El fuego de la hoguera comenzaba a coger fuerza a medida que consumía la madera bajo mis pies. Bajaban gotas de sudor de mi frente, que descendían por mi rostro hasta perderse en el canalillo que dejaba ver la parte superior de mi vestido, ahora sucio y ceniciento. El humo que me envolvía aún dejaba que respirara, no con total libertad, pero no asfixiaba. Casi todo el pueblo se había reunido para disfrutar de mi muerte, la cual dudaba que les provocase mucha satisfacción ya pasadas el par de horas, porque causar daño no había sido la misión de mi vida. Las ataduras de mis muñecas y tobillos hacían demasiado daño a mi piel debido a la fuerza de los nudos, casi hasta causar heridas sangrantes. El poste de mi espalda no era un cómodo lecho, pero era soportable mientras que el fuego no tocase mis pies desnudos.
Vi bailotear entre vacíos de humo la cabellera brillante de Karin, seguramente de las pocas personas felices con mi muerte. El rojo de su pelo casi se confundía con el fulgor del fuego. Desde la altura en la que me hallaba veía los pliegues de su vestido morado moverse torpemente con sus saltitos sin delicadeza alguna. Sus gritos de júbilo sí que se escuchaban con claridad, aclamando la victoria de su padre frente a la bruja.
Porque yo era la bruja. Y no me arrepentía de serlo si por ello pude ayudar a aquellos a los que quería. Aunque la condena fuera la muerte, moriría feliz, satisfecha, descansaría tranquila. Lo único que me preocupaba sería la brutalidad con la que el fuego reduciría a cenizas mi cuerpo. No moriría ahogada en el río, ni apedreada en la plaza principal, ni siquiera decapitada. Simplemente me reduciría a polvo, prueba de mi existencia. Esperaba que al menos en mi siguiente vida no tuviese aprehensión al fuego como resquicio de la traumática experiencia, porque yo adoraba al fuego y el fuego me adoraba a mí, y con pena iba a consumir mi cuerpo.
Cerré los ojos con fuerza, disculpándome en silencio con todas aquellas personas que iban a acudir por mi ayuda o presencia al día siguiente, encontrándose con la frialdad de mi ausencia. Naruto nunca más podría entrar en mi casa con un jabalí al que acababa de cazar para compartir la cena conmigo. No podría volver a hacer coronas de flores junto a Ino. No volvería a jugar con los perros de Kiba, ni curaría con ungüentos las heridas de Neji. Tampoco disfrutaría de leer junto a Hinata en la plaza del pueblo, ni de bailar hasta tarde con Tenten en las celebraciones. Y no quería pensar en Sasuke, porque desgarraría mi corazón en mis últimos momentos de vida, pero no pude evitarlo. Sabía que me encontraría con él en otra vida. Pero también sabía que lo que le quedase de ésta sufriría mi partida.
La unión entre Sasuke y yo era total y completamente espiritual, algo de lo que ninguno de los dos podía escapar. Desde pequeños la cercanía entre ambos era tan natural como respirar, mucho antes de comprender sentimientos como el amor o la atracción, mucho antes del deseo. Lo nuestro era puro e inocente mucho antes, algo que creció a medida que nosotros lo hacíamos. Cuando mis padres murieron, dejándome huérfana, fue él el que sujetó mi mano durante el enterramiento, durante los meses y años siguientes; el que suplicó a sus padres que me acogieran, porque una niña huérfana no gozaba de buenos augurios; el que acarició mi pelo cuando lloraba de alegría porque Tsunade, la curandera del pueblo me adoptó con mucho cariño; el que cuando salía de los entrenamientos de caballería iba a reunirse conmigo para darnos unos prófugos besos; el que se negó antes sus padres ante cualquier compromiso matrimonial que no fuese conmigo.
Porque una de las diferencias entre Sasuke y yo era que mientras que mi familia en vida era muy humilde, la suya poseía gran poder y estatus, cosa que no pasó por alto para sus padres, quienes no prohibían nuestro romance, pero tampoco lo apoyaban. Sospechaba que a Sasuke no le importaba en absoluto la opinión de alguien más que la mía, pero también sospechaba que al llegar a su casa a partir de cierta edad, la presión de un casamiento con alguien de su nivel adquisitivo estaría ahí impuesta por su familia.
—No pienso casarme con nadie más que contigo —me susurraba al oído mientras nos encontrábamos acostados sobre el pasto de un claro al que habíamos cogido como costumbre el ir.
—Sé que ese es tu deseo —respondía yo—, pero también sé que tu familia no te permitirá alegremente cumplirlo.
Fugaku y Mikoto no me odiaban, incluso podría decir que sentían cariño por mí, pero ellos no fueron dueños de su destino con nuestra edad, ni eran dueños del destino de Sasuke. Sabía que las demandas venían desde "arriba", desde el bisabuelo aún vivo. Madara Uchiha era un hombre robusto, curtido en mil batallas, de las personas más ancianas del pueblo; a pesar de su avanzada edad, podría pasar perfectamente como una persona veinte años menor, y yo sabía el motivo de ello. Era un hombre estricto, amante del control y de las órdenes, tradicional, culto, inteligente y despiadado, casi la segunda figura de poder del pueblo, tras el alcalde, pero por muy poco. El padre de Karin había accedido al mandato del lugar hacía muchos años, sí, pero todas las órdenes que salían de la alcaldía estaban supervisadas por el señor Uchiha, y era de conocimiento público.
