La distancia hace milagros
—Sayaka me está evitando.
—¿Hm? —Ririka volteó la hoja de un libro. Descansaba la espalda en el ventanal del despacho, libre de máscara.
Kirari, sentada detrás del escritorio, miraba al frente con una sonrisa rígida. Tenía los ojos fijos en la puerta, hacía fuerza con ellos para abrirla mágicamente y evocar a su, quizás, ya no tan fiel secretaria.
—Van cinco días desde que se fue. No me llama, no me manda mensajes. Está, literalmente, desaparecida. —expresó su preocupación con un tono relajado, como si estuvieran hablando de lo lindo que estaba el día.
—¿Crees que pudo haberle pasado algo? —preguntó Ririka, sin despegar las pupilas del libro—. Se veía preocupada antes de irse. En sí, fue raro que se pidiera unos días, ella nunca se separa de tu lado.
Kirari giraba la cuchara en la taza de té, distraída. Las cuestiones de su hermana mayor no eran extrañas de escuchar, cualquiera llegaría a la misma conclusión tratándose de Sayaka. Hasta ella misma se sorprendió cuando, con un semblante decaído, su secretaria le hizo una petición unos días atrás.
—Presidenta, debo pedirle un favor.
Kirari levantó la mirada de unos papeles que tenía en la mano. Sayaka estaba parada frente a ella, el escritorio las separaba. No había una pizca de luz en sus ojos, aferraba sus manos delante del cuerpo y Kirari sentía un mal augurio en camino cuando, en general, pedirle un favor implicaba divertirse haciéndoselo pagar luego de formas nada dignas.
—Si está en mi mano, te lo concederé. Dime.
La petición no llegó rápido, a Sayaka le costaba explayarse. Abría la boca para hablar, pero volvía a cerrarla y reformulaba el discurso en su mente. Kirari la observaba sin perderse un solo detalle de sus gestos. Era fácil leerla cuando estaba nerviosa. La espera se le hacía un poco desesperante, pero por otro lado aplaudía su sentido de la precaución. Depende de lo que dijera, respondería como un ángel o como un demonio.
—Me ha surgido un asunto familiar urgente. Estaría muy agradecida si me permitiera ausentarme por unos días para volver a mi casa.
Y dijo eso. Kirari apoyó el mentón en la mano con una sonrisa intrigada. ¿Verdad, mentira? Tendría que descubrirlo.
—¿Oh? ¿De qué se trata el asunto?
—Lo siento, pero es personal.
Primera vez que Sayaka le evadía una pregunta. El impacto arrasó por dentro a Kirari como un torrencial. Se encontró inclinando levemente el rostro, sin saber qué expresión poner y sintiendo una necesidad de esquivarle la mirada. Una sensación similar a la vergüenza le succionaba el pecho, como si hubiera hecho el ridículo. Eso en un lado del cerebro. En el otro, el asombro y la intriga se fusionaban, creando un caos en sus ojos que, cuando enloquecían, no eran tímidos en demostrarlo. Los cerró, enfriando la cabeza. Perder la compostura no era una opción. Ni ahora, ni nunca.
—Entiendo. ¿Cuántos días necesitas? —Se limitó a preguntar, mirando el paisaje verde por la ventana. Sayaka la observaba a ella con pesadumbre.
—Quizás necesite una semana, le iré avisando sobre la marcha.
Más sorpresas. ¿Sobre la marcha? Sayaka no era así de desorganizada. ¿Y una semana? Su hogar queda en otra prefectura, tiene sentido pedirse unos días, ¿pero una semana? Empezó a hacer cálculos. Hm... No. Negativo. No sobreviviría sin ella. Hacía tres años que alguien más se ocupaba de casi toda su vida, ya no recordaba lo que era ocuparse ella misma. Sus caprichos eran tan altos que por poco y le pedía a Sayaka que la bañara, pero optaba por reservarse el pedido dado que, bueno, podría terminar en "un problema".
—Una semana, eh… Me parece bien. Después de todo, nunca te tomaste vacaciones. —contestó.
—Créame que no me tomo esto como unas vacaciones. —Sayaka esbozó una sonrisa lamentable que la dejó pensando. Estaba triste, se notaba a lo lejos.
—¿Cuándo te irás?
—Si me lo permite, hoy mismo.
—Hm… Veo que estás muy apurada. Despiertas mi intriga, Sayaka. ¿Qué asunto puede ser tan importante como para separarte de mí?, ¿o será una persona la que nos separa? —Kirari se refregó el mentón con una sonrisa que parecía ocultar una maldad y se levantó del asiento. Comenzó a rodear el escritorio— ¿Acaso me estás engañando?
Sayaka sonrió a medias.
—Para engañarla tendría que ser mi pareja, presidenta.
—¿Oh?, ¿no lo soy? —preguntó Kirari, deteniéndose frente a ella. Deslizó los dedos por su coleta—. Pensé que lo era.
Lo que esperaba no sucedía. Sayaka no se sonrojaba, no chillaba nerviosa. Continuaba mirándola con unos ojos que veía melancólicos, de despedida. Hundiéndose en ellos, entendió que el asunto era importante y que hoy no conseguiría esas reacciones que le alimentaban el ego.
—Prometo tenerla al tanto de todo. Cuando esté volviendo, la llamaré. —continuó Sayaka.
—¡Ah, finalmente! —Kirari levantó las manos—. Por fin podré darle uso a mi celular.
—Pero si siempre me manda mensajes…
—Por trabajo, esta vez será diferente. Esperaré tu llamada con ansias, Sayaka.
Sayaka sonrió al ver sus ojitos felices.
—Parece una niña cuando se emociona así, presidenta. —Llevó una mano a su mejilla. Kirari endureció la sonrisa cuando fue acariciada—. Qué dulce...
Momento de activar la alarma de seguridad, algo sumamente grave estaba pasando. La situación de por sí era sospechosa, pero una Sayaka que no se intimidaba con su trato y que se atrevía a acariciarla, era motivo de preocupación. Kirari miraba sus ojos enternecidos con una extrañeza que no podía evitar sentir. Y un cosquilleo. Justo donde Sayaka pasaba los dedos por su piel, un cosquilleo le seguía. Aunque la caricia se sentía bien, también le generaba cierta inquietud que, por un momento, le hizo tirar abajo la máscara de la indiferencia.
—No tardes mucho. Apenas sé hacer un té, no voy a sobrevivir sin ti.
Sayaka rió.
—Estoy segura de que Ririka se encargará de usted, no se preocupe.
La presidenta no creía que Ririka fuera la adecuada para el trabajo, de hecho, era la peor opción. Todo lo que le pidiera, lo haría de malhumor. Iba a protestar, pero tuvo que cerrar la boca. Una musiquita empezó a sonar en el despacho. Bajó la vista con frialdad; venía de la falda de Sayaka. Dentro del bolsillo una luz se encendía y apagaba.
—Sayaka, sabes bien que en la sala del consejo está prohibido usar el celular.
—¡Ah, sí! Perdón... —Sayaka sacó el celular para apagarlo, sin embargo, cuando vio el nombre en la pantalla se aferró a él—. Disculpe, tengo que atender esto.
Se dirigió a paso rápido a la puerta y salió al pasillo. Kirari la seguía con los ojos.
«No está mintiendo, pero sí ocultando información»
Casi el mismo concepto, pensó. ¿Qué razón podría ser tan importante como para llevar a su secretaria, siempre honesta e inocente, a mentirle en la cara? Tenía la curiosidad a flor de piel. Le emocionaba que la situación fuera extraña, no obstante, porque se trataba de Sayaka, esa emoción se mezclaba con un pánico que vivía oculto en su ser: perderla. ¿Quizás Sayaka había encontrado a otra reina que admirar? No le sorprendería. La vida no es lineal, siempre hay piedras en el camino. Si ese fuera el caso, lo aceptaría. Aunque también, debía admitir, le molestaría ser reemplazada. Estaba bien con su vida sabiendo que Sayaka le dedicaría la suya para siempre, que viviría arrodillada a sus pies. En cambio, la imagen de su presente, una Sayaka que la evitaba, que hablaba en murmullos por teléfono con alguien más, que no se sonrojaba a su lado y que no le contaba sus problemas personales, era para inquietarse. Como persona cauta que era, tenía un as bajo la manga que devolvería a Sayaka a la normalidad, pero creía apresurado utilizarlo, puesto que no era el más sutil de los ases. Era una carta fulminante. Ésta solo debía ser utilizada en un verdadero caso de emergencia, se juró tres años atrás. Si la usaba ahora pasaría por encima la voluntad de Sayaka, y en absoluto le interesaba faltarle el respeto de esa manera. Lo único que le quedaba era seguir sentada en la banca observando el juego, que no pintaba nada bien.
«Quizás finalmente llegó el día de perderla… Se adelantó»
Estaba segura de que, si algún día tuvieran que separarse, sería cuando ella se graduara. Sayaka iba un año detrás, así que no había manera de continuar juntas en la academia. Pero quizás fuera de ésta... De vez en cuando tenía esa fantasía: salir del acuario junto a ella para navegar por el mundo, para conocer, no acuarios, sino mares llenos de especies exóticas. Apostar con extranjeros, picar de país en país, hacer lo que quisiesen... Pensarlo le hacía una ilusión que no tardaba en caer en el pesimismo. Era un sueño difícil de cumplir siendo la cabeza de la dinastía Momobami, sin embargo, se volvía posible si contaba con el apoyo de Sayaka. Si las dos luchaban juntas, si compartían el mismo sueño, quizás...
—Lamento la interrupción, presidenta. Era de mi familia.
Sayaka le tiró un baldazo de realidad al volver. Kirari subió el rostro con su mejor sonrisa.
—Yo me disculpo, no sabía que era un familiar.
—Sí... Um, de verdad necesito volver hoy a mi casa. ¿Puedo?
Aunque quería negarse, porque un incoherente pero justificado temor le gritaba que esa chica iba a soltarle la mano para siempre, Kirari, a su forma, aceptó.
—Mándame mensajes.
Sayaka parpadeó.
—Además de llamarme cuando estés regresando, mándame mensajes mientras estés allá. Si es posible con fotos, me gustaría conocer tu hogar.
Sayaka juró notar una petición silenciosa detrás de la oración. ¿Quería que la llevara con ella? Con gusto lo haría, no había nada que le enorgulleciera más que la existencia de la presidenta. Pero debido al asunto que tenía que arreglar, llevarla podría terminar en un problema. En especial con su familia extremadamente conservadora.
—Como guste, presidenta. Igual no espere mucho, mi hogar no es tan elegante como el suyo —contestó con una sonrisa empobrecida—. Bueno…, ya debo irme.
Kirari sonrió y redujo la distancia. La impulsó hacia sí por la espalda, juntando sus frentes.
—¿Me das un beso de despedida?
El rubor subió por el rostro de Sayaka como un termómetro llenándose de calor. Aquella era una solicitud inusual, por no decir desconcertante.
—¿U-Un beso?
—Sí, aquí. —Kirari se señaló la mejilla. Sayaka vio esa piel esponjosa y tragó saliva antes de inclinarse. Besó su mejilla con suavidad. Kirari cerró los ojos sintiendo ese beso como el más tierno jamás recibido. Enredó un brazo en su cintura delgada, dispuesta a disfrutarlo. Solo había recibido los besos de buenas noches de Ririka, así que no podía considerarse una gran catadora de besos. No obstante, aún desconociendo la materia estaba segura de que ese beso, entregado y dulce, sería el mejor que recibiría en su vida.
Sayaka se despegó lento de esa piel que olía a colonia floral. Quedó cerca de ella; la mano de Kirari en su cadera no la dejaba ir. La acariciaba despacio y sus ojos la miraban con una profundidad que le aflojaba las rodillas.
—Gracias por eso. Esperaré tu regreso, Sayaka. —Kirari se agachó y presionó los labios en su mejilla para devolverle el favor. Sayaka, al sentirla, subió las manos por su espalda y la abrazó en un acto nacido por la despedida—. Te deseo un buen viaje.
La despedida dolió más de lo que ambas esperaban. Quizás estaban dramatizando un poco, pensaba cada quién por su lado. Se iban a separar una semana, no un año, pero para ellas no había diferencia. Pesaba igual. Porque nunca, en tres años, se habían separado. Eran como una pareja, pero sin los besos, las citas o las sesiones de cama abierta. Sin embargo, tenían las charlas, las miradas afectuosas, las comidas compartidas, el apoyo mutuo y los abrazos esporádicos que, a veces, Kirari necesitaba para recargarse.
Oh, y los deseos.
Cada una tenía sus propios deseos que involucraban a la otra. Unos más tímidos que otros, otros más osados que tímidos. Cada quién deseaba en silencio y esperaba que algún día esos deseos tomaran forma. Kirari era la más paciente de las dos, pero no la más sincera.
La extrañaba y no tenía el valor de decírselo.
Y eso la llevó a quejarse con su hermana gemela. Cinco días habían pasado desde que Sayaka se fue. No había señal de ella. Se esfumó en el aire como si nunca hubiera existido, al igual que la promesa de escribirle.
—¿Por qué no le mandas un mensaje? —le preguntó Ririka, cerrando el libro. Miró a su hermana menor. Ésta última tenía una expresión aburrida, recargaba la mejilla en la mano.
—No lo veo necesario.
—¿Entonces para qué sacaste el tema?
La presidenta le echó un vistazo desagradable. Ririka suspiró al recibirlo y despegó los pies del suelo para salir de la oficina. Estaba atardeciendo, el bullicio de la academia poco a poco se apagaba. Era hora de ir a casa.
—Vamos. —Abrió la puerta, llamándola. Kirari subió los ojos a ella con desinterés— ¿Quieres pasar la noche en la oficina?
El siempre tono indiferente de Ririka, a veces, convocaba al malhumor. Le irritaba ver esos ojos solitarios que la miraban por encima del hombro como si ocultaran unas cuántas verdades que no serían dichas. Kirari era quién mostraba su ego, Ririka se lo guardaba y te atacaba con él cuando lo creía necesario. Hoy, por ejemplo.
—Últimamente estás muy tajante, Ririka, ¿puedo saber la razón?
—Me da bronca que no seas sincera. —Ririka le dio la espalda y se puso la máscara— ¿Cuánto más vas a engañarte a ti misma, Kirari? Al final, eres tú la que siempre usa una máscara.
—¿Disculpa?
—Hace tres años que te veo girar en lo mismo, es molesto.
Kirari comenzó a ponerse de pie. Una sonrisa filosa adornaba sus labios.
—Podría decir lo mismo de ti, hermanita. ¿Hace cuánto te pedí que te unieras a Saotome Mary?, ¿un mes ya? Sí... Y en un mísero mes caíste redondita a sus pies. Estabas tan necesitada de aprecio que te pegaste a ella como un cachorrito. Sin embargo, no veo ningún avance de tu parte. ¿Siquiera sabe de tus sentimientos?
—Cierra la boca, Kirari. —Ririka giró el rostro hacia ella con unos ojos gélidos—. Meter a Mary en esto no te salvará. Siempre haces lo mismo, te sientes acorralada y empiezas a atacar. Tan infantil... ¿Por qué mejor no usas esa energía para sincerarte?
A Kirari le costaba mantener las comisuras en su lugar. Se refregó la boca para ocultar el disgusto.
—En casa hablamos, hermanita.
