Fantástico.

Justo cuando la fiesta no podía ir peor, Senkuu se quedó encerrado en la pequeña habitación de aseo de un metro cuadrado en la mansión de Ryusui. Lo peor es que no había sido por mera casualidad; el científico temía desde un inicio que el dueño de casa le tendiese alguna de sus elaboradas trampas para conseguir algo que quisiera, y cometió el error de tomar un poco de alcohol y preguntarle dónde se encontraba su nueva laptop de último modelo, para terminar allí, atrapado.

Senkuu suspiró exageradamente, viendo que su teléfono no tenía señal, por lo que no podría pedir ayuda. La puerta podía abrirse únicamente por fuera y, a no ser que hiciera lo que fuera que el millonario quisiera, sabía que no saldría de allí.

-¡Sácame de aquí, niño rico! -el científico gritó, sabiendo que probablemente su amigo estaba al otro lado de la puerta, riéndose de él. -¿Qué mierda quieres que haga ahora? Podrías simplemente haber preguntado antes.

-¡Jaja! Habría sido una respuesta desfavorable para mí, y para todos nuestros amigos.

Senkuu refunfuñó, escuchándolo alejarse de la puerta. Su mente, algo nublada por el alcohol, no podía elaborar respuestas a sus interrogantes ni planear una forma de salir con las cosas que había dentro de la pequeña habitación.

Por eso mismo, se sorprendió cuando, de un momento a otro, y sin una alarma suficiente, alguien empujó dentro de la habitación a una mujer rubia y de cabello desordenado.

Kohaku.

-¡Oye, imbécil! ¡Déjame salir! -gritó la mujer, golpeando la puerta vehementemente. Senkuu no sabía si lo había notado aún, pero la rubia no pareció sorprenderse cuando se acercó también a la puerta intentando convencer a Ryusui de que abandonara sus macabros planes.

Porque, simplemente, no había nada que hablar entre Kohaku y él, y las cosas no podían estar mejor que como estaban ahora.

-Volveré en tres horas. No los dejaré salir hasta que arreglen sus diferencias.

Esta vez, la rubia refunfuñó, revisando su celular y dándose cuenta de que allí no llegaba la señal.

-¡Éste hombre y yo no tenemos diferencias! ¡No hay nada entre nosotros! -Kohaku exclamó por última vez, con la oreja apoyada en la puerta.

Luego, la golpeó con su cuerpo completo, y Senkuu casi rio cuando la escuchó quejarse.

Pero era cierto lo que decía. No había nada entre ellos.

El beso que compartieron seis años atrás había quedado ya en el olvido y ninguno de los dos quería recordarlo. Lo que menos quería Senkuu en ese momento era recordar la pequeña cintura de Kohaku entre sus brazos y su lengua buscando, tímidamente, la de él.

Las cosas habían cambiado, definitivamente. Él se había ido a otro país, y no se hablaron más en todo ese tiempo. Después de acercarse demasiado, todo había terminado abruptamente aquella vez, en que ninguno de los dos sabía lo que hacía ni pensaba en las consecuencias de sus actos. La adolescencia había sido una etapa sumamente extraña, y las emociones que en ese momento sintió, ya ni siquiera existían.

Lo que quería Ryusui era difícil; sino imposible. No podían volver ya a lo que antes era su amistad, y Senkuu estaba seguro de que no quería revivirla.

No quería revivir aquella constante distracción que significaba sentir cosas por la leona; cuando su olor, su cercanía y su sonrisa eran detonantes de noches en desvelo y sueños imposibles, deseando poder consumirla por completo, a la vez que se sentía profundamente aterrado por los problemas que eso conllevaría.

No podía dejar que algo tan extraño e ilógico como eso lo detuviera de irse a estudiar a la universidad de sus sueños. Y, sin embargo, cuando todas sus defensas se destruyeron, en la noche de su graduación, fue él mismo quien cruzó los límites y la besó, nostálgico e impulsado por el momento, en que la chica lo abrazó estrechamente a modo de una temprana despedida.

"Voy a extrañarte" le había dicho al oído, y Senkuu no halló mejor respuesta que aferrarse a su pequeña cintura, sostenerle la nuca y juntar sus labios con los de ella, pensando que, de esa manera, podría quitarse de encima las ganas por siempre.

El peliverde rio sutilmente al no poder evitar recordar la patética escena. Kohaku, quien se agarraba ahora la cabeza entre las manos, probablemente solo recordaría que, por años, Senkuu no se dignó a contestarle ninguno de sus mensajes.

-Podríamos buscar algún alambre para abrir la puerta desde dentro. -propuso el científico.

-No hay ninguno a la vista. -la mujer replicó inmediatamente, sin mirarlo ni por un segundo.

No era la primera vez que se veían después de que Senkuu volvió a Japón, pero sí en la que intercambiaban más de alguna palabra.

