Hona no supo cómo reaccionar ante la historia de Ali. Era demasiado inverosímil, ¿el mundo entero paralizándose por el derrumbamiento de una torre? ¿Un humano y un Pokémon viajando al pasado para evitarlo? ¿Un cambio tan grande en la historia que logró hacer desaparecer un futuro sumido en la oscuridad absoluta? La muchacha enterró los dedos en su cabello rizado, mientras una mueca de desacuerdo se dibujaba en su rostro pecoso.
—No puedo creerte, Ali —se atrevió a decir finalmente con voz temblorosa. Sus ojos castaños no conseguían mantenerse estáticos durante más de dos segundos mientras voces e imágenes distorsionadas despertaban en su mente. Alissa, por su parte, frunció el ceño—. No te enfades conmigo, ¿cómo pretendes que me lo crea? ¡De haber sido verdad, habría algún tipo de registro! Joder, Ali, que se detenga el tiempo no es algo que pase todos los días como para que la gente lo olvide así que porque sí. Parece un-
—¡Ni se te ocurra decirlo! —exclamó su amiga llamando la atención de los últimos turistas que caminaban hacia la ciudad bañada por los últimos rayos del sol. Hona se cruzó de brazos—. ¡Ya sé que parece un cuento de viejas! ¡También sé que no tiene sentido que nadie sepa de ello, pero es completamente cierto!
—Vamos a ver, ¿quién te ha dicho eso? ¿El viejo?
—¡Sí! Y además de… —Alissa sacudió la cabeza, zarandeando sus mechones rosados.
—¿Además de…? —insistió Hona cruzándose de brazos.
—¡No puedo decirlo, Hona, no me fastidies!
—¡Ah, ahora soy yo la que está fastidiando! Vale, vale, ¿y me puedes explicar por qué nadie sabe de eso salvo el viejo y esa persona misteriosa de la que no puedes hablarme? ¿O me vas a decir una disparatada como que los legendarios hicieron borrón y cuenta nueva en las mentes de Pokémon y humanos?
Una atmósfera extraña se formó alrededor de ambas. Los Magikarp y Goldeen desaparecieron sin dejar rastro, e incluso el lago parecía haber acallado su murmullo eterno ante aquella sensación. Eevee lanzó un gruñido al aire, Furfrou, por su lado, buscó cobijo debajo del banco de piedra en el que las amigas aún continuaban sentadas.
Hona apretó los puños, un escalofrío le trepó a lo largo de la espalda. Se sentía… observada. Y no era por los ojos oliva de Ali, en cuyo reflejo podía ver el terror que inundaba a su amiga, no, sino por algo demasiado antiguo cuyas intenciones se escapaban a su comprensión. La chica torció los labios en una sonrisa demasiado forzada.
—Ali, tía, tienes que dejar de ver el canal de Pokéhistoria de madrugada, que pareces una zumbada con tantas teorías conspiranoicas. Anda, venga, vamos a buscar un sitio para pasar la noche que se nos hace tarde y ni de coña quiero andar por el Parque Nacional a estas horas.
No necesitó una respuesta por parte de la otra joven, en cuanto la última palabra abandonó su boca, sostuvo a Ali por el brazo y la obligó a ponerse en pie, arrastrándola lejos del frío repentino que se apoderó de esa zona. Hona lanzó un último vistazo atrás, esperando encontrarse con la criatura gigantesca y borrosa de la que aún tenía recuerdos, pero ahí no había nada, solo una torre solitaria en medio de un lago a rebosar de peces asustadizos y un banco de piedra cuyas patas fueron devoradas por el moho.
Mejor así, pensó antes de adentrarse en las calles de la ciudad.
Cuando las dos muchachas al fin entraron a la habitación del hotel de carretera, la luna se alzaba imponente sobre un cielo negro carente de estrellas. Al contrario de las grandes metrópolis como Cerezo o Trigal, Malva se había sumido en un silencio pacífico, libre de los aullidos de los borrachos o la música de las salas de fiesta, de los rugidos ensordecedores de los motores de los coches cuando aceleraban en unas calles libres de peatones, creyéndose los reyes del mundo, mientras que los Pokémon nocturnos salían de sus escondites en busca de una buena cena.
