Cuando al fin el taxi se detuvo frente a la puerta de los laboratorios de la compañía arqueológica, Ciudad Porcelana se encontraba sumida en el silencio de la madrugada. La tormenta desatada sobre la urbe no parecía tener fin, gotas de lluvia golpeaban sin piedad los cristales del auto, empañándolos y dificultando la visibilidad. Aun así, Asier consiguió distinguir la forma de Dani envuelto en un chubasquero blanco esperándolo pacientemente bajo la luz parpadeante de una farola cercana.

El muchacho salió de la cabina a toda velocidad, sus labios curvados en una sonrisa radiante. El rostro de Dani se encontraba oculto tras la oscuridad de la capucha, eso no le resultó un impedimento para abrazarlo y levantarlo del suelo antes de darle un beso cargado de ternura. Una carcajada ahogada escapó de la boca de Dani, quien enrolló los brazos en el cuello de su pareja. Asier no tenía palabras suficientes para expresar lo mucho que lo echó de menos, simplemente ignoró las corrientes de viento helado tratando de arrancarle la chupa de cuero negro, a la borrasca descargando su furia en forma de truenos sobre ellos, a los rayos quebrando el cielo cubierto de nubes negras.

—¿¡Cómo has tardado tanto!? —se rio Dani después de ser balanceado y devuelto al suelo encharcado.

—Aduanas.

En realidad el avión de Asier había aterrizado en el territorio de Teselia a media noche, sin embargo, esa región se caracterizaba por ser increíblemente estricta a la hora de los controles y sus respectivos procedimientos. Asier no se trató de una excepción a pesar de llevar la documentación obligatoria en regla, los guardias de seguridad le hicieron un interrogatorio exhaustivo.

—Ya, cómo no —Dani retrocedió un par de pasos—. Venga, no perdamos más el tiempo. Siento que el frío me está llegando hasta los huesos.

—Adelante, mi caballero —respondió enrollando los dedos con los de su pareja.

Dani le dio un puñetazo en el hombro no muy fuerte, pero Asier se inclinó hacia un lado, aparentando una mueca de dolor que no tardó en perderse entre las risas de ambos. Las ruedas de la maleta rechinaban cada vez que pasaban sobre las grietas de los adoquines grises, amenazando con desprenderse en cualquier momento del plástico magullado por incontables golpes y arañazos.

Subieron a lo largo de la rampa hasta alcanzar la entrada al edificio cubierta gracias a un saliente de placas blancas un poco oxidadas. Asier se sacudió el cabello, lanzando frías gotas en todas direcciones mientras una columna de vaho escapaba de entre sus labios.

Hasta ese momento no tuvo la oportunidad de observar con atención el edificio. Jamás había estado ahí, en el Instituto Universitario Arqueológico Mundial, la sede más reconocida en el mundo de la arqueología donde las figuras influyentes se reunían en pos de la historia, de los secretos y las culturas ya extintas que poblaron las regiones en el pasado. Largos ventanales se extendían a lo largo de la fachada, revelando oficinas impolutas y vacías, los laboratorios debían encontrarse en el subterráneo. Las banderas de los distintos continentes se alzaban orgullosas sobre postes de metal, zarandeándose al son de las violentas corrientes de viento.

Varios carteles colgaban de los muros blancos, donde la imagen de una chica de cabello verde recogido en una coleta alta luchaba junto a su Sceptile en lo que parecía ser una batalla encarnizada contra un Altaria. Los nervios lo invadieron al instante de reconocer la figura indiscutible de Vicky, una de las entrenadoras más reconocidas a lo largo del mundo a causa de unos espectáculos sorprendentes e imposibles de imitar debido a su maestría y precisión.

—¡Oye, más te vale que me lleves a una cita al próximo espectáculo! —exclamó Asier terriblemente emocionado. Su novio lo miró confuso, aunque tras percatarse de la publicidad, asintió con la cabeza—. ¿No hay nadie? —preguntó señalando a la recepción desatendida. Dani se acercó a la puerta automática quitándose el chubasquero empapado.

—Son las tres de la mañana, los trabajadores están durmiendo —el chico rubio lo miró de arriba abajo, clavando esos preciosos ojos verdes como jades en el rostro de su novio—. De hecho, deberías cambiarte ahora mismo o acabarás pillando una neumonía.

