Las hojas de los árboles se balanceaban de un lado a otro gracias a la suave corriente de viento veraniego, sin temor alguno de ser arrancadas de las ramas. Los rayos del sol matutino se colaban entre ellas, formando en los suelos un hermoso patrón de sombras cambiantes. Los Pidgey llevaban horas despiertos, las bandadas ya se encontraban revoloteando sobre el cielo azul limpio de cualquier rastro de nubes, o reposando en los gruesos cables telefónicos. Ciudad Cerezo comenzaba a recuperar su característica atmósfera tranquila, los niños más pequeños correteaban a través de las calles junto a sus Pokémon, preparándose para una inminente batalla entre amigos. Los adultos los observaban alegremente, rememorando con nostalgia el ayer.
La paz se respiraba en todos los rincones del lugar, menos en los edificios donde los estudiantes residían. El fin del periodo lectivo de las universidades iba de la mano con el caos y estrés de regresar a casa, a pesar de que la Universidad de Ciudad Cerezo no acogía a tantas personas como la de Ciudad Trigal, la capital, la tensión era igual de palpable en los pasillos de las viviendas.
El sonido de cajas pesadas y muebles siendo arrastrados retumbaba en el interior del hogar, pero las chicas no podían parar, debían tenerlo todo limpio y empaquetado para antes de mediodía, cuando finalmente serían libres de los estudios hasta el curso siguiente. El casero, un hombre cuarentón demasiado amargado como para preocuparse de los problemas del piso, fue bien claro con su advertencia: si no os veo en la calle a las dos de la tarde, os echo a patadas, esa amenaza quedó grabada a fuego en la mente de Hona, plenamente consciente de que sería capaz de hacerlo.
La muchacha se encontraba en su habitación, su cabello castaño y rizado recogido en una coleta alta de la que muchos mechones se escapaban rápidamente. Odiaba sujetarse el pelo, aunque mejor limpiar cómodamente a tener que retirarse tirabuzones de delante de los ojos marrones oscuros constantemente. Los pantalones bombachos de líneas verdes oscuros, amarillos y grises se movían de un lado a otro en cada paso, mientras las chanclas blancas de casa rechinaban contra el suelo de mármol agrietado. Gotas de sudor le recorrían el rostro pálido y pecoso, incluso vistiendo un top negro de alienígenas verdes cabezones, su favorito, pasaba demasiado calor por culpa de la "limpieza extrema" como le gustaba decir a Ángela, una de sus compañeras.
La sala era un desastre, dos maletas cubiertas de pegatinas estaban encima de la cama, que, junto al armario, ocupaban gran parte del espacio reducido, abiertas de par en par y llenas de montones de ropa de todo tipo, una de ellas contenía una bandera del orgullo trans delicadamente doblada en comparación con los manojos de tela. Bolsas de plástico barato se amontonaban en el pasillo, a punto de romperse por culpa del material de la universidad, desde libros o libretas, hasta un cúter. Las cajas de cartón, contenedoras de diversas figuras de series de animación, discos de música, pósteres y libros, además de los suvenires de los viajes de su hermano, esperaban a ser recogidas al lado del escritorio de madera estropeado. Una bola de pelo cuadrúpeda y de color café disfrutaba de los rayos del sol desde la ventana, contemplando, divertido, el calvario por el que pasaba su entrenadora.
Hona frunció el ceño, todavía barriendo las esquinas del cuarto para sacar la mayor cantidad de polvo.
—Podrías ayudar, ¿sabes? Furfrou y Skitty lo están haciendo. —Pero el Eevee negó con la cabeza, dibujando una placentera sonrisa en el rostro antes de aparentar dormirse de nuevo.
Suspiró derrotada antes centrarse en las amplias grietas del suelo. Lo que habría dado por tener una aspiradora a mano. El piso se caía a cachos, de eso no había duda alguna, baldosas a lo largo de la casa partidas, tuberías arregladas con cinta, pomos de puerta partidos en dos, paredes desconchadas, humedades, una lavadora que cada vez que debía usarse tenían que abrir… Sin embargo, fue lo único que ella y su amiga Alissa encontraron. Además, el anuncio y la primera visita fueron increíbles, sin ningún desperfecto en la estructura. Aun así, no podía dejar de pensar en la suerte que tuvieron, muchos de los compañeros de carrera le comentaron lo mal que lo pasaban a causa de las constantes plagas de Paras de las que ellas, milagrosamente, se libraron de refilón.
Apoyó el palo de la escoba en una de las esquinas más cercanas para poder estirarse y bostezar ampliamente. La espalda crujió con sonoridad, Eevee puso una mueca de disgusto y aulló. Hona se echó a reír.
—Eso te pasa por no ayudar, Eevee —comentó entre carcajadas— ¡Alissa! —Llamó a su amiga asomándose al pasillo— ¡Alissa! ¿¡Dónde has dejado la fregona!? —Exclamó.
