Después del incómodo suceso de las Ruinas Alfa el mundo parecía haber retornado a la calma absoluta. O al menos a la calma de las diez de la mañana. El puente de madera que atravesaba el lago crujía a cada paso que las muchachas daban, pero no cedía, ni siquiera cuando Eevee y Furfrou corrían a toda velocidad sobre él, amenazándose con tirarse el uno al otro a las aguas cristalinas seguramente heladas.

—¡Yo no pienso secarte como te caigas, Eevee! —gritó la muchacha después de que el Pokémon de pelaje castaño estuviera a punto de lanzarse de cabeza. Eevee ladró en respuesta, notablemente molesto—. Ya, ya sé que hace calor, pero yo no voy a ser la pobre desgraciada que te va a llevar en brazos estando empapado.

Eevee aulló de nuevo y se alejó junto a Furfrou, ignorando por completo la advertencia de su entrenadora. Hona apretó los puños, murmurando incontables maldiciones mientras Ali seguía riéndose de la situación.

—Siempre puedes meterlo en su Pokéball.

—Imposible —Hona negó, cruzándose de brazos—. El muy hijo de su madre estaría saliendo cada dos por tres con tal de tocar las narices.

Tenía razón, a pesar de que las herramientas de captura se fueron perfeccionando con el paso de los años seguían muy lejos de la perfección, los Pokémon continuaban entrando y saliendo de ellas a gusto. Si contener a un simple Eevee sin apenas experiencia en el combate ya era algo difícil, no quería ni imaginar el dolor de cabeza que debería ser contener a un tipo dragón como Garchomp.

Los siguientes minutos pasaron perezosos, cada vez que las jóvenes pasaban junto a un pescador se mantenían en silencio e intentaban molestar lo menos posible, lo último que querían era volver a tener un encontronazo con un hombre que apesta a pez muerto. Eevee no opinaba igual que ellas y prefería hacer todo el ruido posible. A lo lejos conseguía diferenciar las risas de un grupo de adolescentes que se zambullían en el agua una y otra vez, incluso forzando mucho la vista veía la figura de un Lapras flotando junto al grupo.

Trató de centrarse en lo que la rodeaba, en el murmullo del lago, en mantener vigilado a la bola de pelos, o en la conversación que mantenía con Ali, a la que sin darse cuenta respondía con monosílabos o gestos aleatorios. Pero cualquier intento caía en saco roto, sus pensamientos regresaban una y otra vez a la ¿voz? que la asaltó en las Ruinas Alfa. La furia de la criatura, oculta tras un velo de calma, seguía poniéndole los pelos de punta mientras las palabras continuaban retumbándole en los oídos: purificar el mundo. Aquella se trataba de una frase muy común entre los Dedos, sin embargo, escucharla de ese ser la aterrorizaba.

¿Y lo peor? Esa no fue la primera vez que la escuchó. No recordaba demasiados detalles, solo que ocurrió cuando era una niña, de aproximadamente tres años y en una zona oculta de las mismas ruinas. Le resultó tan terrorífico que tuvo pesadillas durante meses. Años después seguía echándose a temblar.

Hona sacudió la cabeza y tratando de alejarse de esos pensamientos, centró la mirada en la superficie del agua… El agua. La muchacha tragó, los nervios comenzaban a apoderarse de todo su cuerpo, la mente le gritaba que echara a correr junto a Ali, sin embargo, no conseguía apartar los ojos de la superficie que comenzaba a mostrar las formas desfiguradas de enormes edificios y árboles negros retorcidos de manera grotesca en plataformas irregulares que permanecerían suspendidas eternamente sobre un vacío infinito. Un escalofrío le recorrió la espalda, erizándole el vello de la nuca mientras la ruta se sumía en un silencio incómodo.

Como en la otra ocasión, los Pokémon fueron los únicos que parecieron percatarse de la presencia del otro mundo. Los Magikarp huyeron, los Pidgey volaron lejos a toda velocidad, incluso el Lapras de los chicos parecía agitarse a lo lejos a juzgar por las voces confundidas de los jóvenes.

La desconfianza se apoderó de su cuerpo. De un momento a otro se encontraba corriendo a lo largo del puente de madera, sosteniendo a Ali de la muñeca tirando de ella con tal de que no se detuviera. Su amiga le gritaba qué ocurría, Hona no alcanzaba a escucharla, tenía los oídos completamente taponados por el latido desesperado de su corazón.

—¡Ni se te ocurra pararte, Eevee! —gritó tan fuerte que un dolor le trepó a lo largo de la garganta. Su compañero, totalmente consciente de la situación, obedeció a regañadientes.

Debían alejarse cuanto antes del agua. Mejor dicho, de cualquier superficie reflectante. Solo así estarían a salvo de la criatura que habitaba en el mundo paralelo. ¿Qué sería de ellas si las atrapara? No lo tenía muy claro, una parte de su ser le decía que no ocurriría nada malo, la joven e inocente, la madura le repetía sin cesar que ella ya no lo conocía y cualquier acción por parte del legendario sería imprevisible.

Hona no tardó en sentir los estragos del tabaco y la falta de ejercicio, le faltaba demasiado oxígeno, los pulmones le ardían junto a los músculos, durante unos instantes se imaginó que éstos le rasgarían la carne a causa del sobreesfuerzo, dejándola igual o peor que los Machoke.

Por suerte el lago de la Ruta 32 era pequeño en comparación con el más emblemático de la región, atravesarlo no duró más de un par de minutos en los que Hona no se atrevió a apartar la mirada del camino, temerosa de encontrarse con unos ojos rojos como la sangre observándola desde una dimensión carente de lógica.

Solo cuando ambas llegaron a tierra firme se permitió respirar en calma. El hecho de que Ali clavara los talones en el suelo estuvo a punto de tirarla de bruces al suelo.

—¡Oye, ten cuidado! —le recriminó la joven recuperando el equilibrio. Ali la observaba de brazos cruzados, una arruga le cruzaba la frente a la vez que el sedoso cabello rosado caía sobre sus hombros bien definidos.

—¿¡Pero a qué ha venido eso!?

Se quedó en blanco, su mente no conseguía procesar una excusa lo suficientemente verídica y decir la verdad no era una opción. De todas formas, ¿qué le diría? dijo para sí misma, oye, Ali, mira, que es que resulta que el guardián del otro mundo lleva persiguiéndonos desde ayer, hay que evitar reflejos, pero todo va a ir bien. No, no sonaba bien.

—He visto a alguien —respondió sin pensar.

En ese instante tuvo la necesidad de golpearse en la cara a causa la tontería que acababa de soltar por la boca. Ali abrió los ojos como platos y con mucha lentitud fue separando los labios.

