El calor fue lo suficientemente agobiante como para despertar a Hona.
La muchacha trató de revolverse y buscar el frescor de la sombra de los árboles, sin embargo, sentía un peso en el estómago que le impedía moverse. Malhumorada se cubrió el rostro con los brazos.
—Eevee —dijo con la voz ronca. El Pokémon no contestó—. Eevee, hace mucho calor, quítate.
Intentó apartarlo, colocarlo sobre el saco de dormir que los aislaba del suelo humedecido por el rocío, pero su compañero se limitó a suspirar y clavar las garras en la camiseta de pijama mientras sonreía.
Hona bufó.
—Eres un trozo de mierda, ¿lo sabes? —Eevee ladró feliz—. No era un halago.
Resignada, estiró la mano hacia la mochila, rebuscando entre sus pertenencias el teléfono móvil. Cuando la pantalla agrietada se iluminó, Hona no pudo evitar soltar un quejido. Los ojos le ardieron por la repentina bomba de luz, afortunadamente no de forma literal. El móvil estalló en notificaciones, la gran mayoría de su hermano que decidió ignorar y no contestar hasta pasadas unas horas. Poco a poco, los números borrosos fueron adquiriendo formas nítidas y perfiladas, Hona frunció el ceño al ver la hora marcada en la pantalla: ocho menos diez de la mañana.
—Mierda. Ali, levántate ya si no quieres estar andando con el sol de media mañana y sin sombra.
El camino hacia Malva no fue demasiado largo, apenas un par de horas a través de campos salpicados de rocío que se extendían hasta el horizonte. Los Pokémon comenzaban a salir de sus madrigueras en busca de algún campista lo suficientemente torpe al que robar el desayuno, las aves piaban alegremente antes de alzar el vuelo a un cielo limpio de nubes. De vez en cuando las amigas se cruzaban con grupos de excursionistas que, como ellas, no quisieron arriesgarse a avanzar durante la noche y prepararon un pequeño campamento. Afortunadamente para Ali, ninguno quiso pelear.
—¿¡Es que aquí no hay ningún lugar en el que bañarse!? —exclamó Ali esquivando las farolas esparcidas a lo largo de la calle, empapada en sudor pegajoso.
Ciudad Malva era muy diferente a Cerezo, los habitantes caminaban a lo largo de las carreteras empedradas sin miedo a los coches, pues no pasaba ni uno solo. Los comerciantes de los puestos ambulantes ofrecían sus mercancías con voces agradables, desde preciosas prendas confeccionadas a mano, hasta rústicos muñecos de madera equipados con ruedines y cuerdas para que los niños tiraran de ellos. Obviamente Hona compró un par, dos figuras de Ponyta, una para ella y otra para Asier. Enormes naranjos crecían a los lados de las aceras, dibujando patrones sobre el suelo gracias a sus hojas verdes y ofreciendo una sombra que invitaba a sentarse para disfrutar de las jugosas frutas. Todos los edificios eran distintos, tan solo similares en las tejas moradas que brillaban bajo los implacables rayos del sol. Pequeños jardines a rebosar de vida los separaba, varios de ellos incluso tenían Hona pudo ver huertos urbanos repletos de verduras.
Una ligera sensación de envidia la invadía cada vez que los veía y recordaba el fracaso estrepitoso que fue el huerto que intentó cuidar junto a sus amigos cuando aún estudiaba en Trigal. Las plantas nunca se le dieron bien, ni a ella, ni al resto del grupo, ¿cuántos cactus había matado de sed? No tenía ni idea.
—¡No es como ir a un bar solo al baño, los bares no tienen ducha!
—¿Y el gimnasio? —preguntó Hona utilizando un tono demasiado tranquilo. El rostro de Ali quedó completamente serio.
—Sigue.
—Se supone que aquí hay un par de gimnasios más, aparte del gimnasio Pokémon —la chica de cabello rosado asintió—. Podemos pagar los cinco Poké que cuesta la entrada de un día y ducharnos. Bueno, si quieres puedes entrenar un poco.