—No me importa lo que digan —resoplaba en mi cuello—. Creo que nadie en la familia Uchiha se ha casado por amor. Jamás. No somos más que frutos de conveniencias y obligaciones.
Aunque Sasuke tenía parte de razón, no era consciente de que Madara sí lo hizo, pero yo no iba a ser la que desvelara ese secreto. Cuando Tsunade me adoptó, hacía ya muchos años, me enseñó todo lo que sabía. "Pequeña creación", me llamaba con gracia. Ella era consciente de que mi familia, tras esa fachada de humildad, guardaba oscuros secretos que tan sólo ellos, y la propia Tsunade, conocían. Mi familia no pertenecía a las fundadoras del pueblo como la Uchiha, Uzumaki, Senju o Yamanaka; los Haruno llegaron a Konoha hacía relativamente poco, ya que los primeros en llegar fueron mis abuelos hacía cuarenta años con mi madre en brazos. Con el tiempo, y gracias a la información que Tsunade me brindó, descubrí que la llegada a Konoha no había sido por el simple hecho de emigrar, los Haruno estaban huyendo. Mi familia no tenía un lugar de origen determinado, ya que durante generaciones vivieron huyendo de pueblo en pueblo, intentando salvar su vida cuando su condición era o tenía peligro de ser revelada.
Obviamente los brujos conocen o saben quién es de su gremio, por lo que tanto mi familia como los Senju supieron desde que se cruzaron por primera vez que pertenecían al mismo bando. La diferencia entre ambos clanes era que mientras el Haruno no consiguió integrarse en ningún lugar, el Senju había formado uno, por lo que nunca se dudó de su veracidad, además de haber mantenido el secreto durante siglos.
Lo que más me sorprendía, aparte de haber logrado un hecho que para mí era inaudito, como lo era el que nadie se hubiera ido de la lengua a pesar de integrar a personas ajenas al clan cuando alguien se casaba, la magia en la familia Senju era un secreto a voces. Los antecesores de Tsunade se habían dedicado a curar y a ayudar a los vecinos de Konoha durante años, y nadie había sospechado del hecho de que, siempre que un Senju atendiera a un enfermo, por muy terminal que estuviera, éste se curaba del mal que poseyera. En Konoha la gente normalmente fallecía por la edad, algo poco común en el mundo en ésta época. O bien no tenían tanta imaginación, o preferían ignorarlo.
Entendí que nadie de nuevo ingreso al clan Senju los había delatado porque los vínculos entre pareja eran verdaderos, unidos en cuerpo y alma por agentes ajenos (el espíritu elegía al ser amado sólo una vez, para siempre), donde dicha unión se daba con una persona que daría su vida antes de dañar de esa forma a su compañero. Tsunade me había dicho que sus familiares estaban tan unidos incluso, que cuando uno de la pareja moría, poco le quedaba al otro. Como si la soledad resultara asfixiante, la falta de la otra persona ahogaba, apretaba, y a los pocos días, mataba. Yo apenas conocía algún dato relevante sobre mi familia para contrastar esa información con otros brujos. Sabía que mis padres habían sido asesinados a su vuelta de un pueblo vecino por un grupo de asaltadores, poco más me comentaron sobre el incidente. De niña no estaba preparada para saberlo, y al crecer no quise, podía vivir y morir con ello, no estaban y no iban a volver.
Mientras el fuego continuaba consumiendo la madera y la paja bajo mis pies, mis ojos buscaban entre los vecinos el rostro de Sasuke, aunque sabía que no iba a estar allí. Lo que me llevó a esa situación no era más que el deseo porque la persona que más quería sobreviviera. Porque el tiempo había pasado, pero la relación entre Sasuke y yo no se fue con él. Cumplimos los dieciséis, los diecisiete y los dieciocho, juntos, enamorados. La mayoría de edad de Sasuke supuso para él la obligación de casarse, para mí una tristeza agobiante. Era consciente de que su familia no aceptaría nuestro romance, pero no pensé que la prometida que le impusieran fuera precisamente la opción más obvia: la hija del alcalde, Karin. Aunque si lo pensaba bien, tonta de mí, porque era lo más inteligente, si la familia Uchiha (dueños en la sombra de Konoha) y la familia Uzumaki (aparentes "gobernantes") se unían, los primeros no tenían que esconder más su poder, podrían dar las órdenes de frente, sin ningún tipo de pudor. Porque el alcalde en Konoha no se elegía a través de elecciones, era un puesto heredado, como una pequeña monarquía.
Sasuke empezó su entrenamiento como guerrero hacía unos cuantos meses, los mismos que se pasó rehuyendo como pudo de la presencia pululante de Karin a su alrededor, quien estuvo más que encantada con el compromiso. Durante el día cumplía con sus obligaciones, hasta que cuando anochecía, incluso sin haber vuelto a casa si quiera, venía a dar conmigo en el claro de la pradera que habíamos llamado nuestro. Le curaba las heridas con los ungüentos que Tsunade me enseñó a hacer mientras compartíamos besos, quizá también sucumbir a la lujuria de dos adolescentes que se querían. Era plenamente consciente de que, tras la pérdida de mi "honor", ningún hombre querría unirse a mí en matrimonio, pero poco me importaba aquello si la boda no era con él. No me importaba que con el paso de los años "solterona" fuera el adjetivo que más utilizarían hacia mi persona. No me importaba porque el tiempo que había disfrutado de Sasuke lo valía. Porque durante ese tiempo él era mío, y yo suya.
—Karin estaba esperando hoy también por los alrededores del campo de entrenamiento —comentó, con la voz teñida en molestia. Una pequeña sonrisa apareció en mi rostro. Sasuke ni siquiera toleraba a Karin a su alrededor, y le iban a obligar a casarse con ella.
