—En la de lord Akimichi. Le creía un poco más sensato, francamente. A estas alturas ya debería saber que, en sus intentos por superar a la última gran Dalila de la corte, esa mujer contrajo la viruela.
—¿Y qué te hace pensar que él no la tenía ya?
—Hummm. Sí, supongo que en ese caso le daría igual, verdad? Bueno, no cabe duda de que la variedad se ha vuelto realmente peligrosa. Es preferible limitarse a una amante y asegurarse de que eres el único que comparte su lecho, como hago yo. Así quizá vivirás más tiempo.
—Si quieres limitarte a una mujer, ¿por qué no te casas?
—Dioses, no. Nada te llevará a la tumba más deprisa que una esposa gruñona. La próxima vez que se te ocurra hacer una sugerencia tan descabellada, muérdete la lengua. Y además, ¿qué tiene que ver el matrimonio con tener que limitarse a una sola mujer?
Sasuke Uchiha no estaba prestando demasiada atención a la charla de sus amigos. No debería haberlos traído. Expectantes en un principio, ya empezaban a mostrar señales de aburrimiento mientras, repantigados en los sillones del estudio de su residencia, cotilleaban sobre viejos cotilleos. Pero él no venía a Sharingan para entretener a sus invitados. Iba allí dos veces al año para inspeccionar la contabilidad, cosa que estaba intentando hacer aquella tarde, y luego se iba sin perder un instante.
La rapidez de su partida no se debía a que en Londres hubiera negocios o compromisos sociales que lo reclamaron. Lo que ocurría era que nunca se había sentido cómodo en Sharingan, y cuando permanecía demasiado tiempo allí acababa teniendo la sensación de estar atrapado.
Sharingan era un lugar oscuro y lúgubre, con muebles anticuados y paredes de feos tonos grises y marrones en el que la hosca servidumbre sólo le dirigía la palabra para decirle «Sí, milord» o «No, milord». Siempre podía redecorarlo, naturalmente, pero ¿por qué tomarse esa molestia cuando no deseaba pasar allí más tiempo del estrictamente necesario para examinar la contabilidad y escuchar las quejas del administrador de sus propiedades?
El feudo era bastante grande y proporcionaba unos buenos ingresos, pero él ni lo había querido ni lo necesitaba. Ya poseía una preciosa residencia en Rinnegan que tampoco visitaba con excesiva frecuencia —la paz y el silencio de la vida del campo nunca habían sido de su agrado—, así como el título de vizconde. Pero Sharingan le había sido regalado en señal de gratitud, junto con un nuevo título de alto rango, por haber salvado sin querer la vida del rey.
Había ocurrido por pura casualidad cuando bajaba de su carruaje, atascado en el barro, en el mismo instante en que un caballo desbocado pasaba Por allí. La súbita aparición de Sasuke asustó al caballo lo suficiente para que se detuviera, pudiendo decirse que debido a ello depositó a su jinete sobre él, que acabó aplastado contra el suelo.
El azar quiso que el jinete resultara ser su rey, que estaba cazando en los bosques cercanos cuando su caballo se espantó. El rey Jorge, naturalmente, se mostró muy agradecido por aquella interferencia que juraba le había salvado la vida. Y no hubo manera de impedir que fuera altamente generoso en su gratitud.
Kabuto Yakushi, el administrador de sus propiedades, estaba sentado frente a él al otro lado del escritorio y escuchaba ávidamente los cotilleos, en vez de estar concentrado en el asunto que le atañía, y Sasuke tuvo que llamar su atención dos veces para que prestara atención.
Kabuto era un orondo caballero de mediana edad que venía incluido con el feudo, y Sasuke no había tenido ninguna razón para despacharlo. Mientras las propiedades produjeran unos ingresos, cosa que hacían, su señor no tendría nada que reprocharle, por mucho que algunos de sus gastos resultaban incomprensibles. Kabuto siempre tenía una excusa lista para ellos. Pero algunos eran tan escandalosos que requerían ser investigados.
—¿Cincuenta libras para que los jornaleros aren y siembren la granja principal? ¿Los ha mandado traer en barco desde las Américas?