El cuarto no era demasiado espacioso, lo justo como para poder meter dos camas diminutas y un armario adherido a la pared, dejando un pasillo muy estrecho por el que no cabían dos personas a la vez. Una triste bombilla de luz amarilla pendía de un cable demasiado largo que se balanceaba de un lado a otro al sol de las corrientes de viento procedentes de la única ventana mal aislada. Las paredes grises no hacían un gran favor a la sensación de espacio, estaban descascarilladas y agujereadas, varias de ellas aún tenían restos de lo que Hona supuso que era chicle y dibujos de los hijos de huéspedes anteriores. La muchacha dejó escapar un largo resoplido antes de cerrar de un portazo y echar la llave.
—Vaya agujero al que hemos venido a parar —se quejó Ali tirándose sobre una cama junto a Furfrou.
—Ni se te ocurra quejarte —le recriminó Hona soltando la mochila en un sillón de una sola plaza que parecía sacado de los sesenta—. Es lo más barato que hemos podido encontrar porque cierta señorita se ha pasado horas hablando con un viejo sobre conspiraciones sin sentido y entre inciensos.
—¡Ah, ahora es mi culpa!
Hona alzó los brazos al aire.
—¡Pues claro, el plan era llegar a Trigal hoy, o al menos quedarse cerca!
—¡Es que no lo entiendes! —gritó Alissa cubriéndose los ojos con el brazo.
—¡Claro que no lo entiendo, te niegas a explicármelo!
—¡No puedo explicártelo, en serio, deja de preguntar de una vez!
Respiró profundamente, tratando de ignorar ese impulso que la instigaba a abalanzarse sobre la cabezona de su amiga. Sabía que algo no iba bien desde que se encontró a Ali mirando a la nada en la cocina, sin embargo, los recientes sucesos de la Torre Bellsprout había reforzado sus sospechas, y más tras aquella inquietante experiencia en el lago.
—Ali, ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea —dijo en un tono de voz calmado. Esperó durante unos instantes a la respuesta de Alissa, pero ella no contestó—. No voy a seguir insistiendo en el tema, aun así… ¿puedes decirme si tú estás bien?
—Sí, estoy bien.
—¿De verdad?
—Mira que eres pesada cuando quieres, ¿eh?
—¡Ah, ahora soy una pesada por preocuparme! —Hona alzó los brazos, poniendo una expresión de falsa ofensa—. Oye, no vamos a llegar a ningún lado discutiendo y de seguro nuestros vecinos estarán hasta las narices de nuestros gritos.
—Nuestros vecinos siempre están hasta las narices de nosotras —Ali se cruzó de brazos—. Da igual si es en un piso de alquiler o en un motel de mala muerte.
—Causamos sensación allá a dónde vayamos —la joven hizo un gesto con la mano derecha mientras la otra joven trataba de contener la risa—. El caso, que nos desviamos del tema. Mañana deberíamos salir a primera hora e ir corriendo al Parque Nacional, lo último que quiero es que a Asier se le crucen los cables y se largue sin avisar.
Alissa le restó importancia con un simple movimiento de cabeza.
—Seguramente no haga eso.
—Oh, yo no pondría la mano en el fuego, no sería la primera vez que lo hace.
Hona aún recordaba la vez en la que, en las vacaciones de fin de año, Asier se marchó de casa sin avisar, dejándola completamente sola durante varios días. Aquellas fechas siempre eran muy duras, ya no solo porque sus padres casi nunca se encontraban en casa por culpa del trabajo, sino porque los exámenes de la universidad de encontraban a la vuelta de la esquina, obligándola a encerrarse las veinticuatro horas del día en su habitación si es que quería aprobar con un mísero cinco. Él era el único contacto humano que tenía en esos tiempos de puro estrés y ansiedad, todavía seguía sin perdonarlo del todo.
—Ya, ya sé que es un adulto y puede hacer lo que le venga en real gana, es su vida al fin y al cabo. Pero no lo sé, nos ha hecho venir desde Cerezo por un capricho, qué menos que nos espere unas horas más.
—¿Qué vas a hacer si no nos espera? —se burló la joven de Kalos.
—Creo que romperle las piernas es un precio justo.
—Y ahí tenemos a la Hona agresiva. Cómo la había echado de menos.
