Hooli, ¿todo bien? Espero que sí. Dejo el tercer One-shot por acá. De paso, hago unas aclaraciones.
Advertencias: historia de temática delicada que puede herir la sensibilidad del lector/a. Toca temas como el maltrato físico. Dado el aviso, queda en la responsabilidad de unx seguir leyendo.
Aclaraciones: en este One-shot también participa bastante Ririka, además de haber Kirasaya. Siempre me dio curiosidad la psiquis de Kirari. Si la miramos con ojos reales (dejando de lado la idealización ficticia) nos queda enfrente un personaje con algún tipo de Trastorno de la personalidad (opino que narcisista). Creí que explorarlo desde la infancia tenía más sentido que saltar directamente a la adultez (porque muchos de nuestros cables se conectan en la infancia, también los negativos). Obviamente la Kirari de ésta historia es solo una interpretación mía, la verdad detrás del personaje solo la tienen los grandiosos autores de éste manga. En resumen, creo que Kirari es un personaje bastante complejo y atractivo para deconstruir.
Con todo aclarado, los dejo con la lectura. Desde ya, ¡muchas gracias por leer!
Las lágrimas de la presidenta
Momobami Kirari nunca lloró en su vida.
Ni siquiera en la etapa más frágil, la niñez, Kirari demostró dolor o felicidad en un llanto. Cuántas razones hay para llorar en la vida de una niña; muchas. Desde un simple capricho no cumplido por los adultos hasta las exigencias de los mismos que, en este caso, pedían demasiado a una niña de tan solo once años. Y ni hablar de los golpes típicos de la edad causados por la curiosidad y las ganas de explorar al mundo. Todo puede hacerte llorar.
Pero a ella no.
Cuando Kirari, traviesa e inquieta por naturaleza, corría envuelta en un Kimono por los inmensos jardines de su hogar persiguiendo a uno de los tantos gatos que se colaban en éste, la torpeza, convocada por sus frenéticos pies, la llevaba a terminar de cabeza contra la tierra. Ella, sin un solo quejido de dolor, se incorporaba con las manos sucias y se miraba la rodilla ensangrentada con una sonrisa dura. Dolía, ardía mucho, tenía la piel pelada. Y nada huía de sus ojos. No enrojecían, no mostraban emoción alguna, excepto la adrenalina misma. Le parecía fascinante cómo la sangre, espesa y roja, se resbalaba por su pierna en un cosquilleo helado que le oprimía el pecho por la impresión.
«Somos frágiles»
Asumió ese día. Y con esa revelación la adrenalina subió de nivel, pero también una curiosidad que, al levantar la vista y tropezarse con el gato naranja que perseguía, se manifestó.
Maullidos desgarradores hicieron eco en el jardín.
«¿Qué tan frágiles?»
Se preguntaba, apretando el cuello del gato con una sonrisa en donde Ririka, su hermana mayor, vio todo tipo de siniestros significados. Parada a su lado, sin la máscara y con una expresión aterrorizada, se echó a llorar. Ella, contrario a su hermana menor, era experta en eso. Pero no sabía sonreír.
—¡Déjalo!
Ririka jalaba su brazo entre lágrimas sin conseguir ningún cometido. Kirari reforzaba el agarre estirando la sonrisa, el gato se revolvía histérico en el suelo, la rasguñaba como podía para escapar. En sus ojos, verdes y afilados, se veía el horror que lo invadía, el desequilibrio de no entender porqué estaba siendo maltratado. De a poco su maullido se iba extinguiendo, las patas caían. Su atacante le robaba la fuerza.
—¡Por favor, Kirari, déjalo!
—¡Quiero ver cuánto puede aguantar! —exclamaba Kirari, alejando a Ririka con la mano libre, quién se le tiraba encima gritándole.
Inocencia pura, la travesura de un niño. En su mente, libre de moral alguna, Kirari no comprendía la importancia de una vida, de arrebatarla y cargar con ese pecado. Para ella, curiosa antes que humana, la vida cobraba importancia si era reconocida por otra. Por ella. Ahorcaba a ese gato como si estuviera jugando a la pelota en un día pacífico. Para ella era eso, un juego; uno de exploración y resistencia. Quería ver cuánto podía luchar contra su persona, cuánto resistiría antes de caer en un desmayo que lo llevaría a la inminente muerte. Si él lograba escapar, se ganaría su reconocimiento y libertad. Sino, la muerte sería su premio.
—¡Por favor, por favor, por favor! —Ririka continuaba jalando su brazo en un llanto tan quebrado que se le hacía difícil respirar. Tenía la nariz tapada, el pecho hundido y una sensación de pánico transitaba por su cuerpo en un hormigueo. Ella sí valoraba la vida, incluso aunque no fuera tratada como humana.
