Capítulo 1. Los dragones del mar


«Los dragones son criaturas generalmente mágicas cuya fuerza y poder aumentan mientras más años viven, además, se caracterizan por ser sumamente independientes.

Se los clasifica en dos categorías: benignos y malignos.»


En un inicio todo era diferente. Los destinos juntaron, poco a poco, a diversos individuos desde distintos rincones del mundo para conjurar su plan. Ninguna de esas personas fue consciente de su futuro desde el principio pero, por sus propios motivos, todas acabaron por aceptar lo que el destino preparó para ellas…

Aquella era una costa inhabitada por la creencia general de que terribles bestias marinas habitaban sus aguas, fomentada por avistamientos dudosos y unas pocas desapariciones de jóvenes que probablemente se adentraron al mar más de lo debido. El clima era bueno, por lo general, y la peor cosa con la que podía atacar la naturaleza era una elevación de las olas que a duras penas se tragaban la mitad de la playa virgen.

Casi nadie se atrevía a enfrentar los rumores en favor de apreciar su espectacular paisaje: los pequeños ermitaños correteando de izquierda a derecha entre las rocas de la orilla, el sol resplandeciente enmarcado en un lienzo azul sin nubes, la arena inmaculada que cubría pequeños tesoros del mar, o los peces de vivos colores que podían vislumbrarse sin la necesidad de adentrarse al agua, pues la claridad de ésta volvía inútil tal esfuerzo. En tiempos antiguos habrían llamado aquello una «tierra sagrada» por su carencia de humanidad. Quizás precisamente por eso, aquél sitio era el lugar favorito de un joven para entrenar, puesto que era un lugar tranquilo, carente de personas a las que debiera obedecer o temer; un lugar en donde no debía ocultarse de nadie, pues él era su único habitante. Allí podía utilizar el máximo de su fuerza sin miedo a ser descubierto.

Aunque en raras ocasiones también utilizaba ese espacio secreto para pensar. No porque al muchacho no le gustase pensar, sino que no le gustaban el tipo de cosas en que solía hacerlo, pues de una u otra forma, sus ideas siempre acababan siendo inundadas por la silueta de aquél ser quien era idéntico a él; su hermano gemelo, el que nació bajo una estrella afortunada.

El muchacho tendía a sentir una envidia malsana cada vez que se enfrascaba en ese tema. Su hermano no tenía la culpa de haber nacido como nació, ni él mismo tampoco; eso lo sabía bien, mas su resentimiento era imposible de enterrar. Un par de veces, completamente disgustado consigo mismo y su impotencia ante la situación, intentó dejar que el mar lo tragase —como previamente lo había visto hacer con otras personas—, pero la suerte jamás estuvo de su lado y, cada vez, las olas lo devolvieron a tierra en contra de su voluntad, sin daños mayores que un poco de agua molestando sus pulmones.

El orden universal parecía exigirle vivir como la sombra de su igual.

—Pero, ya en serio, ¿no piensan que ésto es demasiado aburrido? —solía cuestionar el muchacho mirando al cielo azul, aún sabiendo que ninguna deidad contestaría sus preguntas, ni siquiera aquella por la cual su hermano parecía dispuesto a dar la vida que compartían. Aunque, incluso si no le contestaban, no tenía a nadie más con quien hablar.

Cuando se aproximaba el verano era cuando más regularmente se ponía a pensar, en medio de sus recurrentes descansos, porque la alta temperatura no resultaba ser amable ni incitaba al movimiento.

En uno de esos días decidió desplomarse de espaldas sobre la arena cuando se cansó de entrenar, era mediodía, por lo que tuvo que cerrar los párpados fuertemente apenas cayó para proteger sus ojos del sol. Colocó además un brazo sobre su rostro, molesto por el calor de los rayos incandescentes. Sabía que luego sería trabajoso quitar la arena de su ropa, pero poco le importaba en ese momento.

—Me han dicho que la luz erradica las sombras… ¿Ni siquiera soy una sombra digna para usted, gran Helios? —comentó el chico a la nada, para soltar una carcajada acto seguido. A veces sentía que iba a enloquecer y nadie jamás lo sabría, porque él no existía para nadie.

Ni existiría, hasta que su luz se extinguiese.

Una vez la respiración del joven se acompasó, decidió que hacía demasiado calor para continuar allí echado; sudando sin motivos. Se levantó y observó el mar enfrente suyo que le susurraba, por medio de olas tranquilas, palabras incitantes sin alfabeto. Una invitación que no pensaba declinar.

