen. Pero los pocos mortales que lograron escapar de ese cruel destino crearon obras de arte como el mural que tienes frente a ti para advertir a las próximas generaciones acerca de mí, pero los consideraron como dementes, ancianos que había perdido la razón de ser y solo vagaban de un lado hacia otro murmurando cosas que, para los demás, jamás ocurrieron.
Los labios de Daniel se sellaron firmemente durante unos segundos. Alguien debía hacer justicia de una vez y permitir que el mundo dejara de estar poblado por personas tales como los líderes del Equipo Aqua y Magma en Hoenn o los científicos locos de Kalos. Respiró profundamente.
—¿Cómo puedo serviros entonces, mi señor?
No he podido ponerlo en la descripción, pero la portada (que es preciosa, no me canso de decirlo jaja) la hizo Maoshiroart en Twitter.
