Advertencia: The Owl House lamentablemente no me pertenece. Pero esta historia sí.
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El ruido golpeaba sus oídos de forma dolorosa, haciendo que un ardor escalara por su cabeza hasta la base de sus oídos. Apretó los dientes, tratando de contener el impulso de taparse los oídos con las manos y ocultar el rostro del mundo. Las manos le temblaron ante la sola idea, desesperada por buscar algún tipo de alivio de la avalancha que golpeaba sus sentidos.
Cerro los ojos y se centró en su respiración, buscando en su bolsillo los audífonos insonorizados que apenas pudo colocar en sus oídos. Ninguna música inundo su mente, porque no necesitaba colocar una, no cuando estaba tan sensible. Solo quería el alivio de sentirse aislada, de no escuchar, de no estar ahí dentro de aquel lugar que la estaba alterando.
No supo cuánto tiempo paso con los ojos cerrados, concentrada solo en su respiración, sus uñas enterradas en las palmas de sus manos. Su frente apoyada contra el cristal del auto, el sonido del mundo exterior amortiguado y aislándola en un pequeño mundo lleno de paz, en donde todo era correcto, hermético y perfecto, sin nada que rompiera esa armonía.
Pero ese mundo solo existía en su imaginación.
"¿Amity?"
La voz era amortiguada, pero sus agudizados sentidos pudieron escucharla incluso tras la protección de los audífonos en sus oídos. A duras penas pudo controlar el impulso de gruñir y alejarse.
"Amity."
Esta vez el tono era más agudo, más frio, más irritado de una forma que erizo todos los bellos de su espalda. Con cuidado, tratando de controlar el temblor de sus manos, saco uno de los audífonos y abrió los ojos dorados que brillaron en la ligera oscuridad del auto en movimiento.
Ojos celestes la examinaron con meticulosa atención y se negó a parpadear, sosteniendo la fría mirada.
"Ya estamos llegando, quítate esas cosas de los oídos." Un suspiro desdeñoso escapo de sus labios. "Sabes que odio que los uses en público."
Estrujó la mandíbula, conteniendo una respuesta mordaz que a duras penas logro tragar.
"Si madre." Mascullo en un tono plano, sin ningún indicio de sus verdaderos sentimientos.
Odalia Blight asintió satisfecha, observando a su hija menor en busca de algún indicio de algo – de eso – pero solo pudo ver la cabellera castaña rojiza de su hija y los ojos dorados que había heredado de su padre. Perfectamente ordenada en una suave coleta baja, con rizos en la cara y un ligero rímel negro que resaltaba sus grandes ojos. El traje gris destacaba cada uno de sus atributos, el hipéateme de la perfección.
Aun así, podía ver la ligera inclinación de su cabeza. La forma en la que sus uñas se enterraban en la palma de sus manos. Todo, todo eran indicios.
Los odiaba. Y chasqueo la lengua para demostrarlo.
A Amity se le atraganto la respiración ante el sonido. Trato de ajustar su postura, ignorando sus sentidos que bombardeaban su mente en punzadas dolorosas y la creciente presión en su pecho que le gritaba - ¡Vete! ¡Vete de aquí!
Finalmente, el auto se detuvo, su corazón deteniéndose por una milésima de segundo que se sintió eterna. La puerta del lujoso auto fue abierta por el conductor y las luces artificiales golpearon sus retinas, obligándola a pestañear muchas veces hasta que pudo volver a enfocar. Para ese punto su madre ya había bajado del auto y apurada, la imito, ignorando el ardor del traje al rozar su piel. Sus ojos se encontraron con un alto edificio, rodeado de más edificios, todos llenos de luces de colores diferentes. Lo primero que su mente proceso fue el color.
El edificio departamental era rojo.
Amity odiaba el rojo.
La sola idea de entrar en aquel asqueroso lugar lleno del color que sus ojos detestaban la erizo por completa, pero su madre ni si quiera le dirigió otra mirada antes de entrar. Las puertas automáticas se abrieron con un ligero chasquido que para Amity sonó como un golpe, haciéndola dar un salto sobre su piel. Llevo una de sus manos al único oído que tenía destapado, cubriéndolo en un impulso que esta vez no pudo controlar.
Fue una suerte que su madre ni si quiera le prestó atención, demasiado concentrada hablando con el que supuso era el guardia de aquel ostentoso – rojo-rojo-rojo – edificio.
La alfombra elegante que adornaba el suelo no era simétrica. Conto las baldosas del techo y resulto ser impar.
Amity odiaba los números impares tanto como odiaba las cosas asimétricas y el color rojo.
El sonido de tacones alejándose logro despertarla del círculo de odio y desesperación en el que se estaba hundiendo.
Su cerebro palpito con cada tac-tac-tac y, aun así, se forzó a acercarse al ruido, reconociendo donde sea aquel andar firme y seguro de su madre. Ambas llegaron a un ascensor, Odalia apretando el botón y Amity observo el numero electrónico que indicaba en que piso estaba el edificio.
20.
Era un número par. Y su memoria inmediatamente recordó las palabras de su madre en donde le indicaba que, de hecho, era un gran edificio con nada menos que veinte pisos.
Un delicioso número par. Sus latidos se ralentizaron, un calmante para sus sentidos, lo suficiente para evitar sobresaltarse con el chasquido del ascensor al abrirse. Su madre entro primero, observándola fijamente como si pudiera percibir cada una de sus reacciones sin verla y Amity procuro colocar su cara más seria e imperturbable, caminando recta y con las piernas dando los pasos justos y necesarios, buscando imitar el intimidante caminar de su madre.
Aunque sabia de buena fuente que solo era una pobre imitación.
Después de todo, Amity no era normal.
Las personas normales no contaban los segundos que tardaba un ascensor en subir y se horrorizaba al darse cuenta de que no eran un numero par.
Porque odiaba-odiaba-odiaba los números impares.
Su mente martillaba dolorosamente ante todos los estímulos desagradables, pero se forzó a concentrarse en el sonido tap-tap-tap de los dedos de su madre al golpear la pantalla electrónica de la puerta de su nuevo apartamento. Observo con fijeza el brillo artificial de la pantalla, memorizando rápidamente los números a pesar de que sabía que su madre le había enviado el código vía correo – porque si, Odalia Blight ni si quiera se dignaba a enviar un simple SMS a sus hijos.
