La magia del paraguas
En general, me agrada la lluvia. Soy ese tipo de persona; días grises, libros, música clásica. Un cliché aburrido. Si estoy en casa, limpiando o estudiando, suelo levantar los ojos para ver la lluvia resbalarse por la ventana y agudizar el oído para escuchar el relajante chapoteo en las calles.
Pero hoy no.
Debido a un error de cálculo y a mi estupidez nata, hoy por mi culpa la presidenta tendrá que mojarse.
—Maldito sea el servicio meteorológico… Dijeron que iba a estar soleado.
—Bueno, parece que el sol decidió tomarse un descanso por hoy.
La presidenta me contestaba apacible mientras observaba la lluvia parada a mi lado. Estábamos en las afueras de la academia, en medio de dos de las tantas columnas que protegen la entrada. Nos refugiábamos debajo del techo. ¿Nuestra meta? Llegar a la entrada principal. Para eso debíamos abandonar nuestro refugio, bajar las escaleras (que no eran pocas), correr por el camino del campus con el bolso en la cabeza y finalmente llegar al auto lujoso y negro que debe estar estacionado en la puerta, esperando por la presidenta. No era una misión suicida, pero para mí la salud de la presidenta es una prioridad. Y mojarse es igual a resfriarse.
Contemplo la lluvia con la frente arrugada, refregándome los brazos desnudos. Imposible, no puedo detenerla con la mente. Las lluvias de verano son lo peor, lo único positivo es que refresca un poco. No es un torrencial, pero llueve de forma molesta. Gotas finas y en cantidad, las suficientes como para menear las hojas y ramas de los árboles, dándoles un aspecto tétrico. Aunque yo estaba renegando hacía minutos, la presidenta, en otro plano, parecía disfrutar del paisaje. Con una sonrisa calma respiraba hondo, llenándose los pulmones del aroma a tierra mojada y a hierba fresca. Era como si necesitara esa lluvia.
—Lo siento mucho, presidenta, por mi incompetencia estamos aquí varadas. Pero no se preocupe, ahora mismo voy a recorrer toda la academia hasta encontrar un paraguas. —Me di vuelta para ir a los adentros, pero ella me agarró el brazo antes de que despegara los pies del suelo. Mis brazos estaban descubiertos gracias al uniforme de verano, y era un placer sentir ese contacto desnudo. Ella también tenía el mismo uniforme, pero, como siempre, con algunos arreglos propios. En vez de mangas cortas, conservaba las mangas largas de la camisa, pero con un interesante corte en el medio que me permitía ver una porción de esa piel blanca.
—Ah, ¿no lo mencioné? Yo traje un paraguas —dijo y mi boca se abrió—. Tuve un presentimiento de que hoy llovería.
Me quedé observándola con mi mejor cara larga. Estuve en crisis por minutos y ella tenía un paraguas. ¿Por qué no avisó y me dejó hacer un escándalo? Simple, porque le gusta verme en crisis.
—Presidenta…, pudo habérmelo dicho antes.
Ella suavizó la sonrisa y llevó una mano a mi rostro. Me pellizcó el cachete, desinflando el puchero que había hecho.
—Lo siento. Te ves tan tierna cuando estás preocupada, Sayaka. Es una tentación para mí.
Yo desvié la vista, sonrojándome. La presidenta, con el paso de los años, aumentó el trato especial que siempre me regaló. Antes no había tanto contacto físico, ahora sí. Eran actitudes esporádicas y, siendo sincera, las esperaba con emoción. Quizás por eso tendía a los berrinches, porque quería su mano alisándome la coleta o deslizándose por mi mejilla.
—Es increíble, presidenta, atinó solo por un presentimiento. Ni en eso se equivoca.
Ella se echó a reír.
—Me sobrestimas demasiado, Sayaka. Fue una coincidencia. Una grata, por cierto —agregó, abriendo su bolso. Sacó un paraguas azul— ¿Quieres compartir el paraguas conmigo?
Mi corazón se aceleró a los golpes. Tragué saliva, poniéndome ansiosa. Me preguntaba si la presidenta era consciente de lo que significa compartir un paraguas. Ella a veces puede ser muy inocente con obviedades, dado que vivió en un termo toda su vida. Para unas amigas normales, compartir un paraguas no es la gran cosa. Pero para nosotras, que tenemos una relación algo ambigua, puede ser visto como un malentendido. Ya es una rutina escuchar a los estudiantes murmurar a nuestras espaldas cuando la presidenta me habla de cerca en los pasillos o me agarra de la cintura sin razón alguna más que la de llevarme. Siempre me avergüenzo ante su conducta. Ella, en respuesta, me consuela con caricias que todos ven. Temo que mi presencia, cada día más, ablande su imagen.
—¿E-Está segura? Si los demás nos ven… —Eché un vistazo a los alrededores. Los estudiantes que pasaban a nuestro lado miraban a la presidenta, no a mí—… quizás empiecen a hablar.
Ella levantó una ceja y observó a los estudiantes con un aire soberbio. Soltó una risa corta, como si en sus espaldas llevaran un cartel con alguna estupidez escrita.
—¿Vas a dejar que la mirada ajena te domine la vida, Sayaka? No te irá muy bien así.
Golpe bajo. En la convicción de su voz me tropecé con una persona que tuvo que luchar contra la adversidad desde pequeña. La presidenta tenía las metas claras, no se dejaba influenciar por nadie. Era extremadamente madura en ese sentido, aunque podía ser muy infantil en otros. Sin embargo, hoy pecaba de ignorante. No me interesaba lo que dijeran de mí.
—¡No es lo que parece, presidenta! Me encantaría compartir el paraguas con usted, pero estoy preocupada de que su reputación decaiga. ¿Sabe lo que significa ir juntas debajo de un paraguas?
—¿Protegernos de la lluvia? —Se llevó una mano al mentón con curiosidad.
—Sí…, para los demás es así. Pero nosotras somos otro caso.
—¿Por qué?
«Ah… Qué difícil»
—Bueno, porque los demás creen que somos… ¡N-No somos, me expresé mal! Sino que… —Bajé la vista, tratando de recordar cómo se deletreaba—… creen que pasa algo entre nosotras. Si nos ven bajo el mismo paraguas, su reputación se irá en picada.
La lluvia chapoteando en el cemento fue mi única respuesta por unos largos segundos que se me estaban haciendo interminables. Me animé a subir el rostro y terminé tiesa al hallar a la presidenta mirándome fijo. Sus ojos desprendían una pizca de frialdad y un cierto inconformismo la rodeaba como el humo de un incienso.
—Los dos puntos que planteaste me son confusos, Sayaka. ¿Creen que hay algo entre nosotras? Deja que lo crean. ¿Mi reputación? Me da igual. ¿Cuándo me importó lo que piensen los demás? —contestó, acercando un paso. Yo retrocedí, pero ella abrió el paraguas y lo puso detrás de mi espalda para que ni se me ocurriera escapar—. Si me importara, no podría haber convertido ésta prestigiosa academia en mi acuario. Me ofende que pienses que tal cosa podría afectarme.
Una poderosa vergüenza no le fue indiferente a mis cachetes, que se llenaron de ella. Había metido la pata. En mi deseo de protegerla, terminé subestimándola, y no había nada que la presidenta odiara más que ser subestimada. En eso éramos iguales.
—Por otro lado, ¿por qué estar contigo sería igual a un insulto? —continuó, jalando hacia sí el paraguas. Yo me fui hacia adelante por inercia hasta chocar con su cuerpo. Ella me atajó por la cintura—. Ojalá pudieras verte con los ojos que yo te veo, Sayaka.
—¿C-Con qué ojos me ve?
Ella sonrió.
—Vamos, ya es tarde.
Y así, dejándome con la incertidumbre atascada en el pecho, la presidenta me cubrió con el paraguas y me incitó a bajar las escaleras. Comenzamos a caminar bajo la lluvia. No hablábamos, disfrutábamos de la mutua compañía como si se tratara de un paseo. El ruido de las gotas salpicando en el paraguas me relajaba.
Y de pronto, volví a tomarle cariño a la lluvia.
Espié a la presidenta de reojo; sonreía tranquila y caminaba despacio, como si nunca quisiera llegar a la entrada. Algunos estudiantes pasaban corriendo con el bolso en la cabeza, otros tenían paraguas y otros lo compartían como nosotras. Una par de estudiantes me llamaron la atención. Eran dos chicas, iban delante de nosotras. Estaban muy pegadas entre sí aunque el paraguas que la más alta llevaba era ancho. No había necesidad de estar pegadas y menos de hablarse de cerca. Eso me llevó a pensar que, quizás, tenían una relación.
Y entonces, deseé que la presidenta y yo fuéramos su reflejo. Sin ambigüedades, sin necesidad de tener que sacrificar mi vida para entender sus sentimientos. Solo por un momento, deseé que fuéramos normales. El deseo vino junto a una fugaz sonrisa que la resignación me hizo esbozar. Nunca seríamos normales, porque ninguna de nosotras lo éramos. Tampoco quería tal normalidad en mi vida. Si así fuera, me hubiera enamorado de cualquier otra persona, no de ella.
—¿En qué piensas?
La voz de la presidenta me despertó. Me giré a verla y la hallé sonriéndome con suavidad.
—Pareces estar en cualquier lado menos aquí. —agregó y yo juré sentir un pequeño, muy pequeño reclamo en ello.
—Estoy justo aquí, presidenta. —Me enganché de su brazo, tentando a la suerte. Ella miró el agarre y dobló el brazo para llevarme mejor.
—¿Si? ¿Qué estaba diciendo, entonces?
—¿Eh? Um… —¿Habló?, ¿cuándo lo hizo? Estaba tan perdida en mis pensamientos que no la escuché—. Bueno…
—Es broma, no dije nada. —Rió en un murmullo, haciéndome inflar los cachetes. Por supuesto, caí redondita en su broma. ¿Cuándo no?
—Presidenta… —renegué.
—No tienes derecho a molestarte, Sayaka. Si hubiera dicho algo, no me hubieras escuchado. Tengo la razón, ¿no? —la remató, dejándome sin municiones—. De todas formas, debo admitir que me intriga saber qué pasa por esa fascinante cabecita que tienes... Dime, ¿en qué pensabas?
¿Decirlo o callarme la boca? Consideré mejor decir la verdad. La segunda vez que preguntó no sonó como una curiosidad, sino como una orden.
—Esas chicas que van adelante… —Las señalé. La presidenta las miró con aburrimiento—. Me quedé pensando si eran pareja o no.
—¿Oh?, ¿tienes esas curiosidades, Sayaka? —Me observó de soslayo con una sonrisa pícara—. Si me permites opinar, lo son.
—¿Cómo lo sabe?
—Hm, es un presentimiento. Hoy estoy llena de ellos —dijo entre risas— ¿Tú porqué lo pensaste?
—Por cómo se miran y lo cerca que están.
—Ja, tan lógica como siempre… Si es por eso, nosotras también somos pareja, Sayaka.
Mis pies frenaron en seco. Ella se detuvo también. Bajó el brazo al ver que mi mano la abandonaba con un aura desdichada que, seguro, se notaba a lo lejos. No sabía qué decir, ¿tenía que reír? Era un chiste, ¿verdad? Solo debía reír. Pero no podía, porque dolía mucho que bromeara con algo tan preciado para mí: mis sentimientos por ella.
—¿Sayaka? Te estás mojando. —Acercó el paraguas para cubrirme. Yo la miré, volviendo a la realidad.
—Ah, sí. Es mi turno de llevarlo. —Le saqué el paraguas de la mano.
—No creo que sea una buena idea. —La presidenta se señaló el hombro izquierdo con una sonrisa burlona. La lluvia la mojaba ahora que yo tenía el control del paraguas—. No puedes cubrirnos a ambas.
«¿Me está diciendo enana?»
—¡Sí puedo! —exclamé, levantando el paraguas.
Ella reía ante mis fallidos intentos de cubrirla bien, que requerían estiramientos exagerados de mi parte y accidentes que terminaban en golpearla en la cabeza con la tela del paraguas. De acuerdo, no podía taparnos bien a las dos. Era ella o yo. Obviamente, me sacrifiqué. Mojándome un lado de la cabeza, el hombro derecho también, conseguí protegerla inclinándole todo el paraguas.
La presidenta negó con la cabeza.
—Ahora te estás mojando tú —dijo, agarrándome de la cadera. Me impulsó a ella y apenas sentí su cuerpo junto al mío, una sensación intensa me hundió el pecho, sembrando los nervios allí—. Así estaremos bien.
Siguió caminando, llevándome con ella. Yo miraba el piso con la cara caliente. El agarre de la presidenta me quemaba, me hacía cosquillas debajo de la falda aunque estaba sobre ella. Era solo mi cadera, pero, si tenía que volverme detallista, diría que su mano estaba más cerca de mi trasero. Y la movía. La presidenta movía la mano de arriba abajo, acariciándome. Definitivamente los que iban detrás de nosotras iban a malinterpretarlo.
—Um, presidenta…
—No para de llover… ¿Estará así todo el día?