Kirari la espió de reojo. Ririka le clavaba las uñas, chillaba peor que ese gato. Era molesto. Le estaba arruinando el juego.
Poco a poco fue aflojando el agarre en ese cuello blando y suave. El gato se desplomó en la tierra. Allí quedó, inmóvil como si estuviera petrificado. Ririka, con espasmos por todo el cuerpo debido al llanto, lo tomó en sus manos temblorosas como un objeto preciado. Kirari se puso de pie, quitándose la tierra del Kimono, y observó con indiferencia los ojos agrietados de su hermana.
—¿Por qué lloras? Estábamos jugando.
Ririka se abrazó al gato, gimoteando. Refregó la cara en su pecho peludito, empapándolo de lágrimas. Lloraba con la boca abierta, con el aliento entrecortado.
—¡Lo mataste!
—No pasa nada, hay un montón de gatos. Mira, ahí hay uno. —Kirari señaló al frente; un gato negro contemplaba todo parado en la cerca del jardín. Sus ojos dorados resaltaban como dos focos de luz— ¿Quieres que lo traiga?
—¡No! —Ririka negaba desconsolada sobre el cuerpo del felino. Kirari no entendía por dónde pasaba su tristeza, ¡había muchos más gatos para jugar! Hacía fuerza, se quemaba el cerebro para entender, pero no había manera. Su talento nato radicaba en leer mentes, no sentimientos. ¿Quizás ese gato era su favorito? Se preguntó.
—Ririka, puedo conseguirte uno igual —le dijo, inclinándose. Puso una mano en su cabeza con una sonrisa—. Vi muchos gatos naranjas merodeando por aquí. Seguro son hijos de ese, ¡eran igualitos!
Mientras más hablaba, más Ririka quería gritar y salir corriendo, espantada. Había destruido a una familia y no le importaba. Hablaba de ese gato como si fuera un juguete que se rompió de tanto utilizarlo. "Cosas que pasan, compraremos otro", es lo que Kirari le decía. De todos los actos malvados que pudo haber hecho, ese fue el peor. Su hermana era la oscuridad misma, sin embargo, sus ojos brillaban con una luz inocente que, cuando los miraba, le hacía sentir abrazada y con una necesidad de perdonarla. Era un demonio con alas blancas o un ángel con alas negras. Nada concreto. Incluso siendo su hermana gemela, no comprendía su naturaleza.
—Voy a buscar otro gatito para ti. —Kirari se enderezó y miró los alrededores para ver si encontraba alguno. Mientras, Ririka sollozaba bajo en el pecho del gato. Se aferraba a él con fuerza, como si así pudiera hacerle una transfusión de energía para revivirlo. Cerró los ojos con dolor, despidiéndose de él en sus adentros, pero volvió a abrirlos enseguida al sentir un leve movimiento. Un latido, dos. Su corazón aún latía. Débil, pero latía.
—¡Está vivo! —exclamó con una sonrisa aliviada que captó la atención de la menor— ¡Kirari, está vivo!
La nombrada fijó la vista en el gato con desdén. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta y respiraba agitado. Veía su pecho subir y bajar rápidamente, y unas ansias de aplastarlo iban surgiendo impulsadas por un sentido de justicia divino.
—Aunque viva, perdió el juego cuando tú lo ayudaste —respondió, haciendo un ademán con la mano—. Dámelo.
Ririka se abrazó a él a la defensiva.
—¿Q-Qué vas a hacer?
—Matarlo, te dije que perdió. Las reglas son las reglas.
El terror que se había dormido, apenas curado con caricias filosas, volvió a despertar en Ririka. Kirari le sonreía desde lo alto y, en sus ojos bien abiertos, oscuridad. Una oscuridad penetrante y profunda que la arrastraba hacia ella como si le estuviera jalando los brazos. En ese momento, en su primera pelea, Ririka entendió a quién tenía como hermana.
—Cómo puedes ser así… ¡Eres un monstruo! —Se levantó con el gato en brazos. Kirari pestañeó con ingenuidad.
—Pero si no puede moverse, de todos modos ya no te sirve. Te conseguiré uno mejor. —contestó, acercándose con la mano en alto. La mayor se fue hacia atrás al concebir esa imagen aterradora.
—¡No me toques!
El desgarrador grito de Ririka subió por el aire hasta dispersar los pájaros en el cielo. Kirari quedó paralizada en el lugar.
—¡Eres lo peor! ¡Te odio!
Salió corriendo con el gato en brazos, y, entonces, Kirari sintió dolor por primera vez. El rechazo de su querida hermana, única persona que adoraba y que supuestamente la aceptaba, excavó hondo en su pecho. Bajó los párpados con toda la intención de llorar, de hacer un berrinche como la niña que era, pero nada ocurría. Sus ojos estaban secos, no contaban nada. Las manos se abrían y cerraban nerviosas, como si así pudieran inducir al llanto. Nada. Todo pasaba por dentro. Furiosas oleadas le azotaban el corazón. La tristeza, queriendo participar también, se lo estrujaba. Pero ella seguía sonriendo de manera hermética.