—Me pregunto cómo la soportarás tantas horas seguidas tras la boda —respondí con gracia.
—No me voy a casar con ella. No sé qué estúpida idea se le pasó por la cabeza a Madara, pero no pienso jurarle amor frente a un altar a nadie más que a ti.
Mis mejillas se sonrojaron. Sasuke nunca tuvo problema en aclamar a los cuatro vientos su amor por mí, incluso frente a su familia había negado el compromiso con Karin.
—No voy a casarme con Karin —gritó, presa de la furia en las puertas de los terrenos de los Uchiha, a sus familiares tras la noticia—. La única mujer a la que aceptaré en mi vida será Sakura Haruno, o no será.
—Sasuke, cariño, es lo mejor para la familia. Es tu deber —le intentó convencer Mikoto, su madre, con lágrimas en los ojos. Ella tampoco estaba pletórica con el compromiso, ya que probablemente su persona se sumaría a la lista de aquellas que veían el amor entre su hijo y "la joven Haruno" desde hacía ya años, pero no podía exteriorizarlo sin esperar un castigo.
—Pues no será, madre —se marchó, sin apreciar la mirada triste que le dirigían sus padres.
Le acariciaba el pelo con delicadeza, intentando guardar el momento en mi memoria. Sasuke tenía la soñadora idea de que se podía negar a dicho compromiso, pero yo, conocedora de gran parte de la historia, sabía que era muy poco probable. La boda se estaba preparando, en apenas unos meses Karin y Sasuke compartirían lecho matrimonial, y yo abrazaría el celibato porque me negaba a llamar hogar a otros brazos. Sus ojos se encontraban cerrados, con las facciones en completa calma. Apoyaba la cabeza sobre mis piernas mientras disfrutábamos de la suave brisa. Echaría de menos aquellos momentos en los que mi espíritu vibraba con alegría sólo por su cercanía, pero prefería disfrutar del tiempo que nos quedaba antes que negarle mi presencia por evitar un dolor que no estaba en mi mano controlar.
Aquella noche los animales estaban inusualmente en tranquilidad, no se escuchaba ningún ruido en el bosque, lo cual era sospechoso debido al cálido clima que gozaba Konoha ese año. Decidí ignorar la sospecha que punzaba mi cabeza, intentando aferrarme a esa calma que parecía haber. Sasuke levantó su mano con tanta delicadeza que no parecía un guerrero, sino un delicado joyero, para acariciar mi rostro. Mis mejillas inevitablemente se coloraron, escapando una sonrisita de entre mis labios. Abrió los ojos, clavando su negra mirada en mí. Su iris, casi tan negro como la pupila, parecía observarme con detalle. Sentí tantas cosas bajo su mirada que no me veía capaz de hablar coherentemente. Pero ello no me provocaba nerviosismo, sino todo lo contrario, me transmitía tranquilidad, paz. Sabía que allí donde estuviera Sasuke, yo tendría un lugar al que ir.
A lo largo de mi educación en las artes de la curación, aprendí que no había nada comparado a tener el alma tranquila. Que muchos de los males que sufren las personas son debido a la suciedad y dolores que ésta sufre, un espíritu dolorido implica un cuerpo enfermo. Por eso la presencia de Sasuke también significaba para mí la salud. A pesar de que se podría pensar que era interés por mi parte (y estoy segura de que alguien lo pensaría), no había tras mis intenciones con él más que puro deseo de bien. Tsunade se encargó muy bien de mi aprendizaje, instruyendome no solo en brujería, sino en diversas competencias, como la filosofía, la ciencia, la medicina... era de las pocas mujeres del pueblo que sabía leer y escribir, aunque la lista era bastante corta teniendo en cuenta de que las únicas mujeres con algún tipo de formación eran las pertenecientes a la familia Uchiha, Tsunade y yo.
De lo que aprendí, lo que más disfruté fue la definición de amor de Platón, que estaba lejos de significar "amor imposible", aunque quizá para algunas personas, tan oscuras como egoístas, si lo fuera. Platón explica que el ser humano busca amar para sentirse completo. Consideraba que éramos entidades incompletas en busca de lo que comúnmente se denomina "media naranja", aunque yo prefería el término "alma gemela", y por lo tanto busca aquello que le falta. El amor desde su visión, tenía que complementar y ensalzar las cualidades propias y ajenas, y por ello era necesario admirar a la pareja. El amor era admiración y deseo de bien. "Una pareja no debería amarse como son en éste momento", decía, refiriéndose a la idea de que el cambio constante, junto con la mejora, es lo que se debe amar.
—Cuenta la leyenda —comenzó a narrar Tsunade mientras cepillaba mis rosados cabellos—, que al principio de los tiempos, los seres humanos, los mortales, poseían dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas. Éstos seres eran tan poderosos que hasta el mismísimo Zeus temblaba al imaginar que un día se volvieran en su contra.
Mi rostro de doce años se iluminó, escuchándola con verdadero interés. A pesar de los comentarios de los vecinos sobre mi cabello, ni Tsunade ni yo teníamos intenciones de cortarlo. Ambas sabíamos que parte de nuestro poder residía en él, y por ello sólo se cortaría cuando fuera estrictamente necesario. Tenía doce años, y el cabello tan largo que me llegaba a la cadera, pero lo trenzábamos tan mimosamente que encogía unos cuantos centímetros, llegando apenas a la cintura.
—¿Y qué pasó con ellos? —pregunté.