—Calla, Ali, que nos estamos desviando otra vez del tema —se acomodó sobre el colchón—. ¿Te parece bien poner la alarma a las ocho? Así tendremos el suficiente tiempo para arreglarnos con calma, preparar las cosas y luego salir pitando al Parque Nacional. Creo que llegaremos a Trigal para las once o así, digo yo que para esa hora Asier ya estará despierto —Hona tosió, aclarándose la garganta—. Espero. Luego podemos ir de visita al piso viejo, los demás aún deberían estar por allí, ¿no?
—Sí, de hecho, los avisé de que íbamos para allá.
—Perfecto, perfecto.
—Oye, por cierto, ¿sabes que tenemos que cruzar por las Ruinas Alfa?
Hona se mantuvo en silencio, tratando de averiguar a qué se refería su amiga. Era obvio que iban a pasar frente a ellas, al fin y al cabo, se encontraban a escasos metros de la entrada al Parque Nacional, la ruta más rápida hacia la capital. Aunque, tras el extraño suceso de la Torre Bellsprout, lo último que quería era encontrarse cerca de un monumento erguido en honor a un Pokémon legendario considerado como el dios de dioses.
—Joder, Hona, de vez en cuando eres más densa que un ladrillo. Las Manos de Ark están allí, ¿es que ya no te acuerdas o qué?
—No es culpa mía que no esté al corriente de las noticias, sabes que mi vida hasta hace una semana consistía en despertarme a las cinco de la mañana y estudiar en la biblioteca hasta las doce de la noche. Pero sí, sé quiénes son.
Las Manos de Ark fue fundada hacía un año y nadie sabía absolutamente nada de ellos.
¿Su líder? Nunca había revelado su aspecto, siempre que aparecía en los medios distorsionaba la voz con un modulador junto a una imagen estática del Monte Corona, en Sinnoh.
¿Sus intenciones? Tampoco estaban del todo claras, pues decían que buscaban la creación de un mundo mejor llevando consigo la palabra de Arceus, hacían recolecciones de dinero para causas humanitarias, para replantar los incontables bosques que fueron talados durante la guerra de Kanto, para apoyar a los familiares y Pokémon de los afectados por desastres naturales, pero varios de sus miembros fueron encarcelados tras numerosos delitos, desde simple vandalismo hasta acusaciones de intento de secuestro. Jamás eran juzgados.
¿El cómo consiguieron asentarse en un lugar tan importante, ya no solo para la religión, sino para la historia del mundo? Tampoco se sabía, los rumores decían que Las Manos de Ark tenía contactos en el gobierno, o al menos en los altos cargos y por eso conseguían todo lo que querían.
Aun así, miles de personas a lo largo del planeta apoyaban al grupo con donativos, la televisión continuaba amplificando sus voces, la lista de Dedos, como ellos llamaban a los integrantes, se engrosaba cada día.
Cuando Asier se enteró de lo ocurrido, estalló. Un grupo de don nadies se había apoderado de unas ruinas esenciales para conocer la evolución humana a través de los milenios, incluso el mismísimo origen del mundo, ¿cómo no iba a estar furioso?
—Pues más nos vale pasar por ahí lo más rápido posible —continuó Alissa arropándose entre las sábanas—. Lo último que quiero es que nos arruinen el día con palabrerías sin sentido.
—¿Qué crees que es peor? ¿Una hora de esos payasos hablando de la palabra de Arceus o diez minutos del director de la universidad inflándose el ego con lo bien que funciona todo bajo su mando? —dijo con ironía. El bufido de su amiga se pudo escuchar por todo el pasillo.
—Pregunta complicada. A ver, tenemos que tener en cuenta un factor crucial: si nos podemos escaquear o no. Siempre nos saltamos las bienvenidas del primer día de clase, así que diría que los Dedos, son más pesados que un Miltank en brazos porque cuando intentas irte de ahí, empiezan a seguirte mientras hablan. Esos no se callarían ni debajo del agua.
Las muchachas rieron tan alto que sus Pokémon, quienes consiguieron conciliar el sueño minutos atrás, despertaron alarmados, adoptando una posición de ataque.
—Cálmate, fiera —Hona sostuvo a su compañero por los costados, elevándolo sobre el colchón. Eevee movió las patas traseras a gran velocidad, lanzando pequeños ladridos ofendidos—. Vale, vale, no hace falta que te pongas así, lo siento por haberte despertado. Anda, te dejo que te metas en las sábanas esta noche —la criaturita marrón aulló, sus ojos oscuros como la noche iluminados por una emoción imposible de contener, tanto, que mientras se acomodaba entre las mantas no podía dejar de mover la cola de un lado a otro—. En fin, creo que deberíamos dormir. Mañana nos espera un día demasiado largo.