El número se repetía en su mente.
3-7-9-1-5
Ningún jodido número par.
Amity sospechaba que su madre lo había hecho a propósito. La sola idea envió una punzada helada, como una mano que desgarro su pecho y casi la lleva a seguir el impulso de querer acurrucarse en un rincón y mecerse de un lado a otro. Se mordió el labio con tanta fuerza que el sabor a hierro inundo su paladar y fue la suficiente desconexión que necesito para volver a la realidad. Justo a tiempo, su madre finalmente desbloqueo la puerta – no fueron más que unos segundos, pero la mente de Amity distorsiono tanto el tiempo que fue una eternidad. Entro tras la mujer que la trajo al mundo con pasos cortos, saboreando aun la sangre que emanaba de su labio y las ligeras punzadas de dolor.
El apartamento, a diferencia de su antiguo hogar, estaba desprovisto de decoración. No había estanterías repletas de libros – porque el camión de la mudanza se había atrasado y no sabia si eso era un alivio o más estrés. El gran comedor del penhouse solo estaba equipado con un largo e incómodo sillón café claramente lujoso frente a un televisor de 60 pulgadas en la pared. La cocina, que apenas pudo observar por el rabillo del ojo, era de temática abierta, los electrodomésticos nuevos brillando bajo la luz de las lámparas blancas.
"Te envié todo lo que necesitas hacer a partir de mañana en la sede Blight."
Las palabras eran heladas, frías como la mirada que Odalia le estaba dirigiendo. Amity se conformó con asentir, cuidadosamente estructurando una imagen de paz, totalmente contraria a su interior.
"Espero ver resultados en el próximo mes Amity. Tu padre y yo te consideramos lo suficientemente competente para que cumplas con esta simple tarea."
Solo la matriarca Blight consideraba levantar una inmobiliaria local de la quiebra como una simple tarea.
"Estaré viendo tus progresos." Sin más que agregar, retrocedió los paso que había avanzado dentro del departamento, tomando el pomo de la puerta con un aire distante. Pero antes de desaparecer, volvió los ojos a su hija menor. "No me decepciones."
Como siempre lo haces.
Las palabras no dichas apuñalaron el corazón de Amity, un jadeo escapando de sus labios que afortunadamente su madre no alcanzo a escuchar, más concentrada en irse y dejar atrás a su hija.
Se quedo sola por lo que pareció una eternidad, sus pensamientos girando en un bucle interminable de ansiedad, desesperación y miedo.
Amity había logrado un equilibrio en su vida tras graduarse de la universidad hace solo medio año. Con un departamento simple, un coche que ella misma pago y una vida en una oficina como contadora, fue lo más cercano a la felicidad que había experimentado a la corta edad de 20 años.
Ahora, se había visto arrancada de su rutina, de todo lo que había construido por el simple capricho de su madre. Con la misión de levantar un área de la interminable dinastía Blight de la quiebra – una empresa más de solo los cientos que poseía la adinerada familia – no se sentía preparada para enfrentar todo un trabajo interminable que implicaba hacer lo que más detestaba en la vida.
Interactuar con otras personas.
Era feliz entre las páginas blancas llenas de números que observaba día a día, pero ahora debía usar todas las lecciones que sus padres le habían dado a lo largo de su vida sobre relaciones sociales. Enfrentarse a cientos de trabajadores que ahora tendría bajo su cargo, el solo pensamiento la hizo querer llorar. Pero contuvo las lágrimas a pesar de que sabía que en soledad nadie juzgaría sus acciones. No, porque Amity tenía tan arraigado las palabras de su madre en una parte oscura de su mente que ni si quiera estando solo ella y sus pensamientos se permitía expresar lo que, para ella, eran emociones incorrectas.
Porque no debía sentir, no debía expresarse y por sobre todo no podía mostrarle al mundo que era diferente al resto. No cuando ya era suficiente recordatorio tener un papel con su diagnóstico escondido entre innumerables carpetas de su registro social.
No, Amity no podía darse el lujo de romper su coraza. Así que, armándose de valor, camino en busca de su nueva habitación, no tardando en encontrarla. Para su alivio, la ventana daba al lado contrario de la salida del sol y esto significaba que no se despertaría con los rayos dorados por las mañanas. Prefería sentir el ligero ruido de su alarma, una agradable canción de violín que la sacaba lentamente de la bruma de ensueño.
Coloco el bolso que llevaba sosteniendo todo el trayecto sin pensar contra la cama y diligentemente saco las escasas pertenencias que pudo guardar antes de tener que volar a esta ciudad en medio de la nada. Una simple muda de ropa, carpetas llenas de papeles y su libro favorito: el tomo 4 de La Bruja Buena Azura
Las páginas amarillentas, viejas por la cantidad de años que tenían fueron tocadas por yemas pálidas y dedos amorosos que recorrieron la tinta negra de las letras, susurrando las palabras que se sabía de memoria en este punto. Fue casi un bálsamo para sus heridas abiertas, calmando su interior y dándole un ancla ante todo lo nuevo a lo que se estaba enfrentando. Soltando un suspiro, cerro con delicadeza el libro y lo coloco sobre el mueble al lado de su nueva cama King.
Con lentitud, se despojó del caro traje con una lentitud mesurada, cuidando de no rozar en exceso su sensible piel. Una vez estando solo en ropa interior, busco en su bolso la crema calmante que siempre la ayudaba en los momentos más duros de la hipersensibilidad y unto la fría crema en las partes más ardientes. La sensación helada en su piel fue como una brisa de verano ante el calor infernal; su mente se aletargo y sus pensamientos se redujeron a un simple revoltijo confuso que adormeció sus sentidos.
El sonido de la alarma de su celular la sacó de su letargo autoimpuesto. Busco a tientas el aparato entre su bolso y lo saco, leyendo la alarma a pesar de saber perfectamente para que era.
Medicamentos.
Su pastillero se revolvió con el sonido de las pequeñas píldoras blancas y acostumbrada a ingerirlos, ni si quiera se molestó en buscar agua. Simplemente se llevó la Risperidona a la boca, su recetada droga para su TEA*.