Ella esquivó majestuosamente lo que iba a decir. Yo planté los ojos al frente con miedo de tropezarme en cualquier instante. Estaba nerviosa, torpe por la mano de la presidenta ahí, quién se empecinaba en apretarme en cada caricia. A la vez, y en otro planeta emocional muy lejano al de la crisis, me sentía feliz. Estar con ella bajo el mismo paraguas, en un día gris y nostálgico, era un sueño cumplido del cual carecía de conocimiento consciente; no sabía que cargaba con él. Y la presidenta me lo estaba cumpliendo. Esto era, estoy segura, un regalo de su parte.
—Muchas gracias, presidenta.
Ella me miró. Yo le sonreí despacio.
—Por cumplirme este capricho, sé que lo hace por mí. La verdad... me encantaría congelar el tiempo aquí y ahora para sentir siempre esta felicidad. —Me escuché hablar y tuve que soltar una risita por la vergüenza—. Discúlpeme, soné muy melosa.
La presidenta comenzó a aminorar la marcha. Primero un pie, luego el otro. Se quedó parada sin quitarme la vista de encima. Yo se la sostenía, temiendo haber dicho algo malo. Me costaba encontrar una descripción fiel a sus ojos. Hoy tenían un brillo distinto, melancólico. Lo que expresaban también era diferente; una mirada dominante por fuera, pero de energía pasiva. No me sentía intimidada con ella como en otras ocasiones en las que una batalla de esa índole terminaba conmigo apuntando la cabeza al suelo. Hoy era un placer ver esos ojos que tenían un color más gris debido al clima y que me atravesaban con profundidad, como si quisieran contarme una historia importante. No podía parar de verlos.
Me estaban hipnotizando.
Y cada vez los veía más cerca. Esos ojos se acercaban, dándome la impresión de que terminaría dentro de ellos. La presidenta envolvió la parte baja de mi espalda y me impulsó lento a su cuerpo. Yo continuaba mirándola sin energía para cuestionarle nada. La fuerza me abandonaba al verla inclinarse y una emoción creciente me apuñalaba el corazón. De repente me vi en la necesidad de cerrar los ojos, no porque los otros me cegaran, sino por un impulso magnético que venía de algún lado. Una orden celestial, disfrazada de instinto, me aplastaba los párpados mientras más sentía su aliento calentarme la boca en medio de la tempestad. La presidenta recibió la misma orden también, ya que al estar lo suficientemente cerca como para respirar mi aire, cerró los ojos.
Y, al tomar mi mano junto al paraguas, me besó.
Cuando sentí sus labios empujando los míos, el impulso magnético desapareció por la impresión del tacto ajeno. Abrí los ojos y quedé suspendida en el lugar. Las largas pestañas de la presidenta descansaban en los párpados bajos. Ella estaba entregada a la unión, así que yo también decidí darle todo de mí. Volví a cerrar los ojos y comencé a mover la boca sobre la suya, presionando despacio, tanteando ese terreno desconocido que tenía la blandura de un algodón y el sabor de lo prohibido. La presidenta, al sentir movimiento, atrapó mi labio inferior entre los suyos. Creo que halló reconfortante la acción, porque por unos buenos instantes, donde me acariciaba la espalda con una lentitud que me hacía estremecer, no lo quiso soltar. El paraguas perdía protagonismo en el mientras tanto. Poco a poco iba abandonando nuestras cabezas, ya ninguna tenía ganas de sujetarlo. En especial yo, que era la ocupa principal. Al final, la presidenta sí detuvo el tiempo. Y yo quedé detenida en él.
Como en todo acto de magia, éste debe tener un cierre magnífico, algo que te haga despertar del espectáculo y aplaudirlo de pie. Nuestro cierre y despertar de tal magia fue la lluvia, ahora espesa y furiosa, chapoteando directo en nuestras cabezas. Molestaba como si nos cayeran piedritas en vez de gotas. La presidenta dejó de mover el rostro y empezó a abrir los ojos. Yo la imité, sintiendo su piel fría contra la mía. Poco tardó el pánico en alcanzarme al hacer contacto visual. Me perdí en esos zafiros celestes que me penetraban con fuerza. Alguna debía hablar, y, no sé ella, pero yo tenía un nudo en la garganta.
La lluvia continuaba y ninguna daba el primer paso. Los relámpagos de fondo tronaban, los estudiantes pasaban corriendo ignorando el importante suceso ocurrido, y yo no podía dejar de mirarla con los cachetes calientes y gotas frías resbalándose por ellos. La presidenta me devolvía la mirada con profundidad, pero detrás de sus ojos yacía una extrañeza, como si no entendiera porqué hizo lo que hizo e intentara descifrarlo con todas sus fuerzas. No duró mucho así. Se recompuso y, como era de esperarse, ella rompió el hielo primero.
—Vamos, está lloviendo más fuerte. —Tomó mi mano, esbozando una sonrisa. Y, cambiando drásticamente la escena, me incitó a salir corriendo como si fuéramos unas crías.
El paraguas no volvió a tomar protagonismo.
La adrenalina me llenaba de un subidón mientras me mojaba de pies a cabeza. Me sentía una niña corriendo agarrada de su mano, salpicando el agua con los pies y riendo junto a ella, quién tenía la risa más fresca y juvenil que yo jamás había escuchado. La libertad en forma de viento me golpeaba la cara y mis ganas de que ese camino nunca se terminase eran altas. Por primera vez en mi vida estaba concentrada solo en el presente, dejando atrás todo pasado incógnito y cualquier futuro apocalíptico.
Pero ese acto de magia, tal como el anterior, duró poco aunque lo anhelé eternidades. Estábamos llegando a la reja de la entrada principal y un auto negro esperaba a la presidenta fuera de ella. Al verlo, la presidenta fue aminorando el trote hasta que se detuvo. Yo permanecí un paso atrás, agitada por la corrida y todavía agarrada de su mano. No entendía cómo ella no tenía una pizca de cansancio. Me dedicaba una mirada vigorosa, como si nunca se hubiera mandado esa maratón.
—Sube, te llevaré a tu casa. —Se ofreció.
Quise rehusarme al no creerlo adecuado. Su prioridad era llegar a su hogar lo antes posible, darse una buena ducha caliente y secarse antes de que se enfermara. Y mi deber era encargarme de que cumpliera con ello. Pero la presidenta me abrió la puerta trasera del auto con una sonrisa tan encantadora que rechazarla me sabía incorrecto. Me subí al auto sin objetar, ella se subió después y el chófer arrancó sin esperar órdenes. De alguna manera, él ya sabía que tenía que dejarme a mí primero. No era la primera vez que la presidenta me alcanzaba a mi casa, ni sería la última.
El camino a mi casa, que no quedaba tan lejos, era silencioso. La presidenta se limitaba a secarse la cara con una toalla que ya había preparada en el asiento del auto. Al terminar, me la pasó con una sonrisa.
—Lo siento, está un poco mojada.
—No más de lo que yo estoy. —bromeé.
Ella rió con un nudillo en el mentón y se inclinó a mi oreja. Acomodó un mechón detrás de ella mientras susurraba:
—Cuidado con lo que dices, Sayaka. Podría malinterpretarse.
En mi inocencia, tardé en descifrar el doble sentido que yo misma recité. Cuando lo hice, el frío que tenía por haberme empapado se me pasó debido a una rápida entrada en calor. Continué limpiándome la cara, mirando para otro lado. La vergüenza me hizo asociar con el capítulo anterior: el beso. ¿Por qué me besó?, ¿se dejó llevar por el momento? El ambiente pudo haber influido; debajo del mismo paraguas y con la lluvia cantándonos. Creo que, con las condiciones debidamente cumplidas, cualquiera puede ser arrastrado a una situación romántica. Nosotras cumplíamos con la condición más importante: tener una relación ambigua, un tira y afloja constante. Yo me dejé llevar, pero no por nada. Venía deseando ese beso hacía tres años. Y, la verdad, no me imaginaba a la presidenta deseando lo mismo desesperadamente, ocultando sus sentimientos como yo hasta el punto de que dolía tenerlos encerrados. Ella siempre se mostró serena, yo siempre fui la única caótica. No, ella no pudo dejarse llevar. Algo más debió haber pasado por su cabeza para hacer lo que hizo. Quería preguntar, pero no lo creía correcto. Mañana, sin el chófer y en soledad, le preguntaría. Hoy no me quedaba otra opción más que conformarme con ese beso, el cual rebobinaría una y otra vez hasta caer dormida con una sonrisa estúpida en los labios.
Pasado un rato de viaje, llegamos a mi casa. Vivo en un departamento de un edificio exageradamente alto que, valga la redundancia, es de alta gama. La presidenta fue quién me consiguió la propiedad años atrás cuando, según su criterio, no creyó conveniente que yo continuara viviendo en los dormitorios de la academia perteneciendo al Consejo estudiantil. No acepté la oferta con facilidad, me parecía inconcebible que ella me pagara un piso. Luego de varios berrinches de mi parte, terminé por aceptarlo con la condición de que yo misma pagaría el mantenimiento con mi sueldo del consejo. No me dejó muy satisfecha el trato, pero más no conseguiría.
El chófer estacionó el auto en la vereda frente al edificio. Bajó para abrirme la puerta. Yo agarré mi bolso y me volteé hacia la presidenta para despedirme.
—Muchas gracias por traerme, presidenta. Me salvó.
Ella solo sonreía.
—La veré mañana. Cuídese.
Hice una reverencia con la cabeza y salí por la puerta dispuesta a pegarme otra maratón para no mojarme hasta la entrada del edificio. Ésta se encontraba más al fondo, pasando un parque. Sin embargo, me quedé quieta al percatarme de que las gotas no caían, no molestaban, era como si una capa invisible me estuviera protegiendo. Miré hacia arriba y tropecé con el paraguas de la presidenta.
—Te acompaño hasta la entrada.
Giré el rostro y mi corazón se comprimió. Ella sonreía a mi lado.
—¡No hace falta, presidenta! Ya hizo suficiente por mí. Vaya a su casa y tome una ducha caliente. —dije, poniendo una mano sobre la suya en el mango del paraguas. Ella arqueó una ceja y me agarró la cadera con la mano libre. Mi cuerpo, memorioso, reaccionó igual que antes.
—Sayaka, en tu afán por no ofender, al final terminas ofendiendo más —contestó, impulsándome por la cadera para que camine—. Te lo digo como un consejo. Si alguien es amable contigo, solo acéptalo. Quizás esa persona se siente feliz con el acto de dar. Y tú, renegando, le arruinas el momento.
Consejos sabios con toques severos; típico de la presidenta. A veces siento que es como esa profesora que no te quieres cruzar, en especial cuando te sientes una estúpida por haberte equivocado en la consigna. Ser feliz solo con el acto de dar… Sí, entendía a la perfección ese sentimiento grandioso. Yo vivía así, daba todo por ella sin esperar nada a cambio. Ese era mi papel y me hacía feliz. Me sorprendió que la presidenta también estuviera familiarizada con él, como si fuera una suplente esperando por tomar mi lugar.
—Discúlpeme, presidenta. Es la costumbre. —contesté.
—La costumbre es una actitud peligrosa. A veces nos encadena, impidiendo que disfrutemos de los momentos bellos de la vida, ¿no crees?
La presidenta se detuvo junto a mí en la entrada del edificio. Me dio curiosidad que cerrara el paraguas, como si quisiera volver a vivir la aventura de empaparse en el camino de vuelta.
—Se va a mojar…
—¿Oh? ¿Acaso tienes agujeros en el techo de tu casa? Me hubieras dicho, Sayaka, eso tiene fácil solución.
Yo doblé el rostro, sin entender. Ella estiró la sonrisa.
—Bien... Las indirectas no están siendo captadas. Seré más clara. Ya que no me estás invitando, procederé a hacerlo yo misma. —Sacudió el paraguas para que dejara de gotear y estampó la punta en el suelo en una muestra de poder—. Voy a subir contigo.
Mis ojos se agrandaron.
—¡¿Huh?!
Y porque ese grito no fue suficiente, todo mi cerebro gritó, activando cada neurona nerviosa en él. Mi corazón lo acompañó, palpitando desenfrenado. No estaba lista para eso, ¡mi casa menos! No recordaba si la dejé ordenada, tampoco si había comida para ofrecerle. ¿Y qué había de mi colección de posters de ella que tenía en mi habitación? ¡No podía verlos por nada del mundo! Si ella entraba a mi casa, sabría cómo sería: revisaría todo.
—¿P-Por qué quiere subir? Mi casa no está presentable.
—Está lloviendo mucho, mi casa está más lejos. Quiero secarme lo antes posible —atinó a decir, sacándome las llaves de la mano. Apoyó el llavero electrónico en el dispositivo que abría la puerta y me cedió el paso—. Así que te pediré prestada la ducha y me quedaré un rato, ¿de acuerdo?
Abrí la boca la objetar, pero ella levantó la mano.
—Si te niegas de nuevo, lo tomaré como una mala predisposición de tu parte. No quieres que me enferme, ¿verdad?
Cerré la boca. Knockout. No podía ser tan cruel como para negarle la entrada y menos una desalmada como para permitir que se enfermase. Aunque todo pintaba mal, era mi deber aceptar.
—Después no diga que no se lo advertí.
Subimos por el ascensor conmigo rogando que todo estuviera en su lugar y con ella tarareando tranquilamente. Son veinte pisos en total, yo vivo en el doce. Una vista privilegiada de la cuidad fue lo que la presidenta me regaló junto a ese departamento.