—Y movidito —añadió Ali apagando la luz.
—Y que lo digas.
El camino hacia las Ruinas Alfa fue demasiado tenso. Aunque ninguna de las dos quisiera admitirlo, el pánico que les generaba la sola idea de toparse con un Dedo las hacía acelerar el paso de manera inconsciente. La noche anterior bromearon sobre el tema, sin embargo, no podían negar el miedo que sentían cuando se cruzaban en el camino de un miembro en Cerezo, al fin y al cabo, los rumores sobre sus acciones seguían estando muy presentes.
Afortunadamente, un grupo de unas veinte personas iban tras ellas, charlando casualmente sobre el trabajo o el clima. No estarían solas y tendrían más oportunidades de mantenerse alejadas de los Dedos.
Poco a poco, los restos de las ruinas comenzaron a volverse más y más frecuentes. Al principio se trataron de pequeñas columnas de piedra derruidas, pero no tardaron en convertirse en grandes edificaciones que perdieron sus colores hacía milenios con extraños acertijos que continuaban sin resolver. Las Ruinas Alfa parecían extenderse hasta el horizonte, indoblegables ante el paso del tiempo y el espacio.
Hona guardó las manos en los bolsillos de la chaqueta cuando un horrible escalofrío le trepó a lo largo de la espalda. Había visitado las Ruinas Alfa varias veces a lo largo de su vida, la primera vez cuando apenas se trataba de una niña de tres años, no recordaba demasiado, solo esa maldita voz que invadió su mente durante horas, incluso después de que su padre consiguiera rescatarla de semejante ataque, seguía sintiéndose acosada. En los siguientes viajes familiares, la voz no regresó, fue como si nunca hubiera existido, e internamente, rogaba porque en esa ocasión las cosas no cambiaran.
Sin embargo, no podía negar que algo sí cambió: la atmósfera. Algo en ella la inquietaba, se sentía demasiado opresiva, asfixiante, como si una presencia que no pertenecía a esa dimensión deambulara a lo largo de las calles vagamente empedradas de la antigua metrópolis. Los Unown salieron de sus escondites, curiosos ante las visitas diarias de los turistas y sin ningún ápice de vergüenza o timidez. Pero no se trataba de aquellos Pokémon, no, era algo mucho más poderoso y a la vez, familiar.
—Atención —susurró Ali tomándola del brazo, eso bastó para sacarla de sus pensamientos. Miró hacia abajo, Eevee y Furfrou caminaban junto a ellas, atentos a los alrededores, a juzgar por sus pelajes erizados, igual de nerviosos que ella—. Ahí vienen. No te separes, si caemos, caemos juntas.
La joven no tuvo oportunidad de reaccionar. Cuando alzó la cabeza, un desconocido se colocó frente a ellas, cortándoles el paso a la entrada del Parque Nacional. Hona apretó los dientes, tan cerca y a la vez tan lejos.
—Buenos días, jóvenes almas. Bienvenidas a las Ruinas Alfa, el origen del nuevo mundo.
—Lo siento, tenemos prisa —Alissa trató de esquivarlo, pero el hombre fue más rápido. Exageradamente rápido.
Ese fue el momento en el que Hona al fin decidió fijarse en su aspecto. Rubio. De ojos negros como el mismísimo carbón. Perfectamente afeitado. Vestía con una camisa blanca remetida bajo un pantalón vaquero. Extrañas marcas doradas caían a lo largo de sus hombros, formando un enorme símbolo del mismo color en la espalda, un círculo con cuatro puntas decoradas con un estampado de una gema verde. En el dedo anular llevaba un anillo de oro, resplandeciente e impecable, mostrando así su rango dentro de la orden de las Manos del Ark, un Anular.
—Por favor, escuchadme. Seré breve, pero debo extender la palabra del todopoderoso Arceus, solo así conseguiremos alcanzar la pureza del mundo.
—Que no, que no nos importa.
—Oh, por supuesto que debería importaros —una multitud de voces retumbaron en sus oídos, desde infantiles hasta ancianas, todas hablaban al unísono, todas con la misma entonación calmada.