Esa zona no era demasiado espaciosa, prácticamente debían ir en fila de uno si no querían quedar atascadas. Los cuadros de ancianas de rostros arrugados y niños llorando volvían a estar colgados en sus lugares originales. Las chicas decidieron esconderlos en cuanto tuvieron las llaves del piso, demasiado inquietantes para ellas, sobre todo con la oscuridad que siempre poblaba esa estancia, daba igual si encendían la lámpara del techo, la sensación de ser observados y opresión las acompañaba hasta las habitaciones no terminaba.
Hona miró hacia la habitación del frente, la puerta estaba abierta de par en par, varias maletas se amontonaban debajo de la ventana al lado de cajas y bolsas de plástico. Buscó a Alissa con la mirada, aunque no vio a nadie.
—¡Alissaaa! —Volvió a gritar desganada. No recibió respuesta.
Masculló entre dientes, escuchaba el sonido de la música del teléfono de Alissa en la cocina, así que resultaba imposible que se hubiera marchado sin ella darse cuenta. La única sala cerrada era el baño, lo primero que Ángela se encargó de limpiar, la muchacha bajó a tirar la basura con su Pokémon, teóricamente solo quedaban Alissa y ella misma en casa.
Las patitas de Eevee repicaban contra el suelo, formando un ruido adorable rápidamente opacado por la música a pleno volumen inundando el salón. No vio ni una mota de polvo, mesa impecable, la tela de flecos de los sillones sin arrugas, televisión apagada, ventana reluciente, pero ni rastro de la joven. Hona giró hacia la derecha, solo quedaba una estancia más por asegurar.
La cocina no era más que un pasillo asfixiante. Los electrodomésticos cubiertos de aceite reseco e imposible de quitar por culpa de los antiguos inquilinos se encontraban adheridos a una pared de baldosas muy horteras, en el muro contrario solo había una mesa cuadrada y enana, acompañada de dos sillas de patas astilladas. Al fondo se alzaba una puerta blanca con cristales alargados donde ya no quedaba ni una bolsa de basura.
—Alissa, te he estado llamando, ¿es que estás sorda? —Dijo la joven apoyándose en el marco, Eevee subido a su hombro.
Alissa se encontraba a un par de metros de ella, de espaldas y sosteniendo entre sus manos temblorosas una pila de platos mojados. Su cabello rosa era largo y liso, las raíces rubias comenzaban a dejarse ver. Vestía una chaqueta de la universidad de mangas grises y cuerpo rosa, decorado mediante unas ramas de cerezo en flor, remangada, y unos pantalones cortos vaqueros de los que caía una cadena plateada. Llevaba los calcetines por encima de los tobillos, estirados y mostrando el dibujo de un melocotón rosado. Sus zapatillas de deporte blancas siempre estaban impecables, daba igual en qué superficie corriera. Un perrito de pelo ondulado y negro permanecía sentado detrás de ella, Furfrou no paraba de gimotear y golpear a su entrenadora con una pata.
Hona miró a Eevee, preocupada, y éste le devolvió un gruñido alterado.
—Alissa, oye, ¿estás bien? ¿Necesitas un médico? —Susurró acercándose con pies de plomo.
Algo no iba bien, aparte de Alissa y su extraño comportamiento, claro. Hona sentía el aire pesado, incluso frío, parecía que alguien los observara en silencio desde algún punto recóndito de la cocina. Tragó, sus manos temblaron al mismo tiempo en el que se acercaban a la espalda tensa de la chica de Kalos.
Alissa tenía la piel helada, empapada en sudor a causa de la limpieza, se fijó en el vello de la nuca, a duras penas visible, pero erizado. Hona juró que, si escuchaba con la suficiente atención, alcanzaría a escuchar los rápidos latidos de su corazón acompasados por la respiración agitada.
Hona se aclaró la garganta, estaba seca, ¿y si algo malo le estaba ocurriendo y ella no podía hacer nada aparte de mirar? Las palabras salieron torpemente de sus labios temblorosos.
—Alissa, eh, ¿todo bien por ahí?
El chillido aterrado de la muchacha la pilló desprevenida. Ella también gritó después de que los platos cayeran al suelo en un sonido estremecedor. Eevee y Furfrou se escondieron detrás de Hona justo a tiempo, que quedó paralizada, contemplando la expresión de pánico grabada en el rostro de Alissa.
Había palidecido exageradamente a pesar de ser tan morena. Sus ojos oliváceos se movían de un lado a otro, buscando una fuerza invisible, durante unos segundos pareció ser inconsciente de la presencia de sus amigos. Le castañeaban los dientes y varios regueros de sangre se le deslizaban por las palmas de las manos.
