La caravana estaba forma a por cuatro grandes carretas. Tres eran prácticamente casitas sobre ruedas, con una estructura hecha en su totalidad de madera que incluía un techo ligeramente curvado, y estaban provistas de una puerta y de ventanas tapadas con cortinas de vivos colores. La antigüedad de algunas daba testimonio de la excelencia de los artesanos que las hicieron. Incluso la cuarta carreta mostraba aquella calidad, aunque no fuese más que un típico vehículo de suministros. Cuando la caravana se detenía por la noche para acampar al lado del camino, se sacaban las tiendas de la cuarta carreta, junto con las marmitas y las varas de hierro que formarían triángulos encima de los fuegos de acampada para sostenerlas. Unos minutos después de que la caravana se hubiera detenido, el área ya había adquirido la atmósfera de una pequeña aldea llena de animación. Agradables aromas se esparcían por los bosques de los alrededores, acompañados del alegre sonido de la música las risas. La carreta más grande pertenecía al barossan, el jefe, Danzo Shimura. Rodeándola se alzaban las tiendas de su familia, las hermanas de su esposa, su madre, sus hermanas y sus hijas solteras. La segunda carreta por orden de tamaño pertenecía al hijo de Danzo, Sai, y su construcción había formado parte de los preparativos para el momento de su casamiento, hacía ya seis años. Sai aún tenía que tomar una esposa. Según Tsunade Haruno, la anciana que vivía en la tercera carreta, aún no se daban los presagios adecuados. Primero dijo que para que la boda fuese fructífera debía celebrarse un día determinado del año y desde entonces, cuando llegaba el día fijado y para gran enfado de Sai, cada año siempre había malos presagios. Había un total de seis familias en la pequeña caravana, con un total de cuarenta y seis personas, niños incluidos. Siempre que podían se casaban entre ellos, pero a veces con tan pocas familias no había suficientes esponsales entre los que escoger, y en esas ocasiones buscaban otras caravanas iguales con la esperanza de que en ellas hubiera jóvenes en edad de contraer matrimonio con la misma necesidad. Durante sus viajes se encontraban y trataban con mucha gente, pero aquellas personas eran forasteros, gajos, y los hombres y mujeres de sangre pura nunca los tomarían en consideración para sus emparentamientos. Los continuos retrasos de la boda de su hijo estaban haciendo que Danzo también empezara a impacientarse. Ya cabía pagado el precio nupcial de aquella esposa para Sai. Su palabra era ley, pero no podía contradecir Tsunade. La anciana era su suerte, su buena fortuna. Ignorar las predicciones de Tsunade sería su ruina. Todos estaban firmemente convencidos de ello. Pero Danzo tampoco podía escoger a otra prometida para su hijo. Sai sólo podía casarse con la nieta de Tsunade, su única descendiente viva y la única que podría seguir trayéndoles buena fortuna cuando Tsunade muriera. Aquella noche, como de costumbre, acamparon cerca del pueblo por el que habían pasado durante el día. Nunca acampaban demasiado cerca de un pueblo, sólo lo suficiente para que sus habitantes tuvieran fácil acceso a ellos y viceversa. Por la mañana las mujeres irían al pueblo, llamarían a cada puerta y ofrecerían sus servicios, ya fuese para vender abalorios o cestas delicadamente trenzadas, o para predecir el futuro, un arte, por el que era famosa su caravana. También pregonarían las habilidades de sus hombres, pues la caravana de Shimura contaba con algunos de los mejores constructores de carretas del mundo, todos compartían lo que ganaban, pues el concepto de la propiedad les era totalmente ajeno. Ésa era la razón por la que algunas de aquellas mujeres tal vez volvieran a la caravana con un par de gallinas robadas. Si les encargaban una carreta, podían pasar una semana cerca del pueblo; si no, en uno o dos días se habrían ido. Ocasionalmente, si la fabricación de la carreta se prolongaba demasiado, dejaban atrás a los artesanos para que los alcanzaran en cuanto hubieran terminado su trabajo. Las señales que iban dejando junto a los caminos los guiarían de vuelta a la caravana. Tenían que recurrir a aquel método porque personas como ellos eran los chivos expiatorios de cualquier crimen, tanto si lo habían cometido, como si no. Si había caravanas como la suya en la comarca o si se quedaban demasiado tiempo en el mismo sitio, no tardarían en verse señalados con el dedo. Podían acampar en cuestión de minutos, y podían recoger sus cosas y partir en todavía menos tiempo. Una larga experiencia y la persecución de que habla sido objeto su raza a lo largo de los siglos les habían enseñado a' volver al camino en cuestión de momentos. Eran vagabundos. Lo llevaban en la sangre, y todos sentían la necesidad de viajar y ver qué había más allá del próximo horizonte. Los adultos jóvenes habían visto la mayor parte de Europa. Los más viejos habían visto Rusia y los países que la rodeaban. Tendían a permanecer en un país el tiempo suficiente para aprender razonablemente bien su lengua, siempre que las circunstancias no les obligaran a salir huyendo antes. Hablar muchas lenguas era una gran ventaja para cualquier viajero. Danzo se enorgullecía de conocer dieciséis idiomas distintos. No era su primera visita a Inglaterra y probablemente tampoco sería la última, dado que ahora las leyes inglesas aplicables a su gente ya no eran tan duras como lo habían sido en siglos anteriores.