—Zeus, tanto miedo que les tenía, los separó partiéndolos a la mitad. Por ello, pasarían toda su existencia buscando a su otra parte, su complemento —terminó de narrar, con una mirada melancólica.
—¿Tú has encontrado a tu alma gemela?
—La encontré, una vez —respondió pasados unos segundos, con voz melancólica.
—¿Y qué le pasó? —insistí. Cuando vi la tristeza inundando sus ojos, me arrepentí inmediatamente—. No hace falta que respondas, no quería afligirte.
Una lágrima escapó de uno de sus ojos, rodando por su mejilla con rapidez. Nunca vi a Tsunade llorar hasta aquel momento, y a pesar del momento de vulnerabilidad, la vi preciosa, porque por primera vez pude ver su punto débil, y a la vez, su fortaleza. No quedaba nadie vivo de la familia de Tsunade, aún así jamás vi su duro carácter flaquear ni una vez, hasta aquella.
—Yo una vez estuve casada —dijo, tratando de controlar la voz—. Se llamaba Dan, era el hombre más bondadoso y puro que he conocido en mi vida —prosiguió, con la mirada perdida, probablemente ensimismada en recuerdos—. Nos conocimos muy jóvenes, él era mayor que yo, así que no fue hasta pasados unos años que comenzamos a estar juntos. Era la única persona que domaba mi carácter, nos casamos pronto también. Fui muy feliz junto a él, incluso mi hermano lo adoraba —narraba.
Sí que sabía que Tsunade tenía un hermano, pero nunca lo conocí. Nawaki era unos años mayor que yo, quizá cinco, pero nunca supe qué fue de él hasta aquel momento.
—Hace unos años, dos antes de que tu familia llegase al pueblo, alguien de mi familia estaba preparando una pócima. A día de hoy sé que fue mi abuela, al igual que sé que fue un accidente, no la culpo por ello —continuó, peinándome casi de manera automática—. Estaban todos en casa, excepto yo, que había salido a comprar unas cosas, el fuego del caldero reaccionó a algún ingrediente que rebasó el borde y se descontroló. Todo empezó a arder. Cuando llegué el fuego estaba en su punto más alto, mi casa, mi familia, todo había estallado en llamas. Ni siquiera llegué a escuchar sus gritos, aunque lo agradezco, no podría haber seguido viva con ese sonido carcomiéndome por las noches.
Ante su narrativa, mis ojos se empañaron. Sentí el apretón que me dio mi corazón cuando las lágrimas de Tsunade caían en cascada, de pura tristeza. En ese momento, llevaba con ella ya siete años. Siempre pensé que era la mujer más fuerte que había conocido, aquello solo lo reafirmaba. Por un momento, y gracias al vínculo que teníamos, pude ver su gran casa, la casa Senju, arder. Y lloré junto a ella.
—Todos murieron, sólo quedo yo —finalizó, intentando recobrar la compostura.
—¿Y cómo es que sigues viva? Dan murió... —pregunté, refiriéndome a la unión que las parejas formadas por un brujo sufría.
—Iba a morir, Sakura, no me quedaba mucho. Estaba desolada, ya no atendía a nadie, no tenía fuerzas, apenas magia —respondió—. Soporté dos años muriendo en vida. Pero un buen día, me enteré que una pequeña niña había quedado huérfana, la hija de la otra familia bruja que habitaba en el pueblo. Y cuando te vi, en ese entierro, con esa tristeza, la sombra de la soledad estaba aproximándose a ti a pasos vertiginosos. No moriría en paz sabiendo que podía evitar eso y no lo hice —recordé el día en que la vi en el entierro de mis padres. Ella me sonreía mientras me miraba con intensidad—. Tienes los ojos tan verdes, tan hermosos, Dan los tenía igual.
Me acercó una foto que guardaba en un cajón de la cómoda. Se trataba de un hombre joven, fuerte, apuesto, de brillantes ojos verdes. Tenía una gran sonrisa mientras abrazaba a una adolescente Tsunade, que a su vez sujetaba por los hombros a un niño de cabellos morenos. Supuse que sería su hermano. Vi amor en los ojos de Dan, el mismo que se apreciaba en ella. Me acomodé mejor en su cama, para mirar con detalle la foto. Tsunade se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Tú me diste una razón para seguir viviendo, pequeña mocosa rosa —se rió.
Intenté contener las lágrimas, sujetada en aquel madero a punto de morir quemada. No quería pensar en el dolor que sentiría Tsunade al enterarse que su razón de vivir moriría exactamente igual que el resto de su familia, pero esta vez de forma totalmente provocada. Pero sabía que estaría orgullosa, porque el motivo que me llevó a esa situación era aquel que ella misma seguía: dar la vida por salvar a quien se quiere. Y yo feliz despedía la mía, sabiendo que la de Sasuke estaba asegurada. Karin seguía danzando alrededor de la hoguera, con unos cánticos que más que armoniosos, sonaban igual que los graznidos de las urracas. En las proximidades del fuego que en breves momentos me iba a consumir, sólo se encontraban la familia del alcalde y los más ancianos del pueblo, quienes estarían feliz de la muerte de la bruja. Cerré los ojos, sabiendo que valía la pena el castigo.
