Un desmayo oportuno
Sayaka se tapó la boca para disimular un profundo bostezo. Parpadeó, somnolienta, y continuó revisando el papeleo de la presidenta. Como siempre, era un desastre. Los papeles estaban desparramados por todo su escritorio. Así los dejó el día anterior y así se retiró, no sin antes pedirle que mañana a primera hora, por favor, se hiciera cargo de ellos. Ya era mañana. Y Sayaka, sola en la sala del consejo estudiantil, cumplía la orden sentada en el trono de la reina. Cabeceando, cumplía.
La misma presidenta la autorizó para sentarse allí siempre y cuando no se encontrara. No es que ésta última fuera permisiva, simplemente le convenía que solucionara sus asuntos por ella. Y qué mejor lugar para hacerlo que la silla que Sayaka adoraba. Un empleado feliz trabaja mejor, siempre le recordaba guiñándole un ojo. A Sayaka le daba igual los motivos que tuviera; quedarse sola a veces era una bendición. Cuando sucedía, como esa mañana, aprovechaba la oportunidad para refregar el cachete en esa silla tan especial que, valga la redundancia, le hacía sentirse especial por el solo hecho de estar sentada en ella, pues, pertenecía a la presidenta. Rastros de su perfume flotaba alrededor, la envolvía como una manta invisible.
Lástima que hoy ni ese suave aroma floral podía subirle el ánimo. El sueño que manejaba era insufrible. De esos que te hacen decir: quiero morir.
En una hora tendría que ir a buscar a Kirari a la entrada de la academia. Luego, le seguiría una reunión del consejo estudiantil en demasía agotadora; las elecciones tenían a los miembros revolucionados y de muy malhumor. Después de eso, lo de siempre: acompañar a la presidenta en lo que necesite. Ver el futuro le hacía bostezar de nuevo. Estaba cansada, tenía muchas cosas en la cabeza. Ella, quién siempre se organizó a la perfección, se hallaba con los números resbalándose de las palmas.
«¡Deja de quejarte, imbécil, y céntrate de una vez!»
Podía darse ánimos, pero eso no borraría la realidad de que era un mes complicado. En cada ratito libre que encontraba, estudiaba. Y mucho. Los exámenes finales se acercaban y en absoluto se permitiría sacar menos de una "A" en cada materia. Fuera de esos ratos libres, trabajaba como la secretaria que era. Es decir, casi todo el día. El cansancio no hacía más que crecer. También estaba estresada por las elecciones del consejo estudiantil. Cada vez pintaba peor para la presidenta, sin embargo, a ésta no parecía importarle. Para variar, le divertía el escenario. Pero a Sayaka le preocupaba. Debido el pacto de silencio que hizo consigo misma, lo único que podía hacer para ayudarla era comprar votos para ella. Después de la apuesta en la Torre de las puertas, entendió (a regañadientes) que la felicidad de su presidenta era correr riesgos, y siempre lo sería. No iba a nadar más contra esa corriente, excepto que la viera a punto de vender el alma o algo así. Sin embargo, aceptar su estilo de vida no significaba compartirlo. Y por eso mismo, sin molestar y con su permiso, organizaba subastas para obtener votos. Otra tarea más que le robaba minutos de su escaso tiempo.
Estaba agotada. De verdad agotada. Lo único que podía recomponerla, dormir, no estaba sucediendo. Debido a la preocupación no pegaba un ojo en toda la noche. Y, si lo hacía, tenía unas pesadillas terribles. Dormir mal; comer mal, estudiar de más, trabajar, cuidar a la presidenta… Incluso para ella, que era la perfección misma hablando de responsabilidades, se le estaba haciendo pesado. El fondo oscuro que antes veía desde arriba, ahora lo veía cerca. Estaba a punto de tocarlo.
En resumen, la barrita de energía se encontraba en el cinco por ciento.
Y por eso se tambaleaba detrás de la presidenta, quién sentada en la punta de la mesa de la sala debatía con los otros miembros del consejo. Se sentía mal, comenzaba a ver doble. Apretaba los ojos con fuerza para aclarar la visión, pero el efecto duraba unos segundos, después todo volvía a verse borroso. Deslizó las pupilas de izquierda a derecha, haciendo un escaneo del panorama y sin entenderlo bien. Las palabras de la presidenta no tenían sentido, hablaba en otro idioma y, según sus oídos, detrás de una puerta reforzada. Era una voz en off. Lo único que escuchaba bien era su propia respiración entrecortándose.
«Mierda...»
Se estaba mareando. Un escalofrío comenzaba a trepar por la columna, acentuándose en la nuca y despertando un revoltijo en el estómago que poco tardó en convertirse en náuseas cuando el piso empezó a moverse. Se llevó una mano a la boca con una sensación de vértigo.
Ririka, la única que estaba de frente a ella, notó a través de la máscara su rostro descompensado. Estaba sudando.
—¿Igarashi?, ¿te encuentras bien? —le preguntó.
Los miembros del consejo miraron a la vicepresidenta, sorprendidos de escucharla. Pocas veces hablaba en presencia de ellos. Kirari, con una sonrisa hermética en los labios, giró el rostro hacia su secretaria, encontrándola pálida.
—¿Sayaka?
Sayaka apoyó una mano en el respaldo de su silla para sostenerse. Sentía el cuerpo pesado, como si cargara en la espalda una mochila llena de piedras. No podía pensar en nada, excepto en el malestar. Trató de mirar a la presidenta; solo alcanzó a ver su sonrisa.
—¿Estás en las últimas, Sayaka?
La nombrada esbozó una sonrisa ida y su cuerpo no pudo soportar ese mínimo movimiento. El escalofrío trepó hasta la cabeza, le clavó las garras desconectando los pocos cables que le quedaban, y le apagó el cerebro de golpe. Rodó los ojos y comenzó a caer en picada. Kirari veía, alargando la sonrisa, cómo su coleta tomaba altura en medio de la caída.
—¡Igarashi!
Ririka despegó los pies del suelo para ayudarla, pero Kirari se le adelantó, levantándose rápido de la silla. La atajó en sus brazos antes de que se desplomara en el suelo.
—Vaya… Tenemos una baja —dijo, sujetándole bien la espalda y la cintura. El rostro de Sayaka se derrumbó de costado, inconsciente. Kirari profundizó los ojos en los suyos cerrados y pasó la vista a los miembros del consejo, que miraban todo sorprendidos pero sin ninguna intención de ayudar—. Pueden retirarse por hoy, ya no son necesarios.
Los miembros comenzaron a levantarse de los asientos, algunos ofendidos por el desprecio poco disimulado en la voz. Mientras, Ririka se acercaba a su lado. Cuando los miembros desaparecieron por la puerta, se quitó la máscara.
—¿Ella está bien? —le preguntó en voz baja. Kirari giró el rostro de Sayaka y acercó la oreja a su nariz. Un suave vientito le acarició la piel.
—Hm, sí. Respira. Solo se desmayó.
—¿Quieres que la lleve a la enfermería? —Ririka estiró los brazos para que se la diera.
Kirari miró a su hermana, hallando una curiosa urgencia en sus ojos, y luego miró a Sayaka. Examinó su rostro. Colgaba sin sostén, los brazos también. Parecía haberse ido muy lejos, a un mundo donde ni la lógica podía alcanzarla. Se preguntó dónde estaría y llegó a una rápida conclusión: en la nada. Un desmayo es una pequeña puerta que, podría decirse, se asemeja a la de la muerte. Todo se apaga, no tienes noción de si estás despierto o dormido. No existes. Recién vuelves a existir cuando, en ese estado de suspensión, los sueños empiezan a florecer. Usualmente allí es cuando ¡plin! abres los ojos y vuelves a la vida de nuevo. A Kirari se le hacía fascinante la idea de que estuviera perdida en dimensiones, a tal punto de anhelar desmayarse para vivir la experiencia psicodélica con ella.
—¿Kirari? —insistió Ririka ante la falta de respuesta— ¿La llevo a la enfermería o no?
Kirari negó con la cabeza y se enderezó, alzando a Sayaka en sus brazos. Peso es lo que faltaba.
—No hace falta, sé perfectamente lo que Sayaka necesita ahora.
Ririka dobló la cara, sin entender. Kirari sonrió.
—Dormir.
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.
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Una voz dulce se colaba en sus sueños. Lejos al principio, en un eco, luego más cerca. La llamaba. Venía acompañada de un aroma conocido que navegaba a su alrededor; tomaba fuerza mientras más consciente se volvía de él. Abrió los párpados despacio y allí permaneció Sayaka, con unos ojos apagados. Otros capturaban los suyos, brillantes y seguros. Unos ojos que amaba.
—Presi... denta.
Kirari sonrió. Estaba inclinada hacia ella; sus trenzas le acariciaban las mejillas como dos plumas y su mano estaba ocupada acariciándole la cabeza. Sayaka no entendía nada. Tenía apenas un dedo meñique en la realidad, lo demás seguía girando en el delirio. Atrás, muy atrás de la consciencia se encontraba.