Ese día comprendió que no tenía la capacidad de llorar.
Y que la única capaz de hacerle sentir era su hermana gemela, pues, ni el hecho de cometer un asesinato (fallido) le revolvió el corazón. En cambio, su hermana, con una sola huida lo destruyó. Se había quedado sola. Ahora estaba sola. Continuó tratando de llorar, de expulsar la agonía que sentía. De nuevo, nada.
Ella, simplemente, era distinta a los demás.
Y esa distinción la separaba del mundo conocido por los mundanos. Nunca encajaría en ningún lugar, nunca nadie la aceptaría. Como la cabeza del clan Momobami, siempre estaría rodeada de gente. Pero como individuo que era, siempre estaría sola. Ese era su destino.
Levantó el rostro hacia el cielo gris con los ojos apagados.
«Entonces, tendré que crear mi propio lugar»
Un lugar que, a futuro, le llamaría "El acuario". Un lugar donde todos, sin excepciones, deberían ser igual a ella y asumir los riesgos de ser ella.
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Perderse en los días de su niñez no era un hábito común en la presidenta del consejo estudiantil. Pocas veces recordaba el pasado. Y, si sucedía, era porque se lo recordaban contra su voluntad. Pero hoy se hallaba curiosamente melancólica. Le echó la culpa a la imagen serena que tenía enfrente. Cruzada de brazos y sentada en una de las bancas del campus de la academia, contemplaba a su secretaria sin que ésta se diera cuenta.
Sayaka, en un lugar apartado de la muchedumbre, estaba agachada al lado de un árbol de cerezos. Tenía la mano abierta y un gatito blanco comía de ella. Era un cachorro, parecía desnutrido. No sabía que a Sayaka le gustaran los animales. Ella solía mirar con cierto amor a los peces del acuario, pero asumió que era porque veía su rostro presidencial reflejado en ellos. Se equivocó; una sorpresa. A Sayaka le gustaban lo suficiente como para incluso llegar tarde a sus deberes. Fue a buscarla personalmente por eso. Digamos que le preocupó.
«Sayaka nunca llega tarde, quizás le sucedió algo», pensaba mientras atravesaba los pasillos para salir al campus de la academia, dado que en el interior no la encontraba por ningún lado.
Se preocupó por nada.
Ahí estaba la otra persona que le hacía sentir, con una expresión tranquila y dándole de comer a un gatito. A diferencia de su hermana gemela, esa chica la aceptaba con todas sus extrañezas, incluso aunque no las comprendiera. En otras palabras, era un bicho raro como ella. Cuando creía que estaría sola toda la vida, que tendría que vivir sabiendo que un lado de Ririka la despreciaba, de imprevisto un regalo cayó del cielo (o subió del infierno) para convertirse en su compañera de viaje. Ese regalo ya llevaba tres años con ella.
Sonrió desde la banca y se levantó para dirigirse hacia su fiel secretaria. Ahora, siendo adulta, entendía porqué Ririka le suplicó que no matara al gato naranja ese día. Estaba cometiendo una atrocidad, un acto desalmado y prohibido por la sociedad. No tenía razón para hacerlo de nuevo, no lo haría. Sin embargo, tampoco se arrepentía. ¿Qué diferencia había entre pisar una hormiga y matar a ese gato? Se preguntaba en su niñez. Nadie se preocupa por la pobre hormiga que pisamos diariamente al caminar, nadie se para a pedirle disculpas por haberle quitado la vida. Entonces, ¿por qué con el gato debería ser diferente? Ambos son seres vivos, ¿por qué tienen compasión por uno y no por el otro? Porque uno es tomado como mascota, el otro no. Porque uno tiene sentimientos; ¿acaso el otro carece de éstos solo por ser más pequeño? Los dos son animales. Si están vivos, sienten. ¿Y qué hay de los cazadores?, ¿a ellos no los juzgan por matar? ¿Y los humanos que comen carne?, ¿qué pasa con eso? Ellos también matan. Todos matan con la excusa de "el fin justifica los medios". Entonces, ¿quiénes son ellos para juzgarla? Hipocresía, pura hipocresía, no dejaba de pensar en esa época. Al menos ella trataba a todos por igual, humanos y animales, incluso aunque no sintiera nada por ellos. Para sentir debía haber un lazo, y ese gato naranja no significaba nada para ella. Era un juguete más, común y reemplazable. Una hormiga del montón. En cambio, el gato que ahora estaba observando sí cobraba significado.
Porque a Sayaka le agradaba.
—¿Ocupada?
Sayaka levantó la vista, encontrándose con la presidenta inclinada hacia ella. Le sonreía.