Los ingleses les parecían un pueblo bastante extraño. Muchos jóvenes de buena familia quedaban tan fascinados por sus creencias y su amor a la libertad que querían unirse a ellos, vestir como ellos y actuar como ellos. Danzo permitía que uno o dos de aquellos gajos se unieran a la caravana durante cortos períodos de tiempo, pero únicamente porque su presencia tenía un efecto tranquilizador sobre los campesinos ingleses, quienes se decían que, si sus señores consideraban que aquellas personas eran merecedoras de confianza, entonces no podían ser los ladrones que muchos afirmaban que eran. Ahora tenían a uno de esos gajos con ellos, sir Jiraiya. Sir Jiraiya distaba mucho de ser el tipo de inglés que habitualmente quería unirse a ellos. Era un anciano, todavía más viejo que Tsunade, y eso que ella era la persona de mayor edad de la caravana. Tsunade se había dignado dirigirle la palabra hacía unos meses, no para predecirle el futuro, cosa que ya no hacía para los gajos, sino porque vio el dolor que había en sus ojos y quiso aliviarle. Y así lo hizo, aliviando a Jiraiya del peso de una culpabilidad con la que cargaba desde hacía más de cuarenta años, para que pudiera comparecer ante su Creador estando en paz consigo mismo. Inmensamente agradecido, el inglés juró dedicarle los años que le quedaran de vida. A decir verdad, se había dado cuenta de que Tsunade no tardaría en morir y quería hacer que sus últimos días fueran lo más agradables posible, para pagarle lo que había hecho por él. Nadie más, lo sabía. Ni quienes habían conocido a Tsunade durante toda su vida, ni su propia nieta. Pero Jiraiya lo había adivinado, y los dos estaban unidos por aquel conocimiento secreto. Danzo, sin embargo, no le habría permitido quedarse. Se decidió que su edad constituía un serio inconveniente, ya que era demasiado viejo para poder contribuir a las arcas de la comunidad. Pero Jiraiya pidió que se le diera ocasión de demostrar que podía contribuir a ellas y así lo hizo, pues siempre volvía al campamento con los bolsillos llenos de monedas, y se le permitió quedarse. En realidad, el que fuera rico y las monedas le pertenecieran daba igual. Jiraiya se limitaba a pagar el privilegio de poder estar cerca de Tsunade. Además, acabó haciendo otra contribución al mejorar su inglés, lo cual les vino bien porque tenían planeado pasar el resto del año en Inglaterra. Sakura Haruno estaba sentada en el pescante de la carreta que ella y su abuela compartían, con la anciana sentada a su lado. Las dos contemplaban el campamento mientras éste se preparaba para la noche. Se cubrieron las hogueras. Unos cuantos grupos aún estaban sentados alrededor de ellas hablando en voz baja. Los niños eran envueltos en sus mantas apenas les entraba sueño. Sir Jiraiya, a cuya presencia todos estaban más o menos acostumbrados, roncaba ruidosamente debajo de su carreta. Sakura había llegado a querer mucho a sir Jiraiya en el poco tiempo que llevaba con ellos. Normalmente lo encontraba un poco ridículo, con sus modales cortesanos, aquella envarada altivez suya tan típicamente inglesa y sus esfuerzos por hacer reír a Tsunade. Pero no había nada de ridículo en su devoción por su abuela, una devoción de la que no cabía duda alguna. La joven solía bromear con Tsunade diciéndole que era una pena que ya fuese demasiado vieja para vivir un gran amor, a lo que la anciana observaba con un guiño y una sonrisa: «Nunca se es demasiado viejo para vivir un gran amor. Hacer el amor, en cambio, ya es harina de otro costal. Ciertos huesos se vuelven demasiado frágiles para tan delicioso ejercicio.» Los grandes amores y el amor físico no eran temas de los que sólo se pudiera hablar en susurros avergonzados. Sus, gentes hablaban de todo abiertamente y con una pasión que les parecía perfectamente natural, ¿y qué podía haber más natural que los grandes amores y el amor físico?