—Dime que no ha sido al imbécil de tu pueblo —Hona no reaccionó, seguía demasiado confundida—. Si es él, te juro que le voy a dar la paliza de su vida.

Tardó unos instantes, pero no tardó en reconocer a la persona a la que su mejor amiga se refería: Caye, el chico, o mejor dicho, el infraser que pasó meses enteros enviándole mensajes sin parar. Daba igual cuántas veces lo bloqueara o lo amenazara con denunciarlo a la policía, él las ignoraba por completo. Tardó un tiempo en al fin armarse del valor suficiente para revelarle a su hermano lo que ocurría y después de eso, Caye no pudo mover el brazo durante un mes.

Asier vio dañada su reputación en el pueblo, solo un poco, a ojos de los demás ya no se trataba del niño bueno que todos creían. Hona aún continuaba admirándolo, los padres de Caye no tanto, incluso pusieron una demanda que resultó en una pérdida de tiempo.

—N-no —tartamudeó. Odiaba a ese imbécil con todo su ser, aunque lo último que deseaba era volver a tener relación con él—. No, no era él. Era otra persona.

—¿A la que no lo soportas? ¿Era Marcos?

Hona se aclaró la garganta. Eevee, todavía en alerta, se sentó junto a ella.

—No, no era Marcos, y no, tampoco lo conoces.

—Eso no es posible, conozco a todo el mundo.

—Que seas la hija de dos de las figuras más influyentes de Kalos no quiere decir nada.

Ali no procedía precisamente de una familia pobre, tal vez por eso consiguió estudiar en Johto y no en una de las universidades más prestigiosas de Kalos. Su madre, Anne, dirigía una de las marcas de moda más prestigiosas del mundo, Adrien, el padre, trabajaba en el laboratorio de una farmacéutica muy reconocida. Incluso su hermano Noel se encontraba en el top diez de entrenadores allí.

—Vale, pero al menos dame una pista de quién es —retomó el rumbo de la conversación.

—Me da que no —replicó Hona consciente de que su amiga no quería ni mencionarlos.

—¡Venga ya, Hona! ¡Si es una persona que te ha hecho daño, estoy en todo mi derecho de mejor amiga de romperle las costillas!

—Bueno, técnicamente eso también sería un derecho de Eevee como mi compañero y aun así no le permito ir mordiendo tráqueas a quienes me miran mal.

Eevee ladró en desaprobación.

—Lo siento, chico, lo último que quiero es que te pongan a dormir por "Pokémon peligroso". Que ya ves tú que tienes de peligroso… En fin, ¿crees que veremos a Antón de camino? ¿O estará demasiado liado con el gimnasio?

—¡No cambies de tema, Hona, que te conozco demasiado bien! —la apuntó con el dedo acusador.

Simplemente echó a andar en dirección a la entrada de la Cueva Unión.


Pueblo Azalea era el paraíso para cualquier universitario cansado de la vida de la ciudad, los estudios o la sociedad en general. Un lugar apartado y tranquilo, rodeado de naturaleza, conexión a Internet y un gimnasio abierto las veinticuatro horas en el que poder entrenar junto a tus compañeros. Los alquileres de los hogares no rozaban lo absurdo, los edificios no se caían a pedazos, los residentes no vivían amargados. O al menos no la mayoría. Las pocas veces en las que Hona viajaba al pueblo no podía evitar sentir una oleada de nostalgia, recuerdos borrosos de su infancia acudían a ella, como cuando hizo acampada junto a su hermano en el jardín de casa. Era como si el mismísimo tiempo avanzara mucho más lento en ese lugar.

Varios Slowpoke se asomaron sobre el muro del pozo, saludándolos desde una distancia prudente mediante un aullido débil antes de sumergirse otra vez en las sombras de ese mismo lugar. Hona no podía culparlos de esa desconfianza, al fin y al cabo, sufrieron mucho a causa de las malas acciones Equipo Rocket. Ya pasaron muchos años desde esos acontecimientos, pero incontables vidas quedaron marcadas por su culpa.

Poco a poco las calles empedradas comenzaron a sustituir a la tierra caliente y la hierba alta. Los techos típicos de esa zona hechos a partir de madera mezclada con una capa aislante para evitar el frío de los inviernos de Johto, no tardaron en asomarse entre las copas de los árboles. Los únicos atisbos de tecnología en esa zona se trataban del gimnasio, el centro Pokémon y la tienda, construidos con colores vibrantes y materiales más típicos de las grandes urbes, el resto de edificios se trataban de edificaciones de madera.

Hona tomó una gran bocanada de aire, empapándose de la pureza que se respiraba. El olor del bosque es uno del que jamás se cansaría, tampoco del acogedor silencio roto de vez en cuando por los vecinos al saludarlas. En Azalea casi no había coches y los pocos que había llegaban a pasar semanas sin arrancar el motor, al fin y al cabo, la capital se encontraba a media hora a pie, una hora a Malva.

Enredadas en una conversación sin un hilo establecido las amigas avanzaron hacia el recinto de muros anaranjados, un lugar imposible de perder incluso para el entrenador más despistado. Sin embargo, cuando llegaron a la entrada, el árbitro de gafas de sol negras y cabello castaño las detuvo.

—¿Buscáis al líder? —dijo con una voz cargada de energía. Alissa asintió.

—Sí, pero no para retarlo —respondió la joven de Kalos antes de que el hombre se lanzara a la característica charla para los retadores—. Antón es un amigo, solo queríamos pasar a ver cómo estaba.

—Oh, en ese caso creo que tendréis que volver otro día, ahora mismo se encuentra atendiendo unos asuntos de máxima importancia. Si queréis, puedo decirle que habéis estado aquí una vez vuelva, ¿podéis decirme vuestros nombres?

—¡Ah, no, no te preocupes! ¿Tienes alguna idea de dónde puede estar? —Hona intervino en la conversación aferrándose al brazo de Ali, el árbitro la miró durante unos instantes con una mirada dubitativa en los ojos ocultos tras los cristales negros.

—Sí, sí que puedo hacerme a la idea, pero…

—¿Pero? ¿Es top secret también o qué? —Ali no pudo evitar burlarse.

—No, para nada y pensándolo mejor… Creo que dos entrenadoras extra no le vendrían mal. Antón debería estar a la entrada del Encinar, si os dais prisa quizás podáis encontrarlo. Aun así, de-

—¡Muchas gracias, nos vemos!

Ni Hona ni el hombre de gafas de motero tuvieron oportunidad de responder. Ali corrió a toda velocidad arrastrando a su amiga tras ella.

—¡Hey, hey, frena un poco que me vas a tirar! —se quejó Hona sintiendo una vez más los estragos del tabaco. Pero incluso ella sabía que si no se daban prisa Antón se marcharía y una vez ese chico entrara al bosque, sería imposible de localizar.

