Labios celestes
Kirari entraba a la sala del Consejo estudiantil con toda su voluntad (cuatro por ciento) de revisar un trabajo que tenía acumulado, el único que no le parecía tedioso de realizar: Planes de vida. En general, le divertía confeccionarlos, pero más ver cómo Sayaka se encargaba de ellos. Le pareció una grata sorpresa, cuando le dio su primer Plan de vida para confeccionar, el enterarse de que su secretaria podía ser muy ingeniosa respecto a ellos. Los armaba perfectamente basados en la personalidad de la víctima, no caía en la piedad, pinchaba a los estudiantes donde más les dolía. Era más cruel que ella misma, por no decir que actuaba como un demonio.
Y ahora ahí estaba, durmiendo como un angelito.
Detuvo el andar frente a uno de los sillones y se inclinó para comprobar que, en efecto, Sayaka estaba y no estaba ahí. Con el rostro colgando, una expresión pacífica y las manos encima de las piernas, ella se tomaba una siestita.
—Qué curioso, nunca te vi dormir. —Sonrió—. Debes estar muy cansada para desplomarte así.
Rozó su cara con los dedos. Sayaka respiraba lento y profundo. Le causaba gracia su pose: sentada como una señorita de clase alta, la espalda bien derecha. ¿Cómo hacía para mantenerse derecha si estaba dormida? Solo Sayaka, hasta en sueños, mantenía al raciocinio activado.
Kirari se enderezó con una sonrisa blanda y buscó con la mirada algo para entretenerse mientras su secretaria recargaba energías. El cuatro por ciento de voluntad había desaparecido, no pensaba trabajar si Sayaka tampoco lo hacía. Simbiosis. Fijó los ojos en el escritorio; un libro. Búsqueda terminada. Lo agarró y se dispuso a ir al otro sillón para pasar el tiempo leyendo. Antes de sentarse le echó un vistazo a Sayaka. Y le dieron ganas de estar cerca de ella. Cambió de rumbo y se sentó despacio a su lado. No en la otra punta del sillón, sino literalmente a su lado. No creía necesaria la distancia.
—Espero que no te moleste mi compañía —le dijo al oído. Sayaka arrugó la frente soltando un ruidito que le dio ternura—. Te despertaré para la hora del té.
Kirari descansó la espalda en el sillón y abrió el libro. Se dispuso a leer. Las burbujas del acuario llenaban la sala con un sonido relajante que inducía al sueño, el ruido seco de las hojas al pasarlas también. Se le estaba dificultando concentrarse en la lectura, y eso que era una historia intrigante. Pero no más intrigante que su secretaria. No podía evitar pasar la vista a Sayaka de vez en cuando, curiosearse como un gato por las caras que hacía al dormir. Frente a sus ojos tenía un fenómeno extraño que, posiblemente, no vería de nuevo. Sayaka no se permitía caer en la imperfección, incluso aunque Kirari pensara que su rostro durmiente era la perfección misma. A veces deseaba que se relajara un poco, que le permitiera ver más expresiones naturales. Pero incluso desearlo le sabía a injusticia, porque ella misma era su fiel reflejo. Las expresiones no eran su fuerte. Ambas hacían lo imposible para mostrarse perfectas con la otra. ¿Por qué? Porque temían que su verdadero yo terminara en un susto mutuo y porque querían, siempre querían, impresionar a la otra. Una tarea pesada que carecía de sentido; por dentro sabían muy bien a quién tenían al lado.
Y lo aceptaban con los brazos abiertos.
Se preguntaba cuánto tiempo habría pasado desde que se puso a leer. Miró la hora en el reloj de la pared; tres y media de la tarde. Había pasado casi una hora. En otro momento se hubiese aburrido de estar quieta, pero hoy disfrutaba de la tranquilidad de no hacer mucho, de la compañía silenciosa de Sayaka y la calma que le transmitía. Ni había sentido la hora pasada.
De pronto se escucharon unos quejiditos. Giró el rostro. Sayaka parecía estar luchando dentro de sus sueños. Una de sus manos se fruncía contra la rodilla, como si tuviera miedo de algo. Kirari suavizó la mirada al verla y la tomó con delicadeza. Pasaba el pulgar por el dorso para devolverle la calma, pero al final fue ella la que se sintió anestesiada por esa manito suave.
«Cálida…»
Subió los ojos a su rostro. Éstos se perdieron examinando esa piel tierna que daba ganas de morderla. Un rubor rosa apenas perceptible sombreaba sus mejillas, y las pestañas, rizadas naturales, acentuaban la feminidad que de por sí la caracterizaba. Bajó la vista buscando más detalles fascinantes; no habría otra oportunidad igual. Sayaka tenía la boca entreabierta y dejar de mirarla se le estaba haciendo una tarea imposible. Un cosquilleo vibraba en sus labios cada que hacía zoom en esa boca carnosa.
«¿Deseo?»
Se preguntó, mojándoselos. La respuesta le llegó como una presión en el pecho cuando Sayaka inclinó levemente el rostro, dejando caer unos finos cabellos por él. La imagen era el himno a la dulzura y se encontró sin poder soportarla. Acomodó esos mechones detrás de su oreja, haciéndole sonreír dormida.
—Si supieras lo linda que eres… —murmuró, yéndose hacia adelante. Presionó los labios en su cachete unos buenos momentos donde Sayaka arrugaba el entrecejo, desentendida en sueños—. Hueles muy bien… y tu mejilla es tan tiernita. Podría besarte todo el día.
Sola, sin la presión de ser observada y sin la necesidad de fingir, Kirari pasaba los labios por su mejilla, los cerraba en esa piel blanda que olía a flores y que poco a poco empezaba a teñirse de celeste. En el medio rogaba que nadie la descubriera, que nadie la besara, porque sino todos caerían rendidos ante esa dulzura que Sayaka se empecinaba en ocultar con un siempre porte serio.
«Mira cómo me tienes… rogando que no te toquen. ¿Cuándo pasó? Ya no lo recuerdo, ni me interesa»
Levantó la mano para sostenerla con cuidado y apoyó la punta de la lengua en una de sus comisuras. Trazó un camino hacia arriba por su piel, sintiendo un gustito a jabón. Fue un roce tímido, una probadita, sin embargo, fue suficiente para que los párpados de Sayaka temblaran. Kirari se alejó de golpe. Agarró el libro y se puso en pose de lectura con su mejor sonrisa. Todo para nada, Sayaka nunca despertó. Fue un amague. La observó de reojo y se contuvo de reír. Tenía la cara llena de sus besos celestes.
—De verdad, qué sueño pesado tienes. Si alguien más te encontrara dormida… —Bajó las pupilas a sus pechos, poniéndose seria. Éstos subían y bajaban en una respiración lenta—… podría ser un problema. No todos son tan amables como yo, Sayaka. No deberías bajar la guardia así, menos en esta academia.
Esperó un momento con la esperanza de que contestara. Nada.
—¿O será que te estás haciendo la dormida? —Soltó una risita, dejando el libro en el sillón. Sayaka cabeceaba como si en cualquier momento se fuera a caer—No…, tú no sabes mentir.
Kirari llevó la mano a su cabeza y con cuidado empezó a bajarla a sus piernas para cedérselas como cama. Sayaka se dejaba llevar con los párpados abriéndose lentamente. No entendía nada.