Con un suspiro, busco con la mirada hasta encontrar el controlador del aire acondicionado y configuro los números a 20 grados Celsius, suficiente calor para no tener que dormir con ropa. Configuro la alarma – a las 5 de la mañana – y con un cálculo rápido descubrió que si lograba dormirse dentro de los primeros 20 minutos podría descansar las 8 horas necesarias para que cualquier cuerpo humano pudiera estar en un óptimo funcionamiento.
Amity no era lo suficiente optimista para pensar que podría dormir de corrido esas horas.
Tirando las sábanas y frazadas de la cama y sacándolas de su lugar, las doblo y coloco cuidadosamente al lado de su traje a los pies de la gigante cama. Trepo por el suave edredón antes de recostarse de espaldas y sentir la suavidad del caro colchón. Todo en su vida era increíblemente costoso, desde su simple ropa interior hasta el departamento en el que vivía.
Como para resaltar este último punto, dijo en voz alta "apagar luces" y el sensor inteligente que estaba instalado en todo el departamento inmediatamente siguió sus instrucciones. Las luces se apagaron con suavidad, inundando todo el departamento de oscuridad.
Y Amity se preparó para la que sería otra larga noche llena de insomnios, sueño intermitente y pensamientos tortuosos.
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El ruido de pisadas inundo los sentidos y risas infantiles reverberaron por toda la habitación.
Amity no recordaba la última vez que aquella emoción la inundo de esa manera. Felicidad ingenua, teñida de inocencia cristalina que no tardaría en resquebrajarse bajo la fría voz de su madre.
"¿Qué hace ella aquí?"
Las palabras convirtieron toda la escena en negrura, como el sol apagándose ante la luna de un eclipse. Los ojos dorados de Amity tintinearon dorados y llenos de lágrimas contenidas y entre tartamudeos trato de explicar.
"¡Te dije que no podías invitarla! ¡No está a nuestro nivel!"
Las palabras botaron todo a su alrededor, las paredes se convirtieron en trozos oscuros y empezaron a desmoronarse. Sintió como una garra fría atrapaba su corazón y tiraba dolorosamente, destruyendo todo su interior y llenando sus venas de lava hirviente.
No-no-no-no-no
Las lágrimas comenzaron a caer como un rio y estiro la mano, tratando de agarrar una igualmente infantil.
Cuando pestañeo, ya no era la mano de un infante, si no la suya adulta. Esa mano de dedos largos y pálidos pintadas con esmalte negro, mano que se esforzaba por tratar de alcanzar una figura infantil que solo se alejaba cada vez más.
"¡Willow!"
La niña de lentes redondos se distorsiono como una televisión con interferencia, vibrando en estática hasta que la figura creció, convirtiéndose en un reflejo de sí misma. Pero era diferente a la imagen que observaba todos los días en el espejo. Esta tenía ojos dorados tan fríos como los de su madre y una sonrisa fría, tenebrosa y burlesca.
"Débil."
"Débil y anormal."
Despertó con un grito mudo, su garganta seca por llorar en sueños. Busco a tientas en su cama sollozando al no encontrar a su peluche. Era uno redondo, viejo por el uso, que Ed y Em le habían regalado a la edad de 11 años. Siempre que lo abrazaba podía escuchar las voces de los mayores antes de irse del país consolándola y diciéndole que nunca la dejarían sola.
Abrazarse a ese peluche era la única forma que tenia de aferrarse a los buenos y escasos recuerdos de su pasado. Pero ahora no había nada que abrazar y se conformó con tomar la almohada blanca de su cama, envolviendo sus brazos y piernas y apretándola con una desesperación nacida del miedo. Cerro los ojos, tratando de espantar los rastros de la pesadilla que aun apuñalaba sus sentidos, su piel ardiendo, sus oídos increíblemente sensibles y su olfato tan agudizado que el simple olor a limpio de la almohada hacía que su nariz ardiera en dolor.
Empezó a contar, entre respiraciones entrecortadas en un intento de espantar el ataque de pánico que amenazaba con quitarle el aliente.
2-4-6-8-10-12-14-16
Tal como le enseño su terapeuta, siguió contando en números pares hasta que su mente comenzó a calmarse con los cálidos números que le traían consuelo.
Pestañeo, tratando de poder ver entre las lagañas de sus ojos hasta que el suave sonido de un violín comenzó a inundar la habitación. El sonido logro calmarla mucho más rápido de lo que tardaría contando y con un suspiro, se obligó a levantarse lentamente tratando de ignorar el ardor de su piel. Cuando logro sentarse, sus pies descalzos tocaron el suelo y el frio de las baldosas trajo un escalofrío en su ardiente piel. Fue refrescante y lo último que necesitaba para despertarse de la pesadilla que tantas veces se había repetido.
Willow.
Apenas ya recordaba como era su rostro fuera de sus gafas redondas y su cabello alborotado. Su querida y única amiga que había tenido en la vida – sin contar a su sequito de Bocha y Viney en la adolescencia, que más que amigas eran seguidores que sus padres habían escogidos como buenas amistades; no había vuelto a hablar con ellas desde que logro graduarse a la joven edad de 16 años de la escuela media.
Observo el reloj de su teléfono tras apagar la suave canción de violín y sus ojos se toparon con la hora.
5:02.
Aún tenía más que suficiente tiempo para hacer su rutina mañanera. Camino hacia el baño personal de la habitación y prendió las luces esta vez manualmente, deteniéndose para observar su figura desnuda en el espejo. La temperatura agradable le permitió no sentir ni una pisca de frio, pero su piel ardiente irritaba sus sentidos. Prendió la regadera, metiéndose bajo el agua tibia de la ducha hasta que sus sentidos se calmaron, cambiando lentamente de agua tibia a fría, dejando escapar un siseo bajo cuando sus extremidades se entumecieron. Pero fue lo que necesitaba para traer un cable a tierra, su mente espantando la bruma de las pesadillas y finalmente aclarándose.
Se enjuago el cabello solamente con agua, quitando la invisible suciedad que sabía que no tenía. Después de todo, se lavaba sin falta todos los días más como rutina que como compulsión, pero esta vez no tenía más que jabón estándar para el cuerpo que venía con el departamento. Al parecer un lugar de un millón de dólares solo traía jabones estándar. Lo cual, sabía que era un lujo que la compra de otros lugares ni si quiera traía.
