5
Una desnuda pared de piedra
Bellamy se hallaba en el umbral del estudio escrutando la penumbra del pasillo, una penumbra que bullía de vida, de susurros y de ojos. A su lado estaba Octavia, posada una mano en el brazo de su gemelo y la otra en el Bastón de Mago.
—Todo irá bien, hermano —musitó la hechicera—. Confía en mí.
El guerrero le lanzó una mirada recelosa y, al advertirlo, la arcana personaje esbozó una sonrisa burlona.
—Ordenaré a una de esas criaturas que te escolte —ofreció, a la vez que señalaba a los espectros del pasadizo.
—No me entusiasma la idea —protestó el hombretón al percibir que uno de los entes descarnados se le aproximaba.
—Custódiale —encargó la maga al traslúcido ser, del que no se distinguían sino un par de centelleantes pupilas—. Está bajo mi protección; supongo que sabes quién soy.
Se entornaron los fantasmales párpados en actitud sumisa, antes de fijar su atención en Bellamy, quien, tiritando, observó inquieto a su gemela. Los rasgos de esta última se habían endurecido, su expresión era severa y grave.
—Los guardianes te guiarán por el Robledal —anunció—. Nada debes temer hasta que hayas cruzado la verja. Es en la ciudad donde te acechan los auténticos peligros. Sé cauteloso. Palanthas no es el lugar bello y pacífico en el que ha de convertirse dentro de dos siglos. Está atestado de prófugos, que se agazapan en los vertederos, los callejones y los rincones más insospechados. Varios carromatos surcan diariamente el adoquinado para retirar los cadáveres de quienes murieron la víspera, hay hombres que te asesinarían con el único propósito de robarte las botas. Lo primero que has de hacer es adquirir una espada, y blandiría de manera ostensible.
—Salvaré esos escollos; no me preocupan en lo más mínimo —le espetó Bellamy.
Sin hacer más comentarios, el hombretón dio media vuelta para internarse en el corredor mientras, con escaso éxito, trataba de desentenderse de los lívidos seres que pululaban en torno a su hombro, de aquellos ojos desnudos de cuencas que lo contemplaban. Octavia permaneció en el umbral hasta que su hermano se hubo alejado del radio de luz de su bastón, hasta que fue engullido por la animada penumbra. Esperó incluso que se desvanecieran los ecos de sus zancadas antes de volver a entrar en la estancia. La sacerdotisa estaba sentada en su butaca, mientras se pasaba la mano por el cabello en un infructuoso esfuerzo por alisarlo. Avanzando con sigilo a fin de no ser vista, la hechicera se detuvo tras ella y hurgó en un bolsillo secreto de su túnica, en busca de una bolsa que contenía arena blanca. Cuando la encontró, deshizo el nudo y dejó caer el polvillo sobre la melena azabache de la dama.
—Ast tasark simiralan krynawi —recitó.
Al instante la cabeza de Lena se desplomó, se cerraron sus ojos y la mujer se abandonó a un sueño profundo, arcano. La maga rodeó su asiento con el objeto de examinarla detenidamente, durante varios minutos. Aunque había limpiado de su rostro las manchas de sangre y de lágrimas, las huellas de su azaroso viaje por las tinieblas se hacían patentes aún en los cercos violáceos que enmarcaban sus largas pestañas, un corte en el labio y la palidez de su epidermis. Estirando la mano con suavidad, Octavia retiró los mechones que cubrían sus ojos. La sacerdotisa se había despojado de la cortina que utilizara como manta al caldear el ambiente la fogata y, ahora, su albos ropajes ondeaban vaporosos, aunque harapientos, alrededor de su cuerpo. Los jirones habían dejado al descubierto las incipientes curvas de sus senos, que se abultaban al ritmo de su pausada respiración, y la nigromante no pudo por menos que admirarlos.
—Si yo fuera una mujer común, la haría mía —dijo, en un murmullo apenas articulado.