Primero desató sus zapatos y los arrojó lejos, los siguieron al minuto sus ropas desgastadas, con manchas y cortes que el muchacho ni siquiera recordaba cómo habían llegado a formarse. Sin detenerse a pensar en eso, se encaminó al agua, aunque antes trepó a una hilera de rocas altas que habían por allí. Entonces, en la cima, echó a correr disfrutando del aire que iba en su contra. Saltó justo al pisar la última roca del camino —una ya adentrada en el agua, no sobre la arena—, con una gran sonrisa en el rostro. El terreno allí descendía considerablemente, por lo que el mar lo recibió al completo sin dificultad y sus pies no alcanzaron a tocar fondo.

Allí abajo el muchacho sentía incluso más paz y tranquilidad que en su playa secreta, así pues, no se resignaba a salir hasta que fuese necesario. En vez de nadar hacia la superficie, abrió los ojos y se aventuró mar adentro, sin movimientos bruscos, pues los peces ya comenzaban a relajarse tras su chapuzón y no deseaba ahuyentarlos nuevamente. En el trayecto, un salmonete rojizo pasó justo frente a su rostro sin prestarle atención. El muchacho, en cambio, detuvo su nado y observó al pececillo hasta que éste se desvaneció en las aguas lejanas; para ese momento se estaba quedando sin aire, así que debió salir a flote. Dio una gran bocanada cuando vio el cielo encima suyo y al instante volvió su rostro hacia abajo.

De igual modo, por repetición, continuó con su buceo hasta llegar a las aguas profundas que se consideraban más peligrosas. A lo lejos era capaz de ver un arrecife de brillantes corales, pero éste se hallaba demasiado bajo y no se atrevía a acercarse, a alejarse tanto de la superficie; además, los recién nacidos o los padres podrían disgustarse con su intrusión. Al muchacho no le molestaba tener que observar desde lejos pues eso era lo normal para él, incluso con los humanos. Sobretodo con los humanos.

Usualmente él era el público de fondo y su reflejo el actor principal.

Cuando se cansó del agua, nadó de regreso a la costa, pero no llegó a pisar la playa. Detestaba vestirse mojado casi tanto como que la arena se le pegase al cabello, así que ocupó una roca que se encontraba en el límite, no lo suficientemente alta como para alejar las olas de sus pies, pero tampoco tan baja como para permitirles llegar hasta sus rodillas. Era una roca solitaria en medio del escenario, algo resbaladiza, pero lo bastante ancha para conseguir que ese detalle no representase un problema.

El muchacho se ocupó de acomodar su cabello, revuelto por toda la actividad previa, de la manera que prefería; pues si dejaba la tarea para más tarde, con la potencia del sol de verano, sabía que no ocurriría nada bueno. La última —y única— vez en que ocurrió, su gemelo estaba a su lado.

Había sido en una costa diferente, una muy lejana a aquella, en un país donde no tenían que temer el ser hallados juntos puesto que nadie los conocía. Se suponía que aquél día entrenarían juntos pero, al final, lo único que hicieron fue jugar; quién era más veloz sobre la arena —su hermano—; quién era más rápido en el agua —el muchacho se ganó aquél mérito—; y así, olvidaron por completo todo lo demás. Se hallaban agotados y, por primera vez en mucho tiempo, durmieron juntos bajo la protección de unos árboles de hojas extrañas.

Despertaron poco antes del anochecer y estallaron en risas al ver el cabello del otro, sin reparar en el desastre propio.

—El suyo estaba peor… —murmuró el muchacho con una ligera sonrisa, rememorando aquella ocasión.

A veces no le disgustaba pensar en ello, pues no todo lo que tenía que ver con su hermano era malo, al fin y al cabo era su único hermano, el cual algún día portaría la armadura de Géminis y se convertiría en el santo de Atenea más poderoso. Habían prometido que cuando eso ocurriese, el muchacho podría dejar de ser su sombra, que todo cambiaría para ambos y lo haría para bien.

Él confiaba en su gemelo. La mayoría del tiempo.

Cuando no, usualmente era porque pasaban demasiado tiempo alejados el uno del otro. Porque su luz tenía compañeros, un superior al cual obedecer y una misión en la vida. Claramente no podía pasar todo el tiempo pensando en él y ésto el joven lo sabía, así que no se quejaba abiertamente sobre todas las ocasiones en que acordaron juntarse tan solo para que cuando llegara el momento del encuentro, él debiera hallarse solo una vez más.