La salida del pueblo no se trataba más que de la entrada al bosque milenario que había crecido en la región, el lugar perfecto en el que los niños o entrenadores primerizos de Azalea se aventuraban a capturar a su primer compañero, normalmente un tipo bicho: el Encinar. Incontables leyendas se formaron alrededor de ese lugar, ánimas en pena que vagarían por él hasta el fin de los tiempos, apariciones de criaturas no identificadas, cápsulas del tiempo a rebosar de objetos crípticos…

Aquellos se trataban de simples rumores, aun así, había una entidad de la que nadie podía negar su existencia: el guardián. Los únicos registros de esa criatura se trataban de fotos borrosas, testimonios similares, el altar construido en su honor en el corazón del Encinar y la historia de la estación de tren abandonada.

Años atrás una compañía ferroviaria bastante conocida en Johto intentó conectar Azalea con la capital, Trigal, la única falla era que, para poder llevar a cabo la construcción, primero deberían talar un gran número de árboles, una noticia que no fue agradable para el ser. Los trabajadores lo describieron como una bola de luz cegadora muy pequeña pero de mucho poder capaz de arrasar las enormes vigas de metal.

Después de ese incidente en el que afortunadamente los obreros salieron ilesos nadie intentó construir en el Encinar. Hona no podía evitar inquietarse cada vez que debía adentrarse en él, casi siempre prefería evitarlo cogiendo un autobús a través de la carretera principal, ya no había vuelta atrás.

—¡Eh, ahí está Antón! —Ali sonaba emocionada. Hona alzó la cabeza, ni siquiera se dio cuenta de que clavó la mirada en el suelo mal empedrado procurando pisar en adoquines estables, lo último que quería era partirse los tobillos andando en esas trampas mortales.

Alissa tenía razón, justo frente a la primera línea de árboles se alzaban dos figuras, una de una anciana de cabello gris, una chepa de los duros años de trabajo la obligaban a adoptar una postura encorvada. La otra, la de un muchacho de cabello morado ataviado en un uniforme de caza bichos bastante lejos de ser oficial por mucho que Antón se tratara del líder de ese mismo tipo, de un color verde que le permitía camuflarse mejor entre la maleza. Ambos parecían enzarzados en una conversación, conforme se acercaban, Hona conseguía diferenciar retazos de ella:

—Los Pokémon… Con cuidado… La estación… Dorado…

—¡Oye, Antón! —gritó Ali a pleno pulmón. El nombrado se giró a toda velocidad, sus ojos iluminados de emoción. La vieja arrugada, por el contrario, los miró con desprecio.

—¡Ali, Hona! ¿¡Qué hacéis aquí!? —Antón alzó los brazos cubiertos de heridas, sacudiéndolos de un lado a otro mientras una sonrisa enorme le recorría el rostro.

—¡Lo mismo decimos! —respondió Hona guardando las manos en los bolsillos del pantalón, adoptando una postura relajada en un intento desesperado por ignorar a la mujer cuya mirada lechosa parecía observarle el alma, como si tratara de sacar a la luz hasta el último de sus secretos—. ¿Es que ya te estás escaqueando de tu trabajo como líder? ¿Después de todo lo que hiciste?

El muchacho negó con la cabeza, varios mechones cayeron desordenados sobre su frente. Antón, al contrario que ellas, optó por la vía del entrenador Pokémon profesional. Aquella se trataba de una de las decisiones más importantes para los chiquillos que finalizaban los estudios obligatorios, ¿ir a una universidad en la que poder desarrollar una carrera profesional? ¿O ir a escuelas especiales en las que conseguir las experiencias y conocimientos suficientes como para algún día ascender hasta le élite? A pesar de que lo segundo sonaba mucho más interesante, no todos podían permitirse el lujo de vivir a tiempo completo como uno. Los combates eran escasos y las competiciones no daban el suficiente dinero ni para alquilar el piso más barato de Pueblo Primavera. Muchos jóvenes aspiraban a convertirse en líderes, o incluso posicionarse en la Élite 4, sin embargo, las pruebas para obtener estos puestos eran demasiado duras, exámenes agotadores, combates sin descansos, cursos de supervivencia en climas extremos… Y ya ni hablar de las responsabilidades que conllevaban esos puestos.

—No, no, por desgracia esto forma parte de mi trabajo —replicó el muchacho agotado, Hona no tardó en darse cuenta de las ojeras que le oscurecían el rostro. Antón solo tenía diecinueve años, igual que ellas, pero llevaba siendo líder desde los quince, no quería imaginarse toda la presión que el muchacho cargaba incluso con la ayuda de sus amigos, ¿de verdad era buena idea dar esos cargos a niños tan pequeños? —. ¿Pero qué hacéis aquí? Creía que os quedaríais en Cerezo unos días más.

—Ah, eso —continuó Hona aún incómoda—. Mira pues-

—¡No te distraigas, Antón! —chilló la vieja de repente con una voz rasgada del tabaco, aunque con una potencia impresionante—. ¡Eres el líder de este pueblo, se supone que debes protegernos, no te dejes arrastrar por relaciones sin sentido!

Solo en ese momento Hona se permitió el lujo de observar a la anciana con más atención. Su cabello blanco, o al menos el poco que le quedaba, se encontraba sujeto en un moño perfecto sobre la cabeza, docenas de manchas provocadas por el sol se esparcían a lo largo del cuerpo repleto de arrugas muy marcadas, tenía las manos llenas de cayos y heridas antiguas, a pesar de ello, vestía con un vestido de playa bastante sencillo, blanco y estampado con flores naranjas, además de con unas chanclas azul marino que regalaban siempre junto a unas cremas para las quemaduras.

La muchacha quiso saltar, remarcar la forma tan irrespetuosa en la que se había dirigido a su amigo. Antón se adelantó con un suspiro, como si se tratase de algo que ocurría día a día.

—Lo siento, señora Ramos, ellas han venido… a ayuda, sí.

La anciana las analizó de arriba abajo. Miró las Pokéballs vacías que colgaban de la cadera de Ali, a los Pokémon que se arremolinaban entre las piernas de las jóvenes, atentos a lo que ocurría tras la primera línea de árboles. Hona trató de contener la respiración, aparentar ser imponente y segura de sí misma, aunque no podía evitar encogerse ante la mirada acusatoria de la mujer, como si ella supiera algo de su pasado.

—Más te vale que no sean una carga para ti, Antón, las de ciudad no saben más que estorbar —gruñó. Por el rabillo del ojo vio cómo Ali apretaba os puños.

—Puedes… —murmuró Antón sin energía, la vieja parecía absorberla con su mera presencia—. ¿Puedes decirnos algo más sobre lo que está ocurriendo ahí dentro?

