La capital recibió al trío con su característica mala baba. Los coches pitaban con furia después de pasar junto a ellos a toda velocidad, amenazándolos con arrollarlos si se acercaban demasiado al límite de la acera. Los transeúntes, como siempre, ni siquiera se atrevían a levantar la cabeza del teléfono, simplemente se limitaban a esquivarlos como si fueran montones de basura moviéndose a una velocidad envidiable. ¿Y si por algún motivo chocaban contra alguno sin querer? Durante el año que Hona vivió ahí, aprendió a prepararse para una pelea a gritos que rara vez acababa en puños.
La tensión se palpaba en el aire, ya no solo por la excesiva contaminación de ese lugar, sino por el estrés que venía de la mano con el inicio de las vacaciones. Varias personas corrían junto a sus Pokémon cargando maletas de plástico endurecido hacia una fila de taxis mal estacionados que entorpecían el paso de los autobuses, los únicos vehículos capaces de acceder al centro de Trigal junto al metro.
—Vale, ¿cómo lo hacemos? —dijo Antón en cuanto salió de la casa, un edificio abandonado en mitad de un solar abarrotado de plantas secas y ruedas negras.
—Yo tengo que ir al Centro Pokémon —le respondió Hona aún con un poco de rabia abrumándola—. Quiero asegurarme de que Seedot está bien.
—¿No decías que con solo las pociones y las vendas iba bien? —Ali se cruzó de brazos y arqueó la ceja.
—¡Sí, lo dije! —tomó una bocanada de aire, uno mucho más contaminado en comparación al del bosque o al de Ciudad Cerezo. Lo único que le pasaba en esos momentos por la cabeza era alejarse de ahí e intentar enterrar los nervios que afloraron con el inesperado reencuentro con Ceb—. Procuré limpiarle las heridas con las pociones, sí, pero quiero que le hagan una revisión. ¿Y si está enfermo? ¿Y si esa baba tiene algún efecto secundario que lo haga enloquecer? —se aclaró la garganta—. Prefiero no arriesgarme, la verdad.
Los tres se callaron al momento, a juzgar por el rostro serio de Antón, parecía barajar unas posibilidades que no consideró hasta ese momento. Hona se acomodó la mochila a la espalda, consiguiendo que los objetos del interior se agitaran ruidosamente a pesar de la ropa usada amortiguándolos.
—Que Ali me acompañe al Centro Pokémon —propuso la joven—, total, si Blanca y tú vais a tener una reunión de líderes de gimnasio, nosotras no podremos pasar.
—Seguramente Blanca querrá escuchar vuestras versiones —Antón ladeó la cabeza, permitiendo que sus mechones morados cayeran sobre los hombros.
—Soy plenamente consciente de ello, pero a la reunión que vais a tener ahora no estamos invitadas —Ali se colocó junto a su amiga y la tomó del brazo. Hona la miró durante unos breves instantes, esperando al nudo de la garganta que siempre se le formaba cuando la tenía tan cerca, pero no acudió, solo permaneció el enfado—. Por primera vez en su vida, Hona tiene razón.
—¡Oye!
—Escucha, si nos necesitas, seguramente vamos a estar en el piso de Rex —continuó Ali haciendo caso omiso—. Nos llamas a mí o a Hona y ya nos vas diciendo, ¿vale?
Antón asintió no muy seguro, añadiendo al mismo tiempo:
—Si por algún motivo me tengo que volver directo a Azalea, que sepáis que me ha alegrado mucho veros de nuevo —una sonrisilla estúpida se dibujó en su rostro, iluminando los enormes ojos lila. Aquella misma sonrisa no tardó en extenderse a las otras dos como una enfermedad contagiosa.
—¡No me seas, que sabes perfectamente que siempre puedes llamarnos para venirte unos días al piso! —Ali se llevó la mano libre al pecho a modo de falsa molestia, sacándole una risa agotada a Antón.
—Ya lo sé, pero un líder de gimnasio no tiene vacaciones…
—Siempre podemos hacer unos chanchullos para que cierren el gimnasio unos días —comentó Hona sintiéndose cada vez más calmada—. ¿Simulamos un robo? Eso se nos da bastante bien—el recuerdo de las señales de tráfico que amontonaban en el piso a modo de trofeo le vino a la mente—. A lo mejor se puede llamar a Kep para que sabotee las tuberías y se inunde el edificio.
El muchacho rio, engatusado por ese plan estúpido descartado con un gesto fugaz.
—No hace falta, de verdad —lágrimas relucientes se deslizaron a lo largo de sus mejillas enrojecidas por las carcajadas, pero no tardó en secarlas con los dedos—. Bueno, me marcho, que todavía tengo demasiadas cosas que hablar con Blanca. ¡Ya nos volveremos a ver!
Sin decir nada más echó a correr, dejando tras él marcas de huellas grabadas en la tierra y a las dos chicas a solas, todavía abrazadas la una a la otra. Hona mantuvo la vista al frente, justo en la esquina por la que Antón desapareció de la vista. La seriedad cubría su rostro inmóvil, ni siquiera reaccionó cuando una incómoda corriente de viento seco le acarició la piel, o cuando Ali giró la cabeza hacia ella, observándola como una cazadora lista para abalanzarse sobre su presa.
—¿Piensas hablar de lo que ha pasado ahí? —aquella pregunta no le pilló de sorpresa, de hecho, estaba totalmente mentalizada.
—¿Tú qué crees?
—Que como eres mi mejor amiga me lo vas a contar, porque, aunque no he podido escuchar absolutamente nada de lo que ha pasado con Celebi sabes que puedes confiar en mí para contarme cualquier cosa —se calló, pero añadió al momento—: Y porque si ese Pokémon-
—Esa —corrigió sin dudarlo.
—Y porque si esa Pokémon te ha hecho algo, lo va a pagar claro.
—¿Piensas liarte a puñetazos con un legendario? —Hona estalló en carcajadas de solo imaginarse esa escena. Alissa era fuerte, los músculos bien definidos de su cuerpo lo dejaban bastante claro, aun así, Celebi seguía siendo una diosa de rango menor.
—¿Por ti? Cualquier cosa.
La seguridad en la voz de Ali le provocó una sensación cálida. Desde que forjaron esa amistad, Hona fue consciente de que su amiga haría cualquier cosa por ayudarla, incluso si eso implicaba poner en riesgo su propia salud. Lo último que ella quería era suponer una carga para Ali, o arrastrarla a una lucha en la que acabaría tremendamente malherida.
Hona tragó, liberándose del abrazo de la otra joven que observó perpleja cómo se alejaba a paso lento, titubeante. Un miedo irracional se había apoderado de su mente ya de por sí confundida. La tormenta de sentimientos que le estaba destrozando el pecho rugió con fuerza. No podía permitirse que nadie la dañara por su culpa.
—¿Estás bien, Hona? —Ali se escuchó muy lejos, apenas un eco en sus oídos.
—Ni se te ocurra hacer una gilipollez por mí —dijo en un tono áspero. Los pasos de Ali le retumbaron en el cerebro.
—Define gilipollez.
—¡Ali, voy en serio!
—¡Y yo también! —gritó a pleno pulmón—. ¿¡De verdad crees que soy la clase de amiga que no saltaría a una pelea para ayudarte!? ¡Quiero ayudarte, tía, de verdad, cuando has salido de esa habitación parecías a punto de echarte a llorar, estoy preocupada por ti! —apretó los puños—. ¡Pero si no me cuentas qué te pasa, no sé qué hacer! ¡Nunca sé cómo ayudarte porque nunca me cuentas nada!
—¡Porque tengo mis motivos! ¿¡Y sabes qué!? ¡Yo no soy la única que se niega a hablar las cosas! ¿¡O es que ya has olvidado lo de los platos, o lo de la Torre Bellsprout!?
—¡Porque no quiero que acabes como yo, joder!
Hona notó su corazón encogiéndose ante las palabras de Ali le perforaron hasta el alma. Pronto, la ira que antes anegó cualquier otro sentimiento fue desvaneciéndose como si nunca hubiera existido, dejando tras de sí un vacío que rápidamente se llenó de culpa.