Algo que debería aprender pronto de memoria, después de todo ahora era jefa de una sucursal inmobiliaria que vendía de hecho, departamentos caros como el que estaba habitando. Con otro suspiro agotador - ¿El tercero del día? – salió de la ducha y tomo la desagradable toalla áspera que venía con el resto de las cosas de su nuevo hogar. Se seco con suavidad, gruñendo irritada cuando sintió que la hipersensibilidad volvía incluso tras una ducha fría – lo que siempre lograba calmarla incluso en sus peores días.
Al parecer, sería un día mucho peor que a los que estaba acostumbrada. En el fondo no le sorprendió, después de todo cada vez que era arrancada a la fuerza de su zona de confort todo su mundo daba un giro doloroso.
Mientras se secaba el cabello con la horrible toalla, camino hacia su habitación dejando un ligero rastro de humedad y tras enredarse los mechones castaños en la toalla blanca, comenzó a agregarse crema calmante por todos lados. El alivio fue instantáneo, el analgésico que venía con la crema hidrato sus poros y los adormeció.
Sabía que no debía abusar de la crema, después de todo era una destinada a lesiones musculares, pero en este momento no podía importarle menos. Era una suerte que hubiera traído todo lo necesario para enfrentar un mal día en su bolso. La primera capa – una prenda ligera que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel – cubrió su torso con el recién puesto sostén deportivo y sus largas piernas. Una vez hecho eso, se colocó los largos guantes negros que la acompañarían por el resto del día. Luego el traje la cubrió con la misma eficiencia y una sonrisa aliviada recorrió su rostro al no sentir que la ropa aumentaba su hipersensibilidad. Una vez arreglada, libero su cabello aun húmedo y con la liga del cabello, se armó una coleta baja como la que había empezado a usar desde que empezó su vida laboral.
Estaba lista para enfrentarse a un nuevo día.
Tomo su billetera y teléfono y los guardo en un pequeño bolso de mano que llevaba para todos lados. Hoy, en su primer día, lo único que necesitaba era verificar el espacio de trabajo y conocer a los jefes de cada área, junto con el resto de los trabajadores.
Amity no se sentía lista, pero no había nada que pudiera hacer. Antes de salir volvió a revisar su pequeño bolso de mano y para su alivio, esto la hizo darse cuenta de que no trajo las llaves de su lugar de trabajo. Mascullo un insulto y se dio una palmada en la cabeza como castigo, antes de ir corriendo a su habitación, rebuscar entre los bolsillos de su bolso y tomar el conjunto de llaves.
Salió casi trotando, cuidando de no perder el equilibrio – usaba tacos muchísimos más pequeños que los de su madre, pero siempre había tenido mal equilibrio – y salió por la puerta principal, empujando con fuerza para asegurarse que no se quedara abierta.
El camino hacia el ascensor fue corto. Mientras contaba los segundos que tardaba este en bajar, se colocó sus audífonos insonoros y suspiro aliviada ante la sensación de ser aislada del resto del mundo. No tardo en pedir un Uber, tecleando en su celular y sonriendo al ver que uno estaba medianamente cerca. Fue así como salió del edificio, ignorando al guardia que la saludo - ¿Por qué saludaba a alguien que no conocía? Amity siempre se preguntaba eso, otro raro hecho del resto de las personas que nunca comprendería.
El Uber fue puntual para su alivio. Se subió y dijo un escueto "buenos días" solamente porque recordaba las lecciones de educación. Siempre saludar cuando estaba encerrado con otras personas – aunque se cuestionaba seriamente que así no era como funcionaba, pero su mente nunca retenía información cuando se trataba de interacciones sociales. El viaje lo paso revisando correos, colocando una ligera canción en sus audífonos y murmurando un mantra silencioso que siempre se repetía cuando la ansiedad subía por su estómago y erizaba los bellos de su espalda.
LoHarasBien-LoHarasBien
Cuando el auto se detuvo en su destino, sintió como una desagradable sensación subía por su garganta. Trato de controlar su respiración agitada y sin molestarse en despedirse, se bajó del auto y observo el edificio.
Inmobiliaria Blight.
Seguía sin entender la razón de porque todas las empresas de su familia llevaban su apellido como nombre ¿algún complejo? ¿Una estrategia de marketing? ¿Quizá la constante necesidad de su madre de recordarle al mundo lo rico que era su apellido?
Probablemente todas las anteriores.
Abrió la puerta principal tras varios intentos de descubrir cual era la llave correcta y al entrar, procuro prender rápidamente la calefacción, después de todo recién eran casi las 6 de la mañana y el sol aun no calentaba la ciudad. Suspiró aliviada cuando el silencioso calor empezó a extenderse lentamente por el edificio y mientras caminaba, fue examinando cada pequeño espacio. Sillas cómodas en la entrada principal, junto con una amplia recepción. Un gran espacio hecho de concreto que funcionaba tanto como mesón y como escritorio para lo que calculo, serian fácilmente 3 secretarias.
Mas al fondo se extendían largos pasillos con una amplia sala de descanso, una cafetería y muchas oficinas con paredes de cristal, siendo la única excepción una oficina que por fuera se veía increíblemente amplia. Tenía una placa que decía "director ejecutivo."
Soltó un gruñido. Ella era contadora, no había forma de que pudiera ejercer aquel puesto sin tener conocimientos previos – los cuales, de hecho, tenía, pero el que los tuviera no le permitía irónicamente, ejecutarlos de forma correcta.
Después de todo, Amity no entendía a las personas y por, sobre todo, las personas no la entendían a ella.
Ingreso a la oficina que no estaba con llave – para su disgusto – y prendió las luces. Era un lugar amplio como se veía en el exterior, con un escritorio de caoba, unos asientos en la esquina junto a lo que le pareció ser un ¿Bar? ¿Por qué alguien bebería en el trabajo? La sola idea le trajo escalofríos. El perder su cuidadoso control de sus expresiones ya era doloroso de pensar y eso es lo que hacía el alcohol: desinhibir todo su actuar. Lo primero que pensó fue declarar a sus trabajadores que beber en el trabajo estaba expresamente prohibido.