Al llegar a mi piso y salir del ascensor, tomé aire. Estaba lista para correr a tapar cualquier objeto inadecuado apenas abriera la puerta. Con cualquier objeto me refiero a ropa tirada o cosas del estilo. No soy desordenada, pero a veces sí apresurada. Por quedarme estudiando hasta tarde, suelo dejar los libros tirados en la mesa con la promesa de guardarlos al regresar de la academia. No es la gran cosa, pero quizás para la presidenta sí.
Abrí la puerta y prendí la luz del pasillo antes de brindarle el paso. Mientras nos quitábamos los zapados en la entrada, ojeé el comedor; al menos estaba ordenado. La presidenta entró con una sonrisa de oreja a oreja y no tardó en hacer un escaneo de todo el lugar. No iba a encontrar mucho, pensé. Un comedor con un sillón morado, una televisión plana enfrente, una mesita baja en el medio, la cocina separada por una barra del comedor, y un poco más allá, pasando un delgado pasillo, el cuarto de baño y mi habitación. Todo rodeado de paredes color crema. Cuando la presidenta me consiguió el departamento, hace tres años atrás, le rogué que fuera pequeño, pues conocía sus gustos caros y extravagantes. Le dije, con mi mejor cara de cachorrito mojado, que me sentiría más cómoda en uno a mi medida.
—¿Cinco ambientes está bien para ti?
Fue su respuesta y razonamiento ante "mi medida". Y me pareció mucho, ¡demasiado para una persona! Así que negociamos por un tres ambientes. En realidad, yo quería un monoambiente, pero por sus ojos severos no me animé a pedirlo. Con ella era todo al revés. En vez de tener que suplicarle que no me dejara abandonada en una pocilga llena de cucarachas, terminé suplicándole que no me diera un castillo. Lo peor de todo es que se sintió insultada porque rechacé su regalo de cinco ambientes. Y antes de diez.
—La casa de Sayaka… —dijo de forma risueña, parándose en medio del comedor—. Siempre he querido venir aquí para ver tu mundo.
—¿Siempre? —inquirí, siguiéndola— ¿Por qué nunca me lo dijo?
—Eso no se dice. —Ella negó con el dedo índice—. Tú debías invitarme. Mira lo que me has hecho hacer, terminé autoinvitándome… ¿No es eso triste?
—¿Trata de hacerme sentir mal? Presidenta, ya sabe cómo soy. En ningún momento se me pasó por la cabeza que quería venir. Si hubiera tenido ese dato, la hubiera invitado antes. Por mí puede venir las veces que quiera, pero la próxima vez déjeme prepararme.
«Psicológicamente, en especial»
—Pero si está todo reluciente —contestó, pasando la mirada de un lado a otro, para luego voltearse a verme—. Como tú.
Mis ojos fueron a parar al suelo al no sentirse capaces de recibir el elogio. La presidenta era una experta cuando se trataba de avergonzarme, incluso estando en mis dominios.
—El baño está al fondo del pasillo —comenté, sacándole el bolso de las manos—. Puede tomar una ducha mientras yo pongo a secar su ropa.
—Tú también tienes que bañarte, ¿quieres que nos bañemos juntas?
—¡N-No! —Sacudí las manos, enrojeciendo. Mis fantasías hicieron estragos en un segundo, eso no saldría bien—. Mi baño es muy pequeño, no entramos las dos. Me bañaré cuando usted termine.
La presidenta estrechó los ojos.
—Te dije que necesitabas un cinco ambientes. Tu departamento es acogedor, pero con uno más grande estarías de maravilla, Sayaka.
—Ya hablamos de esto hace tres años. —Bufé—. No me gustan las casas grandes.
—¿Por qué no?
—Porque no —contesté, empujándola por la espalda en dirección al pasillo. Ella se dejaba arrastrar con una sonrisa divertida—. Hay toallas limpias en el mueble bajo el lavatorio. Puede dejar la ropa mojada en el cesto y dármela antes de entrar a la ducha.
—¿Y qué me pondré cuando salga de bañarme?, ¿o acaso andaré desnuda por ahí? No es que tenga problema, pero quizás sí sea un problema para ti.
Su voz juguetona me indicaba que se estaba burlando descaradamente. Ella sabía bien que me atraía en más de un sentido. Supongo que mis vistazos, a veces penetrantes, nunca le fueron indiferentes.
—Le daré algo mío, aunque claramente tendrá unos problemitas con el talle. —Abrí la puerta del baño. Ella asomó la cabeza, vio todo blanco y brillante, y se volvió a mí.
—¿Estás diciendo que estoy excedida de peso, Sayaka? No es que lo tome como un insulto, pero realmente cuido mi figura.
—¡No! Pero sus pech… Es decir, ¡míreme! —Puse la mano en mi pecho, hallando la nada misma comparado con ella—. Acá, en especial, tendrá un problema.
Ella analizó muy detenidamente mis pechos y levantó los ojos con una sonrisita traviesa.
—Me gustan tus pechos, me parecen hechos a medida. En cambio, los míos a veces son un problema. Pesan mucho y me dan dolor de espalda. —Se apretó los pechos, haciéndome tragar saliva— ¿Quieres tocarlos para comprobarlo?
—¡B-Báñese de una vez!
Cerré la puerta del baño. Lo último que vi fue su sonrisa abierta. La presidenta, apenas puso un pie en mi casa, adquirió una actitud infantil. Sabía que sería así. Siempre que algo le parece interesante, se transforma. Es como una niña en un parque de diversiones. Quiere probar todos los juegos, ver todo en detalle y hacer renegar a los adultos. Sí, yo soy la adulta hoy.
Suspiré, dirigiéndome a mi cuarto. Comencé a quitarme el chaleco rojo; pesaba de lo mojado que estaba. Me saqué la ropa rápido, me sequé un poco con una toalla y me puse ropa seca para ir a comprar. Un jean azul y una playera blanca, algo rápido para salir. No tenía nada en la heladera para ofrecerle, estaba segura. Ni hacía falta abrirla. El trabajo como secretaria y mantenerme como la mejor estudiante no se acopla bien con ser ama de casa. La comida de una tienda de conveniencia, posiblemente, no sea del total agrado de la presidenta, pero es lo más cerca que tengo. Alejarme más significa dejarla sola un tiempo indefinido, y eso podría ser un problema.
Cuando escuché la ducha encendiéndose, supe que era la pauta para hablarle. Tuve que hacer ejercicios de respiración antes de hacerlo. La presidenta estaba desnuda en mi casa, ¡mi casa! ¿Cómo demonios terminamos así? Por no decir que me besó…
—Presidenta, páseme el uniforme —dije en voz alta. No respondió—. Quizás no me escuchó…
Abrí la puerta del baño, sigilosa, y mis ojos saltaron. Una espalda tallada por los mismos dioses, cabellos largos y blancos cayendo por ella, unas caderas de ensueño, un trasero redondo y en su lugar, mi corazón en la garganta. Ella giró el rostro como una modelo y me sonrió.
—¿Decidiste unirte?
—¡N-No! —Me tapé los ojos e hice un ademán con la mano— ¡Páseme la ropa!
—Hm… Qué aburrida eres, Sayaka.
Sentí como algo era colocado en mi mano, estaba mojado. Ok, era el uniforme. Me animé a destapar un ojo y éste explotó. Los pechos de la presidenta… Sí, cualquier playera que pudiera ofrecerle le quedaría ajustada, eran mucho más grandes que los míos. De esas curvas se resbalaban unas afortunadas gotas, y sus pezones… Dios mío, me provocaban una mezcla de ternura y ansiedad. Rosados y erectos, como dos cerezos que moría por degustar. Si bajaba la mirada, vería su intimidad. Y sabía que ella no se taparía ni se enojaría por mi descaro, al contrario, se pondría muy contenta por la expresión que yo haría al verla. Así que, ¿por qué no espiarla un poquito?
«¡Ni si te ocurra mirarla, imbécil!»
Me di vuelta con la cabeza caliente, y no por el vapor del baño.
—V-Voy a la tienda a comprar, ¿qué le apetece?
—A ti —me ronroneó al oído, acomodando los pechos en mi espalda. Me abrazó por la cintura y las posibilidades de tener un infarto aumentaron un sesenta por ciento— ¿Tienen el combo "Sayaka"? Lo quiero con un baile incluido.
—P-Presidenta, hablo en serio. Si tardo más, me va a agarrar la tormenta.
Ella se echó a reír y mi cintura fue liberada. No sabía si aliviarme o llorar.
—Compra lo que quieras. Quiero experimentar lo que tú comes en esas llamadas "tiendas de conveniencia". Me parece interesante. —La escuché más lejos. Corrió la mampara, se estaba metiendo en la ducha—. Llévate el paraguas.
—Sí…
Cerré la puerta a mis espaldas y solté el suspiro más largo de mi vida. Hoy la presidenta se estaba pasando de ¿seductora, pesada? No sabía cómo encasillarla, cualquiera de las dos opciones era difícil de sobrellevar. Esta iba a ser una tarde complicada, por no decir noche. Ya eran las siete.
Antes de ir a comprar, colgué su ropa y la mía en el ténder del lavadero, le dejé preparada la ropa de talle más grande que encontré en la puerta del baño y luego hice una lista mental de lo que le podría llegar a gustar de la tienda. Las comidas de las tiendas de conveniencia ya vienen preparadas, no son caseras, pero, según mi paladar, tampoco son desagradables. Me han salvado más de una vez. Por supuesto, no se comparan con el exquisito gusto de la presidenta. Tenía que comprar lo mejor de ese lugar y lo que más se adecuara a ella.
Literalmente fui corriendo a la tienda, no quería hacerla esperar. Agarré todo lo de la lista mental, pagué y desprendí los pies del suelo para volver corriendo a casa, patinándome en el medio por las calles mojadas. La lluvia no quería parar, de hecho, aumentaba a cántaros. Miré el reloj en el camino. Estuve fuera, al menos, veinte minutos. Calculé que si a ella le llevaba bañarse, supongámosle, quince minutos (un rango medianamente normal), tardaría cinco o diez minutos más debido a la curiosidad. Estaba en un mundo distinto a lo acostumbrado y le encantaba estar en él. Seguro había tanteado todos mis shampoos, jabones y otras tonterías que tenía en el baño. Por no decir que, si terminó antes, ahora estaba en plena exploración de mi casa, revisándola de arriba abajo con una sonrisa infantil. Y conocía su especial interés: mi habitación. Cuando me cambié de ropa, arranqué (con mucho dolor) los posters de la presidenta de la pared y los tiré al cesto. No pude romperlos. Escondí el cesto en el armario, en una parte baja, bien atrás de los zapatos. Preparé todo para evitar inconvenientes. Pero, por si su curiosidad la lleva a descubrirlo, dejé el armario abierto para que se vea tentada en revisarlo. ¿Por qué? Porque lo primero que encontrará será mi diario íntimo de niña. Intuyo que se dejará llevar por una morbosidad que le resultará tan insoportable de contener que no podrá evitar ponerse a leerlo, olvidándose de todo lo demás. Y son unas largas páginas. No hay nada incriminante en ese diario, no para mi yo de ahora. Me quejaba de mi familia, de que me querían meter en una academia llamada Hyakkaou (momento dónde ella alargará la sonrisa) y cosas del estilo. El diario actual (el importante) lo tengo en otro lado, a mi lado, dentro del bolso que me llevé para ir a comprar. No pensaba dejárselo. Si todo eso no funcionaba y mi dignidad igual terminaba perdida, al menos admitiría que le di batalla. Pero tenía un cincuenta por ciento de esperanza de que funcionase. No es un mal número.
Luego de empaparme por segunda vez, llegué a mi casa. Al abrir la puerta, me preparé para ser atacada con preguntas incómodas sobre las curiosidades que habrá encontrado. Sin embargo, en vez de recibir un ataque, se me cayeron las bolsas de la mano. La presidenta estaba sentada en el sillón con el cabello suelto y mi ropa puesta; una playera negra de tirantes que suelo usar para dormir y un pantalón corto gris que, por lo que veía, le quedaba un poco apretado. Se reía a carcajada suelta y tenía los pies apoyados en la mesita baja que separaba la TV del sillón. Mi mandíbula colgaba. Nunca la había visto en una pose tan desprolija. Conservaba, de alguna manera mágica, la clase que la caracterizaba. Yo, en esa pose, perdería toda clase posible.
—Oh, Sayaka. Ya volviste. —Me saludó con la mano—. Hacía tanto que no veía televisión… Este programa era mi favorito. —Señaló la pantalla. Yo la miré. Era un programa cómico que se dedicaba a escrachar famosos con crueldad. Claro que le encantaba— ¿Qué trajiste? ¡Muero por probar! Ah, pero tienes que bañarte antes. Aún debes tener el cuerpo congelado —recordó, levantándose del sillón. Yo la veía caminar hacia mí con esa ropa común y no podía creer el panorama. Parecía una amiga que vino a visitarme solo porque surgió. Pero no, era mi presidenta. No debía olvidarlo, tampoco es que fuera fácil de olvidar.