—Un resfriado no va a poder conmigo —Asier apretó los brazos, marcando los músculos a través de la chupa de cuero negra. Dani no pudo contener las carcajadas—. Soy demasiado fuerte para los virus, ya lo sabes.

—Claro, claro, eso mismo dijiste cuando fuimos a la Gruta Helada en Kalos en pantalones cortos y chanclas y acabaste en el hospital una semana entera.

—¡Oye, acordamos no hablar de eso otra vez! Fue un incidente, ya lo sabes.

—Es que no puedo evitar recordarlo. Sobre todo, el cómo me decías delirando "ay, Dani, qué haría yo sin mi caballero de capa blanca". —Asier guardó las manos en los bolsillos y resopló, sin embargo, los mechones pegados a la frente no se inmutaron. Las mejillas le ardieron a causa de la vergüenza, un repentino malestar se le instaló en el pecho—. En fin, ve a cambiarte, anda, que quiero enseñarte todo esto. En cuanto terminemos nos iremos a dormir. Por ahí tienes los baños.

El pelirrojo asintió, limitándose a seguir las indicaciones de su pareja en silencio. Una vez encerrado en la cabina, escurrió la ropa empapada en el lavabo antes de guardarla completamente arrugada en la bolsa de plástico. Colgó la chupa en uno de los percheros, dejándola gotear mientras él se secaba el cabello con el secador portátil, dejándolo enmarañado, tal y como le gustaba. Luego se puso ropa cómoda, un pantalón de deporte negro, una camiseta ancha del logotipo de una banda de rock y una chaqueta oscura de cordones blancos junto a unas zapatillas.

Se apoyó sobre el mármol recién limpiado, hipnotizado por el reflejo demacrado del espejo. Llevaba demasiadas horas despierto, las ojeras y arrugas aparecían demasiado rápido en él. El cansancio comenzaba a apoderarse poco a poco de sus articulaciones e incluso atender a los alrededores se le comenzaba a complicar.

—Venga, será menos de media hora —se dijo en voz ronca antes de incorporarse y estirar un poco.

Cuando salió del baño, Dani lo esperaba en el asiento de detrás de recepción, donde varios montones de panfletos se acumulaban meticulosamente colocados al alcance de cualquier persona que pasara por ahí. Asier se mordió la lengua tras reconocer el icónico emblema de las Manos de Ark.

—Ya era hora —comentó el rubio acomodándose la chaqueta de piel falsa de Spinda en los hombros. El pelaje blanco y moteado brillaba bajo la intensa luz del techo.

—Tengo que ponerme guapo, ya lo sabes —Asier sonrió de nuevo, ignorando la mirada analítica de Dani.

—Tú siempre estás guapo. Al igual que yo —alzó una mano resaltada por un anillo dorado en el pulgar—. Ayúdame a levantarme, cielo, tenemos trabajo que hacer.

—Me creía que solo ibas a enseñarme el lugar —replicó el joven tomándolo con cariño para levantarlo.

—Eso cuenta como trabajo, ¿no crees?

Asier arqueó una ceja.

—Deberías descansar un poco.

—No, no, primero debemos dejar esto listo. Primero iremos a las oficinas y las zonas comunes. Las salas de descanso, el comedor… —Dani se aclaró la garganta—. Dejaremos los laboratorios para lo último.

—¿Por qué? Es lo que más ilusión me hacía ver —gimoteó Asier como si de un niño se tratase. Dani curvó los labios.

—Porque te tengo reservada una sorpresa ahí abajo, cariño. No querrás arruinarla, ¿verdad?

Los ojos del pelirrojo se iluminaron mientras su novio lo guiaba a través de pasillos caóticos demasiado blancos y oficinas tan silenciosas que llegaban a ser desconcertantes.


—¿Aquí no hay guardias de seguridad? —preguntó Asier al cabo de un rato. Dani lo tomó de la mano—. Quiero decir, es un edificio muy grande y con mucho equipo valioso. Cualquier ladrón puede entrar y desvalijarlo todo en apenas unas horas.

Dani lo observó fijamente, un escalofrío le recorrió la espalda tras sentir esos ojos verdes dispuestos a atravesarle el alma con tal de obtener la información que quería.

—No son los ladrones los que te preocupan, ¿no es así?

—No, la verdad es que no…

—¿Ha pasado algo en el viaje? ¿En Johto tal vez?