—Oye, no creo que sea buena idea seguir hablando de esto. O al menos hoy —acarició la cabeza de Eevee, alzado sobre sus hombros. Tenía el pelaje anudado, lleno de hojas y ramas partidas de la huida del Encinar—. Vamos al Centro Pokémon, luego a casa de Asier y cuando terminemos, al piso de Rex, ¿te parece bien?
—Sí, vale. Perfecto.
El camino al Centro Pokémon fue incómodo, Ali estuvo la gran mayoría del tiempo con los ojos pegados a la pantalla del móvil, ignorando por completo los comentarios esporádicos que Hona soltaba al pasar junto a los escaparates de las tiendas de ropa. Parece que vuelven los estampados de flores feas decía entre risas forzadas en un intento por disminuir la tensión, solo para que Alissa respondiera con un sí o un ajá.
Hona quería pegarle. De verdad que quería. Pero no le apetecía pelear. Se limitó a avanzar en silencio, hablando solo con Eevee y Seedot, que todavía cubierto de vendas observaba con la inocencia de un niño el paisaje abarrotado de gigantes de acero y hormigón, absorto por ese nuevo mundo. Sus ojillos se abrieron como platos en cuanto la corriente del aire acondicionado los golpeó de lleno.
El Centro Pokémon de Trigal era el más grande de toda la región. Contaba con varias plantas, todas ellas pintadas de un naranja agradable mezclado con un blanco impoluto. La luz natural entraba por grandes ventanales, bañando las mesas y sillones en la que personas y Pokémon esperaban leyendo revistas, periódicos, mensajes de texto, o simplemente mirando la televisión. Olía muy bien, como a flores recién cortadas, seguramente por culpa de algún tipo planta como Bellossom. Algunas Chansey con gorritos de enfermeras solían pasearse por el lobby arrastrando carritos de metal, seguidas de Happiny entusiastas y novatas en el puesto.
—Voy a sentarme… —Ali se detuvo tras ella, buscando unos asientos libres—. Pues por ahí mismo. No tardes.
No tuvo tiempo a decirle nada, ni siquiera que se llevase su mochila, la cual comenzaba a pesarle demasiado. Agotada arrastró los pies hacia el mostrador de un rojo chillón, tal vez no la mejor opción para un hospital, pero ella no iba a quejarse de las decisiones del que diseñó ese lugar. La enfermera Joy la recibió con una agradable sonrisa, una tarjeta con el nombre "Sofía" colgaba de su uniforme.
—Bienvenida al Centro Pokémon, ¿en qué puedo ayudarla? —la alegría de su voz era contagiosa.
—Buenos días, he atrapado un Pokémon en el Encinar y me gustaría que le echaran un vistazo —llevó las manos al bolsillo en el que Seedot se mantenía oculto. Temía que la criaturilla fuera tímida, o que todos esos olores nuevos lo asustaran. Contra cualquier pronóstico, Seedot salió a su encuentro saltando al mostrador en cuanto tuvo la seguridad de no caer al suelo.
—¡Ay, es diminuto! —exclamó la enfermera, sus ojos azules brillaron de emoción. Seedot, por el contrario, pisó una y otra vez la superficie de madera rígida—. ¡Es adorable!
—¿A que sí? —Eevee ladró en acuerdo. Seedot se giró hacia su entrenadora ofendido. Hona le dedicó una sonrisa de disculpa—. Lo siento, lo siento. No le gusta que le digan que es pequeño.
La enfermera no pudo evitar reír mientras deshacía los nudos de las vendas, analizando minuciosamente las heridas.
—No te preocupes, lo tendremos en cuenta —se mantuvo en silencio durante unos instantes—. Decías que lo habías atrapado en el Encinar, ¿cierto? —Hona asintió—. Nos han llegado muchos casos de ahí. Pokémon muy malheridos, cubiertos de una baba extraña. Jamás habíamos visto algo así —la muchacha tragó, recordando la historia de Antón.
—No sabía que los heridos también estaban llegando a Trigal.
—Sí, depende de donde se encuentren. Este pequeñajo de aquí no parece en mal estado, las heridas están curándose a buen ritmo, aun así le echaremos un vistazo, ¿te parece bien? Solo para asegurarnos.
—Claro, no hay problema.
—¡Genial! ¿Quieres que le hagamos una revisión a tu Eevee también? —miró a su compañero, a duras penas logró contener la risa después de verlo con las orejas hacia atrás y su pelaje erizado.
—No creo que sea necesario, pero muchas gracias.
—De acuerdo. Toma asiento por favor.
Joy se marchó sin decir nada más por un pasillo cercano, tomando con delicadeza a Seedot. Una Chansey la siguió a toda velocidad.
Después de que la enfermera torció la esquina, la muchacha salió de la fila y caminó hacia el lugar donde su amiga dijo que estaría. La zona de descanso se encontraba un poco aislada del resto, vacía de no ser porque Ali se había apoderado de uno de los sillones y Furfrou disfrutaba de las bayas frescas amontonadas en un cesto de mimbre en el centro de la mesa.
—La enfermera me ha dicho que tardarán un rato en hacerle la revisión —apoyó los antebrazos en el respaldo del sofá y se echó hacia delante—. Avisaré a Asier de que estamos aquí. Para que mueva el culo de una vez, más que nada.
—Lo del Encinar no es un caso aislado —dijo la otra joven sin previo aviso. Extrañada, Hona se inclinó un poco más, formando entre ambas una cortina de rizos castaños que apenas le permitía ver la pantalla del móvil de Ali.
—¿De qué hablas?
—Hona, siéntate de una vez, que me estás poniendo nerviosa.
La chica resopló, obedeciendo al instante y tomando asiento junto a Ali.
—Mira, me lo acaba de pasar un amigo de Sinnoh —Ali redujo la distancia entre ambas, colocando el teléfono en horizontal para que Hona pudiera ver la pantalla con un enorme botón blanco de play.
—¿Qué es esto?
—Lo que podría habernos pasado en el Encinar si esos Pokémon nos hubieran alcanzado.
De nuevo Hona siguió la orden sin rechistar, aunque no tardó en arrepentirse. El video fue grabado en una noche cerrada, tampoco tenía la mejor calidad de imagen y el que grababa la situación, probablemente con el teléfono, corría a toda velocidad. Aun así, pudo distinguir una planicie sepultada bajo la nieve, varios abetos se alzaban sobre las cabezas del grupo, observando en silencio la terrible escena que se desarrollaba frente a ellos. Los protagonistas, unos chicos de no más de quince años, chillaban en agonía mientras suplicaban por ayuda, huyendo de los estruendos de una batalla entre Pokémon que ahogaban sus voces rotas. El corazón dejó de latirle en cuanto el joven que grababa cayó de bruces al suelo, la bilis le trepó a lo largo de la garganta después de que la cámara mostrara los cuerpos desmembrados de otros dos muchachos tirados en sus propios charcos de sangre caliente. Hona jamás conseguiría olvidar las expresiones de dolor grabadas en sus rostros salpicados de ese líquido rojizo, tampoco la visión de un Weavile desenterrando las garras de los cadáveres con una facilidad abrumadora.
El Pokémon tipo siniestro no lucía bien. Las heridas abiertas lo recorrían de arriba abajo, supurando de ellas la misma baba dorada que las criaturas del Encinar, incluso el aura de oro se encontraba a su alrededor. El ser, esbozando una sonrisa diabólica, aulló a la luna, atrayendo a una horda de Sneasel que se encontraban en la misma situación. Los recién llegados no perdieron el tiempo y sin necesidad de recibir una señal, corrieron en dirección al grupo de humanos, que ayudaban a incorporarse al amigo caído. Los chicos gritaron. El bosque de hielo se quedó en silencio. El Weavile avanzó hacia la cámara, pero antes de que consiguiera destrozar el teléfono con esas uñas afiladas como cuchillos, algo lo detuvo y lo hizo regresar al refugio de los árboles.
El vídeo se paró de repente y en la pantalla apareció el siguiente mensaje: ups, parece que algo ha fallado en tu conexión, junto a un dibujo de una cara triste.