Al llegar, puso las manos en mis hombros con una sonrisa que, con el cabello suelto y mojado, se me hacía extraña de digerir. Yo la peinaba todos los días. Y siempre que lo hacía, pensaba lo mismo: ni con el cabello suelto se parece a Ririka. Sus ojos, lo que expresan, son diferentes. Más fríos, penetrantes. Aún así, sin las trenzas me desorientaba.
—Vamos, ve a bañarte. Te espero.
—Ah, sí. —Dejé las bolsas en la barra de la cocina y la miré una última vez. La presidenta regresaba tranquila al sillón, que ya parecía haber marcado como suyo. Volvió a poner los pies en la mesita y continuó riéndose, olvidándose por completo de la educación. Luego de superar la sorpresa, me encontré sonriendo con ella. Era un gusto verla así, teniendo un respiro. La presidenta, más allá de su siempre sonrisa, cargaba con una vida ajetreada que no le permitía relajarse mucho. Y por eso buscaba divertirse en la academia, porque luego de graduarse tendría que volver a sus obligaciones familiares que, por supuesto, ella quiere destruir. Yo rezaba para que lo hiciera antes de graduarse, así no tendría que seguir siendo la cabeza del clan Momobami; lugar que detesta. Y yo también. Su infelicidad es la mía.
Me bañé lo más rápido posible. Seguía en estado de alerta. Quién sabe si ella estaba haciéndose la inocente y si, en mi ausencia, le picaba el bichito de la curiosidad para recordarle que tenía un importante deber: revisar mi casa. Al salir del baño, me puse ropa cómoda; un pantalón corto negro y una playera morada. Aprovechando que la presidenta estaba vestida de entrecasa, me tomé la libertad de vestirme igual. Esa noche, lo decidí, haría que se sintiera como en casa y más relajada que nunca. Para eso yo también debía estar en la misma sintonía. Tenía que dejar las cuestiones del beso para después y hacer como si nada hubiera ocurrido. Difícil, pero posible con concentración y autocontrol.
—Lamento la tardanza.
La presidenta giró el rostro hacia mí desde el sillón y sus ojos se ensancharon de un modo que casi me hicieron retroceder. Bajé la toalla con la que me estaba refregando el pelo mojado, inquieta. Me escaneaba de pies a cabeza sin disimulo alguno.
—¿S-Sucede algo?
Ella se limitó a sostenerme la mirada con esos ojos que ni pestañeaban y luego los desvió con una sonrisa dura.
—Nada concreto. ¿Comemos? Ya quiero probar lo que trajiste.
Arqueé una ceja, confundida por su comportamiento. ¿Por qué de pronto, ella, quién siempre te clavaba las pupilas incluso hasta en las situaciones más incómodas, apartaba la vista?
—Espero que le guste. Tampoco se entusiasme, es muy diferente a lo que come siempre —dije, dejando las bolsas en la mesita baja. Me senté en el suelo. Ella bajó del sillón para arrodillarse a mi lado.
—Todo es una experiencia. Me guste o no, será gratificante. Por cierto, quiero hacerlo del modo salvaje. No traigas platos, comeré del bentō. También quiero beber de la botella.
Yo solté una risita mientras sacaba los bentōs de plástico de la bolsa y dejaba uno frente a ella. Le pasé unos palillos y un té frío en botella. Ella examinó la botella como si fuera una novedad. En efecto, nunca vio un té dentro de una botella. Y si lo vio, desconocía que era té.
—Sabía que diría eso, es tan típico de usted. —comenté mientras la presidenta le daba un sorbo a la botella con la misma delicadeza con la que bebe de una taza. Sonrió a medias. Indicación de que no le desagradó, pero tampoco le sorprendió.
—Claro que lo sabías… Aunque no me entiendas, sabes todo de mí, ¿no?
Un dejo de nostalgia huyó de su voz, llevándome a verla a los ojos. Ella sonreía tenue.
—No todo, es por eso que continúo a su lado. Quiero saber todo de usted, presidenta. —contesté, separando mis palillos. Ella bajó los ojos, separando los suyos, y abrió la tapa del bentō. Había dos Onigiris de atún y mayonesa. En el lado derecho del recipiente, tres Yakitoris de pollo. Yo me compré lo mismo, pero con Onigiris de verdura.
—¿Qué pasará cuando sepas todo?, ¿te aburrirás de mí?
—¿Huh? —Se me cayó un pedazo de arroz de la boca— ¿Pero qué dice? Esa es usted, presidenta. Si no permanezco interesante para sus ojos, sé que algún día me abandonará.
Ella, haciendo oídos sordos, agarró un Onigiri con las manos y le dio un mordisquito prudente que me dio ternura. Ensanchó la sonrisa.
—¿Atún? Gran elección. Y no está mal, eh… Diría que el sabor artificial le da su toque. —Le dio otro bocado con más ganas—. Mucho toque. Mientras más como, más adicta me hago. Ah, qué extrañeza… —Se llevó una mano a la mejilla con placer, el mismo que yo sentía por haber atinado.
—Sé que le encanta el atún, y los pescados en general —agregué con malicia. Ella sonrió con la misma vibra—. Siempre me he preguntado, ¿hay algún pez de su acuario que sea yo?
Me miró con los cachetes inflados por la comida. Yo reí pensando que parecía una niña, y, no sé con qué valentía, le saqué un arroz del cachete.
—¿Tengo un lugar especial en él? —insistí. Ella tragó la comida, cambiando su expresión por una seria que me hizo arrepentir de haberla tocado. ¿Quizás invadí su espacio personal?
—Cómelo.
—¿Ah?
—El arroz. Lo correcto es que lo comas si me lo robaste. —Señaló el arroz en mi dedo índice. Yo me sonrojé y lo metí en mi boca. Sonreí con los cachetes calientes.
—Está rico.
La presidenta, conforme con el espectáculo, volvió la vista al bentō.
—Sí, hay un pez que eres tú —contestó a mi pregunta y luego le dio un mordisco al Yakitori. Esta vez arrugó la frente en una muestra de que no le gustó tanto— ¿No lo viste? Uno negrito con morado que suele nadar en dirección contraria al resto. Ese eres tú.
—Hm… —Puse un dedo en mi mentón, buscándolo en los recuerdos— ¡Ah! ¿El que tiene una dieta especial? Siempre le da otra comida.
—Sí, ese mismo. No le gusta la comida común, de hecho, él no es común. Es una especie exótica, como tú. —Me sonrió, dejando los palillos encima del bentō— ¿Sabes cómo se llama?
Negué.
—Saya.
De acuerdo, no fue muy creativa al respecto.
—¿Saya…?
—Sí, ¡Saya! —Levantó las manos con una risita—. Fue uno de los primeros peces en llegar al acuario. Viene sobreviviendo hace tres años, y eso que es el más pequeño de todos. Hay uno naranja, Choppi, que siempre quiere comérselo. No sé cómo ha sobrevivido a las feroces batallas que le da.
—Supongo que es fuerte, ¿o quizás rápido?
—No… —La presidenta cerró los ojos, atenuando la sonrisa—. Es perseverante, eso es lo más hermoso en él. Encarar al mundo no solo requiere fuerza, sino también perseverancia. Diría que eso es más importante que tener dinero o talento. Sin constancia, no eres nada.
Yo la escuchaba, atenta. Hablaba de mí, ¿cierto? Ese pez era yo.
—¿Eso… piensa de mí?
La presidenta deslizó las pupilas a las mías, que la esperaban expectantes.
—Sí, eso pienso. —Apoyó una mano en el suelo. Con el meñique rozó la mía—. Quién, más que tú, podría ser capaz de permanecer a mi lado durante tantos años... Nadie, solo tú puedes hacerlo. Tú y esa magnífica lógica que te mueve en sentido contrario a los demás, que te hace ser más obstinada que cualquier otra persona que haya conocido. Me encanta cómo eres, Sayaka.
Miré con disimulo esa mano que trepaba por la mía para acariciarme. La atmósfera estaba mutando por una comprometedora que me ponía nerviosa. La sentía en el aire, pesada, derramándose sobre mi cabeza.
—Esa es mi percepción sobre tu persona, ¿pero qué hay de ti? ¿Qué piensas de mí?
—Ya lo sabe…
—Quiero escucharlo otra vez. —ordenó, sujetando mi mentón con los dedos. Comenzó a inclinarse de forma lenta. Yo veía sus labios celestes acercarse, embelesada.
—Me gusta… Me gusta todo de usted.
Ella rió por dentro y rozó mi boca con los labios.
—Siempre es un placer escucharlo.
Me besó.
Me besó de nuevo y yo no pude hacer más que arquear las cejas con deleite. Cerré los ojos siendo empujada por su rostro, el cual meneaba con insistencia para besarme. Sus besos eran éxtasis puro, generaban una adicción instantánea. Cada vez que su boca me abandonaba, yo la buscaba de nuevo con necesidad. El agarre en mi mano se intensificaba a medida que ella separaba los labios, llevándose los míos. Asomó la lengua y trazó mi labio superior con la punta, demandando más de mi persona. No me negué. Abrí la boca y la presidenta me invadió con ella. Rozó la mía en una leve caricia y un inmediato shock eléctrico circuló por mis venas, revolucionándome por dentro. Mis manos se movieron solas debido a las secuelas eléctricas, una frunciéndose contra el suelo y la otra sosteniéndose de su hombro. Ella suspiraba en mi boca, enredando nuestras lenguas despacio, pasando la mano por mi mejilla.
La presidenta, realmente, tenía un don para detener el tiempo con un simple beso. Porque, como antes, yo me sentía en un estado detenido. Solo el fondo de la televisión, risas, y la lluvia pegando en la ventana, a veces me distraían, devolviéndome a la realidad. Esos labios suaves y acolchonados, su lengua húmeda y la respiración acalorándome la piel… Todo era un transportador directo a una creciente locura que me gustaba abrazar.
—Sabes a mayonesa… —murmuró sonriente, despegándose de mi boca. Yo abrí los párpados, sintiéndolos pesados.
—L-Lo siento.
—Me gusta, amo la mayonesa.
No podía sostenerle la mirada por mucho tiempo. Estaba atravesando el post momento al íntimo, ese que, en mi caso, conllevaba vergüenza y no saber qué decir. La presidenta se limitaba a jugar con mi cabello suelto. Pasaba los dedos por él con una sonrisa calma. Otra vez moría por preguntarle qué estaba sucediendo. Con qué razón, después de tres años manteniendo una barrera entre nosotras, hoy había decidido derrumbarla. ¿Quizás no hacía falta preguntar?, ¿estaba siendo correspondida y ya? Quería dejar de pensar, pero mi yo lógico necesitaba respuestas con urgencia.
—¿Y eso? —La presidenta señaló un flan que había en la mesa. Era verde.
Yo me aclaré la garganta y lo tomé para dárselo.
—Es flan de té Matcha.
—¡Oh! —Lo agarró con un brillito en los ojos y abrió la tapa del recipiente redondo— ¿Existía esto?
—En las tiendas de conveniencia todo existe, hasta las combinaciones más bizarras —dije, dándole una cuchara— ¿Quería un desafío, no?
Ella afiló la sonrisa.
—Sabes cómo conquistarme, Saya. Digo, Sayaka —bromeó, haciéndome reír—. A probarlo se ha dicho.
Metió la cuchara en el flan y la llevó a su boca. Su expresión, al principio, era digna de un jurado de repostería. Incierta, sospechosa. Poco a poco fue aflojando, transformándose en una aburrida.
—Esperaba algo más impactante… Quitando la consistencia viscosa, solo tiene gusto a té de Matcha.
—Porque es té de Matcha. Es un engaño, presidenta, ¿no lo ve? Sale más caro pero sabe igual, una mierda… ¡Es decir, basura! —Corregí rápido.
La presidenta rió.
—No me molesta que insultes, de hecho, creo que eres talentosa en ello. Das justo en el blanco. A Jabami Yumeko, la última vez, le dijiste cosas muy interesantes.
Fruncí el ceño. El solo recordar a ese asqueroso ser me hacía querer devolver la comida.
—Ese nombre está prohibido en mi casa, presidenta.
—¿Deberíamos invitarla? —Me ignoró—. Seguro estará encantada de venir, tiene cierta fijación contigo desde la apuesta de las torres.
—Hablo en serio. Si la invita, también será una invitación para matarla.
—Oh… Qué miedo das cuando te enojas, Sayaka. Eres como una pequeña psicópata —dijo, inclinándose hacia mí con una sonrisa lúgubre—. Y me encanta.
Presionó mis labios unos buenos segundos donde no respiré y se desprendió lentamente, dejándome con ganas de más.
—¿Vemos televisión? —Señaló el sillón—. Quiero seguir viendo ese programa.
Asentí con la cabeza, sintiéndome un poco decepcionada. No es que quisiera que pasara algo más, pero… Ah, claro que quería.
Tiré los bentōs vacíos en el cesto de la cocina y me senté junto a ella en el sillón. La presidenta pasó un brazo por encima del respaldo y me agarró el hombro para acercarme a ella. Nos limitamos a ver la televisión escuchando la armoniosa lluvia de fondo. Parecíamos una pareja, no nueva, sino de hacía años. Tiradas en el sillón, acurrucadas y sin esperar nada de la otra más que la mutua compañía. Estaba cómoda con el ambiente, así que me tomé la libertad de apoyar la mejilla en su hombro. Ella me sujetó la cabeza y yo no podía creer la fotografía que éramos. Pasé de estar siempre parada detrás de su trono a estar a la par. ¿Era esto consecuencia de la magia de la lluvia? Si lo era, empezaría a rezarle más seguido.
