UNA BUENA ACCIÓN
Summary:
Bella había escuchado el rumor acerca de las habilidades orales de Edward Cullen, y después de una desastrosa relación, estaba lista para poner a prueba esa teoría. Y como dicen, una buena acción, merece otra.
…
Bella llevaba ya cuatro bebidas y estaba hablando más de lo que lo había hecho en toda la semana, el Gin Tonic realmente le soltaba la lengua. Pero había pasado toda la semana revolcándose en su miseria por su ruptura con Mike, y ahora estaba lista para hablar.
Mierda, específicamente.
—Y te juro por Dios que siempre orinó en el suelo —se quejaba, jugueteando con la pajilla de su bebida. Su mejor amiga, Alice, soltó una carcajada, casi ahogándose con la boca llena de su Cosmopolitan.
—¿Qué, como un perro?, ¿qué significa eso? —preguntó, sus azules ojos brillando con diversión.
Bella hizo gestos con sus manos, emocionada, otra clara señal de que estaba borracha.
—No, ya sabes, como cuando los hombres van a mear y a veces gotean alrededor del inodoro. Eso. Siempre hacía eso y nunca lo limpiaba, y maldición, yo siempre lo pisaba cada mañana.
—Ew, eso es asqueroso —dijo Alice, arrugando la nariz—. Al menos Jasper limpia cada vez que entra. Las mujeres no deberíamos de ir colocando periódico como si estuviéramos entrenando a una mascota —prácticamente gritó antes de tomar un trago de su bebida. A Bella ni siquiera le importaba que su amiga estuviera hablando lo suficientemente alto para que todo el bar las escuchara, sobre la música, las conversaciones y las risas de los demás.
Sí, definitivamente estaba borracha.
Como sea, ella se merecía al menos una noche despotricando con su amiga sobre el exnovio de mierda que la dejó porque no era lo suficientemente aventurera en la cama —lo que sea que esa mierda significara— porque estaba bastante segura que significaba que ella se negaba a darle una mamada todas las noches, y él se cansó de tratar de convencerla. No es que ella estuviera en contra del sexo oral, pero si él no iba a devolver el favor, no veía el caso de padecer dolor de mandíbula en vano.
Ni siquiera habían estado juntos tanto tiempo, solo llevaban algunos meses. Sin embargo, la ruptura le había dolido. En realidad ni lo había visto venir, tan despistada como siempre era, pero estaba emputada que él la dejara primero.
—Entonces ¿cómo era el sexo? —preguntó Alice, alzando las cejas con expectación. Bella se sonrojó avergonzada y siguió bebiendo de su gin, evadiendo la pregunta. No estaba acostumbrada a detallar su vida sexual con sus amigas, incluida su mejor amiga, pero…
¡A la mierda!
—No era para tanto —respondió, golpeando su vaso en la mesa con demasiada fuerza—, quiero decir, supongo que estaba bien.
—Escasamente eso es un cumplido —soltó con un bufido en tono mordaz.
Bella jugueteó con unos mechones de cabello, sus ojos danzando alrededor de la barra.
—Bueno, dijo que yo no era lo suficientemente aventurera. Quiero decir, todo el tiempo lo hacíamos en la posición del misionero… y muy de vez en cuando de perrito. —No podía luchar contra el rubor, así que se apresuró a continuar—. Y casi siempre llegaba antes que yo, algunas veces ni se preocupaba si yo me corría, por lo que la mayoría de ellas me tenía que ocupar de mí misma.
—Es un idiota —dijo Alice con simpatía—. No sé cómo lo soportaste tanto tiempo.
Principalmente porque la hacía reír. Aunque realmente no quería pensar en sus cualidades, así que soltó más mierda en su contra.
—Nunca quiso reciprocar el sexo oral, tampoco.
Alice abrió los ojos como platos y se acercó a su amiga.
—¿Qué?
Bella estaba segura que su rostro estaría permanente rojo a este punto. El calor inducido por el alcohol tampoco estaba ayudando.
—Quiero decir, lo hizo algunas veces. Pero era realmente malo en eso y nunca me hizo correrme, así que… Tal vez se sintió mal porque no podía hacerlo bien. No lo sé, pero nunca lo volvió a hacer después de eso —se lamentó en un susurro, bebiendo lo último de su trago. Bella realmente no era de las chicas que ventilaba su vida sexual. Ya era bastante malo tener que contárselo a su amiga, no se diga tener que hablar sobre sus verdaderos deseos y frustraciones sexuales con su novio.
Exnovio se recordó.
—Vaya, eso es desafortunado. Realmente no hay nada mejor que el cunnilingus —suspiró Alice, bebiendo de su bebida azucarada. Bella solo se encogió de hombros, incómoda, siempre se había sentido raro para ella.
—No lo sé, tal vez soy yo. Tal vez simplemente no puedo disfrutarlo —gimió trágicamente. Su amiga sacudió la cabeza con vehemencia.
—De ninguna maldita manera —contradijo con firmeza—. No creo que sea así. —De repente, Alice parpadeó y estrechó los ojos—. Espera, ¿me estás diciendo que nunca has disfrutado del sexo oral? ¿Ningún hombre te ha hecho correrte mientras te lo hace?
Algo en el tono de Alice hizo que Bella se encorvara en vergüenza. No debería haber iniciado esa conversación.
—Bueno… Mike ha sido el único, um, que ha llegado tan al sur, así que… —Se encogió de hombros restándole importancia. Si no se lo ofrecían, ella no tenía el coraje necesario para pedirlo.
—¡Oh, por Dios! No puedo creerlo —espetó Alice con los ojos muy abiertos y luego se dejó caer en su asiento—. Lo siento por ti, amiga, de verdad lo hago. Supongo que realmente no sabes de lo que te estás perdiendo, pero de todos modos lo siento. El próximo tipo con el que salgas, más le vale que te pruebe y te coma todo el tiempo… De hecho, no te involucres con el tipo a menos que te lo haga, ¿de acuerdo? Te lo mereces.
Bella rodó lo ojos con desdén, con el rostro todavía sonrojado. Involucrarse con alguien nuevo era lo último que quería.
—¿Alice?
Ambas amigas se giraron hacia esa voz. Bella apenas había registrado al tipo alto, de cabello cobrizo, ojos verdes y cuerpo de infarto, antes que Alice saltara de su asiento y se aventara a sus brazos.
—¡Edward, hola!
Oh. Ese tipo. Bella lo recordaba de hace unos años, cuando Alice y él habían salido en el segundo año de universidad. Ella y Alice no compartían cuarto en ese entonces, por lo que no interactuó con el tipo a excepción de un par de reuniones sociales, donde todos terminaban borrachos.
—Hola, ¿cómo estás? —saludó, envolviéndola en un fuerte abrazo. Bella desvió la mirada a otra parte, incómoda por estar frente dos examantes.
—Estoy muy bien, ¿tú cómo estás?
—Bien, bastante bien —contestó, su mirada desviándose hacia Bella algunas veces, pero no dijo nada. Ella no sabía si él le hablaría, ni siquiera estaba segura que la recordara. Probablemente no.
—Oh, ¿te acuerdas de Bella? —preguntó Alice, señalándola con una mano. Finalmente le dirigió una mirada de reconocimiento.
—Ah, sí, sí la recuerdo. Hola —saludó amablemente, pero su tono era indiferente. Bella se resistió a fruncir el ceño, y en su lugar le dio una fingida sonrisa.
—Hola —repitió, terminándose el resto de su bebida.
Edward hizo un gesto con su botella de cerveza al bartender.
—Bueno, solo quería pasar a saludar. Ha pasado bastante tiempo, pero me alegra saber que estás bien. Sin embargo, tengo que volver con mis amigos.
—Claro, fue bueno verte, Edward. No desaparezcas tanto tiempo —sonrió Alice.
—Sí, tú también —le devolvió con una sonrisa—. Te veré por ahí, Alice, Bella —asintió con la cabeza hacia ella antes de escabullirse hacia donde estaban sus amigos. Estaba confundida por su frialdad, después de todo le recordaba por una persona más amable, sociable con todo el mundo, inclusive con los extraños. Pero hoy fue menos que agradable.