—¡Presidenta! —Se puso de pie con torpeza. El gato continuó comiendo del suelo unos pedacitos de pescado— ¡Juro que estaba yendo para allá! Pero...
—¿Me robaron tu atención? —Kirari bajó la vista al felino y se agachó para acariciarlo. El gatito ronroneaba cuando pasaba la mano por su lomo—. Al menos fue un gato y no una persona.
Sayaka sonrió, aliviada de que no estuviese enojada. Flexionó las rodillas para ponerse a su altura.
—Lo veo seguido por aquí, supongo que vive en el campus —comentó—. Pero nadie le da de comer, así que hoy decidí darle un poco de mi desayuno.
—Hm… No sabía que eras amante de los animales, Sayaka —respondió Kirari, rascándole el mentón al felino. Éste subía la cabeza ronroneando más alto. Le daba paz escucharlo.
—En realidad, no lo soy. Pero este gato… No sé, lo vi muy solo. —Sayaka le acarició la cabeza. El gato se refregaba contra su palma, contento de tener cuatro manos que lo acariciaran—. Me recordó a usted.
Kirari ensanchó los ojos. Una instantánea pesadez, que vino acompañada de amargos recuerdos, le cerró la garganta. De pronto le costaba mantener la sonrisa en su lugar. Sus comisuras temblaban, la mano sobre el gato también y una sensación de pérdida de control se acercaba. Ésta se insertaba en el pecho, avisándole que en cualquier momento dejaría de ser ella. No entendía qué sucedía con su cuerpo. Temiendo caerse, se levantó. Sayaka la siguió, extrañada por su comportamiento. La veía como un robot averiado, tembloroso por los errores del sistema y a punto de apagarse.
—¿Presidenta? —Tomó sus mejillas entre las manos— ¿Se encuentra bien?
Kirari sintió ese tacto como el más dulce jamás recibido, no obstante, también como el más doloroso. El nudo en la garganta se cerró más, a tal punto que le ardían los ojos por la asfixia. Miró los de Sayaka sintiendo un bajón de energía, encontrándose débil, con un cansancio que no era de hoy sino de muchos años. Sayaka le correspondía la mirada con otra profunda. Y con ella la partía en dos; desconocía la razón. Se veía en la necesidad de esquivar sus ojos, pero, extrañándolos, volvía a ellos al segundo para alimentarse de ese brillo sincero que ahora le hablaba.
—No tiene porqué ser fuerte todo el tiempo. Si le preocupa algo, dígamelo con total confianza. Quiero ayudarla, vivo por eso.
Kirari intentó levantar una comisura; no pudo. En su lugar, dibujó una mueca extraña que, por el esfuerzo, desató de golpe el nudo en la garganta. Pestañeó despacio y un milagro ocurrió. El dolor del pasado; la soledad de no encontrar su lugar, las exigencias impuestas en una niña, el rechazo de su hermana mayor, todo se derrumbó junto en forma de lágrimas.
Sayaka las veía pasar, suspendida. Sus lágrimas rodaban por la piel, pesadas y gruesas.
—Presidenta… ¿está llorando?
La nombrada dobló el rostro con los ojos de piedra. Se llevó una mano a la mejilla y sintió algo tibio en las yemas. Asomó los dientes en una sonrisa.
—La última vez que lloré fue en mi nacimiento —murmuró, deslizando los dedos por la mejilla, llevándose esas lágrimas que eran sinónimo de liberación—. Pensé que no podía llorar. Se siente bien, es un alivio…, pero también es doloroso. Qué extraño.
Sayaka arrugaba la frente, preocupada por aquella escena que nunca pensó presenciar en su vida. Sin saber cómo consolarla, la rodeó en un abrazo. Kirari entornó los párpados al sentir su calor y se inclinó para apoyar el mentón en su hombro y corresponderle. Las lágrimas empapaban el uniforme de Sayaka. No se detenían. Aunque no sollozaba, no había expresión alguna que revelara el llanto, éstas seguían su trayecto. El gatito, mirando todo desde lo bajo, puso dos patas en su pierna como si también quisiera consolarla. Sayaka sonrió al verlo.
—No sé porqué está llorando..., pero si está feliz por ello, yo también lo estoy. Llore, presidenta.
Kirari sintió la suave brisa de su aliento en la oreja y sus labios temblaron. Cerró los ojos y se aferró con fuerza de esos hombros menudos que, desde hacía tres años, eran su apoyo en más de un sentido. Silenciosa, con los dedos apretados en su ropa, se desplomó sobre su secretaria. Era su permitido. Con Sayaka podía ser ella misma y solo con ella los milagros ocurrían. No podía explicar el porqué se quebró de repente, porqué todo lo que había reprimido durante años la atacó sin piedad. Tenía a una sola sospechosa, la misma que estaba cuidándola: Sayaka. Sus ojos y palabras la rompieron, liberaron su humanidad escondida. Porque no era un robot. Lo parecía, sí, pero no lo era.