Luego de un rato, la presidenta habló.
Y me cagó la vida.
—Por cierto, encontré unos posters muy peculiares en tu habitación. —dijo, sin despegar la vista de la pantalla. Yo me enderecé.
—¡¿Cómo los encontró?!
—Ah, también encontré esto. —Se agachó y sacó un diario del costado del sillón. Mi diario—. Estuviste bien, Sayaka, muy bien. Pero esto no es suficiente para distraerme. Fue muy obvio. —Sacudió el diario con una sonrisa guasona.
«Mierda»
—Esos posters... No es lo que piensa. —Me miraba las rodillas buscando una salida, algún argumento sólido que me salvara de la vergüenza. Nada se me ocurría. No había manera de justificarme, ¡ninguna! Y mientras más lo pensaba, más caía en un resignado cansancio—. Supongo que... es lo que es. La admiro, presidenta. Lamento si le pareció un poco fuerte.
—¿Oh? Pero si me pareció adorable, tal como tus traumas infantiles escritos aquí. —Señaló el diario. Solo ella podía considerar esa conducta adorable— ¿Por qué tiraste los posters? Fue triste verlos en ese cesto todos aplastados.
—Para que no pensara que soy una enferma, por eso los tiré.
—¿Enferma?, ¿en algún momento di yo señales de pensar eso? Pienso que eres fascinante... y hermosa. —La presidenta giró mi mentón hacia ella. Sonreía apacible—. Tu habitación huele a ti. Todo, cada sector. Me sentí embriagada con tu dulce aroma, Sayaka. Quisiera... —Ella bajó la mano por mi brazo y escondió la nariz en mi cuello, apegando su cuerpo al mío—... dormir contigo hoy.
El murmullo me llegó con un estremecimiento que erizó cada cabello de mi cuerpo.
—¿Quiere… quedarse a dormir?
Asintió, refregando la nariz en mi cuello.
—Quiero sentir más ese aroma, irme mañana con él…
Me humedecí los labios, tragando pesado.
—V-Vino con la intención de quedarse, ¿no es así?
Sentí cómo estiraba la sonrisa en mi piel.
—¿Te es una molestia? Dormir en esa cama pequeña… ¿Por qué es tan pequeña?
—Me gusta así.
—Por mí está perfecto, así dormiremos más juntas. Aunque, posiblemente, no te deje dormir. —ronroneó en mi oreja y ese fue mi fin. La última frase de la presidenta quedó repitiéndose en mi mente como un disco rayado. Se repetía y repetía, desquiciando a todas las sensaciones vibrantes que venía acumulando en el cuerpo por sus iniciativas y también amagos.
Se me cayeron las defensas.
Me abracé a ella con fuerza, arrugándole la playera. No podía más con mis sentimientos, con la emoción de lo escuchado y menos con sus manos subiendo por mi espalda. Quería más de ella, lo quería todo.
—Será un placer recibirla en mi cama, presidenta.
Ella salió de mi cuello y se me dio vuelta el corazón al verla. Sonreía juguetona, sus ojos poseían un tinte salvaje, y yo solo deseaba volverme salvaje con ella.
—¿Aunque quizás me sobrepase contigo?
Asentí, hipnotizada por esas pupilas brillantes. La presidenta bajó la vista a mis labios, volvió a los ojos y se fue hacia adelante para empujar mi boca. Yo reforcé el agarre en su espalda mientras ella me recostaba en el sillón, acomodándose entre mis piernas. Sospeché, entonces, que "ver televisión" fue solo una excusa para llevarme al sillón.
Ella me besaba, suspirando en el medio, enredando nuestras lenguas dentro de la boca. Sentía su cuerpo subir y bajar de forma suave sobre el mío, se amoldaba a mis curvas y movimientos, hacía presión en mi entrepierna. Era fácil seguirla, también estar nerviosa. Nunca había tenido un contacto así, y no podía creer que el primero resultó ser con el amor de mi vida. Cruzando los brazos detrás de su cuello, acepté lo que me costaba creer: yo le gustaba. La presidenta no era una persona que cayera en impulsos carnales con nadie, digamos que el sexo no le interesaba. A mí tampoco, excepto con ella.
Una mano comenzó a subir por mi muslo, estremeciéndome. La presidenta me rodeaba la pierna, la acariciaba por debajo. Yo contenía los gemidos en su boca. Ese simple tacto me hacía cosquillas más abajo, unas nada inocentes que aumentaban a medida que las caricias se volvían significativamente atractivas para mi cuerpo, quién recién estaba descubriendo lo que era el placer. Ella arrastró la mano por el borde de mi cintura, levantándome la playera, y mis ojos saltaron cuando presionó uno de mis pechos. No llevaba sujetador, pues entrecasa. Sentía en toda su gloria esa mano fría que me apretaba hasta hundirse en mi piel. La presidenta también abrió los ojos. Vi cierta sorpresa en ellos; no pensaba que iba a estar sin sujetador.
—¿Y esto? —preguntó, rodeando mi pezón con un dedo. Éste comenzaba a levantarse, seguro estimulado por la caricia.
—M-Me incomoda usar sujetador en casa.
—Hm… Mira qué bien. —Ella agrandó la sonrisa y yo jadeé cuando me pellizcó el pezón. Sus yemas lo apretaban, lo estiraban haciéndome descolgar la mandíbula. Todo indicaba que no habría muestra de piedad en el futuro. Y en ese momento, con ella bordeándome el cuello con los labios, fue cuando pensé que la situación sería irremediable y que esa noche también.
Pero no.
Sonó el teléfono.
La presidenta detuvo los besos en seco. El teléfono seguía sonando mientras ella me contemplaba con una expresión pausada en el momento anterior, pero también a nada de caer en la irritación.
—¿Esperabas una llamada?
—¿Ah…? ¡Ah, sí!
Comencé a incorporarme con mucha fuerza de voluntad. Ella me dio espacio para saltara del sillón y me dirigiera a la barra, donde estaba el teléfono inalámbrico. Lo saqué de la base.
—¿H-Hola? —Respiré, bajándome la playera. Tenía que volver, sonaba como una desquiciada—. Sí, hola. Lo siento, no escuché la llamada. ¿Qué tal todo por allá?
La presidenta, ocasionalmente, me lanzaba rápidos vistazos mientras yo hablaba por teléfono. Había vuelto a su pose inicial, con los pies arriba de la mesita. Cambiaba de canal con aburrimiento.
—Sí, estoy bien. No te preocupes. —Bajé la voz, dándole la espalda. Si la veía, tartamudearía—. Yo también te extraño.
Un golpe seco se escuchó. Me volteé. La presidenta agarraba el control de la televisión del suelo. Se le cayó. Descuido raro en ella, o prueba fehaciente de que tenía que cortar la llamada ya.
—Lo siento, pero ahora no puedo hablar. Estoy… —«Si le digo que estoy con mi jefa a estas horas de la noche, empezarán las preguntas»—… con una amiga.
Algo en lo que dije causó un efecto inverso, molestando a la presidenta, porque giró el rostro hacia mí con una sonrisa tan helada que escalofríos se dispararon por todo mi cuerpo. Ella se levantó del sillón y en un parpadeo ya la tenía quitándome el teléfono de la mano.
—De hecho, no soy su amiga. Estaba a punto de concretar las cosas con ella —dijo al teléfono y mi alma se esfumó en un suspiro, al igual que todos mis sueños y futura calma— ¿Puedo saber quién es el inoportuno que osó interrumpirnos?
Yo me tapé el rostro mientras el de la presidenta, al oír la respuesta del otro lado del teléfono, iba adquiriendo un tono más pálido del que ya tenía. La vi volverse a mí y mirarme con unos ojitos sonrientes que revelaban que se había metido en un importante embrollo.
—Vaya, querido suegro…, no sabía que era usted el inoportuno. Disculpe mi mala educación, tuve un arranque de celos imposible de domar. Pensé que su hija estaba hablando con un amante, sabrá comprender.
Para ese momento, yo solo quería desaparecer. La vergüenza que sentía era tan grande que tenía el cuerpo caliente como un volcán en plena erupción. Escuchaba a mi padre gritándole desde mi lugar. Era el fin, ¡el fin de todo! Nadie más intolerante que él. Soy la niña de papá, ¿entienden? Y claro que algún día iba a presentarle a la presidenta, ¡pero no en esos términos! Tenía que rescatar la situación, pero la presidenta me esquivaba cada vez que trataba de sacarle el teléfono. Estaba en plena batalla y no tenía intenciones de perder. Y mi padre, por lo que escuchaba, tampoco.
—Comprendo su angustia, pero no es necesario este trato tan vulgar, ¿no cree? Yo le estoy hablando con respeto. Ya que estamos, aprovecharé para presentarme. —Ella levantó el mentón con orgullo, como si tuviera a mi padre enfrente. —Mi nombre es Momobami Kirari, soy la jefa de su hija y también su futura... —La presidenta cerró la boca y miró el teléfono con curiosidad—. Oh, me cortó. Una pena, estábamos teniendo una charla tan amena.
Yo puse las manos en mis caderas como una madre enfadada con su hija. De todas las personas que me podían arruinar la vida, no esperaba que ella fuera la primera. Apostaba más por Jabami Yumeko.
—¿Amena? ¡Presidenta, escuché los gritos de mi padre! —exclamé, dando un paso adelante— ¿Por qué hizo eso?
—¿No lo dije recién? Tuve un arranque de celos. —contestó, colgando el teléfono como si nada hubiera pasado.
—¿Desde cuándo es celosa? ¡Ese es mi lugar!, ¡no tome mi lugar!
—Siempre fui celosa, Sayaka. ¿Acaso no me esmeré en demostrártelo?
—¡No! Bueno, hasta hoy… ¿Cómo va a pensar que era un amante? —Suspiré, cayendo de culo en el sillón—. Mi padre debe estar molesto, nunca lo escuché gritar así.
—¿Por qué estaría molesto?, ¿porque soy una mujer? —preguntó, sentándose a mi lado. Yo dudé antes de contestar.
—No, se molestaría aunque fuera un hombre. Me cree muy menor para salir con alguien… Espere, ¿qué está pasando aquí? —pregunté con la frente arrugada lo que tenía atorado hace horas— ¿Ahora de pronto está interesada en mí? ¿Por qué me besó?
—¿Por qué? ¿De pronto? —Ella soltó una carcajada tan larga que tapó el ruido de la lluvia—. Siempre estuve interesada en ti, Sayaka. Pero, tal como tu padre, simplemente te consideraba muy menor como para actuar. Y ahora que lo pienso... ¿me he adelantado? —Se llevó un nudillo al mentón—. Aún no tienes dieciocho... Ah, qué error de mi parte. Me dejé llevar. —Estampó la espalda en el sillón, suspirando. Yo no entendía nada. ¿Realmente estuvo interesada en mí desde que nuestros ojos se cruzaron por primera vez? Si es así, se merecía el Óscar a la mejor actriz, porque, quitando éste último tiempo, ella nunca dejó entrever signos de que estuviera interesada en mí en el pasado. Al menos no desde mi visión—. Tu padre tiene razón, soy una descarada.
—¿No era que no le importaba lo que piensen los demás? Espere, ¿eso le dijo? ¡Lo voy a matar!
—No, no. Está en lo correcto. Pero, aún así, el daño ya está hecho. Te toqué los pechos, te pervertí completamente, así que… negociemos. —La presidenta irguió la espalda como si estuviera sentada en su trono y estiró el brazo hacia mí— ¿Cuánto dinero arreglará este pequeño inconveniente? ¿Cincuenta millones?, ¿eso es suficiente para él?
Mi mandíbula se fue a dar un lindo paseo por el suelo.
—¡Mi padre no se vende!
—Todos se venden, Sayaka. ¿Doscientos millones?
—Presidenta…, no.
Ella levantó el índice con una sonrisa.
—De acuerdo, quinientos millones. ¿Cerramos el trato? —Me ofreció la mano.
—¡Eso es mucho dinero!, ¡está exagerando!
—¿Bajamos a cuatrocientos? Y me muestras tus pechos, pero no los toco hasta que cumplas dieciocho. ¿Qué dices?, ¿trato?
—¡Ahora porqué mis pechos están en venta! ¡Agh! —Agarré un almohadón del sillón y me lo estrellé en la cara para no estrellarme el puño—. Presidenta, olvide lo que pasó. Mi padre es un exagerado, ¡pero nunca se dejaría comprar! Mi familia es muy orgullosa. La única solución es que yo hable con él antes de que se arme un lío.
—Oh. —La presidenta bajó el rostro, inexpresiva, y volvió a levantarlo con una sonrisa—. Un billón, y es mi última oferta.
—…
—…
—A veces solo quiero ahorcarla, presidenta.
Luego del pequeño altercado, que nos interrumpió en más de un sentido, la hora de dormir llegó. La presidenta prometió no tocarme y yo odié a mi padre. De verdad lo odié. ¡Tengo diecisiete años, claro que ella puede tocarme! ¡Hace años que lo deseo! ¡Me cagó el sueño, se cagó en él sin piedad!