Sabía bien a dónde quería llegar, se refería a Sayaka. Nada iba a conseguir. La presidenta no pensaba escribirle primero. No, por nada del mundo. El orgullo era su prioridad. Sin embargo, debía admitir que las palabras de Ririka habían escarbado un poco, y solo un poco, en su corazón. Quizás estaba en lo cierto, quizás le sucedió algo a Sayaka. Ella le dio la dirección de su hogar en caso de emergencia, pero caer de imprevisto era peor que mandar un mensaje. Estaba dudosa, no sabía qué hacer.
Suspiró con los ojos fijos en el techo de su habitación. Lujosa, amplia y elegante, cuidaba el sueño que aún no llegaba. Se sentía extraña, con sentimientos amargos que no solían visitarla. Antes de plantearse el porqué estaba preocupada por alguien que no fuera ella misma, recordó que estaba hablando de Sayaka; único ser, además de su hermana, que apreciaba. No era raro que le preocupara, de hecho, era normal. Quizás una de las pocas normalidades con las que convivía en su vida llena de extravagancias.
Su cabello largo se arrastró por la almohada al doblarse para agarrar el celular de la mesita de luz. No hizo falta desbloquearlo, no tenía clave. La luz de la pantalla la encandiló un momento en medio de la penumbra. Deslizó el dedo por los contactos, que no eran muchos, y se detuvo en el de Sayaka. Lo había anotado con un corazón; siempre se lo mostraba para ver su linda carita sonrojada. Sayaka simplemente había puesto "Presidenta" en el suyo. Tocó el contacto en la parte de mensajes y una ventana de conversación se abrió.
Sayaka:
Ya tengo lista su merienda.
Era lo último que tenía escrito de ella. Sonrió. Debido a las interminables reuniones que tenía, Sayaka le recordaba por mensaje el alimentarse. Kirari lo usaba como excusa para escapar de las reuniones, explayando muy dramáticamente que era un asunto de vida o muerte.
—Ririka no cocina tan bien como tú. Estoy pasando hambre, Sayaka.
Sus ojos estaban fijos en la pantalla, el dedo inmóvil en la letra "S". Cerró los párpados y dejó el celular en la mesita. Mejor esperar, decidió. Se puso de costado para dormirse. A los pocos minutos, una campanita sonó. Abrió los ojos de golpe. Se obligó a tomar el celular despacio, no como realmente quería hacerlo: corriendo.
Sayaka:
Buenas noches, presidenta. Espero no haberla despertado.
Quería avisarle que estoy bien y que pronto estaré por allá.
—Un poco tarde me avisas, querida Sayaka. —El alivio que sentía no tenía nombre, su secretaria estaba sana y salva. Comenzó a responder con una sonrisa, pero entonces se detuvo. Contó dos minutos y recién ahí envió el mensaje. No quería quedar como una desesperada, ese puesto era de su secretaria.
Sayaka, a kilómetros de distancia, parpadeó con el cepillo de dientes en la boca al oír la alerta de mensaje a lo lejos. Escupió la pasta dental, se enjuagó rápido y corrió a su habitación para agarrar el celular. No esperaba una respuesta hasta la mañana.
Presidenta:
Vaya, te dignaste a aparecer.
Ya estaba a punto de llamar a la policía.
Sayaka:
Lo siento mucho.
Mi madre está enferma y además hay otro asunto que me ha tenido ocupada.
Sayaka dejó el celular en la cama. Esta vez se quedó allí, esperando. Volvió a sonar al instante. Lo agarró apresurada.
Presidenta:
Lamento lo de tu madre.
¿Y el asunto…?
Sayaka:
Cuando esté allá le contaré todo, lo prometo.
Primero debo solucionarlo.
Kirari estrechó los ojos. Sayaka seguía evitando el tema. Y aunque tenía una tremenda curiosidad atascada en el pecho, prefirió dejarlo ahí. Un intento fue suficiente, dos sería patético.
Presidenta:
Cuánta intriga... Debo admitir que es divertido este suspenso.
Esperaré ansiosa tu discurso a la vuelta.
Sayaka:
Gracias por entender, presidenta.
Kirari pensó lo próximo. ¿Debía parar de hablar? Sayaka parecía estar despidiéndose con lo último dicho. Nunca había hablado por mensaje de esa manera fluida, así que desconocía si era tiempo de cortar la conversación. Quería seguir hablando con ella. De pronto se sentía traviesa, tentada por explorar ese mundo denominado "Chat" que le permitía estar segura detrás de la pantalla y que, además, alimentaba a la imaginación, pues no podía ver a su secretaria. Era entretenido intentar imaginársela, sin embargo, le faltaban detalles para dibujar una imagen certera de ella. Decidió seguir hablando.
Presidenta:
¿Estás acostada?
Sayaka arqueó una ceja. Pensaba que la conversación había terminado.
Sayaka:
Sí, ya estoy por dormirme.
La idea de que Sayaka estuviera acostada en su cama era, sorpresivamente, muy atractiva para la presidenta. Quería más, muchos más detalles. Íntimos detalles. Y entonces, en su mente se instaló un juego.
Presidenta:
¿Qué llevas puesto?
Sayaka:
Un pijama, ¿por qué?
Presidenta:
¿Puedo verlo? Mándame una foto.
Sayaka:
¿Por qué quiere verlo?
Kirari rodó los ojos. Siempre tan lenta, pensó. Sayaka no estaba entendiendo el juego, ni sabía que estaba jugando. Para hacérselo entender, tendría que mover sus fichas primero. Levantó el celular y se tomó una foto. La examinó un segundo y luego la borró. Tuvo una mejor idea. Se puso de costado, se bajó un poco el camisón blanco en la zona del cuello, dejando a la vista una generosa porción de sus pechos, y se tomó otra foto. La mandó.
Sayaka saltó de la cama al recibirla. Sus cachetes ardían mientras contemplaba esos pechos aplastados y la sonrisa de la presidenta, que rebalsaba de picardía. La foto tenía un mensaje debajo: te extraño, quiero verte.
—¿Me... extraña? —murmuró, desviando la vista. Estaba sola en su habitación de la infancia, que era tan aburrida como la de su presente; llena de bibliotecas. Lo único que resaltaba era un peluche de una jirafa en la punta de la cama. Tenía la puerta cerrada, pero no descartaba la posibilidad de que sus padres, pesados y controladores, aparecieran de súbito sin tomarse la molestia de tocar. Si la enganchaban sacándose una foto, empezarían las preguntas. Era riesgoso, en especial con la situación que estaba viviendo en esa casa. Volvió los ojos a la foto que le envió Kirari. Dibujó con el dedo el contorno de su rostro y el peligro dejó de importar.
Se tomó una fotografía.
Kirari sonrió cuando llegó el mensaje, y más al ver el pijamita que tenía puesto. Era un conjunto purpura de camisa y pantalón. Sayaka sonreía tímida. Tenía el cabello suelto y, oh, qué agradable sorpresa, llevaba gafas puestas. Hacía años que no la veía con gafas. Siempre le pareció un encanto con ellas, pero Sayaka, en algún momento, decidió reemplazarlas por lentes de contacto. Permaneció observándola con aire pensativo. Todo le decía que se detuviera allí, que no abusara de la seguridad que le brindaba la distancia, pero cómo detenerse con esa imagen frente a sus ojos y con la oferta de, tal vez, conseguir más. Gracias a la lejanía, ahora tenía en sus manos una fotografía invaluable que iría directo a su colección de "Expresiones de Sayaka". Si insistía, ¿qué más podría obtener? Quería descubrirlo. Quería ver cuánto transformaba a una persona la comodidad del anonimato.
Presidenta:
Qué lindo pijama… Subamos la apuesta.
¿Puedo ver lo que hay debajo?
A Sayaka se le escapó un gritito. Miró la puerta de la habitación con la mandíbula tensa, temiendo haber sido descubierta. Nada, cero ruidos. Salvada por los pelos. Regresó los ojos al mensaje. ¿Acaso había entendido bien?, ¿la presidenta le estaba pidiendo verla desnuda? Absurdo, la distancia la enloqueció.
Sayaka:
¡Qué dice, presidenta!
Presidenta:
Es solo un juego, estoy aburrida.
Sayaka:
Juguemos a otra cosa.
Presidenta:
Si tú me muestras lo que hay debajo, yo te devolveré el favor multiplicado.
Y entonces la cosa se puso interesante. Sayaka pegó un salto de la nube negadora donde se encontraba y aterrizó en la nube de la curiosidad. ¿Multiplicado? Si se refería a lo que estaba pensando, sonaba bien, ¡muy bien! Una cura perfecta y necesaria para esos días desolados. Lo meditó. Mientras, recibía mensajes de la presidenta.
Presidenta:
:)
—¿Cree que va a convencerme con eso...? —comentaba en voz baja, sintiéndose un poquito subestimada.
Presidenta:
¯\_( ͡❛ ͜ʖ ͡❛)_/¯
—Eso no va a hacer que me desnude, presidenta.
Presidenta:
( ͡ᵔ ͜ʖ ͡ᵔ)
—En serio, ¿acaba de descubrir los emoticones o qué?
La presidenta le mandó una jirafa y Sayaka puso su mejor cara de melosa. Punto débil activado.
—¡Ah, para de una vez! —Se tapó el rostro, sonrojada hasta las orejas. Extrañamente, esos simples emoticones la estaban convenciendo. Su actitud le parecía tan tierna que le hacía mal al corazón. Trató de verle otro lado al asunto. No es como si estuvieran haciendo eso personalmente, así que ¿no era tan grave? Detrás del celular estaba segura, protegida. La presidenta no podía ver sus expresiones, eso era un punto a favor. Tampoco podría escucharla, dos puntos. Bien, quizás podía hacerlo. Pero necesitaba más información si iba a proceder a perder la dignidad.
Sayaka:
¿Qué quiere ver específicamente?
Presidenta:
Tus pechos.
La respuesta llegó a la velocidad de la luz. Sayaka recargó la frente en la mano. El pedido no era poca cosa y mucha cosa le daba cumplirlo. Estaba tan nerviosa que no podía disfrutar bien el increíble suceso de que la presidenta se mostrara interesada en su cuerpo. Cerró los ojos con fuerza, juntando valor. Porque sí, había aceptado desde que le mandó la jirafa. Comenzó a desabrocharse los botones del pijama, tragando saliva en el medio. Sentía que estaba haciendo algo condenadamente indebido. Se bajó el pijama por los hombros, descubriendo sus pechos, y estiró el brazo con el celular. Primero apuntó a su rostro y torso, pero entendió rápido que no podría sacar tal fotografía con su cara a la vista. Prefirió el anonimato. Bajó un poco la cámara para que solo apuntara a los pechos y tomó la fotografía.
—No puedo creer que estoy haciendo esto…
En otra cama, más grande y de sábanas rojas de seda, Kirari alzaba una ceja coqueta al recibir la tan anhelada foto. Sayaka se cubría los pechos con un brazo, aplastándolos. Estaba a punto de mandarle un "Tramposa" hasta que llegó a notar uno de sus pezones. Allí, tímido, se asomaba por el borde del brazo, rosado y pequeño. Se encontró sin poder apartar los ojos de la pantalla. Unas cosquillas no esperadas se estaban alojando en su estómago, haciéndole curvar los labios.
—Mi pequeña y traviesa Sayaka… Nunca pensé que lo harías. —ronroneó, subiéndose el camisón. Sus pechos rebotaron cuando lo arrastró hacia arriba por ellos, descubriéndolos. Levantó el celular con una sonrisa ganadora y, antes de enviar la fotografía, escribió:
Presidenta:
Bien, tu recompensa.
Una respiración entrecortada comenzó a sonorizar la habitación de Sayaka. Sus párpados declinaron, sombreando unos ojos que se vieron invadidos por el deseo. Kirari cumplió. Contrario a ella, no tenía problema de mostrar la cara junto a esos pechos redondos que la saludaban desde lo bajo. Eran más grandes que los suyos y blancos como la nieve, los pezones endurecidos. Se le estaba haciendo agua la boca. Bajó las pupilas y halló un vientre plano y apetecible. Moría por pasar la lengua por él, por cerrar los labios en esa piel que daba la impresión de ser tan suave como una pluma. Arrastrar la mano por el borde de su cintura esbelta, llegar a sus pechos y presionarlos... Sacudió la cabeza, escapando de la fantasía. Tenía que contestar, ¿pero qué podía decir ante tal magnitud de belleza? Nada de lo que dijera le haría justicia.
Sayaka:
Es muy hermosa, presidenta.
Kirari se llevó un nudillo al mentón con una risita. La respuesta había tardado lo suyo en llegar. Se preguntaba qué estaría haciendo Sayaka. Si estaría observando la foto con atención, si se sentía revolucionada como ella.
Presidenta:
¿Quieres ver más?
Sayaka pasó la vista al techo con una mirada que rozaba el suplicio. Seguía con la camisa abierta y los pechos al aire. Éstos se elevaban y bajaban en un ritmo algo apresurado. De pronto la preocupación porque entrasen sus padres estaba siendo reemplazada por una adrenalina que le hacía sentir bien. La tristeza que venía acumulando en esos días por estar, literalmente, atrapada, también desaparecía. Estaba cómoda así, sintiendo el pecho fresco por el vientito que entraba por la ventana y a la vez siendo dominada por dentro por un calor creciente. Agarró el celular y se tomó un momento antes de contestar.
Sayaka:
¿Por qué estamos haciendo esto?
Presidenta:
Porque es divertido.
¿Seguimos jugando o te retiras?
Sayaka se refregó la frente, buscando la calma interior. No aparecía. Lo único que rondaba por su cabeza era la imagen de su perfecta sonrisa, el cabello platinado suelto, esos pechos redondos que moría por apretar y chupar… Deseos, deseos y más deseos la comían viva. Se le estaba durmiendo la lógica.
Sayaka:
Seguimos.
Kirari tuvo que contener una risa macabra. Si se ponía a reír como una loca a esas horas de la noche despertaría a Ririka, quién dormía inocente en su habitación.
Presidenta:
Si quieres ver más, dame una mejor vista de tus pechos.
Y muéstrame un poco más abajo también.
Esta vez Sayaka ni se planteó caer en los nervios. Puso la cámara encima de sus pechos y abdomen, y se bajó un poco el pantalón para que se viera la ropa interior: unas bragas negras normalitas. Tomó la foto y se la mandó. Al hacerlo, cayó en la cuenta de sus acciones. Por estar desesperada en verla desnuda se estaba desnudando ella primero.
—¿Qué estoy haciendo? Justo ahora… esto no tiene sentido.
Pensamientos caóticos se disparaban mientras esperaba una respuesta que no estaba llegando. Habían pasado cinco minutos y la presidenta no respondía.
Porque estaba muy ocupada metiendo la mano debajo de sus bragas.