—No te lo crees ni tú. Ahora mismo tengo la espalda como la de una mujer de ochenta años solo por haber dormido en el suelo.
—Menos mal que tú eras la deportista del grupo, Ali— respondió con una sonrisa burlesca. Alissa se cruzó de brazos.
—Qué graciosa eres, yo al menos no me fumaba dos paquetes de cigarros al día como Enzo y tú, ¿sabes?
—Vaya, menudo ataque más gratuito y sin elle delante. Eso está muy feo por tu parte, ahora mismo voy a escribirle lo que le has dicho —dijo sacando lentamente el teléfono de los pantalones. Alissa puso los ojos en blanco.
—Lo que sea. De todos modos, quería ir a la Torre Bellsprout.
Hona dejó de teclear, incluso Eevee apartó la mirada de la pantalla. La Torre Bellsprout era un lugar de meditación en el que numerosos monjes se reunían a diario para entrenarse. Turistas de todos los rincones de la región acudían intrigados por la historia del Bellsprout gigante cuyo tronco sirvió como pilar para la construcción del templo. Los cazafantasmas también solían dejarse ver, atraídos por las leyendas que narraban cómo la torre estaba embrujada. En cualquier caso, la Torre Bellsprout se consideraba un templo sagrado en cuyas paredes residía una fuente de conocimiento y paz casi infinita. Totalmente lo contrario a Ali.
—¿Qué se te ha perdido allí? ¿Es que ahora te interesa la meditación? ¿Quieres encontrar paz interior? —hizo una pausa, la sonrisa aumentó de tamaño—. ¿O quieres pedir perdón a Arceus por todas las noches de fiestas en las que casi te tiras en botellas rotas por culpa del vodka?
—Hazme un favor y no me dejes volver a comprar alcohol de esa tienda.
—Ya lo he intentado.
—¿Ah, sí? —Hona asintió—. ¿Cuándo?
—Todas las veces que salíamos, pero siempre nos dabas dos opciones: comprar la botella más barata o tirarte al mar en pleno invierno.
Alissa arqueó una ceja, su rostro era la viva imagen de la confusión.
—Estabas muy borracha, seguro que no te acuerdas, pero como nosotros somos unos amigos tan buenos, te comprábamos la botella, ¿y si pillabas hipotermia?
—Hona, que nos vamos del tema. Vamos a concretar un plan, ¿qué te parece?
—Vale, sí, lo siento.
—Bien, es simple: vamos al gimnasio, nos damos un baño porque las dos olemos a muerto… ¿qué hora es?
—Doce de la mañana —respondió sin mirar al móvil.
—De acuerdo, pues cuando salgamos del gimnasio podemos ir a la torre cagando leches, hablar con Anselmo y luego comer.
—¿Qué te parece si salimos a media tarde? Mucha gente se reúne por las noches en el Parque Nacional, de hecho, creo que ya han instalado el cine al aire libre, aquello tiene que estar a rebosar. Hoy mismo podríamos llegar a Trigal.
—Sí, suena bien. Hagamos eso entonces. ¡Pero por Arceus, vamos de una vez a ducharnos!
Soltó un largo suspiro, los pies la estaban matando, tan solo quería comer y dormir bajo la sombra de un árbol durante horas, pero el viaje debía continuar. Se ajustó la mochila a la espalda, los llaveros que colgaban de ella tintinearon con alegría, incluso Eevee aulló exuberante de energía. La muchacha bufó, envidiándolo, hasta que se percató de que su compañero estaba así de fresco porque no se había levantado de sus hombros en todo el viaje.
—Eevee, te estas poniendo muy gordo, recuérdame que te ponga a dieta cuando volvamos a casa.