Sayaka le acariciaba la cabeza con una sonrisa calma, eligiendo sabiamente dejar las preguntas para después. Disfrutaba de verla acurrucada en ella, frágil como un cristal. Kirari ocultaba el rostro en su cuello, el cual humedecía con lágrimas frías. Sayaka olía exquisito, la atontaba.
—Cuando te vi llorar la primera vez… pensé que te veías hermosa —le dijo al oído en voz baja, para luego apartarse de a poco. Le mostró su vulnerabilidad en su máxima expresión. La nariz roja resaltando en la piel pálida, los ojos aguados, una sonrisa débil. Los ojos de Sayaka también estaban rojos, deseando quebrarse con ella— ¿Me veo hermosa?
—Siempre se ve hermosa, presidenta.
Kirari rió en un murmullo, inclinándose hacia ella. Rozó sus labios a la vez que entrelazaba sus dedos.
—Me pregunto… cómo sabrá un beso así.
Presionó su boca con lentitud. Sayaka cerró los ojos y las lágrimas acumuladas se resbalaron por las mejillas. Kirari movía los labios sobre los de ella, degustándose de su emoción. Luego de un momento, se despegó despacio, quedando a una corta distancia.
—Salado… No, hay algo más. Es diferente de los demás besos, es…
—¿Más profundo? —inquirió Sayaka, sin apartar los ojos de ella.
—Sí, esa es la palabra. —Kirari afirmó gustosa, juntando sus frentes—. Gracias, Sayaka.
Su secretaria sonrió gentil. Kirari le sonreía igual, pasando la mano por su cintura. La acercó a ella, buscando sus labios con la mirada. Se inclinaron para besarse de nuevo, pero unas garritas clavándose en las medias negras de la presidenta le hicieron sofocar un quejido a ésta, destruyendo el momento.
—Ah, aún estás aquí. —Bajó la vista al gato que, por lo que veía, encontraba muy atractiva sus medias para trepar. Le había hecho un agujero notable. Se agachó y lo alzó en brazos— ¿Qué haremos contigo?
Sayaka le acarició la cabeza al felino y apuntó los ojos a ella. En su sonrisa, Kirari halló la respuesta. O, mejor dicho, un pedido.
—Presidenta, ¿sería un problema si…?
—No lo creo. De hecho, quedaría muy elegante en la sala del consejo. ¿Qué necesitan los gatos para sobrevivir? —preguntó Kirari, agarrándole el rabo con una sonrisa traviesa. Le gustaba deslizar la mano por él. Era gris. Un gato blanco con la cola gris y ojos de cielo. La combinación le parecía interesante. Nunca había visto esa mezcla de colores en los gatos que merodeaban por su hogar.
—Comida, una caja de arena, jugar y muchos mimos. Solo eso necesita.
—Vaya, como yo. Son bastantes simples.
Sayaka se echó a reír. Su mente hizo estragos con la imagen de la presidenta en una caja de arena.
—¿Cómo le pondremos? —prosiguió Kirari, comenzando a caminar con el gato en brazos. Sayaka la seguía a su lado.
—Es macho, así que… ¿Shiro?
—Veo que lo pensaste mucho. —Kirari levantó una ceja, burlona. Shiro significa blanco en japonés, y el gato era relucientemente blanco. Sí, no lo pensó mucho—. Por mi está bien, pero te advierto que tú te encargarás de sus necesidades. En especial de esa necesidad.
—¡No hay problema! Los gatos son muy limpios, no me llevará mucho trabajo.
—¿Es así? Tenemos un trato, entonces. —Kirari miró al gato manteniendo la sonrisa—. Igarashi Shiro... Parece un trabalenguas, tiene su encanto.
Sayaka parpadeó.
—¿No quiere que lleve su apellido?
La sonrisa de Kirari comenzó a deshacerse. Profundizó los ojos en el gato, el cual afinaba las pupilas ante esa mirada penetrante.
—Odio mi apellido y todo lo que conlleva tenerlo.
Algo en su voz, que había bajado dos tonos, le hizo poner la piel de gallina a Sayaka. Una historia había detrás de sus palabras, una que conocía a medias pero que tenía la esperanza de conocer más a futuro.
—¿Por eso... lloró? —Se animó a preguntar. Kirari levantó las cejas, como si hubiera dicho una revelación, y cerró los ojos con una sonrisa. Era una novedad que Sayaka acertara con algo tan íntimo y de su único conocimiento. En general, le hubiera dado vueltas al asunto con toda su lógica hasta llegar a una respuesta enroscada. Sin embargo, esta vez apuntó bien. Demasiado bien. Hasta recién ni ella misma sabía con exactitud porqué había llorado. Ahora, escuchando a Sayaka, terminó de comprender la razón.