La noche era calurosa, el sonido de las cigarras era estridente, pero algo lejano. El verano había llegado con fuerza, arrastrando con él los últimos trozos de invierno que quedaban. La nieve se había derretido con rapidez, no hubo primavera, pero saldrían igualmente las flores. Un mal presentimiento pinchaba mi cabeza cada pocos minutos. Sasuke no llegaba al claro, estaba tardando y no era lo normal en él. Pasada lo que supuse que sería más de media hora, mi sospecha se sumó al nudo que comenzaba a tener en la garganta. Mis pies se movieron prácticamente solos hacia el borde del bosque, zona que se conectaba estratégicamente a los terrenos de los Uchiha. Al acercarme a los altos muros, sólo pude escuchar gritos y personas corriendo de forma apurada. Órdenes, sollozos y desesperación era lo que gobernaba el ambiente dentro del clan en aquellos momentos. Supe inmediatamente que mi intuición no había fallado, aunque quise mantener una pequeña esperanza, quizá egoísta, de que se tratara de otra persona y no de Sasuke. Me dirigí con demasiada seguridad a los portones, agradecida por cargar siempre conmigo mi bolsa de lino con lo imprescindible para una emergencia.
Mis piernas vibraban, el pecho me retumbaba. Sentía una presión en mi cabeza, conocedora que tenía que usar magia. A pesar de no ser plenamente consciente de la situación, lo di por hecho de antemano, el clan Uchiha no demostraría tal revuelo si no se tratara de algo inédito. Golpeé con fuerza la grandísima puerta, esperando que no tardasen mucho en abrirme. Recogí mi cabello con agilidad, restringiendo la trenza para que no molestara en mis labores. Me sentía casi fuera de mí misma, como si mi cuerpo actuara por puro instinto y yo no fuera más que una espectadora. Me abrieron la puerta con rapidez.
—Menos mal que has aparecido —me recibió Fugaku, padre de Sasuke, entre respiraciones cortas—. Sasuke te necesita, está herido.
No me hizo falta quedarme ahí durante más tiempo, ya que con lo que se denominaría descaro, me encaminé por la entrada como si de mi casa se tratara. Fugaku seguía mi paso con torpeza, sorprendido ante mi seguridad.
—Le han atravesado las costillas en la misión a la que lo mandaron —me informaba, se notaba que estaba algo asfixiado, pero poco me importaba su salud estando en juego la de su hijo.
—¿Hace cuánto de eso? —pregunté, planteando todo un procedimiento de lo que tenía que hacer dentro de mi cabeza.
—Quizá una hora y media, lo han traído lo antes posible —respondió.
—Necesito mucha agua limpia, varios cubos, paños, una botella de licor, la más fuerte —enumeré con firmeza. Quizá no era muy inteligente hablarle así a un miembro de la familia influyente del pueblo, pero no podía permitirme flaquear.
Al entrar en la sala principal, Sasuke estaba tendido sobre un improvisado lecho sobre el suelo, retorciéndose de dolor y empapado en sangre. Mikoto, su madre, lloraba desesperada en una esquina mientras le gritaba a las empleadas que hicieran algo.
—Apártense de él —ordené. Las criadas se apartaron con una velocidad vertiginosa, la misma que empleé para comenzar a actuar. Limpié la herida con maestría, analizando la situación. Atravesaba el torso con brutalidad, había perdido mucha sangre, comenzaba a convulsionar, en breves momentos Sasuke se iría para siempre, y lo haría en mis brazos.
—Escuchadme bien —hablé—. Traédme sal, velas y una manta grande —ordené, sabiendo lo que ocurriría a continuación.
—¿Para qué necesitas las velas? —cuestionó Mikoto con la duda plantada en su rostro.
—En la sala únicamente debemos estar Fugaku, Sasuke, usted y yo —continué—. Todos los demás, ¡fuera! —mi grito fue suficiente para que todas las doncellas marcharan a la prisa de aquel desastroso salón.
Fugaku trajo en apenas unos segundos todo lo que había demandado. Les indiqué con una mirada que se apartaran, colocándose a una distancia prudencial del cuerpo de su hijo, donde yo me encontraba inclinada. Actué bajo su mirada incrédula, probablemente pensando que mi cordura estaba dañada. Dibujé con sal un círculo alrededor de Sasuke, al igual que cinco estrellas de cinco puntas. Con algo de la sangre que brotaba de la herida, pinté más pentáculos en su piel y otros tantos en la mía. Hacer un hechizo pequeño y privado no era una opción, la magia de sangre era lo único que podría funcionar, aún poniendo en juego mi vida, lo intentaría. Coloqué las velas en el círculo mayor, colocándolas donde se situarían las puntas de la estrella. Miré durante unos segundos a Fugaku y Mikoto, viendo miedo y respeto a partes iguales en su mirada. Sasuke estaba hiperventilando, no quedaba mucho tiempo. Coloqué la manta sobre su cuerpo, cubriendo hasta el rostro y me situé a sus pies, cogiendo profundas respiraciones. Saqué la daga que guardaba en mi bolsa, iniciando el ritual.
—Espíritus del más allá, yo os invoco —comencé, con voz firme. Las velas se encendieron, demostrando que me escuchaban—. Pido ayuda a todos aquellos que quieran ayudar a sanar. Ofrezco a cambio de éste trueque mi sangre teñida de negro, tan roja como la luna de sangre en la que nací, tan oscura como la noche.