—No. No sé nada más, el resto lo tendrás que descubrir tú mismo, niño.

Y sin añadir nada más se marchó a paso lento, golpeando el suelo con el bastón de madera gruesa que usaba para andar y del que Hona no se percató. Los tres la siguieron con la mirada durante unos breves instantes antes de que se perdiera tras girar una esquina.

—Bueno… —el nerviosismo se apoderó de Antón, tanto, que gotas de sudor comenzaron a deslizarse a lo largo de su frente a la vez que se balanceaba de un lado a otro—. N-no creo que hayáis venido a ayudar. De hecho, no cr-creo que queráis ayudar.

Hona ladeó la cabeza, varios rizos se deslizaron sin control a lo largo de sus hombros.

—¿Por qué? Ya sabes que siempre estamos dispuestas a echarte una mano, para algo somos tus amigas.

—Exacto, Antón, que no te de vergüenza pedirnos cualquier cosa. Si tenemos que librarnos de una plaga de Spinarak a base de puñetazos, lo haremos por ti, ya lo sabes —añadió Ali, ¿lo peor? Es que esa situación no le resultaba para nada desconocida, pues fue exactamente lo que ocurrió cuando aún vivían en el piso, o agujero, de Trigal.

Antón no pudo evitar reír en voz baja.

—Ya, lo sé perfectamente, pero es que esto no es tan fácil como creéis.

—Vale, pues entonces cuéntanos de una vez qué te ha dicho la vieja esa y así podremos empezar a ayudarte. Total, mi hermano seguramente no esté despierto todavía.

—Oh, ¿vais a casa de Asier? ¿Otra vez te ha hecho ir a Trigal sin decirte qué pasa?

—Sí.

—¿Crees que será para que le ayudes a hacer una maleta o a redecorar el salón?

—Por su integridad física, más le vale que no —respondió Hona muy despacio—. ¡Pero oye, no cambies de tema!

—¡Vale, vale! A ver cómo empiezo para no asustaros…

—No es una buena forma de empezar si no quieres asustarnos —le recriminó Ali cruzándose de brazos. Antón se rascó la nuca.

—Sí, supongo que tienes razón… Directos al grano, últimamente muchos Pokémon salvajes se han dedicado a atacar a todo lo que se mueve, desde humanos, hasta Pokémon.

—Pero eso es un problema muy común… Por desgracia.

—¡Ya, también lo sé, pero esto es diferente! —Antón señaló a la entrada del Encinar—. Los Pokémon de esta zona suelen ser muy tranquilos, están acostumbrados al ir y venir constante de personas ¡A veces incluso se unen a los niños en sus juegos!

Antón no mentía. Realmente no se trataba del tipo de persona que mentiría. Pueblo Azalea era muy famoso por su característica tranquilidad y los Pokémon se incluían en ella. Las historias de criaturas ayudando a viajeros perdidos o malheridos se contaban en miles, incluso el Carnivine anciano conocido por sus malas pulgas mantuvo a salvo del frío del invierno a un grupo de críos que no consiguió salir del bosque antes de que anocheciera.

—Y la cosa no se queda solo ahí —continuó el líder sacudiendo la cabeza—. Muchos de los testigos han afirmado que esos Pokémon tenían ataques exageradamente poderosos, que un halo dorado los imbuía, como si fuera eso lo que les diera una fuerza abrumadora —Hona contuvo el aliento durante unos instantes mientras repetía en bucle la conversación de las Ruinas Alfa—. Todavía no ha habido muertes que lamentar, al menos humanas. También ha habido reportes de Pokémon salvajes que se oponían a ellos y llegaron a enzarzarse en combates que siempre acababan en un final sangriento.

—Qué… Qué bando suele ganar —preguntó Hona a media voz, temerosa de la respuesta. Los ojos de Antón se oscurecieron.

—Los Pokémon de aquí no son muy fuertes, Hona, al menos los que no están bajo el control de esa luz… Los pocos supervivientes se encuentran en el Centro Pokémon, pero las enfermeras no tienen muchas esperanzas.

—¿Y qué hay del guardián? —sentía la garganta áspera, la lengua pesada y el corazón latiéndole demasiado rápido.

Estaba totalmente convencida de que ese guardián se trataba de un legendario, se atrevía a poner la mano en el fuego por ello. Al igual que estaba plenamente convencida de que ese ser no iba a tratar de solucionar un problema que ya cobró varias vidas, al fin y al cabo, los dioses de ese mundo tenían la horrible costumbre de intervenir cuando algo les afectaba personalmente. Y normalmente sus intervenciones acababan en muchos más desastres.

—Tampoco lo sabemos, el guardián no se deja ver nunca, por eso la señora Ramos me ha mandado a investigar el altar. Si el guardián también está controlado por esa luz…

—¡No podemos permitirlo! —intervino Ali agarrando a sus amigos por los hombros y arrastrándolos hacia el bosque.

—¡Ali, Ali, me haces daño! —Hona trató de librarse, odiaba la sensación de las uñas perfectas de Ali clavándose en la piel.

—¡Oye, no tan rápido, déjame al menos explicar más cosas!

—Puedes hacerlo mientras andamos.

—¡Alissa, seguramente tengamos que combatir!

La muchacha se detuvo al instante, aunque tardó unos segundos en atreverse a soltar a sus amigos. Hona frunció el ceño, acariciándose la zona adolorida mientras observaba el leve temblor que se apoderó de esas manos delicadas pero capaces de romper huesos.

—¿C-cómo que tendremos que combatir? —tartamudeó, el color iba abandonándole el rostro.

—¿Cómo pensabas defenderte de los Pokémon? —Antón lanzó la pregunta sin esperar respuesta. Furfrou se sentó a los pies de su entrenadora, tratando de reconfortarla de la mejor manera posible—. No es algo que vaya a ocurrir al cien por cien, ¿sabes? Pero es mejor ir con esa idea en mente.

—Ali, puedes quedar aquí si quieres. No deberíamos tardar demasiado en solucionarlo todo.

—No estoy yo tan seguro de eso…

—Y en cuanto todo esté despejado —continuó la joven ignorando el comentario a media voz— seguimos nuestro camino a Trigal sin problema.

—No, no, no os preocupéis por mí. Creo… creo que me las apañaré sin problemas. Sí, estoy segura.

Eevee, que había trepado al hombro de Hona, aulló en desacuerdo. Ali se puso en jarras.

—¡Oye, qué grosero eres! —le reprochó al Pokémon aparentemente indignada—. Te recuerdo que soy más que capaz de enfrentarme a cualquier desafío. ¡Nada me puede parar!