Con un suspiro, dejo su bolso en su nuevo escritorio y se sentó en la silla. Tras unos cuantos click el computador se encendió y vio la hora: 6:10. El resto de los empleados llegaban a las 8, así que tenía casi dos horas para leer cada uno de los informes que estaban archivados en la pared en una estantería y los digitales que encontró rápidamente en una carpeta en el computador.
Tras acomodarse en la silla empezó la larga tarea de leer todo.
El tiempo se distorsionó entre letras, números y rápidos tecleos en el computador. No tardo en encontrar los números rojos que estaban llevando a la inmobiliaria a la quiebra y con disgusto, observo que existían demasiados trabajadores. Observo los curriculum en una lista y con rapidez eligió los que no eran necesarios o no tenían la suficiente capacitación para permanecer. Anoto todo, desde los más mínimos detalles hasta una lista de cosas que debía estudiar y leer apenas tuviera más tiempo.
Toc-toc-toc
El sonido la sobresalto. Observo la hora y pestañeo sorprendida al ver que ya eran las 7:45. Su escritorio paso de estar pulcramente ordenado a parecer una zona de guerra, repleto de carpetas, papeles rallados y lapiceras de diferentes colores. Masajeándose la cien, y sintiendo un ligero dolor de cabeza empezar a nacer en el fondo de su mente, murmuro una palabra de aliento por lo bajo.
Sus nervios ya empezaron a inundar su cuerpo.
"Adelante."
La puerta crujió y la figura de una joven mujer entro por la abertura. Era estándar, nada fuera de lo común y le dedico una sonrisa nerviosa al verla.
"Buenos días."
Amity asintió en reconocimiento y no noto el ligero tick en las cejas de la mujer.
"Mi nombre es Marlyn, un gusto conocerla."
Amity suspiro antes de enderezarse en su silla y volver a asentir.
No se daba cuenta que su actitud resultaba irritante para las personas.
"¿Quién eres?" Trato de que su tono fuera firme y serio, como el de su madre.
Marlyn se revolvió incomoda en su lugar. "Bueno, ya dije mi nombre…"
"No." Amity se mordió el labio, irritada ¿Su pregunta no fue clara? Trato de analizar la conversación y se dio cuenta que, en efecto, no había sido clara. Se masajeo los ojos con cansancio. "Cuál es tu trabajo aquí."
"Oh." Marlyn se revolvió incomoda. "Soy su secretaria."
Amity pestañeo. Nunca había tenido una secretaria ¿Qué es lo que hacían? Trato de recordar todas las enseñanzas de sus padres y todo lo que había aprendido en la universidad y llego a la conclusión que una secretaria era lo mismo que una asistente.
"Bien, necesito que entregues estos papeles y hables con los jefes de cada área para que sigan las instrucciones." Se levanto, tomando unos papeles y ordenándolos en un archivador. Se acerco a la mujer y le extendió la carpeta. La mujer la tomo con cierto miedo, la figura de Amity era imponente. Con un traje caro, expresión fría y ojos dorados increíblemente brillantes, era el epitome de belleza.
Marlyn leyó rápidamente la carpeta, asintiendo a su nueva jefa y un jadeo salió de su garganta. "¿R-Recorte de personal?"
Amity frunció el ceño. "Si ¿Algún problema?"
La mirada que recibió la perturbo. No estaba segura de que era lo que trataba de expresar, pero le dio la sensación de que era similar al resentimiento. Pero no recibió ninguna respuesta verbal así que creyó que solo era su imaginación. Cuando la mujer asintió, Amity se dio media vuelta antes de darse cuenta de lo cansada que estaba.
"Marlyn, necesito un café."
Murmuro lo suficientemente alto para ser escuchada pero no se molestó en mirarla. No era necesario, ya había hecho su pedido y después de todo, una secretaria era un asistente así que era parte de su labor ¿No? Cuando no recibió respuesta y solo el click de la puerta al cerrarse asumió que había sido oída y se sintió satisfecha con su trabajo.
Quizá no lo haría tan mal.
Quizá, solo quizá, esto podría funcionar.
Nunca había estado más equivocada.
La reunión con los jefes de cada área resulto ser sencilla. Explico su estrategia para levantar la empresa de la quiebra, no escatimando en detalles sobre los números rojos y lo cerca que estaban de cerrar el negocio. Al parecer sus palabras fueron como una ventisca fría, porque cada uno de los presentes la miro como si fuera la fuente de la tormenta. No recibió muchas palabras ni preguntas, no supo si fue porque estaba todo claro o quizá, porque no había nada que preguntar.
Nunca se le paso por la mente pensar que la gente le tenía miedo.
El café que trajo su secretaria era malo, barato de esos que quemaban su paladar. Hizo una nota mental de buscar una buena cafetería, y cuando el día finalmente llego a su fin – para ella, después de todo decidió que se iría dos horas antes del cierre. Era la jefe, así que podría hacer lo que quisiera mientras su madre viera resultados ¿No?
Pero cuando salió de su oficina, tras cerrarla con llave y con su bolso en mano, camino por los pasillos y sus sentidos escucharon los murmullos.
Es una tirana.
¿Viste que en su primer día ya despidió a la mitad? Dios da miedo.
Marlyn dijo que tiene la actitud de una perra rica.
No me sorprende, después de todo solo obtuvo su puesto por ser hija de los dueños.
Sus manos temblaron, sus ojos cayendo ante cada persona que pronuncio esas palabras. Todas se callaron y la miraron con abierto rencor y - ¿Miedo? ¿Por qué miedo? – y se escabulleron a su trabajo, pero negándose a bajar el volumen, como si buscaran que ella escuchara claramente sus palabras.
No lo digas tan alto, quizá te despida.
¿Por qué despediría a la gente por hablar? ¿Por qué decían esas cosas de ella? Solo estaba haciendo su trabajo, tal como se le enseño ¿Había hecho algo mal? ¿Alguna palabra mal dicha?
Amity no entendía y la sola frustración que esto le generaba hizo que sus pasos temblaran. Su piel empezó a arder nuevamente, sus oídos se agudizaron y los murmullos que escucharon al pasar se convirtieron en voces altas que irritaban sus oídos y la llenaban de pánico.