Con la daga plateada, me hice un corte que atravesaba la palma de mi mano de esquina a esquina. Las gotas rápidamente comenzaron a caer de mi brazo extendido sobre la sal en el suelo. Sentí la presencia de varios entes, ni siquiera me preocupé de sus intenciones si el resultado final era la supervivencia de Sasuke. Uno de ellos, frío como la nieve, colocó su pesada mano en mi hombro, otorgándome fuerza. Una brisa recorría la habitación, sacudiendo los objetos más ligeros. Más sangre caía de mi mano, más fuerza tenía el viento. La manta sobre Sasuke se sacudía, como si intentara mantener el cuerpo en el suelo. Todo daba vueltas, mi cabeza dolía como si mil agujas la atravesaran, mi mano ardía, el suelo en el que mis rodillas estaban apoyadas quemaba. Estaba ofreciendo parte de mi vida por salvar la suya, y estaba surtiendo efecto.
—¡Creo que funciona! —escuché a Mikoto tras de mí.
Levanté un poco la vista hacia la entidad que sujetaba mi hombro con fuerza. Vi mechones de cabellos rubios danzando, a la vez que unos ojos verdes calmaban los latidos de mi corazón. Mebuki, mi madre, se había manifestado para ayudar a su hija. Supe entonces que si mi madre había hecho acto de presencia para ayudarme, quizá algo no iba del todo bien. Un desenlace negativo tendría lugar, era un aviso. Asentí con la cabeza, agradeciendo y aceptando lo que el futuro me deparara. No me importaba las consecuencias de mis actos siempre y cuando cumpliera mi propósito, y ese era salvar a Sasuke. Experimenté con dureza la fría sensación de que parte de mi energía vital se introducía en su cuerpo, para no volver al mío jamás. Vi, con mis ojos mortales, como el brillo de entre mis dedos flotaba a los suyos, quitándome la vida para dársela a él. Todo daba vueltas, pero la brisa que había provocado el rito era acogedora, el temblor de mi cuerpo era contrastado por el firme agarre de mi madre, quien me miraba con orgullo. Quise decirle unas breves palabras, pero en apenas unos segundos más todo había acabado. Las velas se apagaron con los últimos retazos de viento, la figura de mi madre desapareció y yo caí al suelo con poca delicadeza, respirando entrecortadamente.
Todo me daba vueltas, apenas podía coger aire sin sentir un dolor punzante. Un agudo pitido en los oídos me estaba provocando náuseas, abrir los ojos no era una opción. Durante unos instantes solo pude concentrarme en mi dolor, ignorando el peligro al que me había expuesto. En la habitación únicamente se escuchaban mis intentos de respirar. El silencio se apoderó del ambiente durante varios minutos, hasta que escuché los pasos apresurados de Mikoto y Fugaku para llegar a su hijo.
—Oh, mi dios —sollozaba Mikoto—. Mi hijo... gracias al cielo.
No quería ser yo quien le dijera que su dios poco tenía que ver con la recuperación de su hijo, así que en cuanto pude ser capaz de hablar, decidí mantenerme callada. Pude abrir los ojos, maravillándome con la visión de Sasuke, aún inconsciente, pero carente de heridas. Fugaku tuvo la amabilidad de ayudarme a sentarme, sujetándome con una delicadeza que jamás pensé que ese hombre poseyera. Me miraba con agradecimiento genuino, con los ojos ligeramente aguados.
—Muchas gracias, Sakura —dijo con voz solemne—. Has salvado la vida de mi hijo, no sé cómo puedo agradecértelo. Pide lo que quieras, lo tendrás.
Por unos segundos me vi muy tentada a exigir que su hijo pudiese vivir la vida como él quisiera, casarse con quien realmente amara, fuera yo o no, pero sabía perfectamente que su oferta era más material que sentimental. Los observé a él y a Mikoto, sabiendo que no quería nada de ellos ni de su familia más que la felicidad de Sasuke. Sonreí con tristeza. Había dado parte de mí a su hijo, y necesitaría un tiempo para recuperarme de la pérdida. No tenía las fuerzas suficientes para huir del pueblo ahora que mi secreto había sido desvelado.
—Pediré dos cosas —hablé por fin.
—Lo que quieras —repitió Mikoto.
—Exijo que su hijo sea libre —me aventuré, casi sin pensar—. Sasuke merece elegir el rumbo de su vida, sin presiones de matrimonios ni de clanes, que él decida.
—Estamos de acuerdo contigo —respondió Fugaku. Mis ojos se abrieron con sorpresa, totalmente impactada por su sinceridad—. Sabemos que un matrimonio concertado no es lo que le va a hacer feliz, al igual que sabemos que la dueña de su corazón y adoración eres tú, muchacha —me dedicó una ligera sonrisa—. La orden no viene de nuestra parte, es Madara, mi abuelo, quien por el momento gobierna el clan. Nosotros no queríamos ése compromiso, ni siquiera nos agrada Karin, ni su familia.
—Entonces... ¿se revelarán contra las órdenes de Madara? —pregunté, suspicaz.
—Lo haremos, porque es lo que Sasuke quiere, y lo que te debemos a ti —prometió Mikoto—. Pero, ¿cuál es tu segunda petición?
—Que no contéis lo sucedido en ésta habitación —pedí, con una mirada suplicante—. Al menos hasta que sea capaz de irme del pueblo.
—Tu secreto está a salvo con nosotros —juraron.
—Pero no conmigo —exclamó una voz entre las penumbras al fondo de la habitación. Destellos de cabello rojo se apreciaban con la poca luz de luna que entraba por la ventana. Karin se encontraba con nosotros, y no sabíamos desde hacía cuanto. Mi corazón se aceleró con fuerza cuando la vi salir corriendo, abandonando la casa. Era casi seguro que se dirigía a su casa, la del alcalde, a exigir a los cuatro vientos mi muerte. Nos quedamos estupefactos más tiempo del debido, incapaces de reaccionar. El primero en ser capaz de salir del estupor fue Fugaku, quien me levantó en brazos y caminó con rapidez por la mansión Uchiha.