«Papá, si me escuchas telepáticamente, te odio»
—De verdad…, esta cama es muy pequeña.
Giré el rostro sobre la almohada. La presidenta miraba el techo sin expresión alguna. Estábamos innecesariamente pegadas, culpa de mi cama de una plaza y media.
—Todavía está a tiempo de retirarse, ya no llueve tanto.
—¿Me estás echando?
—¡No! Solo… no quiero que duerma incómoda.
—Un poco incómoda estaré, es inevitable. Tengo algunos deseos que, si te miro, quizás se manifiesten. ¿Qué tal si me das la espalda? Puedo abrazarte si no te veo a la cara.
—¿Mi cara es el problema?
—Sí, porque es lo que más me gusta de ti. —La presidenta, jugando con fuego, me miró con una sonrisa—. Es preciosa y refleja tu intrigante mente a través de esos ojos oscuros que tienes… Me fascina.
—Hoy está… muy cariñosa. —murmuré, tapándome con la sábana hasta la boca. Ella rió bajito.
—Me siento cómoda aquí contigo, quizás es por eso. Y quizás mañana me arrepienta de haberme abierto tanto, pero lo hecho está hecho. Aunque me arrepienta, nada cambiará.
Yo sonreí.
—Me gusta eso de usted, es sencilla. Es decir, no a simple vista. De hecho, sabe bien que no la entiendo para nada. Pero, a veces, tiene esta sencillez… Toma la vida de un modo simple que envidio. "Las cosas como son, no hay nada qué hacer". Yo le doy muchísimas vueltas a todo, me arrepiento seguido y me frustro por eso.
—¿En serio? No lo sabía.
Su tendencia al sarcasmo siempre me sacaba más de una carcajada. Me puse de costado para verla mejor. Ella endureció la sonrisa como si no soportara la cercanía.
—¿De verdad está interesada en mi?
—¿No se nota? Me pregunto qué debo hacer para que me creas… Eres muy exigente, Sayaka. —La presidenta se puso de costado también—. Si te soy sincera, no soy buena con los sentimientos. Lo que siento por ti siempre fue ambiguo, nunca me lo planteé realmente. Lo dejé ser porque me siento bien cuando estoy contigo. Tuve algunos pensamientos, a veces deseos que consideraba extraños proviniendo de mí, pero nada concreto. Lo único seguro era que me parecías fascinante… y que cada vez más quería probar esa fascinación en carne propia. Hoy, cuando te besé, el panorama se aclaró. Estos deseos… —Deslizó los dedos por mi pecho, bajando la voz—… no tienen otra explicación más que atracción. Siempre fue una atracción.
Yo la escuchaba con una sonrisa tenue. Su sentir no era tan diferente del mío. En mi caso, al principio fue admiración. Luego también se transformó en algo ambiguo. Al final terminé enamorándome, sin embargo, no por ello exigía que me correspondiera. Con estar a su lado era más que suficiente para mí. Tampoco es que tuviera tantas fantasías sexuales con ella, ni en mi mente podía imaginármela correspondiéndome. Había decidido vivir con este amor platónico encerrado en el corazón. Pero ahora, verla tan sincera conmigo, vivir este sueño de ser correspondida… ¿y no poder concretarlo? ¿Qué tiene de malo demostrarle mi amor?, ¿por qué no podemos hacerlo? La presidenta es una persona chapada a la antigua, de alguna manera. En este siglo casi nadie se preocupa por llevarse uno o dos años para concretar las cosas. De los diecisiete a los dieciocho no hay mucha diferencia, pero para ella sí. Da ternura que piense de ese modo y que insista en esperarme, pero mi paciencia no puede esperar.
Porque esperó durante tres largos años.
Mi cuerpo se comprimía, ansioso, por tenerla tan cerca, por estar envuelta en su aroma fresco y no ser capaz de probarlo. Sé que debería conformarme con tenerla en mi cama, quizás nunca más se repetiría, pero era imposible ser conformista al estar poseía por el deseo. Nunca pensé que mis tímidos sentimientos pudieran llegar a rebalsar de este modo, se suponía que mi mente siempre estaba bajo control. Y ahora la frustración me comía viva. Tenía que encontrar una forma, ¡algo!, una forma de estar con ella sin faltarle el respeto a su ideología.
«Espera…»
—Usted dijo que no me puede tocar.
Ella pestañeó con una carita inocente.
—Sí, le hice una promesa a mi suegro.
«¿Desde cuándo es su suegro?»
—Entonces…, ¿yo sí puedo tocarla?
La presidenta levantó las cejas y allí permaneció, con una sonrisa robótica en los labios. Parecía en shock, no se esperaba la propuesta. Sorprenderla fue gratificante, un logro desbloqueado.
—Es mayor, puedo tocarla. —insistí.
—¿Es así cómo funciona? —preguntó. Yo asentí, aunque no sabía cómo funcionaba—. Si es así, supongo que puedes. Pero, una advertencia. —Estiró la sonrisa, volviendo a ser quién era—. Si lo haces, quizás mis manos se muevan solas y termine rompiendo mi promesa. Como sabes bien, nunca he roto una. Sería muy pesado para mí llevar ese pecado en los hombros. ¿Quieres hacerme sufrir, Sayaka?
—No, quiero que apostemos—dije, incorporándome. La presidenta alzó las comisuras cuando me acomodé encima de ella— ¿Podrá contenerse o me tocará? Ese es el juego. Si me toca, tendrá un castigo. Si no lo hace, tendrá una recompensa. Pero quizás la recompensa sea el castigo y el castigo una recompensa. ¿Qué hará?
Un destello se asomó en los ojos de la presidenta. No podía ocultar la emoción. Sus pupilas se iban expandiendo progresivamente, como las de un gato en la oscuridad, y de su ser se desprendía una energía abrumadora que me aplastaba aunque yo estaba encima de ella. Lo sabía, ella no podía resistirse a apostar conmigo.
Porque siempre quiso apostar conmigo.
—Sayaka..., ya sé que voy a perder. Me condenaste. ¿Invertir la recompensa y el castigo? Si opto por contenerme y gano, quizás igual pierda. Lo mismo si no me contengo. No hay salida, pero sí muchas entradas. En otras palabras, es una ruleta rusa. —Ella rió en un macabro murmullo—. Hm... interesante. ¿Y qué pasaría si el castigo, en realidad, fuera una recompensa para mí?, ¿existe esa posibilidad?
«Tan rápida como siempre»
—Por supuesto. Lo que yo considero un castigo, para usted puede ser una recompensa, y viceversa. Después de todo…, usted y yo somos opuestos perfectos.
La presidenta profundizó la mirada en mis ojos con un cariño que pude notar. Yo fruncía los dedos en las sábanas, ansiosa, mientras esperaba por una respuesta afirmativa que no estaba llegando.
—¿Cuáles son las reglas? ¿Qué puedo tocar y qué no? —preguntó con una sonrisa. Una sensación de ajena seguridad me invadía al mirarla. Incluso en un momento así, ella estaba entera. No como yo, que estaba haciendo lo imposible para no mostrar una sola señal de inseguridad.
—Todo, menos mis partes intimas. Ya sabe cuáles son, ¿no?
—Pechos, trasero y… —Bajó las pupilas a mi intimidad y volvió a mis ojos con un gesto travieso—. Aquello también, ¿verdad?
—Veo que estuvo estudiando Anatomía, supongo que Ririka no tendrá que hacer su próximo examen por usted.
Ella se echó a reír de forma coqueta.
—Me pregunto… cuánto más podrás sostener ese personaje que estás encarnando, Sayaka —dijo y yo me sentí por completo emboscada—. Como siempre, no dejas de sorprenderme. ¿Tanto quieres estar conmigo?
Yo le respondí con un silencio. Quise creer que mis ojos, los cuales sentía cristalinos, eran suficiente respuesta. Ella relajó la sonrisa al verme.
—Bien... Las reglas están dichas. Apuesta aceptada. Esto será difícil, pero divertido. —Llevó una mano a mi mejilla—. Realmente ansío ver cuando te quiebres, Sayaka... ¿Comenzamos?
Tragué saliva, perdiéndome en esos ojos emocionados. No estaba para nada segura de lo que iba a hacer. En sí, no sabía qué hacer. Estaba haciéndome la fuerte, la confiada cuando de confiada no tenía nada. Por dentro temblaba como un gato bajo la lluvia. Y ella lo sabía. Lo que me impulsaba y me daba coraje era la necesidad de demostrarle mi amor de una buena vez. Sin embargo, mi impulso más grande se hallaba en el deseo de verla destruida, de sacarle expresiones nunca antes vistas y de aplastar ese ego suyo que tanto adoraba.
Ese día ella me destruyó con amagos, ahora yo la destruiría con certezas.
Comencé una lenta marcha hasta su rostro, acomodando el cuerpo entre sus piernas. Ella ensanchaba la sonrisa, dispuesta a recibirme con los brazos abiertos. Presioné sus labios y unas manos se posaron en mi espalda.
La presidenta cumplía con las reglas. Mientras yo deslizaba la lengua por la suya, ella no tocaba más de lo permitido. Pasaba las manos por mi espalda en caricias que acentuaba haciendo presión. A veces amagaba a bajar a mi trasero, pero volvía a subir por la columna recordando que ese lugar estaba prohibido. Yo, inquieta por dentro, gozaba de esas caricias y a la vez sufría en silencio los amagos que yo misma conjuré al desafiarla. Hundí el rostro en su cuello; olía de maravilla, a jabón fresco. Mi jabón y su aroma personal. Tracé su piel con la lengua y la escuché reír bajito.
—Me haces cosquillas…
Quizás era mi imaginación, pero la sentía nerviosa, tensa debajo de mi cuerpo a pesar de que mantenía una sonrisa. Alimentándome de la falsa confianza que me brindó ese pensamiento, comencé a bajar por su cuello entre besos y tímidas lamidas. Mis manos, deseosas por participar, subían por su abdomen. Al levantarle la playera, se reveló un abdomen plano y cuidado, blanco como la porcelana misma. Descubrí rápido que ella tampoco tenía sujetador. En sí, lo sospeché apenas la vi con mi ropa puesta; sus pezones se marcaban en la playera. Y ahora podía verlos en primera persona. El calor se instaló en mis mejillas cuando me incorporé con las manos para obtener un mejor panorama y la encontré con una sonrisa abierta, la playera encima de los pechos y el cuerpo desarmado en la cama, todo rodeado de largos cabellos blancos que se esparcían por doquier. Esperaba paciente por mí, pero en ningún lugar tenía yo instrucciones precisas de cómo jugar con esos pezones erectos que daban la impresión de estar llamándome. Sabía lo básico, y solo por haberlo leído. No me agradaba ir con la información a medias.
—Sayaka.
Apunté a sus ojos, sonrojada. Ella atajó mi mano y la llevó a uno de sus pechos. Fui gratamente sorprendida con las dimensiones, que eran equivalentes al tamaño de mi mano. Y un poco más.
—Sé que es mucho pedir tratándose de ti, pero no pienses tanto. Solo actúa.
Las palabras de aliento, que encubrían un cierto ruego, me despabilaron y despertaron al orgullo, quién, nunca ausente, me llevaba a ser una perfeccionista enfermiza.
«Tengo que demostrarle que puedo cumplir con esta tarea. ¡Sé valiente, Igarashi Sayaka!»
Tomé aire y fruncí los dedos en su pecho, sintiendo en su máxima gracia la suavidad de aquella piel. Y una dureza. Su pezón se clavaba en mi palma, gritando por atención. En un experimento, lo froté de un lado a otro con el índice, viendo cómo crecía por la estimulación. Mi vientre, en el mientras tanto, ardía. Lo presioné con dos dedos y la presidenta hizo un leve movimiento, como si se estuviese acomodando mejor en la cama. Para mí solo fue una excusa, un intento de disimular lo que su cuerpo expresó sin permiso. Bajé el rostro hasta uno de esos pezones que aguardaba erecto. Ella suspiró cuando deslicé la lengua por él, llevándomelo conmigo.
—Oh, qué extraño…
Me preguntaba si iba a opinar sobre cada cosa que hiciera. No es que me molestara, pero me intimidaba un poco. Resaltaba que yo tenía el control y temía no poder mantenerlo, en especial con la sensación de su pezón rígido contra mis labios. Me volvía loca estar ahí. Giré la lengua alrededor de él y luego comencé a succionarlo, rodeando el pecho libre con la mano, haciendo presión en cada giro. En la habitación comenzaba a escucharse una respiración profunda, arrastrada. Era ella, que estaba respirando más rápido. Lo veía en su abdomen; se expandía y contraía a un ritmo superior al común. No podía creer ser yo la causante de esa aceleración, tenía que recordarme seguido que no estaba alucinando. La presidenta se limitaba a observarme con los párpados entornados, como si estuviera a punto de caer en un sueño profundo. Quería creer yo que estaba cayendo en el placer.
—Sayaka…
Y cuando me llamó con una voz áspera, que apuntó directo a mi entrepierna, lo confirmé. Estaba haciendo un buen trabajo, el suficiente como para tentar a sus manos, que subían por mi espalda levantándome la playera.
—No puedo tocarte, pero puedo verte… ¿no es así?