—¿Cuál es su problema? —se quejó, agitando el hielo en su bebida, tratando de conseguir beber algo más.
—¿Qué? —Alice bebió un trago, luego comprendió sobre lo que estaba hablando su amiga—. Oh, bueno… verás… no creo que le gustaras mucho en ese entonces cuando éramos novios.
—¿Qué?, ¿por qué no? —preguntó, con los ojos como platos.
Alice se sonrojó y algo avergonzada respondió—: Bueno, no te lo tomes a mal, pero no eres una persona muy amigable, quiero decir, lo eres conmigo y nuestras amistades cercanas, ¿pero con los demás? No tanto. Él decía que parecías una engreída.
—¿Es una broma? ¿Engreída, yo? ¡Qué idiota! Nunca he sido así. —Incluso mientras lo decía, sabía que no era cierto. No es que fuera una perra, pero tampoco era amigable con los extraños. No era intencional, simplemente no se sentía a gusto con gente extraña, y odiaba las conversaciones incómodas.
—Lo sé, tranquila, eso fue hace años, no importa. Estoy segura que a estas alturas ya no alberga ningún rencor ni nada por el estilo —excusaba Alice, encogiéndose de hombros.
Bella frunció el ceño. Ciertamente parecía como si todavía lo hiciera. Lo cual era estúpido, porque ella no sabía qué le había hecho.
—Lo que sea —resopló. Ahora estaba molesta, incluso más que cuando estaba despotricando sobre Mike. Tal vez en realidad no era muy amable con la gente, pero eso no les daba derecho a ser groseros.
Alice suspiró con nostalgia, como si estuviera recordando algo.
—¿Sabes quién daba un muy buen oral? —preguntó retóricamente, Bella volvió a fruncir el ceño.
—¿Quién?
—Edward.
Bella hizo una mueca y Alice se sonrojó, sonriendo.
—¿Qué?
—Hablo en serio, mira, no le puedes decir nada a Jasper, ¿de acuerdo? Oh Dios, Jazz me mataría, así que tienes que jurar que no dirás nada —insistió Alice, pero ante la mirada en blanco de Bella, continuó parloteando—. Jasper es muy bueno en eso, por supuesto, siempre consigue que me corra. Pero Edward… Edward sí sabe cómo comerse un coño.
Por segunda vez esa noche, los ojos de Bella casi se salen de sus cuencas. No estaba segura de haber escuchado esas palabras antes en su amiga. ¿Qué tan ebria estaba?
—Dios, Alice, demasiada información —murmuró, la pelinegra se soltó riendo, cubriéndose la cara con la mano.
—Lo sé, pero realmente lo era. Imagino que todavía lo es. Probablemente solo ha mejorado con el tiempo.
—¿Y cómo, exactamente, conseguiste determinar eso? —preguntó secamente, aunque no pudo ocultar su curiosidad.
Alice frunció los labios con timidez, luchando contra una gran sonrisa.
—No lo sé, simplemente, nunca he estado con un chico que pareciera disfrutar haciéndolo tanto como él. Quiero decir, realmente le gustaba hacerlo. Una vez, me lo hizo durante horas, lo juro por Dios, me vine como cinco veces. En serio, nunca he tenido tantos orgasmos juntos en mi vida. ¡Oh, Dios mío, no puedes decirle a Jasper esto, Bella! ¡Júramelo!
—Tranquila, está bien. No le diré a tu novio que te gustaba más cómo te comía otro hombre — subrayó, y los ojos de Alice se ensancharon.
—Mierda, no lo digas de esa manera —gimió, y luego se echó a reír, tapándose la cara otra vez. Cuando se la descubrió, todavía con la cara roja, miró su vaso—. Uf, necesito otro trago.
Bella miró patéticamente su vaso vacío. El hielo comenzaba a derretirse. —Yo también.
—No creo que el mesero vaya a volver por un tiempo —reflexionó la pelinegra, mirando alrededor del bar, entonces saltó de su asiento—. Voy a ir hasta la barra. ¿Quieres otro Gin Tonic? —Bella asintió, cogiendo su bolso, pero Alice negó con la mano—. Yo invito. ¡Ahora vuelvo!
Bella se encogió de hombros dejándose caer en el asiento de la cabina, bebiendo los restos acuosos de su bebida con tal de entretenerse con algo. Cuando lo último de su bebida se había ido, sacó su teléfono para pretender tener algo que ver. Siempre fue cuidadosa para que no la abordaran en los bares, no es que a menudo sucediera. Supuso que desprendía esa vibra —engreída— a todos los demás, también. Resopló disgustada, siempre con su vista en su teléfono. Jodido Edward.
—Hey, me dieron las bebidas, ¡y traje un amigo!
Al levantar la mirada sospechosamente, Bella dio un respingo al ver a Alice deslizándose en el asiento de la cabina frente a ella, con Edward. Él le sonrió amablemente; trató de no rodar los ojos por su presencia, aunque no estaba segura si lo consiguió. Dirigió una mirada interrogante a la pelinegra, que le sonreía esperanzadamente, con un rastro de disculpa en sus ojos.
—Pensé que estabas con tus amigos en el bar —le dijo a Edward, algo que la sorprendió por completo; parecía que el gin realmente le afectaba. Edward se encogió de hombros.
—Ya estaban listos para irse, y yo todavía estoy con mi bebida, así que me quedé. Alice quería ponerse al día.
La pelinegra empujó su bebida hacia ella.
—¿No te importa, verdad, Bella? —preguntó ella. Se encogió de hombros tratando de contener la expresión agria de su cara mientras seguía bebiendo. Sí, le importaba. Este hombre quiso juzgarla por su tímida forma de ser hace años, y ahora ni siquiera podía seguir despotricando sobre su ex. Qué idiota.
—Entonces, dime lo que has estado haciendo, Edward —Alice preguntó, girando hacia él en su asiento.
Los dos procedieron a sumergirse en su conversación y contarse sobre sus vidas; Bella se desconectó por ratos, agitando su bebida, girando el hielo con la pajilla, mirando alrededor del bar a la gente. Captó partes de la plática y, finalmente, se encontró mirando a Edward más detenidamente de lo que le hubiera gustado.
Idiota o no, sin duda era atractivo. Sus cabellos cobrizos brillaban bajo las luces del bar, apuntando en todas direcciones, casi quería sumergir sus manos en su melena sólo para ver si era tan suave como parecía. Tenía los ojos más verdes que había visto en su vida. Las comisuras de sus ojos se arrugaban cuando sonreía o se reía, y un pequeño hoyuelo aparecía en la mejilla izquierda cada vez.
Sin embargo estaba más fascinada por su boca. Sus labios eran rosados y tentadores, la curva en su labio superior era perfecta. De vez en cuando su lengua se lanzaba a mojar sus labios, y los fruncía expertamente en torno a la botella de cerveza, su garganta subía y bajaba mientras tragaba el líquido.
Se estaba distrayendo. No es que tuviera algo en qué enfocarse, aparte de su resolución de que era un imbécil. Pero, de repente, incluso eso parecía poco importante bajo la nueva luz en que se veía su boca. Pensó en lo que Alice había dicho sobre él, cómo lo había declarado como el mejor en cunnilingus, y se sonrojó con calor, finalmente apartando la mirada.
Tal vez Alice estaba equivocada, ya que había salido con él tiempo atrás. Pero ella sí lo había calificado por encima de Jasper, y Bella sabía que su amiga estaba loca de amor por su novio. No lo menospreciaría en favor de Edward... a menos que fuera absolutamente cierto.
Ahora Bella tenía curiosidad. Mucha curiosidad. Se preguntaba... si podría descubrirlo por sí misma.
Su cara estaba caliente por la vergüenza y la excitación, tomó un gran trago de su bebida para distraerse. Nunca se había sentido tan incómoda, en gran parte porque fue excluida de una conversación que se desarrollaba a su alrededor y con un tipo que al parecer la odiaba, pero al que estaba encontrándose a sí misma cada vez más atraída. Parecía tan injusto.
