El ascensor anunció su llegada al recibidor del edificio mediante un sonoro pitido cuyo eco se elevó hasta la primera planta. Los Pokémon caninos escaparon del reducido espacio en cuanto las puertas plateadas se abrieron lo suficiente como para dejarlos pasar sin demasiados problemas, inundando el ambiente con la felicidad de las criaturas gracias a sus constantes aullidos y juegos.
Hona salió poco después, arrastrando tras de sí dos gruesas maletas de plástico, ambas a rebosar de ropa y utensilios de menor tamaño, sus zapatillas de tela oscura rechinando contra el suelo de mármol moteado. Alissa la siguió de cerca, sus brazos temblando como gelatina por culpa del peso de las cajas de cartón que cargaba encima de ellos, aunque eso no le impidió mantener una conversación desenfadada con su amiga.
Al menos hasta que Eevee se cruzó por delante de Alissa y estuvo a punto de mandarla de bruces al pavimento junto a sus pertenencias.
—¡Hey, hey! —Exclamó Hona preocupada, su voz retumbando a lo largo del edificio. Eevee se detuvo ante sus pies, dibujando una sonrisa inocente en su rostro—. Ese truco ya no tiene efecto, Eevee. —Se puso en jarras antes de inclinarse hacia delante, con una mueca de desaprobación—. Busca otro mientras te estas quietecito en una esquina, anda.
Eevee sacó la lengua y le dio la espalda a su entrenadora, quien no le quitó la mirada de encima hasta que el Pokémon, tal y como ella ordenó, se sentó debajo de los buzones plateados junto a Furfrou, moviendo la cola de un lado a otro al mismo tiempo que mascullaba cosas incomprensibles que únicamente la perra de pelaje oscuro entendía.
—¿¡Qué tal si abres la puerta ya?! —Gritó Alissa a su espalda, a punto de desfallecer a causa del peso de las cajas.
—¡Voy! —Replicó bajando de un salto los tres escalones que conducían hacia la puerta de salida acristalada. Escudriñó la calle, la acera estaba cubierta por la sombra de los árboles, limpia pero despojada de cualquier criatura que no fueran los Pidgey o Spearow, su barrio no solía estar muy concurrido durante las mañanas, de todos modos. Una larga fila de coches estacionados se extendía a ambos lados de la calle hasta girar la esquina, sin embargo, Hona buscaba uno específico, plateado, y a pesar de ser muy antiguo, en perfecto estado.
—¡Hona!
La repentina voz femenina llamándola la hizo girarse hacia la izquierda a tal velocidad que sus manos por poco se soltaban del cristal y la mandaban de boca al suelo. Una mujer pelirroja corría hacia ella, de vez en cuando trastabillando debido a las plataformas de sus tacones marrones o a la falda blanca de estampados florales, incluso sus gafas de sol se tambaleaban sobre la camisa de tirantes negra.
—¡Mamá! —Replicó la muchacha con una amplia sonrisa en el rostro, eufórica de ver a su madre de nuevo después de largos meses de exámenes finales— ¡Corre, necesitamos ayuda!
—¡Voy lo más rápido que puedo!
La mujer entró al edificio poco después, sudorosa y jadeando, dos pulseras de bolas azules cubrían el tatuaje con los nombres de sus dos hijos, Asier y Hona, además de hacer un característico sonido al más mínimo movimiento. Sus ojos verdosos se llenaron de tranquilidad en cuanto cruzó el umbral de la puerta al haberse alejado finalmente del calor.
—¡Por Arceus, Ali, dame eso!
—Gra-gracias, Abril.
Alissa sacudió los brazos repletos de marcas rojas ahí donde cayó el mayor peso, aliviada de haberse liberado de semejante carga, su suspiro quedó opacado por los ladridos de alegría de Eevee saltando de un lado a otro frente a Abril.
—Hola, Eevee, hola cariño— dijo en un tono empalagoso. Hona puso los ojos en blanco—. Ay mi niña, tú también, hola, hola. No sabes cuánto te he echado de menos. —Abril le lanzó varios besos, incapaz de abrazarla—. Quiero que me cuentes que tal te ha ido todo.
—Claro, mamá —sonrió, adulada por las palabras de la mujer—, pero vamos a dejar las cosas en el coche, supongo que papá estará ahí, ¿no?
—Sí, se quedó con Feraligatr y Roselia para vigilar el coche. Están un poco más abajo.
—Vale, pues… ¿vamos? —No quería admitirlo, pero ansiaba salir de ese agujero de una vez, aunque eso supusiera salir a un viaje a pie.