Kirari miraba atenta la fotografía que le mandó Sayaka. En esta ocasión sus pechos estaban totalmente al desnudo, y le fascinaban. Eran más pequeños que los suyos, pero estables. Aunque estaba acostada seguían firmes en su lugar. Debajo, un abdomen que daba la sensación de estar endurecido por una ardua rutina. Y más abajo, aquello que le hizo llevar los dedos al piso inferior: dos líneas diagonales que marcaban su pelvis y se dirigían a un lugar que estaba protegido por las bragas. Si estrechaba la vista, podía ver esos labios ceñidos por la tela. Su rostro temblaba levemente mientras deslizaba los dedos por su intimidad con los ojos oscurecidos y una expresión ausente. Todo había dejado de existir, excepto ella, la cama y Sayaka del otro lado del teléfono, a quién imaginaba alentándola al oído, acomodando esos pechos suaves sobre los suyos. Con cada vaivén se humedecía, el centro se sensibilizaba. Tragó saliva con dificultad y se echó un vistazo a la entrepierna. Su mano se movía lenta debajo de las bragas, insinuante, como si fuera ajena.
Se vio en la necesidad de masturbarse. La orden vino del más allá, de una sensación intensa y espontánea que se instaló en su pecho al ver esa fotografía. Cuando la recibió, tuvo que refregar las rodillas entre sí para calmar el tormento que comenzaba a desatarse entre sus piernas. Allí fue cuando descendió la mirada y entendió que, si no se tocaba, esa sensación desesperante seguiría creciendo hasta transformarse en un verdadero calvario.
No era la primera vez que tenía ese contacto con ella misma. Hacía tres años que, a veces, sufría de una sensación angustiosa que se acumulaba en la entrepierna, haciéndole sentir la ropa interior más ajustada de lo normal. Pero no era la ropa interior, llegó a entender un día, era su interior, que se contraía, excitado, cuando sus ojos la traicionaban, deslizándose hacia los labios carnosos de Sayaka, hacia sus pechos, trasero y delicadas curvas que ansiaba trazar con las manos de arriba abajo lo más lento posible. Cuando aquello sucedía, tenía que cruzar las piernas hasta el punto de estrujarlas para intentar contener esa puntada insoportable que la atacaba por dentro. Su sonrisa nunca se esfumaba en medio de los vistazos secretos que le daba a su secretaria. Se mantenía rígida mientras ese punto debajo de las bragas palpitaba frenético insinuando que, debidamente utilizado, podía ser fuente de grandes delicias. Así fue cómo conoció la masturbación, gracias a Sayaka, quién ni tenía idea de lo que provocaba en su ser.
Sayaka:
¿Sigue ahí?
Sayaka le mandó un mensaje, pues, habían pasado ya unos buenos minutos desde que decidió exponerse a un nivel que creía que, al menos, merecía una respuesta. Un emoticón, lo que sea. Pensó que la presidenta se había dormido y la idea la deprimió. ¿Su cuerpo era tan aburrido que le dio sueño? De alguna forma, no le sorprendía.
Kirari levantó los ojos con pesadez al escuchar la campanita del mensaje. Respiró hondo de manera inconsciente y, sí, algo adormecida. Pero no por el sueño, sino por el placer. Se metió tanto en su mundo que, simplemente, olvidó contestarle aunque sabía que ella estaba ahí. Con la mano izquierda comenzó a escribir, la otra seguía muy cómoda debajo de la ropa interior. Y, la verdad, no estaba en condiciones de deslizar esos dedos húmedos por la pantalla.
Presidenta:
Sayaka… ¿Sabes lo que estoy haciendo ahora mismo?
—Ah, está despierta. —murmuró Sayaka desde su lugar. Pensó en tardar unos minutos en contestar como venganza, pero no pudo con su genio.
Sayaka:
No...
Presidenta:
Te mostraré.
Su corazón se precipitó de forma infartante al ver la foto que le envió. Era, ni más ni menos, una imagen de la mano de Kirari hundida debajo de sus bragas. Si se fijaba bien, el centro de la tela blanca se encontraba un poco oscurecida, como si estuviera húmeda.
—Húmeda…
Se tapó la boca, impactada. ¿La presidenta se estaba masturbando? Por eso había tardado en contestar, porque estaba ocupada. Le parecía increíble que esa damita perfecta acudiera a ese acto que consideraba depravado. ¿Qué fue lo que la incentivó?, ¿la foto que le envió? Imposible. No podía asimilar que su cuerpo despertara esas sensaciones en su amor platónico.
Presidenta:
¿Qué hay de ti? ¿Estás haciendo lo mismo?
Los dedos de Sayaka temblaban en la pantalla. Costaba apuntarle a las letras.
Sayaka:
Yo nunca hice algo así…
Kirari se sintió un poco decepcionada con la respuesta. Y sola. Sayaka, al parecer, nunca había sufrido de su misma angustia. ¿Su cuerpo no era suficiente para alentarla o quizás desconocía sobre la materia? La última opción resonaba con más fuerza, porque su ego no podía aceptar ser incapaz de excitar a su secretaria.
Presidenta:
Siempre hay una primera vez.
¿Quieres intentarlo? Puedo guiarte.
Sayaka:
¿Por qué debería hacerlo? Es vergonzoso, presidenta.
Presidenta:
También es placentero.
Razón suficiente para hacerlo, ¿no crees?
Sí, para la presidenta era suficiente. Te excitas, te tocas; simple. Sayaka lo entendía racionalmente. Sin ir más lejos, estaba excitada en ese mismo instante, pero nunca se había hecho cargo de tal excitación que, en varias ocasiones, la presidenta le generó con roces insinuantes, sonrisas traviesas y atuendos nada reservados. Una única vez, sola en su casa y recordando la extraña noche que había transcurrido, fue cuando pensó: necesito hacerme cargo. Su cuerpo estaba sensible, aún con la adrenalina de, básicamente, haber saltado hacia su muerte desde una torre. Pero más yacía el recuerdo de la presidenta sobre ella, presionándole la intimidad con la rodilla en aquel campo de flores y recitándole palabras que ingresaban a sus oídos como poemas. Ese noche pensó que la iba a besar, pero no. Decidió lamerle la frente, la sangre, como un vampiro. Una muestra de cariño distinta a la común. Sin embargo, no precisó más. Esa simple lamida acentuó incontables emociones en su interior que venía tapando hacía tiempo con silencios y autocontrol. Tímida, sin saber bien lo que hacía, amagó a bajar la mano a sus bragas. Pero se arrepintió. Esa noche terminó acurrucada en la cama, retorcida por la excitación atascada y tratando de conciliar un sueño que nunca llegó. La idea de masturbarse le sabía mal, como si fuera un pecado.
Y ahí estaba la presidenta, en su presente, diciéndole que no lo era. Explicándole que explorarse a sí misma era una muestra de amor propio y también una rápida forma de conocerse. ¿Quién mejor que ella misma para darse placer? Le decía en intervalos donde Sayaka se la imaginaba tocándose. Profesaba que no había nada más puro que la masturbación. Y Sayaka, cayendo en sus sabias palabras, ya estaba bajando la mano a su entrepierna para sentir lo mismo que ella, para estar, de algún modo, más cerca de ella. De pronto ese acto ya no sonaba a pecado, sino a una bendición.
Kirari, del otro lado, levantaba las comisuras mientras veía el "escribiendo…" en la pantalla. Le estaba tomando su tiempo, asumió que estaba escribiendo con una sola mano. Buena señal.
Sayaka:
Esto es raro…
El mensaje la enterneció. Se la imaginaba sin saber cómo tocarse, recorriendo cada pliegue de esos sensibles labios que, estaba segura, se encontraban húmedos. Quería ser ella la que le enseñara, la que probara en sus propias yemas esa piel suave. Pero como no podía, se limitó a guiarla.
Presidenta:
Hay un punto más sensible arriba de todo. Lo sientes, ¿no?
¿O quieres que te lo muestre?
Sayaka se sentó de golpe con el pantalón abajo de las caderas.
—Quiero, quiero, quiero, ¡quiero! —Escribía con rapidez.
Una sonrisa alargada se formó en los labios de Kirari al recibir el mensaje. No se la haría fácil.
Presidenta:
Si adivinas en qué estoy pensando para hacer esto, te mostraré.
Si no lo haces, tú tendrás que mandarme otra foto comprometida.
¿Una pregunta tramposa? Analizó Sayaka, porque la respuesta era demasiado obvia. Le envió una fotografía subida de tono y poco después la presidenta empezó a tocarse. Claramente estaba pensando en ella.
Sayaka:
¿En mí?
Presidenta:
Negativo, en tus pechos.
Sayaka:
¡Pero si forman parte de mí!
Presidenta:
Dije: en qué estoy pensando, no en quién.
Perdiste, Sayaka, ahora tendrás que mostrarme lo que te pida.
Sí, en el blanco, era una pregunta tramposa. Aunque la presidenta estuviera masturbándose, no dejaba de ser ella. Incluso en un momento en que el cerebro no conecta muy bien los cables, ella era capaz de engañarla. Sonrió con orgullo. Esa era una de las muchas cualidades que admiraba de ella, nunca perdía el rumbo.
Sayaka:
De acuerdo, ¿qué quiere ver?
Presidenta:
Hm... ¿Qué tal si bajamos un poco más? Muéstrame bien tu ropa interior.
Pero, hazme un favor, córrela un poco con el dedo para que pueda ver lo que hay debajo.
Quiero la foto así, tal cual cómo describí.
Las pupilas de Sayaka se movían veloces leyendo el mensaje. Terminó de leerlo y se le descolgó la mandíbula. Esa petición era terrible, comprometedora a un nivel que no creía poder tolerar. ¿Tenía que hacer eso y luego, al volver, verla a la cara? ¿Cómo carajo la vería sabiendo que le mostró su intimidad?
Sayaka:
Presidenta, estoy llegando a mi límite.
No puedo hacer eso.
Presidenta:
Las fotografías no saldrán de mi celular, te doy mi palabra.
Sayaka:
Aún así... no puedo.
Kirari dejó caer el brazo con el celular. Se quedó mirando el techo con la otra mano metida en las bragas. Había parado de tocarse. Quería reservarse para esa foto que, por lo que veía, no iba a llegar. Ya no tenía sentido guardar la mano ahí, pero era cómodo, calentito. De repente entendió porque los hombres siempre tienen la mano colgando en la entrepierna o porque a veces, de la nada, se meten la mano dentro del pantalón sin una supuesta finalidad de masturbarse. A Kirari le pasaba lo mismo. Era un reflejo llevarla ahí y dejarla reposar en búsqueda de comodidad e inconscientemente de placer.
—Creo que fui demasiado lejos. —Miró el celular con aburrimiento—. Supongo que aquí termina el juego.
Se dispuso a escribir un "Gano por abandono", pero no llegó a enviarlo. Un mensaje de Sayaka la interrumpió.
Sayaka:
Si hago lo que me pide, ¿será feliz?
Tardó en descifrar el trasfondo del mensaje. Cuando lo hizo, sus párpados se relajaron con cierto goce. Sayaka siempre velaba por su felicidad, siempre cumplía todos sus caprichos. La tenía a sus pies, y hoy la idea la regocijaba más que otros días. Quizás porque el juego era uno que las comprometía de una manera fulminante. Ese juego marcaba un antes y un después, nunca más volverían a ser lo que eran con todo lo dicho y expuesto. Nunca más volvería a mirarla con los mismos ojos. La única forma sería borrando sus recuerdos, y no tenía muchas ganas de pasar por una lobotomía. Cuando volvieran a verse, pensarían exactamente en este preciso instante. Al cruzar miradas, recordarían cada detalle de esas fotografías sexuales. Sus dedos amagaron a moverse. La idea de que todo cambiara, de que no hubiera vuelta atrás, la emocionaba como si estuviera en la mejor apuesta de su vida.
—Eso es… Tiremos todo por la borda, Sayaka.
Presidenta:
Me haría muy feliz.
Le envió con una sonrisa lúgubre. Sayaka recibió el mensaje y bufó al leerlo. También era consciente de que todo cambiaría al enviarle esa fotografía, y no le agradaba la idea. Sin embargo, a Kirari sí. A ella le fascinaba el cambio y le aburría la rutina. Como la secretaria fiel que era, su deber consistía en satisfacerla siempre, por ende, tenía que entretenerla en esa apuesta que, comprendió, era una extrema. Estaban apostando sus cuerpos. Quizás en otro momento de su vida hubiese seguido negándose, pero ahora, con una posible despedida tocando la puerta, se sentía más valiente que de costumbre. Bien, que así fuera. Le mostraría su templo más puro, pero esta vez cobraría sus servicios.
Sayaka:
Lo haré.
Y después será usted la que me mande una foto.
—Como gustes, mi querida Sayaka. —Kirari escribió y recitó en voz alta. Tenía una expresión risueña mientras Sayaka comenzaba a bajarse el pantalón hasta sacárselo. Se vio las piernas desnudas y la duda entró a la sala.
—Ya le dije que sí, no puedo retractarme.
Sacudió la cabeza, despejando a la cobardía. Abrió las piernas y colocó el celular entre ellas. Tal como Kirari le pidió, corrió con un dedo la tela que cubría su intimidad. Un fresco vientito la acarició, estremeciéndola. Ahora sí que se sentía desnuda. Cerró los ojos y tomó la fotografía. Ni la quiso ver. La envió antes de pensar, porque pensar era igual a no enviarla.
El celular de Kirari sonó. Ésta lo agarró con lentitud, sintiendo la garganta reseca. Estaba ansiosa y no comprendía la razón, ya sabía lo que habría detrás de ese mensaje. Lo tocó con el corazón latiendo deprisa y éste se abrió, al igual que sus ojos.
—Oh…
Sus pupilas ensanchadas no se despegaban de esos pliegues finos y rosados que apreció como pétalos suaves. La intimidad de Sayaka era perfecta. Proporcionada, acorde a su cuerpo. Ya no sabía cómo elogiarla. Se relamió los labios secos, trazando con los dedos esas líneas. Bajaba el dedo por la pantalla, luego volvía a subir, dibujando los labios superiores. Presionó ese botón que se encontraba arriba de todo, escondido en una cuevita, y una sensación aguda le atravesó la intimidad. Quedó allí, expandiéndose en su interior como fuego.
—Quiero probarte… —Habló sin pensar, empezando a sentirse frustrada. La quería en su cama, a su lado, quería poner el rostro entre sus piernas. Minimizó la foto para escribir, pero sus dedos, que sentía nerviosos, se movieron torpes sobre las letras.
Presidenta:
Sayajsfg
—Um... ¿Qué se supone que significa eso? —Sayaka se mostraba confundida mientras Kirari corregía rápido esa equivocación que le cerró el pecho por un instante.
Presidenta:
Desestima el mensaje anterior.
Fue un error.
—¿Un error? —Le hizo reír. Le gustaba imaginarse a la presidenta nerviosa, aunque le parecía increíble que lo estuviera.
Presidenta:
Sayaka, eres preciosa.
Eso quise decir.
Se incomodó al leer el mensaje. ¿Qué parte de esa papaya era preciosa? Porque así la veía, como una papaya cortada al medio. No le gustaba esa fruta. Se había visto su intimidad más de una vez porque, bueno, era su cuerpo. No podía evitarlo cuando iba al baño, se duchaba o cuando debía ponerse un tampón en esos días en que los dolores de ovarios le hacían retorcerse estuviera donde estuviera. Si debía sincerarse, no consideraba justo esa parte del cuerpo "atractiva". No la veía apetecible, sino extraña, deforme. Se preguntaba si pensaría lo mismo de esa parte de la presidenta. ¿Sería parecida a la suya?, ¿le gustaría como todo su cuerpo? Quería averiguarlo.
Sayaka:
Cumpla con su parte.
Presidenta:
Por supuesto.
¿Qué quieres ver?