—Bienvenida de nuevo, Sayaka.
Escuchó su voz, ahora más clara, y un porcentaje muy pequeño de su cerebro se activó. Trataba de recordar algo, alguna imagen pasada que le diera sentido al presente. Nada, en negro.
—¿Dónde estoy...?
—En mi cama.
—Ya veo... En su cama. —Sayaka cerró los ojos, dispuesta a volver a dormir. En medio de la oscuridad procesaba la información de lo escuchado. Lento, despacio, la procesaba. Cuando la información terminó de descargarse, una alerta, que le hizo abrir los ojos de golpe, tintineó en el cerebro— ¡¿En su cama?!
Despegó la espalda del colchón en un impulso. Kirari puso una mano en su pecho y la estampó de nuevo contra la cama.
—No te muevas así, tu cuerpo debe despertarse de a poco.
—¿H-Huh? —Sayaka pasó la mirada de un lado a otro, desorbitada. Una habitación digna de una reina la recibió. Techo alto, luces tenues, una cama de dos plazas, sábanas rojas de seda, la presidenta. Oh, la presidenta con dos botones de la camisa desabrochados. Podía ver sus pechos apretados por ese huequito. No llevaba puesto el saco del uniforme y estaba metida debajo de la sábana junto a ella— ¿P-Por qué estoy aquí?
Kirari se acomodó de costado y descansó la mejilla en una de sus manos. La sábana se resbaló por su cintura.
—Te desmayaste en medio de la reunión. Yo te atrapé en mis brazos muy dramáticamente y te traje aquí. Una escena digna de una película romántica, ¿no crees?
—¿Desmayarme...? —Sayaka quedó detenida en esa palabra. No tardó en sentirse avergonzada al imaginarse toda la movida que debió haber hecho Kirari para llevarla a su casa—. N-No era necesario traerme aquí, presidenta, pudo haberme llevado a la enfermería.
Kirari puso un dedo en su nariz como si tocara un botón y sacudió la cabeza con una sonrisa.
—Quería tenerte cerca por si acaso. Tenías la presión en los pies, Sayaka. ¿Has estado comiendo bien?
Sayaka arrugó los labios y desvió la mirada. Quería desaparecer, huir de ahí y encerrarse en su habitación para llorar de la bronca. Estaba haciendo el papelón de su vida. ¿Desmayarse frente a ella y en plena reunión? Le sorprendía no haber sido despedida, pero más el estar bajo su cuidado. Los ojos de la presidenta dejaban escapar cierta preocupación que se le hacía extraña viniendo de ella.
—¿Al menos has estado durmiendo? —insistió.
Sayaka negó, sonrojándose. Kirari suspiró y llevó una mano a su frente.
—Qué descuido de mi parte no notar lo mucho que te estabas esforzando —dijo, corriéndole el flequillo despacio—. He estado tan enfocada en mis queridos peces que no me percaté. No volverá a pasar.
—¡No es su culpa, presidenta! —exclamó Sayaka de inmediato. Se sentía pésimo por obligarla a decir esas cosas y por hacerle cargar la responsabilidad de cuidarla. Ser un peso para ella era igual a decepcionarse a sí misma—. Soy yo la que fue irresponsable al descuidar mi salud. Discúlpeme. —Comenzó a sentarse con la cabeza gacha. Kirari la ayudaba por la espalda—. Le agradezco la ayuda, de verdad, pero... ya me encuentro mejor. Debería irme a casa.
—¿Por qué? ¿Tienes un amante esperándote en casa?
Sayaka volvió la vista a ella preguntándose si había escuchado bien. Kirari, extrañamente, no sonreía.
—Si es así, me gustaría conocerlo. Es mi deber como tu superior saber que estás en buenas manos.
—Pero qué cosas dice… —Sayaka esquivó sus ojos con timidez—. Yo no soy popular como usted, presidenta.
—¿Eso crees? Yo no estaría tan segura. —Kirari la impulsó hacia atrás por el hombro para que se acostara de nuevo y se acomodó a su lado—. Eres hermosa…, debes tener a más de un admirador. O admiradora. —agregó de forma traviesa.
—N-No, para nada.
—Hm... —Kirari dobló un brazo en la almohada y apoyó la mejilla en él. Comenzó a jugar con el cabello de Sayaka, llevándoselo con los dedos. Ésta última la miraba con los cachetes colorados—. Si es así y no tienes ningún amante esperándote, no hay excusa para negarse. Te quedarás aquí hoy.
Su voz dulce la derretía, los cuidados la llenaban de calor. Sayaka no podía oponerse aunque toda su lógica le recomendaba hacerlo. No es que no quisiera pasar la noche con ella, al contrario, esa era una de sus grandes fantasías utópicas. Y como toda fantasía, costaba verla cumplida. No entraba en su mente lógica que la presidenta se mostrara tan amable y cariñosa. Desconocía la razón de su comportamiento. ¿Quizás se asustó al verla desmayada?, ¿en serio estaba preocupada por ella? Sayaka no sabía cómo reaccionar ante esa conducta que rozaba la intimidad, no de unas amigas, sino de una pareja. Se estaba poniendo nerviosa.
—Esta no es la casa de su familia. —comentó en un intento de cambiar de tema. No podía seguirle el ritmo al anterior.
Kirari negó con una expresión pacífica y descansó una mano en su abdomen. Comenzó a acariciarlo. Sayaka endureció el cuerpo, respirando hondo.
—Es la casa que comparto con Ririka. Por cierto, me sorprendió lo preocupada que estaba por ti. Parece que, en todos estos años, te ganaste su aprecio de alguna manera. Eres increíble, Sayaka. No es fácil ganárselo.
—Ella también me cae bien. —contestó Sayaka, sonriendo por primera vez en ese día. Kirari levantó una ceja.
—¿Más que yo?
—¿Huh? ¡Claro que no! Usted es mi reina, presidenta. Yo vivo para servirle.
—Servirme, eh... —Kirari desvió la mirada un instante y la regresó a ella con una sonrisa. Sayaka veía algo diferente en sus ojos. Brillaban de un modo extraño— ¿Quieres cenar?
—No tengo hambre, la verdad. Espere…, ¿ya es de noche? —Sayaka pasó la vista al ventanal de la habitación. Unas cortinas de color rojo, como las sábanas, lo cubrían. No había rastros de luz solar en esos volados costosos— ¿Tanto tiempo estuve desmayada?
—Te despertabas por momentos, pero volvías a dormir luego de decir algunas incoherencias. Recuerdo una específica, recitaste una fórmula. Tan típico de ti... —Kirari arrastró la última sílaba en una risita—. Cuando despertaste por primera vez, dejé de preocuparme. Supe que, al menos, estabas viva. Así que me tomé la libertad de dormir una siesta contigo.
Entonces esa fue la razón por la que soñó con la presidenta, pensó Sayaka. En sus sueños, un brazo de contextura delgada la envolvía para arrastrarla hacia un cuerpo ajeno de perfume conocido. Sayaka se sentía desfallecer cuando era exprimida contra esa piel suave y pálida. Era la presidenta; la abrazaba mientras dormía. No fue un sueño.
—¿Durmió bien? —Se animó a preguntar con una sonrisa tímida. Kirari pestañeó despacio y asintió con la misma velocidad, como si estuviera recordando el ameno descanso que compartieron.
—No sabía que abrazarte podía ser tan gratificante. A partir de ahora, tendrás una nueva tarea: dormir la siesta conmigo. Negarse no es una opción. Si lo haces, considérate despedida.
Sayaka, aunque sabía que hablaba en serio (porque sí, era capaz de despedirla por no cumplirle un capricho), se encontró riendo por lo bajo. Kirari la imitaba.
—Sayaka, no vuelvas a sobreexigirte. Te necesito entera, ¿de acuerdo?
Su secretaria asintió, cambiando su expresión por una lamentable.
—Lo siento mucho, presidenta. Me he avergonzado a mí misma y la he avergonzado a usted. No volverá a pasar.
—Confiaré en tu palabra. —Kirari apoyó la frente en su cabeza. Sayaka declinó los párpados con una sonrisa tenue y se percató de un pequeño detalle que antes, por diversas razones que involucraban más que nada el primer plano de los pechos de la presidenta, no había notado.
—¡Ah! —Se tapó la entrepierna, roja hasta las orejas— ¡Dónde está mi falda!
Solo tenía la camisa puesta. El saco rojo, la falda y los zapatos habían desaparecido. En otras palabras, lo único que la cubría debajo era la ropa interior.
—Oh, eso. Pensé que estarías más cómoda si te ponía un Yukata. Pero, cuando estaba desnudándote, te pusiste de costado y no pude hacer más. Por eso quedaste así.
—¡P-Presidenta, no hacía falta desnudarme!