Alissa asintió con la cabeza antes de volver a tomar una de las cajas y salir por la puerta que Hona se encargó de sujetar. Abril no tardó en liderar la marcha, alegre de ver a los dos Pokémon correteando de un lado a otro.
El coche, tal y como dijo su madre, no estaba muy lejos del edificio, ahí esperaba un hombre de la misma edad de Abril luchando por mover los asientos traseros para crear más espacio en el maletero. Dos Pokémon lo observaban fijamente: un gigantesco cocodrilo bípedo de escamas azules apenas lograba contener una sonrisa plagada de colmillos por ver la disputa del adulto con los asientos, varias crestas rojas descansaban sobre su cabeza, al igual que en el lomo y el extremo de la cola. La otra criatura era mucho más pequeña, verde y similar a una rosa. Tres afiladas espinas le coronaban la cabeza, y sus manos fueron sustituidas por la misma flor, rosa y azul. Su cuerpo parecía estar cubierto por un elegante vestido similar a una hoja. Ella no se reía a costa de su entrenador, sino más bien, trataba de ayudarlo como podía.
—¡Hola, papá! —Gritó Hona a varios metros del reducido grupo.
Todos ellos se giraron al instante, sin embargo, Feraligatr fue el primero en reaccionar. Lanzó un fuerte rugido al aire y corrió contra la muchacha cual jugador de rugby. Hona no tuvo tiempo a reaccionar hasta que notó la presión de los brazos del Pokémon enrollándose a su alrededor en un apretón asfixiante.
—Sí, sí, yo también te he echado de menos, Feraligatr —se quejó Hona, sus labios se torcieron en una sonrisa temblorosa—. ¿Pero me puedes soltar? No puedo respirar.
El Pokémon obedeció sin rechistar, desgraciadamente, su atención y brutal afecto se desviaron hacia Eevee. El zorro comenzó a aullar mientras se retorcía en el firme agarre, pero era imposible de huir de él. Hona respiró profundamente, agradeciendo el aire que le entraba a los pulmones, segundos antes de que su padre actuara de igual forma que Feraligatr.
—¡Ay, mi niña ya se ha hecho mayor! —Dijo el hombre de forma acelerada, estrujándola con fuerza.
—Siempre dices lo mismo cada vez que me ves, papá. —Hona pataleó un poco—. Por favor, hay que bajar más cajas, suéltame.
Evan, su padre de cabello corto y negro, accedió a dejarla en el suelo, varias lágrimas de felicidad escaparon de sus ojos castaños, deslizándose tranquilamente sobre las mejillas pecosas, sin embargo, las enjuagó con la mano al instante poco antes de señalar hacia un hogar aleatorio del bloque de pisos.
—¡Adelante, pues, a la mudanza! —Exclamó demasiado entusiasmado para semejante tarea.
Hona se cruzó de brazos, contemplando, sin un atisbo de asombro, a Evan, su padre, corriendo al lado del Feraligatr de Abril y abriendo la puerta acristalada con un simple golpe de hombro. La muchacha resopló ante la notable falta de seguridad y mantenimiento del edificio, como decía su madre, lo barato sale caro.
—Este hombre… —susurró la mujer girándose hacia el maletero abierto. Roselia negó con la cabeza—. Bueno, no hay nada que hacer. Roselia, querida, ¿me ayudas a colocar? —La pequeña flor asintió y, delicada como una dama, sacó dos pequeños y gruesos látigos de su cuello. Las cajas no fueron rival para su fuerza—. Vosotras dos traed lo que queda en el piso, ¿sí?
La joven avanzó un par de pasos en silencio, obedeciendo el mandato de su madre, dejándola con las maletas. Cuanto antes se alejaran del edificio, mejor. Giró sobre los talones, apoyando las manos en la nuca mientras se balanceaba de un lado a otro.
—¡Ah, mamá! —Alissa se dio media vuelta al momento de percatarse de que su mejor amiga se detuvo.
—¿Sí?
—¿Has hablado con Asier? —Hona miró a su madre a los ojos, esperanzada porque el olvidadizo de su hermano hubiera contactado con sus padres.
—¿Con tu hermano? Hmm —Abril alzó la cabeza, buscando la respuesta en el cielo limpio de nubes—. ¡Ah, sí! Nos llamó hace un par de días —la joven arqueó la ceja, ¿un par de días? ¿Acaso estaban hablando de lo mismo? —. Ya nos avisó de vuestro pequeño viaje, pero, ¿estáis seguros de que no queréis ir en coche?
