Pronto, el vacío blanco al que Celebi los había arrastrado comenzó a desintegrarse. Los gritos de sus amigos retumbaron en los oídos de la joven mientras el olor a antigüedad se le adhería a la nariz como un perfume caro.

Cuando Hona al fin se atrevió a abrir los ojos, la realidad volvió a imponerse alrededor de los muchachos, implacable. Una habitación solitaria los recibió en un abrazo frío, muebles de madera y piedra maciza se arremolinaban junto a las paredes, simples tocones oscuros apilados los unos sobre los otros y asegurados con cuerdas en perfecto estado. Montones de heno se amontonaban en una de las esquinas, al lado de una pila de yesca para la chimenea aún con restos de carbón. Una mesa en perfecto estado se alzaba en el centro de la estancia, rodeada por un par de sillas inclinadas. La luz de la mañana se colaba a través de los cristales de las ventanas cerradas, formando parches cálidos que parecían invitarlos a sentarse en el suelo durante horas y disfrutas del sol. Al fondo, Hona vio una puerta cerrada.

—¿D-dónde estamos? —balbuceó Ali, cuya voz se desvaneció en el aire.

Los pasos dubitativos de Antón resonaron en la estancia, todas las miradas se posaron sobre él conforme se acercaba a la ventana. Incluso Celebi e Eevee, al que Hona protegió entre sus brazos en algún punto del teletransporte, se atrevieron a asomar la cabeza entre las aberturas de la cremallera de la chaqueta.

—Creo… —Antón se puso de puntillas, observando el exterior—. ¡Sí, estamos en Trigal!

—¿¡Qué!? —Ali corrió al lado de Antón, seguida de Furfrou, la cual movía la cola con alegría—. ¡Es verdad, es verdad, estamos en Trigal! ¡Estamos a salvo, hemos sobrevivido!

—¡Hemos sobrevivido, hemos sobrevivido! —repetía el chico al borde de las lágrimas una y otra vez.

Celebi se acomodó entre los brazos de Hona, ganándose un gruñido molesto por parte de Eevee. Sus delicadas antenas vibraron casi de forma imperceptible mientras observaba con atención al resto del grupo.

—¡Ven a ver, Hona! —la llamó su mejor amiga tratando de atraerla en un gesto de manos—. ¡Mira, podemos ir al Centro Pokémon en busca de ayuda, avisar a Blanca y poner al corriente a la policía de lo que está ocurriendo en el bosque!

Pero cuando llegó a la ventana se encontró de frente con un paisaje boscoso, no con la ciudad de la que tanto hablaban sus amigos. Un nudo se le formó en la garganta, enormes montañas partidas en dos se alzaban imponentes en la lejanía, sus restos flotaban inertes en un cielo azul e infinito. Varios Pokémon llevados por la curiosidad asomaron las cabezas entre las malezas, Ninetails, Rampardos… Todas esas criaturas la analizaban desde una distancia prudente, plenamente conscientes de su presencia. Durante unos instantes, los ojos de Hona se anegaron de lágrimas mientras su corazón latía a gran velocidad y le revolvía el estómago. Lentamente levantó la cabeza, su mirada quedó petrificada sobre la gigantesca torre resquebrajada suspendida en mitad de la nada, rodeada por pedruscos que en algún momento formaron parte de su estructura. Los rayos de un sol inexistente la perfilaban a la perfección, otorgándola de una majestuosidad con la que cualquier otro edificio solo podía soñar.

Hona tragó saliva de forma tosca. Las manos de Celebi se aferraron a su chaqueta, dándole un leve tirón para devolverla a la realidad. La joven se retorció de dolor en cuanto sintió el codo de Alissa clavándose directamente en su costado.

—¿¡Pero qué coño te pasa!? —gritó la castaña alejándose un par de pasos. Se suponía que jamás debería regresar a ese lugar. Se suponía que jamás debería volver a ver a esos seres. ¿Qué estaba haciendo ahí entonces? ¿Por qué su hermana las había traído precisamente ahí? Una tormenta se desató en su mente, la furia guiada por la confusión no tardó en apoderarse de las palabras.