—¿Por qué el pánico? —Kirari volvió a descansar la mejilla en la mano con una mueca aburrida—. Yo estoy igual que tú. —Levantó la sábana y los ojos de Sayaka explotaron. También se encontraba en ropa interior. Y no una cualquiera. Si sus ojos no la engañaban, lo que tenía puesto era una mismísima tanga.
—P-P-Presi... —No podía hablar. Su ropa interior era divina, de color negro y más delgada que la suya, eso seguro. Veía su piel, esa piel a los laterales de la pelvis que, si usara una lencería menos provocativa, estaría cubierta. Una sorpresa descubrir aquel gusto de la presidenta. Sabía que era coqueta, pero no a ese nivel. Sus ojos seguían las líneas diagonales que arrancaban en la pelvis y bajaban hasta unirse en esa intimidad ceñida por la ropa interior. Al menos lo más importante estaba cubierto. Sin embargo, se halló queriendo descubrirlo. De pronto un hambre voraz la estaba consumiendo y ningún banquete más que la presidenta podría satisfacerla.
Kirari estiraba la sonrisa mientras veía sus ojos ausentes.
—¿Qué sucede?
Sayaka levantó la vista y cayó en la cuenta de que, básicamente, le había hecho un escaneo con rayos láser a su intimidad.
—¡N-Nada! —Corrió el rostro, cerrando los ojos—. Cúbrase, por favor.
—¿Por qué?, ¿te tienta el panorama?
—¡Sí! ¡Es decir, no! —Sacudió la cabeza, nerviosa a niveles críticos—. Solo... lo creo inadecuado. No merezco tal trato de confianza.
—Hm... —Kirari se tapó de nuevo con la sábana. Sayaka quiso suspirar, aliviada, pero hubiera sido mentirse a sí misma. Todo le decía que, en cualquier momento, las cosas se le irían de las manos. Estaban a medio vestir, en su cama. La presidenta pegada a ella, Sayaka sintiéndose acorralada y rogando que las manos no se movieran solas—. Si quieres seguir durmiendo, adelante.
—No puedo dormir si estoy en su cama…
—¿Oh? Pero si antes dormiste como un bebé… —contestó Kirari. Sayaka notó cierta picardía en su voz.
—Pero ahora soy consciente de dónde estoy, presidenta. No es lo mismo.
—¿Y dónde estás?
Sayaka la espió de reojo con las mejillas calientes.
—Al lado de una preciosidad. No espere que vaya a dormir.
Kirari levantó las comisuras de los labios, contenta con la respuesta, y pasó un brazo por encima de su vientre para abrazarse a ella. Sayaka giró el rostro sobre la almohada y la miró, inquieta.
—No quieres dormir, no quieres comer. Entonces..., ¿qué hacemos? —preguntó, pasando la mano por su abdomen de forma lenta. Sumió los dedos debajo de la camisa y siguió acariciándola.
Sayaka se mordió el borde del labio al percibir esos dedos largos sobre la piel, que ahora hervía. Bajó los ojos y se le hundió el pecho al ver la mano de la presidenta moviéndose debajo de la camisa. Cada vez la acariciaba más arriba. Kirari la observaba en el medio y Sayaka sabía que, si no contestaba, algo pasaría entre ellas. Pero también tenía la impresión de que, si se negaba, la situación igualmente se escaparía de su control.
—Puedo acariciarte toda la noche para que duermas, ¿quieres? —ronroneó suave en su oído, acomodando una pierna encima de la suya. Sayaka sintió esa piel ajena y la ansiedad creció. Kirari refregaba sus pies de una manera incitante que le hacía revolverse por dentro.
—Presidenta..., no se acerque tanto. —rogó con un dejo de placer. La nombrada arqueó una comisura y se acercó a su rostro.
—¿Por qué?
—Porque... no puedo soportarlo. Voy a explotar.
Kirari despegó los ojos de sus labios, los cuales rosados y carnosos le llamaron la atención, y al levantar la vista se sintió ahogada por el deseo. Sayaka tenía las manos juntas encima del pecho, los ojos al costado, las mejillas sonrojadas. Tragó saliva, dudando de su próximo movimiento por creerlo una condena. Pero la emoción creciente que subía por el cuerpo dispersaba las dudas. En oleadas, esa condena le brindaba sensaciones terroríficas, de miedo a la exposición más profunda y al futuro. Se dejó empapar por ellas con el corazón abierto y entonces sonrió. Porque no había nada más emocionante que sentir miedo, un profundo miedo a Sayaka: su única debilidad. La única que le atormentaba el corazón como, a veces en noches solitarias, su recuerdo le atormentaba el cuerpo.
Sayaka se achicaba en el colchón ante esos ojos penetrantes que no le quitaban la vista de encima. Sufría la angustia de no poder esquivarlos por mucho tiempo, de sentirse atraída hacia ellos como un imán. Sabía que la destruirían y el deseo de ser destruida por ellos no era leve, pero su ser cohibido le ganaba a toda sensación excitante. Se vio en la necesidad de darle la espalda para así calmar al corazón, que le golpeaba fuerte el pecho hasta el punto de dolerle.
Kirari suavizó la sonrisa ante esa insignificante defensa que puso. Un muro que podría derribarse con un meñique, pensó. La abrazó por detrás y, juguetona, la impulsó a su cuerpo por el abdomen. Sayaka se tapó el rostro con la sábana cuando apoyó los pechos sugestivamente en su espalda.
—¿Qué pasa?, ¿por qué me das la espalda? —murmuró Kirari en su oreja, para luego atrapar el lóbulo con los dientes. Apretó un poquito y Sayaka negó con la cabeza de forma histérica, haciéndole reír por dentro—. Sayaka~
—¿Qué pasa con usted? —preguntó en voz baja, asomando los ojos por la sábana—. Este trato…
—¿No te agrada? —Kirari arrastró los labios por su nuca, poniéndole la piel de gallina, y la besó. El dulce aroma de Sayaka ingresó por la nariz hasta que sus ojos oscurecieron en una reacción inmediata, por no decir química. Quería probar más. Separó los labios y se dedicó a besarle el cuello suavemente. Sayaka tenía los ojos bien abiertos, la piel que besaba ardiendo, el corazón pidiendo clemencia.
—P-Presidenta…
—¿Hm? —Kirari subía la mano por su vientre, bajaba por su cuello con los labios. La degustaba con una calma que a Sayaka le hacía falta.
—¿Escuchó lo que le dije recién? No juegue, por favor…
—Lo que dijiste… Oh, ¿te refieres a lo de explotar? Sí, te escuché. Y comparto. —Se despegó de su piel y la giró por el hombro, dejándola de frente—. Creo que… yo también estoy a punto de explotar.
Sayaka miraba sus ojos con vergüenza, pero Kirari veía una súplica en ellos. Una que le pedía, por favor, hacerla suya o, en caso de que no, alejarse para salvarla de la explosión. La segunda opción ya no era viable. Desde hacía un minuto que Kirari solo tenía un pensamiento en mente.
—Como tú eres la causante de éste sentir, tendrás que hacerte responsable, Sayaka. Así que…, lo siento.
Sayaka fijó la vista en esos labios celestes que se acercaban lento para comérsela con o sin su permiso. Cerró los ojos con fuerza y Kirari empujó su boca en un beso que alargó lo suficiente como para que se le entrecortara la respiración.
Al final, explotaron igual.
Kirari movía despacio los labios sobre los suyos, Sayaka la seguía como podía. ¿La presidenta la estaba besando o aquello era la continuación del sueño que tuvo?, ¿se había desmayado de nuevo? No sabía, no podía razonar. El cerebro volvió a apagarse apenas la besó.
Kirari separó los labios en un suspiro, llevándose los suyos. Asomó la lengua y la invadió con ella. Sayaka se aferró de sus hombros al sentir esa lengua enredándose con la suya dentro de la boca. Era una sensación húmeda e embriagante que, a pesar de sentirse bien, también le asustaba un poco. Se sentía indefensa, pisando un terreno desconocido y aplastada por una reina.
—Presidenta, esto es... —Se desprendió de sus labios, agitada.
—Está bien, Sayaka —musitó Kirari, acariciándole la mejilla con una sonrisa—. Está bien... —Volvió a hundirse en ella, esta vez más profundo y con cierta impaciencia que no la caracterizaba. Sayaka arqueó las cejas, pasando las manos por su espalda. La presidenta no la dejaba respirar. Deslizaba la lengua por la suya, las entrelazaba mientras arrastraba la mano hacia abajo por su mejilla hasta llegar al torso. Apretó uno de sus pechos, haciéndole sobresaltarse, y abandonó sus labios para ir al cuello. Comenzó a besarlo, trazando su piel con la lengua en el acto y cerrando los labios en una leve succión. Sayaka giró el rostro, sintiendo cosquillitas, y un pequeño jadeo se le escapó.
