20 de octubre, 1919; París, Francia.
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A pesar de que era la primera vez que viajaba en ferrocarril en unos cuantos años, y que el trayecto apenas duraría dos días, España se sentía como si llevase recorriendo Europa entera durante varios meses.
Por supuesto, era consciente de que aquello se debía a su convalecencia.
Aún no se había recuperado, y, a pesar de eso, no se había resistido mucho a la petición de su Rey de acompañarlo en aquel viaje. Este mismo se había pasado hacía poco por su cabina y le había dicho que, si deseaba descansar en el hotel mientras él continuaba con su agenda, no tenía ningún problema en que lo hiciese.
—No, no se preocupe. —Había inspirado hondo, intentando conseguir un mayor fondo en sus pulmones. No había tenido éxito—. Tengo asuntos de los que ocuparme.
Alfonso XIII había dirigido un momento sus ojos hacia el cristal, para después devolverlos a él y asentir con la cabeza.
—Lo que quieras, por supuesto.
Y después lo había vuelto a dejar solo.
No había sido hasta que se habían detenido en una estación de París, la de Orsay, si mal no recordaba, que España se había vuelto a reunir con su soberano. Al salir del ferrocarril, su Rey había estrujado de manera afectuosa la mano de su embajador en Francia, y después se había dirigido hacia el ministro de Negocios Extranjeros francés.
España se había quedado en el umbral de la puerta del ferrocarril, teniendo la impresión de que sus piernas cederían en cuanto diese un paso más. Había alzado sus ojos al contemplar cómo una figura borrosa se acercaba a él, aunque, al aclarársele la vista, había podido apreciar que era su embajador.
Le ofrecía su mano.
Él se había bajado del tren y la había mirado durante unos cuantos segundos, curioso, hasta que se había acordado de lo que se suponía que debía hacer. Había extendido su mano, y, tras una serie de dificultades —le había costado bastante averiguar en qué lugar del espacio tenía la suya el embajador—, se la había sacudido. José María Quiñones de León había mostrado tal entusiasmo a la hora de apretar y agitar su mano que España había llegado a pensar que le arrancaría el brazo de cuajo.
Cuando lo había soltado, él había intentado ocultar su suspiro de alivio tras sus dientes y sus comisuras estiradas.
—Dado que las condiciones de mi nombramiento fueron tan… extraordinarias, me alegra ver que el Rey y usted hayan venido hasta París. —Don José María había alzado su ceja—. ¿Sabe quién soy, cierto?
España había parpadeado. De inmediato, había repuesto su sonrisa.
—Por supuesto. El anterior embajador, Fernando León y Castillo, hablaba muy bien de usted.
Aquello había parecido hacer flaquear el gesto del hombre.
—Es una pena que no viviese lo suficiente como para llegar a ver el final de la guerra —había comentado don José María.
España había inspirado hondo y apretado los labios. Un gran hombre cuya ayuda durante la guerra agradecía, aunque en otro entonces la había aborrecido. Sintiendo sus párpados pesados, había llevado su mirada hacia el lugar en el que había localizado antes a su Rey, tan solo para encontrarlo vacío. Él había entrecerrado sus ojos y había devuelto su mirada hacia su embajador.
—El Rey se ha adelantado junto a Stephen Pichon. Seguramente nos estén esperando ante el carruaje, con el fin de dirigirnos hacia el hotel.
—¿Y Francia? —había cuestionado España.
—¿Se refiere a François Bonnefoy, señor? —había preguntado el hombre. España había tenido que murmurar el nombre varias veces antes de poder asentir con la cabeza con seguridad. Que don José María hubiese juntado las manos y las hubiese frotado una contra la otra a la vez que torcía el gesto no le había dado demasiada confianza—. Bueno… Él había tenido la intención de estar aquí, junto a usted. Sin embargo, optó por al final descansar esta mañana para estar lo mejor posible en la cena. Pero me dijo que me disculpase de su parte.
España había tardado un rato en asimilarlo.
—¿C-Cómo? —Entre su sorpresa, y que sentía que se estaba ahogando, era incapaz de construir una frase medianamente coherente.
—Creo que es una buena decisión de parte de Monsieur Bonnefoy. Es obvio que usted también necesita un descanso.
Y aquello tampoco había podido escucharlo.
El embajador había depositado su mano sobre su hombro y le había empujado con cierta suavidad hacia delante. España se había dejado llevar, hasta el punto de que apenas se había dado cuenta de en qué momento se había sentado en el carro frente a su Rey.
Hasta que, por supuesto, este había llamado su atención.
—¿Francia era el asunto del que debías ocuparte? —había cuestionado Alfonso XIII. España había movido ligeramente su cuello para observar sus alrededores. Había tardado unos cuantos segundos en reconocer las calles parisinas, y un poco más en recordar qué estaba haciendo exactamente ahí. Había colado un dedo entre el cuello de su camisa y su piel, con el fin de librarse de aquel horrendo calor—. ¿España?
Él había inspirado hondo —o, por lo menos, todo lo hondo que era capaz—, y se había esforzado para que sus ojos se enfocasen en su monarca. Un intento más o menos exitoso, a decir verdad.
—¿S-Sí? —¿Qué le había preguntado?
Su Rey había sonreído, mostrándole sus dientes.
—Pues no te tienes por qué preocupar. Tienes tu propia habitación en el hotel, así que, ahora cuando llegues, podrás descansar. Te conviene tener un mejor aspecto para esta noche.
España habría mentido si dijese que había entendido las palabras de su Rey, pero se había esforzado por no alzar la ceja o quedarse con una expresión ridícula. Por suerte, el hombre había pasado a mirar al ministro francés que los acompañaba y habían retomado su conversación
No los había escuchado. No había sido capaz de hacerlo.
Apenas podía recordar la recepción del hotel, y, la verdad, dudaba que hubiese llegado hasta su habitación por su propio pie. En su memoria sí que estaba presente un paso tembloroso, casi un baile, por el parqué de la estancia hasta la cama.