Sayaka:
Todo.
No tenía que decírselo dos veces. Kirari ya estaba levantando las caderas para bajarse las bragas. Así como era una tramposa, también era una mujer de palabra. Apuntó la cámara a su intimidad y con los dedos estiró la piel hacia los costados para que se viera mejor. Por un momento, solo por un momento, la vergüenza se coló en la excitación sentida por el morbo. Era un primer plano bastante revelador; Sayaka la vería como vino al mundo. Se guardó los pensamientos negativos y tomó la fotografía. La envió.
Extraño. Era, de verdad, muy extraño lo que a Sayaka le pasaba al verla. No esperaba sentirse hambrienta de pronto, por no decir sedienta, como le estaba ocurriendo mientras fijaba la vista en la fotografía. La intimidad de la presidenta era similar a la suya, pero más pálida y predominante. Seguía considerando que aquello no era "precioso" como Kirari le había dicho, más sí era fascinantemente curioso. Porque, de alguna manera, despertaba un instinto primitivo de querer tirarse allí de cabeza para probarla. De a poco esa imagen mutaba, se transformaba en una flor bella donde quería enterrar la nariz para oler su aroma. Tenía la boca entreabierta sin darse cuenta, respiraba por ella. Bajó los ojos a su intimidad y las ganas de tocarse aparecieron al sentir una insistente puntada que le rogaba ser atendida. Su cuerpo estaba reaccionando a la fotografía, a la situación descabellada que para nada se imaginó tener esa noche. Iba a dormirse temprano, seguro llorando por la razón que la llevó a pisar su casa de la infancia, que no era solo que su madre se encontrara enferma. Tenía un simple resfriado, nada grave. Separarse de la presidenta, quizás para siempre, sí era una preocupación que le había dejado de regalo unas importantes ojeras. Y ahora sus ojos estaban brillando, aferrándose del presente con fuerza para grabar ese instante en cada neurona del cerebro en caso de que fuera su último recuerdo con ella.
Presidenta:
Cuánto silencio…
¿Tan impactante es?
Sayaka frunció los pulgares contra la pantalla y contestó.
Sayaka:
Me siento un poco extraña, presidenta.
Kirari sonreía de forma perdida mientras leía el mensaje. Sus dedos, traviesos, habían vuelto a jugar en su intimidad incentivados por la extrañeza que sentía su secretaria, la cual no tenía otro nombre más que excitación. Primero despacio, luego más agresivos, rodeaba el centro con uno, lo presionaba, sintiendo escalofríos que se instalaban en la pelvis. Resbaló los dedos por sus labios ya húmedos y dobló uno para comenzar a sumirse en ella. Su boca se abría a medida que iba entrando. Las paredes calientes se contraían y expandían contra su dedo, succionándolo. La sesión se sentía bien, pero a la vez vacía por la soledad de no saber qué sucedía del otro lado.
Presidenta:
¿Te estás tocando, Sayaka?
Sayaka dobló el rostro en la almohada, suspirando. Sí, lo estaba haciendo. Su mano se movió antes de darle la orden, dejando las gafas en la mesita de luz. No pudo contenerlo más. Inexperta, descubriéndose de a poco, deslizaba un dedo en medio de sus labios y luego subía para girar despacio sobre el centro. Allí se sentía extremadamente bien. No se vio con otra opción más que rendirse a ese insubordinado sentimiento de anhelo, que tenía la pinta de ser incontrolable. Emigró los dedos al sentirlos viscosos y los llevó a su rostro. Arrugó la frente, pegando y despegando las puntas del índice y pulgar. Un rastro de placer colgaba de ellos; se estiraba, transparente.
Sayaka:
Lo estoy haciendo, ¿usted?
Presidenta:
También…
¿Estás mirando mi foto?
Sayaka:
Sí, ¿usted mira la mía?
Presidenta:
¿Qué más podría mirar?
Les estaba costando escribir, más a Kirari, que cerraba los ojos con placer, hundiendo dos dedos en su intimidad. La mano que sostenía el celular perdía fuerza, se le resbalaba por la palma. Pestañeó, sintiendo los párpados pesados, y pasó la vista a la pantalla antes de que se le cayera.
Presidenta:
Esto es un poco incómodo.
¿Te puedo llamar?
Sayaka frenó los dedos en seco.
Sayaka:
Presidenta, eso es demasiado…
Presidenta:
Por favor, quiero escuchar tu voz.
¿Estaba rogando?, ¿la presidenta? Cada célula del cuerpo de Sayaka se convulsionó. Kirari no era la única deseosa, ella también moría por escuchar esa voz suplicante. Ya estaban subidas a un barco sin retorno, navegaban por aguas turbulentas. El timón temblaba. Si había un camino de regreso, lo habían dejado muy atrás.
Sayaka:
De acuerdo.
Kirari marcó el número de Sayaka y se puso el celular en la oreja. El tono sonaba; una, dos, tres veces. Finalmente atendió, pero no recibió ningún saludo.
—¿Te comieron la lengua los ratones? —le preguntó con un dejo de complicidad.
—Algo así…
Una sonrisa sincera se dibujó en los labios de la presidenta al escucharla. Sayaka hablaba bajo, tímida. Un encanto.
—Qué lindo escucharte después de tanto tiempo… ¿Cómo has estado?
—Presidenta, ¿se da cuenta de que no es momento de ponernos al día?
—¿Por qué no?
—Porque tenemos la mano… ahí.
—Ah, cierto. —Kirari rió en un murmullo, mirando a esa juguetona mano dentro de las bragas—. Te veo muy interesada en continuar, ¿lo hacemos?
—No es que esté interesada, esto es una locura, pero… —Sayaka se mordió el borde del labio. No podía creer estar hablando con ella en medio de esa vergonzosa sesión—… ya no puedo parar. Estoy demasiado sensible.
—Oh… —Kirari entrecerró los párpados. La voz de Sayaka resonaba placentera, sufrida. Se la imaginaba allí, tocándose, pensando en ella. Quería llevarla al extremo, moría por escucharla acabar—. Sayaka, a partir de ahora seguirás mis instrucciones, ¿de acuerdo?
—¿H-Huh?
—Supongo que ya descubriste ese puntito ahí arriba. Bien, ahora baja a la entrada.
Sayaka se miró la entrepierna y obedeció. Empezó a resbalar el dedo hasta la entrada. Presionó y sus ojos se cerraron al sentir un disparo en su interior.
—¿Lo hiciste?
—Ah, sí. Perdón. —Por un momento se había olvidado de que la tenía en línea. Era difícil enfocarse en dos cosas a la vez. Dos importantes cosas.
—Perfecto. Ahora, muy despacio mete uno de tus dedos.
La voz de Kirari le acariciaba el oído, sugestiva. La ponía nerviosa.
—¿M-Meter? Eso es… ¿Eso está haciendo usted?
—Sí, hace un buen rato.
—Oh… —Confirmado, la presidenta ya había hecho eso más de una vez— ¿Me va a doler?
Kirari ronroneó una risita. Su secretaria era el ser más tierno del universo cuando quería. Le daban ganas de estrecharla en un abrazo asfixiante, de bajar la mano por su abdomen para penetrarla y oír sus pequeños gemidos. Tenía grabada en las retinas la foto de su intimidad. La sentía caliente, hirviendo por su persona.
—Si lo haces despacio, no debería. Cuando metas el segundo, quizás sí duela un poquito.
—¡¿Dos dedos?!
—Hazme caso, te gustará.
Sayaka observó su entrepierna con inseguridad, luego el techo. Suspiró, resignada a seguir. Comenzó a meter lentamente uno de sus dedos. Una agradable sensación se expandió por sus paredes internas enseguida, haciéndole suspirar, pero esta vez de placer.
Kirari escuchó ese suspiro y se tuvo que acomodar mejor en la cama para sosegar las ansias que subían por su cuerpo.
—Intenta con el segundo. —Se escuchó a sí misma precipitada al hablarle, impaciente por ver qué le ocurría.
El segundo dedo no fue tan agradable. Sayaka cerró un ojo y emitió un ruidito de inconformismo.
—¿Te duele?
—Un poco… Es como si me quemara.
—Estás por buen camino, entonces. Muévelos despacio hasta que... te acostumbres. —Se aclaró la garganta. Kirari también se estaba masturbando y las cuerdas vocales ya no tenían muchas ganas de vibrar. Sus dedos iban y venían por fuera, luego se deslizaban por dentro. Los arqueó y su espalda se despegó del colchón— ¿No se siente bien...?
Sayaka flexionaba las piernas, se deleitaba con la voz de la presidenta, la cual iba en picada, tornándose ronca y lenta.
—Sí… Está mejor, pero no puedo avanzar mucho. Hay algo acá… —Dobló la muñeca e impulsó los dedos hacia adentro lo más que pudo. Soltó un quejido de dolor al toparse con una delgada pared que le impedía el paso. La sentía suave en las yemas—. Me duele si empujo más.
—¡No la empujes!
Sayaka se sobresaltó en la cama. Kirari se había sentado de golpe, guiada por el terror de perder algo invaluable.
—Eso es mío, Sayaka, ni se te ocurra romperlo.
—Romper… ¿qué?
Kirari profundizó la vista en la pared blanca de la habitación, pensando en ella. En esa expresión vulnerable que seguro debía tener y que deseaba contemplar.
—Tu virginidad es mía.
Un silencio se hizo en la llamada. Sayaka tenía la mirada fija en la jirafa que estaba tirada en la punta de la cama, enredada por sus ropas. Nunca había escuchado a la presidenta tan seria. El dejo de placer con el que hablaba era lo único que no le hacía concluir que, por alguna razón, se había enojado.
—Solo yo puedo quitártela, ¿oíste? —continuó Kirari, refregando la mejilla contra el teléfono. Contra la suya. Una expresión abstraída se había apropiado de su rostro—. Nadie más puede, ni siquiera tú.
—Presidenta… —Sayaka fue esbozando una sonrisa leve que desprendía tristeza. Cerró los ojos. Era el día más amargo y feliz de su vida—. Como usted ordene. Pero si así van a ser las cosas, entonces la suya también me pertenece.
Kirari le devolvió la sonrisa y acomodó la espalda en la cama.
—Que así sea.
Durante un rato, el habla cesó para ser reemplazado con respiraciones fuertes que resonaban ásperas en los oídos de cada una. El labio inferior de Sayaka colgaba mientras continuaba frotándose el centro con más ímpetu que antes. Trataba de contener los gemidos, pero no podía. Se estaba sintiendo cada vez más rara, como si dentro de sí una bomba estuviera a punto de estallar.
Kirari, por su parte, se regocijaba con los jadeos de Sayaka, que le invadían los sentidos de tal modo que se le ponía la piel de gallina. Sus dedos se movían acompasados en su interior, presionaban esa pared alta que le hacía sacudirse, los pezones se levantaban estimulados por el placer. Apoyó el celular en la almohada para llevar la mano a uno de sus pechos. Apretó el pezón con dos dedos imaginando que era Sayaka quién lo apretaba. Y lamía. Con una mirada juguetona bailaba la lengua debajo, sacudiéndole el pezón rápidamente, lo mordisqueaba y luego lo envolvía para succionarlo. Las fantasías hacían estragos en su mente y la frustración en el cuerpo.
—Hm… Sayaka, quisiera que estuvieras aquí.
Los dedos de Sayaka se fruncían contra el celular. Tenía ganas de decirle tantas cosas nada inocentes, pero le daba vergüenza desnudar su alma con un vocabulario erótico.
—Yo también… quisiera estar ahí.
—Ven…
—No puedo…
—Entonces yo iré.
—Está loca.
—Sí… —Kirari arqueaba las cejas con placer, meneaba la pelvis para aumentar las sensaciones punzantes. No estaba pensando bien, por primera vez en su vida giraba en un delirio—. En el helicóptero estaría en un instante.
—No tengo… pista de aterrizaje. Va a destruir el jardín de casa, presidenta.
—Será por una buena razón. Luego lo repondré, sabes que puedo.
Sayaka soltó una risita sin aliento. Kirari la imitó, amasando su pecho en círculos.
—¿Te calienta que sea rica, Sayaka?
La nombrada ensanchó los ojos.
—¿Qué pueda destruir y construir tu casa en un santiamén? Si quisiera, podría darte los mayores placeres de esta vida.
—Eso no... Es decir, me calien... —Sayaka se llevó el celular al pecho, exasperada. No podía hablar. Tomó aire y lo volvió a poner en la oreja—. Lo que me gusta de usted es que tiene poder.
—Poder… —Esa palabra retumbó en la intimidad de Kirari, haciéndole sentir su ego allí.
—Puede destruir a cualquiera, también a mí.
—¿Quieres que te destruya, Sayaka? —Kirari aceleró el ritmo en su centro, como si fuera el de Sayaka. Los ojos perdidos en el techo, la respiración entrecortada, los dedos libres estirando su pezón. Estaba en el clímax, y Sayaka también.
—Sí…
—¿Cómo quieres que lo haga?
—Quiero… —Sayaka jadeó, aumentando la velocidad en su interior. Si seguía así, perdería la virginidad consigo misma—. Quiero… que me bese ahí abajo.
—¿Oh? ¿Quieres que te de sexo oral, pequeña Sayaka? —Kirari estaba en un podio, en la cima de todo. Su secretaria la deseaba con perversidad y no podía estar más contenta con ello—. Que pase mi lengua por tu clítoris, que lo succione y me trague tu placer, ¿eso quieres?
—¡Sí! —Sayaka estiró el cuello en un gemido. Ya no estaba ahí, su mente se había ido muy lejos—. Quiero ser parte de usted.
—Mh... —Kirari cerró los ojos con una sonrisa excitada. Se imaginaba absorbiendo ese pequeño punto, deslizando la lengua por el lado interno de sus labios. En cada arrastre se le endulzaba con sus fluidos—. Sa~ya~ka, qué traviesa resultaste ser. Estoy segura de que eres deliciosa... ¿Me dejarás probarte cuando vuelvas?
—Sí… —Sayaka contestó con la mente en blanco, y Kirari lo notó. Su voz sonaba ida, poco comprometida.
—En serio lo voy a hacer.
—Sí…
—Es una promesa.
—Como usted diga.
Sayaka prometía sin pensar en las consecuencias, sin pensar que, quizás, no la vería de nuevo para dejar que la probase. Estaba en la estratósfera, sin pensamiento lógico alguno y con una punzante energía acumulándose en su centro, lista para ser expulsada en cualquier instante.
—Pon el teléfono en tu intimidad.
—Sí… ¿Eh? ¿Qué? —Parpadeó, activando la única neurona que le quedaba— ¿Qué quiere?
—Que pongas el teléfono ahí, quiero escucharte terminar.
Sayaka reforzó el agarre en el celular con un escalofrío subiendo por la espalda. Denegado. Ella quería oír todo lo que estaba pasando ahí abajo, y esos sonidos, de los que no se enorgullecía, eran privados.
—No… No voy a hacer eso.
—Es una orden.
—Me da igual.
—¿Sayaka? —Kirari curvó las comisuras en una sonrisa desconcertada— ¿Estoy hablando contigo o con una doble?, ¿qué acabas de decir?
—Presidenta, pide demasiado. ¿No pidió mucho ya? —Sayaka rogaba que se detuviese, que la dejara terminar en paz.