Alice finalmente pareció darse cuenta de eso.
—Bueno, Bells rompió con su novio hace poco, por lo que decidimos tener una salida de chicas —balbuceó, haciendo un gesto hacia ella. Los ojos de Bella se abrieron como platos, lanzando brevemente una mirada a Edward, quien ahora la estaba mirando.
—Estoy segura de que él no necesitaba saber eso —musitó, sus dedos jugando nerviosamente en su cabello.
Edward se aclaró la garganta, con la cara en la primera señal de simpatía, o emoción, que le había mostrado durante toda la noche.
—Siento escuchar eso.
Alice resopló.
—No lo hagas, era un idiota. No era muy… ¿cómo puedo decir... dadivoso, si entiendes lo que digo? —dio a entender, arqueando una ceja hacia Edward.
Toda la cara de Bella estaba en llamas, y quiso arrojarse sobre la mesa y meter el puño en la boca de su amiga sólo para hacerla callar.
—Alice —espetó entre dientes, mortificada, pero ella simplemente rio. Edward alternaba la mirada entre ambas curiosamente, entrecerrando los ojos cuando descifró las palabras de Alice. Bella creyó ver el momento justo cuando lo comprendió, aunque él no dijo nada, tomando un trago de cerveza en su lugar.
Quería morir.
Por suerte el teléfono de Alice comenzó a sonar justo en ese momento, y lo sacó de su bolso. Su rostro se iluminó cuando miró la pantalla.
—Oh, es Jasper. Tengo que atenderla —dijo en tono de disculpa. Edward se deslizó fuera de la cabina para dejarla salir, y luego volvió a sentarse mientras la pelinegra salía para contestar.
Bien, ahora estaba sola con él. ¿Podría esta noche ir peor?
Edward se aclaró la garganta, incómodo, tomando un sorbo de su cerveza. Bella hizo lo mismo, mascando la pajilla de su bebida con nerviosismo. Esperaba que Alice no tardara mucho tiempo, pero sabía que era una causa perdida. Después de un momento de silencio, cuando no parecía que Edward iba a intentar cualquier tipo de charla con ella, resopló con irritación.
—¿Sabes? Probablemente va a tardarse un tiempo, así que no tienes que quedarte aquí si prefieres irte a la barra.
Él levantó las cejas ante sus palabras, mirando entre ella, la barra y la puerta por donde Alice había salido. Luego se encogió de hombros.
—Es de mala educación irse sin decir adiós, así que creo que voy a esperar. A menos que tu sugerencia fuera para que me largara —dijo con ironía y ella se sonrojó, mirando a otro lado.
—No, puedes quedarte —masculló, distrayéndose con su bebida. Él sólo tarareó en respuesta y se entretuvo en la etiqueta de su botella. El silencio descendió sobre ellos una vez más, y Bella ahogó un suspiro, girando los cubos de hielo en su vaso.
—Así que —por fin habló Edward, rompiendo el silencio—, ¿qué has estado haciendo estos años?
Ella rodó los ojos, apartando su mirada de nuevo.
—Mira, sé que no te agrado, así que no tienes que preocuparte en fingir que te importa nada de mi vida —respondió con un toque de irritación.
—Bueno, esa actitud ciertamente no te está haciendo ningún favor —gruñó, lanzando su brazo sobre el respaldo de la cabina.
Así que lo admitió.
Su rostro ardía de humillación, y lo fulminó con la mirada.
—Para que lo sepas, no me agradas mucho tampoco. No eres tan agradable como pareces.
Por sorprendente que parezca, él sonrió, sus rosados labios se extendieron a través de sus dientes blancos.
—No me importa. No estoy tratando de impresionarte.
Ella se enfadó ante su insinuación.
—No estoy tratando de impresionarte, tampoco —le espetó.
—Entonces estamos en la misma página. Así qué, ¿cuál es el problema? —preguntó de buen humor mientras sorbía su cerveza.
—No hay ningún problema —dijo ella con indiferencia, decidida a no dejar que la molestara.
Su sonrisa se ensanchó.
—Bien.
¿Por qué le divertía esto? Se bebió el resto de su gin para evitar gruñirle una respuesta. Edward inclinó la botella hacia su vaso vacío.
—¿Quieres otra copa? —preguntó.
—Puedo conseguirla yo misma —contestó de mala gana, pero él ya había observado a la mesera que se acercaba. La sonriente rubia prácticamente rebotó frente a él y se inclinó sobre la mesa, dándole a Edward una buena vista de su escote.
—Hola, Ed. ¿Qué puedo hacer por ti? —saludó con coquetería. Edward le sonrió amablemente.
—Otra cerveza, Lauren, por favor —contestó, luego miró a Bella—. ¿Qué te gustaría?
—Un martini seco —le dijo a la camarera, que había vuelto su mirada hacia ella.
—Ponlo en mi cuenta, Lauren —intervino Edward. Lauren le dedicó una sonrisa y otra vista de sus tetas.
—¡Claro que sí, Ed! En seguida te las traigo. —Cuando se dio la vuelta, le disparó una mirada de desconcierto a Bella. ¿Sería una mirada de celos?, ¿o de nostalgia? ¿Acaso todo el mundo sabe acerca de sus famosas habilidades orales?
—No necesito que pagues mi bebida —insistió indignada. Él se encogió de hombros.
—No pensé que lo necesitaras. Sólo estoy siendo un buen tipo —bromeó, y Bella se burló.
—Pensé que no estabas tratando de impresionarme.
—No lo hago. Eso es lo que hacen los chicos buenos.
Ella frunció el ceño. ¿Cómo cualquier chica alguna vez conseguiría ver más allá de su petulancia exasperante para permitir que incluso él le diera sexo oral? Por otra parte, si su boca estaba ocupada, no podría hablar, ¿o sí? Bella se dio cuenta que estaba mirando sus labios de nuevo, un pulso de deseo palpitó entre sus piernas, y obligó a sus ojos a desviar la mirada. Él la miraba con recelo. Mierda. Había captado su mirada fija.
Abrió la boca para defenderse, pero por suerte la mesera se abalanzó de nuevo con sus bebidas, dejándolas en la mesa.
—Aquí tienes, Ed. Avísame si necesitas algo más —dijo, guiñándole un ojo a Edward.
—Gracias, Lauren —respondió calurosamente. Con una última sonrisa sugerente, Lauren tomó las bebidas vacías de la mesa y se retiró. Mientras Bella sorbía ávidamente su martini, él le clavó una mirada penetrante.
—Así que, ¿quieres intentarlo de nuevo? No has respondido a mi pregunta acerca de lo que has estado haciendo este tiempo, como cualquier ser humano educado haría.
Ella se tragó una réplica mordaz y bajó su bebida. Supuso que al menos le debía eso, por la copa.
—Soy cuidadora de animales en el zoológico —admitió a regañadientes. Él arqueó las cejas.
—¿Oh? Eso es realmente genial —respondió, moviendo la cabeza en señal de aprobación—. ¿Cualquier animal o alguno en particular?
—Todos los mamíferos. —Él asintió con la cabeza otra vez, y Bella se obligó a hacerle la misma pregunta—. ¿Qué hay de ti? —Aparte de dar placer a las mujeres con tu lengua magistral, pensó.
—Soy profesor de Inglés en una escuela secundaria, también el entrenador de lucha libre —respondió rápidamente.
—Oh. Genial.
Edward sonrió.
—Me gusta pensar que sí. —Bebió su trago, y cuando sacó la botella, se lamió los labios para atrapar las gotas de cerveza que se aferraban a la delicada carne. Bella estaba tan fascinada por el gesto, que su siguiente pregunta salió de su boca antes de que pudiera detenerla.
—¿Tienes novia?
Edward arqueó las cejas con sorpresa, y Bella se sonrojó al instante de horror. Mierda. ¿De dónde había salido eso? Bajó botella con delicadeza, cruzó los brazos frente a ella y apoyó los codos sobre la mesa mientras se inclinaba hacia adelante.
—No —respondió él con cuidado—. ¿Por qué lo preguntas?
Sus ojos se abrieron como platos.