Rozó con su palma los pómulos, los crespos tirabuzones que se enredaban en sus dedos.
—Pero no lo soy —se reprendió a sí misma.
Desprendiéndose de los rizos de la sacerdotisa distribuyó el aterciopelado paño sobre sus hombros y su relajado cuerpo. Lena sonrió, quizás a causa de un sueño placentero, y se arrebujó en la butaca, apoyada la mejilla en la mano y ésta, a su vez, en el brazo de madera. El contacto de su fina piel evocó en la mente de la maga vividos recuerdos. Empezó a temblar, mientras se decía que no tenía más que neutralizar el encantamiento y abrazarla como lo hiciera en su periplo por el tiempo, para sentir el femenino palpito contra su pecho. Disponían de una hora de intimidad antes de que el guerrero regresara de su expedición.
—¡No soy como los otros humanos! —repitió, enfurecida.
Al ladear la figura para conjurar su deseo, se cruzó su mirada con los ojos escrutadores de los guardianes.
—Vigilad su descanso durante mi ausencia —indicó a algunos de los espectros que fluctuaban en las sombras—. Vosotros seguidme —añadió, dirigiéndose a dos de los que se hallaban en el estudio cuando despertó de su forzado letargo, aquellos con los que había departido.
—Sí, maestra —respondieron los designados. Al iluminarles la luz del bastón, se esbozaron los contornos de sus brumosos atuendos.
Tras salir al corredor, Octavia cerró quedamente la puerta del estudio. Aferró entonces el cayado, entonó un cántico y fue transportado en un santiamén al laboratorio situado en la cúspide de la Torre de la Alta Hechicería. Todavía no había recobrado el resuello, ni había acabado de materializarse, cuando sufrió un violento ataque. La envolvieron bramidos de cólera, gritos de criaturas ultrajadas, al mismo tiempo que ominosos perfiles atravesaban el aire, sin amedrentarse frente a los haces arcanos del bastón. Varios pares de manos blancas, huesudas, aprisionaron su garganta y su atavío, desgarrándolo en una agresión tan repentina, tan impregnada de odio, que Octavia casi perdió el control. No tardó en dominarse. Trazó un arco en el aire con el bastón, recitó unos versículos esotéricos, y los espectros se inmovilizaron.
—¡Habladles! —urgió a los dos guardianes que la escoltaban—. Reveladles mi identidad.
—Es Indra —se apresuraron a obedecer éstos, si bien sus voces se confundieron con los rugidos de las huestes infernales—. Esta vez no se ha presentado de acuerdo con los augurios; al parecer se trata de un experimento secreto —explicaron tras imponerse, al fin, al tumulto.
Débil, mareada, la hechicera alcanzó una silla y se desmoronó sobre ella. Mientras se recriminaba por no haberse preparado de antemano para recibir tan brutal embestida, mientras maldecía su frágil cuerpo que le fallaba otra vez, se secó la sangre de una herida abierta en su faz y luchó contra el torbellino de su mente. No podía perder el conocimiento.
«Todo esto es obra tuya, mi Reina —pensó, en una inspiración que se abría camino entre los dardos del dolor—. No te atreves a luchar cara a cara conmigo porque soy demasiado fuerte en este plano de existencia. Has puesto un pie en mi mundo, el Templo ha aparecido en Neraka en la forma corrupta que tú le has dado y también has despertado a los dragones malignos, que sustraen los huevos aún cerrados de los bondadosos. Pero la puerta sigue atrancada, obstruye tu avance una piedra angular interpuesta por un amor abnegado, capaz de inmolarse. Ese fue tu gran error, pues, al penetrar en nuestra esfera vital, nos franqueaste el acceso a la tuya. Todavía no puedo llegar hasta ti, ni tampoco tú pasar al otro lado. No obstante, el momento de enfrentarnos se acerca.