Casi había sido un milagro que hubiese caído de lleno en el colchón y no se hubiese dado un tablazo en la cara. O que sus piernas hubiesen quedado fuera.
Se despertó por el frío y por la sensación de estar empapado. Se dio cuenta entonces de que estaba bocabajo, sobre sábanas que habían quedado igual de mojadas que él. Una parte de su ser se tranquilizó por el hecho de que estas fuesen blancas, aunque otra quería saber dónde estaba.
Puso sus manos sobre el colchón e intentó levantarse. Sus brazos cedieron casi de inmediato, y cayó rendido sobre la cama con sus dientes apretados.
Puñetera gripe…
Rodó sobre sí mismo para ponerse bocarriba e inspiró hondo. Disfrutó de la sensación de sus pulmones hinchándose en toda su capacidad, para después exhalar. Percibió cada fallo en la pintura del techo gracias a la nitidez de sus ojos, y volvió a apoyar sus codos sobre el colchón con el fin de impulsarse.
Esta vez el intento fue exitoso, aunque notó una presión en su vientre que le arrebató el aliento.
Envolvió uno de sus brazos alrededor de la zona, y barrió la habitación con sus ojos. Lo primero que vio fue, por supuesto, la cómoda de madera oscura ante él. Sobre su superficie había un espejo ovalado, en el que España pudo ver su aspecto miserable.
Sus ojos estaban rojos, hinchados, y todos los mechones de su flequillo habían perdido su esponjosidad debido al sudor que había quedado impregnado en ellos. De inmediato, sus manos se dirigieron hacia su camisa al ver su cuello deshecho.
Ya no había vendas debajo de ella, y las heridas ocasionadas por las balas ya se habían mezclado con su piel; como el resto había hecho hacía tiempo. Ya no eran más que puntos en los que su piel se retorcía de manera tortuosa, que no destacaban especialmente entre las demás.
Él no se había atrevido a quitárselas; había sido aquella religiosa que lo había atendido en 1918.
Carraspeó y recolocó la tela con cuidado en torno a su cuello.
Toda su ropa también había quedado arruinada; su chaqueta negra había acabado deformada, y las partes de la tela de su pantalón empapado se habían teñido de un tono más oscuro. Mala suerte que hubiese sido justo encima de su vientre bajo y sus muslos.
España suspiró.
Genial.
Sus ojos se alzaron hacia el techo, contemplando la estrafalaria lámpara sobre él. Después, giró su cuello hacia su espalda, y vislumbró los desperfectos que había causado su sudor sobre la cama. A pesar de tener la consciencia de haber dormido, seguía sintiendo el peso de sus extremidades. Le dolían los hombros, y consideraba muy tentador el volver a acostarse sobre el colchón.
Por suerte, un golpe en la puerta de la habitación consiguió sostenerlo en pie.
Dirigió sus ojos entrecerrados hacia la entrada, oculta tras un pequeño pasillo.
—¿Monsieur Carriedo?
Él arrugó la nariz, para después apretar sus labios.
¿Por qué no podía hacer un esfuerzo para decirlo bien? No era tan difícil. Incluso un alemán había conseguido que su nombre completo resultase entendible a pesar del acento. Que España tampoco era tan exigente…
Otro golpe en la puerta, esta vez más insistente.
—¿Monsieur Carriedo? ¿Me podría abrir la puerta? —cuestionó.
España devolvió sus ojos hacia el espejo y tragó saliva. A pesar del dolor, comenzó a sacudir sus hombros para quitarse la chaqueta de encima. No supo cuánto duró su forcejeo, pero, cuando por fin consiguió que la pieza de tela cayese sobre el colchón, su respiración se había vuelto superficial. De nuevo.
Su vista se emborronó, obligándolo a encorvarse sobre sus rodillas. Fue consciente de los siguientes golpes en la puerta, pero pronto sus oídos se vieron invadidos por un pitido demasiado abrumador.
Él clavó sus uñas en sus muslos, sin siquiera ser consciente de ello.
Durante un tiempo indeterminado, su respiración se convirtió en lo único que era capaz de percibir. No existía nada más que la sensación de su pecho levantándose y hundiéndose, no, al menos hasta que sus ojos se aclararon y le permitieron volver a contemplar la sala a sus alrededores.
En cuanto llevó su vista al frente, se percató de que su rostro no quedaba ya paralelo al espejo ante él, sino que estaba delante de los cajones. Parpadeó, giró su cabeza y se percató de que su espalda estaba apoyada sobre los laterales de la cama. Sus piernas, por otro lado, se encontraban extendidas en el suelo.
Debía haberse caído al suelo en algún momento de aquel trance.
Que, dado que podía escuchar unos murmullos atenuado por la puerta, no debía haber durado la eternidad que él sentía.
Esta vez no tuvo demasiado problema para flexionar sus rodillas, apoyar sus manos sobre el suelo, y, con una lentitud que le hacía apretar sus dientes, ponerse en pie. Por supuesto, nada más dejar sus pies como su único apoyo, y al notar el temblor de sus piernas, tuvo que posar una mano sobre la superficie del mueble.
Una vez que se terminaron las superficies, la puso sobre la pared.
Durante sus primeros pasos por el angosto pasillo, él escuchó cómo volvían a golpear la puerta.
—¿Monsieur Carriedo? ¿Todo bien?
España tuvo que carraspear.
—Sí, todo bien. —Su voz salió rasposa, pero, según sus estándares, comprensible.
—¿Puede abrirnos ya entonces?
Cumplió su petición a los pocos segundos de haber sido formulada: colocó la mano en el pomo y giró su muñeca. A continuación, tiró de la puerta y asomó su rostro por la pequeña rendija.