El amor físico volvió a hacer acto de presencia en los pensamientos de Sakura mientras veía cómo su futuro esposo empujaba a su amante ocasional hacia su carreta. La trataba con tan poca delicadeza que la mujer tropezó y cayó. Él la levantó tirándole del pelo y volvió a empujarla. Sakura se estremeció. Sai era una auténtica bestia. La joven había sentido el aguijonazo de su palma en muchas ocasiones cuando a Sai no le gustaba cómo le había contestado. ¡Y aquél era el hombre con el que tenía que casarse!
El estremecimiento cansado por el objeto de su mirada le pasó desapercibido a Tsunade. —¿Te disgusta que haga el amor con otras?
—Ojalá me disgustara, abuela, porque así no vería tan negro mi futuro. Por mí que se lo queden, aunque no entiendo cómo pueden aguantar a ese energúmeno.
María se encogió de hombros. —Siempre está el prestigio de ser favorecida por el único hijo de Danzo.
Sakura soltó un bufido. —Ese favor sólo trae consigo problemas y disgustos. He oído decir que ni siquiera es un buen amante, porque obtiene su placer y no da ninguno a cambio. —Esa clase de egoísmo abunda mucho entre los hombres. Su padre era igual. Sakura sonrió. —¿Lo sabes por experiencia personal, abuela? —¡Bah! Ya hubiera querido Danzo tener esa suerte. No, el barossan y yo siempre hemos sabido entendernos muy bien el uno con el otro. Él no me miraba con lujuria en los ojos, y yo no le maldecía por el resto de sus días. Sakura río. —Sí, eso podría hacer que un hombre te cogiera un poco de miedo. Tsunade sonrió, pero después se puso seria y extendió la mano para entrelazar sus nudosos dedos con los de Sakura. La joven se alarmó. Tsunade nunca le cogía la mano a menos que tuviera alguna mala noticia que darle. No tenía ni idea de cuál podía ser esa mala noticia, pero contuvo el aliento con creciente temor, pues las malas noticias de Tsunade solían ser realmente fatales.
Sakura había cumplido dieciocho años hacía unos meses. Eso hacía que hubiera rebasado con creces la edad de casarse, ya que entre su gente se consideraba que los doce años eran la edad ideal para contraer matrimonio. Algunas mujeres se burlaban de ella porque aún no había conocido las caricias de un hombre. Le decían que era tonta, porque estaba desperdiciando sus mejores años y se negaba a obtener unas cuantas monedas extra de los gajos a cambio de un rápido revolcón sobre la paja. Sólo era otra manera de desplumarlos. No significaba nada. Ningún esposo, o futuro esposo, sentiría celos por ello; de hecho, esperaban que se hiciera. Sólo el que un esposo sorprendiera a su mujer lanzándole miraditas tiernas a otro miembro del grupo tendría consecuencias serias; divorcio, palizas severas, a veces la muerte o, lo que era todavía peor a sus ojos, la expulsión del grupo. Siempre que Sakura le hablaba a Tsunade de sus sentimientos al respecto, y de la aversión que le inspiraba la mera idea de ser tocada por un hombre tras otro, su abuela culpaba a la sangre de su padre. A lo largo de los años se le habían atribuido muchas cosas a su padre, algunas buenas y otras malas. Tsunade había descubierto que cuando no sabía cómo responder a las preguntas de la joven, el padre de Sakura era un magnífico chivo expiatorio. Muchas cosas pasaron por la mente de Sakura mientras esperaba la mala noticia de Tsunade. Si se concentraba podría adivinarlo, pero no quería saberlo, todavía no. Al principio el silencio continuado fue un bálsamo, porque ni siquiera contenta el desastre. Pero estaba durando demasiado. El suspense acabó volviéndose insoportable. Finalmente, Sakura no pudo aguantar por más tiempo la tensión y se decidió a hablar. —¿Qué es lo que no quieres decirme, abuela? —preguntó. La anciana suspiro... —Algo que tendría que haberte dicho hace mucho tiempo, niña. En realidad, son dos cosas y ambas te llenarán de inquietud. En cuanto a la inquietud, sé que eres lo bastante fuerte para enfrentarte a ella. Lo que me preocupa es el brusco cambio que tendrá lugar en tu vida, y ésa es la razón por la que quiero verlo llegar lo más, pronto posible, mientras todavía estoy aquí para ayudarte.