—Sayaka, lo diré una vez más. Y solo una: pon el teléfono ahí.
Sayaka tragó pesado, excitada y a la vez avergonzada a niveles cruciales. La presidenta se lo pedía con una voz rasposa, secuela de la masturbación, pero también sonaba jodidamente severa, como si las consecuencias por negarse fueran eternas. Le dio miedo dejarle un recuerdo amargo de su persona. Y por eso, como todas las peticiones anteriores, solo pudo decir una cosa.
—Sí, presidenta.
Odiándola por exponerla tanto, amándola por desearla tanto, puso el celular en altavoz y lo llevó a su entrepierna. Cerró los párpados y continuó tocándose.
Kirari ampliaba los ojos progresivamente mientras los sonidos llegaban a sus oídos; viscosos, burbujeantes. En cada penetración que Sayaka se regalaba, Kirari, doblando el rostro con una sonrisa dura, escuchaba a sus dedos entrar y salir. El ruido le recordaba a cuando enrollaba los fideos de un delicioso plato de pastas, cuando movía el tenedor por ellos, aburrida, y la salsa se escurría por los costados del plato. El néctar de Sayaka le cantaba al oído, insinuante, perfecto. Su respiración se entrecortó de golpe y la frente se arrugó en señal de placer extremo, aunque desde afuera se veía como si la estuvieran ahorcando.
—Sigue… Sigue tocándote.
Sayaka agarraba el celular como si fuera a romperlo. Sacó los dedos de su interior y los arrastró hacia arriba para presionar el centro unos largos segundos que le hicieron sacudirse. El morbo de ser escuchada la estaba matando.
—¡Ah!
Kirari levantó las comisuras. Le temblaban, como los dedos en su interior. Los emigró también y con el pulgar e índice agarró el centro para apretarlo. Estaba a punto de estallar, pero se aguantaba para terminar junto a Sayaka. Subía y bajaba las revoluciones guiándose por las reacciones de ella. Tenía el cuerpo rígido del esfuerzo que estaba haciendo para contenerse.
—P-Presidenta, creo que…
—Sí… Yo también.
Sayaka se tapó la boca con los ojos fuertemente cerrados y alcanzó un nivel de sensibilidad que le hizo despegar la espalda del colchón.
—¡Mff!
—Sayaka… —Kirari, entendiendo que era el momento, dejó de aplazar lo inevitable y giró rápido el dedo en su centro, despertando esa sensación intensa que tenía guardada para ella— ¡Hm!
Las dos, cada una en su cama, comenzaron a vibrar. Sayaka arrastraba los pies por las sábanas debido al hormigueo que recorría todo su cuerpo, ladeaba el rostro en la almohada. Kirari tensaba las piernas, bajaba el rostro con la mandíbula desprendida. La excitación acumulada se disparaba por todos sus poros. Y ambas, aunque estuviesen separadas, en esa unión poco convencional se sintieron juntas.
Sayaka estrelló la espalda en la cama y Kirari relajó el cuerpo. Allí se quedaron, respirando agitadas, intentando recuperar el aliento perdido. Kirari, que estaba acostumbrada a esa sensación, volvía en sí más rápido. Pero Sayaka, que estaba experimentando por primera vez un orgasmo, no entendía nada. Hace un minuto su cuerpo había sido poseído por una energía que parecía inagotable, que si pudiera expulsarla destruiría a más de un muro. Y de repente, ¡puf!, se había esfumado así de rápido como llegó, dejándola con la mente vacía y el cuerpo tiritando por los espasmos restantes que aún la azotaban. Su intimidad palpitaba frenética en medio de la recuperación, se preguntaba si pararía.
—Bien, eso fue divertido.
Escuchó a Kirari en su entrepierna. Su voz vibró allí, sacudiéndola y causándole gracia. Era como si su intimidad le hablara.
—¿Estás bien? —agregó Kirari debido al silencio.
Sayaka abrió los ojos con torpeza y quiso levantar el celular, pero se le resbaló de la mano y cayó de lleno en su intimidad, que estaba un poquito bastante húmeda.
—¡Mierda!
Kirari ojeó la pantalla.
—¿Sayaka?
—¡E-Espere un momento!
Agarró el celular y puso una cara de asco al ver rastros de sus fluidos en la pantalla.
—Mierda, mierda, mierda. —puteaba a la vida, limpiando la pantalla con la manga del pijama.
—¿Debo preocuparme ahora?
—¡N-No! —Sayaka quitó el altavoz y puso el celular en su oreja—. Discúlpeme, tuve un accidente.
—¿Qué clase de accidente?
—Um… No quiere saberlo.
—Quiero, mucho.
La demanda le llegaba con cansancio, como si la presidenta fuera a dormirse en cualquier momento. Sayaka no se quedaba atrás.
—Se me cayó el celular… ahí.
Kirari procesó la respuesta un momento e infló los cachetes al entenderla. Se echó a reír.
—Sabía que se burlaría…
—¿Cómo no hacerlo? Eres una ternura, Sayaka. —Sonrió de lado, pensando en la carita avergonzada que debía tener— ¿Cómo te sientes?
Sayaka descansó la espalda en la cama y se tapó la frente con un brazo. En sus labios, una sonrisa frágil.
—A esta altura no tiene sentido mentirle. Me siento muy bien, como si hubiera dejado la vida en el momento anterior.
—¿Ves? Te dije que te gustaría. Y llegamos las dos juntas, ¿no es eso mágico?
—Sí… Gracias por guiarme, presidenta.
Kirari soltó otra carcajada.
—Lo dices como si solo hubiera sido una experiencia pasajera, ¿ahora es cuando abandonas el hotel y me dejas durmiendo sola? —Kirari deshizo la sonrisa, tornándose pensativa—. Para mí fue mucho más que eso, Sayaka.
Su secretaria fue destapándose la frente de a poco. En su rostro, tristeza. Tomó esas palabras como una penosa verdad. La culpa empezaba a surgir, opacando cualquier sensación de felicidad sentida. Sí, la abandonaría. Luego del arrebato de bienestar, de sentirse cercana a ella como nunca, volvió a la cruda realidad. Y ya no podía ocultársela a la presidenta, no luego de lo ocurrido, y menos si ésta, quién sabe porqué, hoy había decidido ser brutalmente sincera con ella.
—Presidenta, tengo que decirle algo.
Kirari comenzó a sentarse; sus cabellos se resbalaron por los hombros. No le gustó cómo sonó aquello, su tono tampoco.
—Quería decírselo al regresar, pero temo que no tenga el valor de hacerlo mirándola a los ojos. Así que lo diré ahora. —Sayaka tomó una larga bocanada de aire—. Quizás no pueda seguir asistiendo a la academia.
Suspensión. Los ojos de Kirari quedaron plantados en la pared del cuarto, tiesos. Sayaka arrugaba los labios del otro lado del teléfono.
—Hay una razón. Yo… estoy comprometida.
Y entonces todo se apagó. Kirari fue presa de una violenta sacudida interna. Bajó las pupilas sintiendo como el pecho se cerraba dolorosamente. Esa asfixia subía, estrujándole la garganta. ¿No la vería más?, ¿solo iba a volver para despedirse? ¿Estaba comprometida?, ¿con quién? ¿Por qué nunca se lo dijo? No, ¿por qué debía decírselo? No tenía la obligación, ¿o sí? Era incapaz de parar la catarata de preguntas en su cabeza. Caían una por una como piezas de un Tetris, pero no conseguía encajarlas. Seguían acumulándose, amenazando con tocar el techo. Un pánico nunca antes sentido se estaba apoderando de ella. Y como su rostro no demostraba nada, en compensación su interior colapsaba.
—¿Desde cuándo? —preguntó en voz baja. Sayaka tardó en contestar.
—Desde pequeña. Por supuesto, siempre estuve en desacuerdo. Me mudé y fui a estudiar a la academia con la ilusión de que mis padres olvidaran ese maldito compromiso. Como nunca más lo mencionaron, creí que lo habían olvidado. Un error de cálculo, no lo hicieron. Hace poco me llamó mi madre para presentarme con ese hombre que apenas conozco, que me dobla en edad, y que va a ser mi esposo. —Meneó la cabeza con una sonrisa sarcástica—. No sabe cuánto, cuánto…, de verdad, luché contra mis padres para que este día no llegara, presidenta. —Su voz se estaba quebrando, las lágrimas se asomaban—. De verdad luché. Vine aquí para convencerlos de que me dejaran en paz, pero no sirvió de nada. Sigo siendo menor y ellos tienen control completo sobre mí, por eso quieren casarme antes de que sea mayor de edad y pueda tomar mis propias decisiones. Si me caso, tendré que mudarme aquí definitivamente. No se lo dije antes porque tenía la esperanza de solucionarlo, pero no pude. Lo siento, de verdad lo siento mucho… No quiero alejarme de usted, ¡no quiero casarme con ese tipo! —exclamó, tapándose la cara.
Kirari la escuchaba llorar del otro lado del teléfono. Sayaka gimoteaba desconsolada y su corazón se comprimía por ello. Todo empezaba a encajar; la actitud de Sayaka antes de irse, el mal augurio que sentía. Debió haberle hecho caso a sus instintos. Su expresión continuaba dura como la de una muñeca, pero ya no podía negar lo que por dentro se estaba desatando: una película amarga. Se veía allí, en la sala del consejo, tomando el té sola. Volteaba el rostro para recibir la sonrisa de Sayaka, pero ella no estaba. No podía oler el perfume suave que emanaba ni tampoco escuchar su dulce voz con siempre tintes de preocupación. La perdería y el extrañarla se volvería una rutina que, con suerte, algún día desaparecería gracias al desgano. Levantó los ojos de las piernas, revelando una mirada furiosa. Mientras más pensaba en que le iban a robar a su secretaria, más fruncía el entrecejo. Qué atrevimiento, qué falta de respeto. ¿Tocar a su propiedad? Nadie tenía el derecho de quitársela. Nadie.
—Y no lo harás, no te vas a casar con él.
Sayaka se secó las lágrimas, aspirando el llanto por la nariz.
—Porque te casarás conmigo.
Se quedó helada. Hasta las lágrimas se congelaron en los bordes de los ojos. Abrió la boca para contestar, pero nada salía de ella, excepto aire. Kirari hizo una pausa ante la falta de respuesta y comenzó a reír en un murmullo.
—Es broma. No lo harás porque yo me encargaré de todo, querida. Qué tontita fuiste al no contármelo antes, te hubieras ahorrado el sufrimiento.
—¿A-A qué se refiere?
Kirari se tiró de espaldas en la cama. La sonrisa había vuelto, y más determinada que nunca. Tuvo un momento de debilidad, lo admitimos, pero ya pasó. No podía permitirse caer con una Sayaka llorando en su oreja.
—Aunque no lo merezcan, voy a satisfacer a tus padres con mucho, mucho dinero. Tanto, que sus caras se deformarán al verlo. —Comenzó a decir de forma siniestra— ¿Es por eso que estás comprometida, no? La familia de ese hombre es rica.
A Sayaka le daba vergüenza aceptarlo. Si lo hacía, dejaría expuestos a sus padres que, malpensando en su futuro, la habían comprometido para que nunca le faltara nada. Al final, le terminaron robando la libertad.
—Un plan de vida… Eso es lo que tienes, Sayaka. ¿Te suena? Como sabes, soy experta en armar planes de vida, pero también en desarmarlos. Puedo lidiar con esto hasta con los ojos vendados.
—No… No entiende, ¿acaso no me escuchó? Soy menor, no puedo oponerme. Eso significaría-
—Terminar en la justicia, sí. Tendremos nuestro propio juicio, Sayaka, con globos y todo. Y yo estaré ahí en primera fila acompañándote. Creo que no hace falta decir que tengo un apellido de mucha influencia. No será difícil sobornar a los jueces, son la especie más corrupta que existe. Sin embargo, si tus padres aceptan mi ofrenda, no hará falta tal juicio. Ah, pero puedes quedarte con los globos, si quieres.
Sayaka recargó la espalda en la pared. Agarró a la jirafa para abrazarla con fuerza; la pobre quedó enterrada en sus pechos desnudos. No le gustaba nada el rumbo que estaba tomando esa conversación. Involucrar a la presidenta en su vida caótica, hacerla caer tan bajo solo para ser salvada… Eso no formaba parte de sus planes al decidir contarle la verdad.
—No lo aceptarán, ni saben quién es usted.
—Cuando escuchen mi apellido, me reconocerán. No te preocupes.
—No voy a meterla en esto.
—Lástima, ya estoy metida. —Kirari levantó el brazo. Abrió la mano y de sus dedos se estiró el placer restante que consiguió gracias a su secretaria. Poco a poco empezaba a secarse—. Nos masturbamos juntas, Sayaka, ya no puedo hacerme a un lado.
—¿Va a meterse en un lío solo por eso?
—Es una razón más que viable. ¿Crees que me toco pensando en cualquiera? ¿Por qué crees que te elegí a ti?
Sayaka apoyó el mentón en la cabeza de la jirafa. Tenía los cachetes colorados. No cabía en su mente que una persona como Kirari, naturalmente desapegada a los sentimientos, estuviera dispuesta a jugársela por ella.
—Presidenta, yo… no sé qué decir.
—"Voy a destruir a mis padres", intenta con eso.
—¿Qué? —Sayaka hizo una mueca confusa—. Presidenta, los odio por hacerme esto, pero no quiero destruirlos. Son mis padres, después de todo.
—Unos padres de mierda, si me permites opinar.
La boca de Sayaka se abrió entre indignada y sorprendida. Nunca le había escuchado decir una palabrota.
—¡Presidenta!
—¿Los defiendes? Tus padres son una desgracia, Sayaka, tal como los míos y como la mayoría. —Kirari cerró los ojos con soberbia—. No te sientas mal por eso, es la cadena de la vida. Imponen a sus hijos sus propios deseos y ambiciones y les cortan las alas. La verdad, no sé porqué siguen trayendo gente al mundo. Deben disfrutar de verlos sufrir.
Afiladas. Las palabras de la presidenta se clavaban como dagas en su corazón, transformando todos los recuerdos amorosos con sus padres en una mentira.
—No creo que sea tan así… A su modo, intentan darme lo mejor.
—No te engañes, Sayaka. Entiendo que pensar eso te reconforta, te hace sentir amada, ¿pero hasta qué punto? Ya eres casi una adulta, es momento de que te independices de ellos y de su patético pensamiento retrógrado. Y solo hay una forma de hacerlo: mata a tus padres.
Sayaka despegó el mentón de la jirafa.
—¡¿Huh?!