—Vale, vale, lo que tú digas, reina —se burló Hona todavía bastante insegura—. Pero si necesitas quedarte detrás de nosotros, o abandonar un combate, o lo que sea, hazlo. Somos amigos, ¿no? Debemos ayudarnos los unos a los otros.

Ali asintió, una sonrisilla adorable se dibujó en ese rostro que parecía esculpido por un maestro del cincel. Hona tragó en cuanto sintió un calor trepándole hasta las mejillas.

—Ya lo sé, Hona, qué haría yo sin ti.


El simple hecho de poner un pie en el territorio del Encinar parecía teletransportarte a una dimensión completamente distinta, una en la que el tiempo fluía de manera lenta y perezosa, en la que el espacio se extendía hasta los confines del mundo en forma de abundante vida vegetal. Los escasos rayos del sol que conseguían abrirse paso a través de la densa capa de hojas verdes formaban hermosos patrones en el suelo recubierto por hierbas y flores, creando una oscuridad que, aunque tétrica, resultaba reconfortante.

Troncos gruesos y enormes se alzaban orgullosos sobre sus cabezas, cuyas raíces sobresalían de la tierra como trampas dispuestas a arrojar de bruces a la tierra a los despistados. Los Pokémon salvajes aullaban en la lejanía, el eco de los zumbidos se extendía por los alrededores de manera hipnótica, el crujido de la madera los obligaba a mantenerse alerta. Ahí dentro se podía sentir en piel propia la antigüedad de ese lugar.

Los lugareños siempre decían que si uno escuchaba atentamente, conseguiría alcanzar a oír el susurro de la naturaleza narrando con todo lujo de detalles la historia de la región, tal vez incluso desvelando si realmente el tiempo se detuvo en una época pasada. Una leyenda preciosa sin lugar a dudas, sin embargo, en una situación así Hona no se podía permitir el lujo de bajar la guardia, tampoco quería darle demasiadas vueltas a la idea del mismísimo tiempo deteniéndose durante décadas.

Una atmósfera tensa contaminaba el ambiente, respirar se volvía una tarea difícil. Eevee caminaba junto a su entrenadora, el pelaje de su lomo completamente erizado mientras que sus orejas desproporcionadas se movían de un lado a otro, atento a cualquier sonido sospechoso. El grupo se mantenía en completo silencio, conscientes de que el más mínimo ruido atraería atención indeseada. La situación era mucho peor de lo que cualquiera esperaba.

El rastro de destrucción de los Pokémon hostiles se mostraba sin timidez alguna; agujeros profundos; rocas afiladas atravesando cualquier superficie sin piedad; troncos partidos a la mitad; restos triturados de criaturas tan deformadas que resultaban imposibles de identificar. En varias ocasiones Hona se vio forzada a hacer acopio de la fuerza estomacal para no vomitar lo poco que desayunó. Afortunadamente aún no tuvieron la desgracia de cruzarse en el camino de ningún ser, de no tratarse por el murmullo del bosque, habría asegurado sin miedo a equivocarse de que aquello estaba completamente desolado.

—¿Cu-cuánto queda para el altar? —dijo la muchacha en un finísimo hilo de voz.

—Poco —Antón se aferró a la Pokéball cubierta de arañazos que sostenía en la mano derecha, la cual, temblaba sin control—. Estad atentas, a lo mejor tenemos que combatir…

El camino, a pesar del pánico que los asfixiaba, transcurrió sin accidentes. Hona aún sentía la piel erizándose cada vez que una tímida corriente de viento le acariciaba las mejillas, sus pupilas dilatadas no conseguían quedarse fijas en un solo objeto durante demasiado tiempo, como si temieran que el no prestar la suficiente atención fuera a desembocar en un ataque imprevisto de cualquier Pokémon.

Aun así, una extraña emoción se apoderó de su cuerpo conforme la maleza comenzaba a abrirse, formando un camino de tierra removida que conducía directamente a un claro aislado del mundo exterior gracias a una capa densa de hojas y ramas. Una energía inmensa empapaba el ambiente, una energía que aumentaba exponencialmente conforme se acercaban a un diminuto templo erigido en honor al guardián del bosque.

Hona no se atrevió a parpadear, aunque se notaba que los habitantes de Azalea cuidaron de la edificación sagrada, la naturaleza había empezado a devorar la madera astillada. El moho crecía entre las tablas, las enredaderas trepaban a lo largo de las patas, las hojas y ramas se acumulaban sobre el techo de pintura rojiza descascarillada.

—¿Es aquí? —la primera que se atrevió a hablar fue Ali. Hona no tardó en notar el temblor en su voz.

—Sí, este es el templo —respondió Antón, que, a juzgar por la tensión de sus brazos, no parecía querer acercarse demasiado. Nadie podía culparlo realmente.

—¿Y qué hacemos ahora? —intervino la otra joven—. ¿Llamamos al guardián y ya?

—No es tan simple —el chico se aclaró la garganta—. El guardián no se deja ver… nunca, como ya os he dicho antes.

—Ya, ya lo sé, ¿pero no hay una forma de invocarlo o algo?

—Si las ha habido, seguramente se hayan perdido con el paso de los años —Antón se encogió de hombros.

—Vale… ¿entonces qué hacemos aquí? —Ali miró de un lado a otro, creando hermosos remolinos rosados con su cabello—. ¿Buscamos algo? ¿Una pista? ¿Un rastro?

—¿Es que sabes rastrear? —Antón arqueó una ceja.

—No —la chica se cruzó de brazos—. ¿Tú sí?

—No, por supuesto que no.

—Vaya chico de campo que estás hecho.

—Yo sí sé —Hona dio un paso al frente, consciente de que esos dos acabarían en una pelea a puños. O tal vez no. Antón y Ali la miraron fijamente, la confusión perfectamente plasmada en sus rostros—. Pero no mucho.

—Por qué.

—Digamos que mi hermano insistió demasiado en enseñarme cuando era una cría —se le daba bien mentir, al fin y al cabo, llevaba haciéndolo desde pequeña. Asier no tenía nada que ver con esa habilidad suya.

—Joder, Hona, cada día aprendo algo nuevo de ti —comentó Ali a medio camino entre la burla y la seriedad—. Una noche te voy a sacar al portal de tu casa y me vas a hacer una lista de lo que no sé de ti.

—Oye, oye, seriedad, que nos desviamos del tema —Antón se puso de puntillas, contemplando los alrededores—. Escuchadme, solo tenemos que buscar rastros de… no sé cómo llamarlo. Es una sustancia gelatinosa, ¿vale? Y dorada. Muy dorada.

—¿Como la baba de un Sligoo? —Hona guardó las manos en los bolsillos en cuanto una corriente de viento frío hizo acto de presencia.