—¿¡Qué!? —Hona se inclinó hacia delante, estupefacta. Sus brazos cayeron inertes en un suave vaivén. Ali estalló a carcajadas incontenibles, el ataque de tos era inminente—. ¡A mí me ha llamado hoy, hace un par de horas!
Abril se frotó las sienes, tratando de armarse con la máxima paciencia posible. Aquella no era la primera vez que Asier avisaba de manera tan abrupta de sus planes, tampoco sería la última. Hona recordaba a la perfección los momentos en los que se vio arrastrada a conferencias en la universidad de Asier, o a cenas de cumpleaños reservadas exclusivamente para los inseparables hermanos. Buenos recuerdos, sin lugar a dudas, aunque agotadores.
—Es igual que su padre… y lo odio —Abril dio una sonora palmada al aire—. Vale, escuchad. Id a por las cosas, todavía tenemos que comer. ¿Tenéis listo todo lo necesario para vuestro viaje? —Hona asintió al mismo tiempo que Alissa, a diferencia de ella, recuperando la compostura—. Bien, daos prisa.
Hona sintió el firme agarre de Alissa enrollándose en su brazo derecho. Todo su cuerpo se tensó al instante en que su corazón empezó a latir a gran velocidad y su mente mandaba un claro mensaje; luchar o huir. Logró pausar la respiración agitada y se liberó de un movimiento brusco.
—Perdóname —Alissa abrió la puerta acristalada de un suave tirón, dejándola abierta para que su amiga pasara sin problema.
Hona continuó estática unos segundos más, acariciando la zona donde Ali la sujetó sin aviso y siendo incapaz de mantener la vista fija en un punto. Se maldijo a sí misma, maldijo todo aquello a lo que se tuvo que enfrentar en su turbulenta niñez y que la llevó al punto de verse obligada a adoptar semejante instinto de supervivencia. Apretó los dientes. Ese instinto no le serviría de nada en un lugar tan apacible como ese.
—No te preocupes —sacudió la cabeza, formando una tormenta de incontrolables mechones rizados. Cruzó el umbral sin levantar la vista del suelo, agradeciendo la corriente de aire frío que la golpeó.
—Pero…
—¡No! —Se puso un dedo sobre los labios torcidos en una quebradiza sonrisa—. ¡Nada de peros! Estoy bien, de verdad. Ahora venga, hay que bajar las cosas, que estoy deseando salir ya de aquí. Y bueno, tengo hambre —Alissa asintió, Hona dedujo que no muy segura, aun así, la siguió al ascensor con la cabeza bien alta, donde Eevee y Furfrou esperaban pacientemente, este último, siendo víctima de constantes mordiscos y tirones en las orejas por parte del otro Pokémon—. ¡Eevee, deja a Furfrou! ¿¡Es que no puedes estar tranquilo ni cinco minutos!?
Cuando las chicas llegaron a la planta donde se encontraba su piso, escucharon los pasos pesados de Evan y Feraligatr descendiendo a toda velocidad por las escaleras, notablemente hasta arriba de cosas.
—Por lo menos no han cerrado la puerta —señaló Ali. Hona asintió, aunque no le prestó demasiada atención, tan solo quería recoger el resto de sus pertenencias y salir cuanto antes del edificio.
—¿Ali? —llamó la chica adentrándose en el piso, avanzando en dirección a su habitación.
—Dime.
—¿Estás segura de que quieres acompañarme? Quiero decir, dentro de unas semanas coges el avión de vuelta a Kalos, y recuerda que el viaje a Trigal es andando.
—¡Pues claro que sí, Hona! —Chilló Alissa desde su cuarto tan fuerte que Eevee corrió a esconderse debajo de la cama. Hona simplemente se encogió de hombros y se cargó una segunda mochila a la espalda, recogió una última caja de cartón y, antes de salir al pasillo, se aseguró de que no se olvidaba de nada—. ¿De verdad piensas que te voy a dejar ir sola?
—Son solo dos días de viaje —Ali, equipada con una maleta, acudió al encuentro de su amiga, su rostro torcido en una expresión de enfado.
—¿¡Y qué!? ¿¡Es que no ves las noticias!? ¡El mundo se está volviendo loco!
Hona era consciente de la situación en la que se encontraban absolutamente todas las regiones, decir que atravesaban una crisis se quedaba corto. Los desastres naturales se volvían cada vez más constantes y peligrosos, además, el auge de mafias, grupos ecoterroristas y paramilitares tan solo empeoraba la situación. Todavía recordaba el incidente sucedido en Hoenn años atrás, en el cual, los líderes del Equipo Magma y Aqua invocaron a Groudon y Kyogre en sus formas primigenias. De no haber sido por la repentina aparición de Rayquaza, Hoenn, probablemente el mundo entero, se habría visto sumido en el caos.
