Dean comprobó por enésima vez que no hubieran olvidado guardar nada en la mochila y luego se la colgó de uno de sus hombros mientras cerraba el maletero. Una casa vieja a medio derruir se veía al fondo de la calle. Su aspecto la hacía contrastar con el resto de casas que, pese a haber sido construidas hace años, eran bastante modernas.

Le puso el seguro al coche y se echó las llaves al bolsillo. Después, se giró para mirar a su madre, que esperaba a que terminara mirando con curiosidad las casas.

"Mamá, de verdad que si quieres volver al motel con Sam lo entenderé perfectamente. No quiero que te sientas obligada a venir si no quieres. Puedo llevarte de vuelta." Comenzó a decir, tratando de buscar las palabras adecuadas. Tras una breve pausa, continuó. "Sabemos que tú querías dejar esto. No tienes que volver solo por nosotros."

"Dean, detente." Pidió ella con voz suave girándose para encararle. "Ya hablé de esto con Sam. No me siento obligada, quiero hacerlo."

"Pero si en algún momento quieres dejarlo, lo entenderemos perfectamente." Trató de insistir el hombre.

Con un gesto de mano, la mujer volvió a cortar sus palabras. "Sé que estáis preocupados por mí, pero voy a estar bien, de verdad. Quiero estar con mis hijos y, si eso significa volver a la caza, me adaptaré a ello."

El rubio asintió, no quería insistir demasiado para no molestar a su madre. Colocándose mejor la bolsa, echó a andar hacia la casa. Iban a echar un vistazo mientras Sam investigaba más a fondo sobre aquel misterioso lugar. Necesitaban toda la información que pudieran reunir para saber a qué se enfrentaban.

Cuando habían visto la noticia sobre la muerte de los adolescentes, les había parecido una caza sencilla. Lo primero que pensaron fue en un espíritu vengativo atrapado en la casa, el típico caso de salar y quemar. Sin embargo, cuanto más rascaban, más parecía complicarse la cosa.

"Tienes la sal a mano, ¿verdad?" Preguntó Mary notablemente nerviosa cuando estuvieron frente a la casa. Vista de cerca parecía mucho más grande y más imponente.

Dean asintió observando la casa. "Las escopetas están cargadas con cartuchos de sal y llevo un paquete entero por si acaso."

"De acuerdo." Respondió la rubia casi en un suspiro. "¿Entramos?"

"Sí, pero con cuidado. La madera está bastante deteriorada." Apuntó el cazador antes de comenzar a subir las escaleras del porche.

Tal y como había dicho, el estado de aquel material era pésimo. Las partes que no estaban podridas, habían sufrido el despiadado ataque de las termitas. Los tablones crujían bajo sus pies con cada paso que daba y tenía la sensación de que en cualquier momento se vencerían bajo su peso.

La puerta había sido arrancada y todo lo que quedaba de ella eran las visagras rotas y oxidadas. En su lugar, había dos trozos de cinta policial formando una cruz que pretendía evitar la entrada de la gente.

Madre e hijo pasaron por debajo de la cinta, entrando en la casa.

El interior no estaba mucho mejor. Las paredes habían sido cubiertas con diversas pintadas, la mayoría de ellas consistía en insultos o en garabatos de partes íntimas de la anatomía humana. También había algunas relacionadas con política. Los muebles, o lo que quedaba de ellos, estaban completamente destrozados y tirados por el lugar. Por supuesto, también había basura. Las latas, botellas y demás envases cubrían el suelo, acumulándose sobre todo cerca de las esquinas.

"No parece muy encantada." Comentó Mary viendo la suciedad y el deterioro causados por el paso de la gente.

"La verdad es que no." Concordó Dean. "Tal vez deberíamos ir a comisaría y echarle un vistazo a los cadáveres y los archivos que puedan tener sobre la casa."

La mujer asintió y comenzó a caminar hacia la puerta. Salieron igual que habían entrado, aunque el rubio iba algo pensativo.