—En tu mente, debes matarlos —aclaró Kirari, señalándose la sien—. Aniquilar toda idea de ellos. Los pensamientos que te inculcaron, las enseñanzas erróneas y la idealización que tienes de ellos. Todo debes borrarlo. Cuando los tires del pedestal donde se encuentran, dejarás de justificar lo injustificable. Lo único que te hace perdonarlos es el miedo al abandono y a la decepción, ¿no es así? ¿Pero por qué te da miedo ser abandonada por unos padres que venden a su hija? Que no piensan en su felicidad. No logro entenderlo…
Kirari alargaba la sonrisa, emocionada por la falta de entendimiento. Mientras, la cabeza de Sayaka se llenaba de ruido. Un insoportable ruido que le aplastaba la cordura. La presidenta la estaba destruyendo psicológicamente con verdades crudas que no estaba lista para escuchar, menos dichas de una forma tan despectiva. Se llevó las manos a la cabeza con la psiquis pendiendo de un hilo. Quería contradecirla para salvar el amor que tenía por sus padres, pero no podía hacerlo si una parte de ella le daba la razón. Desde pequeña la habían presionado, vivir en esa casa había sido una constante tortura. Por eso salió tan amargada, por eso se centró en los estudios y por eso mismo nació una obsesión con ser la número uno. Porque sus padres la querían así, perfecta. Y solo cuando lo lograba, cuando los llenaba de trofeos, ella recibía afecto. Sino, la indiferencia era su premio. Para ella esa ecuación era la ley de la vida y valoraba como un tesoro las muestras de afecto que se ganaba por ser una buena chica. Pero ahora ese amor sonaba falso, asqueroso. Kirari le había abierto los ojos a un mundo cruel donde nunca fue amada, sino utilizada como un mero títere de satisfacción personal.
Gimoteó, llamando la atención de Kirari. Ésta última se incorporó al caer en la cuenta de que, tal vez, se había pasado.
—Lo siento, hablé de más.
—No…, tiene razón. Como siempre, tiene razón.
Que se lo dijera con una voz temblorosa no ayudaba a limpiar la consciencia de Kirari, quién ahora se sentía culpable, pero no lo suficiente como para renunciar a su postura. No tenía palabras de consuelo, carecía de empatía respecto a sus padres. Si fuera por ella, los enterraría vivos.
—Aún así, aunque tenga razón, no es correcto que usted se meta en problemas por mi culpa. —Sayaka suspiró en un intento de desinflar el pecho lleno de angustia—. No dejaré que se involucre en esto, presidenta. Mi trabajo es alivianar el peso en sus hombros, no ponerle más.
La terquedad de Sayaka era tanto admirable como irritante para Kirari. A veces solo deseaba cerrarle la boca.
Con la suya.
—Sayaka…, creo que no estás entendiendo una parte. Dime, cuando aceptaste los términos y condiciones para ser mi secretaria, ¿acaso los leíste?
Sayaka hizo memoria. Lo había leído, pero no todo. No lo creyó necesario. En esa época pensaba que aceptaría cualquier condición con tal de estar a su lado. En un acto de fe ciega y amor, firmó el contrato sin dudar.
—No lo hiciste… —adivinó Kirari, riendo por lo bajo—. Cláusula número veinticuatro: Igarashi Sayaka pasa a ser propiedad de Momobami Kirari.
Una oleada de impacto golpeó a Sayaka, quién levantó el rostro lentamente rebobinando lo escuchado una y otra vez para que, de alguna forma milagrosa, cambiara de significado. Y mientras rebobinaba, su pecho se hundía con una impresión semejante al terror. De pronto se sentía encerrada en un cuarto, escondiéndose del amor de su vida, el cual esa noche había decidido confesarle sus sentimientos, pero con un hacha y una sonrisa cínica.
—Propiedad… ¿Soy de su propiedad?
—En efecto, eres mía. —Kirari lo dijo con una dulzura que en nada se asemejaba a ese espantoso contrato que le hizo firmar—. Y como eres mía, si digo que te quedes a mi lado, te quedas, ¿comprendes?
—P-Pero eso…
—Tú firmaste el contrato, no puedes rehusarte. Hacerlo significaría ir en contra de la dinastía Momobami, y no quieres meterte en ese aprieto, ¿verdad? Quizás nunca te lo dije, o quizás lo asumiste en estos tres años que compartimos, pero somos una mafia, Sayaka. Si te rehúsas…, bueno, no serán buenas noticias para ti. Ni para tu familia.
La combinación tóxica y romántica que Sayaka estaba experimentando en ese instante no tenía comparación con ninguna otra sentida, y habían sido bastantes. Era una mezcla agridulce, le asustaba tanto como le emocionaba. Había vendido su alma a un demonio y ni siquiera estaba enterada. ¿Estuvo mal lo que hizo la presidenta? Terriblemente mal, le robó la vida. Entonces, ¿por qué no podía evitar emocionarse hasta el punto de que su entrepierna comenzaba a arder de nuevo?
—¿Por qué hizo eso? —preguntó con la mirada en blanco— ¿No confiaba en que fuera a obedecerla?
—¿Oh? —Kirari inclinó la cara con ingenuidad—. En absoluto, jamás dudaría de alguien tan competente como tú.
—¿Entonces?
—Lo hice porque quería que fueras completamente mía, solo por eso. Fue un capricho.
—Un capricho… ¿Se apropió de mi vida por un capricho? Ja. —Sayaka se encontró delineando una sonrisa que palpaba la locura— ¿Hay alguna cláusula más que deba decirme, presidenta?
—Hm… —Kirari puso un dedo en su mentón—. Ah, ¿te acuerdas de la última? La que modifiqué cuando volviste a ser mi secretaria luego de la apuesta de las torres.
Sayaka negó con la cabeza y Kirari lo imaginó.
—Para siempre —dijo, sonriendo—. El contrato es para siempre. En otras palabras, debes quedarte a mi lado toda la vida, incluso aunque no quieras. Si no me crees, cuando vuelvas te mostraré el contrato que no te tomaste la molestia de leer. Si lo hubieras hecho, no estarías encadenada a mí. Una pena, pero tómalo como una lección de vida. La próxima vez que firmes un contrato, por favor, préstale atención.
Una risa empezó a resonar baja en la oreja de Kirari. Iba aumentando de a poco y Kirari reía con ella. Esa era la carta fulminante, el as bajo la manga que Kirari tenía escondido hacía tres años: el contrato. Por supuesto, había una regla para poder darle uso: que el vínculo de ambas peligrara por una intrusión externa. Por eso no lo utilizó cuando Sayaka decidió volver a su hogar, porque lo hizo por voluntad propia. Sin embargo, el compromiso no fue algo que decidió ella, sino que le impusieron. Su voluntad había desaparecido y con ello la oportunidad de usar el contrato tentó a Kirari. Con él, Sayaka no podía abandonarla. Tampoco podía negarse a ser rescatada. Con él, la tenía atada de manos y pies. Sí, fue el capricho de una niña que no quería perder a su amado juguete. Pero también el de una que quería protegerlo.
—Sayaka, nos necesitamos. No podemos vivir sin la otra, y lo sabes. Por eso… déjame ayudarte.
Sayaka se tapó los ojos aún con risitas que le sacudían los hombros. Lágrimas rodaban por sus mejillas, pesadas. Estaba feliz. Aunque estuviera atada de por vida, aunque su vida no le perteneciera, era inmensamente feliz de que la dueña de ella fuera la presidenta. Llámenla loca, pero así se sentía. Y estaba segura, segurísima, de que la presidenta jamás abusaría de su vida ni le quitaría la libertad. Nunca lo hizo, esa cláusula solo era un seguro para conservarla. Y qué feliz le hacía que estuviera tan desesperada por retenerla como para hacerle firmar un contrato de cadenas en un acto de amor absolutamente inmoral. Esa mujer estaba loca, totalmente loca.
Y le encantaba.
—Sí, presidenta. Ayúdeme…, por favor.
Kirari levantó una ceja por ese pedido de auxilio que le llegó en un ronroneo. Comenzó a descansar la espalda en la cama y con una sola intención. Sentía las señales en el aire, la energía de Sayaka del otro lado.
—Lo haré, pero antes… ¿quieres repetir la sesión anterior?
Sayaka ya estaba acostada, esperando por esa pregunta. Parecía ser que el juguete que hoy había descubierto, su intimidad, tenía aficiones claramente definidas. La naturaleza de sus gustos no se basaba solo en la audición o en lo visual, sino más bien estaba vinculada a los eventos peligrosos y de índole romántica. La adrenalina, eso era lo que más estimulaba a su juguete. Descubrir que le pertenecía a Kirari le devolvió la excitación, y elevada al cuadrado. Esta vez no luchaba contra ella, la aceptaba con los brazos abiertos.
—Usted manda, presidenta. Después de todo, soy suya.
La llamada presidenta se sintió realizada. Oír de sus propios labios que era suya… Un deleite. Su mano ya estaba en el piso inferior, lista para arrancar el segundo round.
—Sí, eres mía. Y solo mía, Sayaka.
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.
.
Kirari abrió la puerta de la sala del consejo estudiantil, hallándolo en penumbras. Era de noche, ya no debía estar ahí, pero se había olvidado el bolso. Y no era la primera vez. Tanto ayer como hoy había salido del despacho con la meta de retirarse, pero todas las veces tuvo que volver. Si no era por el bolso, era por unos informes. Si no eran los informes, era porque olvidó cerrar con llaves, y así. Últimamente andaba un pocodistraída, y solo una persona tenía la culpa de ello.
Tanteó la pared con la mano, pasando la mirada por el despacho. Cuando sus ojos frenaron en el gran ventanal, el bolso que estaba buscando resultó olvidado de nuevo. La tarea de prender la luz también. Las ventanas estaban abiertas. Y detrás de ellas, en el balcón, una coleta revoloteaba por el viento suave de la noche.
«Sayaka…»
Sus ojos se perdieron en ella como unos que se pierden hipnotizados por una pintura. Sayaka se encontraba de espaldas, apoyaba las manos en la baranda del balcón, miraba el cielo con cierta nostalgia. El cuadro le transmitía a Kirari una sensación de paz, casi de sedación. Había vuelto. Sayaka por fin había vuelto. Sufrió unos segundos de duda antes de levantar los pies del suelo para dirigirse hacia ella. Iba lento, sin intenciones de destruir el aura pacífica que desprendía.
—No te esperaba hasta pasado mañana, querida.
Sayaka pegó un saltito en el lugar. Giró el cuerpo y se sorprendió al ver a la presidenta. Ella tampoco la esperaba.
—Presidenta… ¿Qué hace aquí? Ya es tarde.
—Lo mismo podría preguntarte. —Kirari se detuvo frente a ella con los brazos cruzados y una sonrisa confidente. Sayaka batalló con esos ojos y volvió a girarse. Le ardían los cachetes. Costaba mirarla sin pegarse un viaje al pasado. A esa noche.
—No aguantaba más, quería verla.
Kirari curvó una punta de la sonrisa y acortó la distancia.
—Será un poco difícil verme si no te das vuelta —murmuró en su oído, envolviéndole la cintura con un brazo—. Vamos, mírame.
—E-En un momento. —Sayaka cerraba los ojos con fuerza ante el vientito caliente que le acariciaba la oreja. Kirari reía en ella, apoyaba los pechos en su espalda de un modo provocativo.
—¿No es un poco tarde para sentir vergüenza, Sayaka?
Cuándo no, la presidenta la estaba leyendo a la perfección. Claro que tenía vergüenza. Apenas estaba superando esa noche en la que tuvieron, literalmente, sexo telefónico. En ese momento placentero había tirado todo por la borda, nada importaba. Pero cuando vio el rostro de Kirari, como bien temió, la sangre se le subió a la cabeza. En su sonrisa perfecta veía recuerdos de esa noche, escuchaba los gemidos de las dos al unísono y los deseos que su boca expresó sin reparos. Allí, masturbándose en la cama, las palabras habían fluido sin intervención de la lógica. Pero ahora…
—Lo siento…, no puedo evitarlo.
—Oh, no te disculpes. Esperaba una reacción así de tu parte. —Kirari apoyó el mentón en su hombro, pasando el otro brazo por encima de su cintura. Sayaka tragó pesado, viendo esas manos entrelazadas en el vientre—. No es que este reencuentro no me haga feliz, pero tengo curiosidad. ¿Por qué viniste a la academia a esta hora? Nos encontramos de puro milagro.
—La verdad… mis pies se movieron solos. Llegué a casa e inmediatamente me puse el uniforme y vine a la academia aunque sabía que no la encontraría.
—¿Hm? ¿Acaso ibas a dormir aquí para recibirme mañana con un rico desayuno?
—Posiblemente.
Kirari soltó una risita y pasó los ojos al frente. Se llenaron de luz al tropezarse con el resplandor de la luna.
—La luna está muy hermosa esta noche, ¿no crees?
Sayaka alzó la visión, dejándose encandilar con la luna llena. Apuntaba directo a ellas, bañando al ambiente de romanticismo. Le recordaba a la luna del juego de las torres; esa fue la razón por la que terminó en el balcón. La vio desde el despacho, y como si ésta la llamara, abrió las ventanas y salió a contemplarla. Para ella la luna era sinónimo de melancolía. La llevó a perderse en sus pensamientos, perdiendo así también la noción del tiempo.
—Es cierto, no puedo dejar de mirarla.
—Yo tampoco. —Kirari la miraba a ella, a su secretaria que tanto había extrañado. Sus pupilas examinaban en detalle esos finos rasgos. La línea de la mandíbula, el cuello delgado que le seguía, esa piel que daba la impresión de ser suave como la de un bebé, pero en contraste, unos labios carnosos y rosados que avispaban a las fantasías más adultas—. Realmente… hermosa. —Se inclinó con sigilo y besó su mejilla.
Sayaka sintió el tacto apenas húmedo de esos labios y la miró. Kirari le sonreía dulce, sus ojos la contemplaban con una blandura que solo ella tenía el agrado de recibir.
—Quería verte… —le dijo al oído, reforzando el abrazo—. Es difícil estar sin ti, Sayaka. Tú eres, de alguna forma, mi otra mitad.
La nombrada volvió unos vulnerables ojos a la luna. Los labios de la presidenta se cerraban en su nuca, lentos. No los cuestionó, más sí se permitió disfrutar de las cosquillas que le generaban.
—No se preocupe, a partir de mañana retomaré mis tareas.
—¿Te quedarás, entonces? —preguntó Kirari, arrastrando los labios por su piel. Sayaka doblaba el rostro mientras recibía suaves besos en el cuello. Llevó una mano a su vientre, allí donde otra la acariciaba. Se aferró a ella.
—Por supuesto. ¿No habíamos acordado eso? Que usted se haría cargo de todo.
—Dije que lo haría, pero no gratis.
—¿Eh? —Sayaka volteó el rostro. Kirari tenía una sonrisa pícara en los labios— ¿Quiere algo a cambio?
—En efecto.
—¡Pero si ya tiene mi vida! No tengo nada más qué ofrecerle.
—Oh sí, sí tienes. El cuerpo que sostiene esa vida —contestó Kirari, trazando su mandíbula con los dedos. Bajó los ojos a sus labios—. Lo quiero.
El calor se apropió de Sayaka cuando Kirari empezó a inclinarse hacia ella. Sus ojos se iban cerrando en el medio y los suyos agrandándose. Atacada por la vergüenza, puso una mano entre sus bocas.
—E-Espere, no estoy lista.
Kirari levantó una ceja y atajó su muñeca. La quitó del camino y se fue hacia adelante, atrapando sus labios. Sayaka parpadeó ante la estampida. El contacto era húmedo, la boca suave, pero la intensión perversa. Kirari movía los labios sobre los suyos con una auténtica necesidad, no la dejaba respirar.
—L-Le dije que espere. —Se escapó del beso sin aliento, pero Kirari la devolvió a sus labios por la mejilla— ¡Mff!