Kabuto percibió el sarcasmo y se ruborizó nerviosamente.
—Admito que la suma es escandalosa, sí, pero cada vez resulta más difícil encontrar jornaleros que quieran trabajar aquí. Corre el ridículo rumor de que Sharingan está encantado y que por eso su señoría no quiere residir aquí.
Sasuke puso los ojos en blanco. —Menuda tontería.
—¡Oh, vaya! —exclamó Naruto Uzumaki —. Es la primera cosa interesante que he oído desde que llegamos aquí. ¿Y quién se supone que es el espectro?
Naruto, el más joven de los tres amigos a sus veintiocho años, no soportaba pensar en el matrimonio. En aquel momento su peluca empolvada estaba torcida después de que un picor hiciera que se la rascara distraídamente. Aunque las pelucas, y más las empolvadas, ya sólo se lucían en ocasiones especiales, Naruto seguía el ejemplo de la vieja aristocracia y nunca salía de su vestidor sin una. En realidad todo se reducía a una cuestión de vanidad, dado que su cabellera rubia oscura no le confería el porte que una peluca perfectamente empolvada, unida a sus luminosos ojos azules, era capaz de otorgar a su rostro.
—¿Quién es? —preguntó Kabuto mirando vagamente al joven lord como si no hubiese esperado que su razón fuera diseccionada, ya que Sasuke rara vez le interrogaba acerca de las excusas que alegaba.
—Sí, ¿quién es? —insistió Naruto, con lo que colocó al administrador en una situación bastante comprometida—. Si un lugar está encantado es evidente que alguien tiene que ser el responsable de dicho encantamiento.
—Pues francamente no lo sé, lord Uzumaki—dijo Kabuto poniéndose un poco más rojo—. Nunca he dado mucho crédito a las supersticiones de los campesinos.
—Y además da igual, porque aquí no hay fantasmas —añadió Sasuke.
Naruto suspiró.
—Qué aburrido eres, Sasuke. Si mi hogar tuviera historia, y me refiero al tipo de historia que está empapado en sangre, te aseguro que querría conocerla.
—No considero que esta mansión sea mi hogar, Naruto.
—¿Se puede saber, por qué no?
Sasuke se encogió, de hombros.
—Mi hogar siempre ha sido la casa de Londres. Este sitio no es más que un lugar... una labor de la que he de encargarme.
Neji Hyuga, que no disfrutaba de una posición tan acomodada como sus dos amigos, sacudió la cabeza. —¡Quién sino Sasuke podría pensar que este lugar no es más que un lugar! No es muy alegre lo admito, pero tiene un potencial increíble.
A sus treinta años, Neji aún no estaba tan aburrido de la vida como lo estaba Sasuke a sus treinta y dos. Sus castaños cabellos y sus ojos de un gris muy claro hacían de él un hombre muy apuesto y últimamente dedicaba la mayor parte de su tiempo a las mujeres aunque estaba dispuesto a probar cualquier cosa nueva, sobre todo si sonaba mínimamente arriesgada.
Sasuke hubiese querido poder compartir ese interés, pero durante el último año había desarrollado un extraño hastío y parecía incapaz de interesarse por nada. Habla acabado comprendiendo que estaba harto de todos los aspectos de su vida, y aquel aburrimiento empezaba a convertirse en una pesada carga.
Sus padres murieron cuando él aún era niño y, al no tener más parientes, fue criado por el procurador de la familia y los sirvientes, que quizá habían modificado su manera de ver las cosas. Sasuke no se sentía atraído por cuanto divertía a sus amigos. De hecho, en su vida había muy pocas cosas que le parecieran divertidas, y por esa razón su aburrimiento había llegado a volverse tan perceptible.
—El potencial que pueda tener Sharingan dependerá del tiempo que se invierta en él y del interés por explotarlo que se tenga —repuso cansadamente.
—Tú dispones del tiempo —observó Neji—, así que debe tratarse de falta de interés.
—Exacto —dijo Sasuke con una mirada penetrante que esperaba pondría fin a la discusión pero, por si acaso, añadió—: Ahora, si no os importa, tengo trabajo que hacer aquí. Me gustaría volver a Londres: antes del otoño.