—Vamos a esconderte —confesó—. Te dejaré en la habitación más recóndita de la mansión, en el piso inferior. No te encontrarán.
—Gracias —murmuré, aún ida.
La punzada en mi cabeza no cesaba. Fugaku caminaba rápido, lo que provocaba que mi mareo aumentara. No podía sostener la cabeza con decencia, estaba rozando la inconsciencia, pero intenté aferrarme todo lo que podía a la realidad. Bajamos escaleras, muy largas, hasta un pasillo aún más oscuro que el resto de la casa. El dolor que sentía estaba superando mis fuerzas. Pude ser consciente cuando el hombre me postró en un lecho, cubrió mi cuerpo con una sábana y murmuraba cosas para sí mismo.
—No hagas ruido, estarán aquí en breve —susurró, siendo lo último que escuché antes de que mis ojos se cerraran.
Lo primero que pude sentir al recuperar la consciencia fue el calor que rodeaba mi cuerpo. Antes de poder abrir los ojos, el resto de sentidos se agudizaron para prepararme sobre lo que vendría. Escuchaba gritos de júbilo y algunos tambores. También escuchaba el fuego crepitar, la ausencia de pájaros cercanos, varias voces a una distancia prudencial. Mi piel ardía, estaba sujeta con un material tosco, mis pies no tocaban el suelo, sino un escalón de madera. Mis pies estaban descalzos, por lo que podía asegurar que el fuego no estaba muy lejano a ellos. Poco a poco, mi mente rememoraba los sucesos anteriores a mi letargo.
Sabía incluso antes de mi indisposición que Fugaku no conseguiría lograr su cometido, y me encontrarían. Sospechaba que Madara, quien conocía a la perfección su clan, estaría implicado en mi búsqueda. No había rastro de la familia Uchiha en aquella porción de pueblo, probablemente ocupados con la recuperación de Sasuke, hecho que comprendía.
Maldije mil veces a Karin mentalmente.
Si aquella era mi muerte, no dedicaría mis últimas fuerzas en desearle mal, a pesar de verme tentada. Las utilizaría para procurar un buen porvenir a Sasuke, que era quien más sentiría mi ausencia, junto Tsunade. Pero sabía que ésta última sabría apañárselas sola, como había hecho siempre. Abrí los ojos lentamente, asimilando la situación en la que me encontraba. Quizá morir quemada no era mi muerte soñada, ni siquiera se le acercaba. No se me ocurrían muertes mucho más dolorosas que aquella, supongo que no era merecedora de la piedad del alcalde ni del pueblo. En los años que había vivido en Konoha, nunca nadie había sido condenado a muerte, ni siquiera Danzo, quien había asesinado a su esposa y había tratado de huir tras ello. Sólo fue encarcelado, y teniendo en cuenta que pocos años le quedaban de vida, no parecía suficiente.
—¡Muerte a la perra del diablo! —gritaban algunos. Parecía una fiesta mayor el asesinar a una bruja, sin tener en cuenta que la persona a la que asesinaban era la misma que les había sanado más de una vez. Su cinismo no me sorprendía, sólo agradecía que no estuvieran cerca aquellos a los que les guardaba cariño. No me arrepentía, por mucho que rememoraba una y otra vez lo que me había llevado a aquella situación. Había salvado a Sasuke, ningún allegado mío presenciaría mi muerte, moriría dignamente.
Karin seguía bailando, los hombres bebían cerveza, las mujeres me miraban con recelo, como si fuese a desaparecer en cualquier momento y librarme de mi castigo. Vi al alcalde de reojo, casi detrás de mí, cerca de la hoguera. Me miraba con una sonrisa triunfante, conocedor de que yo era una piedra en el camino de su hija. Al percatarse de que le prestaba atención, alzó su mano hasta su cuello y con el pulgar trazó una línea imaginaria en su cuello.
Bruja. Bruja. Bruja. Bruja. Bruja. Bruja.
Bruja. Bruja. Bruja. Bruja. Bruja. Bruja.
Bruja. Bruja. Bruja. Bruja. Bruja. Bruja.
Era lo que se escuchaba entre los murmullos. De vez en cuando se podía apreciar alguna mención al diablo, demonios, espíritus, infierno... Se podría decir que mi muerte no me estaba resultando interesante. Cerré los ojos, esperando el dolor que la piel quemándose me provocaría. Tras la hoguera se encontraba la linde del bosque, esperaba que el fuego no llegase a incendiarlo, al menos. Pasaban los segundos como si fueran años, el calor aumentaba, sentía las tímidas llamas rozar el tablón de madera sobre el que se apoyaban mis pies. Quedaba poco.
—Sujétate con las manos a la madera —susurró alguien a mis espaldas. Continué con mis ojos cerrados, suponiendo que se trataba de un producto de mi imaginación, mas hice lo que pedía. Con mis manos, atadas tras el tronco, como pude me aferré a él. Breves instantes después, la presión que ataba mis manos desapareció, junto con las cuerdas. Abrí los ojos, lentamente, tratando de cerciorarme de que aquello era real. Podía mover mis muñecas libremente, por lo que supuse que sí. Observé a las personas frente a mí, demasiado ocupadas en su jolgorio. Visualicé al alcalde en una mesa, algo lejana a mi posición, abrazando a su adorada hija y con una jarra de cerveza. No sabía qué pasaba, pero estaba ocurriendo.
—Ahora no te muevas demasiado, voy a cortar la cuerda de los pies —avisó la persona tras de mí.