—Sí… ¿Has escuchado los rumores de los Pokémon del Encinar?

Su novio entrecerró los ojos, adoptando una expresión frívola, distante e incluso furiosa.

—Sí, lo de los Pokémon que están atacando a los humanos —Asier asintió, preparándose mentalmente para el típico discurso de Dani—. Bueno, me alegro en realidad. Somos una plaga para el planeta, merecemos la extinción, ¿y quién mejor que ellos para hacerlo? Mi carrera como arqueólogo no ha hecho nada más que confirmar la horrible realidad, la de que el ser humano siempre ha abusado de éstas maravillosas criaturas con tal de conseguir sus objetivos egoístas. Arrasamos bosques, destruimos montañas, alteramos los caudales de los ríos, contaminamos con nuestros vehículos, con las fábricas, creamos mares de residuos, empezamos guerras para obtener petróleo… El mundo sufre, Asier. Solo los Pokémon podrán sanar todo el daño que nosotros hemos provocado.

Asier se aclaró la garganta, aparentando el no estar cansado de escuchar el mismo discurso ecoterrorista una y otra vez. Él tenía una visión completamente distinta del mundo, una en la que todos trataban de aportar su granito de arena recurriendo a transportes públicos, a reducir la compra de ropa, a reciclar, a utilizar energía reutilizable, a pesar de la constante criminalización por parte de los medios controlados por los verdaderos culpables de esas desgracias. Uno en el que personas y Pokémon vivían en harmonía ayudándose los unos a los otros, creando civilizaciones y culturas capaces de quitar el aliento, historias tan conmovedoras capaces de atravesar la barrera del tiempo gracias a los cuentos y leyendas.

—Mi hermana tuvo un encontronazo con esos Pokémon —respondió el pelirrojo abandonando cualquier rastro de alegría o diversión. Tampoco vaciló a la hora de romper el abrazo de Dani después de ese monólogo ominoso—. Si no llega a escapar a tiempo, probablemente habría muerto —omitió por completo la parte en la que Celebi intervino.

—¡En el nombre de Arceus! ¿¡Pero ella está bien!? —se aceleró Dani notablemente preocupado.

—Sí, sí, tuvo suerte. Pero deja de decir esas gilipolleces, Dani, hay gente muriendo. Niños, ancianos. He escuchado que incluso están atacando a miembros de su propia especie.

Oh, eso es… raro.

—¿Raro? ¿Raro por qué?

—Yo también he escuchado rumores —Dani lo ignoró—, pero de Hoenn, claro.

—¿Qué pasa ahora en Hoenn?

—Dicen que el clima se está descontrolando.

—¿Es un efecto secundario del encontronazo de Kyogre y Groudon?

—No, al parecer es algo que ya está pasando en varias regiones. A lo mejor está lloviendo, pero al minuto siguiente está cayendo una tormenta de nieve —Asier no supo cómo responder—. Muchos ya han teorizado por qué está ocurriendo todo esto. ¿Agujeros a otros mundos abriéndose en el cielo? ¿El clima enloquecido? Los Pokémon rabiosos no son un caso aislado. El planeta está alcanzando su límite, Asier —el pelirrojo puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos, observando a Dani introducir la llave del ascensor que los llevaría hasta los sótanos—, y está pidiendo ayuda a las criaturas que deberían vagar libremente en él, las únicas que han podido escuchar su llamada. El mundo debe ser purificado, cielo —un escalofrío le recorrió la espalda, el estómago se le revolvió al tiempo que todos sus músculos se tensaban ante esas palabras.

—No me digas que te has aliado con esa organización de mierda —Dani asintió confiado—. ¡Joder, Dani! ¿¡Estás loco o qué pasa contigo!? ¿¡Es que no has visto todo lo que se cuece alrededor de esa organización!? ¿¡No has visto los vídeos de las palizas!? ¿¡En qué coño pensabas!?

El ascensor empezó a bajar.

—No lo entiendes, Asier —respondió el muchacho con un tono de voz extraño, demasiado tranquilo y a la vez teñido con ciertos toques de locura—. El egoísmo humano ha llegado demasiado lejos. Los fatídicos eventos que ocurrieron en Sinnoh fueron la gota que colmó el paso. Las personas jamás debimos tratar de controlar a los dioses de la creación para culminar nuestros deseos —el pelirrojo retrocedió—. Jamás debimos encerrar al único ser capaz de purificar nuestros pecados, por ello, ahora vivimos en una época de caos y desdicha.