—¡Joder tía, cálmate! —replicó Ali apretando los puños—. ¡Tenemos que salir de aquí e ir a buscar ayuda! ¡No sabemos qué harán esos Pokémon salvajes, pueden matar a alguien!

La voz de Ceb resonó en su cerebro, inquieta:

—Si salen, la ilusión se romperá.

Frunció el ceño. ¿Y cómo quieres que no los deje salir? pensó hacia sus adentros.

—¡Y a mí que me cuentas, son tus amigos!

La respuesta de Ceb hizo que la joven se mordiera la lengua. Telepatía, claro.

—Oye, oye —se apresuró a decir. Sus amigos, a escasos metros de la puerta, se detuvieron para mirarla—. No creo que sea buena idea salir todavía.

—¿Por qué? —Ali se cruzó de brazos y Hona miró de un lado a otro en busca de respuestas, hasta que al fin su atención se posó en el legendario—. ¿Hona?

—Si avisamos a alguien, seguramente querrán hacernos preguntas —Hona se detuvo cuando Eevee trepó hasta sus hombros y Ceb voló junto a ella, ganándose miradas tensas y confusas—. Esperad a que le eche un vistazo —señaló al Pokémon, que no dejaba de tironearle de la chaqueta en un intento por arrastrarla a la habitación cerrada—, y en cuanto me asegure de que está todo bien, nos marchamos.

—¿Y si viene el dueño de la casa? —la muchacha se acercó muy lentamente, hipnotizando a su amiga con sus preciosos ojos verdes. Hona se acordó de cómo se respiraba después de que Ali la sostuviera de las manos, acariciándole el reverso con esos dedos perfectos y suaves.

—Bu-bueno… Si Celebi nos ha traído aquí es por-porque es seguro —sintió la lengua torpe, la boca pastosa, un ligero calor le picaba las mejillas. Su hermana arqueó una ceja, aunque nadie pareció darse cuenta de ello.

—Oye, ¿estás bien? —susurró Ali con una voz de seda, una que parecía capaz de tranquilizar hasta a la criatura imposible de doblegar—. Todo lo del bosque ha sido una locura, entiendo que te haya afectado de sobremanera… Y ahora esto —claramente se refería a Celebi—. Necesitas descansar, Hona, de veras. Quédate aquí esperando, nosotros iremos a buscar ayuda. Por favor, no quiero que empeores.

—No… No te preocupes —se aclaró la garganta—. Estoy bien, ya sabes que un poquito de sangre no me afecta.

—Lo del Encinar no ha sido precisamente un poquito.

—Estoy bien, de verdad, estudio veterinaria, la sangre es algo común —mintió, el remordimiento le dio una vuelta al estómago, ¿durante cuánto tiempo más engañaría así a su mejor amiga? Ali no merecía nada de eso—. Le echaré un vistazo rápido a Celebi. La conozco, probablemente no se dejará revisar por ninguna enfermera —antes de que Ali abriera la boca, Hona añadió—: Cuando lo haga, nos iremos directos al gimnasio, buscaremos a Blanca y le contaremos todo lo que hemos visto en el Encinar, ¿vale? Y nuestros Pokémon también necesitan descansar… Pero por favor, Ali, confía en mí, esperad unos minutos aquí.

Hona estrechó las manos, presa del agradable tacto. Los preciosos ojos de Ali le analizaron el rostro fríamente, buscando con insistencia algo que a ella se le escapaba por completo. Sin embargo y tras unos segundos en el que el mundo parecía contener el aliento, la chica dejó escapar un suspiro.

—Vale, confío en ti, ya lo sabes. Pero ni se te ocurra hacer nada estúpido, te estaré vigilando.

Eso último no iba dirigido a ella, lo tenía muy claro. Ali se alejó, rompiendo el hechizo en el que la sumergió en cuestión de segundos. El sonido de la silla arrastrándose por el suelo de madera consiguió que se estremeciera, aunque no apartó la mirada de la figura musculosa de Ali dejándose caer en el asiento y cruzándose de piernas.

—Aquí te esperamos.


