Dean se quedó mirando la pantalla del teléfono por unos cuantos segundos, tratando de procesar lo que acababa de ocurrir, antes de reaccionar.
Castiel estaba en peligro.
No tenía ni idea de que eran esos golpes que se habían oído, pero algo le decía que los había provocado el mismo ser que le había colgado el teléfono tras decirle que el ángel no podía ponerse.
Salió a toda prisa de la habitación del motel con las llaves del Impala en la mano, dispuesto a ir hasta el fin del mundo si así era necesario. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta tras él. Tenía cosas más importantes de las que preocuparse en ese momento.
Podía sentir la cicatriz que Castiel había dejado en su hombro años atras latir como un segundo corazón y la experiencia le decía que eso no indicaba nada bueno. Más bien, todo lo contrario.
"¡Dean!" La voz de Sam sonó detrás de él. Con la salida tan abrupta que había hecho, no era difícil adivinar que su familia le iba a seguir. "¿Todo bien? ¿Qué ha dicho Cas?"
"No tengo tiempo ahora, Sam." Gruñó peleándose con las llaves para quitar el seguro del coche. Su pulso temblaba por los nervios, dificultando la tarea de introducir la llave en la cerradura. "Voy a ir a buscarle."
"¿A buscarle? ¿Ha pasado algo?" Preguntó Mary, notoriamente preocupada. "¿Dónde está?"
Y aquella última pregunta le calló como un balde de agua fría. Ni siquiera sabía donde estaba Castiel, no se lo había dicho.
"Y-yo..." Dejando por fin las llaves, se giró para encarar a su madre y a su hermano, que le miraban expectantes. Dejando escapar un suspiro, se apoyó en el coche bajando la mirada. "No sé dónde está y tampoco sé que ha pasado, pero sé que algo va mal."
"¿Por qué lo sabes?" Preguntó el castaño confundido.
"Estábamos hablando por teléfono y algo le atacó." Explicó rápidamente Dean, sintiendo su inexistente paciencia desvanecerse poco a poco. El insistente dolor en su hombro no ayudaba a calmar sus nervios. "Escúchame, Sam. Si tengo que registrar cada maldito rincón de este estado para encontrarle, lo voy a hacer."
Sabiendo que su hermano hablaba enserio, Sam negó con la cabeza. "No será necesario. Llamaré a Charlie para que rastree su teléfono." Dijo sacándose el móvil del bolsillo trasero del pantalón.
"Gracias." Murmuró Dean echando a andar de nuevo hacia la habitación. Hasta que tuvieran la localización, no había mucho más que pudiera hacer además de torturarse a sí mismo mentalmente por haber permitido que el ángel se quedara solo.
Mary entró en la habitación tras él. "Si hay algo que pueda hacer para ayudaros..."
El cazador negó con la cabeza. "Será mejor que te quedes aquí, por si acaso. Estarás más segura."
Una vaga idea de a lo que se enfrentaban recorría su mente. Las posibilidades de que hubiera sido Lucifer el que había atacado a Castiel estaban ahí por mucho que él no quisiera pensar en ello.
Una media hora después, el menor de los hermanos Winchester entró en la habitación. "Charlie me ha enviado la ubicación." Dijo evitando mirar al rubio. "Está a una hora y media en coche de aquí."
"Maravilloso." Respondió el mayor de los hermanos levantándose de la cama y cogiendo las llaves del Impala. "Vámonos ya."
"Dean, no creo que debieras conducir con toda esa presión que llevas encima." Intervino su madre acercándose. "Estás muy nervioso y ya llevas muchas horas detrás del volante."
"Mamá tiene razón." Concordó el castaño. "No te preocupes, yo conduciré."
El rubio les dedicó una mirada incrédula a ambos. "¡Estoy perfectamente!"
"¿Seguro? Antes ni siquiera has sido capaz de quitarle el seguro al coche." Contraatacó el más alto.
"Esto es increíble." Murmuró Dean entre dientes antes de tirarle las llaves a su hermano de mala manera y comenzar a caminar hacia la puerta. "Conduce tú si eso es lo que quieres, pero vamonos de una maldita vez."
Sam atrapó las llaves como pudo y se despidió de su madre con un gesto de mano.
"¡Tened cuidado!" Pidió ella desde la puerta de la habitación viéndoles caminar hasta el coche.
"¡Lo tendremos!" Aseguró Sam despidiéndose con la mano.
Cuando llegaron hasta el Impala, el castaño le quitó el seguro y ambos se subieron. El silencio les acompañó durante todo el camino como un viajero más, algo muy habitual en ellos.
El GPS del móvil del menor les indicaba el camino. Aquel fue el único sonido, a excepción de la lluvia cayendo contra el cristal de las ventanillas y el parabrisas, que llenó el vehículo durante la hora y media que duró el trayecto.
Una tormenta había comenzado a mitad de camino y la lluvia parecía caer cada vez con más fuerza. A lo lejos se podía dislumbrar algún que otro relámpago. Los truenos no habían tardado en aparecer y sumarse al espectáculo.
Por suerte, no había mucho tráfico en la carretera. Aunque, más que suerte, eran las condiciones meteorológicas.
Al llegar al sitio que indicaba el GPS, pudieron ver que el coche que el ángel había tomado prestado estaba aparcado a pocos metros del Impala.
Una de las puertas estaba arrancada y estaba tirada al otro lado de la carretera. Algunas de las ventanillas estaban rotas y ensangrentadas, como si algo las hubiera golpeado con mucha fuerza. Más manchas de sangre adornaban el asfalto y parte del coche, aunque la tormenta se estaba esforzando por borrarlas.