—Dani. Dani, entiendo que todavía guardes rencor a los que asesinaron a tus padres, pero tienes que escucharme —lo sostuvo por los hombros, clavando los ojos color miel en los suyos. Continuó con la garganta seca, las gotas de sudor caían a lo largo de la frente—: Esa gente solo te va a traer problemas, puede que termines haciendo algo de lo que te arrepientas para el resto de tu vida. Por favor, por lo que más quieras, no quiero verte en el canal de noticias porque te has involucrado en una paliza a una persona que solamente paseaba por la calle. Sal de ahí, aún estás a tiempo. Podemos volver a casa, seguir con nuestras vidas como si ese incidente nunca hubiera ocurrido.

Un silencio incómodo los envolvió, ninguno se atrevió a cortar el contacto visual, demasiado orgullosos como para hacerlo. El ascensor continuaba descendiendo, emitiendo un pitido estridente cada vez que alcanzaba una nueva planta.

—Prepárate —habló Dani carente de emociones. Asier tragó costosamente—. Ya hemos llegado.

Cuando las puertas de metal se abrieron de par en par revelaron una habitación no muy grande y sin ventanas hecha a partir de un metal pintado de gris del cual brotaban rayas moradas e irregulares. Frente a ellos se alzaba otra puerta cerrada herméticamente al lado de un terminal apagado.

—Psiquirita —Asier giró sobre sí mismo un par de veces. La psiquirita era un material muy valioso y codiciado obtenido a partir de grandes pedazos de obsidiana recubiertos de la energía psíquica de los Pokémon de ese tipo, perfecto para proteger y mantener ocultos los secretos que no debían salir a la luz. Cuanto más fuerte fuera el Pokémon, más resistente sería el mineral. Los Pokémon fantasmales no tenían la capacidad de atravesarla, los psíquico perdían sus ataques, incluso habilidades como la telepatía quedaban totalmente suprimidas—. Y de la buena, por lo que veo.

—De la mejor calidad, más bien —rectificó su novio. Asier se mordió la lengua, arrepintiéndose de haber dejado la maleta junto a sus Pokéballs en la sala que Dani le indicó antes de empezar el tour, le habría encantado que ellos también pasearan a lo largo de la universidad—. La sorpresa se encuentra en la siguiente sala, venga, no quiero hacerlos esperar más.

—¿Hacer esperar a quienes, Dani?

No obtuvo respuesta. Asier trató de imaginarse cuál sería la sorpresa, siempre manteniéndose en lo posible. ¿Una sala de entrenamiento personal? ¿Un androide capaz de cocinar cualquier plato existente? ¿Una máquina capaz de traducir jeroglíficos con solo una imagen? ¿Un doble Copperajah telépata de guerra?

Dani apoyó la mano sobre la pantalla, permitiendo a la máquina confirmar su identidad.

—Tendrás que registrar tus huellas en el sistema si quieres empezar a trabajar aquí —el proceso finalizó a los pocos segundos—. Ya sabes, lo típico: huellas dactilares, voz, reconocimiento ocular.

—¡Vaya! Espero que guardéis algo valioso ahí dentro porque todas estas medidas de seguridad me parecen excesivas.

—¿El futuro del mundo no te parece lo suficientemente valioso? Venga, vamos, ya estamos cerca.

Asier apenas logró contener el grito de emoción tras descubrir lo que se ocultaba al otro lado. La sala era gigantesca, a rebosar de máquinas burbujeantes y deformadas sacadas de una novela de ciencia ficción. Las zonas de investigación se amontonaban las unas sobre las otras, en cabinas hechas a partir de cristal blindado y accesibles mediante ascensores delimitados por barandillas. Los científicos ataviados en batas blancas e impolutas se movían de un lado a otro charlando acerca de los avances de las investigaciones o del día a día, siempre acompañados por especies de Pokémon designadas para la protección, desde Arcanine de sedoso pelaje rojizo hasta Garchomp de escamas afiladas como cuchillos. Muchos de los trabajadores optaban por utilizar patinetes motorizados para moverse mejor por las instalaciones que parecían extenderse sin fin. Varias patrullas de seguridad vigilaban la zona, equipadas con unas armas jamás vistas, incluso los Pokémon que los acompañaban iban vestidos con equipo militar.