Su gemelo siempre lo encontraba luego con una buena excusa que de cualquier modo él nunca pedía. Lo entendía, pero, la razón por la cual siempre decidía tragarse sus palabras de decepción era que no dejaba de confiar en que su reflejo jamás olvidaría su promesa más importante. Mantenía la esperanza de que no sería traicionado por su propia sangre, de entre todas la cosas.

Aguardando porque su cabello se secase del todo, el muchacho observó en el horizonte la línea que unía el territorio del cielo con el de los mares; recordó de repente, con el ceño fruncido, quiénes eran los verdaderos culpables de que su vida estuviera infestada de soledad y amargura. Sabía bien que no lo oirían —nunca lo hacían—, pero de todas formas se puso de pie sobre la roca, ya que en ese momento él podía ser el protagonista, con o sin un público.

No era lo suficientemente idiota como para mirar al sol directamente, así que tan solo apuntó su rostro al cielo y amenazó al astro con el puño izquierdo en lo alto.

—¡Jódete, Helios! —gritó a todo pulmón, sin vergüenza ni temor, buscando liberar aunque fuere un poco de su frustración; cosa que logró. Entonces, una ola chocó contra la roca y algunas gotas llegaron a sus pies, el muchacho bajó el rostro y el puño antes de respirar hondo—. ¡Tú también, Posei-

—¡Kanon! —una voz a su espalda lo interrumpió. Alguien lo llamaba.

En la playa, un joven de cabello azul tenía ambas manos formando un circulo alrededor de su boca, para conseguir que su voz llegase más lejos. Bajó las manos cuando el muchacho sobre la roca volteó a verlo y se resbaló aunque consiguió saltar a tiempo para caer bien parado sobre la arena humedecida.

El actor de la roca caminó hacia su espectador con la cabeza gacha. Sabía que éste estaba sonriendo.

—¿Acaso intentabas empezar una trifulca con los dioses? —cuestionó el recién llegado de manera animada.

Entonces el muchacho, Kanon, alzó la vista para encontrarse cara a cara consigo mismo. Ellos eran dos gotas de agua. Los mismos ojos, nariz, boca, cabello, estatura y físico; como si hubiesen sido creados a partir del mismo molde. Pero el que iba vestido se mostraba alegre y relajado mientras el otro intentaba con toda su voluntad no dejar ver lo abochornado que se hallaba.

—Solo estaba aburrido, Saga —acabó por responder, alzando los hombros.

Cuando la alegría de Saga se apagó un poco, Kanon se reprochó a sí mismo pensando que al menos debería haber forzado una sonrisa. No le costaba nada hacerlo, mientras a su gemelo parecía partírsele el mundo cada vez que pensaba que no era un buen hermano.

Saga era así, gentil por naturaleza. A veces esa cualidad llegaba a molestar a Kanon, aunque tampoco se esforzaba en reprochárselo, después de todo disfrutaba de ver a su hermano interactuar con otras personas con el fin de brindarles alguna clase de paz o seguridad, además, el observar su propia sonrisa de satisfacción en el rostro de alguien más tras un trabajo bien hecho, seguramente era un privilegio del cual pocos gozaban.

A Kanon le gustaba creer que por razones similares Cástor no sentía envidia de la condición inmortal de Pólux y al final, incluso si éste no fue perfecto, Pólux buscó salvar a su gemelo pues sabía que Cástor habría hecho lo mismo por él de haber nacido con los roles invertidos. Los representantes de su constelación tuvieron un destino injusto en su opinión, inestable aun dentro de su equilibrio.

—Perdóname, sé que prometí venir antes —empezó Saga. Su gemelo intentó frenarlo, pero se apresuró a continuar—. Me forzaron a reposar porque resulté herido en medio de un entrenamiento —Saga entonces se quitó una correa del hombro y pasó su mochila, que Kanon no había notado antes, al frente para abrirla; lo que sacó del interior lo tendió entre ambos—. Pude salir hace dos días, pero no podía venir con las manos vacías.

Kanon tomó las telas que le eran ofrecidas con cuidado. Se veía y sentía como un atuendo normal del santuario en la forma, pero poseía un color particular, el favorito de ambos: azul. Pese a que estaba feliz por el obsequio, no pudo evitar fruncir el entrecejo, pues Saga no tenía razones para regalarle algo como eso; ropa que no parecía haber sido usada ni una mísera vez. Resultaba inusual, ya que sería difícil de explicar para el futuro santo el por qué ordenó un nuevo atuendo que ni siquiera planeaba utilizar. Pensó en negarse a aceptarlo.