El pedido fue expresado con un dejo de placer. Yo sonreí y me senté en su vientre. Comencé a levantarme la playera. Ella se incorporó para ayudarme, no soportaba quedarse quieta. Me la quitó por la cabeza y sus ojos bajaron con prisa a mis pechos. Se humedeció los labios y mi ser se comprimió en unas ansias de ser tocado.
—Eres hermosa… —musitó, apoyando una mano detrás de la espalda y llevando la otra a mi cintura. Subió por el borde, rozando el costado de uno de mis pechos. Yo me estremecí por dentro—. Ya siento la derrota acercarse.
—Mientras la mantenga entretenida, no tiene porqué perder.
—Hm... ¿Es así? —Ella sonrió de un modo incitante y se fue hacia atrás para hacerme un ademán con el dedo—. Entonces, ven a entretenerme antes de que mis manos se muevan.
Incapaz de resistir el llamado, me incliné y la besé, encerrando a ese demonio que anhelaba desatarse para tocarme. Saber que me deseaba tanto elevaba la flama en mi corazón, opacaba la vergüenza y me llevaba a un estado desconocido que rozaba la impaciencia. Luego descubriría que ese estado no era otra cosa más que excitación, y que esa misma emoción me guiaba a abrazarme a ella mientras la besaba, a pasar mis manos por esos hombros suaves que amaba envolver. La presidenta me correspondía el abrazo con intensidad, deslizaba las manos por mi espalda desnuda, haciéndome arquearla. Nuestros pechos se rozaban a la vez que entrelazábamos nuestras lenguas con una pasión que parecía contenida desde hacía un tiempo. No pude evitar llevar las manos a ellos para presionarlos con cierta fuerza. Ella sonreía con un tenue sonrojo que me enloquecía tanto como me desconcertaba. Nunca la había visto sonrojarse. Ese rubor resaltaba su belleza, le daba un aire frágil que luchaba contra la siempre imponencia que desprendía.
—Presidenta... —Giré la lengua sobre la suya, ya no tan paciente. La presidenta se acoplaba a mi ritmo, pasaba una mano por mi nuca, profundizaba el beso. Pero a mí nada de eso me bastaba. Me despegué de su boca para bajar por su pecho. Besaba cada parte de esa piel blanca, la succionaba en un instinto de marcarla, y luego la lamía como si así pudiera curarla. Entre besos, llegué al abdomen. Ella atajó mi cabeza mientras yo rodeaba el ombligo con la lengua, agarrando los bordes del pantalón corto. Comencé a bajarlo por sus piernas. Quería probarla, moría por sumergirme en ella. La presidenta, ayudándome, levantó las caderas para que se lo terminara de quitar. Arrastré los ojos por esas piernas largas y perfectas, y centré la atención en su ropa interior; celeste, reveladora.
«Esto… debe ser un hermoso sueño»
Pensé, acercando el rostro a su intimidad cubierta. Presioné los labios en ella. La presidenta reforzó el agarre en mi cabello, llevándome a subir los ojos. Mi labio inferior se desprendió al verla con una sonrisa vulnerable que, en cualquier momento y si seguía con el buen deber, se rompería.
Quería romperla.
Separé los labios y deslicé la lengua por su ropa interior, humedeciéndola. Pero sorpresa fue encontrarla ya húmeda, lo suficiente como para que su esencia traspasara la tela. Tragando pesado, comencé a bajar su ropa interior por las caderas. Mis ojos, idiotizados, seguían un rastro de placer que se resistía en abandonar la tela. Se estiraba, testarudo, mientras yo la bajaba por sus muslos. Finalmente se soltó y con ello también mi cordura al tener frente a mis ojos unos labios finos que brillaban.
—Presidenta…, está mojada.
Tanto ella como yo fuimos sorprendidas por mi falta de reserva en el habla. No fue planeada. La presidenta rió encantada por el desliz e impulsó mi cabeza a su lugar de necesidad.
—Me pregunto de quién será la culpa... Tendrás que hacer algo al respecto, Sayaka. No pensarás dejarme así, ¿verdad?
Me encontré dibujando una sonrisa despiadada. La tentación de dejarla con las ganas era grande, una venganza adecuada a todas las bromas que diariamente me jugaba. Sin embargo, no podía luchar contra mis propias ganas de explorarla, que ya me estaban acercando a ese templo de forma automática. Estiré su intimidad hacia arriba con los dedos y su aroma me llegó como el perfume más delicioso de la tierra.
«Su esencia…»
No bastó mucho más para que se me nublara el cerebro y terminara hundiéndome en ella de golpe. La presidenta sacudió las caderas cuando deslicé la lengua con hambruna por esos labios, drenándome de su placer, el cual encontré viscoso y algo salado. Y adictivo. Presioné el centro con la punta de la lengua y, por primera vez, la escuché gemir. Bajito, en un suspiro, perfecto.
—Presidenta, sabe muy bien…
Ella doblaba los dedos en mi cabello cuando yo rodeaba el centro con la lengua, despacio, buscando hacerla sufrir de placer. Cerré los labios en él y comencé a succionarlo, robándole un gemido mayor que encantó a mis oídos. Yo gozaba de menear la lengua sobre ese punto húmedo que se iba endureciendo dentro de mi boca. Intercalaba las lamidas con succiones, y mis dedos, que habían decidido jugar en la entrada al sentirse excluidos, se mojaban con su placer cada vez que la frotaba.
—Sayaka…, quiero que entres.
Mi respiración se descompensó al escucharla. Levanté los ojos. La presidenta tenía la boca entreabierta en una sonrisa, los ojos oscurecidos y la piel brillante por el calor que, de repente, estaba haciendo en la habitación. Yo también tenía calor, mucho calor ahí abajo.
—¿Quiere…? —Presioné la entrada en un permiso. Ella negó y estiró la mano. Parpadeé cuando atajó mi lengua con los dedos.
—Usa esto primero, quiero sentirla dentro. —ronroneó, frotándome la lengua con el pulgar. Yo emitía sonidos ahogados que no significaban otra cosa más que mi agonía por la petición, que me resultó en demasía depravada. Yo, una persona tímida, me hallé emocionada con esa perversión, con la adrenalina que me causaba.
—Sí…
Me acomodé mejor frente a su intimidad, sorprendiéndome en el medio con el color rojizo que estaba tomando. Asomé la punta de la lengua y comencé a penetrarla en esa pequeña cavidad que se expandía a medida que yo iba entrando. Y mientras lo hacía, descubriendo un mar caliente en su interior, ella tensaba las piernas. Su interior se contraía, encerrándome la lengua, y luego se expandía, liberándola. Era una sensación algo asfixiante, pues, tenía la nariz enterrada en su intimidad y la boca muy ocupada como para respirar. Sin embargo, eso no me bajaba del cielo en donde me encontraba.
—Mh… —Gemí sin querer, cerrando los ojos. Estar dentro de ella, probar de la fuente de su esencia, elevaba mi excitación a niveles que carecían que lógica. Debajo de mi ropa interior, otro mar. Sentía una puntada insoportable que imploraba ser atendida. Al menos no era la única sufriendo.
—Muévete, Sayaka...
Comencé a menear el rostro de adelante hacia atrás, penetrándola con la lengua.
—Ah... Eso es... —La presidenta pasaba los dedos por mi cabello en una muestra de placer. Yo arqueaba las cejas, agarrándome de sus muslos. Abrí la boca para hundir lo más que podía la lengua. En mi travesía, descubrí una pared alta que resaltaba en esa cavidad ardiente. Una leve curva hacia abajo que no se encontraba tan lejos de la entrada. La rocé y la presidenta tembló. Guiándome por su reacción, le dediqué toda mi atención, frotándola con la lengua. Se ensanchaba. Con cada roce aumentaba de tamaño, como un globo llenándose de agua.
Y entonces, la presidenta gritó.
—¡Ah!
Y me jaló el cabello.
—S-Sí, justo ahí… Sigue haciendo eso.
Le hice caso, no dejé mi deber por unos buenos minutos dónde trataba de no pensar en los ruidos que el acto desataba; pegajosos, nada puritanos. La presidenta meneaba lentamente la pelvis, acrecentando las sensaciones, deleitando a mis ojos, que veían esos movimientos como los más sensuales existentes. Sus fluidos me bañaban los labios, y mi intimidad, como la suya, no dejaba de vibrar. Algo se estaba preparando dentro de ella, tenía la impresión. Esa cavidad me comprimía cada vez más y el nivel de fluidos aumentaba. Queriendo destruirla, apoyé el pulgar en su centro y presioné. Ella aspiró el aire entre dientes, cerrando los ojos. Con cada segundo, su sonrisa se volvía más excitante para mis ojos. Una sonrisa sufrida de placer que se derretía como la nieve bajo el sol.
—Sayaka, creo que… falta poco.
Sus muslos temblaban contra mis manos, que los sujetaban con fuerza como si así pudiera contener el estallido que esperaba que viniera. Buscándolo, aumenté la velocidad. No me equivoqué. Mientras más frotaba ese resbaloso lugar con la lengua, mientras más presión ejercía, más ella se retorcía, y ya sin disimulo. Sus pies iban y venían por las sábanas, los arrastraba hasta arrugarlas. Respiraba agitada, como si no encontrara el aire en los pulmones. Lo que fuera que estuviera tocando allí dentro, era un detonador. Uno que me estaba dejando sin lengua, porque su intimidad de pronto se contrajo tanto, apretándola, que dejé de sentirla.
Ella abrió los ojos de golpe, como si le hubieran disparado en el pecho, y trató de decir mi nombre. Al igual que una moribunda, le tembló la voz, y con ello mi emoción tocó fondo. La penetré con la lengua lo más rápido que pude y entonces la presidenta explotó. Clavó las uñas en mi cuero cabelludo, tensó la mandíbula y estiró el cuello para liberar un áspero jadeo que vino acompañado de un maremoto. Ensanché los ojos cuando mis labios se llenaron de su placer, el cual se disparó directo de su intimidad a mi boca y rostro como la lluvia que nos empapó antes. Lo acepté encantada. Abrí la boca para cubrir toda su intimidad y así poder beber de ella. La presidenta se retorcía sobre la cama, su mano temblaba en mi cabello, lo jalaba como si fuera a morir por soltarlo. Yo tenía la consciencia apagada mientras continuaba recibiendo su placer dentro de la boca, que para mí era el elixir de la vida. Pasaba por mi garganta, rápido y sin tregua. Yo tragaba y tragaba como si hubiera encontrado agua en medio de un desierto. El gusto era similar, pero mezclado con su esencia y una pizca de sal. Quería más. Moví los labios con hambre sobre esos pliegues mojados, devorándola, alargando esa explosión que le brindaba espasmos que sacudían la cama.
—Saya… ka.
De a poco el agarre en mi cabello iba perdiendo fuerza, la cama dejaba de sacudirse. Sus dedos se desprendieron de mi cabeza y la presidenta estrelló la espalda en el colchón. Allí quedó, respirando de forma entrecortada y demostrándome que, al final, su condición física podía verse afectada con el tratamiento correcto.
Despegué los labios de su intimidad y me incorporé, también con falta de aire. Ella me observaba desde lo bajo, pero sus ojos me traspasaban. Era una mirada ausente que dirigía a la nada aunque estaba fija en mis pupilas. Parecía estar en otro planeta. Tanto, que me hizo preocuparme.
—Predidenta, ¿de encuenta bien? —Me tapé la boca, infartada, al escucharme hablar— ¿Qué cadajo? —Tenía la lengua dormida, ¡absolutamente dormida! Y cualquier contenido erótico previo había desaparecido gracias a eso.
«¡Ah, qué vergüenza! ¡Trágame tierra!»
Ella soltó una carcajada sin fuerza e hizo un intento de incorporarse con los codos, pero enseguida volvió a estrellar la espalda contra la cama.
—Vaya… Iba a burlarme de ti, pero no puedo hacerlo cuando mi estado es una completa burla. No me puedo mover.
Yo dejé de apretarme la lengua como una histérica y al levantar la mirada fui envuelta en una calidez indescriptible. La presidenta tenía una sonrisa frágil en los labios. Me la dedicaba. Le sonreí también y gateé por su cuerpo hasta llegar al rostro. Rocé su mejilla con los dedos y tiritó como un gatito asustado. Su sensibilidad me sorprendió, aún se estaba recuperando de la explosión. Y yo, quitando el temita de la lengua, no podía estar más satisfecha con el trabajo que hice. Había conseguido darle placer a una persona que, podría decirse, no tenía por vocación el expresar sus emociones. Nadie podría superar lo que yo había logrado esa noche, nadie podría arrebatarme ese primer lugar.
—Tienes la cara mojada… —dijo, acariciándome la mejilla con una mueca confusa. Comenzó a sentarse con dificultad, como si le pesara el cuerpo. Yo me aparté para acomodarme a su lado. Ella miró el espacio entre sus piernas y agrandó los ojos—. Oh, mojé tus sábanas de florcitas también. Lo siento.
—No pada nada, predidenta. —Me aclaré la garganta, buscando recuperar la dignidad—. De hecho, no volveré a lavar estas sábanas. Serán mi tesoro. —Le sonreí, mostrándole los dientes.