Kirari miró su cuello un momento, encantada con la marca celeste que le dejó, y volvió a él. Continuó bajando por su piel entre besos y lamidas, desabrochándole los botones de la camisa. Sayaka veía su propio pecho subir y caer en picada; la camisa abriéndose, el sujetador rosa revelándose. Kirari enterró el rostro en su torso, apreciando su fuerte latir, y agarró uno de sus pechos por debajo. Comenzó a besar esa blanda piel con hambruna mientras corría con los dedos el borde del sujetador para descubrir más de él. Uno de sus pezones rosados se reveló y Kirari sonrió antes de cubrirlo. Comenzó a jugar con él dentro de la boca; deslizando la lengua, endureciéndolo y mordiéndolo con cuidado.
—¡Ah! —Sayaka estiró el cuello al sentir esas voraces absorciones que le quitaban el aliento. Kirari succionaba esa rígida piel una y otra vez en lentos compases, arrancándole gemidos rasposos. Le acariciaba el muslo en el medio, subiendo y bajando la mano por él. Dejó su pezón en libertad, brillante, y bailó la punta de la lengua debajo de él, generándole unas cosquillas insoportables que nacían allí pero que bajaban rápidamente a la entrepierna—. Mh...
El corazón de la presidenta se desbocó al oír ese ronroneo. Su cuerpo empezaba a tensarse, lo sentía comprimido de las ansias que estaba acumulando. Se acomodó entre las piernas de Sayaka y arrastró una rodilla hacia arriba hasta presionarle la intimidad. Sayaka frunció los dedos contra la sábana con una expresión vulnerable que quedaría para siempre grabada en sus retinas.
—Sayaka..., eres tan linda. —Huyó de su voz mientras le desabrochaba el sujetador. Los pechos de su secretaria rebotaron frente a sus ojos. Ni muy grandes ni muy pequeños; perfectos, pensó—. No debería estar haciendo esto contigo tan frágil, pero no puedo parar... Sabrás disculparme. Si te sientes mal, no dudes en decírmelo, aunque no te aseguro que eso vaya a salvarte. Quizás... abuse de ti si te desmayas de nuevo. —susurró en su oído, quitándole la camisa por lo hombros.
Más allá del discurso incorrecto, Sayaka no podía creer la voz con la que le hablaba. Dulce como siempre, pero también placentera. Como si fuera a romperse en cualquier momento.
—Muéstrame más de tus encantadoras expresiones, Sayaka. —Kirari se resbaló por su torso en dirección al pecho que le faltaba probar y lo succionó con fervor, masajeando a su gemelo con la mano—. Quiero que me arrastres a la locura contigo…
Sayaka percibía la respiración profunda de la presidenta sobre la piel. Le quemaba. Comenzaba a marearse, a entrar en un limbo similar al desmayo, excepto porque sus sentidos estaban complemente en alerta, impidiéndole desvanecerse. No entendía porqué estaban haciendo eso, qué le pasó por la cabeza a la presidenta para querer devorarla de pronto. Y comenzaba a darle igual no saberlo. Quería más, quería que la tocara mucho más. Siempre había deseado ese momento, imposible luchar contra él.
Atajó su cabeza, jadeante, cuando Kirari comenzó a bajar por su abdomen besándolo y lamiéndolo. Éste tiritaba con cada toque de sus labios. Sabía a dónde iba y quería que llegara con urgencia. Kirari aterrizó en su pelvis. Presionó los labios en ella, atajando los bordes de la ropa interior. Sayaka cerró los ojos, avergonzada, pero no lo suficiente como para detenerla. El deseo la superaba.
Pero Kirari no la satisfacía. De hecho, no se movía. Sentía su aliento fundiéndose con la intimidad, calentándola más de lo que ya estaba. También una leve sensación apretándole el centro, apenas un roce que la volvía loca. Se animó a abrir un ojo y la vio allí, en medio de sus piernas, con la nariz pegada a su intimidad cubierta y sonriéndole con travesura.
—Quiero verte mejor, Sayaka. —dijo y se incorporó, aplastando el colchón con las rodillas. Le agarró las caderas. Jaló con una fuerza que Sayaka desconocía y la giró hasta que su rostro se estampó de frente contra la almohada.
—¿P-Presidenta? —la llamó de espaldas a ella con una sonrisa nerviosa. Kirari le sonreía también, ensombrecida.
—Sí…, así es mucho mejor —murmuró, desabrochándose los botones de la camisa. Se la quitó por los hombros y llevó las manos a la espalda para sacarse el sujetador. Sayaka ensanchó los ojos al ver sus pechos rebotar en un saludo. Eran mucho más grandes que los suyos, y pálidos. Sus pezones, los cuales creyó adorables por lo pequeños que eran, estaban erectos. Tragó saliva y no halló una gota de ella— ¿No te molesta, verdad? Estar boca abajo, rendida a mí…
Sayaka no llegó a contestar que la presidenta ya estaba acomodándose en su espalda, aplastándola contra el colchón. Sentía sus pezones rígidos como dos puntos hundiéndose en la piel. Ella inclinó el rostro a su cuello y lo besó. Sus manos, inquietas, bordeaban su cintura mientras con los labios celestes le marcaba la piel. Sayaka se sobresaltó cuando subió las manos y agarró sus pechos mientras comenzaba a mecerse lentamente sobre ella, rozando su intimidad contra el trasero. Esos movimientos enloquecían a la apresada, quién suspiraba excitada junto a su atacante. Kirari besó su hombro con una devoción inusual y continuó bajando por la espalda, trazándola con la lengua y cerrando los labios para succionar esa piel que, según su ego, rogaba ser tatuada. Sayaka dobló el rostro sobre la almohada para poder respirar. Se aferraba a ella con ímpetu, nerviosa y emocionada a la vez. Nerviosa porque la presidenta, entre besos y caricias, estaba llegando a su trasero, y emocionada porque quería probar el dulce tacto de sus labios en esa zona.
Kirari, como si le leyera la mente, arrastró el labio inferior por una de sus nalgas con una sonrisa y bajó el superior hasta sellarlos y dejarle su marca especial.
—Sayaka, amo tu cuerpo... Encastra a la perfección con el mío —expresó, sumiendo los dedos debajo de las tiras de la ropa interior. Comenzó a bajarla por sus piernas con Sayaka estremeciéndose en la cama—. Pero más amo tu mente, porque es un mundo más allá de mi entendimiento. Tú eres, de verdad, mi complemento perfecto. —Arrojó la ropa interior hacia atrás y sujetó sus muslos. La levantó en un tironcito, dejándole las rodillas apoyadas en la cama, el rostro rojo como un tomate y su trasero en primer plano. Consideró esas curvas tan ideales que parecían talladas por un hábil escultor—. Hm... La vista es alucinante.
—N-No se burle, por favor.
—¿Burlarme? —Kirari soltó una risita, masajeándole el trasero de una manera que a Sayaka le hacía anhelar desaparecer por la vergüenza. Lo presionaba en movimientos ondulantes, por poco y clavaba las garras en su piel—. Me ofendes. Es la primera vez que estoy siendo seria, Sayaka. —Separó sus nalgas con las manos y la intimidad desnuda de su secretaria se hizo presente. Brillaba de placer. Se relamió los labios inconscientemente—. De verdad..., eres perfecta.
A Sayaka casi se le detiene el corazón cuando los dedos de la presidenta despegaron aquellos labios tan sensitivos para detallar el interior. Sentía cómo su respiración cálida se acercaba, cómo la boca y lengua subían por el muslo dirigiéndose hacia ese templo jamás explorado.
—Voy a probarte, Sayaka… —dijo ella y Sayaka se vio en una irrefrenable caída corporal que le hizo gemir ante las cosquillas agudas que la atacaron de imprevisto. Kirari deslizó la lengua desde el centro hasta la entrada. Amagó a entrar en ella, introduciendo apenas la punta, pero la quitó y regresó de la misma manera, abriendo sus pliegues en el camino para degustar mejor el néctar que quedaba adherido a sus labios.
—¡Ah! —Sayaka enterró el rostro en la almohada, aferrándola desesperada. Chispazos se disparaban en el estómago, calor invadía a la entrepierna. Se sentía tan bien ese simple roce que comenzaba a preocuparle cuánto aguantaría.
—Mh… Salado… —murmuraba Kirari en su intimidad, rodeando el clítoris con la lengua. Despegó la punta despacio, dejando un rastro de saliva y placer en aquel lugar que atinaba a hincharse, y luego lo presionó con ella, haciéndole contraer el vientre—. Tu sabor es muy peculiar, Sayaka. Tiene la esencia de tu piel, pero también de tu ser. Es delicioso.
Sayaka jadeada cada vez más alto ante sus caricias y besos. Kirari navegaba la lengua con necesidad en esos labios húmedos, llevándose todo de ella. Jugaba con los dedos en su entrada. La rodeaba, presionaba, y comenzaba a sumir uno despacio.