—¿Ah? Quiero decir, por nada, sólo… me pareció educado preguntar. Ya sabes que me acaban de botar, así que... —Se llevó la copa a los labios y bebió desesperadamente, esperando que su sonrojo no fuera tan evidente en la iluminación del bar.
Todavía la estaba observando de cerca, y ella tuvo que apartar la mirada.
—Ya veo. No, mi última relación seria fue hace más de un año —dijo con ligereza. Eso la sorprendió.
—¿Por qué?
Él frunció el ceño ante la pregunta y se rio.
—¿Qué quieres decir con por qué?
Bella se encogió de hombros, jugueteando con la aceituna en su martini. ¿Por qué estaba hablando tanto? Ah, claro. Gin.
—Alice te hace parecer un, um, tipo muy deseable —murmuró, girando el palillo entre los dedos. Ella le lanzó una mirada antes de bajarla hacia su vaso de nuevo.
Edward hizo un ruido curioso en la parte posterior de su garganta. Luego se echó a reír.
—Eso fue hace cuatro años. Y ella me dejó. Me resulta difícil de creer.
Porque ella había querido salir con Jasper, pensó Bella. Se encogió de hombros otra vez.
—Creo que tu reputación te precede.
Una vez más, él la miraba fijamente, perplejo por sus declaraciones. Realmente necesitaba callarse. Tomando otro gran sorbo de su martini, miró ansiosamente hacia la puerta. ¿Dónde diablos estaba Alice? Su amiga tenía que volver y evitar que se avergonzara aún más a sí misma.
Edward se quedó callado por un momento, y su silencio atrajo su mirada hacia él. Un indicio de sonrisa apareció en las comisuras de su boca, y eso hizo que su estómago se contrajera.
—Así que, ¿por qué tú y tu novio rompieron? —preguntó. Maldición, no quería entrar en ese tema con él.
Se frotó un mechón de pelo entre sus dedos, sin saber qué responder.
—Bueno, sólo... teníamos diferentes ideas... sobre algunas cosas.
Él entrecerró los ojos.
—Eso no me dice nada. ¿Qué fue eso que Alice estaba diciendo antes, acerca de que él no era muy generoso...?
Su respiración se detuvo en su garganta, y tosió para aclarársela.
—Eh, Alice no sabe de lo que está hablando —murmuró, jugando con el borde de la copa con la punta del dedo.
—Oh, ¿entonces dirías que fue bastante generoso?
Ella lo miró sin decir nada. Edward fingió una expresión de preocupación, y de pronto ella se sintió enrojecida y caliente, y sabía que no era por el alcohol. Mierda. Se había percatado. Bien. Frunció los labios, levantando la barbilla.
—No, en realidad. No lo era en lo absoluto —dijo con tono firme y desafiante. Él sonrió ligeramente.
—Bueno, eso es bastante lamentable —contestó, haciendo eco de las palabras de Alice. Bella frunció el ceño, mirando a otro lado.
—Eso me han dicho —susurró.
Edward se atragantó con su cerveza.
—Espera, ¿o sea que no lo sabes?
Le ardían las mejillas, y mantuvo los ojos clavados en su bebida.
—¿Por qué tanta preocupación? ¿Quieres mostrarme? —escupió sarcásticamente. Un momento de silencio siguió a sus palabras, y ella entró en pánico internamente. Mierda, mierda, mierda. ¿Qué acababa de hacer?
Finalmente Edward exhaló con fuerza.
—¿Acabas de pedirme que te haga sexo oral? —le preguntó con incredulidad, y volvió sus ojos hacia él, horrorizada.
—¿¡Qué!? No, yo… —Su voz se quedó atrapada en su garganta; no sabía qué decir porque, en realidad, eso es exactamente lo que le había pedido.
Edward la miró de manera extraña y ladeó la cabeza, estudiándola.
—Vas a tener que esforzarte un poco más que eso, Bella —pidió, y ella le lanzó una mirada dudosa.
—¿Disculpa?
Él negó con la cabeza, con una sonrisa en los labios de nuevo.
—Tienes que seducirme primero. No le hago sexo oral a cualquiera solo porque sí.
Sus labios se curvaron con disgusto, su sangre se enturbió.
—Creo que tienes un concepto demasiado elevado de ti mismo —dijo ella casi con desprecio, pero el rostro de Edward se iluminó con una sonrisa.
—Nah. Sé de muy buenas fuentes que soy muy, muy bueno en eso —dijo con altivez. Bella se burló y miró hacia otro lado, tomando un sorbo de su martini.
—Lo que sea.
Edward no dijo nada por un momento, pero sintió sus ojos fijos en ella. Trató de mantener una expresión indiferente y de desinterés mientras examinaba el bar. En serio, ¿qué tanto maldito tiempo necesitaba Alice para hablar con Jasper? Vivían juntos, por el amor de Dios.
Cuando Edward volvió a hablar, su voz casi la asustó. Era más tranquilo, más intenso en esta ocasión.
—En serio, Bella, ¿ningún tipo ha hecho nunca gritar con sólo su lengua antes? —preguntó. Sus ojos casi se salieron de su cabeza, un chillido murió en su garganta. Su boca se abrió y cerró como un pez mientras luchaba a través de la bruma de alcohol y vergüenza en busca de una respuesta.
—Yo-Yo no voy a responder a eso —tartamudeó, queriendo sonar desafiante, pero su voz se quebró. Él arqueó una ceja.
—Eso es un no, entonces.
Sus dedos se crisparon en torno al pie de la copa; quería jodidamente tirarle su bebida en la cara y largarse, pero aún borracha se dio cuenta de que la reacción era un poco extrema. Después de todo, ella era la que había dirigido la conversación en esa dirección, ¿no? Se debatió si agarrar su teléfono y enviarle un mensaje de texto a Alice para exigirle que volviera.
—Está bien, lo haré.
Su cabeza se giró hacia él, estupefacta, su ojos redondos como platos.
—¿Qué?
Él asintió con la cabeza, con decisión, casi para sí mismo, apretando los labios.
—Te haré gritar solo usando mi lengua. Aunque necesitas mejorar en tus técnicas de seducción; pero siento que es mi deber como un buen samaritano que te ayude con esto.
Ella parpadeó rápidamente, demasiado aturdida para ofenderse. Su cabeza estaba demasiado nebulosa por el alcohol como para formular una respuesta ágil. Probablemente debería lanzarle su bebida en la cara, sin duda, pero no podía negar que estaba interesada. Y tan increíblemente excitada. El tipo ni siquiera le gustaba, pero, maldita sea, ella quería su boca sobre ella.
—Está bien —resopló, y sacudió su cabeza tratando de despejarse—. ¿Cuándo?
Él se rio en voz baja, cruzando los brazos sobre la mesa de nuevo.
—Bueno, definitivamente no ahora. Estás borracha.
Esta vez, ella fue capaz de ofenderse apropiadamente.
—¿Y? No estoy tan borracha, sé lo que estoy haciendo —le espetó, pero él simplemente sonrió, exasperándola aún más. Edward se inclinó sobre la mesa, y su respiración se detuvo cuando su mano se acercó a la de ella. Pero él sólo le arrebató las aceitunas de su bebida, el palillo de dientes atrapado entre sus dedos.
—No, no es por eso. Sólo quiero que estés completamente sobria para que sientas todo —dijo despacio, pronunciando cada sílaba de la última palabra a propósito. Su voz había descendido a un nivel más bajo, prácticamente goteando la promesa de buen sexo. Sus ojos se encontraron con los de ella mientras envolvía cuidadosamente su lengua alrededor de las aceitunas, los dientes tirando de ellos fuera del palillo. Incluso borracha, ella sintió la excitación filtrarse entre sus muslos. Dio un suspiro tembloroso, le daba vueltas la cabeza. ¿En qué se había metido?
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Bella estaba inmensamente feliz de vivir sola; tratar de explicarle a un compañero de piso por qué un hombre extraño iba a llegar a su apartamento hubiera sido incómodo, especialmente una vez que desaparecieran en su dormitorio por la noche. Ni siquiera le había mencionado a Alice que Edward había aceptado venir a su casa con el único propósito de realizarle sexo oral.