Dado que todavía faltaba más de un mes para la llegada de aquella estación, su sarcasmo fue debidamente anotado, e intercambiando miradas ofendidas los dos jóvenes caballeros volvieron a sus cotílleos. Pero Sasuke apenas tuvo tiempo de volver a hablar cuando el mayordomo entró en el estudio para anunciar la llegada de unos visitantes inesperados procedentes del pueblo.
El alcalde, el reverendo Biggs y el señor Stanley, el miembro más veterano del consejo municipal, habían ido a la mansión para dar la bienvenida a Sasuke al «vecindario» cuando éste fue a Sharingan por primera vez hacía ya unos años. No obstante, Sasuke no había vuelto a ver a ninguno de aquellos hombres, dado que durante sus estancias en la mansión nunca había surgido ocasión de visitar el pueblo, y no se le ocurría qué podía haberlos traído una vez más a Sharingan, particularmente a aquellas horas de la tarde. Pero los visitantes apenas le dieron tiempo a hacer ninguna conjetura, pues fueron directamente al motivo de su visita.
—Hoy hemos sido invadidos, lord Uchiha.
—Por una pandilla de impíos ladrones y vendedores de pecados! —
exclamó el reverendo Biggs con considerable indignación.
Naruto pareció encontrar particularmente interesante el término «Impíos». —Que supongo serán distintos de los ladrones piadosos, ¿verdad? —
preguntó.
Estaba siendo sarcástico, pero el buen reverendo optó por tomarse muy en serio sus palabras.
—Los paganos normalmente lo son, milord —dijo pomposamente.
Neji, sin embargo, se había animado considerablemente ante la mención del pecado. —¿Qué clase de pecado estaban vendiendo? —preguntó.
Sasuke, irritado por esa nueva interrupción de su labor, no acababa de entender a qué venía todo aquello.
—¿Y por qué acuden a mí? ¿Por qué no se han limitado a hacer arrestar a esos criminales?
—Porque no fueron sorprendidos robando. Esos paganos son muy astutos.
Sasuke rechazó la explicación con un ademán lleno de impaciencia, ya que aquello no respondía a su pregunta.
—Como alcalde, lo único que debe hacer es pedirles que abandonen su hermoso pueblo, así que repito la pregunta: ¿por qué acuden a mí?
—Porque los zíngaros no se encuentran en nuestro pueblo, lord Uchiha. Han acampado en su propiedad, sobre la cual no tenemos jurisdicción.
—¿Zíngaros? Oh, esa clase de pecado —dijo Neji con una risita que le ganó un gesto desaprobatorio por parte del reverendo.
—Y supongo que quieren que yo les pida que se vayan, ¿verdad? —dijo Sasuke.
—Por supuesto, que eso es lo que quieren, Sasuke. Y Naruto y yo iremos contigo para echarte una mano. No podemos permitir que vayas solo.
Sasuke puso los ojos en blanco. Sus amigos habían encontrado algo con que entretenerse después de todo, y a juzgar por sus expresiones, ambos tenían muchas ganas de empezar a divertirse.
—Nunca había visto a tantos hombres casados juntos en el mismo sitio —
dijo una Sakura muy disgustada cuando se reunió con su abuela junto a la hoguera del campamento aquella noche—. El pueblo tiene el tamaño ideal, pero no servirá para nuestro propósito, abuela. No he podido encontrar ni un solo hombre que no fuera demasiado viejo, demasiado joven o demasiado... inaceptable.
—¿Ni uno solo? —exclamó Tsunade, muy sorprendida.
—Ni uno solo.
Tsunade frunció el ceño pensativamente antes de preguntar: —¿De qué clase de «inaceptable» estamos hablando?
—De aquélla de la que nunca podría creerse que yo fuera capaz de enamorarme.
Tsunade suspiró y asintió.
—No, esa clase no sirve. Muy bien, esta noche le diré a Danzo que debemos irnos. No me preguntará por qué. Puedes probar suerte en el próximo pueblo.
—Creía que habías dicho que querías quedarte aquí, que este claro te parecía un buen sitio en el que descansar.