—¡Hm! —Sayaka mordió la almohada para evitar gemir más alto. Kirari sonrió sobre su centro y comenzó a succionarlo mientras hundía el dedo medio en su interior, hallando un manantial caliente. Lo dobló hacia abajo, buscando ensanchar esa apretada cavidad, y empezó a moverlo despacio. Al percibirla más elástica, se dispuso a penetrar el dedo anular. Lo arrastro a través de esa piel resbalosa, encontrándose con su compañero, y empujó con ambos dedos para atravesar una delgada pared que le impedía el paso— ¡Ah!
Sayaka levantó el rostro de la almohada, aferrándose a los bordes de ésta. Dolía un poco la invasión, le ardía la pérdida irrevocable de virginidad que la presidenta ni se detuvo a solicitar, pues, no lo creía necesario. A pesar del temblor en las piernas y ardor punzante, Sayaka continuaba gimiendo. Cada vez que Kirari salía de su interior y volvía a hundirse en ella, menos dolor sentía y más placer aparecía. Uno extraño que le hacía sentir domada y fuera de sí. Estaba dentro de ella, la presidenta estaba dentro de ella. No podía procesar tal milagro, apenas podía respirar. Tenía los pulmones en la garganta.
—¿Te gusta?
La escuchó murmurar a sus espaldas. Abrió la boca para responder, pero de ella salió un gritito en vez de palabras. La lengua de la presidenta seguía moviéndose sobre su clítoris; iba y venía, giraba y giraba, provocándole una sensación tanto tormentosa como excitante. Le estaba costando mantener las rodillas sobre el colchón, quería desarmarse en él.
—¿Eso es un sí? —insistió Kirari con un toque travieso, hundiéndose más en su interior. Sus dedos largos tocaron el fondo y la espalda de Sayaka se arqueó entre jadeos. Kirari, deseando observarla en su totalidad, se incorporó para pasar la mano libre por esa espalda encorvada. Se encontró agarrándola con fuerza del borde, marcándole los dedos en la piel y meciendo las caderas hacia ella, apegando la pelvis a su intimidad, la cual continuaba penetrando. La veía desde lo alto con la respiración descompensándose. Admirar aquella piel brillosa, el trasero erguido, sentir su interior comenzar a palpitar, escuchar sus gemidos ásperos… Se humedeció los labios sintiendo una imperiosa necesidad en el piso inferior y abandonó su intimidad para agarrarle las caderas. La dio vuelta de golpe, dejándola de costado. Sayaka se desplomó en el colchón y la observó con los párpados decaídos desde aquella posición. No podía moverse, carecía de fuerza.
—Qué curioso... Me siento un poco extraña aquí abajo. —Kirari descendió la mano por su abdomen y presionó su intimidad. Una eléctrica sensación saltó desde allí hasta asentarse en la pelvis— ¿Tú te sientes igual, Sayaka?
La nombrada cabeceó lento, hipnotizada con la imagen de la presidenta bajándose la ropa interior por esas caderas sobresalientes. Su intimidad se reveló y junto con ella un tono rosado que predominaba en esos labios carnosos que deberían ser pálidos, como todo su cuerpo. ¿Ese color era debido a la excitación?, ¿era su sangre acumulada en esa zona, incapaz de contenerse más? Se preguntaba con la emoción subiendo de nivel.
Kirari arrastró la ropa interior por un talón hasta quitársela y volvió la atención a ella con una sonrisa cómplice.
—Supongo que estoy en mi límite. No lo sé. Es la primera vez que hago esto, espero que disculpes mi inexperiencia —dijo, sujetando una de sus piernas. Sayaka se sonrojó cuando la acomodó sobre un hombro mientras acercaba la pelvis a su intimidad. ¿Dónde estaba la supuesta inexperiencia? Todo lo que le había hecho era signo de experiencia—. Pero he leído muchas novelas eróticas. Cuando lo hacía, me imaginaba probando esta posición contigo.
Sus palabras surfearon por el cerebro de Sayaka hasta que adquirieron un sentido que, irónicamente, no le veía sentido. ¿Novelas eróticas? ¿Eso es lo que siempre leía, tranquila y tomando el té en su oficina, cuando tenía tiempo libre? Obviando su pasatiempo subido de tono, ¿imaginarla a ella? ¿Por cuánto tiempo la presidenta había tenido esa costumbre? ¿Desde cuándo sus sentimientos eran correspondidos? Otra alerta; ¿eran correspondidos o aquella era solo una sesión de sexo? Se estaba perdiendo. Sayaka quería dejar de pensar, pero su siempre lógica mente estaba activa, llevando el timón del barco. De pronto estaba navegando en aguas turbulentas.
Kirari veía con una sonrisa aquel semblante serio y lejos, muy lejos de su comprensión.
—No te vayas, Sayaka, quédate aquí conmigo —musitó, acariciándole la pierna de arriba abajo. Presionó los labios en la planta del pie. Sayaka parpadeó, despertando por las cosquillas ocasionadas—. Aunque me fascina que te pierdas así, éste no es el momento. No podré seguirte si no sé dónde estás.
Sayaka apoyó un codo en la cama, sintiéndose mal por haberse desconectado de la realidad. No quería dejarla sola en aquella sesión tan importante. Culpó a su cerebro, siempre inquieto, quién no tenía respeto alguno por sus sentimientos.
—Perdóname. —Estiró una mano hacia ella con una expresión frágil. Kirari ensanchó la sonrisa y atrapó su mano para llevarla a los labios. La besó—. Pensé de más, no me hagas caso.
—¿Oh? ¿Un habla coloquial? —Kirari entrelazó sus dedos—. Por fin. Ya era tiempo de que dejaras de hablarme con respeto.
—¿Ah? … ¡Ah! —Sayaka se tapó la boca, percatándose de cómo se refirió a ella— ¡L-Lo siento! No me di cuenta.
—¿Por qué la disculpa? Me encanta que te sientas en confianza como para hablarme así. De hecho, lo he estado esperando. —Kirari cerró los ojos con tranquilidad y reforzó el agarre en su pierna—. Ya que ahora estamos en confianza, no me contendré contigo.
Sayaka en ningún momento pensó que se estaba conteniendo. La presidenta, antes, no dudó en ponerla en cuatro patas cuando quiso y menos en explorarla para aplacar su sed, por no mencionar las marcas entre rojizas y celestes que le dejó tatuadas en la piel. Unas que, por un tiempito, tendría que cubrir con maquillaje para evitar inconvenientes chismosos. No, en ningún momento pensó que se estaba conteniendo. Pero se equivocó. Y lo confirmó cuando Kirari, sin avisar, impulsó la pelvis hacia adelante y juntó sus intimidades, haciéndole resbalar el codo sobre el colchón.
—¡Ah! —jadeó, cerrando los ojos en un reflejo. Kirari entornó los suyos sintiendo la suave humedad de Sayaka contra la suya. Comenzó a mecerse lentamente, bailando el abdomen hacia ella. Sayaka lo veía con los párpados entrecerrados, jadeaba en cada embestida. Las sensaciones, punzantes y profundas, la desesperaban. Eran mucho más impactantes que antes. Sentía su calor, un inmenso calor fundiéndose con el suyo en cada roce—. P-Presidenta…
Kirari sujetó su cintura para jalarla hacia ella. Presionó sus intimidades lo más que pudo, estremeciéndose por dentro, y continuó meciéndose más rápido. El codo de Sayaka se resbalaba por la cama, su rostro iba y venía, el pie colgaba sin sostén en el hombro de la presidenta. No podía cerrar la boca. Kirari, con una sonrisa, tampoco.
—Presidenta... ¡Ah! —Sayaka dobló los dedos en la sábana cuando cambió el ritmo lineal por uno circular.
Kirari giraba las caderas sobre ella, estiraba el cuello con una sonrisa placentera. Se estaba perdiendo, conteniendo de rodar los ojos debido a las estimulantes sensaciones que subían desde su centro en una marcha lenta. No podía pensar en nada más que en lo que estaba aconteciendo.
—Sayaka, esto se siente muy bien… Demasiado. —balbuceó, bajando el rostro con el aire comenzando a escasear. Mientras mejor se sentía, más quería de su secretaria. Se inclinó buscándola y besó sus labios.
Sayaka gimió contra su boca, flexionando la pierna que colgaba en su hombro. Kirari aceleraba las embestidas, volviendo el beso torpe y casi brusco. La escuchaba chocar contra su intimidad en sonidos viscosos que elevaban la vergüenza pero también la excitación. Meneaba el trasero hacia ella, clavaba las uñas en su muslo, sus clítoris se frotaban húmedos al borde de exasperarlas. Estaban llegando al límite. Sayaka en especial, quién ya había recibido bastante atención en su zona más sensible. Los pechos de Kirari saltando sobre los suyos no ayudaban a sosegarla. Sus pezones se rozaban, ese elegante cuerpo la aplastaba, la mente se emblanquecía y una pesada energía subía por los pies rápidamente anhelando liberarse.