Claramente allí había habido una pelea bastante gorda no hacía demasiado.
Sam apenas tuvo tiempo de frenar el coche cuando vio que Dean abría la puerta con toda la intención de bajarse, importándole poco si el coche seguía o no en movimiento. Fue detrás del rubio caminando deprisa para alcanzarle en cuanto se bajó.
Era increíble lo rápido que podía andar teniendo en cuenta que sus piernas eran más cortas que las del castaño.
La lluvia les empapaba con cada segundo que pasaba, pero a ninguno de los dos parecía molestarle especialmente aquello.
Mientras Dean revisaba el interior del coche de Castiel, Sam decidió dar una vuelta alrededor para ver si había alguna pista que les pudiera revelar su paradero actual. Aunque, con la tormenta, iba a ser difícil encontrar cualquier cosa.
Apenas había dado un par de pasos cuando se detuvo de golpe, prácticamente petrificado.
El recipiente de Crowley estaba tirado en la hierba cubierto de barro y sangre, con una daga angelical atravesándole el pecho. Algunos metros más allá se veía un bulto que parecía otro cuerpo.
Tomó una inspiración profunda apartándose el pelo mojado de la cara y comenzó a caminar hacia allí. Si era el cadáver de Castiel, era mejor que lo encontrara él a que lo encontrara su hermano.
De un momento a otro, el rubio le adelantó a paso decidido sin decir una palabra, caminando hacia el misterioso bulto. Sus botas chapoteaban sobre los charcos a cada paso que daba.
Todo lo que salió de los labios de Dean fue un leve susurro al ver que efectivamente se trataba del ángel. "Cas..." Sus piernas temblaron y, sabiendo que no le sostendrían por mucho más tiempo, se dejó caer de rodillas sobre el barro junto a él.
Su rostro tenía moratones e hilos de sangre, incluso algún diminuto cristal había quedado incrustado en sus mejillas. También había alguna que otra mancha de barro.
Dean no notó las silenciosas lágrimas que habían comenzado a resbalarse por sus mejillas hasta que la mano de Sam se posó sobre su hombro.
"Lo siento..." Fue todo lo que dijo el castaño. Tampoco había mucho más que decir en aquella situación.
Perder a gente constantemente no les había hecho expertos en la materia. No era algo a lo que pudieras acostumbrarte nunca.
Un suave sollozo escapó de los labios del mayor mientras se cubría el rostro con las manos. Deseaba poder cerrar los ojos y que al volverlos a abrir todo hubiera sido una pesadilla. Se negaba a perder a su mejor amigo, a su amor. Y, además, sin haber llegado nunca a confesarle lo que sentía.
"Deberíamos volver." Sugirió Sam tras unos minutos de silencio, viendo que su hermano no hacía ninguna intención de moverse.
Pasándose las manos varias veces por el rostro en un pobre intento de secarse las lágrimas, Dean negó. "No podemos dejarles aquí."
"¿Entonces qué? ¿Vamos a una zona boscosa y les damos un entierro de cazador?" Preguntó suavemente el menor.
El rubio asintió sin muchos ánimos, todavía con la mirada fija en el rostro del pelinegro.
"Bien, yo me encargo de Crowley." Antes de irse, el castaño palmeó el hombro de su hermano.
Una vez que Dean estuvo solo, llevó una manó temblorosa hasta el rostro del ángel, acariciándolo despació con la yema de los dedos. "Lo siento, Cas." Susurró entre lágrimas. "Tendría que haber estado contigo. Tendría que haberte protegido."
Dejó descansar su mano contra el cuello del ser celestial mientras susurraba cientos de disculpas. Su ceño se frunció tras unos segundos, pasando después a una expresión sorprendida.
Inmediatamente, tomó a Castiel en brazos y se dirigió hacia el coche.
"Dean, ¿qué estás haciendo?" Preguntó confundido su hermano siguiéndole.
"Nadie se va mientras suena la música." Contestó el rubio. "Abre la puerta, nos volvemos al búnker."
Sam le miró aún más confundido, pero sin atreverse a preguntar o a contradecirle. La expresión en su rostro dejaba a la vista sus razonables dudas sobre si su hermano habría perdido finalmente la cordura.
"Ábreme la puerta de atrás. Voy a meter a Cas dentro del coche." Pidió el mayor de nuevo. "Después, cogemos cualquier cosa que pueda ser importante y nos vamos."
El castaño obedeció sin saber muy bien que otra cosa podía hacer.
Aproximadamente una hora más tarde, ambos hermanos iban en el coche con el ángel aún inconsciente. Habían limpiado la escena del crimen asegurándose de que no quedara nada relacionado con la caza o el mundo sobrenatural, incluyendo la daga de Castiel. Dean, además, había encontrado dentro de la guantera del coche la cinta de Led Zeppelin que le había regalado a Castiel y había decidido guardársela.
No iba a admitir que había sonreído como un idiota cuando la había visto. Tampoco iba a admitir que se había ilusionado pensando que el ángel la llevaba a todas partes.
El menor de los hermanos conducía, prestando especial atención a la carretera para evitar que tuvieran algún percance; mientras que el mayor iba en la parte de atrás con el pelinegro asegurándose de que estuviera bien. Castiel iba completamente inconsciente tumbado en la parte de atrás, con la cabeza apoyada sobre las piernas de Dean.
Si Sam oyó a su hermano susurrarle alguna cosa al ángel mientras veía por el espejo retrovisor como le acariciaba el pelo, fingió no haberlo hecho. Al igual que ocultó lo mejor que pudo la suave sonrisa que se había formado en su rostro.