Hona cerró la puerta de madera gruesa en cuanto se aseguró de que Ceb e Eevee cruzaban junto a ella. Ese sitio prácticamente estaba vacío: una hamaca de tela verdosa colgaba del techo gracias a cuerdas resistentes, totalmente inmóvil, delante tenía un taburete oscuro y paticorto. Un montón de mantas gruesas se acumulaban en una de las esquinas, dobladas con una maestría envidiable, la joven deseó poder doblar las camisas con semejante habilidad. Una mesita cuadrada se alzaba bajo una única ventana, iluminando con esmero las formas perfectas de tazones de barro, un mapa de un continente similar a Sinnoh, pero que no era Sinnoh, y un reloj de arena roto.

Un aire extraño hechizaba esa estancia sumergida en un olor a libro viejo, probablemente procedente de los cientos que se acumulaban junto a las paredes. Aunque no se trataba de eso, no, sino de la tristeza y nostalgia que se respiraba. Hona buscó cualquier detalle que le diera una pista sobre la historia de esa casa, cualquier cosa le bastaba, sin embargo, el sonido endeble de las alas de su hermana le impidió continuar.

Celebi se alzaba frente a ella, tratando de mantenerse firme. Las antenas caían encima de sus ojos agotados, los brazos parecían muertos, las alas carecían de su característico brillo. Aun así, una sonrisa pícara le iluminaba el rostro.

—¿Esa es tu novia? —preguntó el legendario sin previo aviso.

Incluso Eevee alzó las orejas ante esa pregunta. Hona sintió su corazón acelerándose, el calor abrasándole las mejillas. Respondió con un grito, ajena a si sus amigos escuchaban al otro lado o no:

—¡Por supuesto que no!

Ceb rio y añadió:

—Ay, pues haríais una buena pareja.

Hona sacudió la cabeza en un intento de liberarse del nerviosismo que le afloraba bajo la piel.

—Anda, calla y ven que vea esas heridas, que te acaban de dar una paliza.

—No, nadie me ha dado una paliza —reprochó su hermana. Hona arqueó una ceja—. Ningún Pokémon puede derrotarme —Eevee gruñó, su entrenadora no tardó en percatarse de que contenía las ganas de abalanzarse sobre el hada.

—Ya, lo que tú digas.

Tambaleándose, Celebi voló hacia la hamaca, dejándose caer sobre ella en peso muerto. Instintivamente la joven dio un paso al frente, temerosa porque hubiera gastado sus últimas reservas de energía y estuviera inconsciente, pero cuando al fin vio las antenas asomándose con timidez se permitió respirar tranquila.

O al menos con la tranquilidad que ese sitio le permitía tener.

La madera crujió bajo sus pies, recordándole sin cesar de los años de ese lugar congelado en el tiempo. Las uñas de Eevee repiquetearon sobre el suelo conforme se atrevía a explorar la zona un poco más, dejando a su entrenadora a su suerte mientras colocaba en el taburete la mochila de viaje y rebuscaba entre las pertenencias. Un silencio incómodo las rodeaba, Hona intentaba ignorar ese hecho sacando una a una las botellas de spray y vendas, aunque la mirada insistente de Ceb no ayudaba. La Pokéball de Seedot le acarició la mano, extendiendo el frío del metal a lo largo de su piel.

—Has atrapado un Pokémon —afirmó Celebi siguiendo cualquier movimiento de la joven.

—Sí, un Seedot —los nervios la traicionaron después de que su voz vacilara un poco—. Lo encontré en el Encinar. Herido. Probablemente por culpa de alguno de esos Pokémon —analizó las heridas que cubrían el cuerpo de Ceb, tajos profundos, desagradables, capaces de provocar la muerte a cualquier criatura mortal—. Esto te va a escocer. No te muevas demasiado.

Celebi quiso seguir el consejo de la chica, de verdad que lo intentó, llegando incluso a apoyar su propio brazo en la mano libre de su hermana, uno mucho más pequeño de lo que ella recordaba, Su rostro no tardó en retorcerse de dolor después de que la primera pulverización cayera en los cortes e hiciera brotar burbujas de infección.