—¡Presidenta! —exclamó, aferrándose de su espalda. Kirari la arqueó al sentirla y, abriendo bien los ojos, tuvo el placer de ver a su secretaria llegar primero— ¡Ah!
Sayaka comenzó a retorcerse debajo de ella con una expresión similar al dolor. Kirari estiraba las comisuras en una sonrisa cínica mientras los espasmos azotaban a su secretaria sin piedad y la cama gemía como una vieja cómoda por las sacudidas. Embistiéndose sobre ella, la observaba con una concentración que Sayaka, en medio del terremoto, vio cuando abrió los párpados con debilidad. Se asustó. Los ojos de la presidenta, ahora oscuros, estaban sobre ella. La penetraban como si fueran a devorársela. No estaba allí, esa mujer definitivamente no estaba allí.
Sino en la mejor apuesta de su vida.
—Sayaka… —la nombró con una voz sombría, atajando su cabeza por detrás. Poseída por un instinto primitivo, le mordió el labio inferior haciéndole soltar un quejido de dolor, y aceleró de tal forma las embestidas que un segundo orgasmo atacó a la indefensa Sayaka, cortándole la respiración de golpe. Desgarró su espalda con las uñas por la aguda sensación que explotaba en su cuerpo y Kirari levantó el rostro con placer al sentir el pinchazo. Y una oleada. Una intensa oleada que le dio vuelta el cerebro e hizo estallar a su intimidad— ¡Mh!
Se abrazó a ella y comenzó a tiritar sobre su cuerpo. Sayaka la miraba detenida en el tiempo. Kirari, quién nunca mostraba sus verdaderas emociones, ahora estaba rebalsando de ellas. Y gracias a ella. La felicidad que sentía era igual a la marca que se prendía fuego en el labio por esa mordida que no vio venir. Desconocía si el sexo debía ser así, con mordidas, rasguños y miradas que asustaban. Era su primera vez, no tenía con qué comparar. Pero de algo estaba segura: con Kirari no existía la normalidad. Todo cambiaba de forma, de significado, cuando se trataba de ella. Incluso hasta un momento cotidiano. Veía al mundo con unos ojos diferentes y se empecinaba en imponer aquella diferencia. Una mujer como ella, que era extraña e intimidante para los demás pero acogedora para su persona, jamás podría comportarse como un ser humano normal. No tenía esa capacidad. Podía fingir serlo, adaptarse a la sociedad entre mentiras y sonrisas sostenidas, pero su mente, siempre más allá de toda moral establecida, jamás podría cambiar. Al final del día, Kirari no podía evitar ser cómo era. Sayaka conocía esa virtud y a la vez defecto de su persona. Y por eso la amaba, porque era distinta. Porque, en esa distinción, Sayaka se encontraba también. Si lo que estaban haciendo era normal o no, no le importaba.
Después de todo, ella tampoco era normal.
Kirari, agarrándose con fuerza de sus hombros, comenzó a bajar el ritmo de sus caderas hasta que, liberando un largo suspiro, dejó de moverse. Su cuerpo se relajó, acomodándose sobre el de Sayaka, quién, con la poca energía que le quedaba, enredó los brazos en su espalda húmeda.
El silencio, ausente por un buen rato, volvió para llenar al ambiente de calma. Kirari respiraba de forma entrecortada en su cuello, no hablaba. Sayaka, recuperando el aliento, sentía sus labios sonrientes en la piel. Decidió imitarla, manteniendo el silencio. Disfrutaba escuchar sus respiraciones fatigadas resonando al unísono.
—¿Te desmayaste? —preguntó Kirari luego de un momento. Sayaka sonrió con los ojos fijos en el techo. Le acariciaba la nuca descubierta, enredaba los dedos en los pocos cabellos que caían por su espalda, despeinados. Kirari tenía los ojos cerrados como un animalito. Esas caricias la inducían a un sueño absoluto. Y creía merecerlo.
—Casi. Eres un poco bruta, presidenta.
La llamada presidenta rió en un murmullo y se incorporó con los codos para verla. Se inclinó a sus labios y los besó. Sayaka abrió la boca, permitiéndole la entrada. Sus lenguas se enredaban entre suspiros agotados.
—Te lo dije antes de empezar, que lo sentía. El que avisa no traiciona.
—¿Sabías lo que ocurriría? Contigo. —Sayaka preguntó con una sonrisa adormecida. Kirari le respondió con la misma.
—La verdad, no sabía cómo iba a reaccionar. Pero, como estaba tratando con Sayaka, intuí que perdería el control. —Kirari hizo una pausa, derivando los ojos a su labio inferior. Tenía un tajito de sangre en el medio—. Te mordí muy fuerte… ¿Te duele? —Lo acarició con el pulgar. Sayaka agrandó la sonrisa.
—No, me gustó.
Kirari se echó a reír. Sayaka escuchaba en su risa un verdadero alivio. Y, en sus ojos, leía escrito: gracias por aceptarme.
—No podría ser de otra manera contigo —contestó, desplomándose a su lado. Estiró el brazo hacia ella, llamándola. Sayaka se acomodó en él y Kirari lo dobló para acercarla a su cuerpo— ¿Aún no tienes hambre?
—Tengo un poco, pero el sueño me está ganando. —Sayaka refregó la mejilla en su brazo, bostezando. Kirari le acariciaba la cabeza con los ojos cerrados y una sonrisa amena.
—A mí también. Entonces, durmamos. Mañana desayunaremos como reinas.
—Sí... —Sayaka ya no sabía de qué estaban hablando. En realidad, luego del segundo orgasmo perdió la noción de todo. Hablaba de forma automática, todas las dudas que tenía antes no existían; no había nada en su cerebro. Temía que las dudas volvieran al despertar, y tal pensamiento caótico la llevó a plantearse el expresarlas antes de que fuera tarde. Pero no creía correcto asaltar a la presidenta con una catarata de preguntas, no justo ahora. Rompería la magia. Y lo único que quería era disfrutarla lo más que pudiese—. Quiero tocarte... No pude hacer nada por ti.
Aquello llamó la atención de su compañera de cama, quién abrió los ojos para mirarla con una sonrisa burlona. Sayaka exigía una tarea que, según su percepción (y la de cualquiera), no sería capaz de cumplir. Se le cerraban los ojos.
—Tenemos todo el tiempo del mundo, Sayaka. Si lo haces ahora, temo que te quedes dormida en medio de la exploración. Eso no sería una buena noticia para mí. La idea de dejarme a medias ya suena en demasía tortuosa.
—Supongo que tienes razón... Lo siento. Prometo satisfacerte la próxima vez, presidenta.
Su lamento le hizo reír. ¿Acaso sus expresiones no hablaron por sí solas? ¿No percibió su temperatura elevada?, ¿hizo oídos sordos a los placenteros sonidos que emitió o quizás carecía del sentido del tacto? Porque la había, literalmente, empapado allí abajo con su propio néctar. ¿En qué mundo estaba girando Sayaka como para no darse cuenta de que estaba completamente satisfecha? Uno inentendible, se contestó. No podía alcanzarla. Hiciera lo que hiciera, esa lógica, que para ella carecía de razón, era inalcanzable. Y le encantaba que así fuera.
—Estoy más que complacida, querida. Deja de castigarte y duerme. —ordenó, impulsándole la cabeza al hombro.
Sayaka asintió, sin fuerzas para argumentar en contra, y se acurrucó en su cuerpo. Allí, con su amada presidenta, decidió entregarse al momento. Y, por primera vez, apagó la mente de manera consciente.
—Presidenta, muchas gracias por cuidarme hoy.
Kirari observaba cómo sus ojos se iban cerrando progresivamente. Se puso de costado y enredó un brazo en su cintura para acurrucarla en su pecho. Sayaka subió las manos por su espalda y se abrazó a ella con la última lucecita prendida que le quedaba. No tardó en apagarse. Las de Kirari, por el contrario, seguían bien encendidas a pesar del sueño. Sus ojos no se despegaban de los suyos cerrados. Bajó las pupilas, fijándolas en el tajo que tenía en el labio. Lo acariciaba para borrar la sangre, pero ya estaba seca. La mordió sin pensar, perdió el control. Ella, quién tenía un control extremo de su mente, lo perdió en un momento crucial.
Le preocupaba.