Debía admitir que se sentía algo decepcionado con la posibilidad de que no fuera un ser sobrenatural lo que hubiera provocado la muerte de esos dos adolescentes. Ir de caza no le venía nada mal para poder concentrarse en otras cosas que no fueran Castiel.

Por su parte, el ángel investigaba su propio caso en colaboración con el rey del infierno.

Crowley había recibido noticias de sus informadores sobre el posible paradero de Lucifer y ambos habían decidido movilizarse hacia el último lugar donde se tenía pista de él.

Desde su posición en la sala de estar, el pelinegro tenía una perfecta visión de los tres cadáveres que su hermano mayor había dejado a su paso. Todos con claros signos de haber sido intentos fallidos de recipientes.

"Lo ha vuelto a intentar." Comentó Crowley a su espalda. Pese a que trataba de mantener un aspecto tranquilo, podía notar el nerviosismo detrás de sus palabras.

No le juzgaba. Sabía de primera mano las cosas por las que el arcángel le había hecho pasar. Era normal que le tuviera miedo. A fin de cuentas, era lo suficiente poderoso como para acabar con la vida de ambos sin parpadear si quiera.

"Sí." Concordó el ángel. Frunciendo el ceño, se agachó para coger una foto con el cristal roto del suelo. Un resoplido escapó de sus labios al ver la imagen. "Solo que esta vez lo ha conseguido."

"¿Cómo lo sabes?" Preguntó el demonio acercándose con cautela para poder ver la foto por encima de su hombro.

"Tenían dos hjos. Un niño pequeño y una chica adolescente." Dijo levantándose con la foto en la mano. "Falta la chica."

Señalando a la joven, Castiel le enseñó la foto al rey del infierno.

Crowley hizo una mueca. "¿Una chica de pelo castaño y ojos marrones? Va a ser como buscar una aguja en un pajar." Tras decir aquello, echó a andar hacia la salida con las manos en los bolsillos. "Vamonos antes de que venga alguien. Te será difícil escapar de la policía con las alas rotas."

El pelinegro le echó un último vistazo a la foto antes de volverla a dejar donde la había encontrado y seguir al demonio. El sentimiento de culpa que tenía instalado en el pecho solo aumentaba cada vez más.

Salieron de la casa para dirigirse hacia el coche del ángel. Una vez estuvieron los dos dentro,el ángel arrancó y empezó a conducir.

"¿A dónde vamos?" Preguntó con curiosidad el demonio mirándole.

"Yo vuelvo al búnker, tú puedes irte a dónde sea que te vayas nromalmente." Respondió el ser celestial concentrado en la calle.

Crowley le miró boquiabierto. "¿De verdad pretendes que me vuelva solo al infierno con Lucifer suelto por ahí estrenando su nuevo recipiente?"

Castiel le miró por a penas un segundo antes de volver a mirar la calle. "¿Y qué quieres? ¿Qué sea tu maldito guardaespaldas? ¿No tienes ya de eso en el infierno?"

El demonio resopló rodando los ojos. "Esos desgraciados están esperando la menor distracción para arrebatarme la corona, lo sé. Las cosas ya no son lo que eran desde lo de Abaddon."

Un espeso silencio llenó el ambiente. El ángel no estaba con ánimos para hablar, así que casi lo agradeció. Su mente se había quedado en la casa. Las probabilidades de encontrar a la chica viva eran muy pocas, sobre todo teniendo en cuenta lo fuerte que necesitaba ser un recipiente para poder soportar a Lucifer.

La peculiar melodía de teléfono que indicaba una llamada entrante rompió el silencio. Castiel identificó enseguida que provenía del suyo y se pusó a buscar el aparato por los multiples bolsillos que sus prendas de ropa tenían. Precatándose de ello, el rey del infierno se apiadó de él y decidió ayudarle en su búsqueda.

Para cuando encontraron el teléfono, la llamada se había cortado. No era de extrañar, ya que les había costado un par de minutos dar con él. Había resultado estar bajo el asiento de copiloto.