Ni un día y ya la gente la odiaba ¿Por qué? Amity no podía entender que había hecho mal. Dijo las palabras justas, no hablo, no se quejó, ni si quiera mantuvo una conversación clara con nadie lo suficiente como para justificar los rumores.
Solo había hecho su deber.
Cuando salió del local, sus manos temblaban y su respiración se estaba convirtiendo en un trabajo doloroso. Sintió la necesidad de cubrirse el rostro y acurrucarse en un rincón, murmurando palabras de aliento para calmar el creciente ataque de pánico que estaba subiendo por su garganta. Pero no podía permitirse mostrar debilidad, mucho menos en público, así que se conformó con colocarse sus audífonos insonoros y caminar tan rápido como pudo, alejándose del lugar en el que ahora era odiada.
Realmente no podía comprender a las personas. En la universidad fue similar, todos la llamaban perra rica y Amity nunca había entendido el insulto ¿Por qué un perro sería rico? ¿Qué tenía que ver eso con ella? ¿Era un insulto? Y si lo era ¿Qué significaba? Su mente no podía conectar los hilos de las conversaciones y darles un sentido lo suficientemente coherente para sus pensamientos, así que igual que antaño decidió sumergirlos en un rincón de su mente y tratar de ignorarlos.
Pero el peso del día le estaba pasando factura, el estar rodeadas de personas la había abrumado, las miradas frías, los ojos siguiendo cada uno de sus movimientos como si un foco de luz iluminara su caminar y fuera el centro de atención en un teatro.
Abrumador, frustrante, agotador.
Amity estaba cansada, tan cansada de todo y recién era el primer día. No sabía como sobreviviría a tanto.
Se concentro en dar paso tras paso, uno tras otro, su mente memorizando el movimiento de sus músculos y dejándose llevar por los ligeros tirones que estos producían al caminar. La sensación le permitió mantenerse en tierra, olvidando lentamente su malestar, pero su hipersensibilidad solo fue en aumento. Ella sabía lo que pasaría cuando llegara a casa.
Tendría una crisis. Hace meses que no tenía una y la sola idea helaba su sangre. Ella había estado bien, había logrado un equilibrio en su vida para sentirse lo más cercano a lo normal que alguien como ella podía tener. Pero ahora todo lo que había construido se había ido por el desagüe.
Ya no le quedaba nada.
Cruzo un semáforo con las manos temblorosas y decidió cruzarlas junto con sus brazos, escondiéndolas entre sus axilas. Un muro de protección de la realidad.
El olor a café y chocolate despertó sus sentidos.
Una mirada y lo encontró.
Era un local pintoresco, algo escondido en la punta de una población - ¿Cómo había llegado a ese lugar? ¿Cuánto rato llevaba caminando? – y lo que más le agrado es que estaba simétricamente correcto. Perfectamente cuadrado, siguiendo las líneas del cemento como un envoltorio a su alrededor. Las ventanas cristalinas dejaban ver un lugar de colores cafés, cálidos y no sofocantes a su vista y no vio ni una pista del color rojo por ningún lado. El olor era tentador y en un impulso, se acercó lentamente a la puerta.
Había un cartel de madera justo encima, con el tallado de un búho café y redondo.
"The Owl House."
Murmuro para sí misma. Y queriendo sumergirse en la calidez que parecía escaparse de debajo de la madera, abrió la puerta y sonrió cuando el tintineo fue suave y no doloroso a sus oídos. Había una chica tras el mostrar que apenas observo, más sumergida en analizar cada rincón del lugar.
Definitivamente le gustaba. Le parecía algo extraño que hubieran tallados de madera de búhos en cada rincón, pero armonizaban con el resto de los colores, dándole un aire rustico por la madera que destacaba en todos lados. Las mesas eran lizas y cuadradas y los asientos de color café claro se veían cómodos.
Y un lugar en específico llamo su atención. Era una mesa aislada en el fondo del local, lejos de la entrada, lejos del mostrador, lejos de todo.
Cálida, con un pequeño búho de madera justo a su lado. Podía imaginarse sentada en aquel lugar, con su laptop y papeles llenando toda la mesa, con el delicioso olor a café inundando sus sentidos.
"¿Puedo ayudarte?"
Pestañeo y apenas le dirigió una mirada a la joven mujer tras el mostrador. Pensó por un segundo y tras leer la carta en la pared, tomo una decisión.
"Un café."
"¿De qué sabor?"
"Solo."
Para su alivio no recibió ninguna otra respuesta, solo un ligero tarareo en comprensión. Sin mirar a nadie más y casi por impulso, se encamino a la mesa del fondo que tanto le había llamado la atención. Se sentó, una sonrisa curvando sus labios al sentir el cómodo sillón envolver su espalda, nada comparado con el que tenía en su nuevo departamento. Estaba viejo por el uso, pero esto lo hacía increíblemente moldeable a su cuerpo. Agradable, definitivamente agradable.
La armonía de aquel lugar la hizo relajarse lo suficiente para cerrar los ojos y calmar sus alterados sentidos. El olor a café relajo su olfato, el ligero y suave tintineo de una canción que no conocía, lo suficientemente baja para no molestar permitió que sus oídos lentamente dejaran de agudizarse. Aunque su piel hipersensible seguía ardiendo, molestándola incluso bajo la primera capa que envolvía su piel.
Unos pasos hicieron que sus ojos se abrieran y observo una mano de una piel de color canela colocar su taza de café sobre la mesa.
"Espero que lo disfrutes."
La voz era cantarina, tan suave como el resto del lugar. La hizo sonreír para sí misma.
Esta cafetería era un calmante para sus alterados sentidos. Poco concurrida, cómoda, sin nada que le disgustara. Incluso podía imaginarse que el número del lugar era un numero par.
Sin rojo, sin nada asimétrico. Solo extraños pero cálidos búhos de madera, música ligera y olor a café inundando sus sentidos.
Había descubierto su nuevo santuario.
Amity sabía que lo visitaría tanto como fuera necesario. Después de todo, tenía que encontrar un equilibrio, una rutina.
Y, para sus adentros, deseo que este lugar fuera el inicio que necesitaba para finalmente equilibrar su nueva vida en algo lo suficientemente cómodo para llamar hogar.