En las apuestas se permitía perderse. En sí, eso buscaba; sentir el riesgo, el terror y la desesperación. Verse en llamas. Pero Sayaka era otro tema. Ella, junto a su hermana, era la única persona en el mundo que, a su modo, quería cuidar. Cuidar, no lastimar. Hoy fue un tajito, ¿y mañana qué sería? ¿Qué haría su subconsciente para marcarla como suya? Gracias a esa sesión donde finalmente sus sentimientos explotaron, se dio cuenta de que alguien más vivía dentro de sí. Alguien que, por primera vez en su vida, consideró retorcida. Esa persona mezclaba la intimidad con el peligro, el amor con la posesión y el miedo con la diversión. La llevaba a un punto tan alto de placer que sus instintos primitivos se despertaban a los gritos, acallando a la consciencia. No era de su agrado, no en la cama. Si continuaba así, asustaría a su querida secretaria, quizás hasta el punto de alejarla. Inaceptable. No dejaría salir de nuevo a esa bestia. En la cama con Sayaka no debía perderse así, incluso aunque ésta fuera la culpable de que se perdiese.
—Sayaka..., perdóname.
Fue lo último que se escuchó. Una disculpa directa del corazón que, Sayaka, lamentablemente no pudo oír.
Luego, solo respiraciones templadas inundaron la habitación.
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Sayaka caminaba por los pasillos de la academia con un libro en la mano. Lo iba leyendo. Tenía un examen en quince minutos. Aunque ya se sabía las doscientas páginas de memoria, decidió darle un último repaso por las dudas. Su reputación dependía de ese examen.
Frenó los pies en una puerta continua a la sala del consejo estudiantil y la abrió. Comparada a la oficina donde solía pasar el tiempo, a esa le faltaba espacio. Allí estaban los casilleros de los miembros del consejo, por ende, también el suyo. En general, no solía cruzarse a nadie. Los demás no se interesaban en buscar los libros o dejarlos, apenas concurrían a clases. Se la pasaban apostando, descuidando los estudios que, como fuere, no eran de vital importancia en aquella academia. Sayaka, la única que les daba importancia, ya se creía dueña de ese lugar. Le tenía cariño. Cada vez que se sentía ofuscada o con mucha presión encima, se encerraba ahí para respirar y escapar del caótico mundo de las apuestas al menos por un rato. A la única que solía encontrarse, daba la impresión que en la misma situación que ella, era a Ririka. A veces aparecía como un fantasma, sigilosa y sin presencia. Digamos que ahí fue donde comenzó a caerle bien, ya que era inevitable no intercambiar alguna que otra palabra al estar las dos solas. Kirari no lo sabía (o quizás sí), pero Ririka se quitaba la máscara para hablar con ella. Por supuesto, Sayaka conocía el secreto de las gemelas desde hacía años. Y lo guardaba bajo un pesado candado de interminables combinaciones.
Balbuceando oraciones del libro, abrió su casillero distraída. Dijo en voz alta una última frase, asintió con una sonrisa confiada y cerró el libro para guardarlo.
—Bien, estoy lista.
—¿Para mí?
Se sobresaltó cuando una mano se estampó en la puerta del casillero, cerrándola. Vio unas uñas celestes familiares y giró el rostro, tropezándose con la sonrisa de la presidenta.
—Conque aquí es donde siempre te escondes… —Kirari le echó un vistazo a la sala con un aire de superioridad—. Encantador.
—B-Buenos días, presidenta. —Sayaka hizo una reverencia torpe. Kirari levantó una ceja y estampó la otra mano en los casilleros, dejándola encerrada.
—¿Qué clase de saludo es ese?
—¿Huh?
—Desde que te llevé a tu casa que no me diriges la palabra, ¿puedo saber la razón por la que estoy siendo ignorada?
—E-Era el fin de semana. No quería molestarte.
—¿Molestarme? —inquirió Kirari, sujetándole el mentón. Se inclinó y rozó sus labios. Sayaka entornó los párpados, sonrojándose—. Luego de lo que ocurrió entre nosotras, no me molestaría ser interrumpida por ti. Ya deberías saberlo.
Sayaka desvió la mirada, apretando las manos entre sí. Kirari la observaba apacible, pero por dentro un revoltijo con forma de temor la molestaba. Temía que su bestia interior la hubiera asustado.
—Es que… —Comenzó a decir Sayaka, pero se arrepintió bajando la cabeza. Kirari levantó su mentón.
—¿Qué?
—… No sé cómo reaccionar o qué hacer. Desconozco lo que pasa por tu cabeza o porqué hiciste lo que hiciste conmigo. Hoy iba a preguntarte, pero estaba juntando valor para hacerlo.
La presidenta tuvo un momento de suspensión y luego se contuvo de reír. Eso no funcionó muy bien. Terminó soltando una carcajada que desconcertó a su secretaria. Alivio llamando a la puerta. Sayaka no la entendía, para variar. Y Kirari tampoco la entendía a ella. Hoy no sería el día en el que rompieran esa rutina. En todo caso, procedería a lo de siempre: dar explicaciones.
—Sayaka, tuvimos sexo porque me gustas.
Directa, fue muy directa. El calor trepó por las mejillas de su secretaria hasta casi hacerle expulsar humo por las orejas.
—¿Crees que haría eso con cualquiera? Aunque no estoy en contra del sexo casual, si dices que sí, te advierto que te despediré.
—Tu discurso es un poco contradictorio, presidenta…
—Lo digo en serio. Voy a despedirte, aquí y ahora. ¿Piensas que no puedo? Es cuestión de chasquear los dedos y ¡bang! estás fuera. —sentenció, doblando el pulgar sobre el índice en una pistola.
Sayaka sintió su dedo clavado en la frente y, como si fuera una pistola de verdad, temió por su vida. Los ojos de la presidenta eran severos, su sonrisa lúgubre la inquietaba. Sí, hablaba en serio. Y ahora no le quedaba otra que arrepentirse de su comportamiento evasivo para conservar el trabajo.
—Yo… ¡perdóname! —Hizo otra reverencia—. Es solo que… estoy un poco perdida.
—¿Oh? Entonces…, yo te guiaré.
Kirari dio un paso adelante, sumiendo una rodilla en medio de sus piernas, y jaló su mentón para besarla. Sayaka cerró los ojos, chocando contra sus labios e intentando no pensar en esa rodilla que le frotaba la intimidad, sigilosa. Comenzaba a nublarse, sus besos le nublaban el raciocinio y no era momento de perderlo.
—P-Presidenta… —La llamó, apartándola por los hombros—. Tengo un examen en diez minutos.
—No vayas. —contestó con desinterés Kirari, sujetando su mejilla y asomando la lengua. La deslizó por su labio superior. Sayaka corrió el rostro, sonrojada.
—¡Tengo que ir!
A la presidenta no le agradaba que insistiera en abandonarla. Era consciente de que Sayaka se pasaba de aplicada, ¿pero la tenía enfrente como siempre quiso y prefería un examen? ¿Estaba buscando una excusa para escapar? Volvió a temer. Quizás sí había marcado de alguna manera su psiquis al mostrarse un poquito desenfrenada la otra noche. ¿Sayaka tenía miedo de ella? Quería preguntarle, pero no se permitía caer en una cuestión insegura. El orgullo le pesaba.
—Supongo que no puedo impedir que cumplas con tus queridos deberes académicos —dijo con un toque de burla—. Ganaste, ya no tengo municiones. Eres libre de irte.
Sayaka esbozó una sonrisa al ser comprendida y asintió dispuesta a retirarse para cumplir con su deber. Se tranquilizó. La presidenta le había dicho que le gustaba, dispersando las dudas que le dejó aquel encuentro fortuito en su cama. Listo, no fue sexo casual. Asunto resuelto. Era tiempo de moverse. Sin embargo, no podía. No con la imagen que tenía frente a sus narices. Kirari, todavía con una mano en el casillero, miraba al costado de forma pensativa. Su sonrisa seguía ahí, perfecta, pero era falsa. Extremadamente falsa. Algo estaba rondando por su mente; lo veía en sus ojos duros. Un pensamiento fijo que, estaba segura, le preocupaba.
—¿Qué sucede? —preguntó, agarrándole el brazo. Kirari giró el rostro hacia de ella de un modo robótico. La sonrisa creció.
—¿Habrá algún día que no pienses de más, Sayaka? Vamos, ve a tu examen. —Le dejó el paso libre. Sayaka no se movió. La miraba con seriedad.
—¿No confías en mí, presidenta?
Kirari le devolvía la mirada con indiferencia.
—Sé que algo te preocupa, pero… desconozco lo qué es porque no puedo entenderte. Nunca lo haré. —Sayaka apoyó la espalda en el casillero con una sonrisa lamentable—. Sé que esa es nuestra magia, pero a veces me gustaría entenderte un poco. Quizás así podría ayudarte mejor.
Kirari relajaba los párpados mientras la escuchaba. Con una voz dulce, Sayaka le contaba sus sentimientos. Y éstos sí eran fáciles de leer y comprender. Lo que no comprendía era cómo pudo caer en una inseguridad tan básica apreciándose a sí misma como una deidad. Sayaka no le tenía miedo, nunca lo tuvo. Era ella quién lo tenía; un terror profundo a ser rechazada por la única persona que la aceptaba. Quizás era más humana de lo que quería reconocer. Se halló sonriendo de una manera sincera, aceptando sus defectos humanos que esa chica despertaba con facilidad. Sayaka era, indudablemente, la única talentosa que podía despertarlos.