—¿Ho-Hona? —Tartamudeó. Hona suspiró aliviada, percatándose de que mantuvo la respiración durante casi todo el proceso.
—¿Qué coño pasa contigo, Alissa? —preguntó alterada humedeciendo un paño de cocina sin vacilar. Su amiga se mordió la lengua cuando Hona apretó la tela sobre los cortes abiertos—, casi escupo un pulmón. —Alissa se quejó de dolor—. Anda ya, eres una quejica, esto no es nada, ¿ves? Fuera bromas, ¿qué te ha pasado?
—¿A qué te refieres?
—¿Al chillido que has dado? Me cuesta creer que los vecinos no hayan llamado a la policía. —La chica teñida rio nerviosa— ¿Y bien?
—No sé qué ha pasado, Hona. —Bajó el tono de voz, avergonzada, pero Hona se cruzó de brazos, no sabía si creerla—. En serio. Lo juro. Estaba colocando los platos y… creo que entré en una especie de trance. Quizá el Gastly del vecino de arriba haciendo de las suyas.
—Puede ser, aun así… —Murmuró ladeando la cabeza.
Furfrou se alzó en las patas traseras, apoyándose sobre las caderas de Alissa. Comenzó a lamerle los brazos, tratando de asegurarse de que su entrenadora estaba bien. Eevee trepó una vez más a los hombros de Hona, él, similar a la estudiante, no se tragaba la excusa de su amiga.
—Bueno, supongo que toca limpiar este desastre. —Alissa se puso en jarras, contemplando el desastre de trozos de cerámica afilados, algunos manchados en sangre—. El casero nos va a matar.
—¿Tú crees? —Lanzó el trapo cubierto de sangre al fregadero libre de cacharros. Eevee arqueó una ceja, sumiendo la sala en un silencio tenso—. Si no se entera… no tiene por qué pasar nada.
—Me gusta el plan, sí, ¿dónde está la escoba? ¿Y las bolsas de basura?
—Espera, espera, no te vayas a poner a barrer como una loca. —La sostuvo por las muñecas—. Vamos a desinfectar antes las heridas. Luego las cubrimos. —Llevó sus manos a los hombros de la muchacha, empujándola para sentarla en la silla de madera más cercana.
Hona esquivó el montón de pedazos de un salto y se puso de puntillas, a duras penas alcanzaba los armarios más altos donde guardaban las medicinas o especias. Rebuscó entre las cajetillas y botellines a medio gastar, mascullando en voz baja cada vez que creía haber encontrado lo que quería. Tras unos agotadores instantes, dio con un rollo de vendas blancas y un bote rugoso cuya etiqueta se cayó meses atrás. Eevee trepó a la cabeza de Hona, liberando numerosos mechones en el proceso, curioso por los objetos que recogió de las alacenas.
—Vaya, menos mal que tenemos a una estudiante de medicina.
—Muy graciosa. — Hona rio irónica. Alissa dio un respingo al notar el chorro de alcohol fluyendo encima de las palmas de las manos. Apretó los dientes intentando no quejarse de dolor—. Quejica.
—Te lo digo en serio —la chica continuó con la conversación mientras Hona aseguraba los vendajes—, Ángela se habría desmayado al ver la sangre, y luego yo por la pérdida. —Hona arqueó una ceja, incrédula.
—Claro, se te van a salir las tripas por esos cortes.
—¡Pero es una desgracia, Hona! ¡Se me quedarán las manos blancas! —Alissa forzó su tono de voz hasta formar uno muy agudo e incómodo de escuchar, haciendo gala de sus estudios en periodismo.
—Vale, escucha —la ignoró—, yo me encargo de recoger el estropicio, tú no vas a poder agarrar nada en unas horas. De todos modos, ya solo queda fregar mi cuarto y bajar las cosas.
—¿Cuánto tiempo queda? —Hona levantó la cabeza hacia el reloj de la pared, de plástico blanco y manillas negras, marcaba las doce en punto—. Hona, ese reloj lleva parado desde que llegamos al piso.
—Hini, isi rilij llivi piridi disdi qui lliguimis il pisi. —Sacó el teléfono del único bolsillo del pantalón, todavía murmurando entre dientes—. Las once, mis padres dijeron que estarían aquí para las once y media. ¿Qué haremos con el casero?
—Dijo que dejáramos las llaves en el buzón, ¿no?
—Así mejor, no quería verle la cara. Sospecho que el sentimiento es mutuo entre todos nosotros. Bien, siéntate en el sofá —Hona movió la mano de un lado a otro, formando pequeños círculos— voy a recoger esto, ¿lo tienes todo listo?
—Sí, no te preocupes. —Alissa se puso en pie de un salto, evitando rozar las manos con la mesa—. Vamos, Furfrou, nos hemos ganado un descanso.