—¡No me hagas sufrir más! —exclamó Asier desbordado de emoción—. ¡Dani, dime qué habéis encontrado!

—Tranquilo, cielo, no tengas tanta prisa —ronroneó Dani tomándolo de la mano y guiándolo hacia la estación donde vehículos de dos plazas esperaban a ser usados—. Es un paseo un poco largo, así que mejor súbete.

El pelirrojo asintió a gran velocidad, acomodándose en el asiento del pasajero. Miró de un lado a otro, estudiando hasta el último detalle de esa inusual sala de investigación. Sus ojos brillaban de emoción bajo la luz artificial de las gigantescas lámparas del techo, una sonrisa enorme se había dibujado en su rostro nuevamente cubierto de coloridas tiritas. Durante unos segundos pareció olvidarse por completo de la charla que previamente tuvo con Dani, sin embargo, esa felicidad se desvaneció en cuanto se percató de los emblemas grabados en las espaldas de las batas de laboratorio: un círculo dorado con cuatro púas en cuyo centro se alzaba un jade ovalado.

—Tienes que estar de puta coña —gruñó el muchacho asqueado ante la presencia de las Manos del Ark.

—¿Qué pasa, cielo? —Dani arrancó el motor con solo pulsar un botón, el vehículo echó a andar sin emitir ni un solo sonido.

—¡No me dijiste que ellos estaban aquí! —exclamó cruzándose de brazos y apoyando la espalda contra el asiento—. ¡De hecho me parece increíble que hayas aceptado trabajar con esos lunáticos!

—Baja la voz, Asier, no querrás ganarte enemigos antes de entrar a trabajar —respondió su novio en un tono demasiado pacífico—. Las Manos del Ark son una clave fundamental para llevar a cabo nuestro plan, recuérdalo —ese nuestro le provocó un escalofrío—. Ellos tienen la influencia suficiente como para extender nuestro mensaje, el de la esperanza por un mundo mejor. Sin ellos, no habríamos conseguido toda la maquinaria necesaria, o a unos equipos de investigación de tanto prestigio. Estamos cerca, Asier, solo necesitamos unas semanas más para finalizar nuestra investigación, y entonces... —el rubio tomó una gran bocanada de aire, sus manos se aferraron al volante de cuero negro—. Y entonces, las guerras no volverán a suceder, el hambre será exterminado, la naturaleza dejará de ser una víctima de la humanidad...

Asier no logró decir nada al respecto. Abría y cerraba la boca una y otra vez cual Magikarp, pero las palabras no brotaban de entre los labios resecos, como si estuvieran atascadas en la garganta. Un mal presentimiento se instaló en él a modo de una presión insoportable en el pecho.

Y sin darse cuenta, al fin habían alcanzado la meta. Asier por poco se caía del buggy tras percatarse de la hilera de jaulas que se extendían a lo largo de la pared, en cuyo interior se encontraban presos enormes criaturas que no tardó en reconocer como los dioses de las leyendas del mundo. Lugia, Yveltal, Raikou... Todos y cada uno de ellos encadenados contra el suelo y conectados a tubos de suero que los mantenían nutridos. Probablemente también los creadores de la psiquirita con la que se construyeron las instalaciones.

—Increíble, ¿verdad? Mantenemos a los más grandes abajo —empezó a explicar Dani con una sonrisa victoriosa en el rostro echándose sobre el manillar—. Transportarlos fue bastante complicado, incluso estando sedados. Como verás, no todos están aquí, solo tenemos unos trece capturados.

—¿¡Es que has perdido la cabeza!? —gritó Asier. Gotas de sudor le perlaron la frente. El miedo le impedía pensar racionalmente. Dani arqueó una ceja.

—No, ¿por qué lo preguntas?

—¿¡Por qué has decidido atraparlos!? ¿¡Es que no has aprendido nada de los descerebrados que intentaron lo mismo antes que tú!? ¡El líder del Equipo Aqua murió por culpa de Kyogre y tú has decidido atraparlo! ¡Mira! —señaló hacia la jaula cubierta de agua, donde el creador del mar los observaba con ojos furiosos, ansioso por liberarse de las ataduras y destruir todo a su paso—. ¡Joder, Dani, una cosa es aliarse con unos sectarios y otra muy diferente ganarse el odio de los legendarios! ¿¡Estás experimentando con ellos!?