Solo de pensarlo, se emocionaba y afligía al mismo tiempo con ansiedad. Era suficientemente estresante dejar a un hombre con quien ya habían sido íntimos, bajar tan al sur, pero un hombre al que apenas conocía, y que también se había comido a su mejor amiga, lo hiciera con ella, joder, esto era una mala idea.
Aun así, era miércoles por la noche, y aquí estaba ella, sentada en el sofá, viendo la televisión sin realmente verla, mientras esperaba ansiosamente su llegada. En los cuatro días desde que se habían visto por última vez, desde que habían acordado esta cita, pudo haberle enviado un texto en cualquier momento cancelando esta maldita cosa. Casi lo hacía, en numerosas ocasiones. Pero entonces, imaginaba su boca de nuevo, y la forma en que la lengua se enroscaba alrededor de esas aceitunas, y se había convencido a sí misma de nuevo en que este era un plan aceptable.
Ella realmente esperaba que Alice supiera de lo que estaba hablando.
Un golpe brusco en la puerta la sobresaltó, y saltó del sofá. Se obligó a tomar una respiración profunda y se alisó el cabello antes de acercarse a la puerta con calma. Su mano se congeló en el pomo de la puerta, pero ahogó sus nervios y obligó a su mano para girarlo, y abrir la puerta. El aliento se le quedó atascado en la garganta al verlo al otro lado. ¿Cómo era posible que fuera aún más atractivo que hace cuatro días?
Su hombro estaba apoyado contra el marco de la puerta, la camisa de manga larga que llevaba puesta, tensa sobre su pecho, y su cabello alborotado en todas direcciones. Él le estaba sonriendo.
Diablos.
Su cara se acomodó en su ya familiar ceño fruncido. Él se echó a reír ante el repentino cambio en su expresión.
—¿Es esa la manera de saludar a alguien que está a punto de hacerte un gran favor?
Frunció los labios, tratando de componer su expresión.
—Yo no diría que fuera tan grande... —se quejó, haciéndose a un lado para dejarlo entrar. Se apartó del marco y se encogió de hombros.
—Ya veremos. —Él entró delante de ella, pero se detuvo en el pasillo, esperando a que ella cerrara la puerta. Cuando se acercó a él, se dio cuenta que la estaba observando con expectación. Mierda. Sus nervios se precipitaron de nuevo, pero hizo lo que pudo para calmarse.
—Bueno, podemos, este, ir a mi habitación, supongo...
Él hizo una mueca.
—Tranquila, disminuye la velocidad, Swan. Tienes que darme vino e invitarme a cenar primero. Quiero sentirme especial, también, ya sabes.
Ella se quedó boquiabierta, con la cara de llena de calor, y él se echó a reír de nuevo. Jadeando, ella cruzó los brazos sobre su pecho.
—No tengo nada de comer —dijo tercamente.
—Sólo cerveza está bien, si tienes.
Bella pisoteó hasta la cocina y abrió la puerta de la nevera con fuerza. Agarró una botella de sidra y se la ofreció. Él arrugó la nariz con disgusto, pero la tomó en sus manos.
—¿Esta mierda?, ¿es en serio?
—Es todo lo que tengo —se defendió con petulancia. Él suspiró, pero giró el tapón y lo arrojó en el bote de basura. Ella lo rodeó y se dirigió a la sala, Edward sobre sus talones.
—Así que, ¿bebes ginebra, pero no cerveza? —preguntó mientras seguía detrás de ella.
—Son completamente diferentes —respondió.
—Sí, en que la ginebra sabe a mierda —contestó. Ella frunció el ceño mientras se dejó caer en el sofá; no estaba preparada para que él se sentara a su lado, y giró su cabeza para verlo con suspicacia. Estaba tan cerca que sus muslos se tocaban.
—¿Qué estás haciendo? —demandó. Él la miró como si fuera estúpida, y tomó un sorbo de sidra.
—Voy a tener mi cara enterrada en tu entrepierna, ¿y a ti te preocupa la proximidad física? —se burló. Una vez más, su cara enrojeció y miró hacia otro lado, eligiendo no responder. Vieron la TV en silencio durante unos minutos, Bella demasiado inquieta mientras que Edward seguía bebiendo. Suspiró.
—Tal vez deberías tomar una copa también —sugirió—. Claramente estás al borde de un ataque de pánico.
Ella frunció el ceño y lo miró por el rabillo del ojo.
—Pensé que no querías que estuviera borracha para esto.
—¿Te vas a emborrachar con esta mierda? —le preguntó con ironía—. No sé, puedes tomar un vaso de agua o algo, lo que sea. Tu inquietud me pone incómodo.
Poniendo los ojos en blanco, se levantó y se dirigió a la cocina. Estaba llenando un vaso con agua cuando vio la botella de vodka. Rápidamente agarró un vaso del armario y lo llenó hasta el borde, bebiéndolo con avidez. Su garganta quemó todo el camino hacia abajo. Tosiendo, bajó de golpe el vaso y se bebió un par de tragos de agua. Regresando a la sala, se sentó junto a Edward y le arrebató la sidra para tratar de limpiarse la boca del sabor del vodka barato. Él le lanzó una mirada curiosa, pero no dijo nada mientras le regresaba la botella.
Una vez más, cayeron en silencio, salvo por el ruido del televisor. Agarró con fuerza su vaso, bebiendo el agua periódicamente. Aclarando su garganta, trató de aclarar su cerebro para conseguir decir algo, pero se quedó callada. Realmente odiaba no poder tener charlas casuales con la gente.
—Tu apartamento está realmente desnudo —Edward confesó, agarrándola con la guardia baja. Ante su mirada desconcertada, le hizo un gesto a su sala de estar—. Quiero decir, no tienes decoraciones o arte o cualquier cosa. Es extraño.
Ella se ofendió con su insulto.
—¿Qué eres, la maldita Martha Stewart o algo así?
Sonrió.
—Sí, quiero decir, mi apartamento en realidad parece que alguien vive allí —dijo con indiferencia, tomando un profundo trago de sidra.
—¿Este es su estilo normal de coqueteo? —preguntó ella con sequedad—. ¿Insultar a una chica y luego comértela?
Él se rio de eso.
—No, normalmente la llevo a comer y luego me la como —respondió con aire de suficiencia.
—Wow, ¿y a qué se debe mi suerte entonces? —murmuró. Él se encogió de hombros.
—Tú eres quien me invitó. Y ni siquiera conseguí una maldita comida por lo menos.
—No tienes que hacer esto, lo sabes —espetó, cortándolo—. Voy a sobrevivir sin esa experiencia.
Él extendió la mano y tiró de sus mechones.
—No lo sé, tal vez deberías esperar para hacer esa afirmación hasta después que lo experimentes.
Tuvo que resistir la tentación de hacer caso omiso de su mano encima de ella; se trataba de un reflejo natural, pero siendo honesta, era más que una reacción a la forma en que el simple gesto hizo que su corazón latiera al doble de su velocidad ante su toque. Ella se quedó mirando fríamente a la televisión, preguntándose cómo podía hacer que las cosas sucedieran ya. Entonces, tal vez él dejaría de hablar.
—¿Vives sola? —preguntó Edward al cabo de un momento. Bella asintió con la cabeza y se volvió para decir algo más, pero su boca se cerró cuando se dio cuenta que su cara estaba a centímetros de la de ella. Sus ojos se agrandaron cuando su mano libre se acercó a su mandíbula; la palma de su mano un poco húmeda por sostener la botella. Su boca estaba tan tentadoramente cerca, cerró los ojos, esperando el contacto de sus labios, pero no llegó. Lo miró de nuevo un momento después; él todavía estaba mirándola, sus ojos verdes de un tono más oscuro que sólo momentos antes. Edward movió el pulgar, arrastrándolo hacia atrás y adelante a través de su labio inferior; se deslizó entre la comisura de su boca, acariciando sobre sus dientes. Parpadeó rápido, encontrándose con los labios abiertos por voluntad propia, la lengua empujando hacia adelante ligeramente para tocar la punta de su dedo pulgar. Él sonrió y presionó más su barbilla para abrirle un poco más la boca; se acercó para estar alineado con la de ella, pero, frustrantemente, todavía no presionó sus labios juntos.