—A grandes rasgos, podría decirse que mi apellido es el culpable de mis lágrimas. Sin embargo, echarle la culpa sería igual a borrar mi existencia. Soy lo que soy gracias a ese apellido y al camino que me hizo recorrer. Y, por si no te diste cuenta, me gusta quién soy.
Sayaka la escuchaba con atención. Kirari tenía los ojos plantados al frente, un aire melancólico la envolvía. Era la primera vez que se abría de esa forma con ella. No veía correcto interrumpir.
—Pero una cosa no quita la otra, sigo detestándolo. No tengo interés alguno en extender la dinastía Momobami, por eso mismo me gustaría que Shiro llevara tu apellido. ¿Te es una molestia? —preguntó, pasando la vista a ella. Sayaka negó rápidamente con la cabeza.
—¡Sería un honor! Aunque es raro ponerle un apellido a un gato... ¡No digo que su idea sea disparatada! —aclaró, sacudiendo las manos—. De hecho, es tierno... Usted es tierna.
—¿Yo?, ¿tierna? —Kirari soltó una carcajada—. Nunca me habían dicho eso. Conmovedor. Pero, desde mi perspectiva, creo que aquí la única lindura eres tú, Sayaka.
Sayaka desvió los ojos con una sonrisa tímida. Kirari la miraba con otra calma y el gatito las miraba a ellas. Como si estuviera feliz por haber encontrado una familia, le lamió la mejilla a la presidenta. Ésta última puso una cara de rechazo.
—Su lengua es muy áspera… La tuya me gusta más. —Llevó una mano al mentón de Sayaka. Pasó el pulgar por su labio inferior, para luego bajarlo—. Muéstramela.
Sayaka se encogió de hombros, sonrojada.
—Presidenta..., hay gente.
—¿Y? —Kirari la impulsó hacia sí por el mentón y la besó. Asomó la lengua para encontrarse con la de Sayaka. Sus lenguas comenzaron a enredarse dentro de la boca, lento y profundo—. Hm… Sí, es mucho más suave.
El gato, quién miraba todo curioso, llevó una pata a la mejilla de la presidenta. Ésta abrió los ojos con un dejo de molestia. Lo sintió como una cachetada.
—Me pegó.
—Está jugando —corrigió Sayaka, recuperándose del beso recibido. Miró a su alrededor antes de continuar. Para su tranquilidad, no había nadie cerca. Le daba pudor ser emboscada en plena sesión de besos. A Kirari, en cambio, no le interesaba ser vista—. Todavía es un bebé, supongo que necesita descargar energía.
—Yo también necesito descargarla, contigo. —Kirari la acercó a ella por la cadera. Sayaka tragó pesado— ¿Esta interrupción se repetirá?
—Um… ¿Quizás?
La presidenta achinó los ojos y miró al felino, quién ahora estaba muy entretenido con una de sus trenzas. Trataba de agarrarla con la patita, el vaivén de ésta lo enloquecía. La presidenta puso un dedo en su nariz rosa. El gatito abrió la boca para morderla despacio, juguetón.
—Le enseñaré buenos modales, así evitaremos una interrupción innecesaria. Te portarás bien, ¿verdad, Shiro? —Recibió un maullido agudo en respuesta. Uno que le hizo sonreír—. Podría confeccionarle un uniforme, se vería bien con él.
Sayaka tuvo que taparse la boca para evitar reír a carcajadas. Imaginarse al gato con el uniforme de la academia la superaba. Si la presidenta continuaba con esas actitudes enternecedoras sufriría un ataque al corazón.
—Le pediré a Midari que se haga cargo. Hoy mismo le tomará las medidas. —agregó Kirari.
—Como usted guste, presidenta. —Sayaka habló entrecortado por la risa atascada—. Yo me encargaré de conseguirle una caja de arena, la cama y algunos juguetes. Si está entretenido, no nos molestará.
—Eso espero, bastante ocupada estoy como para perder mi tiempo con un gato. El tiempo libre que tengo lo quiero pasar con mi intrigante secretaria. —contestó de forma galante, mirándola con la misma energía.
A Sayaka aún le costaba acostumbrarse a su trato, últimamente, cariñoso. Luego de la apuesta en la Torre de las puertas, donde sus sentimientos afloraron, Kirari se dedicó a no despegarse de ella por mucho tiempo, incluso aunque tuviera bastantes enemigos para distraerse. En la intimidad le demostraba lo mucho que la apreciaba. Apasionada y, a veces, rozando lo incorrecto, le confesaba su amor en caricias que dejaban marcas y palabras que quedaban grabadas en el corazón por el impacto de las mismas, que solían ser posesivas y con un toque de perversidad que a Sayaka, un ser igual de extraño que ella, le hacía llegar al cielo por la adrenalina de recibirlas.