Hona, con los nervios a flor de piel, miró de un lado a otro. Nadie le hablaba directamente a ella, el Anular continuaba atosigando a Ali con su palabrería inútil. Una sensación de familiaridad le erizó el vello de la nuca mientras un escalofrío le trepaba a lo largo de la espalda, activándole el instinto de supervivencia que tanto le había costado suprimir a lo largo de los años.
Un dolor de cabeza horrible comenzó a atosigarla, como si una presencia demasiado poderosa se hubiera abierto paso a través de su cerebro, dispuesta a hacer sopa de sesos con él. La voz era excesivamente alta, cada vez que hablaba, el sonido del mundo real quedaba suprimido, como si pasara a un segundo plano. La energía sobrenatural de ese ser le recorría hasta el último rincón del cuerpo, parecía retorcerle los órganos, acariciarle el corazón, aplastarle los pulmones. Su visión se emborronó durante unos instantes, logró recomponerse de milagro.
—Ha pasado mucho tiempo, Hona —dijo la criatura en una falsa ternura que le revolvió el estómago. Necesitaba escapar de ahí ya.
Tiró del brazo de Ali en un intento por arrastrarla lejos de las ruinas, pero de nuevo, el Anular se interpuso en su camino. Hona apretó los dientes, de no haber sido porque el creador del mundo le drenaba las fuerzas, no dudaría en partirle los dientes.
—¿Por qué tienes tanta prisa por marcharte, joven? —continuó la maraña de voces—. ¿Acaso no me has echado de menos? ¿No has estado pensando en lo que te dije la primera vez?
Hona no contestó y aunque quisiera, tampoco sabría cómo hacerlo sin parecer una desquiciada.
—Oh, fue una pena que él te alejara de mi influencia. Podría haberte contado tantas cosas sobre el mundo, advertirte de la podredumbre que lo corroe… —Arceus adoptó un tono más serio—. Pobre, pobre niña, completamente sola en una sociedad marchita, abandonada a su suerte por aquel que debía protegerte de los deseos más oscuros que habitan en los corazones de los humanos. Lo has tenido que experimentar en carne propia, ¿cierto? El rechazo de aquellos a los que consideras tus iguales por ser diferente, la avaricia, la sed de poder… —un pinchazo en el pecho la obligó a encogerse—. No intentes negarlo, niña, ¿acaso ya no recuerdas el miedo que aún se apodera de tu cuerpo cuando sales sola por la noche? ¿O las desafortunadas ideas que te cruzaban la mente en esas noches que no conseguías dormir por el pánico del día siguiente? ¿O la rabia que afloraba en tu alma cada vez que recibías la fatídica noticia de que uno de tus seres queridos había perecido bajo los asaltos de esos equipos que tratan de controlar a mis creaciones?
Los ojos de la joven no tardaron en llenarse de lágrimas que amenazaban con descender a lo largo de sus mejillas pecosas. La misma situación se repetía de nuevo; la conversación; las voces que ocultaban una rabia inmensa; los mareos; el dolor. La única diferencia se trataba de que, en esa ocasión, nadie acudiría en su rescate. Todavía recordaba con todo lujo de detalles el horrible malestar que la abordó de pequeña tras el primer encontronazo con Arceus. Vomitó durante semanas, cada vez que cerraba los ojos sufría horribles pesadillas sobre una guerra que no tendría fin, no quería volver a pasar por aquello.
—Pero todavía no es tarde, mi querida niña, no —continuó hablando el dios en un tono embaucador—. Únete a las Manos, forma parte de mí. Ayúdanos a purificar el mundo, a liberarlo de la corrupción que incluso se ha apoderado de mis creaciones. Solo así podrás ayudar realmente a quienes sufren en silencio. Solo así podrás liberarte del dolor que te pesa en el alma.
—¡Se acabó! —el grito de Ali fue suficiente como para regresarla a la realidad. La joven respiraba a gran velocidad y a sus pies, tirado en el suelo con una expresión de sorpresa en el rostro, se encontraba el Anular acariciándose una mejilla enrojecida—. ¡Eres un completo hijo de puta! ¡Ni se te ocurra volver a dirigirnos la palabra, saco de mierda!
Hona no necesitó preguntar qué ocurría, tampoco tuvo la oportunidad. En cuestión de segundos, Ali la arrastraba del brazo hacia la entrada de la ruta 32. No puso objeciones, aunque ese fuera el camino más largo, no quería pasar ni un segundo más en ese infierno.