—Hemos descubierto información sobre ellos que nadie conocía. ¿Sabes que no necesitan comer? Ninguno de ellos, pero al parecer el mantenerlos alimentados e hidratados les da más energía, les permite soportar mejor las pruebas a los que los sometemos —Dani salió del vehículo y caminó frente a los contenedores, contemplando fascinado a los seres ahí aprisionados—. Oh, oh, ¿y sabías que están hechos de energía pura transformada en carne y hueso? Teorizamos que incluso pueden cambiar de forma, no me malinterpretes, no como las megaevoluciones o la regresión primigenia, no, creemos que pueden adoptar apariencias humanas —Asier se mantuvo en el suelo, inmóvil. Las rodillas dobladas le temblaban sin control, un dolor agudo le trepaba por los músculos de los brazos. En ese momento no le interesaba nada de la palabrería de su novio, aunque no pudo evitar pensar en que la última teoría explicaba bastantes cosas sobre la historia de su hermana, lo único que quería era sacarlo de ahí y llevárselo lejos antes de que la catástrofe se cerniera sobre él—. Vaya, no me esperaba que fueras a temblar como un Growlithe recién nacido. Creía que ibas a estar asombrado por nuestros avances por un mundo mejor —Dani soltó una carcajada—. Anda, levántate del suelo, pareces un Helioptile aplastado en el asfalto, todavía no hemos llegado a la sorpresa.

Asier obedeció de mala gana, todavía amedrentado por las miradas sedientas de sangre que lo observaban detrás de las paredes transparentes de las jaulas. Se limpió los pantalones, sorprendentemente ni una sola mota de polvo se adhirió a ellos.

—¿Es que esto puede ir a peor? —dijo entre dientes.

—No, cielo, esto solo puede ir a mejor.

Avanzaron a paso lento e incómodo. Asier caminaba cabizbajo, tratando de ignorar a los dioses presentes y sus auras de poder desmesurado mientras aceleraba el ritmo. Dani, por el contrario, parecía encontrarse en un paseo por el parque de la vuelta de la esquina, con las manos guardadas en los bolsillos de la chaqueta y una sonrisa inquebrantable. El muchacho se imaginó en los pensamientos de su novio, unos intoxicados por la sensación de superioridad y orgullo, al fin y al cabo, él había logrado objetivos con los que los líderes de las antiguas organizaciones únicamente soñarían.

Sin embargo, una atmósfera pesada consiguió frenarlo, tras convertir el mero hecho de respirar en una tarea casi imposible. Sentía su cuerpo adormecido, adolorido, como si un elemento invisible y enorme hubiera caído de repente sobre sus hombros con el fin de derribarlo y aplastarlo. El oxígeno parecía quedarse atascado en los pulmones, incapaz escapar de ellos debido a los fuertes latidos de su corazón capaces de oprimirlos. El vello de los brazos se erizó. Las temperaturas parecieron desplomarse solo en esa área, si retrocedía unos cuantos metros, el ambiente tibio lo envolvía con júbilo. Pero regresar ya no se trataba de una opción.

Armándose del suficiente valor e ignorando el sentido común, se abrazó en busca de algo de calor y continuó junto al rubio.

—Lo sientes, ¿verdad? —dijo Dani manteniéndose firme—. Es una sensación espantosa, nunca terminas de acostumbrarte a sentirte insignificante ante su presencia.

—¿A la pr-presencia de quién? —los dientes le castañeaban, no supo si a causa del frío o de los nervios.

—A los investigadores ya les cuesta trabajar con uno, no quiero ni imaginarme la pesadilla que habría sido tener a los dos —continuó ignorándolo.

Dani finalmente se detuvo ante una celda un poco más grande en comparación a las demás, sumida en una oscuridad demasiado espesa imposible de penetrar incluso para los focos colgados del techo de los laboratorios. Asier alzó la cabeza en busca de una pista que lo ayudara a descubrir qué criatura se encontraba ahí encerrada en un intento de prepararse física y mentalmente. Afinó el oído esperando escuchar un gruñido tenue. Entrecerró los ojos con tal de concentrarse en un único punto. No sirvió de nada. Derrotado se giró hacia Dani a la espera de unas respuestas de las que no estaba convencido de querer saber.

