Él amaba a su novia. Definitivamente la amaba. Desde que la había conocido, desee que ellos habían sido novios desde jóvenes él siempre la había amado.

Incluso su respiración agitada la amaba. Amaba poder verla y acariciar su espalda, la manera en la que su piel se erizaba con cada roce, la manera en la que su melodiosa voz entonaba su nombre, su cabello desordenado por el frenético movimiento en la cama también lo amaba.

La embistió de nuevo separándose de ella para que recuperará aliento pues un intenso beso le había robado la respiración. Su cuerpo se contrajo y por inercia sus uñas se encajaron en su espalda. Comenzando a besar gentilmente su cuello por alguna razón las ganas de marcar aquel blanco cuello lo invadieron.

— Esp-espera en el cuello no. — dijo débilmente la chica tratando de negarse.

Sin embargo aquello le importó tan poco, la mordió de igual manera dejando una visible marca.

Ella lo empujó suavemente, pensó que algo la había incomodado o que quizá aquella acción la había hecho enojar, pero él ya conocía aquella mirada, una intensa llena de deseó.

— ¿Puedo montar un rato? — preguntó ella.

Ella siempre era así. Directa en todo sentido, esa era su novia. Le dirigió una media sonrisa y se recortó en la cama.

Emma echó todo su enredado cabello hacía atrás, y con un movimiento torpe pudo sentarse en el abdomen de su novio.

La vista era espectacular para el mayor y con sus 24 años de edad seguía plenamente enamorado de ella.

Emma se inclinó hacia adelante y con su mano izquierda guió el miembro de su pareja hacia su intimidad para acomodarse y comenzar a bajar lentamente. La sensación de ser completamente devorado por aquella cálida y húmeda cavidad desató una sensación de placer en ambos.

Un gemido al unisono se escuchó en la habitación por ambas partes.

Las caderas de la chica comenzaron a moverse de una manera rítmica causando que gemidos se escaparan de sus labios. El contacto visual entre ambos solo hizo aumentar el deseo de ambos, las manos del chico comentaron a jugar rudamente con sus pechos amasandolos y pellizando sus pezones de vez en cuando.

Las expresiones de ella eran un espectáculo visual para él. Un cambio en su respiración fue el que le avisó que ella estaba a punto de terminar entonces de una manera abrupta sacó su miembro interrumpiendo sus movimientos.

— ¡Oye! — le reclamó ella.

— En 4. — le ordenó el chico.

Una ligera sonrisa ladina de ella fue la única respuesta que obtuvo de su parte, puesto que ella no se iba a negar de aquella tentadora propuesta, se acomodó abriendo las piernas y bajando completamente su espalda, por la diferencia entre sus alturas Ken abrió un poco más sus piernas para que su cadera quedará a la misma altura que la de ella.

Tomó su miembro entre sus manos y deslizó la punta ente los labios de la chica, comenzó un jugueteo solamente acariciándola sin penetrarla, las caderas de ella se movieron buscando las contacto.

— Deja de jugar conmigo y métela ya. — le reclamó ella.

— Lo que pida mi princesa. — le respondió el mayor.

Y de una manera lenta comenzó a penetrarla, se deslizó entre sus pliegues sintiéndose abrazado por ella. Un vaivén de caderas comenzó por parte del chico arremetiendo con cada vez un poco más de fuerza contra las caderas de la chica, los gemidos que inundaban la habitación era una melodiosa sinfonía para los oídos del chico, con un ritmo rápido las piernas de la chica comenzaron a contraerse, sus manos apretaban la tela con fuerza y la perdida de aire le avisaron al chico que ella estaba cerca del orgasmo, una fuerte nalgada fueron el estímulo suficiente para que las paredes de su interior se contrajeran, un grito se ahogó en su garganta y se desplomó sobre la cama, un par de embestidas más y él se vio en la misma situación que ella.

Sacó su miembro con mucha delicadeza y se tumbó a su lado, la respiración agitada de ella aún no lograba estabilizarse.

— ¿Quieres un poco de agua? — le preguntó él.

— Si... — le respondió ella en un jadeo.

Ken se levantó para poder acercarle un vaso con agua, cubrió su desnudez con la cobija que estaba en el suelo y le extendió el vaso con agua. Ella se giró en la cama y se sentó, las marcas de su cuello se hicieron visibles.

— ¿Te duele? — le preguntó el más alto señalando su cuello.

— No, aún no. Estoy bien. — respondió ella sonriendo.

Tomó el vaso de agua entre sus manos y Draken la miró muy fijamente. Ella era dulce, hermosa y muy atenta; sabía cocinar muy y sería una madre excelente.

— ¿Qué me ves? — preguntó ella.

— ¿Te casarías conmigo? — le respondió él evadiendo la pregunta totalmente.

La chica se sonrojo notoriamente y se ocultó dejado de la cobija.

— ¿Y eso que fue? — preguntó Ren

— Me tomó por sopresa simplemente... — respondió ella en voz baja. — Si...

— ¿Ah? No te escuché. — le molestó él aunque si había escuchado claramente su respuesta.

— Dije que si. Me casaré contigo. — respondió ella saliendo de su escondite. — Pero vas a tener que darle un anillo bonito...

El tomó su mano y le depositó un pequeño beso.

— Lo haré. El más hermoso que pueda encontrar. — le prometió mirándola a los ojos.

Amaba mucho a su novia. Siempre lo había hecho y cada día de su vida sería así.