—¿Te encuentras mal, maestra? —preguntó uno de los entes espectrales—. Lamentamos no haber podido impedir que te lastimaran; actuaste tan deprisa que nos fue imposible refrenarte. Te lo ruego, discúlpanos. Si está en nuestra mano ayudarte...
—¿Cómo vais a hacerlo? —lo interrumpió la maga, víctima de un ataque de tos—. Dejadme descansar, sacad de aquí a esas criaturas.
—Sí, ama.
Cerrando los ojos, Octavia aguardó en la oscuridad que se mitigara el desmayo, el sufrimiento. Al rato se espaciaron los espasmos, que tuvieron la virtud de descongestionar su pecho, y revisó mentalmente sus planes. Necesitaba dos semanas de estudio continuado para prepararse, un tiempo del que podía disponer sin cortapisas en la Torre. Se había ganado la voluntad de Lena, quien acataría gustosa su mandato y aportaría la fuerza de Paladine en su proyecto de atravesar el Portal y combatir a los guardianes que lo custodiaban desde el batiente opuesto. Poseía la sapiencia de Indra, unos conocimientos acumulados por la archimaga a lo largo de múltiples generaciones. También contaba con su propia erudición, que respaldaba la energía de un cuerpo joven. Cuando estuviera a punto, llegado el instante crucial de abrir el acceso, se hallaría en la cumbre de su poder; se habría transformado en la hechicera mejor dotada que nunca pisara el suelo de Krynn. El reconocimiento de este hecho la reconfortó y renovó su ánimo. El aturdimiento, el dolor físico, cedieron por completo, así que, incorporándose, examinó el laboratorio. Estaba familiarizada con sus recovecos, se conservaba —en apariencia—idéntico al día que cruzó su umbral en el pasado, un día ahora futuro del que le separaban doscientos años. Entonces llegó investida de plena supremacía, tal como se había preconizado. Las puertas se abrieron, los perversos guardianes la saludaron en actitud reverencial en vez de atacarla. Mientras recorría la estancia, alumbrada por su mágico cayado, Octavia sintió crecer su curiosidad. No estaba todo tan inalterado como le hizo suponer la primera ojeada; advirtió cambios extraños, desconcertantes. Debería haber reinado una distribución exacta a la que encontraría dos siglos más tarde. Sin embargo, una redoma ahora intacta había de romperse antes de su llegada y el libro de hechizos que descansaba en una larga mesa de piedra yacería en el suelo en el momento triunfal de proclamar su predominio.
—¿Manipulan los guardianes los objetos de la sala? —preguntó a los dos entes encargados de su escolta.
No se detuvo para esperar la contestación. Los pliegues de sus ropajes crujieron contra sus tobillos a causa del movimiento que les imprimió en su deambular hacia la parte trasera del inmenso laboratorio, en busca del acceso que nunca se abría.
—No, maestra —respondió atónito uno de los espectros—. No se nos permite tocar nada.
La nigromante se encogió de hombros. Eran innumerables los fenómenos y las circunstancias que podían justificar tales irregularidades.
«Quizás un terremoto», se dijo, perdiendo todo interés en el asunto al adentrarse en las sombras más próximas al gran Portal.
Alzó el Bastón de Mago a fin de ampliar su refulgente cerco y las tinieblas se disolvieron, huyeron bajo su influjo del extremo donde debía erguirse la hoja con sus tallas de platino representando cinco cabezas de dragón, provista de una cerradura de plata que ninguna llave en Krynn era capaz de desatrancar. Mientras mantenía el bastón en alto, Octavia se quedó sin resuello. Durante varios minutos no atinó sino a contemplar su objetivo hipnotizada, vacíos sus pulmones, ardientes y arremolinadas sus cábalas. Luego, cuando pudo reaccionar, brotó de sus labios un bramido de ira que sacudió los cimientos de la Torre, azotando la imperecedera negrura. Tan espantoso fue el grito, tan estentóreos sus ecos en los corredores del edificio, que los guardianes se agazaparon en sus halos de oscuridad convencidos, acaso, de que la temible Reina había irrumpido en las dependencias.