Eevee se burló de ella. Celebi le lanzó una mirada de advertencia. Hona se concentró en envolver el cuerpo de su hermana con vendas limpias de forma similar a Seedot.

—Nunca creí que volvería a verte—la voz del legendario rompió el silencio, una cansada, sí, y oscurecida por un sentimiento que la joven no alcanzó a reconocer, ¿culpa, tal vez?

—Se supone que no volveríamos a vernos —respondió de manera tajante. A cada segundo que pasaba en ese lugar, más se arriesgaba a ser descubierta por el dios gobernante de esas tierras—. Esto ya está listo. Debería sanar en un par de días, si no te metes en problemas, claro.

Se incorporó al momento, guardando tanto los botes aún llenos como los que usó durante la curación que cayeron junto a Celebi. Los plásticos crujieron con fuerza, consiguiendo que las alas de Celebi se estremecieran al sonido.

No tuvo la oportunidad de retirar la mano de la hamaca. Los diminutos brazos de Celebi la rodearon, abrazándola mientras un mar de lágrimas caía de esos ojos que la muchacha recordaba iluminados por la alegría. El cuerpecito del legendario se sacudía por el llanto, las alas sin brillo parecieron desvanecerse durante unos instantes, las antenas se desplomaron como hojas secas sobre las vendas que le cubrían la frente.

—¿Cómo…? —la voz de Celebi se desvaneció durante unos segundos, como si las fuerzas finalmente la hubieran abandonado. Hona apretó la mandíbula—. ¿Cómo te ha ido todo?

Abrió los ojos de par en par, su cerebro incapaz de procesar esa simple pregunta. Las palabras se quedaron atascadas en la garganta, aplastándose las unas a las otras en un intento por liberarse finalmente de esa prisión que las mantuvo presas durante demasiados años. La lengua tampoco parecía capaz de reaccionar, torpe y pesada, no se movía de la misma posición. Los labios resecos se separaron unos milímetros, luego volvieron a sellarse en una línea endeble, para abrirse de nuevo a los pocos segundos. Quería decirlo todo, y a la vez, nada, pero no conseguía componer oraciones de manera lógica, tampoco organizar la marea de sentimientos que amenazaba con reventarle el pecho.

—¿De verdad quieres saberlo? —fue lo único que alcanzó a pronunciar. Restos de ese rencor que tanto intentó ocultar no tardaron en envenenar cada una de sus acciones—. ¿O me preguntas por quedar bien?

Tras eso, fue Celebi la que quedó sin habla. Su mirada se posó en todos los rincones de su hermana. El cargo de conciencia no tardó en revolverle el estómago, devolviéndole un poco de claridad a su mente ya de por sí desubicada. Ceb no tenía la culpa, era plenamente consciente de ello, y aun así, algo en su interior la forzaba a creerlo.

Carcomida por la vergüenza, se dejó caer abatida sobre el taburete, ocultando con la mano libre parte de su rostro cubierto de pecas. Las ojeras que le oscurecían el semblante parecieron aumentar de tamaño. El abrazo de su hermana se apretó un poco, uno cálido a pesar de los restos de agua con los que limpió la sangre fresca, uno que la arrastró de lleno a los recuerdos nublados de su niñez.

—No puedo decir que me haya ido mal —dijo entre dientes tratando de calmar el corazón desbocado. Ceb ladeó la cabeza, lágrimas cristalinas descendieron imparables sobre sus mejillas coloradas—. Tampoco me ha ido bien.

—¿Por qué dices eso…? —la pena asfixió su voz.

Hona se encogió de hombros, restándole importancia al asunto.

—He conocido a mucha gente maravillosa, ¿sabes? Mis padres no suelen estar en casa, pero hacen todo lo posible por ayudarme, mi hermano es un imbécil pero siempre consigue sacarme una sonrisa. He conocido a personas que me han ayudado a desarrollarme, a recuperar el tiempo perdido —Celebi se encogió frente a las últimas palabras, logrando que Hona contuviera las ganas de seguir—. Pero también he estado en la universidad —resopló, alejando los rizos que cayeron sobre su rostro.