Ella entrelazaba sus lenguas sin piedad, sin siquiera tener en cuenta sus palabras. Acompañaba los besos pasando la mano por su cintura, apretándola contra su cuerpo como si quisiera fusionarse con ella. Finalmente estaba siendo besada por la presidenta. Era como estar en el cielo, pero también en el infierno. Temía que abrieran la puerta del despacho en cualquier momento o que los pocos estudiantes que aún estaban retirándose levantaran la vista al balcón y las vieran. Ya se imaginaba el encabezado de mañana en el diario de la academia. El pavor que sentía era similar a cuando estaba masturbándose en su habitación, espiando la puerta de vez en cuando rogando que sus padres no entren.
—Presidenta, no es lugar para esto…
—Lo prometiste… —murmuró Kirari, besando una de sus comisuras. Sayaka desviaba la vista, sonrojada—. Que me dejarías probarte.
Una sensación de pánico la desbordó. No estaba lista para cumplir esa promesa, no recién recuperándose del encuentro telefónico, ¡no en un balcón!
—P-Pero alguien podría entrar.
—Ya no hay nadie.
—¡Hay estudiantes ahí abajo!
Kirari ni le prestaba atención. Estaba muy ocupada bordeándole el cuello con los labios, subiendo la mano por su abdomen para sentirla más. Envolvió uno de sus pechos, consiguiendo un pequeño gemido en recompensa.
—Presidenta… —Sayaka cerraba los ojos haciendo fuerza para no dejarse llevar por esas sensuales manos que le acariciaban el cuerpo como si aparentaran conocer todos sus puntos débiles. Kirari no los conocía, el problema era que Sayaka era débil a cualquiera de sus caricias. No importara dónde la tocara, se sensibilizaba. Razón más que suficiente para dejar de renegar y entregarse al placer, pues luchar contra él era una labor desesperante. No es que no quisiera hacer eso con ella, al contrario. Era su sueño, la presidenta su perdición. Pero no creía correcto cumplir sus fantasías allí, usurpada por la vergüenza y en un balcón donde cualquiera podría verlas. ¿Ese no debía ser un momento íntimo? Kirari, al parecer, tenía un concepto distinto de "intimidad". No le interesaba ser vista y todo insinuaba que no la dejaría ir.
—Una promesa es una promesa, Sayaka. —Kirari giró su mejilla hacia ella. Sayaka se sorprendió al hallar en sus ojos un suplicio—. Tienes que cumplir.
El deseo que Kirari venía acumulando hacía unos largos años por fin se estaba manifestando, y fuera de control. Tenía el cuerpo tenso de las ansias que estaba reprimiendo y se sentía extraña por tal acontecimiento no propio de su persona. Eso no era solo un capricho, una orden más que su secretaria debía cumplir. Kirari no soportaba más solo mirarla, tantearla para conseguir su permiso. Desde esa noche en la que escuchó sus gemidos, la paciencia se perdió. Y estaba segura de que Sayaka se sentía igual.
Y así era, pero no su moral. Sayaka pasaba los ojos de un lado a otro, miraba el suelo como si en este encontrara una respuesta que la liberara de la vergüenza, pero no encontraba nada, excepto una voz maliciosa que le susurraba al oído que no fuera hipócrita. Se reía y le aseguraba que, en realidad, a ella le fascinaba el morbo de que pudieran ser emboscadas. Esa voz no era la presidenta, era ella misma. Agradecía la ventisca fresca de la noche, porque su cuerpo no podía estar más caliente. Y marcado. En el cuello llevaba marcas de unos labios celestes que no supieron esperar.
Kirari, detrás de ella, observaba el caos que transitaba por su rostro. Y se enamoraba de él.
«Linda…»
—Si aún tienes vergüenza, conozco un remedio infalible para eso —le dijo, inclinándose a su oreja. Movió un mechón con la nariz y en sus labios se dibujó una sonrisa peligrosa—. Sentir mucha más vergüenza. Cuando llegues al tope de ella, se disipará. Y yo puedo ayudarte con eso.
Sayaka ahogó un gritito cuando un tacto juguetón se poso en la retaguardia. Kirari comenzó a refregar la mano por su trasero. Subía y bajaba por encima de la falda, se la llevaba con ella en cada arrastre.
—¿Pre-presidenta? —inquirió con una sonrisa rígida. La nombrada estiró la suya y sumió los dedos debajo de la falda. Empezó a subir lento por su muslo, estremeciéndola, y cerró los dedos en una de sus nalgas. La apretaba con fuerza, dejándole la piel roja y los pelos de punta. Era extraño. Mientras más la apretaba, más una sensación electrizante se concentraba en el centro de Sayaka.
—Tus dimensiones son perfectas, Sayaka. Me pregunto... Si veo más, ¿acaso enloqueceré?
Sayaka no llegó a contestar. Kirari agarró su trasero y le subió la falda. Se relamió los labios ante la imagen de sus bragas blancas ceñidas en la piel. En efecto, la locura se acercaba. No podía evitar pasar las manos por esas nalgas suaves y voluptuosas. En el medio se encantaba con la espalda de Sayaka, la cual arqueaba entre suspiros cada vez que rodeaba el muslo hacia adentro y regresaba por el mismo camino, rozando su intimidad con los dedos en un amago perverso. Su cuerpo, igual que aquella noche, comenzaba a reaccionar a su linda secretaria. Pero esta vez la tenía allí para hacer lo que quisiese. La impulsó hacia atrás por las caderas, apegándola a su entrepierna. Sayaka cerró las manos en la baranda del balcón como si su vida dependiera de ello. Tenía una expresión agonizante, sufría por sentir la intimidad de la presidenta aplastada contra su trasero.
—Presidenta, no se mueva así…
—¿Cómo?, ¿así? —Kirari le habló al oído, deslizando la lengua por el borde. Se embestía despacio hacia ella, presionaba la pelvis contra ese trasero que, inconscientemente, Sayaka levantaba para sentirla más. En cada presión, una puntada aguda se disparaba en la intimidad de ambas— ¿No te gusta sentirme?
Sayaka volteó el rostro y Kirari, al verlo enrojecido y con tonos brillantes, fue incapaz de no tomarlo para besarla. Finalmente el contacto era verdadero. Nada de mensajitos, llamadas o cualquier otra ilusión. Ahora sentía en toda su gracia el cuerpo de su secretaria que, desde aquella noche, se había convertido en el motivo de varios despertares húmedos.
Sayaka giraba la lengua sobre la suya, respirando agitada por la nariz. No podía moverse bien, estaba apresada por ese cuerpo de curvas impresionantes que hoy veía en demasía erótico. Kirari suspiraba en su boca, ondeaba las caderas hacia ella más rápido, aplastándola contra la baranda. Sayaka miró hacia abajo y el vértigo la poseyó. Estaban a una altura considerable y la posición no era la más segura. Sus pechos descansaban encima de la baranda, el cuerpo se inclinaba por el peso de Kirari.
—M-Me voy a caer.
—Yo te sostendré.
—¡Usted es la que me está empujando!
—No te dejaré caer, no de nuevo.
Sayaka ensanchó los ojos. Los sintió cristalizarse. ¿Eso era una disculpa? Una disculpa por haberle permitido caer al vacío en una apuesta ridícula. Se animó a ver los ojos de la presidenta y halló un dejo de culpa en ellos.
—Y si te cayeras, yo saltaría de nuevo por ti. —Kirari le sonrió con amabilidad y las defensas de Sayaka se desarmaron.
—Presidenta…
—Sayaka… —Kirari escondió el rostro en su cuello, bajando las manos por sus caderas. Subió por ellas, sumiéndose debajo de la falda, y atajó los bordes de las bragas. Los estiró hacia arriba.
—¡Ah! —Sayaka se fue hacia adelante debido a la intensidad que sintió allí abajo al ser apretada. Una energía puntiaguda trepaba lentamente por su interior, llegando a la pelvis.
—Tus gemidos suenan mucho mejor en persona. —Kirari sonreía perdida en su cuello. Deslizaba la lengua por él, luego lo succionaba. Quería tomarse el tiempo para disfrutarla como debía ser, pero sus manos se movían impacientes. Antes de darse cuenta, ya estaba descendiendo por la curva de su trasero para llegar a la intimidad. Comenzó a frotarla con los dedos, despacio.
—Presidenta… —Sayaka gimió su nombre en un hilo de voz, arqueando el trasero por las sensaciones. Sus dedos se fruncían contra la baranda y los de Kirari estaban corriendo aquella tela que protegía su intimidad. Sintió un fresquito y luego un tacto tibio en la entrada que le hizo sobresaltarse.
—Ya estás mojada… ¿Acaso te excita que puedan vernos? —Kirari sonrió contra su mejilla, rodeando el centro lenta y tortuosamente. Sayaka jadeaba entrecortado, su labio inferior colgaba, los ojos se cerraban con placer. La sensación era más real que cuando se tocaba sola. Sí, le excitaba la adrenalina, pero más la presidenta.
Kirari emigró los dedos solo para llevarlos a su boca. Sayaka veía, muerta de vergüenza, cómo saboreaba su néctar pasando la lengua por los bordes.
—Como esperaba, eres deliciosa… ¿Sigues avergonzada?
Sayaka asintió con la cabeza, histérica. La presidenta rió por dentro.
—Entonces, tendré que seguir.
Volvió a su intimidad y deslizó los dedos por esos labios húmedos. Iba y venía, la presionaba con un tacto preciso, haciéndole retorcerse. Se detuvo en la entrada y comenzó a sumir un dedo. Éste fue succionado enseguida por aquella cavidad caliente. Sayaka apretó las muelas al sentirse invadida. Ese dedo continuaba su camino, impulsándose hacia adelante, arqueándose en su interior.
«La presidenta está dentro de mí… Se siente extraño, pero bien»
—Aquí abajo no te veo muy avergonzada, Sayaka.
Sayaka levantó el rostro con debilidad y sus ojos se ampliaron al ver a dos estudiantes desde lo alto. Caminaban tranquilos y riendo. Si miraban hacia arriba, estarían perdidas. Tenía que detenerla, pero carecía de fuerza. Su mirada ya no estaba ahí, sino en el mundo del placer. Era igual que esa noche, se estaba nublando. La vergüenza se alejaba, el deseo ganaba.
—Mira... —Kirari agarró sus cachetes para que observara bien a los estudiantes—. Un paso en falso y nos descubrirán... ¿Quieres que los llame, Sayaka?
—¡N-No!
La intimidad de Sayaka se contrajo contra su dedo. Kirari rió de forma lúgubre, sintiendo cómo lo encerraba con ímpetu.
—Te excitaste más de solo pensarlo. Lo siento aquí, justo aquí... —Giró el dedo en su interior e hizo presión hacia abajo, tocando un punto electrizante que le sacudió las caderas a su cómplice—. Eres tan traviesa…
No lo era, Sayaka se negaba a creerlo. No entendía qué pasaba con su mente. Odiaba estar expuesta, le daba terror ser descubierta, pero por algún extraño motivo ese suceso la llenaba de emoción. Era una tortura placentera. No soportaba estar sintiendo tanto y no entender tales sentimientos.
Kirari observó esos ojos oscuros poseídos por la lujuria y sonrió antes de volver a sus labios con hambruna. Las dos meneaban el rostro entre suspiros, enredaban las lenguas dejando escapar sonidos excitantes que hacían eco en el balcón. Kirari amasaba uno de sus pechos, la penetraba en el acto. Sayaka sofocaba jadeos en su boca, se le doblaban las piernas. Un segundo dedo quería abrirse paso en su interior. Lo sentía, empujando, haciéndole arder. Era todo, estaba a punto de ser desvirgada. Y al menos eso, solo eso, prefería hacerlo en otro lugar.
—Presidenta…, no quiero perder la virginidad en un balcón.
La presidenta abrió los ojos de par en par. En su ser, impacto. Sería una mentira decir que, si Sayaka no la hubiese detenido, ella se hubiese detenido sola. Iba a quitarle la virginidad sin pestañear. Algo tan preciado… ¿Qué estaba haciendo?, ¿cómo llegó a eso? Ella, quién siempre conservaba la calma. El juicio volvió de golpe. No era nada considerado seducirla para que caiga y obligarla a corresponder sus deseos y fantasías descomunales. Lo sabía desde el principio, pero omitió esas reglas al verse atacada por la felicidad de verla de nuevo. Y aterrada por el miedo de perderla. Se desconocía en ese instante.
De a poco fue quitando los dedos de su interior. Sayaka jadeó cuando salieron y Kirari dio un paso atrás con el rostro decaído.
—Perdóname.
Sayaka giró el cuerpo, sintiéndolo de goma. Se bajó la falda recuperando el aliento, y preocupándose. La presidenta tenía los ojos plantados en el suelo.
—Iba a decir que prefiero el sillón.
Kirari fue levantando el rostro de a poco, encontrándose con una sonrisa dulce. Se le hizo un nudo en la garganta.
—Sayaka, esto que siento solo es puro egoísmo. Un deseo personal. Olvida lo que dije antes, no te sientas obligada a corresponderme.
—¿Obligada? —Sayaka alzó una ceja—. Presidenta, la deseo con pasión hace tres años. ¡Mucha pasión! Ah, no debí decir eso. —Se tapó la boca con las orejas rojas—. Bueno…, lo que escuchó. Cuando me negué no fue porque no quisiera hacerlo con usted, sino porque temía que alguien nos viera.
—Aún así…
Kirari suspiró y entró al despacho. Sayaka le seguía los pasos, curiosa. Abrió un cajón del escritorio y sacó un pergamino. Tenía el sello Momobami en una de las esquinas. Se lo mostró. Sayaka lo ojeó rápido; su propia firma yacía debajo de todo.
—Este es el contrato que firmaste. Y esto… —Kirari señaló una cláusula con un dedo, aquella que citaba su pérdida de libertad—… es tu condena. Técnicamente no debería sentirme mal de haberte robado la vida, es tu culpa por no haber leído el contrato. Sin embargo, el malestar no se aleja. Quiero que decidas estar conmigo por tu propia voluntad, por eso… —Agarró el pergamino con las dos manos y amagó a romperlo. Sayaka entró en alerta.
—¡Espere! —Le robó el pergamino de la mano—. Presidenta, si rompe el contrato será mi fin.
Kirari la miró con un signo de pregunta tallado en el rostro.
—Con esto puedo salvarme. Le pertenezco a los Momobami, así que mis padres ya no tienen control sobre mí. ¿No fue por eso que me dijo lo del contrato? En el peor de los casos, podemos usarlo.
—Ah… —Kirari se llevó una mano a la frente. Una sonrisa, a los ojos de Sayaka, atónita, marcaba sus labios—. Tienes razón. Tengo la cabeza en cualquier lado, qué extraño…
Se fue hacia atrás hasta caer sentada en uno de los sillones. Sayaka disminuyó la distancia y se inclinó apoyando las manos en las rodillas.
—¿Presidenta?, ¿se encuentra bien?
Kirari levantó los ojos y al toparse con los suyos, no supo porqué, se sintió nerviosa. Apartó la mirada y el corazón de Sayaka se apresuró al notar cómo un pequeño sonrojo iba naciendo en sus mejillas.
—Creo que el momento anterior me dejó un poco atontada… No me des importancia. —Bufó, acomodando un brazo en el sillón—. Volviendo al tema anterior. Cuando hable con tus padres, es decir, pronto, ya no habrá necesidad del contrato. Entonces, lo destruiré.
—No me molesta… ser de su propiedad. Admito que me impactó cuando me enteré, pero ahora... me gusta.