"¡Vaya, que pena! Era tu querida ardillita, por cierto." Dijo Crowley mirando la pantalla. " Bueno, si es importante, volvera a llamar." Comentó dejando el móvil sobre su propia pierna.

A penas había terminado la frase cuando la melodía volvió a inundar el coche, señal de otra llamada entrante.

"Ponlo en altavoz." Pidió el pelinegro aferrándose al volante.

El demonio descolgó la llamada e hizo lo pedido, reclinándose en su asiento.

"¡Cas, por fin contestas!" La voz de Dean resonó al otro lado de la línea, adornada por un ligero toque nervioso. "Llevo un rato llamándote."

Sin poderlo evitar, Castiel rodó los ojos. "¿Ocurre algo?"

"No, solo quería saber si estabas bien." Respondió el cazador. "¿Tenéis alguna novedad?"

"Creemos que Lucifer puede haber encontrado un recipiente temporal." Por el rabillo del ojo, el ángel pudo ver la mueca en el rostro de Crowley, pero simplemente le ignoró. Sabía que al demonio no le hacía mucha gracia que mantuviera a los Winchester al tanto de sus investigaciones.

"¿Temporal? ¿Durante cuanto tiempo le duraría?" El tono de voz del rubio delataba su preocupación.

"Depende de lo fuerte que sea el recipiente, nunca se puede saber con exactitud." Explicó el pelinegro. "De todos modos, al no ser su recipiente perfecto, no será tan poderoso mientras..."

Algo golpeó el techo del coche, haciendo que Castiel frenara de golpe. Ángel y demonio se miraron durante un momento preguntándose qué hacer.

"¿Cas? ¿Qué narices ha sido eso?" Habló Dean al otro lado de la línea.

Unos pasos se oyeron sobre ellos, provenientes del techo. Ambos seres esperaban atentamente para ver qué era lo que ocurría.

Vieron como una chica joven, de unos quince años, bajaba caminando lentamente por el capó del coche y luego lo rodeaba para acercarse a la puerta del conductor.

Era la misma chica que había en las fotos de la casa.

Rápidamente, Crowley se estiró para ponerle los seguros a las puertas del coche; cosa que fue inútil, porque la chica arrancó la puerta del lado de Castiel como si nada.

Disimuladamente, el ángel dejó que su daga angelical, oculta en la manga de su chaqueta, se deslizara hasta su mano. Sabía que no le serviría de mucho contra el arcángel, pero al menos era algo.

"¿¡Cas!?" La llamada seguía en curso, con el cazador cada vez más nervioso. "¡Cas! ¿¡Qué está pasando!?"

"Disculpen, señores." Habló la joven con un forzado tono amable. "¿Tendrían un momento para hablar?" Sus ojos cambiaron a un color rojo brillante y una sonrisa escalofriante se extendió por su rostro al tiempo que la sombra de sus alas se dejaba ver.

Crowley comenzó a pelearse con el cinturón de seguridad para intentar escabullirse del coche. Castiel, por su parte, solo se quedó paralizado en su lugar.

Sus peores sospechas se habían hecho realidad. Lucifer había encontrado un recipiente temporal.

Las consecuencias de aquello podían ser fatales. Entre ellas, que para encerrarle de nuevo, habría que sacarle primero de su recipiente.

"¡Cas!" El grito desesperado de Dean resonó por todo el coche, llamando la atención del arcángel.

Lucifer tomó al pelinegro del cuello de la gabardina y le sacó del coche a la fuerza, cogiendo después el teléfono que el demonio había olvidado en su huída improvisada.

"Lo siento, Dean. Castiel no puede ponerse en este momento." Dijo en tono burlón mirando fijamente al ángel. Después, cortó la llamada y tiró el teléfono sobre los asientos.

Volviendo a dedicar toda su atención a Castiel, a quien todavía mantenía sujeto por el cuello de la gabardina, ensanchó su sonrisa. "Hola, hermanito. ¿Me echabas de menos?"