Aunque el acto nació pensado en su comodidad, a Kirari terminó ocasionándole una mutación de sentimientos. La imagen, sumado a sus conflictivas emociones que guardaba bajo llave, prestaba a la confusión. Su mano empujándola por la cabeza, Sayaka bajando sin oponerse y suspirando con cierta entonación que le resecaba la garganta. La adrenalina se instalaba en el estómago mientras la veía llegar a sus piernas, pero a la vez sufría una ligera irritación por caer tan fácil en un pensamiento indebido.
—Quizás… no soy tan amable como pensé.
Sayaka apoyó el cachete en sus piernas y un perfume conocido le hizo abrir más los ojos.
—Presidenta… —murmuró, cerrando los dedos en su muslo. Kirari sonrió desde lo alto y puso una mano en su cabeza.
—¿Estás cómoda, Sayaka? —le preguntó, acariciándola.
Sayaka volvió a cerrar los ojos y asintió. Creía que estaba en uno de los tantos sueños que solía tener con la presidenta. Se dio vuelta sobre sus piernas, buscando más sentir ese sueño, y enterró la nariz en su pelvis.
—Huele bien…
Kirari frunció los dedos en su cabello, estremeciéndose. Sus ojos iban adquiriendo un tinte oscuro mientras la contemplaba. Pensar mal era inevitable, desear también. ¿Pero cómo no sentirse deseosa si Sayaka refregaba la nariz en su pelvis? Allí, muy cerca de otro sensible lugar. Una sensación aguda la pinchaba por dentro cuando esa nariz iba y venía por su falda. Se estaba tornando insoportable.
«De acuerdo, esto fue una mala idea»
Y Sayaka no hacía más que confirmarlo. Suspiraba profundo contra ella, doblaba los dedos en su falda como si quisiera arrancársela. Fuera cuál fuera el sueño que estuviese teniendo, estaba aumentando de nivel.
—Me estás desesperando un poquito, Sayaka. Si sigues moviéndote así…, voy a tener que hacerme cargo del asunto.
—Hm… —Sayaka se abrazó a su cintura y Kirari esbozó una sonrisa tiesa que desde afuera se veía como la llegada de una crisis. Miró al frente resistiéndose a esas caricias que recibía en la entrepierna. Estaba dura en el lugar, contrario a su corazón, que saltaba histérico. Miró disimuladamente hacia abajo y entonces los deseos hicieron estragos. Sayaka arqueaba las cejas con un dejo de placer, se relamía el labio superior. Kirari se perdió en ella. Tenía ganas de empujar esa cabeza y sentir los labios calientes de Sayaka contra los suyos. Estaba a punto de subirse la falda, bajarse las medias y permitir que la explorase en sueños. Porque, según su percepción, Sayaka estaba teniendo un sueño erótico con ella. No encontraba otra razón para tenerla refregándose contra su intimidad. ¿Acaso no le estaría cumpliendo la fantasía al dejar que la probase?, ¿no le haría un favor?
—Bien, es momento de despertar.
Nada de favor, se rectificó. Eso sería abusar de la oportunidad. Y si mal no recordaba, ese era un momento dulce. No quería transformarlo en una perversión.
Comenzó a acariciarle la espalda para que su despertar fuera el más sutil posible. Sayaka sonreía en sueños, sintiendo el vaivén de esa mano cálida.
—¿Despertamos, Sayaka?
La nombrada se removió en señal de molestia y hundió más la nariz en su intimidad. Kirari pegó un saltito.
—Oh dios —masculló, refregándose la frente. Sayaka procedía a subir una mano por su muslo, la metía debajo de la falda. Llegó a su trasero y Kirari tuvo que respirar hondo cuando no se contuvo de apretarlo de una forma bastante juguetona—. Pero qué clase de sueño estás teniendo… ¿Acaso vas a desnudarme, Sayaka?
—Mh, presidenta…
Se aclaró la garganta al oír ese llamado placentero. Un ronroneo más y sacudiría la mano para darse aire. Tenía calor, mucho calor. Debía sacarla de sus piernas ya.
—De acuerdo, no me dejas otra opción. —Se inclinó a su oreja y activó el efecto "voz siniestra"—. Sayaka..., estás despedida.
Los ojos de su secretaria se abrieron de golpe. Alguien la jaló del sueño perfecto que estaba teniendo; el aterrizaje no fue el mejor.
—¡Qué! —exclamó, enderezándose. Volvió a gritar al chocar con unos ojos marinos— ¡¿P-Presidenta?!
—La misma. —Kirari le sonrió como un ángel— ¿Dormiste bien?
—¿Dormir? —Sayaka bajó la vista, percatándose de donde estaba: en las piernas de la presidenta.
«¡¿Qué demonios hago aquí?!»
Se puso de pie de un salto, queriendo morir. Había irrumpido su espacio personal, ese muro invisible que siempre respetó. Una desgracia, ¡un error sin precedentes!
«¡Estúpida, estúpida, estúpida!»
Bueno, al menos así lo tomaba ella.
—Discúlpeme, presidenta… No sé cuándo me quedé dormida.
—Oh, no te preocupes por eso. —Kirari se levantó también, alisándose la falda con tranquilidad—. Fue un placer tenerte en mis piernas, Sayaka. Duermes como un bebé. Dime, ¿qué estabas soñando?
Sayaka desvió la vista, avergonzada. Aún tenía la imagen fija del sueño que estaba teniendo con ella, uno algo subido de tono que involucraba más que nada a sus labios y los de la presidenta. Pero no los de arriba. Mirarla a los ojos se complicaba.
—¿D-Dije algo mientras dormía?
—Hm… Déjame ver. —Kirari se llevó un dedo al mentón—. Dijiste mi nombre y unos cuántos "Hm, ah… ¡Mh!"
—¡P-Presidenta! —Sayaka se sonrojó con intensidad, tensándose en el lugar— ¡Mentira, no dije eso! ¡Está mintiendo vilmente!
—¿Oh? ¿Por qué mentiría?
—¡Para hacerme la vida imposible, como siempre!
Kirari se cruzó de brazos con una ceja arqueada.
—Así que te hago la vida imposible, ¿eh?
—¡Sí, lo hace! —Sayaka dio un paso al frente. Era el fin. Había gemido para la presidenta, literalmente. ¿Qué decir?, ¿cómo escapar? La vergüenza emanaba de todos sus poros como una pava hirviendo; el vapor le nublaba la cordura— ¡Pero está bien, me gusta que me dificulte la existencia!
Kirari se echó a reír.
—Sayaka, creo que no estás en tus cabales ahora mismo.
—¡No, no lo estoy! —Sayaka se tapó la cara. No sabía dónde meterse—. Deme una cachetada, la merezco. ¡No! Mejor despídame. No puedo seguir a su lado con esta vergüenza, debería cometer Seppuku. ¡Sí, eso haré! ¡Procederé a suicidarme!
—¿Podrías hacerlo en otra parte? Se manchará la alfombra. —Kirari miró con pena la alfombra blanca del suelo—. Y por cierto, el Seppuku, tradicionalmente, solo se aplica a los samuráis. No tiene sentido que lo hagas.
—¡Entonces solo despídame! —Sayaka se escuchó gritar y cayó en un pequeño detalle—. Espere…, ¿me despidió o lo soñé?
—Oh, sí. Te despedí. Pero no te preocupes, quedas contratada de nuevo. —contestó Kirari, poniendo una mano en su hombro.
—¿Huh? Pero que-
—Mira la hora… ¿Tomamos té? Tengo la garganta un poco reseca. —Se refregó la garganta con una mueca que rozaba la picardía—. Podemos discutir el asuntito de tu sueño erótico mientras bebemos, quiero saber todos los detalles.