—Bueno, pues entonces buscaré un lugar apacible un poco más lejos. No te preocupes por mí, niña. Sabré resistir hasta que te cases... siempre que lo hagas dentro de esta semana.
Sakura no pudo evitar encorvar los hombros en cuanto oyó esas últimas palabras. Se había prometido a sí misma que no volvería a llorar. Si su abuela realmente estaba sufriendo tanto en su ancianidad, entonces, sería terriblemente egoísta por su parte desear que siguiera entre los vivos sólo porque sabía que estaría totalmente perdida sin su amor y sus consejos.
Quedaba tan poco tiempo, y había tantas cosas que quería decirle a aquella mujer que la había criado, tantas cosas que quería agradecerle. Pero no se le ocurría nada que pudiera expresarle todo, salvo...
—Te quiero, abuela.
Una sonrisa iluminó el rostro de Tsunade y extendió el brazo para estrecharle la mano.
—Todo irá bien, hija de mi corazón. Tus instintos te guiarán y tu don de la visión te ayudará, y así te lo predigo. Pero si alguna vez tú o los tuyos necesitáis mi ayuda, la tendréis...
Ofrecer ayuda desde el más allá parecía descabellado, pero aun así Sakura se sintió inmensamente reconfortada. Le devolvió el apretón y, queriendo disipar la repentina seriedad del momento—, bromeó:
—Estarás demasiado ocupada quitándote de encima a todos esos apuestos ángeles que te han estado esperando.
—¡Bah! ¿Para qué quiero volver a tener entre quién escoger, cuándo es la paz lo que ando buscando?
—Muy bien dicho —observó sir Jiraiya mientras se reunia con ellas junto a la hoguera—. Y además estará esperando mi llegada, así que no tendrá que escoger entre todos esos apuestos ángeles, los cuales, ay, quedarán infinitamente desilusionados. —Se inclinó ante Tsunade y dejó caer un ramillete de flores silvestres encima de su regazo—. Buenas noches, querida.
Sakura sonrió mientras observaba el ligero sonrojo de Tsunade y la mirada de adoración que le lanzó el inglés. Otra razón por la que quería tanto a Jiraiya: su presencia ejercía un efecto benéfico sobre la anciana, añadiendo placer a sus últimos días. Sakura siempre le estaría agradecida por ello.
El inglés no se quedó mucho tiempo con ellas, porque la cena que estaba preparando Tsunade aun no estaba lista y Jiraiya había decidido cuidar de los caballos de su carreta, a los que iba a ver varias veces al día para asegurarse de que estuvieran bien atendidos. Pero apenas había ido hacia ellos cuando unos visitantes inesperados llegaron al campamento.
Fue toda una entrada en escena, con tres jinetes llegando al galope y deteniendo sus monturas con un brusco tirón de riendas. Uno de los ballos, un robusto corcel marrón, pareció tomarse bastante mal el que su veloz galopada fuera interrumpida de aquella manera, pues cabeceó, arañó el suelo con los cascos y acabó irguiéndose sobre sus patas traseras.
Pero su jinete lo controló admirablemente, y le bastaron unos instantes para calmarlo. Sakura contempló a aquel hombre que podía manejar con tal facilidad a tan briosa montura y su mirada ya no fue más allá, pues por primera vez había quedado fascinada por la visión de alguien.
Era alto, muy alto, ancho de hombros y corpulento de pecho. Sus negros cabellos no estaban empolvados. La mitad de los ingleses con que se encontraba llevaban pelucas, tanto los hombres como las mujeres, que generalmente llevaban empolvadas. Pero, si esa abundante cabellera negra alborotada era una peluca, había sido soberbiamente confeccionada y carecía de los apretados rizos sobre las sienes que los ingleses encontraban tan elegantes.
El jinete era asombrosamente apuesto, o al menos así se lo pareció a Sakura, que quedó al punto fascinada, y Tsunade, que había visto cómo lo miraba le dijo —Así que hoy has encontrado uno después de todo.
—Podría estar casado —murmuró Sakura con un hilo de, voz.