Grande fue su sorpresa al no solo ver al hombre —botones del hotel, podía suponer por su uniforme. Uno que, en otro contexto, podría haber sido de soldado—, que había estado golpeando su puerta con insistencia, sino a un grupo de uniformados ocupando el pasillo y llevando cada uno un jarrón con múltiples flores.
Podía contar por lo menos diez, aunque le era difícil con tanta planta.
España arqueó su ceja.
¿Esa era su manera de disculparse por su ausencia?
—Monsieur. —El botones volvió a requerir su atención, y España la llevó hacia él—. ¿Puede permitirnos pasar para dejar la ofrenda en su interior? Lamento haberle interrumpido en la preparación de su baño, pero… —Los labios del hombre se torcieron en disgusto—, su Rey ha exigido que fuese lo antes posible.
España parpadeó.
—¿Su Majestad?
El botones asintió con la cabeza.
—Sí, Monsieur. Mientras descansaba en su habitación, se ha perdido usted la visita de las delegaciones de combatientes y huérfanos, madres y viudas. Su Rey insistió en que, a pesar de que no estuvo presente durante la ofrenda floral, debía recibirlas. Así que… ¿nos permite pasar?
Él inspiró hondo, y giró ligeramente su cabeza hacia el interior de su habitación. Desde luego, con el tema de su colchón, no estaba para ser vista por nadie. Él tampoco, según recordó, apretando sus labios.
Fijó sus ojos en los del hombre. Desde luego, no se veía dispuesto a aceptar una negativa.
Los dirigió entonces hacia sus alrededores; hacia aquellas flores que traían.
Alfonso se había equivocado. Pero España sabía que no era posible decírselo.
—Sí, por supuesto.
Luchó contra sus propios impulsos y abrió la puerta. Él, junto a la pieza de madera, trazó la mitad de la semicircunferencia y apoyó sus hombros en la pared paralela.
El botones pasó al interior, con sus manos tras su espalda, y caminó hasta el final del primer pasillo. Tenía una leve cojera en la pierna derecha. Entonces, se detuvo y llevó sus ojos directamente hacia la cama. Dada la manera en la que el hombre se giró sobre uno de sus talones y lo miró, además de la tara, España tuvo la sensación de que realmente era un oficial francés.
—¿Quiere que avise al servicio para que le cambien las sábanas?
España tragó saliva, aunque intentó mantener la compostura.
—No hasta que me haya ido.
El hombre asintió con la cabeza.
—Por supuesto. —A continuación, les hizo un gesto a los hombres para que entrasen.
Lo hicieron en una fila, y, uno a uno, fueron dejando los diversos jarrones a lo largo de la habitación. Dado que la superficie de la cajonera, la mesa principal y la pequeña de noche pronto se quedaron cortas, la mayoría de las plantas pronto quedaron en el suelo, constituyendo un campo de hierbas altas y coloridas.
España agradeció que, conforme las iban depositando, fuesen abandonando la habitación. El botones fue el último en hacerlo, no sin antes recorrer aquel campo con sus ojos. Él intentó ignorarlo lo máximo posible, porque lo que estuviese pasando ahí no era asunto suyo, pero sí que percibió algo en los ojos del hombre. Se podía imaginar el qué.
España se sobresaltó al escuchar al botones suspirar, dándose cuenta entonces de que no había conseguido apartar la vista de él.
—El presidente Poincaré debe de estar al caer. No se entretenga mucho en el baño.
Y, a continuación, cruzó el umbral de la puerta, escondiendo en gran medida su torpeza, e hizo que la pieza de madera lo siguiese. La cerró con tal delicadeza que España casi tuvo que abrirla para asegurarse de que el hombre había estado ahí. Que no se lo había imaginado.
Sacudió su cabeza y dirigió sus ojos hacia la puerta del baño, firmemente cerrada.
Con su mano siempre apoyada, ya fuese en la pared o en alguna superficie de madera, caminó en su dirección y la abrió. A pesar de que en el centro había una tina, si lo que había dicho el botones era cierto —y no tenía ningún motivo para no serlo—, no creía que fuese a tener tiempo.
Ni siquiera si abría el grifo en ese mismo instante.
Así que se dirigió hacia el lavabo y apoyó sus manos sobre él, aunque levantó una de ellas nada más llevar sus ojos al espejo y ver su cabello en tal estado. Se pasó entonces los dedos por el flequillo, encontrándolo pringoso.
Abrió el grifo y se mojó los dedos. A continuación, se los volvió a llevar al cabello para intentar quitarse el sudor de encima. Repitió esta sucesión de actos varias veces hasta que se aseguró de que su cabello había quedado relativamente limpio.
Después, extendió su brazo hacia la toalla y la frotó contra su coronilla.
Tras varios minutos, no quedó exactamente seco, pero sí lo suficiente como para que, si utilizaba el peine al lado del lavadero, fuese muy probable que no se viese tan mal una vez que se secase del todo.
Hizo lo mismo con su rostro y con sus manos.
Al terminar, se miró en el espejo. Su camisa había acabado de empaparse por completo, y, a pesar de que no veía su pantalón, podía suponer que había terminado en condiciones similares. Apretó sus labios, y depositó de nuevo sus manos sobre los bordes del lavabo.
La solución no tardó demasiado en acudir a él.
Salió del baño y, después de sortear todas las plantas con relativo éxito, consiguió sentarse en el borde de la cama. Apartó uno de los jarrones de la mesita de noche y lo depositó en el suelo, desvelando entonces el teléfono de candelabro.
Levantó el cuerpo del aparato y descolgó el auricular.
No tardaron demasiado en atenderle, y él fue incluso más rápido a la hora de comunicarles su petición. Por supuesto, la respuesta del personal fue la evidente: lo tendría en menos de cinco minutos en su habitación.
Y sin reloj a la vista él no tenía manera de calcular el tiempo, pero se le antojó que apenas había transcurrido desde que había vuelto a poner el auricular en su sitio hasta que había escuchado unos golpes en la puerta.
Esa vez, levantarse no se le había antojado demasiado problema.