-Entonces busquemos. -Senkuu se encogió de hombros, poco después de que Kohaku comenzase a hacerlo por sí sola.

El peliverde prefirió imitarla antes que decir cualquier otra cosa, pero era difícil que hubiese algo allí. El cuarto constaba de una secadora, una lavadora, una escoba, una mopa, y tres repisas con productos de limpieza. Si pudiese haber algo, sería dentro de la caja que estaba en la de más arriba, y a la que ninguno podría acercarse por sí solo.

Pronto, ambos se encontraron mirando fijamente hacia el punto donde estaba la caja, y Kohaku, siempre ágil y rápida, comenzó a trepar hacia la primera repisa por sí sola.

-¡Mierda! -la mujer bajó de un tirón, sacudiendo su mano. Había rasmillado su piel con la madera astillada.

Senkuu no lo pensó antes de ir a socorrerla, jalándole la mano e intentando ver, bajo la tenue luz artificial del cuarto, si el pedazo de madera se había incrustado en su piel.

-Debes pensar las cosas antes de hacerlas, leona. -la reprendió, usando su antiguo sobrenombre.

El peliverde no supo si fue el uso de la palabra o el propio dolor que provocó que Kohaku se alejase de él rápidamente, dentro de lo posible, revisando ella misma su propia mano.

Fuera como fuera, por nada del mundo la chica querría conversar con él, ni para fingir que las cosas estaban bien y lograr que el dueño de casa los sacase de allí.

Era toda y absolutamente culpa de él. Era él quien debía disculparse por su pésima actitud. Pero, de paso, debía explicarle por qué lo había hecho. Debía hacerle saber el dolor que sentía al haber tomado esas decisiones que terminaron alejándolo de ella. Debía, a fin de cuentas, confesarle que la había amado con ridícula intensidad.

Y eso era difícil de asumir cuando estaba allí, frente a él, mirándolo con sospecha. ¿Si quiera habían acabado sus sentimientos? Aunque hubiese tratado de convencerse de eso, Senkuu aún se sentía sumamente incómodo y consciente del calor que emanaba su propio cuerpo al estar tan cerca de Kohaku.

-¿Te enterraste alguna astilla? -el peliverde preguntó, observando las manos de la leona.

-Sí. -Kohaku sacudió su mano herida y la acercó, lentamente, hacia la luz.

Al parecer, el querer deshacerse de ese problema era más urgente que su enemistad con él. Senkuu sonrió levemente antes de acercarse a ella y observar, atentamente, la palma de la mano de Kohaku.

Su piel se sentía igual de suave que como la recordaba, a pesar del pesado trabajo manual que solía hacer. ¿Qué estaría haciendo actualmente? ¿seguiría practicando kendo? Senkuu se preguntó, hallando pronto un pequeño pedazo de madera incrustado al inicio de su dedo pulgar.

-Intentaré sacarla.

Kohaku simplemente asintió, mirando hacia el punto en que se encontraba la pequeña madera. Para el alivio de ambos, tenía una gran parte fuera de la piel, por lo que Senkuu no tardó mucho en tirar de la astilla y quitársela de un solo tirón.

La rubia sonrió, pareciendo aliviada, sin retraer la mano de la del peliverde.

-Gracias. Bastardo.

Senkuu carcajeó un poco, antes de llevarse el dedo meñique a la oreja, de esta manera evitando tocarla más de lo estrictamente necesario.

-Soy mucho peor que eso. -agregó.

-Supongo que sí, pero eso ya no importa. -Kohaku se encogió de hombros.

-Bueno. Te ofrezco mis sinceras disculpas, aunque sean en vano.

-¿Por qué te disculpas? Solo hiciste lo que esperaba de ti. -la leona lo miró agudamente, cruzando sus brazos sobre su pecho, resaltando su busto. -Estabas ebrio y me besaste sin pensarlo. Fue eso y nada más.

Senkuu recordó abruptamente la manera en que Kohaku gimió sobre su boca y se colgó a su cuello, ambos aferrándose el uno al otro. Era simplemente ridículo pensar que no había sido nada más que un simple beso sin sentido.

Aunque era mucho mejor dejar todo así, y seguirle la historia a Kohaku, Senkuu se sintió profundamente molesto. Y no tenía lógica. Sería mucho más fácil para ambos asumir que había sido un desliz y que todo lo que pasó después podría olvidarse sin problemas.

Se sentía molesto porque Kohaku sabía que él no se tomaba las cosas a la ligera. Merecía saber que los últimos seis años habían sido un profundo martirio para él, porque no podía dejar de pensarla, a pesar de que se intentase convencer a sí mismo que había olvidado todo.

Que había olvidado sus ojos brillantes, su tímida sonrisa, la asertividad de su voz y lo sensible que era solo cuando estaba con él. O la desesperada forma en que se devoraron en su triste despedida.