—¿Has visto algo en el futuro?
Tsunade sacudió la cabeza melancólicamente. —Ojalá conociera el futuro en este caso. Pero eres tú quien debe crear ese futuro y, la decisión que tomes puede hacerte mucho bien o mucho mal, pero así debe hacerse. La alternativa, y tú misma lo has dicho, es inconcebible. Entonces Sakura supo el motivo por el que la mujer se mostraba tan críptica: se refería a su matrimonio o, mejor dicho, al esposo con el que tenía que casarse. —¿Tiene algo que ver con Sai?
—Está relacionado con el matrimonio, sí. He de ver cómo se resuelve antes de que termine la semana. Ya no puede esperar más tiempo.
Sakura se aterrorizó. —¡Pero todavía faltan dos meses para el día que tú escogiste! —Esto no puede esperar hasta entonces. —¡Pero tú sabes que odio a Sai, abuela! —Sí, y si hubieras sabido que le odiabas antes de que yo aceptara el precio nupcial que pagaron por tí, entonces podrías llevar mucho tiempo casada con otro. Pero Danzo, ese taimado hijo de un chivo vino a hablar conmigo cuando tú sólo tenías siete años, cinco antes de que fueras lo bastante mayor para casarte y mucho antes de que te dieras cuenta de que Sai no era el hombre adecuado para ti. Danzo no quería correr el riesgo de que otro hombre se le adelantara. —Yo era tan joven ... —dijo Sakura con amargura—. No entiendo a qué venía tanta prisa. Danzo podría haber esperado a que yo fuera lo bastante mayor para decidir por mí misma. —Ah, pero no olvides que estábamos visitando a otra banda. Y el otro barossan mostró excesivo interés por nuestra familia, e hizo demasiadas preguntas sobre ti. Danzo no es ningún tonto. Esa misma noche te pidió en matrimonio. El otro barossan te pidió en matrimonio a la mañana siguiente, unas pocas horas demasiado tarde. Danzo lleva años alardeando de cómo le ganó por la mano. —Sí, le he oído hacerlo. —Bueno, pues ya va siendo hora de que deje de alardear. Siempre ha recurrido a toda clase de métodos despreciables y rastreros para que yo y los míos siguiéramos unidos a esta banda, porque tenemos el don de la profecía. Nunca te lo he contado, pero cuando tu madre anunció que se iba a vivir con su gajo, Danzo vino a verme y me prometió que antes de permitir que mi hija malgastara su talento con aquellos que no son de la sangre la mataría... a menos que yo accediera a tener otro bebé con el que reemplazarla. Por aquel entonces yo ya era demasiado mayor para tener hijos, pero ¿crees que a ese estúpido se le ocurrió tomar en consideración ese pequeño detalle? — preguntó soltando un bufido.
—¿Y supongo que accediste verdad?
—Por supuesto. —Tsunade sonrió—. Nunca me ha costado mentirle a Danzo. —Y luego no intentó hacértelo pagar de alguna manera?
—No, no hubo necesidad. No tardamos en saber que tu madre estaba embarazada de ti, y entonces Danzo se convención sí mismo de que volvería a nosotros con su bebé, siendo ésa la razón por la que no nos fuimos de aquí. Es la vez que hemos pasado más tiempo en el mismo sitio. —Pero ¿por qué ahora quieres que me case con Sai? Llevas años ayudándome a huir de ese matrimonio. ¿Qué te ha hecho cambiar de parecer? —No he cambiado de parecer, Sakura. He dicho que debes casarte, no que debas casarte con Sai.
Sakura puso ojos como platos, porque nunca se le había ocurrido pensar en esa posibilidad. —¿Casarme con otro hombre? Pero ¿cómo puedo hacerlo, cuando he sido comprada y pagada?