—¡No tuve un sueño erótico!
—¿Entonces por qué estás haciendo tanto escándalo?
—¡Por…! Por… haberme dormido en sus piernas. —Mintió, bajando la cabeza. Tenía las orejas rojas.
—Ah, ¿es así? Qué pena… Por un momento me sentí importante al pensar que Sayaka había tenido un sueño erótico conmigo. —Kirari puso una carita triste que no engañaba a nadie, excepto a Sayaka, quien no tardó en sentirse mal por haberla ocasionado.
—Bien… Quizás lo tuve —masculló sin mirarla. Kirari alargó la sonrisa—. No es lo que parece, a veces sueño cosas raras.
—¿Soñar conmigo es raro?
—¡No! Yo… —Sayaka estaba a punto de golpearse la frente para no golpearla a ella. La desquiciaba—. Solo olvide lo que pasó, no significó nada.
Kirari le sostuvo la mirada un momento y la desvió con un dejo de molestia que fue camuflada con una perfecta sonrisa.
—Trae las tazas, por favor.
Sayaka volvió lentamente los ojos a ella y tragó pesado. Conocía esa sonrisa, estaba enojada. Tenía todo el derecho de estarlo. Había irrumpido su espacio personal y de una forma bastante notoria, por no decir que la había pervertido en sueños. En su moral, eso era inaceptable.
—Como usted ordene, presidenta.
Se dio vuelta con desgano para ir a la cocina. Kirari la espió de reojo y descruzó los brazos para atajar el suyo.
—Espera.
Sayaka se giró hacia ella y fue atacada por una examinación minuciosa. No sabía a dónde mirar mientras la presidenta arrastraba las pupilas por su cara como si buscase alguna imperfección. Las clavó en sus ojos y le sonrió.
—No es nada, ve.
Sayaka hizo una mueca confusa, retomando el andar.
«Debo tener una cara de muerta…»
Antes de salir se dirigió al baño de la sala para borrar las pesadas bolsas que sentía debajo de los párpados. Kirari la seguía con los ojos. Abrió la puerta del baño (que le hacía justicia a la elegante sala; grande, espejos redondos, luces bajas) y se acercó al lavatorio. Levantó los ojos hacia el espejo, abriendo la canilla, y éstos se dilataron ante lo que vio.
—¿Qué mierda?
De izquierda a derecha, de arriba abajo, tenía la cara llena de besos. Besos celestes. Su mandíbula colgaba mientras seguía admirándose. Los cachetes, la frente, una comisura de la boca; todo con marcas de labios celestes. Ese color solo podía pertenecer a una persona.
—No puede ser…
—¿Y si lo fue?
Se dio vuelta, encontrándose con la presidenta. Le sonreía traviesa.
—Si me hubiera visto tentada, ¿eso te sería un problema? —preguntó, caminando hacia ella. Apoyó las manos en el mármol del lavatorio, dejándola encerrada. Sayaka se fue hacia atrás cuando se pegó a su cuerpo de un modo peligroso. Pechos con pechos, una pierna en medio de las suyas, ojos penetrantes cegándola. Hm, nop. Eso no saldría bien.
—P-Problema sería que todos me vieran con esto, presidenta. —Se llevó una mano a la mejilla, sonrojada— ¿Por qué no me avisó? Un paso más y sería el hazmerreír de la academia.
—Es tu castigo por restarle importancia a un sueño tan importante. —Después de haberla dejado sin palabras, Kirari suspiró—. Ah… Es una pena. Hubiera sido tan divertido que todos te vieran, pensé que tardarías en descubrirlo.
Sayaka arrugó la frente. Se sintió una estúpida por estar a punto de festejar el haber sido besada. Según parecía, había caído en una broma. Una cruel. Le dolía que solo la hubiese besado para que todos se rieran de ella. Kirari sabía bien que le removía los sentimientos e igual se había atrevido a jugar con ellos. Típico de ella, pero no por eso menos doloroso.
—¿Lo ve? Solo me hace la vida imposible. Siempre se burla de mí, últimamente más. —Esquivó sus ojos con molestia y se dio vuelta entre sus brazos para lavarse la cara—. Supongo que está decepcionada de que su plan no haya funcionado.
Kirari la observaba soltando una risita que lo único que hacía era irritarla más.
—¿Oh? ¿Te enojaste?
—No.
—Te enojaste… —murmuró en su oído, pasando la mano por su vientre. La arrimó hacia sí y los párpados se relajaron cuando un inmediato y suave aroma le embriagó los sentidos.
«Su olor…»
Hundió la nariz en su nuca desnuda, comenzando a nublarse. Cerraba los dedos en la cadera de Sayaka con cierta fuerza que no podía controlar. Se preguntaba si estaría reaccionando a las feromonas de su secretaria, quien, estaba segura, las desprendía de forma inconsciente para ella. Un hormigueo se iba expandiendo por su pecho mientras la olía ya con la respiración entrecortada, cosa que trataba de ocultar con todas sus fuerzas. Se estaba volviendo insoportable, era como si la apuñalaran por dentro. No, no era un animal. Pero sí conservaba, por alguna misteriosa razón, ese instinto primitivo de sentir, realmente sentir, al otro. Era un talento limitado, solo le pasaba con Sayaka. Todos los humanos, en ciertas situaciones, "huelen" inconscientemente las feromonas de los demás, esa esencia que provoca que las hormonas se vuelvan locas al recibirlas; leyó alguna vez. Pero Kirari aseguraba que sus hormonas solo reaccionaban a Sayaka, a ese olor personal y dulce que la revolucionaba por dentro y que con el paso de los años se había convertido en su debilidad. Amaba que fuera así, que sus hormonas, sin su permiso, hubieran elegido a Sayaka para despertar. Era un tipo de orgullo.
Sayaka cerró la canilla y agarró una toalla. Comenzó a secarse haciendo todo lo posible para serle indiferente a esa mano que le acariciaba la cadera de un modo provocativo. La presidenta se acoplaba cada vez más a su cuerpo, le calentaba la nuca con el aliento. Si seguía así, terminaría encima del lavatorio. Se volteó dejando la toalla en su lugar y la miró con seriedad.
—Permiso, tengo que ir a preparar el té.
Se movió a la derecha para escapar, pero Kirari dio un paso al costado, interponiéndose. Sayaka arqueó una ceja y amagó a salir por la izquierda. Kirari se movió hacia el mismo lado con una sonrisita. Estaban bailando un Vals y no recordaba haber aceptado la invitación.
—Presidenta…
—¿Sí?
—¿Podría moverse? —Puso una mano en su hombro para que se apartara. Kirari la observó de reojo y su sonrisa desapareció. Tomó su mano y la estampó en el mármol.
—No.
Sayaka levantó el mentón en un vago intento de mantenerse firme. Los nervios, olvidados por el enojo, revivieron.
—Presidenta, ya entendí. Ya recibí mi castigo. ¿Podríamos simplemente olvi-¡Ah! —Dobló el cuello cuando Kirari se le fue encima para, literalmente, clavarle los colmillos como un animal— ¿Q-Qué está haciendo?
—Marcar territorio.
Kirari deslizó la lengua por su piel, haciéndole temblar, y luego la succionó. Sayaka cerraba los ojos con fuerza, agarrándole los hombros. Esas lamidas le hacían cosquillas y no unas comunes. Eran insoportables y parecían propagarse por todo su cuello en escalofríos.