Eran tal para cual y, al mismo tiempo, eran completamente opuestas. Y eso era lo que mantenía el interés en ambas. Nunca se cansaban de la otra, siempre había sorpresas en el camino. Hoy fue un gato, mañana quién sabe.
—Estoy segura de que estaremos bien, presidenta. Shiro se adaptará. —le dijo Sayaka con una sonrisa.
La llamada presidenta se la devolvió y continuó recorriendo con ella el camino que llevaba a los adentros de la academia. Hablando en el medio, riendo, no se percataba de que detrás de un árbol, solitaria y con la máscara puesta, Ririka las espiaba con los puños cerrados y unos ojos serios ocultos. Su hermana había cambiado un poco.
Enhorabuena.
Sin embargo, nadie podría arrebatarle el trauma pasado, esa imagen de sus manos infantiles torturando a un pobre ser vivo que, hasta el día de hoy, la perseguía en pesadillas con maullidos.
Llevó una mano a la máscara y se la quitó despacio. Sus ojos se hicieron presentes junto a un brillo furioso que fue dirigido al gato blanco. Ver a ese felino, feliz y juguetón, le hizo asociar con otro. Uno que su hermana le regaló para compensar su pecado.
—Riri.
Ririka despegó la frente de la almohada. Pasó la vista a la puerta de la habitación que compartía con su hermana gemela. Ésta se encontraba parada allí; tenía a un gato naranja en brazos. De su rostro, extrañamente sin sonrisa, se desprendía un aura inocente. Ririka frunció el ceño; lo último que quería era verla. Había estado llorando todo el día. Tenía la cara hinchada y la nariz roja. El gato que fue herido, por suerte, se recuperó luego de un rato. Y escapó a las derrapadas de sus brazos. Ririka lo vio partir con un sentimiento amargo en el corazón. Más no por su ida, sino por el trauma que Kirari dejó en él. Ese gato, seguramente, nunca más volvería a acercarse a un ser humano.
—Conseguí uno. —Kirari se aproximó con el gato. Lo dejó en la cama—. Es un poco arisco, pero si lo acaricias atrás de las orejas se calma.
Su hermana gemela echó un vistazo al felino y levantó la mirada a Kirari. Tenía el Kimono manchado de tierra, las trenzas desordenadas y varios rasguños en las manos, como si hubiera batallado con ese gato.
—No lo quiero.
—¿Por qué? Pensé que te gustaban los gatos naranjas.
—No va a reemplazar al otro ni lo que hiciste. —Ririka volvió a tumbarse boca abajo en la cama—. Déjalo ir y vete.
Kirari respingó con una expresión solitaria. Observó al gato, quién, nervioso, examinaba su alrededor con las orejas bajas y las pupilas ensanchadas. Lo agarró de nuevo y volvió los pasos con intención de retirarse. Ririka, al escuchar su marcha lenta, se volteó para verla. Kirari estaba quieta frente a la puerta. Cabizbaja, acariciaba al gato con una sonrisa lamentable.
—Perdón por ser un monstruo.
Un sentimiento pesado emanó de su voz y se estrelló directo en Ririka. Ésta última arqueó las cejas, sintiendo el dolor de su hermana, y hundió el rostro en la almohada para ahogar los sollozos crecientes. Quería consolarla, pero estaba enojada con ella. Necesitaba un abrazo, pero pedírselo era igual a perdonarla. No sabía qué hacer más que sofocar el dolor en su siempre confiable almohada.
Kirari deslizó la puerta y giró el rostro para sonreírle una última vez.
—Creo que siempre lo seré. Pero, aunque sea un monstruo, eso no cambia lo que siento por ti. Te amo, Ririka.
Aunque tú me odies, yo siempre te amaré.
La vicepresidenta abrió los párpados, que se habían cerrado por estar navegando en los recuerdos, y tuvo que llevarse una mano a los ojos. Estaba llorando, arrugando los labios y gimoteando como la niña de su pasado. Sumirse en esas memorias le retorcía el corazón, porque sabía que Kirari era incapaz de evitar su naturaleza, de algún modo, sádica. Era más fuerte que ella. Y a pesar de saberlo, no podía odiarla. Nunca pudo. Pero, al menos, podía decidir si continuar a su lado o no. Vivir siendo su sombra, cometiendo las mismas injusticias que ella cuando cambiaban de lugar, nunca fue una vida que deseó. Era tiempo de juntar valor y rebelarse.