—No —negó categóricamente Tsunade—. Ya va siendo hora de que tengas un poco de suerte, niña. Y ahora, ve a reclamar tu destino antes de que alguna de las otras mujeres acapare su atención y debas enfrentarte a ella para arrebatárselo. Si no, fuera por ese animal tan peligroso sobre el que está sentado, ya las tendría encima. Pero no tengas miedo de su montura, porque él no permitirá que te haga daño.
Sakura nunca dudaba de lo que le decía Tsunade, tampoco lo hizo en aquel momento. Asintió distraídamente y fue al centro del campamento, donde los desconocidos habían detenido a sus caballos junto a la hoguera más grande. Danzo había estado sentado junto a ella y se levantó ante la intrusión, por lo que el inglés le dirigía ahora sus exigencias, que Sakura oyó mientras iba hacia ellos.
—Tu gente ha entrado en mi tierra sin permiso. Ya sé que quizá no os hayáis dado cuenta de lo que hacíais, pero ahora que lo sabéis, tendréis que iros...
Danzo se apresuró a interrumpirle antes de que su insistencia llegara a volverse irreversible. —Tenemos con nosotros a una anciana que, está muy enferma dijo—. Aún no puede viajar.
Era una excusa que usaban en muchas ocasiones cuando les pedían que se marcharan, y poco podía imaginarse Danzo cuán cierta era esta vez. Pero el dueño de las tierras no parecía muy convencido. Mirando en torno suyo, se dispuso a repetir su orden.
Por eso Sakura se adelantó para dirigirle su súplica.
—Es mi abuela la que está enferma, lord inglés. Sólo necesita descansar unos días. Dejaremos tu propiedad tal como la encontramos y no sufrirá ningún daño. Por favor, deja que nos quedemos aquí un día o dos para que pueda recuperar las fuerzas.
El inglés, estaba contemplando a Danzo con un ceño tan sombrío que por un momento pareció que ni siquiera se volvería hacia ella para mirarla, pero cuando lo hizo abrió un poco más los ojos, dando con ello una indicación de que estaba tan sorprendido por lo que veía como ella. Sus ojos eran muy negros y muy penetrantes. Sakura no pudo apartar la mirada de ellos, reconociendo la intensa emoción que iba llenándolos poco a poco y deleitándose con ella, porque esa pasión que ni se le había ocurrido despertar era el material con el que podía trabajar.
Cuando vio que se limitaba a seguir mirándola en silencio, añadió:
—Ven a conocerla. Comparte una botella de exquisito vodka ruso o vino francés con nosotras. Así verás que somos gente inofensiva y de habilidades únicas que podrían interesarse.
Sabía que estaba siendo descaradamente provocativa, sabía qué servicio pensaría él que le estaba ofreciendo y sabía que ésa era la razón por la que asintió y desmontó para seguirla, y en realidad nada de todo aquello tenía ninguna importancia dentro del gran plan general de las cosas. Sakura necesitaba estar a solas con él para que pudieran hablar, y debía hacer que pareciese que estaban fascinados el uno por el otro para que todos creyeran que se habían enamorado apenas se conocieron, y aquélla era la forma más fácil de conseguirlo.
Lo llevó hasta su hoguera. Tsunade se había levantado y ya estaba alejándose. A Sakura no se le había ocurrido pensar que el extranjero notara que su abuela no estaba enferma, pero no necesitaba preocuparse por eso. Ella estaba acostumbrada a ver a Tsunade cada día, y por eso no se había dado cuenta de lo mal que se encontraba. Pero al Observarla a través de los ojos de un desconocido, se dio cuenta de que se la veía pálida, débil y vieja, como si estuviera cansada de vivir. Verla así le desgarró el corazón.
—Quiero que conozcas a alguien, abuela.
—Esta noche no, niña. Necesito descansar.
Sakura no se esperaba aquello sobre todo porque sabía que Tsunade o había oído lo que acababa de decirse junto a la hoguera de Danzo. No obstante, enseguida comprendió que Tsunade intentaba proporcionarle un poco de ese tiempo a solas con el inglés que tanto necesitaba. Pero aun así hubiese querido que se quedara con ellos porque necesitaba saber qué opinaba de aquel hombre, y Tsunade no podría formular una opinión a menos que hablara con él. El inglés se encargó de hacerla cambiar de parecer.