—Te besé porque quise hacerlo —le dijo al oído—. Quería ver mis labios marcados en tu piel, Sayaka, y tú borraste las marcas… Eso duele.
Salió de su cuello para sujetarle la mejilla. Sayaka veía ese rostro serio sintiéndose hechizada, como si los dientes de la presidenta, al morderla, le hubieran impregnado un afrodisíaco. Estaba actuando, lento pero seguro.
—Me pregunto… cómo quedará este color en tu boca. —Kirari dibujó su labio superior con el pulgar. Subió a sus ojos y se inclinó hasta fundir los labios con los suyos.
Sayaka dio un paso atrás, aprisionada por ese cuerpo esbelto. Sentía el aliento cálido de la presidenta entrar a su boca, la mano deslizarse por el cuello en gentiles trazos. Entornó los párpados incapaz de resistir el cosquilleo que arrancó en los labios y terminó en el estómago. Éste se revolvía, giraba y giraba en espirales nerviosas. No entendía nada, no podía pensar en nada. El afrodisíaco la había dopado por completo.
La presidenta se movía lento contra sus labios, manchándolos de labial. Sayaka suspiraba contra ella, siguiéndola como podía. Esos labios celestes rozaban los suyos en suaves vaivenes que, no conformes con el ritmo, iban aumentando la velocidad, llevándola a prenderse de su espalda. Sentía una emoción intensa atascada en el pecho. Esta crecía y crecía, volviéndolo pesado. Kirari estaba entera comparada con ella. Pasaba la mano por su cintura mientras se besaban, la otra por la mejilla y nuca. Rodeó la cadera y la impulsó hacia sí asomando la lengua. La adentró en su boca y Sayaka jadeó al sentirla enredarse lentamente con la suya. Sus manos temblaban en la espalda de Kirari al dejarse acariciar por las otras que parecían volverse salvajes con cada minuto que pasaba. Cada vez se le dificultaba más seguirla, le costaba respirar.
—Espere… —Puso una mano en su pecho, agitada. Kirari la tomó con unos ojos pacientes.
—¿Qué pasa? —murmuró, besándola suave en el cuello. Sayaka apoyó la otra mano en el borde del mármol buscando calmar al corazón. Kirari no ayudaba. Se movía despacio contra su cuello, lo humedecía con cada beso y lamida.
—Y-Yo nunca hice algo como esto, por eso…
—Está bien…, yo tampoco. Tú eres mi primera, Sayaka. Y la última.
No llegó a sorprenderse que su boca fue robada de nuevo. Los ojos de ambas se encontraron en medio del beso, unos blandos y otros inquietos. Kirari sonrió sobre sus labios y la envolvió en un abrazo para evitar cualquier tipo de escape. Cerró los ojos con lentitud, como si estuviera cayendo en un profundo sueño, y se dedicó a mover el rostro contra el suyo en armoniosos compases. Sayaka la veía con los párpados entornados. Kirari presionaba el labio superior, succionaba el inferior con cierta hambruna. Todo estaba sucediendo tan deprisa que no podía racionalizarlo, apenas asimilaba el estar siendo besada.
Kirari se desprendió de sus labios, llevándose el inferior para el camino, y le sujetó el mentón.
—Saca la lengua.
Sayaka se achicó en el lugar, sonrojada, y de forma tímida sacó la lengua. Kirari la vio emigrar con una sonrisa. Separó los labios y los cerró en su lengua. Sayaka ahogó un grito cuando empezó a succionarla de una lenta manera, haciéndole estremecer cada parte del cuerpo. La veía ir y venir con los ojos cerrados y un leve rubor que se le hacía impactante tratándose de ella. Se fue hacia atrás por la impresión, pero Kirari la devolvió a su cuerpo por la espalda. ¿Qué demonios le estaba haciendo?, ¿y por qué se sentía tan bien esa boca cálida y húmeda que le encerraba la lengua? Podía sentir su saliva, su sabor. Se le resbalaban las manos por el mármol mientras Kirari seguía succionándola entre roncos suspiros que elevaban la excitación por solo escucharlos. El ruido viscoso que hacía al rozar sus lenguas no se quedaba atrás, la mano que se deslizaba por la parte baja de su espalda le aflojaba las rodillas. Se estaba mareando, temía perder el conocimiento por el cosquilleo intenso que no paraba de recorrerla. Éste tenía una meta fija: su entrepierna. Comenzaba a arder. Kirari despegó los labios de esa piel suave y húmeda, llevándose unos rastros finos de saliva, y comenzó a girar la lengua sobre la suya sin dejar de acariciarla. Una mano bajaba por su muslo, volvía a subir llevándose la falda, amagaba a ir a su trasero. Sayaka apretó los ojos con una sensación de pánico y tocó fondo.
—¡T-Tiempo fuera! —La apartó por los hombros, despegando a la fuerza los hilos de saliva que las conectaban. Kirari parpadeó, procesando el rechazo.
—¿Algún problema?
—¡Sí! Es decir, ¡no! No lo sé… —Sayaka se tapó la boca. Nunca había sentido tanta vergüenza en su vida. El corazón latía deprisa, dolía. Kirari la observaba con calma.
—¿Me pasé?
—¿Eh? No, es que… ¡Perdóneme, presidenta! —Sayaka bajó la cabeza en una reverencia—. Soy nueva en esto, creo que fue demasiado para mí. Pero si hacer esto le hace feliz… Si forma parte de mi trabajo, prometo acostumbrarme. ¡La próxima vez estaré a su altura!
—¿Trabajo? —Kirari dio un paso atrás, permitiéndole respirar—. Sayaka, creo que estamos ante un pequeño malentendido.
Su secretaria levantó la cabeza. Kirari le sonreía, pero era una sonrisa extraña. Casi ¿triste?
—Esto no es parte de tu trabajo. Te lo dije, quería ver cómo quedaba mi color en tus labios —contestó con los ojos fijos en su boca. Estaba pintada de celeste, el mentón también—. Hm, no te queda mal. Pero definitivamente el rosado es tu color. —Le limpió el mentón con el pulgar. Sayaka la miraba confundida—. Bien, curiosidad saciada. ¿No íbamos a tomar té? Te esperé un buen rato mientras dormías, al menos merezco una tacita.
—Ah… Sí.
Kirari le echó un último vistazo con esa sonrisa extraña y se dio vuelta para regresar a la sala. Al ver su espalda, Sayaka sintió un profundo desconsuelo que no supo de dónde vino. Algo en esa imagen la rompió. Hace un momento la presidenta brillaba, le sonreía con ternura. Y ahora parecía… tan sola.
—¡Espera! —Le agarró la mano. Kirari se volvió a ella y su boca se abrió al ver una expresión dolorosa— ¡Ah, perdón! No quise… hablarle así.
Esa mano fue soltándola de a poco. Sayaka corrió el rostro, sin saber qué decir. El silencio inundó el baño. Kirari la miraba con seriedad, intentaba descifrar qué pasaba por esa cabecita lógica. Nada, en negro. No podía leerla, pero sí imaginar qué la carcomía. Su lectura perfecta no podía fallar, incluso aunque no entendiera esos números.
—Siempre sales con alguna sorpresa, Sayaka —musitó con una sonrisa, acercándose de nuevo. Levantó las manos y la abrazó—. No te preocupes, no estoy triste. Ya no.
Sayaka se dejaba apretar contra ese cuerpo que olía tan bien. Kirari reforzaba el abrazo con cada segundo que pasaba, la destruía emocionalmente con él.