El café era delicioso, suave y sin quitar el ligero amargor que tanto le encantaba. Ni si quiera se molestó en agregarla azúcar, no como el café de su trabajo en donde tuvo que equilibrar el sabor con 3 cucharadas dulces y 2 de crema. Este era bueno, demasiado como para ensuciar su sabor con algo más. Cerro los ojos, dejando que todo a su alrededor se adormeciera, quedando solo a ella y sus pensamientos. Estaba tan cómoda que incluso desarmo su coleta, dejando libre su largo y enrulado cabello castaño, que cayó sobre sus hombros y su espalda. Se masajeo el cuero cabelludo, soltando un suspiro y cuando se llevó la taza a la boca, se dio cuenta de que ya había terminado su café.
¿Cuándo sucedió?
¿Cómo había llegado a sentirse tan cómoda?
No lo sabía, no lo entendía, pero no lo cuestionaría.
Así que se levantó, dejando el dinero sobre la mesa tras ojear los precios del café y se colocó los audífonos insonoros.
Salió a la calle, lista para enfrentarse a su vida que detestaba, pero que enfrentaría con la cabeza en alto.
-x-
Si creyó que el primer día fue horrible, los que vinieron después solo fueron de mal en peor. Finalmente, el camión de mudanzas llego a su departamento que no tardo en llenarse de cajas repletas de libros, ropa y diferentes decoraciones que había usado en su anterior departamento. Para su horrible irritación, no tuvo tiempo de sobra en ningún momento del día para ordenar todo y cada vez que volvía del trabajo y observaba todo el desorden un dolor subía por su piel y la hacía querer llorar. Era desesperante lo sola que podía sentirse, sobrepasada por el trabajo, y ni si quiera el lugar al que debía llamar hogar se sentía como tal.
Se conformo con partir poco a poco. Mando a pedir un nuevo estante – el más grande que pudo encontrar en línea – y espero su llegada, apilando las cajas en orden simétricos en cada rincón.
El tercer día se dedicó a ordenar su ropa, cambiando su traje gris por otros de diferentes colores pasteles. Encontró su pijama favorito – una polera gigante con un estampado de Azura – y su adorado peluche redondo con un rostro caricaturesco le trajo consuelo en las noches. Pero el trabajo era demasiado estresante para permitirse tener paz.
Los rumores solo circularon día tras día, cada vez más retorcidos. Dejo de fingir que no los escuchaba – dios, hablaban tan fuerte que cualquiera que pasara podía percibirlos – y comenzó a lanzar la clásica mirada helada de su madre. Eso funciono bastante bien y lentamente dejaron de hablar tras su espalda, al menos en su presencia.
Los jefes de cada área empezaron a respetarla por su diligente labor – menos unos cuantos que la miraban con abierto desprecio. Escucho una vez al pasar por la oficina de uno de ellos que odiaban como una mujer abría las piernas para tener un puesto más alto que ellos.
No entendió a que se referían con abrir las piernas ¿Caminaba con ellas muy abiertas? A partir de entonces tuvo más cuidado al caminar, aunque sinceramente seguía sin entender el insulto – o si siquiera si era uno. Lo que si había captado era que, al parecer, todo el lugar estaba irritado por su nombramiento como jefa.
No los culpaba. Tampoco le gustaba serlo.
Lo que trajo calma a sus días fue la cafetería The Owl House. Siempre con la misma música agradable – Un día incluso escucho el soundtrack de una de las películas de Azura ¡Y uno de sus favoritos! – se volvía cada vez más su lugar favorito en la ciudad. Cálido, cómodo, con aquel café que tanto adoraba y esa mesa en el rincón que se había convertido en su lugar. Siempre tras el trabajo, saliendo un par de horas antes que el resto iba a terminar sus deberes en The Owl House con un café, a veces con un sándwich y cientos de hojas con números y su laptop abierta. Trabajaba incluso mejor que en su hogar – así de cómoda se encontraba entre las paredes cálidas y los extraños búhos de madera.
Incluso descubrió que el número del local era 220.
Un hermoso número par.
Aquel lugar no tenía nada de malo y era su lugar favorito por lejos.
Hasta que un día, tras un estresante y horrible día laboral, entro al local y sus ojos cayeron sobre su mesa.
Su mesa estaba ocupada por alguien más. Un desconocido, que apenas distinguió cuando sus sentidos se resquebrajaron lentamente. Todo a su alrededor pareció detenerse y frías garras rasgaron su estómago, llenando sus venas de lava caliente que amenazo con romperla por dentro.
Todo el precario equilibrio que había construido se había basado en ese lugar. En su cómodo sillón, en la mesa con ligeros raspones que a veces trazaba con los dedos cuando meditaba y en el tranquilo silencio tras la música. Asustada, hizo su pedido rápidamente y busco otra mesa, creyendo que quizá, solo quizá no todo estaba perdido.
Pero no fue así.
La mesa que ocupo estaba justo al lado de la ventana – todas estaban ubicadas de esa manera menos su favorita. La lleno de nervios la idea de sentir como algunos ojos curiosos que pasaban por fuera de la cafetería la observaban e incluso el café que le trajeron supo diferente en su paladar.
Ya no suave, si no amargo, tan amargo que quiso escupirlo. Ni si quiera se molestó en terminar la taza. Simplemente dejo el dinero y salió casi corriendo del lugar. Pidió un Uber y el viaje a su casa lo paso contando en números pares, tanto que en algún momento supero los 100 números y ni si quiera había llegado a su casa. El color rojo de su edificio lo odio más que nunca – no era café, no eran búhos de madera, pero tampoco era su mesa – y con escalofríos en la espalda y ojos ardiendo, conto los segundos que tardaría el ascensor en subir.
Cuando finalmente entro a su departamento, lanzo sus cosas al sillón y se agarró los mechones de su cabello, tirando con tanta fuerza que su coleta amenazo con deshacerse. A Amity no le importo. Solo se concentró en el dolor de su cabello tirante, de la desesperación que estaba inundando su corazón.
Un sollozo escapo de sus labios.
Odiaba todo
Odio-odio-odio.
Odiaba que todo lo que había construido dependería de una simple rutina, de una mesa, de un lugar que esperaba que se mantuviera igual por siempre. Y odiaba que las cosas no se pudieran mantener igual.