Y, en cuanto había abierto la puerta, un botones —más joven que el anterior—, le había entregado un traje impoluto, bien doblado en un pequeño cubo. España se lo agradeció con la más amplia sonrisa que pudo sacar de sí mismo mientras se hacía con él, y, a continuación, le cerró la puerta.
Casi le resultó doloroso el extender la chaqueta y la camisa, aunque, al momento de llegar al pantalón, el sentimiento fue reemplazado por la molestia de tener que alisarlos.
El traje que el propio hotel había escogido para él era de color negro; mucho más formal que el marrón oscuro que España había llevado durante el viaje. Se permitió regresar un momento al baño y comprobar el estado de su cabello.
Hizo una mueca al observar que los rizos ya se habían salido de su control.
Quizá hubiese sido más fácil si se lo hubiese cortado de nuevo, cuando había tenido la oportunidad, pero hacía año y medio desde la última vez. No había creído necesitar un retoque después de tan poco tiempo. Su cabello nunca había crecido tan rápido.
Se mantuvo llevando sus mechones de un lado a otro hasta la próxima vez que tocaron la puerta.
Entonces, España suspiró y dejó el cepillo sobre el lavabo.
Durante su camino a la puerta, se acomodó las solapas de su chaqueta y se planteó la opción de pedir un bastón o algo que lo mantuviese más o menos estable.
Pero terminó por salir de la habitación sin nada, encontrándose a su embajador en el exterior. Este le hizo una ligera reverencia y esbozó una pequeña sonrisa.
—Le veo mejor. O, al menos, ya no tiene la cara grisácea.
España simplemente apretó sus labios y alzó sus comisuras. El hombre de inmediato captó a qué venía el gesto, y se apartó. Él pudo entonces cruzar el umbral de la puerta y dirigirse junto a su embajador hacia las escaleras.
Cada escalón hacía que su corazón latiese un poco más rápido.
Sabía lo que se encontraría en el vestíbulo del hotel; había estado mentalizado para hacerlo desde que se había bajado de un tren. Era incluso extraño que se estuviese poniendo así.
¿Cuánto había pasado desde la última vez que lo había visto? ¿Cinco años? ¿Qué significaba eso para ellos? Nada. Y, aun así, lo sentía como si hubiese pasado una verdadera eternidad. España podía decir que había visto a Francia en todos los estados posibles, sobre todo después de ganar una guerra, y, aun así, no podía imaginarse cómo lo hallaría en esos momentos.
El embajador le había estado hablando durante toda la bajada, aunque España no había sido capaz de escucharlo: sus latidos sonaban con más fuerza en sus oídos.
Al principio, cuando por fin habían llegado al vestíbulo, España no había sido capaz de reconocerlo. Su atención se había visto atraída de inmediato por Raymond Poincaré, que conversaba con su Rey de una manera que definiría como protocolaria. De hecho, había tenido que ir don José María —¿en qué momento se había retirado de su lado?—, para presentarlos y que se animase un poco el ambiente.
—Esperaba un poco más de color en tu traje. Estoy un poco cansado de ver el mundo tan… tenue.
España intentó ocultar su sobresalto y preparar su rostro antes de girarse sobre sus talones hacia él, aunque su percepción fue que no lo había conseguido. Ante él estaba Francia, con sus finos labios formando una sonrisa. No la creía sincera, sin embargo.
Su traje, aunque parecía negro, bajo la luz del vestíbulo dejaba ver esas trazas azul oscuro. Su cabello se había acortado desde la última vez, quedando los dos mechones ligeramente ondulados que bordeaban su rostro a la altura de su mentón.
El resto se encontraba retenido en una mínima cola de caballo, que él no era capaz de ver por estarlo enfrentando.
Había sido a principios de siglo que Francia había decidido dejarse crecer el bigote, y este parecía haber sobrevivido a la guerra. Estaba recortado de manera triangular, con su longitud limitada a la sombra de su nariz. La piel de su rostro se había vuelto pálida, delgada, enfermiza, y España juraría que lo que brillaba en su frente eran gotas de sudor.
Y no creía que fuesen porque estuviese nervioso.
España se quedó pensando en qué podía responderle. En un principio, se le había pasado por la cabeza hacer un chascarrillo sobre que, precisamente, el color de sus uniformes no era demasiado tenue.
Sin embargo, las palabras habían quedado retenidas en su garganta.
Múltiples imágenes asaltaron su mente con el fin de retirar aquella propuesta.
—No he elegido la ropa que llevo puesta, Francia. Ha sido el hotel.
Francia chasqueó su lengua.
—Desde luego, uno esperaría más de un hotel que se está encargando de acoger a personas tan ilustres. —Frunció sus labios con disgusto, aunque pronto la sonrisa volvió a ellos y sus manos se juntaron—. Bueno, España. Lamento no haber ido a la estación a recibirte, aunque estoy seguro de que tu embajador ya te lo ha explicado.
España inspiró hondo y asintió con la cabeza.
—Sí.
Francia se restregó los ojos con uno de sus dedos.
—Una guerra devastadora y una gripe igual o peor no son buenos ingredientes. —Soltó un suspiro—. Cuanto antes termine esta debacle, mejor estaré. —Se llevó la mano a uno de los bolsillos de su chaqueta, del que sacó un pañuelo. Se pasó el trozo de tela por la frente, y miró a España—. Bueno, estaremos.
España torció el gesto, aunque intentó enmascararlo con una sonrisa.
—En efecto.
Sus ojos azules quedaron fijos en él, aprovechando para alzar una de sus cejas. Y, después de unos cuantos segundos de silencio, terminó por señalar con su dedo la puerta de la recepción.
—Quizá deberíamos salir. El vehículo nos está esperando en el exterior.
España parpadeó, y llevó sus ojos hacia el lugar que previamente habían ocupado su Rey y el Jefe de Estado francés para encontrarlo vacío. Devolvió sus ojos hacia Francia, que se encogió de hombros y le indicó con un gesto de la mano que fuese delante.