Hoenn no se recuperaría en años, muchos expertos incluso afirmaban que nunca lo conseguiría, pues el impacto medioambiental fue demasiado grande. Desgraciadamente, ese no se trataba de un caso aislado, todas las regiones sufrieron de algún ataque que por poco las arrastraba a la total destrucción; la mafia Rocket en Kanto y Johto, el equipo Plasma en Teselia, el Galaxia en Sinnoh, ¿qué ocurriría después? ¿El cielo se teñiría de dorado para anunciar el apocalipsis?
Sacudió la cabeza, el mundo se estaba volviendo loco, eso era cierto, ¿pero el apocalipsis? Menuda tontería.
—¿En serio me has ignorado todo el tiempo? —Dijo Alissa con el ceño fruncido, arrastrando una maleta tras ella. Eevee, que permanecía sentado al lado de su entrenadora, asintió efusivamente.
—No, por supuesto que no —respondió de forma acelerada.
—Ya, claro, y los Tepig vuelan. No soy imbécil, Hona —ambas avanzaron a través del estrecho corredor en dirección a la salida.
—Perdón, perdón —gimoteó, su voz se vio superada por el fuerte portazo que Alissa tuvo que dar para cerrar la puerta del piso, acompañado del crujir de la cerradura oxidada. Hona sonrió aliviada, consciente de que esa sería la última vez que escucharía ese horrible sonido—. ¿Qué me estabas diciendo?
—Que me voy contigo y no se hable más. Vamos a darnos prisa, no quiero estar en este agujero ni un segundo más.
Una vez llegaron a la planta baja, Hona sintió que, al fin, se sintió liberada una vez Ali dejó caer los dos pares de llaves en el interior del buzón metálico, donde su otra compañera las encontraría para devolvérselas al casero. El estruendo resultó ensordecedor, Hona llegó incluso a escuchar las maldiciones del vecino cascarrabias del primer piso debido al eco, pero para ella resultó reconfortante, una forma de gritar a los cuatro vientos "ahí os quedáis, imbéciles", sin la parte de gritar.
—Segundo año completado. Menudo curso, ¿eh?
—Y que lo digas —replicó Hona henchida de orgullo. Un pensamiento fugaz pasó por su mente, ¿qué pensaría él si viera todo lo que había conseguido durante esos años? Consciente de que si continuaba rememorando esos viejos tiempos acabaría furiosa, respiró profundamente e intentó no pensar en nada ajeno al presente.
Hona aceleró el paso, dispuesta a dejar atrás, ya no solo la fachada ennegrecida y hecha pedazos del edificio en el que se vio obligada a vivir durante un año, sino también esos recuerdos lejanos que luchaban en mantenerse arraigados en su memoria.
Las horas que pasó junto a su familia resultaron renovadoras. El pequeño grupo almorzó en un bar de la zona escondido entre varias callejuelas, un lugar acogedor sin duda, trabajadores increíbles y comida exquisita. Siempre que iba a ese sitio, Hona pensaba en lo que la gente se perdía por limitarse a cadenas de comida rápida multinacionales. Esos momentos consiguieron tranquilizarla y hacerla olvidar el viaje hacia Trigal, incluso los malos tragos que pasó durante el segundo año y a los que, tristemente, debería volver a enfrentarse en el tercer curso.
No quería admitirlo, echó de menos poder hablar con su madre cara a cara, no a través del teléfono, la energía de su padre, e incluso la torpeza de su hermano.
Cuando llegó el momento de la despedida la tarde ya estaba bien entrada, la hora del café se había alargado demasiado. Los niños comenzaban a salir del refugio de sus hogares, más concretamente de las cuevas oscuras y frías que llamaban habitaciones, los ancianos tomaban asientos en las terrazas de los bares o se arremolinaban en las aceras, donde bebían una o dos cervezas junto a sus amigos a la vez que jugaban a las cartas, los adultos, por otro lado, se lanzaban a las calles para ir a la playa o comprar algún conjunto veraniego.
Las muchachas, equipadas con las mochilas a las espaldas, se despidieron de la pareja para encaminarse hacia la ruta 30 a paso lento pero seguro.