Las dos amigas permanecieron en silencio, observando el móvil hasta que éste finalmente se apagó. Los pensamientos no cesaban, se amontonaban unos sobre los otros de una forma tan violenta capaz de marearla. El incidente del Encinar no se trataba de algo aislado en Johto, no, parecía una infección extendiéndose a lo largo del mundo, estirándose hasta tocar con unos dedos pútridos bañados en esa baba dorada a primer Pokémon que se cruzara en su camino. ¿Se encontraban ante el origen de una nueva enfermedad parecida a la rabia? ¿Una mutación, tal vez? Y si realmente se trataba de ello, ¿los humanos también se infectarían? Cientos de escenarios aparecían en su cabeza para desvanecerse en cuestión de segundos, al fin y al cabo, Ali tenía razón. Si Celebi no las hubiera sacado de ahí a tiempo, ahora mismo se encontrarían como esos chicos.
Inconscientemente miró hacia atrás, al pasillo por el que la enfermera Joy se fue junto a Seedot. Una parte de ella repetía sin cesar que todo iría bien, la otra, por el contrario, temía porque su nuevo compañero fuera víctima de ese patógeno. Si es que se trata de una enfermedad, claro.
—Qué… ¿qué pasó con esos críos? —sus labios parecieron cobrar vida. Ali no apartó los ojos del teléfono.
—Mi amigo me dijo que encontraron los restos a la entrada de Puntaneva a la mañana siguiente —tragó. Hona vio la saliva descendiendo a lo largo de la garganta—. Estaban bastante peor que los del vídeo. Al parecer, a uno le dieron un corte tan profundo en la garganta que por poco le separan la cabeza del cuello —la joven cerró los ojos, el sabor a bilis le regresó a la boca—. Los canales de esa región están que echan humo, no hacen nada más que hablar del tema y enseñar supuestos reportes de casos similares junto a segmentos del mismo vídeo que te acabo de enseñar. Buscan a los Pokémon culpables, hasta la excampeona se ha unido a la caza.
—Esto no me gusta nada, Ali… Celebi ya tuvo problemas enfrentándose a esos Pokémon del Encinar, ya la viste, ¿crees que un grupo de entrenadores conseguirá acabar con ellos?
—Hay que tener esperanzas, ¿no crees? Nadie más va a venir a ayudar.
Seedot salió de la revisión unos veinte minutos después con una energía envidiable a pesar de las vendas que todavía lo limitaban. En cuanto la primera oportunidad se plantó frente a él no dudó en regresar al bolsillo de la chaqueta de su entrenadora para continuar contemplando la ciudad. Hona preguntó una y otra vez si una anomalía apareció en los resultados, pero la enfermera le aseguró que todo estaba perfecto hasta el punto en el que ella misma optó por echarlas disimuladamente del Centro Pokémon.
La casa de Asier no quedaba muy lejos de ahí, aunque el viaje acabó siendo mucho más largo por culpa de las temperaturas. El calor del medio día las obligaba a ir buscando el frescor de la sombra de los edificios y de los pocos árboles esparcidos a lo largo de las aceras solitarias. Eevee se había tumbado en los hombros de Hona, parecía una bufanda, no dejaba de jadear y daba la impresión de que acabaría derritiéndose de un momento a otro.
La joven quiso seguir el ejemplo de Ali, regresarlo a su Pokéball para que no sufriera ese infierno, pero Eevee, al contrario que Furfrou, no soportaba entrar a ese sitio diminuto. Tampoco lo culpaba, al fin y al cabo, solo estuvo en ella en una ocasión cuando su madre le aconsejó atraparlo para evitar capturas por error e incluso acciones malintencionadas.
La urbanización de su hermano se encontraba cerca del centro, en una de las zonas más caras de la capital. Una valla verde rodeaba el perímetro, separando las calles llenas de hojas frescas de un jardín espacioso, repleto de césped y un camino empedrado que guiaba hacia las entradas de los edificios impolutos que lo rodeaban. En el centro de ese lugar se alzaba una fuente bastante refrescante en la que varios Pidgey tomaban un baño. En la parte trasera de la urbanización había unas piscinas gigantescas en las que constantemente se colaba junto a sus amigos, pues Asier le dio una copia de las llaves poco después de mudarse.
Cuando entraron el portero les dedicó una mirada extrañada desde su caseta, sin embargo, no se atrevió a irrumpir en la conversación de ambas. El aire frío del interior del pasillo las golpeó en la cara, ninguna se quejó, mucho menos Eevee que lanzó un suspiro de alivio. La música del ascensor no tardó en hacer acto de presencia, acompañándolas junto al rítmico pitido que anunciaba la llegada a una nueva planta.
Las puertas de metal se abrieron en el ático. La luz natural entraba a raudales a través de enormes ventanales atravesando las paredes blancas. Las plantas de su hermano tampoco faltaban, otorgándole a esa zona reducida un olor agradable. Las escaleras que conducían a la terraza se encontraban algo apartadas de la puerta de madera clara, a cuyos pies había un felpudo viejo en forma de Lillipup diciendo "¡Hola!".
Hona llamó al timbre una y otra vez antes de apoyar la espalda en el muro. En realidad ese no se trataba del hogar de Asier sino el de su pareja, con la que llevaba años viviendo. Su novio lo dejó al cargo del lugar cuando se fue de a un viaje de negocios a Teselia, si el edificio todavía no había ardido por error después de que él quisiera cocinar una de sus infames recetas, era señal de que todo iba bien.
Una sonrisa estúpida se le dibujó en el rostro tras imaginarse ese posible escenario. Los cerrojos abriéndose la alejaron de la idea ya bien asentada en la mente, revelando al fin la figura pelirroja de su hermano.
—¡Hona! —gritó con la emoción propia de un niño. A su lado apareció un Luxray enorme de pelaje amarillo brillante, rugiendo con la misma energía de su entrenador. Dos brazos tonificados la encerraron en un abrazo inesperado y fuerte, impidiéndole respirar durante unos segundos en los que Asier se encargó de alzarla en el aire ignorando por completo sus patadas desesperadas.
—¡Oye, ya vale! —exclamó la joven lanzando una dentellada al viento—. ¡Bájame, me haces daño!
—¡Ay, menos mal que por fin habéis llegado! —sollozó Asier al fin devolviéndola a tierra firme. Hona no dudó en retroceder un paso—. ¡Hola, Ali! Espero que mi hermana no te haya dado demasiados problemas.
Ali rio en voz baja, una melodía preciosa que consiguió apaciguar la rabia de la joven y provocándole un ardor en la cara.
—No te preocupes por eso, Asier, ya tengo la suficiente experiencia para manejarla sin problemas.
—Dejad de hablar de mí como si fuera un Pokémon salvaje —se cruzó de brazos, una expresión de seriedad le oscureció el rostro, llevándose consigo el rubor de las mejillas. Asier separó los labios, pero antes de ni tan siquiera articular la primera palabra, Hona lo señaló con un dedo acusatorio—. Ni un puñetero chiste al respecto.
—Por Arceus —un escalofrío le recorrió la espalda, no quería escuchar ese nombre ni en un millón de años—, ¿qué bicho te ha picado hoy?
—Luego te lo cuento —la sonrisa de Asier se desvaneció solo para volver al momento—. ¿Podemos pasar o no?
—¡Claro, claro! Estáis en vuestra casa.
—¡Genial! Necesitaba usar el baño —Hona se giró hacia Ali. Esa clase de comentarios no solían ser típicos en ella, así que optó por creer que simplemente lo hizo por liberar la tensión del ambiente.
El interior del piso, a pesar de ser de concepto abierto, era bastante acogedor. Los rayos del sol entraban a través de unos ventanales enormes que se alzaban hasta la segunda planta, accesible gracias a unas escaleras de mármol blanco y barandilla de metal impecable. Tres sillones beis se encontraban en el centro de la estancia rodeando una mesa de madera clara llena de vasos vacíos y un cuenco de fideos instantáneos a medio comer. La cocina de alta gama no se encontraba en el mejor de los momentos. Los platos sucios se acumulaban en el fregadero, esperando a ser colocados en el lavavajillas, uno de los taburetes de cuero que rodeaban la isla de piedra estaba cubierto de trapos.