No podía esperar más; alzó la barbilla lo suficiente para cerrar la distancia, sus labios chocando entre sí. Lo sintió sonreír por un breve segundo antes de abrir la boca y tocar su lengua con la de ella. Él sabía a manzanas. Abrió aún más la boca. La mano de Edward se deslizó detrás de su oreja y se curvó alrededor de su pelo, él inclinó la cara hacia un lado para adaptarse a sus labios mientras sus lenguas se entrelazaron juntas. Inhaló temblorosamente, profundamente, a través de su nariz, poco dispuesta a apartar su boca de la suya para poder respirar; le oyó hacer lo mismo, su cálido aliento en la mejilla.
Tuvo la repentina necesidad de envolverse alrededor de él por completo. Sus manos se movieron antes de que ella fuera consciente de ello, y sintió caer el vaso de agua al suelo. Se apartó con un jadeo.
—¡Mierda! —maldijo, impulsando su cuerpo del sofá para limpiarlo, pero Edward la sujetó, volviendo la cara hacia él.
—Es sólo agua, olvídalo —susurró, sus labios acariciando los de ella mientras hablaba, y luego su lengua lamió su camino de regreso a su boca, y el agua estaba completamente olvidada.
Deslizó sus manos sobre los hombros a la parte posterior de su cuello, sus dedos se cerraron en el pelo de la nuca, y continuaron explorando la boca del otro. Su cabello era suave. Bella deslizó sus dedos a lo largo de su cuero cabelludo, acariciando sus rebeldes cabellos, rascando ligeramente el cuero cabelludo. Ella tiró de su cabello con suavidad; Edward gimió y continuó asaltando su boca. Entonces él tiró de sus caderas para cambiar su cuerpo por debajo del de él, recostándola hacia atrás hasta que él estaba encima de ella.
No supo cuánto tiempo permanecieron en esa posición. Se sintió como horas y aún muy poco tiempo. Era muy consciente de la mano de Edward que se arrastraba de arriba abajo por su costado, deteniéndose justo debajo de su pecho antes de regresar de nuevo a su cadera. Ella sólo quería que le agarrara los malditos pechos. Él no parecía captar los no tan sutiles empujes que ella hacía en su pecho. ¿Qué demonios estaba esperando?
Cuando sus labios finalmente liberaron los de ella, tomó una respiración jadeante. La boca de Edward se arrastró a lo largo de su mandíbula, su cuello, su clavícula, chasqueando la lengua en broma sobre su pulso. Podía sentir su erección clavándose en su cadera, y se dio cuenta de lo incómodo que él se encontraba en esa posición.
—¿Dónde quieres hacer esto? —murmuró con vehemencia en su oído, mordiendo su lóbulo—. ¿Aquí? ¿En tu dormitorio?
Ella tuvo que forzar sus pensamientos, luchando a través de la bruma de lujuria, ahogándose en un gemido.
—Umm, a-a mi habitación.
Se alejó entonces de ella y la ausencia de su calor y su peso fue tan sorprendente, que estaba demasiado desorientada para moverse, hasta que él la ayudó a levantarse. Lo miró fijamente; sus mejillas estaban rojas, sus labios hinchados. Él arqueó una ceja expectante.
—Muéstrame el camino.
—Cierto —dijo estúpidamente, caminado hacia su habitación. Abrió la puerta y fue a tientas hasta la cama para encender la lámpara de la mesita de noche. Cuando volvió a mirar a Edward, vio que él había cerrado la puerta y ya estaba tirando de su camisa.
—Oh —suspiró, sorprendida frente a la extensión de los músculos tensos en su abdomen y su pecho, y luego sacudió la cabeza para despejarse. Luchó débilmente para eliminar su propia blusa mientras Edward se quitó los zapatos, entonces él se acercó a ella en dos zancadas, arrancando su blusa en sus manos para tirarla rápidamente por la cabeza. Él bajó la cabeza para capturar su boca de nuevo, su lengua navegando insistentemente mientras sus dedos trabajaban el cierre de sus pantalones vaqueros, abriendo el botón. Ella lo ayudó a deslizarlos hacia debajo de sus caderas y muslos, y luego el resto del camino. Envolviendo sus brazos alrededor de su cuello, ella se puso de puntillas para tener mejor acceso a su boca.
Después de un momento, él se apartó, sus manos se enredaron en su cabello y agarrando su cuello.
—¿Estás bien estando completamente desnuda? —le preguntó en voz baja, con los ojos sosteniendo su mirada. Ella parpadeó, y su frente se arrugó ligeramente.
—No... Quiero decir, sí, está bien —respondió ella, vacilante. Edward se inclinó para besarla otra vez mientras sus dedos luchaban con el broche de su sujetador, y luego lo sintió aflojarse. Dejó caer los brazos de sus hombros para que pudiera deslizarlo, lamiéndose los labios tímidamente mientras que sus pechos estaban expuestos a su mirada hambrienta. Bueno, tal vez debería haber dejado la luz apagada...
Pero él todavía no la tocaba, en lugar de eso, maniobraba para llevarla a la cama y acostarla. Se movieron juntos hasta que su cabeza estaba en la almohada, y se posicionó entre sus piernas, su cuerpo estirado sobre el de ella. Él inclinó su boca sobre la de ella otra vez, y dio la bienvenida a su lengua con facilidad, sus manos arañando su espalda. Por último, por último, cubrió uno de sus pechos con su mano, y ella suspiró sobre sus labios; le sintió sonreír mientras lo amasaba, rodando su pezón bajo su palma. Pasó una cantidad excesiva de tiempo sólo dándole masaje a sus pechos, tirando y pellizcando de los pezones con los dedos; estaba desesperada porque él le diera otro uso ya a su lengua.
Retirando la lengua de su boca, ella cogió el labio inferior entre sus dientes y lo mordió con suavidad, pero con urgencia. Él gruñó y ella le liberó el labio para dejarlo deslizarse por su cuerpo. Él depositó besos a lo largo de su cuello y pecho hasta que envolvió la boca alrededor de su pezón; succionó el capullo endurecido en su húmeda boca, y ella dejó caer la cabeza hacia atrás con un gemido satisfecho. Oh, eso se sintió tan bien, y cuando él mordió con los dientes, fue aún mejor.
Calor húmedo se acumuló entre sus muslos a un ritmo creciente, y su clítoris palpitaba, exigiendo alivio. Bella le clavó los dedos en los músculos de la espalda e inconscientemente comenzó a empujar sus caderas, inclinando su pelvis para frotarse contra su erección.
Las caricias a sus pechos se detuvieron bruscamente, la calidez se desvaneció dejando sensación de frío, mientras él le sujetó las caderas a la cama para detener sus embestidas.
—No —le ordenó con voz ronca, riendo cuando ella le frunció el ceño—. Simplemente déjate humedecerte más. Te quiero empapada.
Sus palabras enviaron un impulso eléctrico de deseo por su espalda y descendieron hasta su centro. Dejó caer la cabeza en la almohada con un sonido ahogado. Edward se incorporó entonces, sus dedos rozando sus caderas mientras enganchó los lados de su ropa interior.
—En realidad, voy a quitarte estas —dijo. Su estómago se tensó, pero no se resistió, levantando las caderas un poco para ayudarlo a deslizar sus bragas. Estaba contenta de haberse hecho mantenimiento en esa área antes de que él llegara. Todavía se sentía incómoda con las piernas abiertas delante de él, así que comenzó a retorcerse para apagar la luz, pero él la detuvo.
—Me gusta ser capaz de ver lo que estoy haciendo —explicó, arqueando una ceja.