No tardaron demasiado tiempo en llegar a los límites de la ciudad, donde la sociedad humana y la naturaleza colisionaban la una contra la otra: la gran mayoría de las aceras por las que transitaban Pokémon y humanos se convirtieron en caminos de tierra suelta, mientras que la única carretera zigzagueaba a través de las estructuras hasta desembocar en una autovía lejana a la ruta. Los gigantes grises armados de cristal daban paso a árboles de troncos gruesos y abundantes hojas verdes. Las papeleras de metal desaparecieron, al igual que las diminutas briznas de hierba que crecían entre las grietas de los caminos, se transformaban en hermosas flores silvestres y arbustos de los que crecían deliciosas bayas. Eevee corrió hacia uno de ellos, espantando a la pareja de Rattatas que comían plácidamente.
—¡Tú ya has comido, Eevee! —le gritó su entrenadora. El Pokémon no le prestó atención—. ¿Cómo es posible que todavía tengas hambre?
Conforme se iban adentrando más y más en la ruta, el número de personas disminuía de manera exponencial hasta que solo quedaron unas casas solitarias y un grupo de pescadores ancianos que reían y se felicitaban los unos a los otros por sus capturas, simples Magikarp sin vida conservándose en cubos a rebosar de hielo.
Hona respiró profundamente, se sentía acogida en aquel paraje natural. Había echado de menos ese lugar, el susurro de las hojas bailoteando al ritmo de la brisa veraniega, el aire limpio, no como el asfixiante de la ciudad, la vida silvestre abriéndose paso en allá donde veías. Ella nació y creció en una zona exclusivamente rodeada por naturaleza, aislada de las grandes masas de gente y edificios, verse obligada a vivir en una ciudad no resultaba de su agrado, pero si quería continuar estudiando no tenía otra opción.
—Bueno, ¿por dónde vamos? —preguntó Ali de repente. Hona se detuvo.
—Espera. Yo te estaba siguiendo a ti.
Alissa se mantuvo en silencio durante unos instantes.
—Estas de broma, ¿verdad?
—Eh. No —el silencio se formó entre ambas durante unos segundos antes de ser destrozado gracias al repentino grito de Ali en su idioma natal, kalosian. La muchacha se llevó las manos a la cabeza, dándole la espalda a su amiga. Varios Pokémon voladores huyeron en cuanto escucharon el jaleo. Hona no comprendía muy bien qué decía a parte de palabras sueltas e insultos—. Vale, vale, no pasa nada. En las rutas siempre hay carteles señalando el camino, solo tenemos que encontrar uno. Además, tenemos teléfonos, podemos usar la ubicación. ¿Ves? No estamos perdidas.
—Te prometo que algún día de estos, yo te mato.
—Ya. Sueles decírmelo. Vamos a mirar el lado positivo; te flipa el senderismo, tómate la caminata como una más de tus escapadas. ¿Cuánto hace que no sales de Cerezo? ¿Un mes? ¿Dos? —Alissa se cruzó de brazos y alzó la cabeza en dirección al cielo, donde varias nubes de pequeño tamaño se acumulaban.
—Demasiado positivismo. Pero oye, creo que tienes razón. Podría enseñarte algo sobre las maratones más importantes de cada región, ¿te apetece correr durante veinte kilómetros y así practicas para la próxima media maratón?
—No, estás loca —respondió tajante, lo último que quería era sudar en exceso sin tener la posibilidad de darse una ducha hasta llegar al siguiente pueblo—. Pero si te hace mucha ilusión puedes correr todo lo que quieras, yo no te lo voy a impedir. Y ya que estás llévate a Eevee, que ha engordado un poco y tiene que perder peso —el Pokémon, al escuchar las palabras de su entrenadora, gruñó en desacuerdo.
—Qué dices, ¿estudiar en verano? No gracias.
Hona se encogió de hombros y comenzó a reír al mismo tiempo que Ali, aunque era consciente de que su mejor amiga acabaría mostrándole vídeos grabados en las distintas competiciones del Pokéathlon, probablemente incluso comentándolos a gritos. Aquella era su pasión, al fin y al cabo, además de practicar cualquier tipo de deporte. Y, por supuesto, Hona la escucharía atentamente, disfrutando de su compañía y su característica felicidad contagiosa.
Los cantos de los Pidgey poco a poco comenzaron a desvanecerse de entre las ramas de los árboles solo para ser sustituidos por los chillidos de los Zubat que revoloteaban en busca de presas fáciles. El cielo se tiñó de un cálido color anaranjado y los escasos restos de nubes pasajeras se convirtieron en simples manchurrones oscuros que de vez en cuando eran atravesados por polluelos de tipo volador.
Las muchachas no se percataron del paso del tiempo, se encontraban demasiado absortas en una conversación sobre el agujero donde se vieron atrapadas durante un año, en el cual, si abrías demasiado rápido las puertas de las habitaciones, se descolgaban, los profesores amargados que obligaron a clases de más de cuarenta alumnos a comprar sus libros recién publicados y obligatorios para aprobar la materia. Por supuesto tampoco se olvidaron comentar la cantidad de amistades que, contra todo pronóstico, consiguieron formar a lo largo del curso.