Sintió que todo el mundo caía a su alrededor, la desesperación, la tristeza, la rabia hacia el mundo y por sobre todo hacia si misma. Se apoyo contra la pared, sus brazos temblando y las lagrimas calientes cayendo por sus ojos.
"¿Por qué?"
Mascullo en voz alta, preguntándole al mundo, así misma, a la vida.
Estaba cansada.
Sus uñas se clavaron tan profundamente en su cuero cabelludo que un ardor inundo su piel, tiñendo las puntas de sus dedos de rojo.
Se quedo ahí, por lo que pareció una eternidad. Y cuando el ardor de su piel fue demasiado, empezó a arrancarse la ropa con rabia, hasta que no tuvo nada puesto. De esa forma se acurruco en aquel rincón, sollozando, sintiéndose sola y en algún punto su mente no pudo mas con tantas emociones y se apagó.
Despertó en medio de la noche, tiritando de frio y asustada. Desorientada, finalmente sus sentidos volvieron y a duras penas se arrastro a la cama, tomando su celular y recostándose en posición fetal, demasiado cansada para hacer algo más.
Fue su alarma, horas más tarde, quien la despertó de sueños sin nombres y pesadillas borrosas.
Aquel día solo pintaba para ir de mal en peor. Se ducho, viendo como sus dedos secos por la sangre se limpiaban con el agua. Se vistió, agregando generosas cantidades de crema a su piel ardiente que ni aun así logro calmarse.
Fue a trabajar sintiéndose mas un muerto que un ser vivo.
Nadie la molesto, todos notando su terrible humor.
Amity procuraba no ser alguien grosero, pero cuando su mente martillaba, sus sentidos hipersensibles la molestaban y su pecho se mantenía estrujado por el estrés no podía controlar las respuestas mordaces o las miradas frías que solo aumentaron su reputación como la reina de hielo.
Ni si quiera se molesto en volver a la cafetería aquel día. Solo llego a su departamento, durmió y volvió a despertar en un ciclo infinito de sueños sin descanso y pesadillas que la despertaban. Sus medicamentos se acumularon, sin ser tocados y solo atenuando sus síntomas hasta que se volvió tan insoportable que un día, una semana después, se levanto de golpe de su oficina y sin decirle nada a nadie, se fue.
Camino por las calles, perdida en sus pensamientos, demasiado sumergida en aquel bucle en el que llevaba días sin poder salir. Sin nadie a quien recurrir, sin nadie que la consuele, sus pies inconscientemente la llevaron al que había sido su lugar favorito.
El olor a café fue lo primero que sintió y cuando abrió la puerta, una canción de la banda sonora de Azura inundo sus sentidos en un bálsamo que calmo sus oídos incluso tras la protección de los audífonos insonorizados. Una mueca, lo mas cercano a una sonrisa se formo en sus labios y con un suspiro, vio su querida mesa vacía.
Un peso se levanto de su pecho y acercándose al mostrador, ordeno un café. Casi en ese mismo instante se dio cuenta que tenía hambre - ¿Cuándo fue la ultima vez que comió? No lo recordaba. Así que pidió un sándwich sencillo de pollo y con alivio, camino hacia su mesa que se acercaba lentamente a su vista. Se paro frente a ella, observando cada detalle que había memorizado. El búho de madera, la mesa ligeramente rallada, el viejo sofá increíblemente cómodo en donde se hundió con un suspiro.
Saco su laptop y sus carpetas y por primera vez en días pudo realizar un verdadero avance en su trabajo. Cuando su café llego, lo recibió con un asentamiento, y escuchando el conocido "Disfruta tu comida." De la mujer que ya su voz le resultaba familiar. Todo fue como si finalmente respirara después de estar ahogándose una eternidad bajo el mar.
Los días a partir de entonces volvieron a asentarse a la comodidad antes del desastre. Sus trabajadores dejaron de caminar en puntillas a su alrededor, incluso recibiendo una ligera sonrisa dirigida a Marlyn cuando le trajo un café inusualmente bueno.
No hay que decir el shock que tuvo la pobre secretaria al recibir una sonrisa de la que, hasta entonces, había sido su jefe más frio y estoico.
Pero las cosas para Amity no podían mantenerse bien por mucho tiempo.
Fue una tarde especialmente estresante, en la que se sumergió dentro de su cafetería favorita y suspiro ante el agradable olor. Esta vez no había música de Azura pero si una canción de violín del que le pareció ser un opening de anime adaptado. No tuvo tiempo para tratar de recordar cual era, porque sus ojos se detuvieron en su mesa de siempre.
Su mesa, al lado del búho de madera y del sofá cómodo, tenía un pequeño papel con letras claras que podían percibirse a la distancia, letras que la sacudieron por dentro.
Letras que su cerebro apenas pudo procesar, llenando de confusión toda su realidad.
Reservado.
-x-
Nota autora: Si mi historia te gusto o mi forma de escribir te llamo la atención ¡Apóyame en mi ! Con su ayuda quizá algún día esto podrá dejar de ser solo un pasatiempo y podre publicar muchísimas mas historias, no solo del fandom de The Owl House, si no también de She-ra y Pokemon.
La autora te lo agradece si te vuelves patrocinador :D
www(punto)(punto)com/helenerowle
¡Buenas gente! Aquí estoy tratando de volver al mundo de la escritura. Por si no quedo claro, Amity tiene Autismo. No soy muy versada en este trastorno y a pesar de que hice la investigación respectiva, no estoy 100% segura de si lo escribí correctamente. Eso sí, se que las personas con autismo tienden a tener diferentes trastornos como TDAH o TOC. En este caso, Amity tiene un ligero Trastorno obsecibo compulsivo, lo que trate de dejar en claro con su odio a ciertas cosas, colores y posiciones. También trate de resaltar el pensamiento divergente que muchas personas con autismo tienen – el hecho de creer y asumir que, porque alguien dice o menciona algo, como, por ejemplo, que la detestan, llegan a asumir que todo el mundo se siente de esa manera.
Bueno no quiero alargarme más.
Esta no será una historia muy larga y será actualizada cada dos semanas. Eso sí, construiré la relación de Amity y Luz lentamente.
Un abrazo