Él lo hizo. Por suerte, sus piernas se comportaron durante el corto camino al vehículo: conocía bastante bien a Francia como para saber que sus ojos estaban entrecerrados, fijos en su espalda, buscando cada resquicio de debilidad.
Y España no estaba dispuesto a darle el placer, aunque no pudo evitar soltar un suspiro de alivio al acomodarse sobre la tapicería y liberar sus piernas de su carga.
Francia, que se había quedado en la puerta, se apresuró a subirse en el coche y sentarse a su lado, con aquella sonrisa de cortesía. España ya tenía planeado tener su atención fija en otra parte, siendo conocedor de la incomodidad que les otorgaría el silencio de Francia, pero un carraspeo hizo que devolviese su atención hacia su homólogo.
Ahora, sus labios estaban fruncidos, y sus dedos se habían situado sobre su barbilla.
—Tengo una pregunta, España… A pesar de que no estuviste ahí para recibir a las delegaciones, ¿planeas seguir el itinerario de tu Rey?
Él alzó su ceja en respuesta. ¿Iba a seguir él el de su Presidente de la República? Por supuesto, Francia no se contentó con el gesto, porque era imposible que no lo hubiese entendido, y mantuvo sus ojos fijos sobre él.
España suspiró.
¿Por qué tenía que ser siempre él?
—Esa es mi intención.
—¿Sabes cuál es, cierto? —Si no hubiese conocido al hombre desde hace milenios, probablemente no hubiese sido capaz de percibir el movimiento frenético de sus pupilas, o ese milisegundo en el que su voz se había quebrado.
España asintió con la cabeza.
—Después de leer miles de testimonios, prácticamente tengo la obligación de ir.
—Bien —murmuró. Poco sabía España que aquella sería la última palabra que saldría de sus labios, o al menos dirigida a él, porque, después de llegar por fin al salón donde se celebraría la cena y haber tomado asiento uno al lado del otro, Francia encontró más oportuno poner toda su atención en la dama que quedaba a su izquierda.
Que, por cierto, se había sentado ahí para acompañar a su marido.
España había intentado mantener una conversación con algún alto cargo francés, que parecía querer saber más sobre las labores de la Oficina a la vez que se rehusaba a darle demasiada importancia, pero, dado que parecía dispuesto a mirarlo por encima del hombro, terminó por suspirar y dejar limpio el plato en silencio.
Al fin y al cabo, era imposible no notar las diversas miradas que se fijaban en él.
Incluidas la de algunos cuya presencia otros asistentes no podían ni imaginarse.
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23 de octubre, 1919; Verdún, Francia.
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Aquel viaje en ferrocarril había sido lo que España había considerado la oportunidad para hablar largo y tendido con Francia. Estarían en una cabina, separados de su Rey, y tendrían el suficiente tiempo para hacerlo.
Durante los últimos días, España había ido apuntando en una libreta los posibles temas de conversación que se le habían ido ocurriendo mientras Francia lo llevaba, repetidas veces, por toda la ciudad de París. Prácticamente todos y cada uno de ellos habían sido descartados por diferentes motivos, a pesar de que sabía que Francia intentaría que hablase de la mayoría, pero aún le quedaban clásicos a los que el francés no podría resistirse.
Por supuesto, durante la elaboración de dicha estrategia, se olvidó de que todos sus planes se terminaban yendo eventualmente a la basura.
Y aquella no fue la excepción, según supo nada más encontrarse a Escocia al lado de Francia, con sus brazos cruzados y su ceño fruncido. Lo había detectado desde lejos; ese cabello rizado de un castaño rojizo era prácticamente inconfundible, y, aun así, había esperado que una mayor cercanía le demostrase que estaba equivocado. Pero esos severos ojos verdes, las pecas sobre su rostro y su gesto torcido de una manera casi perpetua habían terminado por demostrarle que no era así.
Había apretado sus labios, intentando que su sonrisa no flaquease.
Francia, por su lado, lo había recibido con un gesto de cordialidad, pasando a un apretón de manos casi de inmediato.
—Casi pensé que tu tardanza significaba que no ibas a venir.
España se había visto obligado a mantener sus comisuras alzadas, para lo que había necesitado inspirar hondo y tranquilizarse, y le había explicado que realmente habían llegado puntuales. Se había apoyado en el reloj de la estación para hacerlo, y Francia, con una fingida sonrisa, le había tenido que dar la razón.
A continuación, le había presentado a Escocia, que le había mascullado un «Buenos días» por algo que Francia debía de haberle dicho antes de llegar, aunque no había habido ninguna clase de gesto en respuesta.
Solo… silencio. Y su mirada, aquellos ojos entrecerrados, fija en él.
Por suerte, la incomodidad del ambiente había sido interrumpida por la estrepitosa llegada del ferrocarril a la estación. España había buscado, por pura desesperación, la ayuda de su Rey, pero este ya había desaparecido para aquel entonces.
Se había visto obligado a devolver sus ojos hacia Escocia y Francia. Este último lo miraba con la ceja alzada y sus labios fruncidos.
—¿Todo bien? —había cuestionado.
España había inspirado hondo antes de asentir con la cabeza.
Francia había mantenido sus ojos sobre él durante más tiempo del que había esperado, y había necesitado que Escocia le pusiese una mano en el hombro para que por fin reaccionase. Después de que Francia suspirase, Escocia le había ofrecido su brazo y este se había colgado de él sin demasiadas objeciones.
España había observado su paso hasta el interior del vagón, notando la lentitud con la que Francia avanzaba y la manera en la que sus manos generaban más arrugas en las ropas de Escocia con cada paso. Lo había hecho con tanta atención que, después de que estos doblasen la esquina y desapareciesen de su vista, había recordado que él también tenía que subirse.
Aunque una parte de él desease que el tren lo hubiese dejado.