Hona frunció el ceño. Ali no miró la basura durante su camino al baño.
—Qué asco, Asier.
—No me juzgues, he estado muy liado con el trabajo —acarició las tiritas multicolores que le cubrían gran parte de la cara. Su hermana se fijó en la cicatriz de la ceja, el recordatorio de una caída de la que Asier se negaba a hablar.
—¿Tú has estado liado con el trabajo? —se burló la muchacha tomando asiento en la mesa de la cocina. Luxray se frotó contra su pierna, un ronroneo le brotó de la garganta después de que Hona le acariciara detrás de las orejas.
—Oye, no te metas conmigo. Me tengo que ir a Tesela, ¿vale? He estado sacando los billetes de avión.
—Odias volar —Hona no se extrañó, los viajes eran algo común para Asier.
—Lo sé, pero Dani me ha dicho que es muy urgente, que me necesita allí ya.
Hona puso una mueca de espanto. El viaje duraría horas y Asier parecía plenamente consciente de ello.
—Ya, a mí tampoco me hace gracia —sacudió la mano restándole importancia al asunto—. Pero ya sabes, el trabajo es trabajo. ¿Qué tal el viaje?
—Oh, sí, súper pacífico —la ironía le envenenaba la voz. Asier no tardó en captarla, tomó asiento junto a su hermana—. Como vuelvas a hacerme esto voy a matarte, ¿me escuchas?
—Podrías haberle pedido a mamá que os trajera —puntualizó el chico.
—No quería molestarla —respondió de forma cortante.
—¿Qué os ha pasado? —preguntó con total seriedad—. No es normal que estés tan de morros, ¿sabes?
La muchacha suspiró. Se mantuvo en silencio durante unos segundos, tratando de ordenar de manera lógica los eventos que ocurrieron durante esos tres días de viaje y eliminando aquellos que consideraba demasiado complicados de explicar o los que conseguirían provocarle un infarto a su hermano mayor.
—Para empezar, nos cruzamos con los Dedos. Ali amenazó a uno con darle una paliza porque no nos dejaban tranquilas. Eso fue cerca de las Ruinas Alfa, así que tuvimos que dar un rodeo para evitarlos a toda costa —Asier se mordió los labios.
—Esos cabrones…
—Luego —continuó—, fuimos a Azalea y en el Encinar atrapé a un Seedot malherido —los ojos de Asier se iluminaron de la emoción, acabando por completo con la imagen de seriedad.
—¿¡En serio!? ¿¡Puedo verlo!? —Hona no respondió, se limitó a abrir el bolsillo. Seedot dormía plácidamente, agotado por el terrible combate que tuvo antes de encontrarlas.
—Está durmiendo.
—¿Lo llevas en el bolsillo?
—Sí —Hona se encogió de hombros—. Es que es del tamaño de una bellota.
—¿Y qué más os ha pasado? Porque no creo que vengas de tan mala baba solo por los Dedos.
Tomó una bocanada de aire, mentalizándose para lo que fuera a ocurrir. Luxray alzó la cabeza, observándola con esos preciosos ojos dorados. Eevee se sentó en su regazo, brindándole todo el apoyo posible.
—Me encontré con Celebi en el Encinar —las palabras salieron a gran velocidad, casi imposibles de entender. Ansiaba decirlo de una vez, no darle más vueltas.
El rostro de Asier palideció, la bola del piercing de la lengua resplandeció entre sus labios separados. Hona se centró en el baño donde Ali todavía permanecía encerrada con sus quehaceres. Consciente de que estaría arreglándose el maquillaje, continuó sin miedo.
—Tuvimos un problema viniendo hacia aquí. Pokémon desquiciados, no sé si has escuchado los rumores —Asier asintió muy lentamente, varios mechones pelirrojos le cayeron en la frente—. Celebi estaba… herida. Ni siquiera ella consiguió hacerles frente. Cuando la vi así no me lo pensé dos veces, la cogí y salí corriendo de allí junto a Ali y Antón. Me reconoció, ¿sabes? No me lo esperaba para nada —unas carcajadas desganadas le brotaron de la garganta—. Supongo que fue culpa mía por llamarla por el mote que le di de pequeña. Nos teletransportó a ese sitio y te aseguro que, de no haber sido por ella, habríamos muerto en ese bosque.
—¿Qué pasó después, Hona? —la chica tragó, la mirada color miel de su hermano de repente adoptó un aura seria, penetrante, preocupada.
—Hablamos. Al principio fue un poco incómodo. Luego me sentí bien, me fastidia admitir que la echaba de menos… —sacudió la cabeza, librándose de las lágrimas que le anegaron los ojos y acariciando la cabecita de Eevee. El Pokémon gimoteó al percatarse de las emociones de su entrenadora—. Al final tuvimos una discusión y nos devolvió a Trigal. Y aquí estoy ahora —se forzó a reír, a intentar relajar la tensión del ambiente. Asier se recolocó en el asiento, aún manteniendo esa expresión severa.
—Hona.
—No, él no apareció en ningún momento.
El decirlo en voz alta consiguió extrañarla. Si no recordaba mal, durante su niñez él se había referido multitud de veces a esa tierra sin nombre como su territorio, un lugar al que nadie entraba sin su conocimiento. Podía ubicar a los intrusos en cuestión de segundos, buscarlos y echarlos de ahí a base de ataques capaces de desintegrar al rival con solo rozarlo. Entonces, ¿por qué no apareció cuando tres de ellos aparecieron de la nada en una casa perdida en mitad del bosque?
El suspiro de Asier la alejó de esos pensamientos.
—Menos mal. Ya creía que… Bueno, no importa. Deberías hablar del tema con mamá y papá.
Hona se cruzó de brazos.
—¿Para qué? No me van a creer —rebatió con cierta rabia—. Tú eres el único que me cree, Asier, y precisamente me crees porque él me dejó contigo. Papá y mamá siguen pensando que crecí con la ayuda de los Pokémon del bosque. Aunque tampoco puedo culparlos, es una historia ridículamente inverosímil.
Aquello le dolía. Odiaba que sus padres no la creyeran y disminuyeran el asunto a la basta imaginación de una niña pequeña. Decidió dejar de hablar de ello al poco tiempo de ser adoptada, ya no solo por los cabreos, sino por recomendación del psicólogo encargado de ayudarla a superar esos supuestos traumas de la infancia.
Su hermano se rascó la nuca, colando los dedos por debajo del collar que ella misma le regaló por su decimotercer cumpleaños.
—¿Y qué vas a hacer?
—Seguir con mi vida como siempre he hecho —afirmó la joven—. Igual que continué con mi vida cuando ocurrió todo lo del Equipo Galaxia.
Ese incidente era algo de lo que jamás conseguiría olvidarse. El día en el que las noticias de todo el mundo cubrieron ese evento ella se encontraba tomando su primer café de la mañana. La televisión estaba encendida de casualidad, solo Eevee parecía prestarle atención, pues Ali no dejaba de hablar con ella de la rutina que debía hacer ese día en el gimnasio. Solo cuando escuchó los rugidos agónicos se dignó a centrarse en el televisor. El vídeo del recluta que se atrevió a grabar la situación era muy nítido, como si el jefe de la organización hubiera querido grabar el origen del "nuevo mundo". Los dos legendarios se sacudían en agonía mientras una cadena roja como la sangre los envolvía en un abrazo asfixiante, reduciéndolos a simples marionetas bajo las órdenes de Helio, la cabeza de la organización, el cual fue engullido por las sombras en el Mundo Distorsión. O al menos eso testificó la excampeona de Sinnoh.
Incontables vidas se perdieron en ese incidente. Varios amigos acabaron malheridos y se recuperaron con secuelas permanentes. Aun así, cada vez que recordaba semejante catástrofe Hona no dejaba de escuchar esos lamentos, el crujir de los eslabones apretándose sobre las escamas de aquel que la crio como suya. El corazón se le encogía, eliminando cualquier rastro de resentimiento en su interior.