Bellamy oyó la manifestación de cólera al traspasar la puerta lateral de la mole. Asaltado por un súbito pavor, soltó los paquetes que cargaba y, con mano trémula, encendió la antorcha que acababa de adquirir. Acto seguido, enarbolando su nueva espada, el fornido guerrero ascendió los peldaños de la escalinata de dos en dos. Cuando abrió, violentamente, la puerta del estudio, encontró a la sacerdotisa en su butaca. Aunque todavía amodorrada, Lena miraba inquieta su entorno.
—He oído un alarido —anunció, a la vez que se frotaba los ojos y se ponía en pie.
—¿Cómo estás? —indagó Bellamy, sin aliento tras la veloz escalada.
—Perfectamente —respondió ella, perpleja. Al adivinar los temores del hombretón, se apresuró a agregar—: No he sido yo. Creo que me quedé dormida, y ese aullido me ha despertado de mi letargo.
—¿Adonde ha ido O.? —inquirió el guerrero.
—¡Octavia! —repitió la dama alarmada y, de no impedírselo el musculoso brazo de Bellamy, habría salido de la estancia a toda carrera.
—Ella es el causante de tu sueño —explicó el humano con voz cavernosa y, para mejor demostrarlo, desprendió del cabello femenino unos granos de arena blanca—. Te ha sumido en un hechizo.
—¿Por qué? —Lena pestañeó incrédula al contemplar el polvillo.
—Lo averiguaremos.
—Guerrero —susurró alguien, sin duda una de las criaturas de ultratumba, a una ínfima distancia.
Bellamy dio media vuelta y, tras proteger a la mujer con su cuerpo, alzó el acero frente a la figura fantasmal que se materializaba en la penumbra.
—¿Buscas a la nigromante? —prosiguió el aparecido—. Está arriba, en el laboratorio. Necesita ayuda, pero a nosotros se nos ha prohibido tocarla.
—Yo se la prestaré —decidió el luchador.
—Te acompañaré —ofreció Lena—. No intentes impedírmelo —insistió con firmeza al ver el entrecejo fruncido del hombretón.
Él quiso argumentar; pero al recordar que se enfrentaba a una Hija Venerable de Paladine, que, por otra parte, había ejercido ya sus poderes sobre los entes infernales de la Torre, se encogió de hombros y cedió a regañadientes.
—¿Qué le ha ocurrido a mi hermana? Sólo vosotros podíais dañarle, y tú mismo has afirmado que no osáis acercaros a ella —comentó el humano mientras, junto a la sacerdotisa, se dejaba guiar por la criatura hacia el lóbrego pasillo—. No te separes de mí —ordenó a Lena, si bien tal recomendación era superflua.
Si la oscuridad se les antojó bullente de vida al penetrar en el edificio, ahora se había convertido en un auténtico hervidero de vibraciones, de pálpitos, pues los guardianes, desazonados por el grito, atestaban todos los rincones. Aunque lo abrigaban las prendas compradas en el mercado, Bellamy tiritaba febrilmente, al introducirse en sus huesos el frío que irradiaban los fantasmas. La mujer a sus talones, temblaba hasta tal extremo que apenas podía avanzar.
—Yo portaré la tea —propuso la sacerdotisa a través de sus apretadas mandíbulas.
El guerrero le confió el humeante objeto y la rodeó con su brazo, para transmitirle calor. Ella se apretujó contra su cuerpo, de tal manera que ambos se beneficiaron de las dimanaciones de la carne tibia durante su ascenso.
—¿Qué ha sucedido? —volvió a preguntar el hombretón, pero el espectro se limitó a señalar su objetivo en un mudo ademán.