Sin embargo, el ferrocarril había esperado a que él subiese las escaleras para que la campana sonase, y España no había tenido otro remedio que seguir el rastro de Francia y Escocia.
Estos se habían instalado en una de las cabinas más cercanas a la puerta, y, para su suerte, se habían sentado en un mismo lado, dejando el banco de enfrente vacío.
Que Francia y Escocia se quedasen callados durante todo el trayecto había sido algo que España no sabía si agradecerles o no. Aunque, si eso significaba lanzarle aquellas miradas como si fuese un ejemplar exótico, entonces ya tenía una respuesta.
España se había arrepentido de no haberse traído un libro.
Y de haber confiado demasiado en su planificación.
Para más inri, los campos que se mostraban a través del cristal no habían hecho más que recordarle por qué estaba ahí, y habían hecho que su corazón comenzase a latir con una mayor fuerza. Así que ahí estaba. Todo lo que había leído durante los cuatro años anteriores.
Y solo se había hecho peor conforme se habían ido acercando al foco del horror.
A la luz del sol, le había sido más fácil reconocer el terreno arcilloso que estaban recorriendo: un paisaje lleno de surcos, hoyos y montones de tierra cuyo desorden delataba que no podía ser obra de la naturaleza, sin ninguna clase de árbol.
Le había parecido ver que un casco de hierro sobresalía de uno de los montones.
Él había sentido cómo su boca se quedaba seca, y había decidido que lo mejor era devolver sus ojos hacia sus acompañantes. Se había dado cuenta de su error casi de inmediato, cuando se había percatado de la mano que tenía Escocia sobre la rodilla de Francia, y cómo este último se encontraba encorvado y con sus párpados presionados con fuerza.
En cuanto se había percatado de dónde estaban sus ojos, Escocia había vuelto a fulminarle con la mirada, y España, aunque algo tentado a mantener la batalla, había girado su cabeza de nuevo hacia el campo.
El estado de aquella zona había sido peor que el de la anterior, si acaso aquello era posible.
«Esas podrían haber sido tus tierras», había murmurado una vocecilla en su interior.
Sí, podrían haberlo sido. Pero la guerra ya había terminado, y ya no había opción de ser arrojado a ella. Le había dirigido un vistazo a Francia, que seguía con su rostro oculto tras sus mechones rubios. Además, ¿qué hacía pensando esa clase de cosas cuando él estaba así?
Desde ese punto, el ferrocarril tardaría muy poco tiempo en detenerse en la estación de Verdún, y, nada más hacerlo, España se apresuró a murmurar una disculpa y salir pitando de la cabina en búsqueda de su Rey, al que descubrió justo bajándose del vagón.
Él intentó alcanzarle, pero, ya en el andén, su monarca se encontraba hablando animoso con un hombre con un gran bigote invadido por las canas. España no tardó demasiado en reconocerlo; ya se le había dicho que el «vencedor de Verdún», Philippe Pétain, los recibiría y les serviría de guía en esa «visita».
España intercambió un breve saludo con ambos, aunque de inmediato se sintió ignorado cuando se enfrascaron en una conversación. Un apretón en el brazo le hizo saltar y dirigir sus ojos al culpable; Francia, que, según pudo comprobar con un rápido vistazo, había dejado a Escocia atrás.
—Lamento que ese viaje en tren haya sido tan incómodo, España —murmuró, y, aunque estaba intentando fruncir sus labios y recuperar su postura despreocupada, las perlas de sudor sobre su frente delataban lo que ocurría—, pero él… él se ofreció a acompañarme hasta aquí. —Comenzó a frotarse las manos—. Si estuviésemos en tiempos mejores, probablemente la hubiese llamado para que viniese, y estoy seguro de que lo hubiese hecho, pero…
España sintió cómo se le formaba un nudo en la garganta, y no pudo evitar meter un dedo entre su piel y el cuello de la camisa. Sí, sí, era consciente de su situación. Habían llegado a sus oídos más detalles de los que hubiese deseado, sobre todo por parte de Tomás, que había pensado que, dada su aparente amistad con ella, le gustaría saber cómo iban las cosas en la isla.
Ya era lo suficientemente difícil mantenerse lejos de las noticias como para que encima él se las pusiese en la cara.
—Es imposible.
Francia lo miró y asintió con la cabeza, para después meterse las manos en los bolsillos de su abrigo.
—A Escocia no le gusta hablar de ese tema, y yo no he intentado sacarle información, pero, por lo que parece…
España chasqueó su lengua.
—Francia, tú y yo ya sabemos lo que está pasando allí. Es lo que siempre ha ocurrido, una y otra vez. —Apretó sus dientes, con el fin de disipar el ardor en su pecho. Algo imposible—. Solo esperemos que esta vez lo consiga para evitar las consecuencias.
—No hables de esa manera delante de Escocia, por favor —masculló Francia.
España suspiró, e intentó tragar para deshacer el nudo. Sin embargo, era demasiado grande y espeso.
—Yo n-no he venido hasta a-aquí p-para e-eso. —Carraspeó y se aflojó el nudo de su corbata—. T-Tú e-eres quien ha sacado el tema. Ahora, ¿vamos a seguir a mi Rey y a tu mariscal o nos vamos a quedar aquí hablando de esto?
Las facciones de Francia se suavizaron.
—¿Has intentado contactar con ella? —musitó, con sus cejas enarcadas de manera que no hicieron más que aumentar el ritmo en el que latía su corazón. ¿Cómo, si no se sabía ni siquiera dónde estaba? ¿Cómo, si las únicas líneas con las que podía contactar con ella habían quedado cortadas? ¿Cómo, si no tenía manera de acceder a su país para buscarla?
España percibió que, con cada pensamiento, le resultaba más difícil respirar.