«Ah… Su calor. No puedo…»
Cerró los ojos, entregándose al momento, y subió una mano por su espalda hasta sujetarle la cabeza. Comenzó a acariciarla con un sentimiento de impacto en el corazón, pero también con una felicidad nunca antes sentida. Todo empezó por una siesta que aprovechó para tomarse, pues estaba agotada, y terminó en ser besada por la presidenta. Su cerebro mostraba fallas, estaba en corto circuito. Quería hacer un escándalo, saltar por la ventana y gritar que finalmente había conseguido un beso de la presidenta. Ya no le importaba que lo hubiera hecho solo para "probar el labial en ella" o por cualquier otra tontería, ¡había conseguido un beso! ¡Y qué beso! Festejarlo era necesario, pero una vocecita le decía que no rompiera el ambiente portándose como una loca o haciéndole preguntas innecesarias que, en el peor de los casos, podrían llegar a asustarla. Kirari se estaba abriendo a ella por primera vez, la abrazaba con un cariño que parecía acumulado hacía años, lo dejaba ser naturalmente; eso de por sí ya era un milagro. ¿Entonces lo correcto no era hacer lo mismo? Responderle con naturalidad, no tentar a la suerte. Luego tendría tiempo de enloquecer.
«No entiendo nada… ¡Pero qué carajo! ¡Es el mejor día de mi vida!»
Esbozó una sonrisa, pasando los dedos por una de sus trenzas.
—Ahora me manchó la boca… ¿Tengo que ir a la cocina así? —le preguntó con un toque de burla. Kirari salió de su hombro. Seguridad había en su rostro.
—Sí, vas a salir así.
—Pero todos sabrán que me besó, presidenta. El celeste es sinónimo de usted.
—Lo sé, y por eso quiero que te vean. —Kirari la dejó en libertad y extendió la mano, cediéndole el paso—. Hoy, mientras te veía dormir, tuve una revelación. Eres muy inocente, Sayaka. Cualquiera podría abusar de ti si te encuentran como yo te encontré. Para evitar eso, es mejor que sepan a quién perteneces. De esa forma, estarás a salvo. No te tocarán.
Sayaka sacudió la cabeza con una media sonrisa y comenzó a caminar hacia la salida del baño para ir a la sala. Kirari la seguía.
—Como si quisieran tocarme.
—Te sorprendería la cantidad de gente que estaría dispuesta.
—Delira, presidenta.
—Tengo pruebas, hasta sé sus nombres. Pero no te los diré —contestó Kirari de antemano, cerrando los ojos con soberbia—. Si lo hago, podrías verte tentada en conocerlos… Ya sabes, mejor.
—¿Mejor? —Sayaka se detuvo con la mano en el picaporte de la puerta principal—. Por cómo lo dice, concluyo que son personas con las que interactué.
—No se te escapa nada, Sayaka. —Kirari se cruzó de brazos con una sonrisa suspicaz—. Pero eso no va a cambiar las cosas. Lo siento, saldrás así. Ah, quiero té negro.
Sayaka soltó una risita aliviada. Por un momento pensó que había herido a la presidenta de alguna manera, pero todo parecía estar bien. Actuaba como siempre. No le era extraño recibir esos "consejos" de su parte. Cuando se ponía en modo protector podía ser algo… posesiva. Mejor salir con la cara de payaso, resistirse podría traer problemas.
—Té negro, entendido.
Abrió la puerta que daba al pasillo. Kirari la contemplaba con una curiosidad creciente que le estaba costando horrores mantener encerrada, pero cuestionarla sería igual a rebajarse.
—¿No vas a preguntar? Porqué te besé.
Y al final cuestionó. Ella misma cayó sorprendida por no haber podido con su genio.
Sayaka se volvió a ella con una expresión inocente.
—Usted lo dijo, quería ver cómo me quedaba su lápiz labial.
Kirari mostró un segundo de parálisis y luego se echó a reír.
—Vaya… Sí que tengo mucho trabajo por delante contigo.
—¿Eh? ¿Por qué lo dice?
—De verdad… Eres la criatura más ingenua que conozco, Sayaka —respondió, señalándola—. Está bien, me gusta que sea desafiante. Me esforzaré más la próxima vez.
Sayaka levantó una ceja mientras la presidenta dirigía los pies al sillón. Se sentó y le hizo una seña con la mano.
—Trae unos bocadillos también. Ya que no me vas a dar lo que quiero tan fácil, tengo que saciar mi hambre de otra manera, ¿entiendes?
Nop, cada vez entendía menos. No es que fuera estúpida, sino que racionalizaba todo lo escuchado y llegaba a una respuesta, como siempre, lógica: la presidenta quería ver cómo le quedaba el labial, por eso la besó. Antes simplemente se había burlado de ella al llenarle toda la cara de besos y ahora tenía hambre, seguro porque se atrasó la hora de la merienda debido a la siestita que se mandó. Eso le decía su base de datos. Sin embargo, debía admitir que había un dato específico que no encajaba en su fórmula perfecta: ¿qué pasó con ese jueguito de lenguas? No era necesario, no aportaba a la misión de la presidenta. De hecho, la estropeó. Por tantas lamidas y absorciones, el labial terminó todo corrido por su cara. Quizás, y solo quizás, ¿la deseaba? ¿Lo hizo por gusto? Costaba creerlo, no cabía en su mente la posibilidad de ser correspondida, al menos no seriamente. La presidenta tendía a los juegos, a lo ambiguo y a las bromas. Nunca sabía cuándo hablaba en serio y cuándo no, por ende, tampoco podía creer al cien por ciento todo ese numerito de conquista que hizo antes. Tenía miedo de ilusionarse y recibir a cambio un: oh, ¿te lo tomaste en serio? Ese beso no significó nada. Podía escucharla en su mente riéndose. Si así fuera, si no significó nada, prefería no saberlo. Mejor vivir feliz con el beso que le regaló y punto final. A veces mentirse a sí mismo es sabio, protege a los sentimientos. Pero no por mucho tiempo. En síntesis, la inseguridad le hacía volver a las primeras teorías. Allí se sentía más segura.
¿Pensar de más?, ¿cuándo?
A cualquier persona le desquiciaría la forma de ser de Sayaka. Más de uno alguna vez habrá querido gritarle: ¡cabeza dura, abre los ojos! Pero Kirari no. A Kirari le fascinaba. Era tan interesante para ella que su secretaria no fuera capaz de ver a través de sus sentimientos, tal cosa la obligaba a ser mucho más directa y sincera. Si no lo era, Sayaka nunca la entendería. Era, de verdad, un desafío abrirse a otra persona. Nunca lo había hecho, así que no se consideraba experta en la materia. Siempre que estaba a punto de dar un paso sentimental, algo le gritaba que parara y que tuviera mucho, mucho cuidado. Como si su corazón, frío para los demás, en realidad fuera el más sensible de toda la academia. Sí, no era fácil abrirse sintiendo ese constante temor atascado en el pecho, al cual disfrazaba con indestructibles sonrisas, pero estaba dispuesta a hacerlo, poco a poquito, para finalmente concretar las cosas con ella. Lo tomaba como un aprendizaje mutuo. Ella aprendería a expresarse y Sayaka a no darle tantas vueltas a un asunto referido al corazón. Y por eso la consideraba su complemento perfecto, porque se nutrían de la otra.
Porque crecían juntas.