—Saga…

—En serio lamento que tuvieras que pasar nuestro cumpleaños solo —ante aquella interrupción, Kanon parpadeó un par de veces. Al comprender la situación, ya que él mismo había olvidado por completo que sumaría un año más de vida en algún punto cuando el verano llegase, abrió a medias la boca sin saber qué responder—. ¿Quieres probarlo ahora? —sugirió su gemelo.

El muchacho casi había olvidado que aún estaba desnudo. Entonces sí recordó sonreír, aunque fuese más bien un reflejo por su descuido.

—Claro.

Kanon fue el hermano que nació bajo la estrella del infortunio; así lo declaró el Patriarca Shion cuando lo presentaron ante él. Por suerte, Saga nunca obedeció a aquél anciano cuando le ordenaba mantenerse alejado de su gemelo a toda costa, en cambio, buscó protegerlo de todos aquellos quienes querían verlo muerto. El afortunado no se lo pensaba dos veces en cumplir con cualquier cosa que su hermano le pidiese: enseñarle sus técnicas de pelea, sus rutinas de entrenamiento, viajar lejos para pasar tiempo juntos, que cortase su cabello de la misma manera...

Los gemelos tenían un lazo que ninguno de los dos quería quebrar, aunque al final ocurrió, por una gran diferencia de opiniones y mala planificación. El equilibrio se rompió.

La luz traicionó a la oscuridad y buscó erradicarla.

La sorpresa inicial de Kanon se transformó rápidamente en un odio vengativo. Las palabras de repudio y amenaza que alguna vez dirigió exclusivamente a los dioses se volvieron contra su propia sangre, la cual planeaba dejarlo morir ahogado.

Su futuro se vio ensombrecido, tal y como su nacimiento lo había predicho. Aún así, se negaba a resignarse.

Quizás fue el deseo de alguna deidad o tal vez obra de algo más grande, pero, el gemelo desafortunado fue persistente y consiguió mantener las fuerzas suficientes para escapar de la prisión en donde su hermano lo había confinado. Él fue el primero en caer al fondo del océano y despertar en un sitio inigualable.

Su caída fue el disparo de inicio de una carrera que ya no podía dar marcha atrás, pues la conciencia de los mares despertó maravillada con su atrevimiento.


«Ceto, hija de los titanes Ponto y Gea, era la diosa griega que representaba los peligros del mar.

Se convirtió en madre de numerosas bestias acuáticas, entre ellas se contaban dos dragones marinos.»


Cuando Isaac intentó abrir los ojos sintió que algo andaba mal. Se quejó un poco y llevó su mano izquierda a su rostro donde, en lugar de piel, entró en contacto con algo viscoso y helado. Asustado, más que adolorido, prefirió dejar las cosas como estaban y se recostó mirando al cielo.

Con su ojo derecho fue capaz de percibir la extraña apariencia del sol, enorme a la vez que lejano y tembloroso, que podía verse directamente. Le tomó un rato más entender que las aves oscuras en el aire no estaban volando, pues ni siquiera tenían alas que les permitieran hacer aquello; la pista más obvia fue un grupo de coloridas aguas-vivas que nadaban justo encima suyo, se contraían y expandían calmadamente, haciendo que los dibujos de sus cuerpos se deformasen a cada instante en una miríada de luces danzarinas. Pese al susto inicial, parecía un buen sueño. No debía perder la calma.

Respiró hondo. Sintió el aire en sus pulmones. Exhaló. Estaba vivo.

—Hyoga…

Recordaba que antes de perder el conocimiento, algo había golpeado su rostro provocándole un intenso dolor, pero no le dio mayor importancia en su momento y se las apañó para abrir un boquete en el hielo por el cual sacar a su amigo del agua. Entonces… ¿su sangre había nublado su vista?, ¿la corriente lo arrastró hasta ese sitio?, ¿en dónde estaba exactamente?

Isaac cerró su ojo bueno y volvió a intentar abrir ambos, pero no lo consiguió y el paisaje tampoco cambió. Levantó su brazo derecho, pensando que tal vez lograría sentir el agua; no fue así, por lo que acabó dando un manotazo a la nada. Pese a lo irreal de la situación, supo advertir que no estaba en medio de un sueño ni una pesadilla.

Solo debía averiguar cómo salir de allí.

Al sitio —la arena— sobre el cual el muchacho se encontraba tendido, se acercaron unos pasos. Ensimismado con pensamientos sobre su situación y cómo podría resolverla, Isaac no se dio cuenta de que no se encontraba solo hasta que otra persona entró en su campo de visión. El cabello azul que cubrió al sol en un primer momento le arrancó un suspiro de alivio, mas cuando enfocó su vista volvió a sentir una inquietud desagradable, pues solo en su más tierna infancia había visto unos ojos verdes tan brillantes como aquellos que en ese momento lo observaban desde arriba.