—Oye, de verdad que no me apetece hablar de esto —solo en ese momento se percató del mal sabor de boca—. ¿Para qué querías verme? ¿O es que me has hecho andar tres días sin parar solo para tomarnos un café?
El silencio se formó entre ambos hermanos durante unos breves instantes. Asier resopló en señal de rendición.
—No, no es eso. Espera un momento.
No añadió nada más. Arrastró la silla y corrió al piso de arriba justo cuando Ali regresaba del baño con un delineado perfecto. Los rayos del sol realzaban su figura cincelada por los dioses, otorgándola de un aura dorada recién sacada de un cuento de hadas, tan hipnótica que Hona quedó sin aliento e inmóvil. Solo Eevee consiguió devolverla a la realidad después de enterrarle las uñas en las piernas.
Hona contuvo las ganas de gritar ya no solo de dolor, sino del susto. Furiosa, dirigió la atención a su compañero solo para encontrarlo con una expresión de picardía en el rostro.
—Un día de estos me voy a hacer un abrigo contigo —masculló. Eevee movió la cola, una expresión de picardía le cruzaba el rostro—. No tientes tanto a la suerte.
—¿Dónde está tu hermano? —la voz de la chica interrumpió la pelea—. ¿Ya te ha dicho qué quiere?
—No, ha subido a su habitación. Creo.
Asier regresó a los pocos minutos sujetando con cuidado un cilindro de cristal y metal. Hona no tardó en reconocer la forma inconfundible de una incubadora cuyo interior protegía un huevo bastante grande con zonas azules.
—¿Y ese huevo? —Hona se cruzó de brazos, aunque no podía negar la ilusión de verlo.
—Pregúntale a Luxray —la emoción parecía controlarle los labios. Raramente los entrenadores se encargaban de huevos, necesitaban cuidados especiales y sobre todo, mucha delicadeza, por lo que optaban por entregarlos a manos expertas de ellos mediante guarderías o programas de reintroducción a la naturaleza. El Pokémon amarillo maulló.
—¿Vas a llevarte el huevo a Teselia?
—¡Esa es la cosa, no me lo puedo llevar! Me encantaría, de verdad que sí, pero no voy a poder darle los cuidados que necesita, Luxray tampoco porque tiene que trabajar conmigo. Por eso había pensado en…
Hona entrecerró los ojos, sospechando las intenciones de su hermano.
—Quieres que me haga cargo del huevo, ¿verdad?
—¡Exacto! —varias tiritas se despegaron por las puntas a causa de la enorme sonrisa—. Cuidar huevos formaba parte de tus estudios, eres la candidata perfecta.
—Pero-
—No quiero dar el huevo a una guardería, quiero que la cría pueda pasar tiempo con su madre. ¡Y piénsalo, ahora tendrás un compañero más!
—Ya tengo dos com-
—Por favor, Hona, hazlo por nosotros —hizo un puchero, Luxray lo imitó.
—Vale. ¡Vale, me quedaré el huevo! Pero más te vale que me ayudes con sus gastos —gruñó.
En realidad la comida para Pokémon no tenía un coste demasiado elevado, tampoco sus cuidados médicos, pero la situación cambiaba cuando se trataba de un cachorro. Las crías que no tenían la leche materna necesitaban unas papillas muy específicas diseñadas para aportar los nutrientes necesarios a cada especie, lo cual significaba que no podría comprar ese alimento hasta que el Pokémon rompiera el cascarón.
Asier y Luxray dieron saltos de felicidad, incluso varias lágrimas se deslizaron sobre las mejillas de su hermano mientras le entregaba la incubadora con una delicadeza sorprendente.
—Mándanos una foto cuando nazca, ¿vale?
—¿Por qué parece que nos estás echando? —Hona arqueó una ceja.
—Porque lo estoy haciendo —se rio el pelirrojo—. Todavía no he hecho la maleta, ¿y a que no adivinas cuándo tengo el viaje?
La muchacha se mordió la lengua, conteniendo las ganas de abalanzarse sobre él e iniciar una pelea similar a las que tenían de pequeños. Eevee olfateó la máquina y aulló de alegría.
—Te voy a… ¿Mañana?
—¡Error! —se burló Asier girando sobre los talones y regresando al inicio de las escaleras—. ¡En cuatro horas!
El piso donde Hona pasó los dos años de bachillerato y el primero de la universidad era totalmente distinto al de Asier, pero demasiado similar al de Ciudad Cerezo. Ese también se caía a pedazos, enormes grietas recorrían la fachada pintada de un amarillo nauseabundo. Las persianas de los diferentes hogares se encontraban cerradas a cal y canto, cubiertas por una capa de tierra y barro acumulada durante años. Pocos se atrevían a vivir ahí, incluso el portero, el Señor R, un hombre de barba blanca y ojos rojizos, se marchó poco tiempo después del fallecimiento de la abuela certificada del bloque, una señora mayor súper amable que horneaba unas galletas de chocolate irresistibles. Esos dos estaban muy unidos, probablemente la tristeza fue lo que lo impulsó a dejar el puesto.
Después de eso Hona sintió cómo un pedazo de la felicidad del edificio se desvanecía en el aire. No tuvieron la necesidad de llamar por el porterillo, Ali abrió la puerta de un simple empujón.
—¿Crees que algún día la arreglarán? —dijo la joven limpiándose la suciedad adherida a su hombro. Furfrou ladró a su lado.
—No, el Señor R era quien se encargaba de que este agujero no se viniera abajo —la entradilla era agobiante, ya no solo por el calor de ahí dentro, sino por las enormes telarañas que los Spinarak tejieron en las esquinas. Los buzones oxidados se encontraban en su mayoría desbordados de publicidad cubierta de una capa de polvo—. Mira, el suelo ya está lleno de grietas.
—¿Vamos por el ascensor?
—No. ¿Es que quieres morir?
La risa de Ali rebotó a lo largo de las paredes verdosas, en ese lugar decrépito conseguía arrancarle toda la belleza a ese sonido que Hona consideraba como el canto de un ángel.
—Sí, tienes razón.
El eco de los pasos trepó a lo largo de las escaleras infinitas, las grietas de las paredes las acompañaban en todo momento junto a los chicles ennegrecidos que alguien pegó mucho antes de la estancia de las jóvenes. Luces amarillentas y parpadeantes se encendían conforme avanzaban, aunque no duraban demasiado.
Cuando al fin alcanzaron la quinta blanca Hona se encontró completamente privada de oxígeno. Eevee se reía de ella, permaneciendo a su lado mientras trataba de recuperar el aire.
—Menos mal que has dejado el tabaco —comentó Alissa picando a una de las puertas de madera astillada.
Hona no tuvo las fuerzas suficientes para responder, moverse se convirtió en una auténtica tortura. Los músculos de las piernas se quejaban en forma de agujetas que por suerte no durarían demasiado tiempo, incluso las rodillas crujían de una forma tan grotesca que Ali puso una mueca de asco.
El chirrido de la puerta abriéndose le impidió contestar, se trataba de un sonido muy molesto e incómodo. Apenas duraba unos segundos, lo suficiente como para que Hona apretara los dientes.
—¿¡Enzo!?
No se lo podía creer. El corazón comenzó a latirle a toda velocidad a la vez que los labios se le torcían en una sonrisa radiante. La figura inconfundible de su amigue se manifestó bajo el umbral, deslumbrando a las muchachas con su estilo.
Llevaba el cabello negro y rizado recogido en un moño alto, asegurado gracias a una preciosa corona de flores blancas y rosadas. Su piel oscura estaba impecable, el maquillaje rosado resaltaba los enormes ojos castaños, además del lunar del ojo izquierdo. El cascabel plateado del cuello emitía un sonido juguetón cada vez que movía la cabeza. Un jersey lila y cubierto de diversos estampados, desde graciosos fantasmas de cuencas moradas, calaveras, hasta Woobat cuyas formas se vieron simplificadas, asomaba por debajo del peto rosa que llevaba unas chapas con una bandera de franjas amarillas, blancas, moradas y negras y otra de rayas verdes, blancas, grises y negras. Unos tenis blancos y con la suficiente plataforma para alzarlo sobre Hona le mantenían aislado del suelo, decorados con clips de objetos aleatorios.