Sayaka superó con éxito la misión de ir a la cocina. Los estudiantes que levantaban la mano para burlarse de ella enseguida cerraban el pico al notar sus labios celestes. Y juraban nunca más mirarla a los ojos. "La intocable", la apodaron. Le fue un poco incómodo regresar por donde vino con una bandeja en las manos, pues ahora todos bajaban la cabeza al verla pasar, como si mirarla significara convertirse en piedra. La presidenta no mintió, ahora nadie se le acercaría. El rumor de que, seguramente, habría sido besada por ella se esparciría rápido. Era algo solitario pensarlo, porque ese rumor no solo alejaría a los estudiantes que la molestaban sino también a los que le hablaban de forma amistosa. No es que estuviera desesperada por tener amigos, nunca los necesitó, pero le agradaba recibir un saludo de vez en cuando.
«No se puede tener todo en la vida»
Entendió rápido.
El resto de la tarde la pasaron tomando té y trabajando. Bueno, Sayaka trabajaba. El deber de la presidenta (razón por la que entró a la sala del Consejo al principio) al final pasó a manos de su secretaria. Qué novedad.
—"Al finalizar sus estudios, procederá a contraer matrimonio con el señor Matsumoto"… ¿La vas a comprometer con un vejestorio? —Kirari reía sentada en la silla del escritorio. Tenía un Plan de vida en la mano confeccionado por Sayaka—. Ni siquiera es tan rico. Tu crueldad no tiene límites, Sayaka. Eres peor que yo.
—He investigado a ese señor, no le queda mucho tiempo de vida. Ella heredará lo que tenga dentro de poco. No es tan malo, ¿o sí? —Sayaka respondió con frialdad, inclinándose hacia ella. Ya con la cara lavada, había vuelto a su siempre porte serio.
—¿Malo? Bueno, considerando que la mayoría de las mujeres japonesas buscan a un hombre adinerado para casarse, no lo es. Sin embargo, es excesivamente malvado tratándose de la hija de un político importante. Eso causará un revuelo en su familia. Después de todo, los estaría deshonrando al casarse con alguien que sus padres no eligieron. —Kirari descansaba la mejilla en la mano. Hablaba con una sonrisa lúgubre—. Pero está bien, es lo justo. Ella se lo buscó. Nos debía dinero hacía bastante.
—Entonces, ¿lo dejamos así?
—Sí, se queda así. Llámala para darle la noticia.
Sayaka no se movió. Seguía mirando concentrada el Plan de vida en la mano de Kirari.
—¿Me permite? Quizás pueda hacer unos arreglos. —Le pidió la hoja. Kirari dudó un instante antes de dársela.
—¿Oh? ¿Compasión?
Sayaka dejó la hoja en el escritorio y agarró un bolígrafo. Tachó el renglón donde se comunicaba el matrimonio y comenzó a escribir encima. Kirari miraba esos dedos veloces, atenta.
—En absoluto. Esta academia ya es bastante compasiva comparada al mundo real —contestó Sayaka, dejando el bolígrafo en la mesa—. Si no se endurecen aquí, afuera los aplastarán. Para eso existe este lugar, para prepararlos mentalmente. Y para entretenerla a usted, por supuesto.
Una sonrisa abierta se asomó en los labios de la presidenta. Consideraba un respiro que, aunque no hablaran el mismo idioma, Sayaka al menos compartiera su forma de pensar respecto a la academia. Ojeó lo que había escrito y tuvo que reír de nuevo.
—¿Vas a casarla ahora mismo? Eso significa que ya no podrá asistir a la academia.
—Así es. Si quiere seguir asistiendo tendrá que recurrir a su última opción.
—Una apuesta con algún miembro del Consejo… —Kirari levantó una comisura—. En otras palabras, le estás dando ánimos para que no se rinda. Esa chica ya estaba dispuesta a aceptar su destino, la he visto desanimada por los pasillos. Pero amenazándola así… no le quedará otra opción más que jugar su carta final.
Sayaka se enderezó, asintiendo. Kirari la observaba de un modo que le hacía pensar que tenía algo entre manos.
—Me equivoqué, no eres tan cruel como yo. Pero, aún así, me pisas los talones —le dijo, estrechando los ojos— ¿Sabes por qué puedes tomar estas decisiones, Sayaka?, ¿por qué eres capaz de pasar por encima los sentimientos de los demás?
Sayaka negó lentamente con la cabeza. Algo le decía que se tape los oídos, que no escuchara lo próximo. La presidenta era experta en leer a los demás, los conocía mejor que a ellos mismos. Temía que le revelara una verdad íntima que, posiblemente, no estaría lista para aceptar.
Kirari estiró la sonrisa ante su semblante inquieto y se llevó un dedo a la sien.
—Solo una persona que ha alcanzado un nivel de justicia divino es capaz de ejercer poder sobre los demás. Creyendo firmemente en tu lógica y sentido común, pisas sus sentimientos y los castigas pensando que es lo correcto. Les das una nueva vida que tú consideras adecuada. ¿Quién podría hacer eso más que un Dios? —Kirari levantó las manos con elegancia—. Los miras por encima del hombro, Sayaka, por eso eres capaz de castigarlos sin titubear. Como tú eres superior, siempre estás en lo correcto y ellos están mal. Así es cómo piensas, ¿o me equivoco?
Sayaka estaba quieta en el lugar; los ojos duros y oscurecidos.
—Cualquiera diría que tu conducta es una imitación barata de mi personalidad, pero no es así. Aunque las dos actuamos igual, lo hacemos por motivos diferentes. Tú, desde que pusiste un pie aquí por primera vez, has demostrado sentirte a la altura del mismísimo Dios. Pero uno vengativo. Lo pude ver en tus ojos… Repudiabas a los demás y querías verlos aplastados por mi mano, que hoy en día también es tu mano. —Kirari le ofreció una mano. Sayaka la tomó, removida por dentro—. Ese día dijiste que querías permanecer a mi lado porque nadie podía hacer lo que yo hacía. Error, Sayaka. Lo estás haciendo y me encanta verte hacerlo. ¿Escuchas esas campanas? —Sacudió los dedos, imitando el tintineo—. Son las campanas de la justicia divina. Suenan cada vez que haces un Plan de vida, y creo que es una melodía hermosa.
Kirari jaló su mano con delicadeza. Sayaka dio unos pasos torpes hacia adelante, quedando a su lado. Las oraciones le llegaban filosas, crudas, pero ella las recitaba con una mirada blanda, amorosa, como si estuviera orgullosa de sus actos.
—Quiero seguir observándote, Sayaka, así que… escribe con libertad todo lo que quieras. A partir de hoy solo tú te encargarás de los Planes de vida. No voy a revisarlos más, sorpréndeme.
Sayaka pasó la vista al Plan de vida, Kirari se lo ofrecía junto al bolígrafo. Lo tomó despacio y con la mente cargada por tal impactante verdad. En efecto, la presidenta le destruyó el cerebro, pero también atinó en todo lo que dijo. No es que fuera una egocéntrica, de hecho, era tímida y a veces le costaba enfrentarse a los estudiantes que la contradecían, pero eso no borraba la verdad. Se sentía superior. Por ser más estudiosa, constante, inteligente y por ser capaz de permanecer al lado de una reina. Nadie podía hacer eso, solo ella. Tal lugar le hacía sentir poderosa. Si tuviera que elegir un némesis, ese alguien que le hacía sentir menos, lamentablemente debería elegir a la presidenta. Ella no la denigraba, eso era lo que menos hacía, pero Sayaka, de igual manera, se veía por debajo. No tenía quejas. Mientras estuviera cerca de ella, no le importaba estar por debajo, arriba o al costado. Todo era un privilegio. Sin embargo, ahora la presidenta le estaba otorgando su poder, su corona. Confiaba en ella lo suficiente como para poner en sus manos la vida de los demás. Ciega, sin supervisarla, quería verla brillar. ¿Acaso había llegado el día en el que caminaría a su lado y no detrás?, ¿o acaso la estaba preparando para cuando ella no se encontrara más en la academia? Pensarlo le sabía amargo.