Secándose las lágrimas, volvió la vista a una Kirari que andaba tranquilamente con su secretaria. La llevaba por la cadera, con el brazo libre cargaba al gato, una sonrisa dócil se esbozaba en sus labios. El contraste con el recuerdo que tenía de su infancia era tan grande que parecían personas diferentes. Esa fotografía perfecta la incentivaba a creer en ella. A confiar en que, dentro de ese corazón frío, aún albergaba un poco de luz. Ojalá fuera fácil desprenderse de la costumbre, quién, cautelosa y afectada por el pasado, solía murmurarle al oído que no confiara mucho en lo que sus ojos veían sino que, mejor, se guiara por corazonadas. Conocía a su hermana gemela. Aunque la presencia de Sayaka la ablandaba, cuando se alejaba de ella volvía a ser lo que era: una mujer que oscila entre la luz y la oscuridad, que toma riesgos innecesarios y que usa a las personas como objetos con la mera excusa de divertirse. Esa era la Kirari que vivía en sus recuerdos y la que, al ingresar a la academia, se manifestó como un demonio con corona. Así como era amable con los que apreciaba, también era extremadamente cruel con quienes no. Y solo bastaba una curiosidad, un panorama que considerara "interesante y riesgoso" para perderse en la oscuridad y dejar de ser humana.
Ririka, desde pequeña, padecía la incertidumbre de desconocer el origen de aquella peculiar personalidad que tomó peso en su gemela a una corta edad, a tal punto que, en algún momento, pensó que simplemente había nacido así: retorcida. La crianza a la que fue sometida no ayudó, los mensajes que los adultos grabaron en su cerebro tampoco: si eres fuerte vives, si eres débil mereces perecer. Esa era la crianza Momobami. Pero desde antes de tener la capacidad de digerir información, Kirari ya poseía su propia moralidad. Absorber mensajes del estilo y hacerlos propios no le era una dificultad al ser partidaria de ellos. Al principio, parecía una buena noticia para los adultos; Kirari sería una excelente líder, esas convicciones no podían fallar. Error. El ego de la líder era tan grande, tan imponente, que incluso siendo una niña ya tenía una meta clara: derrocar a su propia familia. Romper la cadena Momobami para siempre. Única meta en la que Ririka estuvo de acuerdo debido a que no tenía aprecio alguno por esa familia. Destruirlos era igual a ser libres. Ojalá todo se hubiera detenido ahí, sin embargo, el narcisismo de Kirari no tenía límites. Cuando conseguía lo que quería, quería más. Y más.
Y más.
Carecía de sentido preguntarse si, en un mundo fantasioso, con una familia ideal y amorosa, Kirari hubiera mejorado. Apostaba por el "sí". Tenía un grado importante de crueldad que se traducía como indiferencia a la vida, pero también tenía su bondad. Y Ririka, siendo su persona más cercana, la había presenciado. Si le hubiera tocado una familia que grabara los mensajes correctos en su cerebro, que le enseñaran a valorar la vida dejando de lado las riquezas, Kirari, tal vez, hubiera explorado más la gentileza y no tanto el egoísmo. Pero, de nuevo, solo era una fantasía. No podía volver el tiempo atrás.
La reflexión no sonaba alentadora. Sin embargo, si se fijaba bien, no todo estaba perdido. No podía descartar al ancla que yacía a su lado: Sayaka. Esa chica era la única que lograba conectar con sus sentimientos, la única que pudo hacerla llorar. Ririka desconocía la razón de sus lágrimas, pero era gratificante verlas. Una prueba de que, debajo de todo ese armamento, era humana. Quizás, y solo quizás, aún había esperanza para su hermana menor. Que estuviera dispuesta a adoptar a un gato callejero por el simple pedido de su pareja era, sin dudas, un avance que debía reconocer, pues, la compasión no era parte de su naturaleza. Antes pensaba que tomaba a Sayaka como a una esclava, otro pez más del acuario para divertirse. Pero no. Sayaka era, realmente, importante para ella. Y a su manera, porque siempre es a su manera, se lo demostraba.
Ririka se puso la máscara y apoyó una mano en el árbol, contemplando la espalda de la presidenta. Lo único que podía hacer, como siempre, era observar. No obstante, estaba dispuesta a intervenir ante el menor signo de violencia que viera. No dejaría que la vida de un inocente peligrara de nuevo, no pensaba quedar traumatizada de nuevo. Seguir siendo cómplice de sus maldades ya no era una opción. Amaba a Kirari. Y porque la amaba, la pondría en su lugar.
—Nadie cambia de la noche a la mañana, hermana.
Te estaré vigilando.
Fin
Si llegaron hasta acá, ¡gracias por leer! Esta historia resultó un poco más oscurita que las demás. Pero opino que, teniendo a Kirari como protagonista principal, no podía ser de otra manera. De hecho, considero que la hice bastante blanda comparado a lo que podría ser. En mi cabeza es aún peor (según mi perspectiva). Algún día voy a escribir algo completamente de ella, creo que su personalidad enigmática tiene mucho para dar y contar.
En fin, hasta acá llegó mi verborragia. ¡Nos leémos en el próximo One-shot!
Qué anden bien :)