El pequeño Pokémon ladró mientras acompañaba a la joven sonriendo ampliamente, sus patitas haciendo un sonido adorable cada vez que daba un paso.
—Tampoco me vas a ayudar con esto, ¿no, Eevee? —El Pokémon negó orgullosamente—. Bueno, pues al menos súbete a la silla cuando vayamos a limpiar, ahí arriba me molestas.
Hona esquivó otra vez el montón de platos rotos y salió de la cocina, Alissa ya estaba tirada en el sillón, arrugando la tela de flecos, Furfrou cabeceaba echa una bola en el hueco de sus piernas, haciendo caso omiso a la televisión puesta en el canal de noticias. Un Charizard enfurecido arrasó un pueblo en las islas de Alola, varios expertos fueron entrevistados, pero ninguno lograba explicar claramente qué ocurrió con el Pokémon para que actuara así. Desgraciadamente, cuatro familias fallecieron en el ataque.
Desastres de ese estilo no resultaban extraños a lo largo de las regiones. Bestias enloquecidas luchando por territorios, batallas Pokémon que acaban fatal... ¿Lo más preocupante? Cada vez se volvían más y más comunes y nadie alcanzaba a comprender el por qué. Nadie se atrevía a decirlo, pero ese mundo era demasiado peligroso para todos, el constante temor, a pesar de permanecer oculto, latía en los rincones recónditos de las mentes de las personas, ¿y si algún día su casa ardía por culpa de un tipo fuego? ¿Y si sus hijos eran secuestrados por un psíquico? ¿O arrastrados al mundo de las almas por un fantasma? ¿Y si dos legendarios peleaban en una ciudad como ocurrió en Sinnoh o Teselia? Un simple movimiento y adiós a tu casa, a tu familia, a tu vida.
Los gobiernos de las regiones decidieron establecer unos estudios específicos para los aspirantes a entrenadores, los únicos capaces de enfrentarse a los líderes de gimnasio, al Alto Mando, y si tenían la suficiente habilidad, al mismísimo campeón de la región. El resto de humanos sin ese título carecerían de ese privilegio, aun así, nadie podía evitar los combates, era algo demasiado arraigado a la cultura.
La vibración del bolsillo la sacó abruptamente de sus pensamientos. El nombre de su hermano, acompañado de la foto de una Luxray sonriente, apareció en la pantalla. Todas las miradas se clavaron en ella.
—¿Quién es? —Preguntó Alissa apoyando la cabeza en el brazo.
—Mi hermano.
—Dile que le mando saludos.
—Ya sabes que él tiene ojos para otro, Alissa. —Respondió burlona. Alissa le lanzó un cojín del sofá entre carcajadas. Hona retomó el camino hacia la habitación mientras descolgaba.
—¡Hona! —Gritó Asier al otro lado de la línea. La muchacha puso una mueca exagerada de dolor.
—Auch, casi me dejas sorda, imbécil.
—¡Necesito que me hagas un favor, es muy importante!
—¿Qué quieres? —Hona rodó los ojos, desganada.
—Ay, no seas así, esto es muy importante, lo prometo.
Cogió la escoba y el recogedor con una mano y regresó a la cocina, esquivando los trozos de cerámica que fueron esparcidos a lo largo del suelo. Eevee, como su entrenadora le ordenó, se sentó en una de las sillas, buscando los pedazos que se colaron debajo de los muebles.
—Pues dime qué quieres ya.
—Necesito que vengas a Ciudad Trigal.
—¿¡Qué!? Por supuesto que no, mis vacaciones empiezan hoy, llevo toda la mañana limpiando y empaquetando.
—¡Pero, Hona, Luxray te necesita!
—¿Le ha pasado algo? —Se mordió el labio inferior, ese Pokémon estuvo con ella desde que era una niña pequeña, imaginar que algo malo le ocurrió le revolvía el estómago.
—¡No, claro que no, pero tienes que venir!
—…Vale, de acuerdo, y para que quede claro, no lo hago por ti, ¿me escuchas? —Asier chilló de alegría.
—¿Lo has escuchado, Luxray? ¡Va a venir, estamos salvados! —Luxray rugió felizmente— Te espero en tres días.
—¿¡Tres días!? —Asier colgó al momento, sin darle una oportunidad de contestar— ¡No puede ser! ¿¡Cómo es que siempre me lía así!?
—Hey, Hona —dijo Alissa apoyada en el marco de la puerta—, ¿es que nos vamos de viaje? —Hona gruñó, comenzando a barrer furiosa.
—Sí, parece que sí. Llamaré a mis padres para que lleven las cosas a mi casa, nos tocará ir andando. En pleno verano. A la capital.
—Nos va a dar una insolación como no tengamos cuidado. —Hona se detuvo, esperando a la característica frase de Alissa—. Menos mal que voy con una médica.