—No lo sé, Hona, la futura enfermera Joy eres tú. Solo sé que es dorada y que empezó a aparecer al mismo tiempo en el que los Pokémon se volvieron agresivos. Puede que sean hechos relacionados, solo es una teoría, pero a lo mejor esa cosa hace enfermar a los Pokémon cuando se la comen.

—Vale, ¿y si no encontramos esa baba?

—Pues… probablemente tengamos que ir a la estación abandonada. ¡Y antes de que me digáis nada, no, yo tampoco quiero ir! Pero si hay baba, o lo que sea, por la zona, es posible que el guardián esté infectado o algo.

—¿Y qué haremos si está infectado de verdad?

El mundo contuvo el aliento. O a lo mejor solo fue Hona, realmente no lo tenía del todo claro. De lo que sí estaba totalmente segura era de la respuesta a esa pregunta, una desagradable, incluso aterradora, que emergió de los labios temblorosos de Antón muy lentamente:

—Te-tendré que enfrentarme a él.

—Eres consciente de que ese guardián seguramente se trate de un legendario, ¿verdad? —se adelantó Hona, consciente de que Alissa no se atrevía a pronunciar palabra. Antón asintió, varios mechones morados cayeron sobre sus ojos apagados.

—Sí, es muy probable. Pero yo soy el líder de gimnasio, Hona, tengo que encargarme de la seguridad del pueblo, de los habitantes y los Pokémon que viven en él. Ya hemos sufrido demasiado por el Equipo Rocket, tenemos que tomar al Tauros por los cuernos. —Antes de que Hona le respondiera, Antón sentenció—: Venga, no perdamos más tiempo. Recordad: baba dorada. Buscad por la zona, pero quedaos donde podamos vernos los unos a los otros. Yo iré por ahí.

—Vale pues… Supongo que yo iré allí —dijo Ali antes de alejarse prácticamente arrastrando los pies. Furfrou la siguió leal como de costumbre, atenta a cualquier sonido extraño.

El susurro de la hierba siendo aplastada bajo el peso de una criatura pequeña hizo que agachara la cabeza hacia Eevee. El Pokémon se encontraba junto a las patas podridas del templo, olisqueando sin cesar las enredaderas que crecían a lo largo de ellas. Sus ojos oscuros brillaban con una decisión fuera de lo común en él. Estaba tan concentrado que ni siquiera escuchó cómo su entrenadora se arrodillaba a su lado y no se detuvo hasta que sintió las caricias sobre su lomo.

—¿Has encontrado algo? —preguntó en voz baja. Eevee no tardó en ladrar a modo de respuesta, una y otra vez—. Shh, baja la voz. Puedes alertar a alguien, bola de pelo. —Eevee la ignoró por completo—. Eevee. Que. No. Te. Entiendo.

Notablemente frustrado, el Pokémon se elevó sobre sus patas traseras, aún aullando a pleno pulmón. Un resentimiento familiar refulgió en sus ojos negros como el carbón, una clase de sentimiento muy específico que solo emergía en su compañero cuando se trataba de…

—Tienes que estar de coña —farfulló la muchacha. Eevee respondió sacudiendo la cabeza, las orejas desproporcionadas se balancearon de un lado a otro—. Eevee, dime que es una broma —el Pokémon gruñó irritado—. ¡Vale, lo pillo, ya sé que tú no bromeas con esto! Es imposible que se trate de él, ¿cierto? Casi nunca sale de Sinnoh y cuando lo hace…

El dolor que se extendió a lo largo de la cabeza la hizo morderse la lengua con tanta fuerza que el sabor metálico de la sangre no tardó en recorrerle la boca. Si gritaba, acabaría atrayendo atención indeseada. Eevee corrió a su encuentro, colocando una pata sobre sus muslos al mismo tiempo que la preocupación sustituía por completo el rencor.

—Estoy bien, estoy bien —llevó la mano hacia el lugar del golpe, rezando por no encontrarse con un líquido caliente y rojizo chorreándole entre el cabello. Suspiró aliviada al comprobar que solo tenía un chichón enorme—. Joder, parece otra cabeza —se burló en un intento de ignorar los pinchazos que la acribillaban y se expandían hasta las muelas. Miró hacia arriba, a la capa de hojas y ramas encargadas de ocultar el cielo azul. Su visión se difuminó un poco, tal vez a causa del daño, tal vez por los efectos secundarios de tener a un dios metido en el cerebro—. ¿Qué coño ha sido eso? No veo una mierda.

El repentino ladrido de Eevee hizo que se estremeciera de la sorpresa, pero cuando fue a confrontarlo, se encontró a su compañero frente a ella, protegiéndola, erizado y gruñendo sin fin en dirección a algo que se escondía entre la hierba alta de debajo de la estructura de madera.

La joven tragó, un leve temblor se apoderó de sus manos mientras se acercaba paso a paso al templo. Una idea fugaz le atravesó la mente, ¿y si realmente se trataba de Celebi? Contuvo la respiración, consciente de lo sencillo que sería averiguarlo. Solo necesitaba llamarla por su apodo, ese que sin querer ella le puso de pequeña y no sabía hablar muy bien. Apretó los puños, deshaciéndose de la tensión que se apoderó de su cuerpo. Extendió las manos sudorosas. Eevee se mantuvo alerta. Las plantas crujían en agonía cada vez que Hona las apartaba con una delicadeza admirable. Y ahí, oculto entre un nudo de matojos, diferenció la figura de una bellota diminuta que… ¿temblaba y emitía soniditos?

—Pero, ¿qué? —Hona no vaciló al momento de coger al supuesto fruto, sosteniéndolo con muchísimo cuidado. Varias aperturas recorrían la superficie, supurando un líquido blanquecino similar a la sabia de los árboles—. ¿Quién te ha hecho esto, amiguito?

Dos ojos vidriosos se abrieron de par en par en cuanto la chica formuló la pregunta. Hona jamás se topó con un Seedot tan pequeño. Únicamente necesitaba una mano para cogerlo y aun así, el Pokémon tenía el suficiente espacio para moverse con soltura. Las heridas de su cuerpecito parecían muy recientes e incluso parte del rabito de su gorro desapareció, como si una criatura más grande lo hubiera arrancado de cuajo.

La culpa no tardó en ahogarla y retorcerle el estómago, plenamente consciente de que el sufrimiento de Seedot era obra de los seres enloquecidos. Hona no quería imaginarse el verdadero rastro de muerte que dejaron a su paso. Eevee se subió de un salto al hombro de la chica, analizando la situación como mejor podía.