—Estás… ¿estudiando? —Celebi no se caracterizaba por ser disimulada, jamás lo fue y era más que obvio que quería cambiar de tema. Hona lo dejó pasar.

—Sí, para enfermera Joy —una sonrisa tenue se dibujó en el rostro de Ceb—. Me sorprende que sepas lo que es la universidad —en esa ocasión fue Ceb quien bufó indignada—. Bueno en realidad no tanto, todavía recuerdo algunas de las cosas que me contabas de pequeña.

Ceb rio, sus alas hicieron un sonido similar al de unos cascabeles bailando al son de una cálida brisa de verano.

—Ah, ¿sí? ¿Cómo cuál?

—Uh, déjame pensar… —se echó hacia atrás y alzó la cabeza. Durante unos segundos permaneció hipnotizada por los tocones de madera del techo y las extrañas piedras luminosas que lo decoraban, como si la oscuridad que gobernaba en los huecos le permitiera regresar a un pasado en el que todo era un poquito mejor. Eevee se sentó entre sus piernas, moviendo la cola de un lado a otro—. ¡Ah, ya sé! La noche en la que llegaste fatal. Me acuerdo de que apenas podías volar en línea recta. Te reías por todo y decías estupideces. Olías raro, como muy dulce. Ahora, y por experiencia propia, sé que apestabas a ron. A la mañana siguiente parecía que ibas a vomitar hasta los pulmones. Todavía no sé cómo te las apañaste para que el grupo de borrachos te diera alcohol, sinceramente, aunque también me alegro de que después de eso decidieras no volver a probar ningún tipo de bebida además del agua.

—No tenías otra anécdota, ¿verdad? Mew me arrastró. De los errores se aprende —refunfuñó Ceb recostándose en la hamaca y balanceándola—. En fin, digamos que los legendarios tenemos nuestras formas de hacernos pasar por humanos —Hona, confusa ante esa revelación, trató de preguntar, pero su hermana añadió—: ¡Oye! ¿¡Cómo que "por experiencia propia"!? ¡Creía que verme así sería suficiente para que decidieras no beber!

—¡No es mi culpa, ellos me lían! —exclamó la muchacha sin vergüenza alguna—. Siempre dicen lo mismo: "sí, tía, de verdad que vamos a salir de tranquis no sé qué". ¡Y adivina qué! ¡No salimos nunca de tranquis! ¡Una cerveza acaba evolucionando en cuatro botellas del alcohol más barato de la tienda de la esquina, una partida de cartas a un juego que ni quien lo explica lo entiende y un karaoke! ¡Y lo peor es que a la mañana siguiente no me acuerdo de nada, a veces eso viene genial, otras es una absoluta mierda!

—¿De verdad estás intentando escurrir el bulto? —y ahí estaba la expresión que Hona recordaba con cariño manifestándose en el rostro herido de su hermana; ojos entrecerrados, iluminados por la picardía; sonrisa maliciosa; antenas relajadas. Una expresión que siempre lograba sacarla de quicio.

—¡Yo no estoy escurriendo nada, Ceb, precisamente tú no tienes derecho a acusarme de eso! ¿¡O es que ya no te acuerdas de cuando te comiste todas esas bayas y me cargaste a mí con el muerto!

Hona enterró el rostro entre las manos, ocultando una sonrisa divertida. Ninguna de las dos se atrevió a hablar. Un silencio pacífico se apoderó de la habitación, envolviéndolas en un abrazo melancólico mientras los Pokémon del exterior comenzaban a retirarse, abandonándolas en ese cubículo diminuto cuyo dueño resultaba todo un misterio. A decir verdad, Hona casi nunca descendía de la cima de la torre que coronaba esas tierras. La tenían ahí arriba, aislada del resto del mundo, por tu seguridad, decía su padre por aquel entonces y aunque le costara admitirlo, tenía razón, por aquellos tiempos Hona se trataba de una chiquilla alocada incapaz de quedarse inmóvil por más de treinta segundos, Ceb incluso lo cronometró en una ocasión.

—Te he echado de menos.

—Y yo a ti, Ceb. Y yo a ti.