Se inclinó para continuar escribiendo, pero el bolígrafo temblaba entre sus dedos. Las palabras de la presidenta rebotaban en cada parte del cerebro, haciéndole dudar. Qué está bien, qué está mal. Qué es la justicia, en realidad. ¿Quién era ella para decidir por los demás? No era un Dios, claro que no lo era. Y si lo era, ¿acaso no era un Dios infantil que jugaba con las vidas ajenas? Tenía la mente atareada de preguntas sin respuestas. Nunca se había planteado si sus actos desencadenarían una desgracia en el prójimo, si harían llorar al otro. Actuaba de forma automática siguiendo el ejemplo de Kirari, al cual tomaba como referencia de "justicia cruda y perfecta". Eso creyó siempre: una mentira. No seguía a nadie, era su propia voluntad que coincidía con el pensamiento de la presidenta. La usó de excusa sin darse cuenta, así no tendría que hacerse cargo de su propio pensar. Estaba a punto de arrancarse la cabeza.
Kirari la contemplaba a su lado, apacible. Sayaka tenía la frente arrugada, pensaba y pensaba de más. Era su momento, necesitaba ayuda. Llevó una mano a su cadera y Sayaka pegó un gritito cuando de un tirón la sentó en sus piernas. Ésta última giró el rostro hacia ella.
—¿P-Presidenta?
—Desde aquí puedo observarte mucho mejor. —le dijo Kirari al oído, cruzando los brazos en su vientre. Sayaka la espió de reojo, sonrojada, y volvió la vista al papel en el escritorio. La duda en sus ojos.
—¿Puedo hacerle una pregunta? Si es posible, responda con sinceridad.
—Por supuesto.
—¿Lo que hago… está mal? ¿Soy una mala persona por hacer esto? ¿Es esto justo?
—Ah… Eso. Una pregunta existencial. Típico de ti. —Kirari apoyó la frente en su espalda. Sonreía tenue—. Sayaka, no existe la justicia perfecta. Aunque la busques nunca la encontrarás porque todos tienen su propia percepción sobre la justicia. Nunca podrás complacer a todos. Hay actos justos que desde afuera podrían ser vistos como malvados aunque las intenciones sean buenas, y viceversa. Si todos pensáramos igual, el mundo no sería un caos. Viviríamos en paz, pero también muy aburridos.
Sayaka la escuchaba sin despegar los ojos del Plan de vida. Kirari le hablaba bajo, relajada.
—No hay una respuesta certera a tu pregunta, pero puedo decirte esto… Enfócate en lo que crees correcto, Sayaka. Eso es lo único importante. Yo te seguiré apoyando, no importa qué camino decidas tomar. —Kirari reforzó el agarre en su vientre. Sayaka vio esas manos entrelazadas y en sus labios se dibujó una sonrisa agradecida. Hermosas palabras, realmente hermosas. Lo que esperas escuchar de alguien que te quiere. Sus ojos se aguaban mientras hacía lo posible para no llorar.
«¿Cómo hago para no tomarme esto como una confesión, presidenta? Es cruel»
Se aclaró la garganta, sintiéndola dura.
—Es como si fuera su discípula.
Kirari rió en su espalda.
—Todos somos aprendices eternos y maestros a la vez. Reflejos del otro. Y tú eres… mi reflejo complementario.
Sayaka levantó el rostro con el bolígrafo en la mano. Lo giró hacia Kirari, tropezándose con una mueca dócil.
—La otra punta del hilo rojo… Me dijo una vez.
Kirari asintió con una sonrisa, bajando la vista a sus labios. Estaban cerca, demasiado como para ignorarlos. Sayaka miraba los suyos de la misma forma.
—Agradezco que confíe en mí, pero hay algo que no me ha dicho. ¿Qué piensa de mi sentido de justicia? —le preguntó en voz baja. Kirari volvió a sus ojos.
—Me gusta, diría que estoy enamorada de él.
—¿Enamo… rada?
—Sí…, muy enamorada.
Kirari comenzaba a inclinarse hacia ella. Sayaka hacía lo mismo, llevada por la hipnosis que inducían esos ojos marinos. Sus labios se juntaron en un beso tierno, diferente a los anteriores. Éste era entregado, absoluto.
Se separaron despacio, pero sus ojos no. Seguían admirándose perdidamente, como si en los ojos de la otra hubieran encontrado un refugio para la soledad. Sayaka le sonrió tímida, recibiendo otra sonrisa en respuesta. Sin embargo, no tardó en deshacerla al sentir un tacto no acorde al momento.
—Presidenta…, no creo poder trabajar así.
—¿Hm?
—Con su mano… ahí.
Kirari parpadeó y bajó la vista. Su mano agarraba descaradamente uno de los pechos de Sayaka. Cuándo pasó, cómo pasó. Ni idea. Se movió sola.
—Oh, mi error. Lo siento. —Volvió a su cintura—. No me di cuenta.
—¿No se dio cuenta…? —Algo en cómo lo dijo le hizo sospechar, y acalorarse. Definitivamente no podría trabajar sentada en las piernas de la presidenta—. Um…, fue una gran charla. Aprendí mucho. Ahora, si me permite, voy a ir al sillón a terminar esto.
Amagó a levantarse, pero Kirari la jaló por el chaleco, devolviéndola a sus piernas.
—No te lo permito.
Sayaka la miró, incómoda.
—Le digo que no voy a poder…
—Hablando de fortalezas, necesitas fortalecerte, Sayaka. Ya sabes, autocontrol.
—Pero si fue a usted a quién se le fue la mano —reclamó con sarcasmo— ¿Dónde está su autocontrol?
—Se retiró gracias a lo que me hiciste mientras dormías. No tienes derecho a quejarte, lo tuyo fue mucho más alevoso que lo mío.
—¿H-Huh? ¿Qué le hice? Más allá de decir ciertas... cosas. —recordó, sonrojándose. Kirari levantó una ceja coqueta y se inclinó a su oreja.
—Digamos que despertaste a una bestia hambrienta. No creo que vuelva a dormirse, así que tarde o temprano tendrás que darle de comer, Sayaka. Y tiene una dieta muy específica... —Sayaka se sobresaltó cuando una lengua se deslizó por el borde de su oreja—. Tú.
De acuerdo, nunca más se dormiría en las piernas de la presidenta. Anotado. No quería pensar en lo que le había hecho, porque en sus sueños le había hecho mucho. De esas cosas que hasta pensarlas dispara un escalofrío de vergüenza. ¿Acaso, por puuura casualidad, la había tocado? Qué tanto tocó, qué tanto probó, no quería saberlo. Ese dato tenía que permanecer fuera de su alcance si quería conservar su curriculum limpio y no morir de vergüenza.
—¿Y bien?, ¿alguna otra objeción?