—De verdad…, eres fascinante.
Sayaka dio un paso atrás, sorprendida, cuando Kirari se le fue encima para abrazarla. Cruzaba los brazos con fuerza en su espalda, la apretaba en su pecho al punto de ahogarla. No podía moverse, estaba atrapada por un pulpo.
—Sí, tienes razón. Estoy preocupada, Sayaka. Y tú eres la única culpable de mi pesar —murmuró, subiendo una mano por su espalda. La metió dentro de la camisa para acariciarla en suaves compases que le erizaban la piel—. El otro día, por un momento, me miraste con miedo.
Sayaka, presa de la confusión, empezó a hacer memoria buscando ese impensable momento. Todo la llevó a terminar en su cama. Puso muchas expresiones en ella, y no es como si hubiera tenido un espejo en el techo para mirarse. No obstante, si Kirari se refería a una específica, debía ser…
—¿Hablas de esto? —Se señaló el labio; ya casi nada quedaba del tajito—. Te dije que me gustó. Si en algún momento me sorprendí no fue por tu actitud sino por tus ojos.
—¿Mis ojos? —inquirió la presidenta con curiosidad. Sayaka asintió con una sonrisa.
—Sí, eran similares a cuando te diviertes apostando. Y no sé si te has visto en un espejo, presidenta, pero dan un poco de miedo. —Se tomó un instante para tragarse una risita—. Sin embargo, no los odié. Yo amo todo de ti, incluso tu locura.
Kirari frunció los dedos en su espalda. Lo sabía; sus ojos la expusieron. Sayaka dio en el blanco. Por un momento, en medio del clímax, se sintió en una excitante apuesta. La más importante de todas. Estaba apostando su corazón, su libertad y el futuro. Pero era una apuesta tramposa. Kirari ya había perdido mucho antes de que sus cuerpos se unieran. Posiblemente, perdió cuando Sayaka apareció tres años atrás en su vida. Y era una derrota que le hacía sonreír, porque la ganadora permanecería para siempre con ella. Una derrota que se sentía victoria, una ironía de la vida.
—Veo que mis expresiones me jugaron en contra, una mala partida de mi parte. —Kirari la soltó de a poco y descansó la espalda a su lado. Sonreía con la cabeza gacha—. Sayaka, tú no eres una apuesta para mí. Solo quería aclararlo. El miedo que sentí al estar contigo, el placer y la diversión... Esas sensaciones no las reservo solo para las apuestas, simplemente soy así con todo lo que me apasiona. Pero, como sabes, no hay muchas cosas que me apasionen en la vida. Tú eres una de ellas. Por eso... quizás me dejé llevar un poco. Trataré de controlarme la próxima vez.
—No quiero que te controles.
Kirari la miró con profundidad. Sayaka le sonreía con calma.
—¿No lo dije recién? Me gusta cómo eres, presidenta. Por eso decidí seguirte. De hecho, me ofende que pienses que tú eres la única rara aquí.
El amor incondicional de su secretaria golpeaba duro en el corazón, el cual, al sentirse atacado, mandaba una alerta inmediata a sus labios para hacerla reír. Sayaka veía una carcajada burlona, cuando en realidad aquello era una forma de ocultar la vergüenza porque no sabía cómo responder. Sí, Kirari se consideraba tímida respecto a los sentimientos. Pero nunca se lo relevaría, aunque intuía que ella conocía la verdad muy dentro de sí.
—¿Y se supone que ahora debo dejarte ir luego de escuchar tal confesión de amor? —le dijo, acercándose despacio. Tomó su mejilla, acorralándola contra el casillero. Sayaka se dejaba estar manteniendo la sonrisa.
—Um… ¿Sí? No puedo reprobar ese examen, ¡moriré de angustia si lo hago!
Kirari volvió a reír, acariciándole la cabeza. Le creía. Si reprobaba, la tendría llorando en un rincón por una semana. Quizás por meses. No comprendía como algo tan insignificante como un examen podía condicionarle la existencia. Pero ese era su encanto, ser tan dedicada. Sayaka era capaz de hacer lo que fuera por ser la número uno.
—Eres única, Sayaka —murmuró, bajando la vista a sus labios— ¿Me das un beso?
Sayaka levantó las cejas.
—¿Por qué lo preguntas? Sabes que eres libre de robarlo.
Kirari se inclinó para juntar sus frentes con una sonrisa pacífica.
—Quiero que me lo des tú.
No entendía el capricho de la presidenta; para Sayaka era lo mismo quién diera el primer paso. Pero, si para Kirari era importante, ella obedecería.
Sostuvo su mejilla y deslizó los dedos por ella, inclinando el rostro. Presionó sus labios. Kirari cerró los ojos, pasando las manos por la parte baja de su espalda en caricias lentas. Entrelazó los dedos allí y se dedicó a besarla, moviendo acompasadamente el rostro contra ella. Sayaka giraba la lengua sobre la suya, besaba sus labios cada vez más fuerte. Los había extrañado horrores. Todo el fin de semana lo único que hizo fue pensar en ella y nadar en los recuerdos de su cuerpo, su tacto y el dulce aroma que la envolvía. De pronto, se dio cuenta de que estaba sensible. Y ser la que accionara, la que tomara el mando, sumaba una especial emoción que le hacía sentirse más alta que ella, más fuerte que ella. Quería verla desarmada, devolverle el favor de la otra noche con caricias y besos interminables.
Dejándose llevar, se volteó, estampando a la presidenta en el casillero, quién feliz del arrebato, la apegó a su cuerpo por la espalda para profundizar la unión. Levantó su labio superior con la punta de la lengua, juguetona. Sayaka sonreía en el beso, subía una mano por su abdomen. Sin pensar, apretó uno de sus pechos. Kirari abrió los ojos para ver cómo sus dedos se cerraban en esa piel blanda que comenzaba a sensibilizarse. Mientras más Sayaka presionaba, más sentía que la respiración la traicionaba. Una caricia más y no la dejaría ir.
—¿No tenías un examen…? —le preguntó, deslizando los dedos por su coleta. Sayaka levantó los párpados con lentitud y procesó la información un segundo. Sus pupilas saltaron.
—¡Mierda! ¡Me tengo que ir! —exclamó, desprendiéndose de sus labios.
Kirari, cruzada de brazos y riendo, se limitaba a disfrutar la cómica escena de Sayaka abriendo el casillero apresurada para sacar su estuche de útiles. Lo cerró y, de paso, también se quedó enganchada.
—¡Esta mierda…! —mascullaba, jalando el borde del saco que se resistía a abandonar el casillero— ¡Si llego tarde tendrás que hacer algo al respecto, presidenta!
—No te preocupes, sobornaré al profesor.
—¡Es bueno saberlo!
Sayaka por fin logró liberar el saco y giró los pies para irse corriendo. Pero Kirari, no conforme con esa despedida brusca, le tomó el brazo. La jaló hacia ella para empujar sus labios.
—Un beso de la suerte. Haremos el resto después… —musitó, pasando los dedos por su pecho.
Sayaka parpadeó sobre sus largas pestañas y sonrió con las mejillas coloradas.
—No necesito tal suerte, pero gracias. —contestó con altura. Una que a la presidenta encantó. Ésta última le abrió la puerta de la sala e hizo una reverencia de despedida digna de la realeza. Sayaka asomó los dientes en una risita avergonzada y la saludó con la mano antes de salir corriendo.
—Y ahí se va mi secretaria infiel. Dejarme por un examen… Ja.
Kirari permaneció observando el pasillo donde desapareció con unos ojos pensativos. Se tocó los labios, recordando el beso de Sayaka y aquella caricia inesperada, y un calor creciente subió por su rostro acentuándose en las mejillas. Se desorbitó. ¿Estaba nerviosa, ansiosa, excitada? No lo sabía. Respecto a las emociones, se declaraba incompetente. Le costaba asimilarlas y entender el significado detrás de ese fuerte latir que le cerraba el pecho. Era un poco incómodo. Pero, al mismo tiempo, le gustaba esa sensación profunda que la recorría en un hormigueo. Le hacía sentir viva y entusiasmada como una niña.
—Hm... Qué inusual. —Cerró los ojos, sonriendo, y viró los pasos para abrir la puerta de al lado: la del consejo estudiantil—. De verdad, eres un as de corazones, Sayaka.
Entró a su oficina a paso firme y con la frente en alto, como la reina que era. No podía permitirse mostrarse débil ante los demás. Aquella frágil porción de su existencia solo sería vista por Sayaka, su inigualable número uno.
Fin
¡Hoooli! Segundo One-shot entregado. Si llegaron hasta acá, ¡gracias por leer! Espero que lo hayan disfrutado.
Nos leemos en el próximo :)