Al menos hasta que la voz estridente de un niño consiguió devolverlas a la realidad de un plumerazo:
—¡Hey, vosotras! —volvió a chilar el chiquillo, en esa ocasión apuntando una pokéball en dirección a ellas. Alissa frunció el ceño—. ¡Os reto a un combate!
—Oh, vaya, así que las rutas ya están llenas de criajos que juegan a ser entrenadores —masculló Ali malhumorada de tal forma que solo Hona pudo escucharla. Alissa odiaba que la interrumpieran en mitad de una conversación, casi tanto como que la ignoraran, Hona siempre aprovechaba ese detalle para sacarla de sus casillas cuando se aburría de estudiar.
—Cálmate, Ali, no vayas a arrancarle el cuello de un mordisco —comentó su mejor amiga—. Tiene pinta de que el viaje se alargará más de lo esperado —Eevee trepó al hombro de su entrenadora y asintió, sus ojillos marrones estaban cargados de emoción.
—¡Oye, no me ignoréis! —exclamó el niño impacientándose—. ¿¡Quién va a luchar contra el mejor entrenador del mundo!? ¡Soy el joven Chano, recordad mi nombre!
—¡Yo misma! —gritó Alissa dando unos pasos al frente—. ¡Te vas a enterar de lo que vale un peine, chaval! ¡Vamos, Furfrou, hay que darlo todo!
Furfrou soltó un ladrido a modo de respuesta antes de lanzarse al improvisado campo de batalla. El sol del atardecer conseguía arrancar preciosos destellos de su pelaje negro y sedoso, otorgándola de un porte regio además de imponente. A pesar de la escena, Furfrou se encontraba agarrotada, incluso algo oxidada en los combates, porque las únicas batallas en las que participó durante los últimos meses fueron en algunas peleas carentes de sentido entre ella e Eevee, sin embargo, parecía dispuesta a exponer todas sus habilidades como si de un escenario se tratase.
—¡Wow! ¿¡Es shiny!? ¡Genial, no podemos quedarnos atrás, adelante compañero!
Y sin decir nada más, el niño lanzó la pokéball roja y blanca al aire, el característico "click" de la bola abriéndose fue lo único capaz de romper el silencio formado entre los entrenadores. Hona no tardó en percibir la tensión acumulándose en Ali mientras la explosión de luz que manó del interior del objeto ocultaba al Pokémon de su interior de la vista de las chicas.
—Todo va a salir bien, Ali, tranquila —le susurró, pero sus palabras no alcanzaron a su mejor amiga. Un ratón de pelaje morado aterrizó en el suelo poco después, sus ojos rojizos clavados directamente en Furfrou mientras lanzaba dentelladas al aire mediante unos poderosos colmillos frontales a modo de advertencia. Ni Furfrou ni Ali reaccionaron. Eevee, por el contrario, gruñó decepcionado—. En otro momento será, Eevee, seguramente vas a tener muchas oportunidades de combatir —el zorro se revolvió y giró la cabeza—. ¿En serio te has indignado por esta tontería? Venga, Eevee, acéptalo ya, no vas a volver a verlo nunca más, ¿cómo planeas retarlo a una batalla? —en esa ocasión, Eevee dejó caer las orejas en un suspiro largo—. Lo siento mucho, colega.
—No perdamos más tiempo, amiga, ¡usa placaje!
La orden de Ali fue respondida al instante, su Pokémon se impulsó con las patas de atrás para arrojarse contra el Rattata a toda velocidad. El diminuto ratón no tuvo tiempo de reacción, rodó por el suelo un par de metros, levantando una nube de polvo que lo hizo toser varias veces. Aquel golpe hizo daño, sin duda, aunque no lo suficiente como para mandarlo fuera de combate, pues el roedor se levantó de un salto.
—¿Todo bien, Rattata? —preguntó el niño preocupado. Rattata asintió—. Muy bien, ¡pues entonces usa látigo!
—¡Placaje otra vez!
Furfrou corrió en dirección al rival, dispuesta a embestirlo de nuevo y acabar lo más rápido posible, pero Rattata se las apañó para esquivarlo mediante una finta que lo colocó a sus espaldas. El movimiento acertó de lleno, disminuyendo las defensas de Furfrou drásticamente.