—En absoluto, presidenta. Nada más cómodo que sus piernas para trabajar, ¡son la gloria! —exclamó Sayaka con una sonrisa tensa—. Me quedaré aquí, quietita y sin molestar. Así que, por favor, no me cuente lo que le hice. Nunca lo haga.
Kirari cerró los ojos con aire vencedor.
—Perfecto, tenemos un trato.
Sayaka suspiró, aceptando la derrota. Agarró el bolígrafo. No había tiempo para lamentarse, se dijo, tenía un trabajo qué hacer. Luego de escuchar el discurso de la presidenta, ese que le arrojó incontables estrellas doradas, se sintió inspirada. Había muchas cosas que quería modificar del Plan de vida. La seguridad en sí misma afloraba, la energía subía, la lógica se activaba al cien por ciento. ¡Todo estaba en su correcto lugar!
Bueno, excepto una cosa: no podía escribir.
«Me cago en todo»
Kirari sonreía como una niña mientras la mecía de un lado a otro como si fuera un bebé. Sayaka iba y venía con cara de pocos amigos, el bolígrafo por el papel también.
—Presidenta…, aunque debo admitir que su infantilidad me derrite el corazón, también debo decir que a veces es irritante.
—¿Hm? ¿A qué te refieres?
—¿Podría dejar de moverse? Y de jugar con mis orejas, por favor.
Kirari le frotaba los lóbulos de las orejas, disfrutaba de esa pomposidad suavecita. Los estiró hacia abajo y una ceja de Sayaka tiritó.
—Ah, ¿esto? No creo poder, Sayaka. Es muy adictivo jugar con tus orejas.
La presidenta le estaba dando un trato especial, no podía pedir más. Había alcanzado el cielo. ¿Pero era necesario jugar ahora mismo? Odiaba que la interrumpieran mientras trabajaba, y Kirari lo sabía.
—Veo que los roles están establecidos —le dijo sin dejar de escribir. Kirari apoyó el mentón en su hombro con una carita curiosa—. Yo seré la aburrida de la relación, usted la molesta.
Le hizo reír.
—Pero si eso ha sido establecido hace mucho, Sayaka. ¿Recién te das cuenta? Sí que eres despistada.
No tanto. Lo supo desde el principio, pero le gustó decirlo. Fue como formalizar lo que tenían sin saber exactamente lo que eran. Una especie de compromiso que, para su sorpresa, Kirari no evitó. Y es que sería ridículo evadir lo obvio a esa altura. Las dos lo sabían aunque ninguna lo decía.
Kirari la observaba tranquila detrás de ella. Sus palabras habían impactado a Sayaka, se la veía más confiada al escribir. Un orgullo. Amaba verla crecer, valiéndose por sí misma. Para sus ojos, no había nada más atractivo que una Sayaka segura.
—Pronto terminaré.
Sayaka le habló con la mano moviéndose sobre el papel. No dejaba de escribir con unos ojos oscuros que a Kirari endulzaban. Hoy se sentía con la guardia condenadamente baja y no tenía ganas de disimularla. Tanto como no pudo disimular los deseos, las palabras, nada. Se olvidó la máscara en casa y era un alivio no llevarla puesta. Ahí, con Sayaka en brazos, podía respirar. Por fin podía. Nunca más se pondría esa maldita máscara, no con su secretaria. Ya no era necesario.
—Tómate tu tiempo, no tengo apuro. —Se abrazó más a ella, buscando su calor. Sayaka era menudita, pero emanaba mucho calor. Y Kirari lo disfrutaba como si fuera un gato con el hocico pegado a la estufa. Y su olor. Ah, otra vez esas feromonas que la volvían loca—. Hueles muy bien...
Sayaka ablandaba la sonrisa mientras Kirari refregaba la cabeza en su espalda. La sentía frotarse despacio como un felino, los dedos cerrarse en su vientre. ¿En qué momento esa mujer poderosa se convirtió en una ternurita? Siempre lo fue (a sus ojos), pero hoy había tocado un techo. Era un amor, le hacía mal al corazón.
Dejó el bolígrafo encima del Plan de vida y se fue hacia atrás, tomándose la libertad de apoyarse en ella. Kirari la recibió con una sonrisa. Y un beso. Presionaba los labios en su mejilla como si no hubiera un mañana. Sayaka la sentía arder un poco inquieta por su comportamiento. No había ninguna barrera entre ellas, ni una sola. Extraño.
—¿Terminaste? —le preguntó Kirari.
—Sí..., falta pasarlo a limpio y ya está.
—Bien, llama a esa chica cuando lo hagas. Es momento de aplicar tu justicia divina, Sayaka.
"Justicia divina"; seguía sin sentirse merecedora de ese nombre. Su sentido de la justicia era rígido, superaba al de Kirari, quien actuaba más por ver las reacciones de los demás que por juzgar. A Sayaka no le interesaba ver tales reacciones sino corregir lo que consideraba incorrecto, incluso aunque conllevara vender su alma en el intento. Ahora sí sonaba divino. Era un sacrificio, pero todo valía la pena si la presidenta estaba en el público, ahí, en primera fila para aplaudirla.
—Míreme cuando la aplique, presidenta —demandó, juntando sus frentes—. Solo usted puede juzgarme, no creo en nadie más. Aunque vaya al infierno por esto, aunque reciba un castigo…, no me importa mientras usted me mire. Por eso… míreme.
El corazón de Kirari se entusiasmó con cierta morbosidad. Se preguntaba si Sayaka tenía ensayado ese discurso, porque fue tan perfecto, tan adecuado para ella, que tenía que ser ensayado. No creo en nadie más, estar dispuesta a ir al infierno… Resultar ser lo más importante para ella era un sentimiento único y abrazador. Y aunque conocía esa verdad, escucharla no tenía comparación. Sayaka la había prendido fuego y no había indicios de que los bomberos llegaran a tiempo para extinguirlo.
—Quizás… esa chica pueda esperar un poco más —murmuró, inclinándose a sus labios—. Llámala en una hora.
—¿Por qué en una hora?
—Será el tiempo que me tomará saciar mi hambre, Sayaka.
Sayaka fue presa de la sorpresa y luego de unos labios que no la dejarían ir por esa hora. Se movían ansiosos sobre los suyos, querían tirarla de la silla. Estuvo a punto de cuestionarlos, pero entonces escuchó una frase definitiva.
—Si tú vas al infierno… yo te acompañaré.
Los ojos de Sayaka se llenaron de lágrimas. Se abrazó a su espalda con fuerza y eso fue todo. La inseguridad se esfumó gracias a sus palabras y a las miradas amorosas que tomó como un entendimiento mutuo y como la mejor de las confesiones.
La fórmula, esta vez, cerraba perfecta. No había objeciones.
Y debía admitir que la justicia sabía bien si venía de la mano de la presidenta. Y de esos labios celestes que sin piedad se dedicaron a marcar todo su cuerpo por, no nos mintamos, más de una hora.
Al parecer, la chica condenada gozaría un poco más de su libertad. Pero que no se confiara, le diría el Plan de vida si pudiera hablar. Porque éste seguía en el escritorio, tatuado por la letra de Sayaka y esperando a ser usado para aplicar su justicia divina.
Fin
¡Sexto one-shot entregado! Si llegaron hasta acá, ¡muchas gracias por leer!
Anonymus Enigmatico: Hooli, todo bien? Gracias por leer! Me alegra que te estén gustando los One-shots :) Respecto a la historia de Almas, estoy en eso. La idea es actualizar prontito. Qué andes bien! Besos!
Nos leémos en el próximo :)