—Asier, cielo, ésta va a ser la mayor sorpresa de tu vida —habló con demasiada seguridad—. Si lo de antes ya te ha sorprendido, bueno, espero que no acabes en el hospital de un infarto. Encended las luces —Asier se fijó en el pequeño auricular colgándole del oído derecho, ¿durante cuánto tiempo lo llevó puesto?

La respuesta de los operarios no tardó en llegar. Las luces del interior de la jaula estallaron sin previo aviso, cegando al muchacho durante unos segundos. Los ojos le ardían, provocando un mar de lágrimas con el objetivo de calmar la irritación. El mundo a su alrededor se transformó en figuras difuminadas, imposibles de diferenciar las unas de las otras, salvo la del ser atrapado frente a él.

La criatura de escamas azules y duras como el diamante se sacudió bajo las cadenas rojas que lo mantenían hundido contra el suelo, luchando por liberarse de semejante tortura. Docenas de tubos de plástico brotaban de su cuerpo magullado, inyectándole líquidos de colores opacos o sueros. La mirada enfurecida del legendario no tardó en caer sobre Dani, ojos rojos como la sangre brillando sobre un abismo negro, pero su pareja no se inmutó.

Asier fue incapaz de reaccionar, el terror lo tenía completamente paralizado. Podía sentir el corazón golpeándole las costillas sin piedad, bombeando sangre caliente a toda velocidad con el único objetivo de que el muchacho huyera de ahí cuanto antes. Pero las piernas se negaban a obedecer mientras la vocecilla de su conciencia rogaba porque el legendario, el mismo que Hona había afirmado que la crio como si fuera suya, el mismo que le había confiado la seguridad de su hija esa noche en el lago, no lo reconociera. Instintivamente contuvo el aliento, como si ese acto fuera lo suficientemente efectivo como para no ser detectado.

Sin embargo, los ojos del legendario se iluminaron a los pocos segundos, reflejando a la perfección el sentimiento de traición que brotó en su interior. Dialga volvió a agitarse, en esa ocasión, asomando entre los labios los colmillos más grandes que Asier vio a lo largo de su vida.

El muchacho miró de un lado a otro en busca de una forma de liberarlo. Necesitaba liberarlo. Ya no solo por el terror que le infundía su mera presencia, sino por lo que le debía.

—Tranquilo, Asier —la voz de Dani se escuchó demasiado lejos—, no puede hacernos nada, las cadenas rojas contienen sus poderes, simplemente no estamos a su alcance.

Asier se giró a toda velocidad, incrédulo. De nuevo le costaba respirar, la adrenalina se había encargado de aniquilar cualquier rastro de cansancio.

—Es impresionante, ¿verdad, cielo? Es majestuoso e imponente. Incluso estando a salvo detrás de los cristales de contención me siento indefenso ante él, una mota de polvo en un mundo contaminado por los pecados de todos los que lo habitan —Daniel tomó una bocanada de aire. Asier aún no encontraba las fuerzas suficientes para responder—. Atraparlo no fue sencillo, de no haber sido por mí, jamás habríamos logrado los planos que el Equipo Galaxia utilizó para la creación de la Cadena Roja. Cuando los conseguimos, los mejoramos para conseguir la versión definitiva, una a la que ninguno de los dioses de la creación conseguiría resistirse. Pero como ves, sólo atrapamos a uno, el muy cabrón logró espantar a Palkia antes de que cayera en nuestra trampa. Cuando lo trajeron a los laboratorios, quise ir también a por su hermano, pero, como ya dije antes, es horrible trabajar con uno, los dos debían ser una pesadilla. De eso ya hace un mes.

—¡Tienes que parar esta locura, Daniel! —chilló a pleno pulmón. Dani se limitó a arquear una ceja—. ¿¡En qué momento pensaste que esto era una buena idea!? ¡Acabas de firmar tu sentencia de muerte, estas jugando con cosas que escapan de tu control!

Dani estalló en una risa maníaca. Asier, inquieto, se alejó de él un par de pasos.

—Qué te parece tan gracioso —susurró el pelirrojo.

—Tu miedo, Asier, eso es lo que me divierte tanto. Estamos a salvo, tú y todos los que nos encontramos bajo el mandato del ser original.

—¡Pero-!