—Está bien —acordó con nerviosismo, recostando la cabeza de nuevo sobre la almohada. Mantuvo la mirada fija en el techo, mordiendo su labio, tratando de ignorar el calor de su mirada entre sus muslos. Cuando él le dio un beso en la rodilla, arrastrando sus labios lentamente por el interior de su muslo, sus párpados se cerraron. Sintió temblar la cama debajo de ella cuando él se sentó en el colchón, con las manos empujando sus muslos abiertos un poco más. No estaba segura de si estaba más ansiosa o excitada, y no sabía si sus expectativas sobre cómo iba a terminar esta noche eran demasiado altas o demasiado bajas. ¿Y si hubiera algo malo en ella y no podía hacerla correrse?, ¿Y si sí se corría, y era el más grande orgasmo de su vida? En realidad no tenía idea de cuál sería más problemática.
Sintió su aliento cálido en sus pliegues increíblemente húmedos, haciéndola temblar. Escalofríos se extendieron a lo largo de su piel, y apretó en puños las sábanas. ¿Por qué estaba a punto de dejar a un hombre al que apenas conocía, comérsela?, ¿por qué mejor no se había tomado dos tragos de vodka?
De repente, la punta de su lengua estaba allí, detrás de la línea de su raja, provocándola, una exclamación de sorpresa se detuvo en su garganta, sus dedos curvándose aún más en las sábanas. Lo hizo de nuevo, y otra vez. Bella mordió con tanta fuerza su labio inferior que estaba segura que iba a sangrar. Esto ya se sentía mejor que cualquier cosa que Mike hubiera hecho nunca, y Edward estaba simplemente jugando con ella, tal vez era por eso. Su dedo índice y medio extendieron sus labios para dejarla bien expuesta; cuando lo sintió sumergir la lengua entre sus pliegues, ella gimió desde lo más profundo de su garganta, tratando de calmar el temblor de sus muslos y abdomen con tanta fuerza, pero fallando miserablemente.
Con su mano libre apoyada contra su muslo, Edward la mantuvo abierta con los dedos mientras arrastraba su lengua a través de sus pliegues repetidamente, lamiendo su excitación. El pecho de Bella comenzó a doler con el aliento que estaba conteniendo, y lo soltó en un largo gemido estremecedor. Ante su gemido, él introdujo aún más la lengua dentro de ella; Bella chilló, apretando los muslos para cerrarlos en un acto reflejo, pero él los empujó para abrirla de nuevo, aplicando un poco más de fuerza cuando metió su lengua dentro de ella, una y otra vez, absorbiendo su humedad con su boca. Apenas podía distinguir entre sus propios gemidos y jadeos, a los sonidos de los labios y lengua de Edward trabajándola.
—Oh —suspiró Bella, sus caderas presionando ligeramente contra su cara—. Oh, oh.
Sintió una vibración en sus pliegues, ¿fue él riendo? Ella estaba demasiado excitada como para que le importara, con tal de que él siguiera haciendo lo que estaba haciendo.
No podía creer lo bien que se sentía, ¿cómo había hecho Mike tan mal esto antes? O tal vez Edward era de hecho prodigioso en proporciones excepcionales. Alice tenía razón. ¿Cómo fue capaz de dejarlo?
Bella se quejó cuando lo sintió separar la boca de sus pliegues, levantando ya la cabeza para protestar, hasta que sintió su lengua hacer círculos en su clítoris. Lanzó un gruñido de sorpresa, jadeando cuando él alternó entre lamer y succionar. De repente, su agarre en las sábanas no fue suficiente para anclarla, tenía que aferrarse a algo. Apretando los ojos cerrados, ella agarró puñados de su pelo; trató de acercarlo más, trató de transmitir su aprobación. Su respiración era corta y rápida, sus pechos ligeramente agitados mientras empujaba el aire dentro y fuera de sus pulmones.
Los labios de Edward rodearon su clítoris y lo succionó dentro de su boca.
—¡Ah! —gritó Bella; si fuera capaz de cualquier sentimiento aparte del extremo placer que sentía en ese momento, podría haberse avergonzado por los sonidos que estaba haciendo. Sus gemidos, los movimientos de las caderas, todo se hizo más desesperado mientras Edward chupaba más fuerte, y cuando empujó dos dedos dentro de ella, se quejó en voz alta, tirando de sus cabellos.
—Edward —maulló Bella, y él gimió en respuesta, el sonido reverberando alrededor de su clítoris. Mierda. Sintió crecer rápidamente el placer entre sus muslos, y sus gemidos llenaron la habitación. Sus dedos bombeaban dentro y fuera de ella, más rápido aún mientras succionaba su clítoris entre sus labios, jugándolo con su lengua; ella estaba fuera de la razón. Golpeó una mano contra la cabecera encima de su cabeza, su espalda arqueándose mientras se corría. Un grito incoherente salió de sus labios mientras todo su cuerpo se estremecía. Edward continuó chupando su clítoris mientras los temblores de su orgasmo se apoderaban de ella; reduciéndola a sonidos y jadeos, sus manos abriéndose y cerrándose en puños en el cabello de Edward, al tiempo que los espasmos apretaban sus paredes alrededor de sus dedos.
Después de un momento, Edward finalmente soltó su clítoris y metió su lengua de nuevo en su canal, lamiendo su excitación. Cuando se sentó, con los labios y la barbilla reluciente, se chupó los dedos en la boca para limpiarlos, entonces él le sonrió, alzando las cejas.
—Bueno, ¿te hice cambiar de opinión? —le preguntó con aire de suficiencia.
Estaba demasiado aturdida para responder, así que sólo se cubrió el rostro con una mano, inhalando temblorosamente. Mierda. La cama se movió, por lo que abrió los ojos de nuevo, confusa al verlo salirse de la cama. Frunció el ceño y se incorporó sobre sus codos.
—Espera, ¿qué estás haciendo? —preguntó con voz ronca. Él la miró, ligeramente divertido.
—¿Qué quieres decir? ¿Quieres algo más de mí? —Ella parpadeó.
—¿N-No vamos a tener sexo? —preguntó con incredulidad. Las cejas de Edward se alzaron.
—¿Quieres tener sexo conmigo?
Su boca se abrió y cerró, y sus ojos se posaron en su muy evidente erección. Edward se dio cuenta de su mirada y se ajustó la erección bajo sus pantalones.
—¿Tú no quieres?
Él se rio y se puso de pie, desbrochando sus pantalones.
—Bueno, sí, pero como no era originalmente parte del acuerdo, no quise simplemente asumirlo. Creí que solo querías sexo oral después de todo.
No quería decirle que había tomado la decisión de tener relaciones sexuales con él en el momento que se corrió, así que solo se giró hacia la mesita de noche para sacar un condón, mientras Edward se quitaba los pantalones y bóxer. Sus ojos parpadearon de nuevo a él y su polla, y casi se le cayó el condón en estado de shock.
Bueno, mierda.
Edward tomó el condón, mirándola a la cara fijamente, y ella trató de no mirar fijamente su polla mientras él se lo colocaba, buscando lubricante en su mesita de noche. Después de que se había enrollado el condón, se arrastró sobre la cama entre sus piernas, dejando que Bella lo lubricara y emitiendo un suave suspiro ante su toque. Luego se agachó sobre ella y capturó su boca en un beso lento, ahuecando su pecho en su mano. Ella se arqueó contra su palma, deslizando sus manos lubricadas sobre sus hombros y la espalda. Los movimientos de su boca se hicieron más calientes y frenéticos, y se encontró con la cabeza elevada de la almohada mientras buscaba la lengua de Edward. Cuando sintió la cabeza de su polla en sus pliegues, ella rompió el beso y lo acostó sobre su espalda, montándolo a horcajadas; si ella estaba arriba, quizá esto no dolería tanto. El cobrizo era definitivamente más grande que Mike.
Los ojos de Edward se abrieron y exhaló con fuerza.
—Bueno, mierda, Bella —susurró con asombro, agarrando sus muslos mientras ella alcanzó su polla entre sus piernas para colocarla en su entrada.
Moviendo sus caderas hacia atrás, empujó su cabeza a través de sus pliegues, entonces se hundió en él hasta que su pelvis estaba al ras con la suya. Inhaló bruscamente cuando sus paredes se extendieron para acomodarlo; estaba tan llena que era casi doloroso. Edward se quejó en voz baja, con la barbilla inclinada hacia arriba. Su mandíbula se flexionó con el sonido, y vio la ondulación de su garganta cuando él tragó duro.