Tan absorto estaba en sus propias divagaciones, que no notó cuando Kohaku se acercó a él y le dio un corto beso en los labios, antes de alejarse nuevamente, pegando su espalda a la puerta.

-¿Ves? No es para tanto. -murmuró la mujer, mirándolo de una manera desafiante.

Guiado por nada más que su instinto, Senkuu dio dos pasos adelante, acorralándola en su lugar.

-Tú y yo sabemos que no fue así. -el científico acotó, con la voz ronca, antes de acortar la distancia entre ambos, en un beso desesperado.

Tal como lo recordó: enredando una mano en el cabello de Kohaku, atrayéndola con la otra por la cintura, y convenciéndola de abrir su boca para poder probar su lengua, dulce y adictiva. Si bien esta vez la leona tardó en ceder, una vez que lo dejó salirse con la suya se colgó de sus hombros y mordió sus labios con fuerza, haciéndolo gruñir sobre su boca.

-La única razón por la que no seguí besándote fue porque Chrome nos interrumpió, ¿lo sabías, no? -Senkuu aprovechó la interrupción inmediatamente.

Kohaku gimió con necesidad antes de volver a sus labios, juntando su lengua con la de él y haciéndolas bailar sensualmente.

-Y la única razón por la que dejé de hablarte fue porque me dolía no tenerte conmigo, leona. -el científico balbuceó sobre la boca de la rubia.

Esta vez, Kohaku dio un pequeño brinco, y abrazó sus fuertes piernas a las caderas de Senkuu. Su cuerpo estaba ardiendo, y el peliverde solo podía pensar en consumirla por completo ahí mismo.

-Discúlpame por ser un maldito egoísta. -Senkuu murmuró, clavando los dedos en los glúteos de la leona, acercándola lo más posible a él.

Seis años después, el científico solo deseaba continuar con la larga interrupción que tuvo su primer beso con Kohaku. Después podrían conversar sobre los asuntos pendientes.

Senkuu gruñó cuando la rubia comenzó a tironear sus cabellos y jugar con el cuello de su camisa, mientras podía sentir el calor de su entrepierna obligándolo a mover sus caderas, intentando aplacar su excitación. Los tenues gemidos de Kohaku lo forzaron a despegarse de ella solo para mirarla, y apreciar lo bien que se veía con los labios semiabiertos, las mejillas sonrojadas y las pupilas completamente dilatadas.

Sin importarle si estaba actuando fuera de sí, o de que alguien pudiese escucharlos, Senkuu guio sus manos rápidamente a la entrepierna de Kohaku, colándole los dedos tras la ropa interior para sentirla completamente húmeda y ardiendo por él. Su gemido ahogado lo hizo gruñir de la pura frustración de no estar en ese mismo instante dentro de ella, llevándolo a separarse de la leona para comenzar a desabrocharse frenéticamente el cinturón.

Senkuu se quejó cuando Kohaku casi rasgó su ropa una vez que la penetró, sobre la fría lavadora y sin ningún juego previo. Jamás había tenido sexo tan arriesgado, loco y apasionado como este, con la única mujer que había amado, y si bien le habría gustado poder llevarla a una cama y tomarse su tiempo con ella, no cambiaría por nada la completa desesperación de ambos por fundirse el uno con el otro, queriendo llegar rápido a la dulce liberación del orgasmo.

Fue la leona quien se corrió primero alrededor de él, con los labios marcando dolorosamente el cuello del científico, y desató al poco su escandalosa eyaculación, que terminó arruinando la ropa de ambos.

Senkuu y Kohaku se mantuvieron respirando agitadamente y en silencio, mirándose entre sorprendidos y aterrados por la posibilidad haber causado un escándalo, sabiendo que probablemente el dueño de casa los escuchaba atentamente esperando a que se reconciliasen "de verdad".

-Al menos no hay cámaras. -Kohaku comentó luego de un tiempo, recolectando y ordenando su ropa y su cabello.

Senkuu sonrió al enterarse que estaba pensando lo mismo que él.

-Podemos seguir hablando en mi departamento. -el científico propuso, arreglándose los pantalones como pudo.

-¿Hablando? -la rubia replicó con una voz burlona.

-Bueno, quizás mañana, al desayuno.

Kohaku simplemente alzó una ceja.

-O después de almuerzo, si prefieres que mi boca esté en otro lado a esas alturas. -Senkuu rio, ganándose un pequeño empujón de parte de la leona.

-¡Puerco!

-Debo hacer mérito. -se explicó. -Cuando me perdones, te contaré lo enamorado que estado de ti todos estos años.

Una amplia sonrisa se formó en los labios de Kohaku.

-Si es que te dejo hablar en algún momento, bastardo.