Los sentimientos que llevaba años reprimiendo al fin se liberaron de las cadenas que los aprisionaban. Las lágrimas le abrasaron los ojos, amenazando con deslizarse a lo largo de sus mejillas todavía enrojecidas por la carrera del Encinar. El corazón volvió a latirle a gran velocidad, tratando de escapar de su propio cuerpo. Durante unos breves instantes incluso su cerebro se alejó de la realidad, solo para ser devuelto con algo que no deseaba escuchar:

—Él también te echa de menos, lo sabes, ¿no?

Esa simple frase fue suficiente como para lanzarla a la realidad, volverla consciente del lugar en el que se encontraba. Hona se incorporó en un parpadeo, las patas del taburete crujieron al ser arrastradas sobre el suelo. El resentimiento le hirvió la sangre, tanto, que las palabras brotaron de entre los labios pisoteándose las unas a las otras:

—Oye, de verdad, no creo que deba estar aquí.

Celebi la miró fijamente, la sorpresa se apoderó de su rostro inocente.

—N-no lo entiendo —tartamudeó Ceb alzando las antenas—. Estás en casa, claro que debes estar aquí.

Casa. Hona jamás había querido reír tan fuerte, maldecir o gritar. Lágrimas cayeron a lo largo de sus mejillas mientras sus labios se torcían en una sonrisa quebradiza.

—Esta no es mi casa, Celebi —dijo de manera agotada—. Él lo dejó bien claro cuando me abandonó, ¿es que no lo recuerdas? ¿Es que ya te has olvidado de esa pelea? —Celebi pareció contener el aliento—. Mira, la recuerdo como si fuera ayer, los rayos partiendo el cielo, la lluvia golpeándome la piel, los ojos brillando como brasas, los colmillos atravesando la ropa y arañándome la espalda mientras me cargaba. ¿Ya no te acuerdas de verdad? ¿Ni cuando dijo lo mucho que se arrepentía de haberme criado?

—Pero él no quería-

—¿Él no quería qué, Celebi? ¿Ahora me vas a decir que todo fue una tapadera para que lo odiara por mi bien? Me dejó sola en ese lago porque era una carga para él, de no haber sido porque Asier me encontró probablemente no estaría aquí ahora mismo. Mira, ¿sabes qué? Déjalo. Devuélvenos a Trigal antes de que descubra que estoy aquí e intente, yo que sé, hacer cosas raras con el tiempo y jodernos.

Eevee se incorporó de un salto, tenía el pelaje del lomo erizado, afilado como miles de agujas listas para atravesar carne, sus diminutos colmillos relucían por debajo de los labios arrugados dirigidos a Celebi, la cual, apenas conseguía mantenerse en el aire.

—Hona, Dialga no-

—Me da igual, Celebi. Devuélvenos a la capital. Ahora.

Hona clavó la mirada en el legendario, analizando hasta el último rincón de ese ser. Los brazos cubiertos de vendas cayeron a ambos lados de Celebi, como si le hubieran drenado la energía. Esos enormes ojos verdes comenzaron a perder el brillo que mantuvo durante toda la charla, incluso sus alas parecían algo más estropeadas. Pero la muchacha no cedió, permaneció firme en el sitio, de brazos cruzados, esperando una respuesta amarga.

—Solo… Solo tenéis que cruzar la salida —su voz se convirtió en un susurro triste, un eco de lo que alguna vez fue. Hona sintió un ligero dolor en el pecho que atribuyó a la culpa, sin embargo, se limitó a recoger sus pertenencias y colocarse la mochila, dándole la espalda para abandonar la habitación.

—Ha sido genial volver a verte, Celebi —colocó la mano sobre el pomo, el frío le mordió la piel—. Pero espero que ésta sea la última vez.

Nadie añadió nada. Ni sus amigos. Ni Celebi. Ni ella. El trío liderado por la muchacha avanzó en silencio, la confusión se reflejaba a la perfección en los rostros sudorosos de Ali y Antón. Hona abrió la puerta y pronto, un nuevo estallido de luz la cegó durante unos segundos, lanzándola de lleno a un vacío infinito.