—Deja que se vaya —dijo secamente—. Ya veo que no se encuentra muy bien.
Sakura asintió y le señaló uno de los gruesos almohadones de lona esparcidos por el suelo para que se sentara.
—Te traeré algo de beber y..
—Eso no será necesario —la interrumpió él mientras alejaba a su caballo unos pasos y volvía con ella—. Siéntate. Tu visión ya es suficientemente embriagadora.
Sakura no podía haber pedido una respuesta mejor, pero aun así se ruborizó. No estaba acostumbrada a aquel juego de la seducción, y no tenía muy claro cómo había que jugar a él. Pero sabía que era su única opción, la única manera en que podía aspirar a convencerlo de que se casara con ella.
Se reunió con él junto al fuego. Visto de cerca, el inglés era todavía más apuesto de lo que le había parecido en un principio. De hecho, todo en él era agradable a la vista.
Sus ropas eran elegantes sin llegar a la suntuosa ostentación que tanto gustaban exhibir algunos lores. La levita marrón que le llegaba hasta las rodillas sólo tenía bordados sobre los ribetes de los bolsillos y en las holgadas mangas, y su amplio vuelo se desplegó a su alrededor cuando se sentó. Sus calzas terminadas en la rodilla se ceñían a los contornos de sus piernas y, con una rodilla levantada para apoyar el brazo en ella, mostraban los músculos de sus muslos.
Sus medias eran de seda blanca, al igual que la camisa, aunque la única evidencia de ésta eran los volantes que asomaban de las gruesas bocamangas de su levita y las chorreras de encaje que formaban el cuello de ésta. Su chaleco ceñido al cuerpo era de brocado beige, se abrochaba mediante una larga hilera de botones dorados y quedaba abierto desde la cadera hasta el muslo para permitir una mayor libertad de movimientos.
Muchos hombres recurrían al corsé para que aquellos chalecos tan largos y apretados les quedaran mejor —de hecho, su uso se había puesto muy de moda—, pero Sakura no creía que aquel inglés tuviera necesidad de uno. Estaba demasiado bien constituido y en buena forma física para ello y, dentro de ser demasiado grande y robusto lo era de una manera musculoso.
Aquel hombre nunca permitiría que un exceso de carne echara a perder su aspecto soberbiamente cuidado.
El inglés volvía a tener los ojos clavados en ella. Sasuke estaba cometiendo la misma falta de cortesía que él, y no podía dejar de mirarlo. Pero también sabía que estaban siendo ávidamente observados. Las otras mujeres ya se habían lanzado sobre los dos acompañantes del inglés, y la música había empezado a sonar. Una de las mujeres estaba bailando una de sus danzas más provocativas para entretenerlos.
Pero Sakura apenas si se enteraba de lo que estaba ocurriendo en el campamento, porque el hombre sentado junto a ella acaparaba toda su atención. Por eso no pudo evitar un leve sobresalto cuando volvió a oír su grave voz.
—Antes mencionaste ciertos servicios. Querría saber cuál es el servicio que tú puedes ofrecer, hermosa mía.
Ella sabía qué respuesta esperaba y que se sentiría muy desilusionado si se limitaba a decirle la verdad pero aun así no iba a mentirle más de lo estrictamente necesario. De hecho, esperaba no tener que mentirle ni una sola vez, porque no quería que su relación empezara así. Y de pronto, gracias a su extraordinario sentido de la visión, supo que se casarían. Lo único que aún no sabía era cómo se las ingeniaria para que eso llegara a ocurrir.
El estofado de Tsunade olía muy bien. Sakura lo removió mientras pensaba qué debía decirle al inglés. ¿Toda la verdad? ¿Una verdad parcial? No quería que la tomara por una hechicera dotada de poderes mágicos, que era lo que pensaban de algunas zíngaras. A algunas personas les daba miedo la magia, y a veces incluso las cosas que sólo daban la apariencia de serlo podían inspirar temor. Sakura no poseía ninguna clase de magia real, sólo un talento cuya naturaleza podía parecer un tanto mágica por la sencilla razón de que nunca se equivocaba. El problema era cómo explicarle eso al inglés.