Hona se quedó sin palabras en cuanto se detuvieron a la entrada de la Torre Bellsprout. El edificio, mucho más grande de lo que había pensado en un inicio, se alzaba imponente sobre un pedazo de tierra ubicado en el centro del lago de aguas cristalinas. Dos puentes de piedra lisa, que durante las noches se iluminaban mediante farolillos ahora apagados, conectaban la ciudad con el templo, donde docenas de turistas y jóvenes aspirantes a la liga se amontonaban para tomar fotos o charlar de sus experiencias. Varios monjes se encontraban a la orilla alimentando felizmente a los Magikarp, ajenos al caos del mundo.
—¿De verdad crees que la leyenda del Bellsprout gigante es cierta? —preguntó la muchacha hipnotizada por los hermosos reflejos plateados de la superficie del agua. Ali, que avanzaba frente a ella, se giró sin detenerse.
—¿A qué te refieres?
—Ya sabes, la que dice que la torre usó como cimientos el cuerpo de un Bellsprout que medía treinta metros —Eevee saltó de sus hombros y cayó en el pasamanos del puente, junto a Furfrou. Ambos se saludaron con un rápido movimiento de cola.
—Ah, esa. Pues no lo sé, sinceramente. ¿Tú crees en todas las leyendas que se forman alrededor de los legendarios?
Durante unos segundos Hona se tensó, el oxígeno se le quedó atascado en los pulmones y su corazón latió desbocado. Sacudió la cabeza, permitiendo que los rizos se agitaran en el aire, librándose al fin de ese malestar.
—Pero piénsalo, si fuera real, los constructores habrían tenido que trabajar con el cadáver de un Pokémon, toda la ciudad olería a muerto… Literalmente.
—Hona, qué asco.
—¡Alguien tendría que haber atravesado el cuerpo del Bellsprout con tabiques de madera!
—¿En qué momento decidí que quería ser tu amiga?
—Ya sabes que soy irresistible.
—Ajá.
El interior del templo era aún más místico que el exterior. Dos enormes esculturas de Bellsprout talladas en madera se encargaban de recibir a los visitantes y seguirlos gracias a sus ojos vacíos y sin vida. A pesar de su antigüedad, los monjes se aseguraron de mantenerlas en perfecto estado. Pequeñas antorchas se esparcían a lo largo de las paredes, otorgándole una atmósfera fantasmagórica que, sin duda, fue el origen de todas las historias de fantasmas que rodeaban el lugar. Hona no tardó en ver a varias personas pululando a lo largo de la primera planta, en su gran mayoría monjes, aunque también diferenció a un par de Rattatas y Hoothoot. Aun así, lo que realmente consiguió asombrarla fue el pilar que se alzaba imponente en medio del edificio, tambaleándose al ritmo de una sinfonía que nadie, ni siquiera los Pokémon, alcanzaban a escuchar. Cada vez que crujía, la muchacha se tensaba ante el terrible pensamiento de que el edificio entero se derrumbase de un segundo a otro.
—¿En qué puedo ayudaros, jóvenes?
Ambas muchachas gritaron de terror en cuanto escucharon la voz de un hombre demasiado cerca de ellas. El susto fue tal que por poco caían al suelo. El recién llegado estalló en carcajadas.
Se trataba de un simple monje de ojos amables y sonrisa cálida. Sus ropajes de un tono azul oscuro se mostraban impecables, aunque reflejaban los años de uso a la perfección.
—¡No hagas eso! —siseó Ali apretando los dientes. Varias lágrimas se deslizaron a lo largo del rostro arrugado del anciano.
—Lo lamento mucho, niña, pero es que a estos huesos viejos les sigue fascinando asustar a los visitantes. Díganme, ¿qué desean? ¿Han venido para afrontar el reto del líder del gimnasio?
—No, no —respondió Ali lanzándole un rápido vistazo a su amiga—. Queremos… —se aclaró la garganta, consiguiendo un tono firme—. Necesito hablar con el Señor Anselmo, por favor. Es urgente.