Había algo de ruido y no podía distinguir a quién le pertenecía la voz, pero unos atisbos de conocimiento se filtraban en mi cabeza. Ya con los pies liberados, tuve verdadero miedo de moverme y caer al fuego, resultando inútil todo aquel esfuerzo que estaba haciendo lo que suponía que era un hombre, ayudándome. Realmente no estaba atada a demasiada altura, quizá mis pies se encontraban a metro y medio del suelo, pero atada no tenía posibilidad de escapar. Habían iniciado un fuego pequeño, supongo para disfrutar de la desesperación que experimentaría al quemarme lentamente. Con todo el disimulo que podía permitirme, giré ligeramente la cabeza para poder mirar a la persona cuya vida se estaba jugando por ayudar a la bruja. El desconocido fue más rápido que el viento, sólo permitiéndome alcanzar a ver unos mechones de cabello rubio.
Traté con las fuerzas que me quedaban, mantener la calma, porque si bien estaba desatada, continuaba sobre una hoguera a la que pocos minutos le quedaban para abrasarme los pies, no podía saltar al suelo debido a la anchura del fuego que me rodeaba. Si saltaba, caería sobre las brasas, quemándome los pies y por tanto impidiéndome correr hacia el bosque. El pánico se estaba abriendo paso en mis entrañas. La calma que sentía antes ante una muerte inminente había desaparecido por el atisbo de esperanza que me brindaba el estar tan cerca, a la vez tan lejos, de la libertad y la vida. El calor aumentaba comenzando a agobiarme, gotas de sudor caían por mi frente, mi respiración comenzaba a ser frenética. A aquellas alturas no sabía si agradecer a mi supuesto salvador. El tiempo ante mis ojos estaba pasando tan veloz como las estrellas fugaces, el fuego estaba comenzando a reclamar lo que se le había ofrecido, y no iba a detenerse, no sentía lástima ninguna.
De repente, mi cabeza se levantó de golpe debido a los pesados pasos de un corcel al galope. Los pueblerinos que allí se encontraban hicieron silencio, pero quedaron murmullos de sorpresa. El relinchar del caballo se escuchaba cercano, apresurado, agresivo. Los vellos de la nuca se me erizaron salvajemente. Ápices de esperanza se apoderaron de mí, clamando en silencio poder vivir. A lo lejos, proveniente del norte del pueblo, un caballo negro y su jinete se acercaban con la velocidad del viento. Parecía que la brisa provocada por el esfuerzo despeinaba elegantemente las crines del animal, dándole un toque fantasmal en medio de la noche. El jinete, de una complexión fuerte, aún no era perceptible por la distancia y la nube de humo que me rodeaba. Pocos milímetros quedaban para que mis pies fueran quemados por el fuego, punzadas de dolor se filtraban desde mis plantas, ascendiendo hasta mi cuero cabelludo.
No pude evitar comenzar a toser, la garganta me escocía, mantener los ojos abiertos era una ardua tarea, pero por nada del mundo los cerraría. La necesidad de conocer mi desenlace era más fuerte que la picazón. Estaba tan entumecida que apenas ordenaba mis pensamientos con coherencia, la realidad se mezclaba con los resquicios de inconsciencia que hacían estragos en mi percepción. El corcel que se acercaba a galope provocó gritos y exclamaciones en el público, espectadores, cuando se dieron cuenta de su proximidad. No podía ver con claridad, y aún así todo mi cuerpo se sacudió con fuerza.
Sasuke. Era Sasuke.
Si me preguntasen cómo lo supe, no podría responder. Simplemente lo sabía, como si de una verdad universal e infalible se tratara.
—¡Salta! —gritó cuando estuvo tan cerca como para escuchar su voz. Fue una orden tan cristalina, que mi cuerpo obedeció sin reflexionar acerca de ello. En cuanto el caballo saltó sobre las llamas, con la gracia de un cisne al abrir las alas, salté a los brazos del hombre sobre el animal. Sus ojos, negros como la obsidiana, brillaron con fulgor al conectar nuestras miradas. Me agarré a él con toda la fuerza que mi magullado cuerpo conservaba. Me colocó tras de sí en el caballo en un maestro movimiento, que utilicé para abrazar su espalda mientras apoyaba la mejilla, recibiendo la calidez de un cuerpo vivo que hacía unas horas había estado a punto de dejar de respirar.
El caballo galopaba entre los árboles del bosque, ignorando el ruido del pueblo detrás de nosotros. Lágrimas escapaban por mis mejillas, a sabiendas de lo cerca que había estado de una muerte horrorosa.
—Ya estamos juntos, nada malo te va a ocurrir —habló Sasuke cuando estuvimos lo suficientemente lejos. Sólo sonreí y asentí contra la tela que cubría su espalda.
Haber estado tan cerca de la parca me llevó a pensar tantísimas cosas, que un profundo dolor de cabeza me punzaba el cráneo. Recordé entonces las palabras de Tsunade, nos tenían miedo. El desconocimiento provocaba miedo, Zeus nos temía. Dos almas gemelas juntas, lo que Sasuke y yo suponíamos, les daba miedo, provocaba en ellos un pánico tan palpable que habían intentado por todos los medios separarnos.
La brisa acariciando mi rostro cuando el bosque se abrió, indicando que el pueblo quedaba ya a muchos kilómetros, me hizo suspirar. Y fue entonces, sólo entonces, cuando me permití por primera vez sentir lo que era estar completa, plena, íntegra, entera, con Sasuke a mi lado.