Bella comenzó a rodar sus caderas y apoyó las manos en su estómago. Las manos de Edward estaban firmemente envueltas alrededor de su cintura para ayudarla con sus movimientos; levantó sus propias caderas de la cama ligeramente y empujó en ella cada vez que ella se mecía hacia adelante. Todo se sentía tan bien todavía; a pesar de la fatiga que sentía, su cuerpo todavía se sentía como si estuviera en llamas, deseando ser apagado de nuevo. Se sentía demasiado bueno para ser consciente de sí misma. Quitando las manos de su cintura, ella las llevó hacia arriba, moldeando sus pechos.
—Maldita sea —dijo entre dientes, empujando sus caderas contra las de ella mientras amasaba los pechos con sus palmas. Él se sentó de repente, envolviendo un brazo alrededor de ella para acercarla más, para traer sus pechos a su cara. Chupó la punta de uno con la boca para tirar con los dientes, y ella gimió. Su mano libre se deslizó entre sus cuerpos para asegurar su clítoris entre sus dedos, obteniendo un suspiro satisfecho de parte de ella; Bella se movió más rápido mientras la acariciaba, su boca sin dejar nunca su pecho.
Ahí podía sentir el placer surgiendo de nuevo, más rápido, más agudo, y ella gritó de pronto, meciéndose de manera irregular encima de él. Él inclinó la cabeza hacia atrás para mirarla.
—Mierda, ¿otra vez? —gruñó, rodeando su clítoris más rápido con los dedos mientras ella cabalgaba su orgasmo; ella era incapaz de responder y sólo se aferró a sus hombros, jadeando y temblando, sus paredes apretando su polla dentro de ella. La euforia duró poco, sin embargo, y su cabeza colgaba hacia delante para descansar contra su hombro. Edward agarró sus caderas y la puso debajo de él, pero se retiró de ella. Se sentía extrañamente vacía.
—¿Puedo cogerte por detrás? —preguntó, con voz baja y ronca, y ella asintió con entusiasmo.
—Sí —jadeó, retorciéndose sobre su estómago. Edward levantó las caderas de ella para que estuviera de rodillas delante de él, y Bella se desplomó hacia adelante sobre los codos, tirando de su almohada para abrazarla a su pecho. Cuando se introdujo en ella, gimió ante la plenitud, amortiguando el resto de sus sonidos inhumanos en la almohada.
Se movió rápido, sus gruñidos puntuando el sonido de sus caderas conectando con su culo. Ella se sacudió hacia adelante con cada penetración, pero él la sostuvo firmemente con un brazo atado alrededor de sus caderas. Ella sintió sus bolas golpeando la parte posterior de su muslo; si no se sintiera tan inútil en ese momento, podría haber alcanzado entre sus piernas para agarrarlas, pero no tenía fuerzas para más excepto disfrutarlo, con la cara enterrada en la almohada. Ella ya se sentía dolorida, pero no le importaba, arqueando la espalda para empujar las caderas hacia atrás para encontrarse con sus embestidas, apretando su polla dentro de ella.
Él emitió un gemido bajo entonces.
—Me voy a venir, Bella —advirtió, sus caderas azotando contra las de ella con más rapidez; ella sólo gimió en respuesta. Bombeó en ella un par de veces más antes de detenerse completamente, su palpitante polla dentro de ella mientras se corría en el condón. Suspiró cuando se retiró, liberando su agarre de su cintura, y ella se deslizó hacia abajo sobre el colchón sin fuerzas. Edward se levantó, para tirar el condón asumió, y rodó sobre su espalda mientras él desapareció en su baño. Sabía que tenía que limpiarse también, pero el cansancio que había sentido envolviéndola antes estaba de vuelta ahora, más fuerte que antes; y mantener los ojos abiertos era una tarea.
Era vagamente consciente cuando él regresó, hundiendo la cama con su peso.
—Debería irme —le susurró cerca del oído. Sus ojos se abrieron, e hizo un ruido de protesta, apenas consciente de sus propios movimientos.
—No, quédate —murmuró, bostezando mientras rodaba para abrazarse a su almohada. Él no respondió por un momento, y estaba casi dormida cuando finalmente susurró.
—Está bien. —La palabra apenas la escuchó a través de la niebla del sueño mientras yacía a su lado.
…
Bella estaba confundida cuando se despertó. Un Edward completamente vestido estaba de pie a su lado de la cama, sonriendo ligeramente, pero todavía estaba oscuro, y la lámpara de noche estaba encendida. No recordaba conciliar el sueño, pero se sentía bien descansada, como si hubiera dormido durante horas. Ella parpadeó con los ojos legañosos, tratando de procesar la situación. Él arqueó una ceja.
—Hey, siento despertarte, pero definitivamente me tengo que ir —dijo, con la voz apagada. Miró alrededor de su habitación buscando un reloj que no podía localizar.
—¿Qué hora es? —dijo con voz ronca, tirando de la sábana para cubrir su cuerpo desnudo.
—Casi las 5. Tengo que entrar al trabajo antes de las 7, y tengo que ir a casa a ducharme —explicó. Ella asintió con la cabeza sin decir nada y se incorporó sobre un codo, tratando de quitarse de encima los remanentes del sueño. Un dolor palpitante entre sus piernas se hizo evidente entonces, y se recordó de su noche juntos. Se llenó de inmediato de calor y vergüenza, ahora que la neblina de lujuria se había disipado.
—Ummm, bien. Sí. Bueno, eh... gracias, supongo —dijo en voz baja, mirando hacia otro lado. Mierda, esto era muy raro. Debería haberlo dejado ir ayer por la noche cuando él se lo dijo la primera vez; ¿en qué había estado pensando, pidiéndole que se quedara? En la felicidad post coital, se sentía tan bien y sin preocupaciones, y él se sentía tan cálido y firme a su lado que no había querido que esa sensación se terminara tan pronto.
Pero ahora se sentía estúpida.
Riéndose fuertemente, Edward se arrodilló junto a la cama, así podía verla a la cara. Ella lo miró con extrañeza.
—Si sacas ahora tu chequera, las cosas podrían ponerse un poco incómodas —bromeó, y ella finalmente esbozó una sonrisa, ruborizándose ligeramente. La miró fijamente mientras consideraba qué decir durante un momento—. ¿Estás libre este fin de semana?
Ella frunció el entrecejo. —Yo, sí, creo que sí. ¿Por qué?
Sonrió.
—Me llevarás a una cita. Tú invitas. Siento que me lo debes después de haberte aprovechado de mí.
Ella se rió con incredulidad entonces, sólo un poco mortificada, y se pellizcó el puente de la nariz.
—Um, está bien. Supongo que eso es justo. —¿En realidad aceptó salir con él? Increíble cómo una buena maldita lengua podría cambiar completamente su opinión sobre alguien.
Edward se levantó de nuevo.
—Sólo llámame o envíame un mensaje de texto avisándome del día y la hora más tarde —dijo, y ella asintió con timidez. Él se inclinó para darle un beso en la frente—. Me divertí mucho —murmuró en su oído. Una sonrisa tiró de la comisura de su boca.
—Yo también.
Se rió de nuevo mientras se enderezaba.
—Lo sé —respondió arrogantemente, y la sonrisa de ella se convirtió en un ceño fruncido. Rodó los ojos.
—¡Fuera de mi casa! —le ordenó, aunque no había ninguna amenaza real en su tono.
Él ya estaba caminando hacia la puerta cuando le habló por encima del hombro: —Me gusta la comida mexicana, por cierto. —Al abrir la puerta, él se volvió hacia ella plenamente y le sonrió—. Te veré más tarde.
Y luego se fue. Se dejó caer de vuelta a la cama cuando la puerta del dormitorio se cerró y resopló, pensativa, mirando al techo mientras rememoraba su noche juntos. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al recordar la forma en que su lengua se sentía entre sus muslos, y ella suspiró con nostalgia.
Ahora, exactamente qué tan raro era salir con el ex de tu mejor amiga, se preguntó.