—¿¡Qué haces aquí!? —Hona corrió a su encuentro, envolviéndole en un abrazo tierno y dándole un beso en la mejilla antes de regresar a tierra firme—. ¡Pensaba que este año no podrías salir de Sinnoh!
Enzo rio en voz alta, restándole importancia al asunto.
—Me han vuelto a echar de las pruebas para líder de gimnasio.
Ali se cruzó de brazos tras escuchar aquello.
—¿Otra vez? —Enzo se encogió de hombros, sus labios permanecieron sellados en una sonrisa felina.
—Bueno, no es mi culpa que los jueces sean unos viejos rancios para los combates —se excusó y realmente Hona no podía quitarle razón. Los exámenes de acceso a semejante puesto no solo se caracterizaban por su dureza, sino también por seguir a rajatabla la tradición de los combates y precisamente el estilo de combate de Enzo atentaba contra ella—. Oye, oye, pero no vamos a hablar ahora de estudios, que estamos en verano y es época de disfrutar. ¡Venga, entrad! Los demás están dentro.
En cuanto Hona puso un pie dentro del hogar, una oleada de nostalgia la asaltó sin piedad. Todo seguía tal y como lo recordaba, el tiempo no parecía avanzar en ese sitio; el mismo pasillo de entrada reducido por la presencia de un mueble demasiado grande; la señal de tráfico arrancada y firmada por quienes entraban al piso; las luces led colgadas desde la cocina hasta el salón ahora apagadas; la colección de botellas de alcohol vacías; incluso Francisco Menisco, el esqueleto de plástico a tamaño real modificado por Kep para que Rex pudiera usarlo en la asignatura de fotografía observaba en silencio, siguiéndoles con la cabeza gracias a los sistemas de detección de movimiento.
—¡Chiquis, ya estamos aquí! —chilló Ali a pleno pulmón.
La primera en mostrarse fue Bora, una joven de cabello oscuro recogido en dos pompones perfectos y de grandes ojos verdes. Las gafas de cristales redondos descansaban plácidamente sobre la nariz. Una sonrisa enorme se dibujó en su rostro pálido mientras salía de la cocina cargando un par de botellas que Hona reconoció al instante.
—¿Qué os ha pasado? —preguntó la chica dejando el alcohol en la mesa del salón—. ¿Por qué habéis tardado tanto?
—Oh, si te contáramos —refunfuñó Hona apoyándose en el hombro de Enzo.
—¿Para qué es el alcohol? —Ali señaló a las botellas de diferentes tipos. Reconoció vodka, ron e incluso un poco de whisky.
—Ah, eso —intervino una nueva persona. Un muchacho de cabello gris apareció de una de las habitaciones, un par de manchas de pintura le recubrían las mejillas y la camiseta morada. Un Bulbasaur trotó junto a él, cargando en sus látigos dos pinceles recién lavados—. Hemos pensado en hacer una fiestecilla, ¿sabéis? Ya que por fin habéis venido de visita —rio Rex, el recién llegado—, y que Enzo está aquí. Por los viejos tiempos, ¿no?
—¡Sí, vale! —replicó Hona emocionada, ansiosa por tener una excusa con la que olvidarse de los inconvenientes del viaje—. A mí me parece genial, pero me encantaría comer algo primero, que el imbécil de mi hermano nos ha echado de su casa y ni siquiera nos ha dado unos macarrones…
Las carcajadas volaron a través de la habitación. No podía negar lo mucho que había echado de menos ese lugar, al fin, después de tres días de un viaje plagado de baches podía respirar sin miedo a ser acechada por el pasado.
—Sí, sí, a mí también me parece un plan genial, pero… —Ali señaló a la mochila que todavía cargaba a la espalda—. Me encantaría lavar la ropa, y una ducha tampoco estaría mal, que parece que acabo de salir de un corral de Dubwool.
—Adelante —comentó Enzo adentrándose en el piso—, estás en tu casa.
—Tú ni siquiera vives aquí —masculló Bora entre dientes.
Las luces colgadas de las paredes parpadeaban a toda velocidad, perfilando la figura del humo de los cigarros que se acumulaban en el cenicero junto a las botellas de alcohol y el bol de cáscaras de pipas. Los constantes gritos y risas del grupo quedaban completamente sobrepasadas por la música a todo volumen, pero eso no conseguía acallarlos, al fin y al cabo, no tenían vecinos para llamar a la policía y presentar una queja.
Hona se dejó caer sobre el sofá, aún sosteniendo con firmeza el vaso de plástico lleno de vodka. El líquido del interior se tambaleó de un lado a otro a punto de desbordarse sobre la ropa limpia, no le importó demasiado. En general nada le importaba en ese momento. Solo quería reírse y aislarse por unas horas de las desgracias que estuvieron persiguiéndola durante esos días.
Sus amigos bailaban en cualquier lugar, sobre todo frente a la televisión apagada y los pasillos iluminados por el led. En algún momento de la noche Bora había cogido a Francisco por las muñecas esqueléticas y ambos se movían al son de una canción que Hona conocía, pero a la que no conseguía ponerle nombre en ese momento. Ni siquiera reconocía a la persona sentada junto a ella, su voz estaba distorsionada y parecía moverse a cámara lenta a causa de la velocidad frenética de la luz.
En ese momento nada le importaba, no dejaba de reír, cantar a pleno pulmón junto a sus amigos la letra de esa canción sin nombre. Llevó el vaso hacia los labios, el alcohol ya no tenía el característico sabor fuerte, simplemente le descendía por la garganta como si de agua se tratara. El hielo la golpeó sin piedad, salpicándole los restos de la bebida directamente en la cara. El frío le brindó el primer momento de lucidez de toda la noche.
Hona miró de un lado a otro, a su alrededor solo veía a sus ex compañeros de piso moviéndose como Ducklett mareados, gritando y balbuceando cosas sin sentido. Ya se imaginaba las consecuencias de esa fiesta a la mañana siguiente, todos en el baño haciendo cola para vomitar, desayunando café con cereales, o directamente una buena remesa de churros con chocolate caliente. El dolor de los músculos apareció de la nada, obligándola a hundirse un poco más entre los cojines mullidos mientras una sonrisa estúpida se le dibujaba en el rostro. No pienso volver a beber se dijo plenamente consciente de la mentira. Por suerte no tenía el teléfono a mano, siempre lo dejaba en la habitación donde los Pokémon descansaban durante esas noches y le repetía a Eevee que bajo ningún concepto le permitiera cogerlo.
A día de hoy esa técnica seguía funcionando a la perfección.
—¡Hona, necesito que vengas conmigo! —la voz de Enzo la devolvió a la magia de la borrachera, a un mundo en el que nada iría mal.
—¿A dónde?
—Al baño.
—Puedes ir sole —refunfuñó la joven—. No estamos en una discoteca.
—Venga, tía, no rompas el acuerdo de trans solidarity.
Hona entrecerró los ojos. Ese acuerdo nació después de un horrible encontronazo en una sala de fiesta bastante famosa de la ciudad en la que un grupo de imbéciles estuvo a punto de darle una paliza por ser no binarie. Fue un momento aterrador, a partir de ese momento decidieron acompañarse mutuamente.
—En realidad es porque no puedes andar recto, ¿verdad? —la muchacha se limpió la comisura de los labios. La risa de Enzo explotó por todo el piso.
—Me has pillado.
—Yo tampoco es que vaya muy bien, te aviso.
—La unión hace la fuerza.
Enzo le ofreció la mano, una temblorosa e incapaz de quedarse quita por más de cinco segundos. Hona la aceptó, aunque el problema llegó tras intentar levantarse. Los alrededores comenzaron a dar vueltas y estuvo a punto de caer al suelo de bruces. Esa torpeza fue recibida con carcajadas.