Ambos Pokémon aterrizaron el otro frente al otro, frunciendo el ceño y gruñendo en un intento de intimidarse el uno al otro, antes de separarse en un salto hacia atrás. Furfrou se sacudió en repetidas ocasiones, llegando incluso a rascarse las orejas, incómoda por la sensación que suponía la caída de estadísticas. Rattata y Chano apenas prestaban atención a su alrededor, estaban demasiado ocupados canturreando una canción horrible sobre cómo eran los mejores entrenadores de todo el mundo.
Hona desvió la atención del combate hacia Alissa. A pesar de que Furfrou no había recibido daño, Ali no dejaba de morderse las uñas, incapaz de controlarse en su torrente de pensamientos. La chica sintió cómo se le revolvía el estómago, deseaba poder aconsejar a su mejor amiga, sin embargo, eso se consideraba trampas y no precisamente de las leves.
—¡Ataque arena! —ordenó la joven kalosian.
—¡Esquívalo!
El roedor no consiguió evitar la arena que Furfrou le lanzó directamente a los ojos en un elegante barrido de cola, no se encontraba atento y esa falta de atención lo condujo a un escozor horrible. Rattata sacudió la cabeza de un lado a otro mientras se frotaba y lloriqueaba de dolor.
—¡No, compañero!
—¡Vamos a aprovechar la oportunidad, Furfrou, placaje!
El movimiento volvió a lanzar al suelo a Rattata, cubriendo su pelaje de una mezcla de polvo, arena y ramitas de hierbajos secos.
—¿¡Estás bien, colega!? —Gritó el niño en apenas un hilo de voz. Parecía estar a punto de echar a correr en dirección a su amigo. Rattata, contra todo pronóstico, se incorporó una vez más entre tambaleos y quejidos—. ¿Seguro que puedes continuar? —Rattata asintió, todavía dispuesto a enorgullecer al joven—. De acuerdo entonces. ¡Placaje!
Rattata corrió hacia Furfrou con la boca abierta, la brutalidad de sus dentelladas al aire denotaba ciertos deseos por atravesar la piel de la perra usando solo los colmillos, afortunadamente se limitó a abalanzarse sobre ella, devolviéndole de una vez por todas los constantes revolcones. Hona apretó los dientes, ese golpe había hecho mucho daño, a duras penas logró morderse la lengua. Inconscientemente, comenzó a rezar porque algún legendario benevolente ayudara a su mejor amiga a permanecer tranquila.
—Vale, vale… con calma. Lo tengo todo controlado. Todo. ¡Ataque arena!
Esa última decisión consiguió tensar a Hona, si Furfrou fallaba, el combate estaba decidido. El Pokémon de pelaje oscuro se levantó haciendo acopio de sus escasas fuerzas, Furfrou se convirtió en un blanco fácil al que el niño podría haber derribado de otro movimiento, pero otra vez se encontraba celebrando la inminente victoria.
Chano y Rattata gritaron de terror después de que Furfrou apareciera de repente, lanzándole un furioso chorro de arena a la cara, cegando al roedor una segunda vez.
—¡No puede ser! —exclamó el joven entrenador. Eevee comenzó a aullar, mandando ánimos desde el hombro de Hona.
—¡Vamos, Ali! ¡Enséñales quién manda, Furfrou! —Exclamó la chica de cabello rizado, incapaz de contenerse ni un segundo más.
—No vendas la piel del Ursaring antes de cazarlo, niño. ¡Furfrou, acábalo con un placaje!
Furfrou ladró, henchida de orgullo debido a los ánimos de sus amigos. Corrió a la máxima velocidad que sus debilitadas patas le permitieron y se lanzó contra Rattata. El ratón no consiguió esquivarlo a tiempo, por lo que salió volando en dirección al tronco de un árbol cercano.
El ratón se curvó de forma grotesca en cuanto impactó contra él. El chillido agónico que emitió antes de caer entre los matorrales consiguió paralizar a Hona durante unos instantes.
Hona y Chano corrieron hacia Rattata en cuanto salieron del trance momentáneo, el niño gritando por su amigo y ella preparando las pociones y vendas que siempre llevaba en la mochila por si Eevee decidía meterse en un lío.
Chano levantó entre sus brazos cubiertos de tiritas a Rattata, susurrándole palabras de ánimo que se transformaban en sollozos indescifrables. Docenas de lágrimas se deslizaban a lo largo de sus mejillas hasta aterrizar en el pelaje sucio del roedor, además, varios mocos le caían de la nariz.
—Vale, cálmate —le susurró Hona en un tono tranquilo, lo último que quería era asustarlo. Había que mantener la calma, eso fue lo que le enseñaron en las prácticas—. Voy a ayudarlo, ¿de acuerdo?