Un silencio tenso se formó entre los tres, los crujidos del pilar se detuvieron por completo, e incluso el agradable sonido de las patitas de los Pokémon chocando contra el suelo dejó de hacer eco. Hona tragó, no podía apartar la mirada del rostro completamente transformado del monje, demasiado serio y estricto para su gusto, temió que se negaría en rotundo.
—De acuerdo, te llevaré ante él, pero debes dejar aquí a tus Pokémon.
—¿Puedo preguntar por qué? —preguntó Ali, su voz temblando como gelatina.
—Porque sois visitantes y en los siguientes pisos encontraremos entrenadores que no dudarán en retarte, pensarán que formas parte del reto del gimnasio.
—¿Y qué hay de los Pokémon salvajes? —intervino Hona, un escalofrío le recorrió la espalda cuando el anciano posó sus ojos lechosos en ella.
—Están enseñados, si ven a alguien sin Pokémon, no atacarán. ¿Tú también nos quieres acompañar?
—No —se apresuró a contestar Ali—. Ella no puede venir.
Quedó paralizada, aquella era la primera vez que veía a su amiga actuando así. A Ali jamás le había gustado la idea de hacer las cosas sola, si necesitaba ir a comprar, a sacar a Furfrou, o a la universidad, alguien siempre la acompañaba. No, todo eso no era cosa de Ali, sino de la propia Hona.
—¿Qué? ¿Por qué? —no tardó en darse cuenta del leve temblor que sacudía las manos finas de la chica—. ¿Es por lo que pasó ayer? Eso no fue tu culpa, seguro que el Rattata está bien.
—No, no es por eso —titubeó—. Quédate aquí con Furfrou, por favor. No tardaré mucho.
—Pero-
—Por aquí, por favor —el monje la interrumpió, el eco de sus pasos logró escucharse en toda la planta mientras que, lentamente, se iba internando en las sombras.
Ali se mantuvo estática durante unos segundos en los que Hona rogó internamente porque se quedara junto a ella y no subiera por esas escaleras de madera, una boca en el techo que se dedicaba a engullir a las personas de un solo bocado. Algo no iba bien, lo sabía. Las dos lo sabían. Al igual que Hona sabía que Ali le escondía información a propósito.
Trató de estirar la mano y agarrarla por los brazos para sacarla a rastras de ese agujero, pero antes de que su cuerpo reaccionara a las órdenes de su mente, Alissa ya se estaba alejando. Furfrou ladró, su pelaje negro como el carbón se encontraba erizado, incluso Eevee se mostraba tenso.
Ninguno fue capaz de evitar que Alissa se adentrara en la oscuridad.
Cuando Alissa salió del interior del templo, los rayos del sol habían teñido de naranja el cielo previamente azulado. Hona descansaba en uno de los bancos de piedra cercanos al lago, observando a los Magikarp juguetear entre las algas que crecían en el fondo del estanque, de las que arrancaban pedacitos y se los ofrecían a Eevee y Furfrou. Los monjes abandonaron la Torre hacía horas, y los turistas se habían retirado a la ciudad en busca de fiesta.
Hona corrió hacia ella en cuanto la vio caminando muy lento en su dirección, trastabillando a cada paso que daba. Los Pokémon la siguieron de cerca. Su corazón se detuvo al instante, Alissa estaba totalmente pálida, sus ojos verdosos no reflejaban ninguna clase de emoción salvo pura confusión.
—¡Ali! —gritó la joven estrechándola entre sus brazos—. ¿¡Qué ha pasado!?
—Estoy bien —respondió en un susurro.
—¿¡Esa gente te ha hecho algo!?
—No, no es eso. Solo hemos… hablado.
—¿Me lo quieres contar, o prefieres no hacerlo?
Ali se mantuvo unos instantes en silencio, sumida en un torbellino de ideas y pensamientos que Hona sabía que era incapaz de poner en orden, la conocía demasiado bien.
—Hona —dijo finalmente, seleccionando meticulosamente las palabras que brotaban de su boca—, ¿sabías que en algún momento de la historia, el tiempo se detuvo durante milenios?