—Agárrame que nos caemos —comentó la muchacha pasando el brazo por el costado de su amigue. Enzo la imitó, aferrándose con fuerza—. Espera, espera, quiero rellenar el vaso.
Avanzaron entre tumbos y risas, arrastrando los hombros por las paredes con el objetivo de no tropezarse con sus propios pies.
—Venga, que vas a mear súper a gusto —Hona apoyó la espalda contra la pared llena de pósteres enmarcados y le dio un trago a la bebida. Enzo abrió la puerta, revelando un interior iluminado por las mismas luces parpadeantes. Primero se trató de un color blanco cegador seguido de un verde neón y un azul cian.
—¿No entras conmigo? —le chique se cubrió la boca, disimulando un eructo.
—No, ¿es que tienes cinco años? Yo te espero aquí, como siempre hacemos.
—Pero él quiere hablar contigo.
—¿"Él"? ¿Quién coño es "él"? ¿Estás delirando? ¿Cuántas copas llevas? —entornó los ojos, tratando de reconocer la expresión oculta detrás de la oscuridad del rostro de su amigue—. ¿Es que has hecho de tus famosos brownies? Enzo, déjate de bromas, venga.
No recibió respuesta, tampoco logró leer el semblante sumergido en las sombras. Un miedo irracional se apoderó de ella. El corazón le latió a toda velocidad, en su estado de embriaguez se imaginó que acabaría partiéndole las costillas. Lo sentía. Sentía la misma atmósfera opresiva aplastándola. El frío erizándole el vello de la nuca.
Sus ojos se deslizaron sobre los hombros de Enzo, directos hacia el espejo del baño, donde la imagen de una ciudad flotante y carente de lógica aparecía de manera clara. Reconoció la fachada del edificio en el que se encontraban y a pesar de que le resultó difícil de creer, su reflejo lucía en peor estado que el original, cubierto de grietas gigantescas, incluso en algunas zonas parecía fusionarse con otro bloque cercano.
Hona no dudó ni un segundo. Se incorporó rápidamente e intentó marcharse de ahí, regresar a la táctica de mantenerse alejada de cualquier superficie reflectante. Enzo, por desgracia, fue el doble de rápido gracias a la experiencia como entrenador. La agarró del brazo, impidiéndole continuar. La adrenalina consiguió brindarle otro momento de claridad.
—¡Oye, te prometo que no nos va a hacer nada! —comentó le joven, mostrando al fin una sonrisa radiante e inocente. Hona gruñó—. ¡Es divertido, lo juro!
—¡Enzo, suéltame ahora! —demandó al borde de un ataque de nervios. Luchó por zafarse. No sirvió de nada—. ¡No me preocupa lo que pueda hacernos!
—¡Pero es muy importante, de verdad que no te estaría arrastrando si no lo fuera!
Lanzó un rápido vistazo hacia el salón, suplicando porque el escándalo no llamara la atención de nadie. Los demás continuaban bailando al son de una canción nueva, ajenos a lo que ocurría en el pasillo.
—¡Enzo, de verdad que no-!
No pudo continuar la frase, su voz quedó ahogada bajo el rugido ensordecedor de un torbellino negro que les envolvió por completo y los alzó unos centímetros del suelo. Hona quiso forcejear de nuevo, agarrarse a algo con tal de no ser arrastrada a la dimensión de detrás de los espejos. Sus esfuerzos fueron en vano, una repentina fuerza invisible tiró de elles, zambulléndoles en un mundo en el que el sentido común no servía de nada.
Pronto el acogedor panorama del típico pasillo de estudiantes se vio sustituido por un paisaje tétrico recién sacado de una pesadilla. El silencio se impuso en el ambiente con una brusquedad incómoda, sin embargo, a ella aún le pitaban los oídos del golpe en la cabeza que recibió tras caer de espaldas contra una de las plataformas inertes sobre el vacío azulado.
La muchacha se cubrió los ojos con el brazo, incluso en la oscuridad la cabeza le seguía dando vueltas, como si estuviera montada en una montaña rusa interminable. El Mundo Distorsión se expandía a su alrededor, lo sentía en cada rincón de su cuerpo, esa energía extraña e inestable atravesándole la carne hasta alcanzar el hueso.
—¿Te ayudo a levantarte? —escuchó a Enzo acuclillándose a su lado. Y volando alrededor de ambos la presencia fría y familiar a la cual no quería enfrentarse aún.
—No, gracias, prefiero seguir en la montaña rusa.
Una risa repentina estalló en su mente, una tétrica, distorsionada y aun así, una que le dio cierta nostalgia escuchar. Corrientes de aire templado le removían el cabello cada vez que el legendario volaba junto a ella.
—Veo que tu sentido del humor no ha cambiado en todos estos años, Hona.
La nombrada desvió la cabeza. Giratina, uno de los dioses de la creación y desterrado por su violencia, se alzaba imponente ante elles. El aura de poder que brotaba de él era indescriptible, errática, a veces fría, otras cálida, volátil como un desodorante de spray con un mechero, inestable, capaz de doblegar a cualquier Pokémon con un simple vistazo gracias a esos ojos rojos como la sangre.
Hona tragó y miró hacia Enzo, preocupada porque ese comentario le alcanzara, pero su amigue permanecía callade, observándola. Telepatía. Los dragones del origen solo hablaban con telepatía. Recordaba que de esas bocas plagadas de colmillos afilados solo brotaban gruñidos o rugidos ensordecedores.
La espalda le empezaba a doler demasiado, notaba las piedras clavándose en la piel a través de la ropa. Debía ponerse en pie.
—Agárrame que me caigo —le dijo a Enzo estrechándole la mano.
—Tú no te preocupes.
Claro que se preocupó, incluso agarrades le une al otre se tambaleaban de un lado a otro, incapaces de mantenerse en una misma posición por más de cinco segundos. Una escena patética sin duda alguna, aunque no dejaba de pensar en la parte positiva: a la mañana siguiente no se acordaría de nada.
—¡Genial! Ya me tienes aquí —exclamó como pudo. Las alas del legendario se sacudieron un poco, obligando a Hona a rebuscar en su cerebro con tal de recordar qué significaba cada gesto de las alas. Giratina estaba relajado, bastante contento a juzgar por su lenguaje corporal—. Llevas dos días persiguiéndonos, ¿me vas a explicar qué quieres?
El Pokémon rio de nuevo. Su voz, al contrario que la de Arceus, no te transformaba el cerebro en puré. Era oscura, grave, sacada de un libro de terror y aun así, el dios se las apañaba para sonar reconfortante.
—Veo que vas directa al grano. Has cambiado tanto… —Enzo lo miró, ahora elle también parecía escuchar—. En ese caso, permitidme también ir sin rodeos. Debéis ir al Lago de la Furia inmediatamente.
—No —respondió Hona al instante.
—¡De acuerdo! —gritó Enzo a la vez.
Les dos se intercambiaron una mirada de desconcierto que pareció divertir aún más al Pokémon.
—¿Allí también hay una tabla? —preguntó su amigue de repente. Giratina asintió.
—¿Tabla? —Hona se rascó la nuca—. ¿Una tabla de surf? ¿De qué diablos habláis?
—Debéis partir cuanto antes, si otra cae en manos equivocadas… Ya has recuperado dos, seguro que ésta tampoco te resultará difícil de recuperar —el tono del legendario se transformó en uno lúgubre, la preocupación envenenaba sus palabras—. Sé que hay una descendiente contigo, Enzo, pero no parece querer escuchar. Necesito que la hagas entrar en razón, su colaboración es muy valiosa.
—Me pondré ahora mismo con ello. Mañana saldremos hacia Ciudad Iris.
—Bien, ya puedes marcharte entonces. Déjanos a solas, tal y como te dije.
Le muchache asintió. Hona arqueó una ceja, mañana tenía que hacerle un interrogatorio completo, tan solo necesitaba apuntarlo en algún lado.