—¿De veras? —lloró Chano.
—Sí, no te preocupes. Respira profundamente. Y expira. Eso es —Hona comenzó a palpar a Rattata con delicadeza, luego, sacó una botella morada de la mochila para rociar al roedor con el brebaje de su interior—. No parece tener nada roto. Pero le he dado una poción, ¿vale? Ahora quiero que lo metas en su pokéball y lo lleves todo lo rápido que puedas a un centro Pokémon. Solo para asegurarnos.
—¡Muchas gracias! —se quejó el niño una vez más en cuanto metió a Rattata en su pokéball, a salvo de cualquier mal. Hona separó los labios, dispuesta a decir que no perdiera el tiempo, sin embargo, el chico se lanzó a sus brazos, abrazándola con fuerza.
Hona se revolvió en un intento de demostrar su incomodidad en esa situación, pero el chiquillo no cedía, ni siquiera cuando ella trataba de empujarlo suavemente.
—Vete ya. No pierdas más tiempo —dijo, su voz cargada de seriedad ajena para Chano.
—Sí. Mu-muchas gracias.
Y finalmente el joven se marchó corriendo en dirección a ciudad Cerezo, dejando solas de nuevo a las dos amigas.
Hona se incorporó lentamente, sacudiéndose el polvo de las rodillas y ahí donde el niño la había abrazado, solo para encontrarse a Alissa y Furfrou inmóviles en el campo de batalla.
Alissa se encontraba sentada en el suelo, tan pálida que sus pecas parecían manchas de polvo esparcidas a lo largo de su rostro. La joven no dejaba de hiperventilar, desesperada por una bocanada de oxígeno que le permitiera hablar con normalidad y no mediante tartamudeos indescifrables.
—Vale, vale, tómatelo con calma… —susurró la chica en un tono tranquilo a pesar de estar profundamente preocupada, consciente de que lo peor era trasmitir miedo o nerviosismo—. Escúchame, ¿vale? Concéntrate en mi voz —Hona se sentó frente a ella, asegurándose de que ningún curioso se acercaría a meter las narices, afortunadamente, no había nadie a los alrededores, ni siquiera Pokémon—. Quiero que cuentes hasta diez conmigo. Poco a poco. Tienes que respirar. ¿Te puedo coger de las manos? —Ali asintió numerosas veces—. Bien. Venga, ahora cuenta conmigo. 1… 2… 3…4… 5…. 6… 7… 8… Lo estás haciendo muy bien, sigue así… 9… 10.
Cuando ambas muchachas dejaron de recitar los números al unísono, Alissa al fin consiguió estabilizar su respiración. Todavía lo hacía de manera entrecortada, las lágrimas continuaban brotándole de los ojos ahora enrojecidos por el llano, sin embargo, Hona no la soltó, continuó sosteniéndola por las manos mientras las acariciaba con el pulgar. La chica de cabello rizado suspiró aliviada, Ali era propensa a sufrir ataques de ansiedad graves, afortunadamente, Hona había conseguido calmarla antes de que la situación fuese a más.
—No pasa nada, Ali. Rattata está bien, va a recuperarse. Nada de esto es tu culpa.
—¡Claro que es mi culpa! —sollozó la muchacha. Hona continuó tranquila, permitiendo que se desahogara cuanto quisiera—. S-si no hubiera aceptado es-ese combate ahora mismo estaría bien, no de camino al centro Pokémon.
—Céntrate en mi voz, Ali. Esto no es culpa tuya, los Pokémon siempre acaban heridos en los combates. Lo sabes.
—Podría haberlo ma-
—No —intervino Hona, consciente de lo que iría después—. Eso no iba a ocurrir. Tampoco volverá a hacerlo. Además, Furfrou es muy enclenque, ¿no lo ves? —el Pokémon ladró en desacuerdo, logrando sacar una sonrisa a Ali—. Rattata estará bien, te lo prometo. Mañana estará buscando pelea con otros entrenadores. Los rattata se curan muy rápido, son unos cabrones indestructibles.
—Menos mal que llevamos a una enfermera de Pokémon y personas, ¿eh? —replicó Ali mucho más tranquila.
—Que va, tampoco es para tanto. Mira, vamos a hacer esto, ¿qué te parece? Voy a
preparar el campamento aquí, que se nos va a echar la noche encima.
—Te ayudo.
—No, no hace falta. Quiero que levantes los brazos sobre la cabeza hasta que yo te diga, de mientras puedes ir contándome algo sobre el Pokéathlon, ¿hay trato? —Ali asintió—. Bien, soy toda oídos, empieza cuando quieras.