Ella rió con un nudillo en el mentón. Tenía las mejillas levemente sonrojadas y yo solo quería morderlas. Todo en ella contrastaba con la imagen que veía día a día; prolija, delicada. Esos cabellos que siempre peinaba, ahora no podrían estar más despeinados. De alguna manera, su naturalidad me hacía sentir que éramos, finalmente, iguales. No había barreras burocráticas, tampoco reglas laborales, solo éramos ella y yo disfrutando de una velada inesperada en una noche de lluvia.
—Debo admitir que no pensé que tendría este tipo de orgasmo en mi primera vez. Qué agradable sorpresa… Solo Sayaka podría dármelo. —resaltó con orgullo. Yo me puse en modo curioso.
—¿Este tipo?, ¿hay otros?
—Eso tengo entendido. Pero éste, como bien sabe tu lengüita, no es tan fácil de conseguir. Te luciste, Sayaka. —La presidenta apoyó la mejilla en mi hombro, agarrándome por la cadera.
Mi cerebro se llenó de aplausos. Miles de Sayakas se ponían de pie y me aplaudían con una sonrisa triunfante y melosa.
—¿E-En serio le gustó?
—¿Si me gustó? Ja… Fue tan desesperante, pensé que moriría de lo fuerte que me latía el corazón.
—¡¿Morir?! —Me espanté. ¿Qué demonios le había hecho?— ¿De verdad se encuentra bien, presidenta? —Sujeté sus mejillas con preocupación. Ella reía entre mis manos como una niña.
—Tu inocencia no se compara con tus acciones, Sayaka. De verdad…, eres un misterio.
Ella se inclinó para darme un beso que ni llegué a corresponder, pues, algo llamó su atención.
—¿Este es mi sabor? —Se rozó los labios, hallando el placer que yo le robé—. No está mal, mejor que ese Yakitori barato es.
—¿Mejor? Ja. —Yo cerré los ojos con elegancia, lista para llenarla de halagos; mi tarea favorita—. Permítame corregirla, presidenta: es mucho mejor. ¡Es la excelencia misma! Todo en usted es exquisito.
La presidenta levantó los ojos hacia mí con lentitud y en ellos pude ver un brillo peligroso que me arrancó la elegancia de un tirón. Me comía con la mirada, haciéndome preguntar si estaba a punto de ser cazada.
—Hm… ¿Es así? Y dime, ¿lo bebiste todo? —preguntó, deslizando un dedo por mi mentón de forma incitante—. Mi placer.
—Sí…
Ella emanó una risita ronca y sujetó mis hombros.
—Eres tan traviesa, Sayaka.
Me estampó en la cama. Estiró la sonrisa desde lo alto, ensombreciéndose, y llevó la mano a uno de mis pechos. Lo apretó. Yo miré el agarre, desentendida.
—Ups, perdí —anunció en un cantito, sacando la mano—. Tendrás que disculparme con mi suegro.
—¿A-Acaba de perder apropósito?
—No~. —Ella arrastró la nariz por mi garganta y cuello como una serpiente. Deslizó la lengua por mi piel, para luego succionarla. Yo doblé el rostro sobre la almohada sintiendo cosquillas allí y en el piso inferior. Me presionaba la intimidad con la rodilla, exasperándome. Estaba muy sensible, no podía aguantar ni siquiera eso—. Creo que es tiempo de terminar esta apuesta para pasar a una mayor, ¿no crees?
—¿H-Huh? ¿Y qué hay de su promesa? Nunca rompió una…
—Crucé los dedos.
Arqueé una ceja. Por supuesto que hizo trampa, esa era la presidenta. Si le convenía, jugaba de tramposa. Olvidé ese pequeño detalle antes de desafiarla.
—No pienso irme de aquí sin probarte, Sayaka. —La amenaza vibró en mi oreja, allí donde la presidenta pasaba la lengua por el borde, humedeciéndola—. Por el bien de saldar deudas, corresponde que te devuelva el favor. Así que, despeja mi intriga de una vez. ¿Qué gano si pierdo? De todos modos, ya estoy perdiendo.
Sí, lo estaba. Sus dos manos, culpables de la derrota, se encontraban en mis pechos. Los masajeaba con una lentitud tortuosa. Esas uñas celestes se fruncían contra mi piel, enrojeciéndola. Ningún argumento tenía yo para detenerla, porque no quería que se detuviese.
—Esto gana.
Ella salió de mi cuello para verme de frente. Yo le sonreía con timidez.
—A mí.
—Oh… Pero qué derrota más placentera. Así da gusto perder, Sayaka. —La presidenta levantó una ceja en un gesto seductor y se inclinó a mi rostro. Sus cabellos blancos se deslizaron hacia mí, acariciándome los hombros—. Voy a disfrutar al máximo este castigo… y tú también lo disfrutarás.
Empujó mis labios, cerrando los ojos. Yo me abracé a su espalda, dispuesta a regocijarme con la victoria.
Y así fue. Ella perdió y yo gané. Sí, le gané a la mismísima presidenta del Consejo estudiantil. En cada toque que me regalaba con sus finos dedos, en cada caricia en mis partes íntimas y besos que depositaba en ellas, la presidenta perdía. Quizás lo correcto es decir que no le interesaba ganar. Las dos sabíamos secretamente que esa apuesta solo era un empujón que se me ocurrió para romper la barrera llamada "suegro". Esa noche, sin dudas, tuvo un único destino desde el principio. Y allí, con la lluvia de fondo golpeando la ventana de mi habitación, yo lo acepté y me entregué a ella.
En medio del terremoto que me asaltaba, uno que me penetraba con fuerza y me hacía sacudirme sobre el colchón, miraba la ventana para ver la lluvia caer. Me costaba visualizarla con los párpados entornados y los dedos de la presidenta deslizándose dentro de mí, quemándome las paredes internas. Ese día reafirmé mi amor por ella y por la lluvia. Y deseé, realmente deseé que lloviera todos los días para que la presidenta terminara en mi casa otra vez, refugiándose de ella.
Refugiándose en mí.
.
.
.
—Bien, repasemos.
Yo suspiré desde un sillón de la sala del Consejo estudiantil. La presidenta, sentada en el sillón de enfrente, me miraba cruzada de piernas y con una sonrisa diplomática.
—Cuando tu padre te llame, tú dirás… —Estiró la mano hacia mí. Yo volví a suspirar y miré la hoja que tenía en la mano. Era un guión escrito por ella.
—"Padre, la presidenta no me ha tocado un solo cabello". —Me sentía una estúpida leyendo eso—. "Lamenta cualquier inconveniente que te haya causado y está dispuesta a compensar el malentendido con una suma de…". —Arrugué el borde de la hoja, la frente también se me arrugó. Ni quería leer lo siguiente—. Presidenta, ¿acaso no escuchó mis negaciones el día de ayer?
—Las escuché, pero no son de mi interés. —Ella cerró los ojos, dándole un sorbo a la taza de té—. Sigue leyendo.
Volví la vista a la hoja de mala gana.
—"Con una suma de…". —Mis ojos se agrandaron al ver el número escrito— ¿¡Cincuenta billones?! Sabía que tenía dinero, ¡¿pero tanto?!
—Intuyo que será suficiente para él. Si lo administra bien, con esa cantidad toda tu familia podrá vivir tranquilamente y sin trabajar hasta que, algún día, tu padre perezca.
—¿Por qué dijo lo último con una sonrisa…? Presidenta, ya le dije que no. Deje de tratar de comprar a mi padre. —Me puse de pie, haciendo un bollo la hoja—. Nunca sabe cuándo parar, es terrible.
—Y tú no sabes cuándo callarte, querida.
Achiné los ojos y le tiré el papel por la cabeza. La presidenta ni se inmutó cuando rebotó en su frente. Continuó tomando té con calma.
—Sayaka, me lastima tu indiferencia ante mi intento de conservarte. —Ella dejó la taza en la mesa que separaba los sillones y se dio unas palmaditas en las piernas, llamándome. Yo dudé antes de caminar hacia ella. Me senté, pero a su lado— ¿No ves que hago esto para mantener nuestro vínculo? ¿Y por qué no estás en mis piernas?
—No hace falta su esfuerzo, es cuestión de que yo hable con mi padre. Si le planteo los hechos con madurez, no le quedará otra que aceptarlo.
—Discúlpame por dudar, pero sigo creyendo que el dinero es la salida más fácil. Siempre lo es. ¿Ya vas a venir a mis piernas? Me duelen de tanto golpeármelas.
Yo la espié de reojo y no pude con su carita ingenua. Me levanté para sentarme en su regazo. La presidenta enredó los brazos en mi cintura con una sonrisita feliz.
—De este modo podremos seguir conociéndonos sin problemas, ¿no suena bien? —murmuró, acercándose a mis labios. Yo no cedía. Me jodía la existencia que quisiera comprar a mi padre. Para ella, él era una víctima más, un soborno de los tantos que habrá hecho. Pero para mí era como escupirme el apellido. Siempre cedía ante sus caprichos, hoy haría la excepción.
—Si quiere seguir conociéndome, olvide el dinero y confíe en mí. —Sujeté su mejilla con firmeza—. Yo misma puedo solucionar esto. No voy a mentirle a mi padre, le diré la verdad. Y si no le gusta, allá él.
—Oh… Cuánta decisión emana tu voz. —La presidenta refregaba la mano por mi muslo de manera incitante, deslizaba los dedos dentro de la falda—. Me alegra escuchar eso. Si estás tan decidida, entonces no hay necesidad de sobornarlo.
A mí poco a poco se me iba aclarando la mente. Estaba bastante segura de que había caído en una trampa. Ella, insistiendo en sobornar a mi padre, quería conseguir que yo dijera lo que acababa de decir. En otras palabras, quería que luchara por nosotras hasta el punto de, quizás, tener que emanciparme. La conocía. Mi familia era un obstáculo para ella, lo único que se le cruzaba por la mente era eliminarla. Y deseaba que lo hiciera con mis propias manos en una muestra de amor.
«Porqué no me sorprende»
Mientras continuaba dándole vueltas al asunto, un bollo de papel rebotó en mi mejilla. Miré a la agresora con indiferencia. Ella reía por lo bajo.
—Obviamente se iba a vengar.
—Obviamente.
Rodé los ojos.
—Presidenta, no hacía falta darme vuelta el cerebro para plantarle cara a mi padre. Tarde o temprano lo iba a hacer.
—Necesitaba que fuera más temprano que tarde, Sayaka —respondió ella, apoyando la mejilla en mi pecho—. Sino, con mi culpa carcomiéndome, no podría volver a repetir lo de anoche.
—Pero si hoy a la mañana me acorraló en el baño…
—Un descuido de mi parte. Soy humana, puedo errar.
Yo dibujé una media sonrisa y descansé el mentón en su cabeza, resignada pero feliz. Dos emociones habituales que siempre me escoltaban como un pacto silencioso por permanecer a su lado. En las afueras, gotas se resbalaban por el gran ventanal de la sala del Consejo. Se oían relámpagos detrás.
—Sigue lloviendo… —comenté.
—Sí… Supongo que no me quedará otra que ir a refugiarme a tu casa otra vez. ¿Cambiaste las sábanas? Al final, tú las manchaste más que yo.
Me sonrojé sobre su cabeza. Recordar porqué las había manchado me hacía latir el corazón con frenesí. Y la presidenta lo sentía, estaba justo ahí. Claramente solo lo mencionó para acelerarme y gozar de mi nerviosismo.
—Las cambié mientras usted se duchaba.
—Perfecto.
Me dio una palmadita en el trasero, incitándome a levantarme. Ella se levantó después, agarró su bolso del sillón y me pasó el mío.
—¿Vamos? Antes de que nos agarre la tormenta. —Me tendió una mano. Yo la tomé con una sonrisa y salimos de la sala para dirigirnos a la entrada de la academia.
—Por cierto, nunca me dijo porqué me besó ayer —dije, caminando a su lado—. Entiendo que... Bueno, milagrosamente yo le atraigo, ¿pero por qué decidió hacerlo en ese momento?
—Hm... —La presidenta inclinó el rostro de manera pensativa. Sonrió—. Porque lo necesitaba. Y tú también.
La respuesta me causó gracia. Por un lado sonaba algo fría, simple y arrogante, pero por el otro era tan cálida que me hacía reforzar el agarre en su mano con agradecimiento. Ese trato especial, contradictorio pero sincero, solo me lo regalaba a mí. Siempre fue así. Y hoy, luego de lo ocurrido entre nosotras, podía ver con claridad la importancia de ese trato. Mejor dicho, por fin podía ver lo que se ocultaba detrás de él. Aunque ella no lo dijera abiertamente, aunque yo solo lo haya mencionado una vez, ese trato era, quería creer, amor.
Ese día, como ayer, compartiríamos el paraguas y la presidenta vendría a mi casa.
Con el tiempo me daría cuenta de que ya no haría falta rezar para que la lluvia fuera eterna, porque la presidenta, los siguientes días en los que no llovería, ya no pondría ninguna excusa para venir. Simplemente aparecería en mi puerta con su siempre sonrisa perfecta y con la promesa de, como todas noches, no dejarme no dormir.
Fin
¡Cuarto one-shot entregado! Sí, bastante larguito jajaj Si llegaron hasta acá, mil gracias por leer y espero que lo hayan disfrutado :)
Nos leémos en el próximo, ¡besos y qué anden bien!