Solo cuando Enzo atravesó el portal de regreso, Hona se atrevió a sentarse de piernas cruzadas en el suelo, privada de cualquier tipo de apoyo. Las piedras se lo hincaron en las piernas, pero en ese estado optó por ignorarlas, mantenerse de pie no se trataba de una mejor solución. Apoyó la frente en una de las manos, una capa de rizos cayó como una cascada incontrolable, bloqueándole las vistas de los edificios retorcidos de manera grotesca.
Tenían una misión. Genial. Una a la que se vio arrastrada a la fuerza y de la cual no tenía información. La muchacha suspiró, el olor a alcohol saliéndole de la boca la mareó.
—Ya no eres la niña de antes —la voz del legendario, al contrario que antes, se escuchó mucho más dulce. Hona levantó la mirada, aún veía doble, pero el Pokémon se acercó a ella en un silencio tranquilo.
—He pasado por mucha mierda —respondió de mala gana. Giratina no dijo nada, se limitó a analizarla con esos enormes ojos rojos.
—Aún hueles a polvo de estrellas —afirmó la criatura. Confusa, la muchacha olfateó la camisa que llevaba puesta, el olor inconfundible de los productos de limpieza baratos la golpearon.
—Huele a suavizante. Y muy fuerte.
Las repentinas carcajadas de su tío la dejaron en una posición aún más extraña y su rostro, a pesar de permanecer un poco oculto tras los mechones incontrolables, parecía demostrarlo a la perfección.
—El polvo de estrellas es un olor que solo quienes estuvimos en el origen del mundo poseemos —se revolvió un poco incómodo—. Cuando las primeras estrellas nacieron, restos de su energía quedaron adheridos a nuestras escamas. Es imposible de quitar, y solo es perceptible para los dioses.
—¿Y por qué yo huelo a… eso? —fue una pregunta estúpida, lo sabía, en semejante estado no podía pensar demasiado claro.
—A la larga acaba siendo un olor pegajoso e imposible de eliminar. Incluso por la simple convivencia. Celebi también lo tiene debido a ello.
—Dialga.
—Tu padre.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Rápidamente volvió a esconder el rostro en la mano derecha, ocultando a tiempo las lágrimas que le anegaron los ojos. Una tormenta de sentimientos se desató en su interior, se obligó a pensar que fue a causa del exceso de vodka. Tampoco conseguía pensar con claridad.
Los segundos pasaron demasiado lentos, solo en ese momento se percató de la tensión acumulándose en los músculos.
El legendario emitió un sonido distinto, uno similar a un suspiro cansado y al mismo tiempo entristecido.
—¿Sabes cuál es el verdadero motivo por el que fui detrás de ti durante esos dos días?
La muchacha se mordió la lengua, dubitativa.
—¿Porque mi amiga descubrió algo que no debía?
Las alas de Giratina se retorcieron un poco.
—No es mi lugar contarte esa historia, Hona.
—¿Eso significa que es real? ¿Y que Ali ha tenido razón todo el rato? Mierda.
—Tu padre nos suplicó porque lo ayudáramos a buscarte —dijo de repente. La joven quedó petrificada.
—Pe-pero se suponía que él…
—Llevamos mucho tiempo tratando de dar contigo —continuó el dios acortando distancias. El corazón le bombeó con fuerza, el mareo empeoró—. Peinamos cada rincón de todas las regiones del mundo en repetidas ocasiones y nunca logramos. Te escondes demasiado bien —una risa forzada le retumbó en la mente—. No estás a salvo, Hona, algo horrible está por suceder. Por eso mi hermano estaba tan desesperado por encontrarte, necesitaba llevarte de vuelta a la Torre del Tiempo para mantenerte alejada de todo—los ojos del dios perdieron su brillo. Hona no supo cómo contestar, aunque tampoco podía, notaba la lengua torpe, el pecho le dolía, la garganta le ardía—. Pero un día, él desapareció sin dejar rastro. De eso hace un mes y a día de hoy seguimos sin comprender qué ocurrió.
Eso explicaba por qué no apareció después de que Ceb los teletransportara a la dimensión donde creció. El estómago se le revolvió todavía más a causa del arrepentimiento que la carcomía, ¿cómo fue tan estúpida de alegrarse de ello por esos momentos?
—¿Al menos intentasteis encontrarlo? —dijo al fin en apenas un hilo de voz. Su tío lanzó un gemido grave.
—Durante los primeros días, sí. Pero decidimos centrarnos en ti. Dialga es fuerte, lo sabes, y su vida jamás se verá comprometida. La tuya, una humana, por el contrario…
No tuvo la necesidad de continuar. Hona era mortal, y a pesar de que la gran mayoría de los recuerdos de su infancia se trataban de imágenes borrosas o escenas sueltas, se acordaba de la delicadeza con la que el trío de la creación la trataban. Dialga, por ejemplo, se negaba a moverse cuando ella corría debajo de sus patas.
Giratina la envolvió en dos de las alas negras acabadas en una garra roja. Tal vez se trataba solo de una, pero Hona continuaba viendo doble.
—Pero has dicho que tenía que ir con Ali y Enzo a buscar esas tablas —las palabras brotaban de entre los labios muy lentamente.
—Ni Palkia ni yo podemos hacernos cargo de ti, nuestras dimensiones no están preparadas para ser habitadas por una humana —replicó. No quiso contarlo, se negaba a dejar atrás a su familia y amigues.
—Ceb nos teletransportó sin problema al bosque de al lado de la torre.
—¿Celebi te encontró? —Hona asintió. Su tío suspiró—. Tu hermana tiene sus propios problemas ahora mismo, Hona, está tratando de contener a los traidores para que no escapen del Encinar.
Traidores. El legendario lo dijo de una forma tan agresiva que una semilla de miedo le germinó en el alma, repitiéndole de nuevo ante quién se encontraba y las leyendas formadas a su alrededor.
—Ten por seguro que ahora que hemos conseguido encontrarte, no te quitaremos el ojo de encima. Solo hazme el favor de no evitar cualquier superficie reflectante —se forzó a reír—. Nuestra única esperanza es que logréis dar con esa tabla antes de que sea demasiado tarde.
Giratina alzó la cabeza y miró tras ella, seguramente hacia el portal de tonos negros y morados que permanecía abierto a la espera de ser cruzado. Un extraño ronroneo nació de la criatura.
—Deberías marcharte, seguramente te estarán echando en falta —el legendario se calló de repente, alejando el ala que la rodeaba—. Nosotros lo hicimos. Sobre todo, tu padre.
Hona no supo cómo responder. Se limitó a ponerse en pie entre tambaleo y a limpiar el polvo adherido a la ropa recién lavada. Ansiaba creerlo, sin embargo, el alcohol y los años de dolor se lo impedían. Ahora se sentía fatal por la forma en la que trató a Ceb, le debía una disculpa enorme, a lo mejor le horneaba algo y se lo dejaba en la entrada del Encinar. Su tío se sacudió.
—Me ha alegrado verte de nuevo —reveló al fin—. De no haber sido por el olor, seguramente jamás habría logrado reconocerte.
—Me lo tomaré como un halago —le dio la espalda y avanzó hacia el portal notando la mirada penetrante del dios—. Por cierto, es posible que mañana no me acuerde de absolutamente nada.
—En ese caso tendré que arrastrarte aquí de nuevo. A ti y a Enzo. Y volveremos a tener esta misma conversación.
La música a todo volumen le devolvió la energía que esa conversación le había drenado. Su piel se le erizó tras sentir el puñetazo del aire caliente y las risas de les demás jóvenes. Cruzó el pasillo como pudo, esquivando las botellas vacías acumuladas en las esquinas. Ali se le acercó con dos vasos en la mano, el maquillaje retocado con purpurina brillaba bajo la luz de las led.
—¡Tía! ¿¡Estás bien!? —gritó a pleno pulmón para hacerse oír sobre los altavoces y ofreciéndole la bebida. Hona asintió, dándole un trago casi al instante—. ¡Enzo nos había dicho que estabas vomitando hasta las tripas!
—¡Sí! —mintió—. ¡Ha sido bastante horrible, pero no te preocupes ya sabes que nunca me acuerdo de estas cosas!
Hona solo necesitó un par de copas más para integrarse de nuevo a la fiesta.