—Sí, ¿vale? Y ahora déjame en paz, por favor. —Soltó un resoplido, con sus uñas clavándose en sus propias palmas en un intento de mantener el control. Llevaba tres días sin sufrir una recaída de gripe; tres días sin ser abrumado por aquella sensación de agobio—. No estoy aquí para eso —gruñó.
Francia torció el gesto, aunque no hizo más que girarse hacia Escocia y sacudir su mano para que se aproximase.
—Pues vale —escupió, al devolver sus ojos hacia él—. Venga, ve y haz lo que sea que hayas venido a hacer. ¿Quién te lo está impidiendo?
España inspiró hondo y se restregó los párpados con sus dedos. Había una palabra que podría responderle, pero le era imposible reunir la vehemencia necesaria.
Podía ver cómo cada fibra de Francia temblaba, y cómo en sus ojos se iba formando una delgada película cristalina que brillaba bajo la tenue luz que llegaba a la estación.
—He venido aquí para contemplar el escenario de la batalla más sangrienta de toda la guerra, Francia. La que más cartas nos hizo llegar desde tu país para encontrar a sus familiares desaparecidos. —Y, en la misma proporción, también había producido una gran cantidad de casos perdidos; cadáveres que nunca habían podido ser encontrados—. Y para acompañarte en algo que sé que es tan difícil para ti.
—Tú todavía no has vuelto a Marruecos, ¿no?
España era consciente de que aquello era el ataque de un animal herido, pero ese conocimiento no hizo que la punzada doliese menos. No, no había vuelto. Pero era consciente de que tendría que hacerlo muy pronto; los mapas de la zona y la planificación de las siguientes ofensivas habían vuelto a él en cuanto la Guerra Europea había terminado.
Y, aunque él no desease bajo ningún concepto hacerlo, aquello no importaba.
—Francia… —No. Dirigió sus ojos hacia sus alrededores, encontrando, de nuevo, que su Rey se había escapado—. ¿No deberíamos ir junto a ellos?
Francia, después de restregarse un paño por los ojos y sorberse la nariz, negó con la cabeza. El pañuelo fue escondido en el bolsillo, reemplazado por un par de guantes de un color blanco que se encargó de colocar en sus manos.
—Siempre vamos a tener un vehículo para nosotros, España. —Casi pareció esbozar una sonrisa y bufar ante su ocurrencia—. Seguramente Escocia ya haya llegado. Vamos.
España se limitó a meterse las manos en los bolsillos de su abrigo y asentir con la cabeza, para después proceder a seguirlo en silencio.
Francia le mandó miradas fugaces durante su camino, devolviendo su rostro hacia el frente de manera tan veloz que España casi se llegó a plantear que se lo estaba imaginando. Casi. Cuando por fin llegaron al carro, con Escocia bien acomodado sobre la tapicería, brazos cruzados y mirada fulminante dirigida hacia él, Francia carraspeó.
—La verdad es que… a Australia le causaste una impresión bastante… buena —señaló él, una vez que España se hubo dejado caer sobre el sillón frente a ellos. Escocia le dirigió una ceja alzada a Francia y soltó un resoplido, para después cruzar sus piernas y llevar sus ojos hacia el suelo—. Me habló bastante bien de ti cuando le pregunté por su estancia en tu país, y me sorprendió la iniciativa que tomó tras volver. Casi parecía alguien nuevo. Sobre todo después de la llegada de Estados Unidos.
España suspiró.
Sus labios se despegaron, deseando hacer demasiadas preguntas sobre su estado, pero consideró aquella sonrisa de Francia, la primera verdadera desde la estación de París, respuesta suficiente. Alzó sus comisuras, aunque en su mente se había quedado el eco de sus últimas palabras.
«… después de la llegada de Estados Unidos.»
Su entrada en la guerra que había ocasionado que a su buzón llegase una carta de Polonia, desde la misma Varsovia, en la que le había explicado que, al ya no ser Estados Unidos un país seguro, había decidido volver con su gente. El Frente Oriental desaparecería antes de terminar el año, otorgándole una parte de la comodidad que había estado buscando desde el principio del conflicto.
El que el vehículo se detuviese frente al cementerio le evitó tener que ceder ante la mirada inquisitiva de Francia, cosa que, a decir verdad, no le apetecía en lo más mínimo.
Un hombre vestido de uniforme se encargó de abrirles la puerta del coche, y Escocia fue el primero en levantarse y pegar un pequeño brinco para bajarse del vehículo. Después fue Francia, que apartó con cierta gentileza la mano que le ofrecía Escocia y, aunque se resbaló con el bordillo, consiguió estabilizarse ayudado por el cuerpo del vehículo y bajó las escaleras como si no le hubiese pasado nada. España esperó hasta entonces para ponerse en pie y seguir sus pasos.
Aunque la manera en la que aterrizó sobre la tierra fue mucho más torpe.
Por suerte, Francia y Escocia tenían las miradas fijas en otro punto.
El cementerio de Faubourg Pavé estaba situado a los exteriores de Verdún, y consistía en varias hileras de cruces de madera, cada una con una condecoración pegada a su superficie, en un claro rodeado por árboles delgados y altos. España caminó en silencio unos pasos detrás de la comitiva, reparando en cada uno de los nombres grabados en las cruces.
Reconoció bastantes cuyos casos habían llegado a él mediante cartas. De algunos había descubierto su destino de inmediato, de otros había necesitado esperar al final de la guerra, a que las cosas se hubiesen calmado y les permitiesen acceder a rincones antes bloqueados por las batallas, y de una pequeña parte había tenido que esperar a llegar a aquel cementerio, observando sus nombres en una tumba.
A pesar de que su crucifijo estaba guardado en una caja enterrada bajo tierra, incluso si había intentado reprimir esos impulsos, no pudo evitar dirigir una pequeña oración por sus almas. Por todos aquellos años que les habían faltado por vivir.
Incluso cuando Alfonso XIII se encontraba depositando una corona de flores en el monumento a los caídos, España no podía apartar sus ojos de las tumbas. Y mucho menos cuando encontró ese nombre.