Kirari deslizó las pupilas hacia ella. Sayaka se movía de adelante hacia atrás con una carita tímida que le hizo reír.
—¿Acaso eres una fetichista, Sayaka?
—Quizás.
—Ja, me haces acordar a alguien. ¿Te gustaría que te ponga un collar de perro? —preguntó, llevando una mano a su cuello. Cerró los dedos en él y Sayaka arrugó la frente, disconforme con la comparación. Sabía bien de quién hablaba.
—¡Claro que no! Soy diferente de Sado. A ella solo le gustaba ser dominada, en cambio, a mí… —Kirari se fue hacia atrás, endureciendo el rostro, cuando Sayaka puso una rodilla en el sillón. Se sentó en sus piernas y cruzó los brazos detrás de su cuello—. Me gusta conservar mi voluntad.
Kirari la escaneó de arriba abajo, sintiendo ese peso ajeno en los muslos. Tentación. Una maldita tentación la atacaba de nuevo. No pudo luchar contra ella. Sus manos se movieron solas, apresando esas caderas que moría por desnudar.
—¿Es así? Bueno, tengo que decir que a mí no me molestaría que me pusieras un collar.
La confesión le sacudió el cerebro a su secretaria.
—¿E-Es de esas?
—¿Lo soy? —Kirari lo meditó un momento con una sonrisa calma—. No lo creo, solo me agrada la idea de ser tuya, tal como tú eres mía.
A Sayaka le estaba llevando lo suyo asimilar el dato. La presidenta era imponente, dominante por dónde la vieras, pero igual quería que la sacara a pasear con una correa. Se encontró riendo por lo bajo, feliz de que le confiara una fantasía tan privada. Kirari reía con ella, subiendo las manos por su espalda.
—Ahora que hemos aclarado los tantos, ¿quieres tomar té? Extraño nuestras sesiones. —le dijo con un toque burlón. Sayaka hizo un puchero.
—No bromee… No quiero té, la quiero a usted —espetó, juntando sus frentes—. Que esté aquí sentada es su culpa, ahora hágase cargo.
—¿Oh? ¿Finalmente cediste a tus deseos, Sayaka?
—No puedo evitarlo después de cómo… me tocó. De una forma u otra, siempre me lleva al extremo, presidenta.
Música para los oídos de Kirari, alivio para la culpa que sentía. Ella estaba dispuesta a parar, pero no podía cumplir su meta si esos ojos preciosos rogaban que la hiciera suya. Su corazón se emocionaba con solo verlos, la impulsaba a seguir.
—¿No es eso normal? Perderse —contestó en voz baja, colocando un mechón detrás de su oreja—. No tiene nada de malo rendirte a tus sentimientos, Sayaka. En especial si estamos en el mismo barco.
—¿Usted también…?
—Oh, por favor. —Kirari soltó una carcajada—. Tu distracción casi es digna de admirar, ¿o es inseguridad lo que te lleva a no creerme? Todos saben lo que me pasa contigo, menos tú. En serio…, eres una incógnita.
Sayaka se achicó en el lugar. Su mente lógica e intuición aguda siempre veía más allá, pero era un extraño suceso que, respecto a los sentimientos, no fuera capaz de ver nada. Ni las pistas que la presidenta le arrojó en su momento como tampoco la carta de amor con forma de torre que le había construido solo para ella. Nada, solo veía números. Y en esa ecuación no encajaba el resultado final: que la presidenta estuviera interesada en ella románticamente.
—Cuando se trata de usted el mundo se me pone de cabeza, presidenta. No puedo pensar bien, disculpe si soy un poco lenta.
—Me gusta que seas lenta, creo que te hace linda.
Sayaka no sabía si tomar eso como un cumplido o un insulto.
—Y por cierto, esa fue una hermosa confesión de amor, Sayaka. —Kirari se abrazó a ella, hundiendo el rostro entre sus pechos. Sayaka la admiró desde lo alto, embelesada, y la rodeó con los brazos—. Dime…, ¿mataste a tus padres? Porque lo que voy a hacer ahora requeriría su autorización.
Una sonrisa se delineó sobre la cabeza de Kirari; en ella Sayaka se embriagaba con su aroma exquisito. ¿De qué autorización hablaba? Ya había pasado esa etapa. Tenía las bragas desarmadas, el chaleco abierto y aún latía en su intimidad la sensación de los dedos de Kirari jugando dentro y la inquietud del vacío que dejó.
—Estoy en eso. Pensé mucho en lo que me dijo el otro día y llegué a la conclusión de que matarlos es lo mejor.
—Qué agradable noticia. —Kirari esbozó una sonrisa abierta en su pecho— ¿Es difícil? Matarlos.
—La verdad, sí. No es fácil despegarme de ellos después de tantos años, aún los quiero.
—Nadie dijo que dejes de quererlos, solo te aconsejé desapegarte de lo malo —contestó, saliendo de su pecho—. Entonces, será una muerte lenta.
—Sí… —Sayaka bajó las manos por sus hombros, pensativa— ¿Cuándo mató a los suyos?
—Hm… Buena pregunta. Quizás a los cuatro o cinco años, cuando me di cuenta de la basura que eran. Condenarme a tal asfixiante posición, hacer que Ririka viviera siendo mi sombra… En efecto, no eran los mejores padres del mundo. Debido a eso, no me fue difícil asesinarlos.
—Estamos hablando metafóricamente, ¿no? —preguntó Sayaka, ya sintiéndose un poquito perturbada con la conversación—. Lo que me dijo antes, matarlos en la mente.
—Oh, no. Los asesiné de verdad.
Silencio.
Lo único que sonorizaba el ambiente eran las burbujas del acuario en penumbras. Kirari miraba con aburrimiento el rostro pálido de Sayaka. Quedó petrificada en sus piernas.
—¿Eso te incomoda?
—Um… —La puerta, el balcón, ¡lo que sea para escapar!—. N-No, mientras no me mate a mí.
—No suenas muy convencida, supongo que… te estoy asustando.
Kirari bajó el rostro de forma triste y el corazón de Sayaka hizo ¡crack! Murió de angustia. La presidenta se estaba abriendo a ella de un modo perturbador, pero también sincero. Ella pedía una confidente, alguien que la aceptara no importara cuán críticos hubieran sido sus actos. Y ese alguien era ella, su única elegida. Sayaka detalló su sonrisa triste y se llenó de coraje. Bien, decidido. No importaba que fuera una asesina, podía tolerarlo. ¡Sí, así es! Era su secretaria, la única capacitada para ocupar ese puesto. Solo ella tenía el privilegio de conocer sus más oscuros secretos. Esa confesión no debía asustarla, más sí hacerle sentir importante. Se lo diría. Le diría cuánto la amaba incluso aunque tuviese las manos manchadas de sangre. Abrió la boca, lista para dar un discurso de amor.
—No me importa lo que haya hecho, presidenta, yo siempre seguiré a su lado. ¡Mataré por usted si es necesario! —dictó, llevando el puño a su pecho en una muestra de fidelidad.
Kirari alzó el rostro y se perdió en sus ojos brillantes unos largos segundos que mantuvieron a Sayaka en suspenso. Una risita comenzó a resonar baja en sus labios, luego más alta. Sayaka se asustó cuando soltó una carcajada que, estaba segura, se escuchó en toda la academia.
—De verdad…, eres una lindura. ¿Te creíste todo ese cuento?
—¿Eh? —Sayaka bajó la mano del pecho, confundida— ¿Estaba bromeando?
—¡Por supuesto que estaba bromeando! —exclamó Kirari entre risas, limpiándose los bordes de los ojos—. Ah, tu cara es extraordinaria ahora mismo, Sayaka. No recuerdo haberme reído tanto, me hiciste llorar y todo.
Otra vez. Otra vez y otra maldita vez, caía en sus bromas. Sayaka suspiró, sintiéndose una estúpida. No podía creer que después de tres años siguiera cayendo en lo mismo. ¿Aprender de la experiencia? Nunca.
—Siempre me hace lo mismo… Qué mala es, presidenta.
—Oh vamos, pensé que lo sospecharías. Sabes que no estoy a favor de la violencia, sino del sufrimiento en vida. Creo que es un castigo mejor. Sin embargo, fue todo un placer escuchar que podrías matar por mí. —Kirari llevó una mano al moño de su camisa. Lo jaló hacia sí, deshaciendo el nudo. Sayaka tragó pesado—. Yo también mataría por ti, Sayaka. Y esta vez lo digo en serio.
Las manos de la presidenta le desabrochaban la camisa, sus ojos la atravesaban. Sayaka no podía despegarse de ellos. Kirari le bajó la camisa por los hombros, descubriendo un sujetador rosa.
—Encantador… —murmuró, inclinándose a su cuello. Sayaka lo torcía al recibir lentas lamidas en la piel—. Ese hombre no llegó a tocarte, ¿cierto? Tu prometido.
—¿Ah? ¡Claro que no! Lo vi pocas veces.
—¿Te agrada? —continuó, subiendo una mano por su abdomen. Presionó uno de sus pechos y con las yemas atajó el pezón por encima del sujetador. Sayaka declinó los párpados con el corazón latiendo deprisa.
—La verdad…, no parece un mal hombre.
Kirari volvió a su rostro con unos ojos gélidos.
—¡Pero no es mi tipo para nada! —agregó rápido.
—Hm… Al final quizás sí tenga que recurrir al asesinato. Pero puede esperar, esto es más importante.
Los labios de Sayaka, que se abrieron para responder, fueron sellados por otros más fríos. Cuando estás en una situación candente, no hay tiempo para pensar en nada, menos en quién está contigo en realidad. Quién se esconde debajo de esa mujer que te toca. Sayaka estaba con una mujer que bromeaba sobre asesinar, pero que realmente podía hacerlo si quería. Desconocía si la presidenta era capaz de cometer tal acto. Recursos no le faltaban. Ella lo dijo: su familia era la mafia misma y más de uno se dedicaba a la tortura. Y aunque sonara incorrecto asesinar a su prometido, le alegraba que fuera capaz de hacerlo solo por unos simples celos.
—Presidenta…, usted es mi único amor —musitó, estrechándola con fuerza—. Siempre lo será.
Kirari abrió los párpados contra su hombro, al cual besaba con devoción. La miró a los ojos con una sonrisa que iba suavizándose a medida que se zambullía en ellos.
—Me gustas, Sayaka.
Un flechazo atravesó el corazón de su secretaria. La agarró desprevenida. Toda esa noche la agarró desprevenida. Recibir tal declaración la removió más que las caricias que también estaba recibiendo. Confirmado, su excitación pasaba más por lo emocional, por no decir mental. Y es que ella era pura lógica, no podía funcionar de otra manera.
—¿Qué tal suena? Ririka me recomendó ser más sincera, así que lo estoy intentando.
—Suena… genial, pero también extraño viniendo de usted.
—Hm… Supongo que tendré que repetirlo hasta que lo naturalices. —Kirari deslizó la mano por su mejilla y presionó su boca—. Me gustas.
En ese instante, Sayaka dejó de creer en el amor platónico, en los sentimientos superficiales pero intensos que recitaba el mismo. Comparado al amor de verdad, era la nada. Una fantasía infantil. El amor que ahora le demostraba la presidenta era real, extrañamente real, y también angustioso. Porque así como inculcaba esperanzas en su interior, también le brindaba el paso a la inseguridad futura. Mientras más la amaba, más miedo tenía de perderla. Eso es el amor, entendió, un subibaja que debía aprender a controlar para no caer en una espiral de pensamientos caóticos. Aquel amor no se comparaba en nada a la ficción llana que la acompañó durante tres años.
Entre sus besos, abrazos y caricias que grababa en cada parte de su cuerpo, Sayaka se daba cuenta de que había idealizado mucho a la presidenta, quién, como ella, solo era un ser humano más. Uno que podía perder el control, que celaba, se disculpaba y que volvía a equivocarse como buen mundano que era. Siempre la tuvo en un pedestal. Hoy se cayó y aterrizó a su lado.
Amaba pisar el mismo suelo que ella.
Y se lo decía. Sayaka le profesaba su amor en jadeos y gestos placenteros que se acentuaban al sentirla dentro, muy dentro de sí. Al final, la presidenta sí le quitó la virginidad en ese sillón. Y Sayaka le prometió que al salir de allí sin duda le quitaría la suya. Era una delicia recibir la sonrisa de Kirari, quién feliz con la propuesta, la vestía diciéndole que estaría esperándolo con ansias. Esa Kirari no era la mujer majestuosa que conocía, que aplastaba la vida de los demás y que, luego de hacerlo, caminaba por encima de ellos como si fueran una alfombra. No, con Sayaka era versátil. Le mostraba todas sus caras, incluso las más vulnerables. No le ocultaba nada, ni siquiera sus deseos.
—Sayaka…, me gustaría que sigamos mensajeándonos.
Sayaka desprendió los labios de su cuello y se incorporó con las manos, quedando cerca de su rostro. Kirari sonreía desnuda sobre su cama.
—Cuando no podamos estar juntas, nos quedarán los mensajes.
La reflexión se apropió del semblante de su secretaria. No contestaba, solo la miraba. Kirari levantó las cejas.
—¿Te parece muy invasivo?
Sayaka sonrió de lado y cerró los ojos.
—No, me parece lindo que no quiera separarse de mí, presidenta. Y eso que nos vemos todos los días.
Kirari permaneció mirándola un momento y dobló el rostro sobre la almohada. Un tenue sonrojo empezaba a decorar sus mejillas. Se sentía una pesada cuando ella de pesada no tenía nada.
—Me siento un poco expuesta ahora mismo. Quizás hablé de más.
—Si lo dijo es porque quería decirlo. Pero si no le agrada la exposición, le queda esto. —Sayaka agarró su celular de la mesita de luz y se lo dio. Kirari lo agarró con unos ojos curiosos—. Puede escribir lo que siente.
—Oh. ¿Como un diario?
—Pero dirigido a mí.
—Hm… Entiendo. —Kirari la espió de reojo y empezó a escribir en el celular.
Sayaka miró la mesita de luz cuando su celular sonó. Lo agarró y vio un mensaje de ella. Se echó a reír.
—Presidenta, pero si estoy aquí.
—Léelo.
Sayaka respingó con una sonrisa y abrió el mensaje. Su corazón se comprimió.
Presidenta:
Te quiero.
Sus ojos no se despegaban del mensaje. Costó subirlos a los otros marinos que la esperaban brillantes. Abrió la boca para responder, pero le llegó otro mensaje. Bajó la vista: una jirafa. Una sonrisa enamorada se dibujó en sus labios. Kirari sabía bien cómo destruirla. Y volverla a enamorar una y otra vez.
—Dios…, presidenta. —Se mordió el labio, desbordada de amor, y arrojó el celular a la cama antes de lanzarse hacia ella— ¡Te amo!
Quién iba a decir que, a fin de cuentas, sería Sayaka la que perdería el control, pues, no la dejó dormir en toda la noche.
Los teléfonos, uno junto al otro, yacieron en la cama. Y ellas también.
Fin
¡Quinto One-shot entregado! Sí, se me fue la mano con la longitud. Una ironía, porque esta historia iba a ser re corta jajaja. Para variar, no sé resumir.
En fin. Espero que lo hayan disfrutado y nos leemos en el próximo. ¡Besos!