—Bueno, no importa, déjame que te cure esas heridas, ¿vale? —le habló en tono calmado, intentando no ponerlo aún más nervioso. Seedot se mantuvo estático, siguiendo los movimientos de la joven con la vista. Hona rebuscó entre su mochila, los objetos traquetearon en su interior y no se detuvo hasta sacar un par de botes de spray junto a unas vendas—. A ver, a lo mejor las vendas son demasiado grandes para ti y habrá que cortarlas —Seedot le recriminó—. Oh, ¿no te gusta que te digan que eres pequeño? —Hona rio después de que Seedot contestara en un gruñido cansado—. No te preocupes, a éste de aquí tampoco —Eevee ladró, dándole un golpe con la cola—. En fin, esto puede escocerte un poco, Seedot, pero te curará esas heridas en seguida. Tienes que ser muy valiente, ¿vale? Venga, tú puedes.

Una pulverización fue más que suficiente como para cubrir todos los cortes que cubrían al Pokémon. El tipo planta se retorció de dolor, aunque se mantuvo firme durante el proceso, incluso cuando Hona tuvo que envolverlo prácticamente entero en un trozo de venda cortada a la mitad. Eevee soltó una carcajada tras ver el resultado.

—Mírate, parece que tengas un vestidito y todo. Eres adorable —comentó la muchacha regresando a Seedot a tierra firme, que no tardó en empezar a dar vueltas alrededor de ella—. No puedo hacer nada por las cicatrices, lo siento… —Seedot frenó en seco y negó con la, ¿cabeza? —. Te va a costar moverte con esas vendas, te aconsejo que te escondas en algún tronco y esperes a que las heridas sanen por completo.

Entonces, Seedot empezó a dar saltos frente a la joven mientras aullaba algo que solo Eevee comprendía. Su compañero se colocó junto a la pequeña criatura, entablando una conversación incomprensible para los oídos humanos. Solo cuando Eevee se giró en su dirección, con una enorme sonrisa en su rostro travieso y señaló a las Pokéballs vacías que asomaban en la mochila, Hona pudo entender qué ocurría.

—¿Quieres venir con nosotros, Seedot? —preguntó incrédula. Seedot respondió de nuevo entre saltos a los que Eevee no tardó en unirse—. Pero yo no soy entrenadora, me dedico a estudiar. ¿De verdad que quieres? En ese caso… ¡Bienvenido al equipo!

Sin perder ni un segundo, Hona cogió una de las Pokéballs y la colocó delante del Pokémon, permitiéndole que él mismo presionara el botón central. El sonido metálico del objeto abriéndose hizo eco a lo largo de la zona, un haz del mismo color emergió de su interior y en movimientos calculados milimétricamente, envolvió a su nuevo compañero, disminuyéndolo aún más y guiándolo de vuelta a la Pokéball. El clic que se escuchó a continuación hizo que la joven se percatara de que el corazón le latía a gran velocidad.

—Hey, ¿acabas de atrapar a un Pokémon? —la voz de Ali se escuchó no muy lejos de donde se encontraba.

Hona alzó la cabeza, observando la figura de su amiga sobresaliendo de entre la maleza. La chica asintió una y otra vez, una sonrisa enorme le iluminaba el rostro. Aquella se trataba de su primera captura, jamás se atrevió a lanzar una Pokéball contra ninguna criatura, tampoco tenía motivos, los combates no le resultaban atractivos. Además, con Eevee le era suficiente, ese Pokémon la acompañó fielmente desde la infancia, en varias ocasiones incluso afirmó que mataría por él.

—¡Sí, un Seedot! —respondió al instante, la emoción le empapaba la voz—. Está un poco malherido, quiero dejarlo descansar un poco —Antón regresó junto a ella con las manos guardadas en los bolsillos—. Cuando lleguemos a Trigal os lo presento.

—¡Pero aun así está genial! —Antón se acuclilló frente a ella, abrazándose las rodillas. A pesar de la inquietud que lo atosigaba, se vio contagiado por la felicidad de la muchacha—. Nunca creí que te vería atrapando a otro Pokémon aparte de Eevee.

El susodicho se acomodó entre las piernas de su entrenadora, dedicándole una mirada de reproche a Antón que solo se calmó después de recibir varias caricias en la cabeza por parte de Hona.

—¿Crees que podrás mantenerlo? —se atrevió a preguntar Ali reagrupándose con los demás.

—Sí, no creo que haya problema —aunque no estaba muy segura de la veracidad de sus palabras, algunos meses decidió no comer con tal de poder alimentar a su inicial. La primera vez que eso ocurrió, Eevee se preocupó tanto que intentó robar algo de comida de la tienda. Afortunadamente, Ali se ofreció a compartir de la suya—. Los tipos planta no necesitan tantos cuidados como los demás. Además, Seedot saca nutrientes de la fotosíntesis y de la tierra.

—De acuerdo —sentenció Ali poniéndose en jarras—. De todos modos, ya sabes que si necesitas ayuda con el dinero o algo por el estilo siempre puedes contar conmigo.

—Ay, qué haría yo sin mi amiga rica.

—Oye, no empecéis, que no es el momento —se adelantó Antón antes de que empezaran a molestarse la una a la otra—. Hona ya sé que no ha encontrado nada, ¿y tú, Ali?

Hona frunció el ceño. Separó los labios para volver a sellarlos al instante, preguntándose si realmente debía revelarles a sus amigos la información que Eevee encontró. Tan solo necesitaba llamarla por el mote que le dio cuando todavía no sabía vocalizar correctamente, con eso bastaría para hacerla aparecer.

Pero la semilla de la duda no tardó en brotar en su interior. Si realmente Celebi se dignaba a mostrarse, ¿la reconocería? ¿O la atacaría sin remordimiento? La muchacha no consiguió decidirse por cuál se trataba del peor escenario. De lo que sí se encontraba totalmente segura era de que tendría que responder muchas preguntar por parte de Alissa y Antón, y que tampoco estaba lista para volver a enfrentarse a su pasado.

Sus dedos se cerraron alrededor de las briznas de hierba que le acariciaban la piel con delicadeza mientras las dudas la asaltaban de nuevo. ¿Y si Celebi necesitaba ayuda? ¿Y si los Pokémon la hirieron de gravedad? ¿De verdad iba a abandonarla como si se tratara de un trapo viejo? Hona se aclaró la garganta en un intento por ordenar las ideas que se movían a toda velocidad en su mente ya de por sí nublada.

—No, yo no he encontrado absolutamente nada —dijo Ali sosteniendo a Furfrou entre los brazos—. Nada de baba dorada.

Mientras tanto, Hona se puso en pie lentamente, limpiándose la tierra y hierbajos que quedaron adheridos al pantalón ancho. Guardó la Pokéball de Seedot en la mochila con una delicadeza envidiable, no quería molestarlo en su descanso. Después, simplemente miró a Eevee con los ojos ahogados en un sentimiento de duda. La respuesta de su compañero consistió en subirse a uno de sus hombros, soltar un ladrido lastimero y darle un lametón en la mejilla, como si pretendiera animarla, demostrar que él aún seguía ahí, a su lado.