—Oh, espera un momento —llevó un dedo hacia el pinganillo—. ¿Sí? ¡Vaya, qué interesante! Procurad registrarlo todo, puede resultar información valiosa —Dani volvió a centrarse en su novio, una sonrisa críptica le decoraba el rostro—. ¿Sabes? Mis científicos siempre tienen monitorizado a Dialga, y para no hacerlo, es una pieza clave en nuestra investigación —Asier tragó, un leve temblor se apoderó de sus manos—, y justo ahora que acabas de aparecer, han detectado el pico más alto hasta la fecha en los latidos de su corazón, parece que no le ha hecho mucha gracia verte aquí... —Dani se llevó las manos a la barbilla, el pelirrojo, por el contrario, no pudo evitar encogerse ante la idea de que su novio comenzara a atar hilos—. ¿Sabes? Tener al dios del tiempo bajo nuestro mando nos ha permitido aprender muchas cosas del pasado, historias y culturas que se desvanecieron sin dejar rastro y lo más importante, pudimos presenciar el origen del pecado original y la batalla en la que acabó desembocado. Una gran injusticia se desarrolló en esos eventos, una que jamás fue contada en las leyendas del mundo. Pero de eso no es de lo que quería hablarte, Dialga es un legendario demasiado fuerte y terco, aunque con un poco de mano dura nos ha permitido ver el pasado. Aun así… nos bloquea la ventana al futuro, eso no es un problema, es algo a lo que los mortales hemos acabado adaptándonos, el no conocer nuestro destino. Sin embargo, hay una ventana de tiempo a la que no nos permite ni acercarnos, una del pasado. Interesante, ¿verdad? Dura aproximadamente cuatro años y no puedo evitar preguntarme si tú te encuentras en ese marco.

Asier se encogió en el sitio, la cabeza le daba vueltas y el corazón le latía demasiado rápido. Dani comenzaba a acercarse a una realidad de la que solo él y su hermana eran conscientes. El muchacho apretó los puños mientras se aclaraba la garganta, tratando de mostrar una falsa apariencia de seguridad.

—No sé de qué estás hablando, Dani —afortunadamente la voz no le falló—. Esa teoría es absurda. Yo no tengo nada que ver con él, ni jamás lo tendré.

Dani rio otra vez, deleitándose con la situación.

—Ay, Asier, cielo, me encanta cuando te pones tan serio. Sí, supongo que es una teoría absurda, pero realmente no pasa nada por hablar de ello, al fin y al cabo, ningún legendario puede escucharnos, las jaulas están completamente aisladas. Ahora bien, Asier, volvamos al tema que nos concierne —respiró profundamente—. Sé que vas a volver a suplicarme porque abandone este proyecto, el sueño de mi vida. Pero no puedo, como comprenderás he llegado demasiado lejos y he sacrificado demasiado —Asier no supo cómo reaccionar tras ver la mano extendida de su novio—. Sólo puedo rogarte porque te unas a mí, porque seas participe del origen de un mundo libre de injusticias donde reine la paz. Un mundo en el que niños como tú no sufran el abandono de sus padres por culpa del trabajo. Un mundo en el que personas como tu hermana no se sientan en peligro por su mera existencia.

Asier acarició el collar que Hona le había regalado de pequeña con la yema de los dedos. Los recuerdos más dolorosos de su infancia regresaron a su memoria como un río desbocado. Cumpleaños olvidados, graduaciones solitarias, eventos arruinados, e incluso las amenazas de palizas de muerte que su hermana recibía de vez en cuando durante las fiestas.

El pelirrojo desvió la mirada hacia el legendario, el cual continuaba observándolo con esos ojos cargados de rencor. El estómago le dio un vuelco.

—De acuerdo —dijo el chico finalmente estrechando la mano de su novio y sin apartar la vista del dios—. Te ayudaré.

—Has tomado la decisión correcta, cielo —el rostro de Dani se iluminó gracias a una sonrisa pura e inocente, una que, en otro momento, lo habría hipnotizado—, no lo olvides. Ahora vámonos —con una agilidad magistral, Dani le pasó el brazo por la cadera, guiándolo de vuelta al vehículo—, debemos descansar, mañana será un día de trabajo muy duro.

Asier se limitó a asentir mientras su cabeza comenzaba a preparar un plan para liberar a los legendarios, sobre todo a aquel quien le confió a uno de sus dos tesoros más preciados.