Aferrada la espada en su mano izquierda, sin separarse de su compañera, el robusto luchador acometió la escalera de caracol por la que fluctuaba el descarnado ente, danzando y oscilando la llama de la antorcha. Tras un periplo interminable llegaron a la cumbre de la Torre de la Alta Hechicería, ambos exhaustos, doloridos y congeladas todas sus vísceras.
—Tenemos que descansar —dijo Bellamy, tan tumefactos sus labios que apenas logró articular las palabras.
Lena, por su parte, reclinó la cabeza en uno de los hombros del guerrero y cerró los ojos. Al percibir sus jadeos, el humano recapacitó que él mismo no podría haber salvado otro tramo a pesar de hallarse en plena forma.
—¿Dónde está O... Indra? —balbuceó la dama cuando se hubo restablecido su ritmo respiratorio.
—En el interior.
Una vez más, el improvisado guía extendió el índice, ahora hacia una puerta cerrada que, obediente a su orden, se desencajó en silencio de sus goznes. Una ráfaga de aire frío surgió de la sala, con tal ímpetu que enmarañó el cabello de Bellamy e hizo ondear la capa de la sacerdotisa. Durante unos segundos, ninguno atinó a moverse, sobrecogidos por la aureola de perversidad que escapaba de la cámara. Fue la sacerdotisa quien, con los dedos cerrados sobre el Medallón de Paladine, dio el primer paso.
—Yo tomaré la delantera —resolvió el hombretón, obligándola a retroceder.
—En cualquier otra circunstancia, guerrero —repuso la dama—, te concedería ese privilegio. Pero aquí mi talismán es un arma tan poderosa como tu acero.
—No precisáis ningún pertrecho —objetó el espectro—. La maestra nos dio órdenes concretas de custodiaros, y acataremos su voluntad.
—¿Y si ha muerto? —aventuró el humano, consciente de que su hipótesis provocaría, como así lo hizo, un espasmo de miedo en Lena.
—Si hubiera muerto —contestó el interpelado con un siniestro brillo en sus ojos—, vuestra cálida sangre ya habría abandonado vuestras venas para alimentar las de los moradores de la Torre. Entrad, os lo ruego.
Vacilante, con la mujer apretujada en su flanco, Bellamy penetró en el laboratorio. La sacerdotisa levantó la tea, y ambos hicieron un alto a fin de escrutar la estancia. Olvidados sus temores, la dama apretó a correr seguida por el guerrero, que, más precavido, examinó antes la envolvente oscuridad. Octavia yacía de costado, oculto el rostro bajo la capucha. El Bastón de Mago se hallaba a cierta distancia, extinguida su luz como si la nigromante, en un acceso de ira, lo hubiera arrojado contra el muro. En su accidentado vuelo, había volcado una redoma y arrastrado un volumen de artes arcanas. Pasando la tea a su acompañante, que le había dado alcance, Lena se arrodilló junto a la inerte maga con la intención de tantearle el cuello. Halló unas palpitaciones débiles, arrítmicas, pero seguía viva y este hecho le arrancó un suspiro de alivio.
—Está bien —anunció—. Pero entonces, ¿qué ha ocurrido?
—No ha sufrido heridas físicas —explicó la criatura de ultratumba, que revoloteaba sin tregua a su alrededor—. Vino a este rincón del laboratorio en busca de algo, un Portal a juzgar por las frases que farfullaba. Enarboló el cayado, alumbró la zona donde la veis postrada y, transcurridos unos momentos de estupefacción, emitió el bramido que todos escuchamos. Se deshizo del bastón y se desplomó, exhalando dementes maldiciones hasta perder el sentido.
Bellamy permaneció largo rato callado, ansioso por desentrañar aquel galimatías en su mente. Al fin, persuadido de haber encontrado la respuesta, alumbró el muro y murmuró:
—Empiezo a vislumbrar la causa de su disgusto, de su desfallecimiento. ¿No lo entiendes? —preguntó a la sacerdotisa—. ¡Aquí no hay más que una desnuda pared de piedra!