—¿Casarte con otro hombre de nuestro pueblo? No, no puedes hacerlo. Eso sería el insulto más grave que se le pudiera hacer a Danzo, y además Sai nunca aceptarla semejante insulto. Mataría al hombre que escogieras. Pero un gajo ya sería otra cuestión. —¿Un gajo? —preguntó Sakura con incredulidad—. ¿Un extraño, alguien que no es de la sangre? ¿Cómo puedes ni siquiera sugerirlo? —¿Y cómo no puedo hacerlo, niña, cuando es tu única alternativa... a menos que quieras pasar el resto de tu vida siendo esclava de Sai? Sakura volvió a estremecerse. Sabía desde hacía mucho tiempo que antes de someterse a Sai se iría de la banda. ¿Y qué diferencia había entre irse o casarse con un forastero? De cualquier manera, se iría. Suspiró.
—Supongo que tienes un plan, ¿verdad, abuela? Dime que lo tienes, por favor.
La anciana sonrió y le palmeó la mano. —Por supuesto que tengo un plan, y además uno muy sencillo. Debes embrujar a un gajo para que te pida que te cases con él, y después debes convencer a la banda de que lo amas. El amor hará que todo el asunto sea visto desde otra perspectiva. Por amor uno puede traicionar a su gente y a todo aquello en lo que cree. Eso es, comprensible, aceptable. Pero debes ser convincente. Si piensan que lo haces sólo para evitar casarte con Sai, entonces los Shimura se sentirán insultados. Harás lo mismo que hizo tu madre. Para ella fue real, porque realmente amaba a su gajo. Para ti será una mentira, pero una mentira que usarás para escapar de ese futuro que dices no poder aceptar. Y quizá, si tienes suerte, algún día dejará de ser una mentira. ¿Hacer lo que hizo su madre? La hija de Tsunade, la madre de Sakura, se había enamorado de un boyardo ruso, uno de los pequeños príncipes de la nobleza de aquella tierra. Murió al dar a luz a su bebé, un bebé que el boyardo habría conservado junto a él si hubiera sido un niño. Pero una hija no le servía de nada, y por eso permitió que Tsunade se llevara a su nieta y la educara. Sakura no había conocido a su padre, y nunca había deseado conocerle. Ni siquiera sabía si aún vivía. Le daba igual. Un hombre que no había visto valor alguno en ella no significaba nada para Sakura. Y si dentro de su corazón se ocultaba una brizna de amargura por haber sido rechazada, se la guardaba para sí misma. Tsunade sabía lo que sentía, naturalmente. Tsunade lo sabía todo. Podía mirar a la gente a los ojos y saber con toda exactitud qué había en su corazón. No se le podía ocultar nada. Pero no siempre tenía respuesta para las preguntas que iban contra las filosofías naturales de su pueblo, y entonces utilizaba como excusa al ruso. Eso fue lo que hizo en aquel momento.
—Tú eres distinta del resto de nosotros —le recordó a Sakura — La sangre de tu padre se hace notar, pero eso no es malo. Nunca has robado, y nunca le has dicho una mentira a un gajo para despojarle de unas cuantas monedas. Para nosotros es natural hacer todas esas cosas y alardear de cómo hemos sabido ser más listos que ellos, pero a ti esa conducta te parece despreciable. En eso eres digna hija de tu padre, porque tu sangre es demasiado noble para que puedas rebajarte a utilizar lo que consideras métodos deshonestos. Nunca he intentado cambiar tu naturaleza o enseñarte a hacer las cosas de otra manera. Si los dos progenitores tenían buenas cualidades que transmitirte, entonces es bueno que tengas cualidades de ambos. —Nunca he querido ser diferente. —Lo sé —murmuró Tsunade —. Pero nadie puede evitar ser aquello que ha nacido para ser. —Pero si me voy, ¿no amenazará Danzo con matarme, igual que hizo con mi madre? —No, esta vez no. Yo le convenceré de que, si te mantiene apartada del amor, tu corazón destrozado seguramente le traerá desastres en vez de buena fortuna. También le recordaré que podrás divorciarse de tu gajo en cualquier momento y volver con la banda. Eso es algo que puedes hacer, Sakura, así que acuérdate de esa posibilidad por si acabas descubriendo que tu elección no te hace feliz. Y si no regresas, entonces nunca tendrás que volver a preocuparse por Danzo. Tu matrimonio con un gajo romperá tu contrato con el. Entonces podrás hacer lo que te venga en gana, casarte con quien quieras o no casarte con nadie. La