La muchacha tomó una gran bocanada de aire, sintiendo cómo los pulmones se le llenaban de oxígeno y descargaban una necesaria dosis de tranquilidad a lo largo de sus músculos tensos. Notó el corazón dejando de golpearle sin piedad el pecho, amenazándola con destrozarle las costillas en un intento por liberarse de esa prisión de carne y sangre.

Abrió la boca, la tenía seca. La lengua se agitó con torpeza. Le ardía la garganta.

Antes de que consiguiera articular palabra, el sonido de una explosión cercana la interrumpió. El grito de dolor que se escuchó en cualquier rincón del Encinar le revolvió el estómago. Reconocía a la perfección ese chillido de angustia.

Sin perder ni un instante, el grupo corrió en dirección al origen del jaleo. Hona no supo muy bien cómo logró ponerse a la cabeza, los músculos carentes de entrenamiento físico se quejaban bajo la piel, el corazón volvía a latir con demasiada fuerza, el oxígeno no conseguía llegar a los pulmones. No se detendría, no hasta alcanzar el lugar donde se encontraba Celebi.

Un olor ácido no tardó en adherirse a sus fosas nasales, revolviéndole el estómago ya de por sí agitado por los nervios. Los aullidos salvajes de los Pokémon le retumbaron en los oídos, sonidos guturales, desagradables, deformados. El rastro de destrucción se hizo presente otra vez; marcas de garras atravesando los troncos; restos de cuerpos desfigurados de lo que minutos antes fueron los habitantes del bosque; charcos de sangre mezclada con una extraña baba dorada que brillaba de una forma antinatural.

—¡Joder! —gritó Ali seguida de Antón a un par de metros de ella.

Hona no le prestó atención, todos sus sentidos quedaron fijos en los estallidos de la batalla que poco a poco se iba dejando mostrar y las formas de unas seis criaturas comenzaban a materializarse entre los árboles.

El grupo frenó en seco, intentando digerir la escena que se desarrollaba ante sus ojos: el hedor a sangre por poco los hacía vomitar en el sitio, docenas de cadáveres frescos sobresalían del suelo, sus rostros, o lo que quedaba de ellos, congelados para la eternidad en una expresión de agonía pura. Los pocos supervivientes no se encontraban en mejor estado, la chica reconoció a dos Carnivine, dos Beedril y un Golbat, todos y cada uno de ellos de un tamaño antinatural para sus respectivas especies. Los músculos de los seres sobresalían de la carne, como si algo los hubiera obligado a crecer de manera abrupta. Regueros de sangre y baba caían de las heridas abiertas, sin embargo no se detenían, como si el dolor no los afectara. Restos de órganos caían de los taladros de los tipos bicho, piel desgarrada se balanceaba de forma grotesca entre los colmillos de los Carnivine, una de las patas de Golbat desapareció por completo, dejando tras de sí un hueso astillado.

Hona no pudo evitar fijarse en el extraño halo dorado que los recubría, restos solidificados de esa baba transformada en polvo.

Por el contrario, el sexto Pokémon no tenía las de ganar. Celebi, un hada diminuta y de cuerpo rosado, apenas conseguía mantenerse en el aire. Las alas pequeñas de su espalda, arrugadas y carentes de brillo, esas que Hona recordaba con hermosas espirales de colores, se agitaban a gran velocidad en un intento por no caer de bruces al suelo. Un corte profundo le recorría el costado, uno que si no se trataba podía desembocar en un final horrible.

Hona sabía que si recibía un solo golpe, la muerte se cerniría sobre ella como un pájaro de presa. Un repentino pinchazo en el pecho la obligó a encogerse durante unos milisegundos, lágrimas amargas le nublaron la vista. Celebi la protegió durante tantos años, no permitiría que nadie la dañara.

Cómo o cuándo echó a correr fue todo un misterio. Hona no necesitó más que un simple tirón de las alas magulladas del Pokémon legendario para arrastrarla junto a ella. Eevee la siguió al instante, lanzando un potente Rapidez hacia uno de los Carnivine que trató de abalanzarse sobre ella.

Ocultando a su hermana entre los pliegues de la chaqueta, la joven corrió como si la vida le dependiera de ello. Que realmente era lo que ocurría. Tras ella, sus amigos huían a toda velocidad sin prestar atención a dónde ponían los pies. Ninguno se atrevía a entablar un combate, si esos Pokémon fueron capaces de acabar con una diosa, no querían ni imaginar qué harían con simples mortales.

Respirar se volvió una tarea casi imposible a pesar de la adrenalina que la asfixiaba. Los músculos parecían desgarrarse bajo la piel, el sudor se le metía en los ojos, irritándolos e impidiéndole ver con claridad durante unos segundos. Un paso en falso bastaba para acabar con su vida.

—¡No te pares, Eevee! —gritó la muchacha observando cómo su compañero lideraba la marcha, dispuesto a enfrentarse a cualquier cosa con tal de proteger a su entrenadora.

Los zumbidos de las alas de los Beedril retumbaron a lo largo del bosque, advirtiéndolos de que no detendrían esa persecución.

—¿¡A cuánto estamos de Trigal!? —chilló Alissa al borde del llanto.

—¡No lo sé! —respondió Antón sin aire—. ¡No lo sé, no lo sé, no lo sé!

Por lo poco que sabía, perfectamente podrían estar dando vueltas en círculos, lejos de la única esperanza de sobrevivir. Hona sacudió la cabeza y apretó los dientes, no moriría. No en ese sitio. No ese día.

—¡No os paréis, tenemos que llegar pase lo que pase!

Celebi se sacudió en su refugio improvisado, gruñendo entre murmullos. Hona trató de inmovilizarla. No sirvió de nada.

—¡Estate quieta, imbécil, vas a conseguir que te maten! —prácticamente le suplicó. La figura de Golbat apareció entre las copas de los árboles. Celebi la ignoró por completo—. ¡Ceb!

El legendario se detuvo al instante y de refilón, la joven vio esos enormes ojos verdes abiertos de par en par, observándola como si se tratase de un descubrimiento histórico. Hona se aclaró la garganta, la cual, le ardía todavía más. Solo ella consiguió escuchar la voz cansada que pronunció con cariño y confusión su nombre antes de que una luz blanca los envolviera a todos, arrastrándolos a un abismo blanco en el que las reglas de la realidad desaparecieron durante unos breves instantes:

—¿Hona?

En el bosque solo permanecieron los Pokémon y las figuras humanas que las estuvieron observando desde el momento en el que se adentraron en él.