Arnold Gauthier.
Había un muchacho agachado frente a la cruz, con un ramo de flores en sus manos, y que la miraba fijamente, inmune al barullo que la comitiva ocasionaba. Su cabello rubio oscurecido se encontraba prácticamente oculto bajo su gorra de oficial, hombros delgados y encorvados, y una palidez que le permitía observar sus venas en la zona de sus mejillas y de sus manos. Junto a él había una mujer con un vestido sencillo cuyos bordes se encontraban roídos.
No pudo evitar reparar en las arrugas de su rostro y en la manera en la que sostenía la cruz entre sus manos.
Su pelo era del mismo tono que el del muchacho, y se encontraba retenido en una trenza medio deshilachada.
—Él fue un héroe, don Antonio. Un hombre que cuidó de tantos otros a costa de su propia vida. No podía permitir que su legado quedase manchado por la mala suerte de que su hermano le hubiese salido un cobarde.
España apartó sus ojos de la mujer para fijarlos en las pupilas castañas de Christophe, que se había visto obligado a poner sus manos sobre el suelo para levantarse. Apenas había crecido desde la última vez que lo había visto, pero sí que se había vuelto más delgado. Otra cosa era el tono de su voz, y, por supuesto, sus ojos.
Era muy probable que nunca se le fuese a olvidar lo que había visto con estos.
Él inspiró hondo y apretó sus labios.
—¿Usted fue el que mantuvo a mi hijo a salvo? —cuestionó la mujer, con una voz frágil y con sus ojos mirándolo con una tristeza inconmensurable—. ¿El que también se aseguró de que el Rey de España atendiese la petición de Arnold?
¿La que no había servido de nada? España asintió con la cabeza.
—Así es.
La mujer se tapó la boca con las manos y sus ojos se volvieron llorosos. Christophe le puso una mano en el hombro, pero ella negó con la cabeza mientras se limpiaba una lágrima con uno de sus dedos.
—No te preocupes, hijo. —A continuación, devolvió su mirada hacia él—. S-Si no l-le importa demasiado, ¿m-m-me p-p-permitiría…? —Esbozó una ligera sonrisa y extendió sus brazos hacia España, y, aunque él no tenía ninguna pista de cuáles eran sus intenciones, terminó por asentir con la cabeza.
Se sobresaltó al sentir cómo los brazos de la mujer lo rodeaban y ejercían una presión a cada segundo mayor en torno a su torso. Él se quedó rígido, incapaz de protestar ante la intromisión o ingeniárselas para quitársela de encima. La madre de Christophe dio rienda suelta a su llanto, hasta el punto de que España terminó por corresponder al abrazo con el objetivo de darle alguna clase de consuelo.
Aunque se sintiese incómodo.
Aunque el ardor en su pecho se intensificase.
¿Cuándo había sido la última vez?
Se le formó un nudo en la garganta. Sí, cierto.
Hubo un momento en el que la mujer alzó sus ojos hacia él, y España, por puro impulso, levantó sus comisuras. A pesar de la verdadera naturaleza del gesto, la sonrisa que le devolvió la mujer fue sincera antes de separarse, sorberse la nariz y limpiarse las lágrimas con una de sus manos.
Porque la otra se había apropiado de uno de sus brazos, que apretaba con fuerza.
—Le agradezco todo lo que ha hecho por mi familia. Es usted un hombre de infinita misericordia.
España intercambió una breve mirada con Christophe, quien negó con la cabeza. Después, llevó sus ojos hacia algo detrás de él, lo que hizo que España frunciese el ceño y dirigiese su rostro en aquella dirección. Francia tenía sus brazos cruzados, y lo miraba con el gesto torcido.
Su Rey, el mariscal Pétain y los hombres que los acompañaban, incluido Escocia, habían desaparecido. Lo único que quedaba como señal de que habían estado ahí era aquella pequeña corona de flores.
Él inspiró hondo y devolvió su atención hacia la madre y el hijo.
—Lo lamento, pero…
La madre de Christophe apretó un poco más su brazo antes de soltarlo y asentir con la cabeza.
—No le interrumpiremos más.
Christophe asintió con la cabeza.
—Sí, aunque… —Se mordió el labio inferior—. ¿Cuánto tiempo más pretende quedarse por aquí?
España suspiró, y le dio la información que deseaba, la dirección del hotel y el dinero para que pudiese desplazarse hasta allí. Christophe intentó rechazarlo, pero España le cerró el puño y se giró hacia Francia antes de que pudiese tener éxito.
Cuando llegó hasta él, el francés consideró oportuno retomar el camino.
—Debe ser muy satisfactorio haber podido ayudar a tanta gente en la guerra —añadió él, una vez que hubieron salido del cementerio. España observó cómo se mordisqueaba el labio inferior y sus ojos quedaban fijos en el suelo.
Apartó su mirada de él y tragó saliva, aunque de inmediato carraspeó.
—Su hijo mayor, al que debíamos encontrar, lo hallamos en vuestros registros de fallecimiento. Para lo único para lo que sirvió mi embajador fue para ratificar que, en efecto, el cadáver, a pesar de su rostro desfigurado, era el suyo. —Se llevó una mano a las solapas de su camisa con el fin de alisárselas, a la vez que luchaba contra el nudo que amenazaba con formarse en su garganta—. Y su hijo menor, al que debía proteger y evitar que sufriese cualquier daño en mi país, terminó aun así alistado y… y tuvo que vivir prácticamente dos años de guerra.
Sus ojos se encontraron con los de Francia, y sus labios y ceño fruncidos le dijeron que no hacía falta dar el alegato final.
Un manto de silencio cayó sobre ambos mientras se dirigían hacia el fuerte de Douaumont, aunque no podía decir que no fuese consciente de las miradas ocasionales que le mandaba Francia.
¿No se podía meter de una maldita vez en sus propios asuntos y dejarlo en paz?