elección volverá a ser única y exclusivamente tuya. —Pero yo no sé, cómo se embruja a los hombres. ¿Cómo podría hacerlo? Esperas demasiado de mí. —No dudes de ti misma, niña. Mírate. Esta caravana nunca ha visto una mujer más hermosa. Tienes la magnífica cabellera rosa de tu madre. Tienes la piel blanca de tu padre y sus ojos, que eran, del más puro verde. Tienes la sagacidad y la compasión de tu madre. Muchas fueron las veces en que se enfrentó con la banda para proteger a algún gajo que le daba pena. Tú has hecho igual. Embrujas a cada hombre que te mira. Lo que pasa es que no te das cuenta de que lo haces, porque hasta ahora nunca has pensado en ello. —Es que no entiendo cómo podré hacerlo en tan poco tiempo. Dos meses... —Una semana —la interrumpió Tsunade inflexiblemente. —Pero... —Una semana, Sakura, no más. Mañana irás a ese pueblo. Mira bien a cada hombre con el que te encuentres. Habla con los que te interesen. Usa tu talento en tu favor. Pero elige a uno, y luego tráemelo. Yo sabré si has elegido bien. —Pero ¿quiero elegir bien? Semejante pregunta podría haber confundido a otra persona, pero no a Tsunade. —¿Piensas usar a ese hombre durante algún tiempo y luego divorciarse de él para poder volver con la banda? Sólo tú puedes responder a esa pregunta, niña, suponiendo que luego seas capaz de vivir con tu conciencia después de haber usado a un hombre de esa manera. A mí no me costaría nada hacerlo, pero yo no soy tú. Creo que preferirías acertar en tu elección y hacer que tu primer matrimonio fuera el único. Tsunade estaba en lo cierto, naturalmente. Pasar de un matrimonio a otro no sería muy distinto a pasar de un hombre a otro. Sakura, al menos, no veía mucha diferencia entre una cosa y otra. Para ella el amor tenía que durar eternamente. Todo lo que estuviera por debajo de eso no podía ser amor. Por desgracia, no veía cómo, dado el límite de tiempo que le estaba imponiendo Tsunade, podía encontrar a un hombre, y además un inglés, con el que quisiera estar casada hasta el fin de sus días. Ya estaba abriendo la boca para tratar de convencerla de que ampliara el plazo cuando Tsunade, por segunda vez, se puso muy seria, y sus nudosos dedos volvieron a estrecharle la mano. —Hay algo más que debo decirte, y de lo que también tendría que haberte hablado hace mucho tiempo. No me iré de este lugar. Sakura frunció el ceño, pensando que Tsunade quería decir que se quedaría allí con ella y con el esposo inglés que debía encontrar. Pero por mucho que le hubiera gustado que eso fuese posible, sabía que Danzo nunca lo permitiría. Por mucho que lo lamentara, tenía que hacérselo ver. —Me has dicho incontables veces que Danzo nunca dejará que te vayas, y que antes te mataría. Tsunade sonrió irónicamente. —Esta vez no hay nada que pueda hacer para evitar que me vaya, Sakura. Un privilegio de la edad es el lugar de descanso, y yo he escogido éste. Ha llegado mi hora. —¡No! —Calla, hija de mi corazón. Esto no es algo que pueda discutirse o evitarse. Y no deseo prolongar lo inevitable. Recibiré a la muerte con los brazos abiertos, porque pondrá fin a los dolores que han agobiado mi cuerpo durante estos últimos años. Pero antes he de verte seguir tu propio camino, porque de lo contrario no me iría en paz... Y ahora, basta de lágrimas. No hay que llorar por algo tan natural como la muerte de una muy anciana. Sakura abrazó a su abuela, escondiendo el rostro en su hombro para que no viera aquellas lágrimas que le era imposible contener. Tsunade había predecido inquietud, y no era exactamente lo que Sakura estaba sintiendo en aquel momento, cuando todo su mundo se derrumbaba a su alrededor. Aquel golpe era demasiado terrible e inesperado. Pero por el bien de Tsunade, dijo: —Haré lo que haga falta para que puedas irte en paz. —Sabía que lo harías, niña —dijo Tsunade acariciándole la espalda —¿Comprendes ahora por qué antes debes casarte? Si eres todo lo que le queda a Danzo, entonces no te dejará marchar por mucho que intentemos razonar con él. Mientras crea que todavía me tiene, te dejará marchar. Y ahora ve a acostarte. Necesitas una buena noche de sueño para poder pensar con claridad mañana, porque mañana irás en busca de tu destino.