El joven no tuvo mucho tiempo para meditar sobre ello cuando vio al hombre desconocido descender a su lado, colocando una rodilla en el suelo, para luego acercar una mano a su rostro. Se apartó por reflejo.

Den tha se vlápso.

Isaac se quedó de piedra al oír esas palabras, no tanto por su mensaje como por el lenguaje en que fueron pronunciadas: griego, el idioma de los santos que su maestro le había enseñado. Con eso en mente decidió fiarse de aquél desconocido.

El muchacho no dejaba de ver al hombre y ni siquiera se molestaba en parpadear. Aquellos ojos verdes no parecían amenazadores o al menos eso quería pensar.

—Puedes relajarte —aseguró el hombre con una mueca extraña que tal vez buscaba inspirar confianza, mas antes que otra cosa, lo hacía lucir incómodo. Tras decir eso retomó su tarea y cubrió la herida en el rostro del muchacho con una mano.

Al verlo, Isaac recordó el repertorio de extrañas expresiones de su maestro y se preguntó si aquello sería un comportamiento usual entre los caballeros. Otro detalle que supo apreciar fue la calidez y seguridad del cosmos ajeno. Le tomó unos minutos recordar las palabras correctas para expresar lo que quería decir.

—Mi nombre es Isaac, ¿el tuyo?


Kanon regresó al reino de los mares cuando sintió la resonancia de sus escamas con las de otro general. La primera vez que eso ocurrió no lo comprendió y pensó que se avecinaba un ataque, pero, con la repetición se forjó la experiencia y junto a ella la calma al momento de actuar. Planeaba ser el general que comandase a todos los demás y debía ganarse ése derecho. Ayudar a sus compañeros a despertar y comprender la situación era algo que consideraba fundamental para cumplir su propósito.

Cuando llegó al santuario submarino, no tardó en encontrar al nuevo general marina, pues de hecho lo vio caer; observó cómo las escamas del Kraken guiaron a su portador con gentileza hasta el suelo y luego se apartaron de él. Al llegar a su lado, Kanon no pudo evitar preguntarse si estaba viendo realmente aquello que tenía enfrente: un chico con el lado izquierdo del rostro destrozado, inconsciente y, probablemente, más muerto que vivo. No era exactamente material para un buen guerrero.

Llegó a preguntarse si el Kraken estaba intentando jugarle una broma de mal gusto, pero no era como si pudiera cuestionar al monstruo su voluntad. Con resignación, se propuso estudiar el cuerpo del nuevo general.

Respiraba a un ritmo lento, pero sin complicaciones. Aparte de la herida en el rostro no presentaba problemas en ningún otro sitio, pero aquella única herida era horrible y seguramente dejaría una marca en el mejor de los casos, en el peor, ni siquiera conseguiría cicatrizar. Decidió inspeccionar mejor el ojo de aquél chico, mas no tardó en juzgar que podían dar la mitad de su vista perdida para siempre. El globo estaba destrozado y el párpado no iba por mejor camino, necesitaba suturas.

Soltó un gruñido de hastío pasando su mirada al templo de Poseidón a donde el Kraken había ido a refugiarse. Si tal era la voluntad de las escamas, se ocuparía de tratar al chico, incluso si no lo consideraba apto para el puesto. Recogió por los alrededores las plantas y hongos que requería para cubrir aquella herida y prevenir que se infectase; preparó un ungüento y lo esparció sobre el rostro dañado. Por el momento, con eso hecho, Kanon solo podía aguardar a que el chico despertase, si es que para empezar era capaz de hacerlo.

Decidió entonces dar una vuelta por el santuario.

Las grandes estructuras y caminos con milenios de historia —una historia parcialmente vacía, cabe mencionar— se hallaban tan desiertos como siempre. Cosa que a él no le disgustaba pero sabía que pronto debería corregir.

—Ésta vez no solo es un crío, sino que además es un tuerto —murmuró el hombre de cabello azul caminando por la senda que lo conduciría al templo principal—. ¿Qué clase de ejército deseas, Poseidón? —preguntó con un cansancio notable en la voz, esperando una respuesta que no llegó—. ¡Suerte tendré si logro que alguien lo obedezca o respete como general!

Para Kanon, la llegada de aquél chico representaba una traba en su plan, no una inevitable y ni por lejos la más cruda, pero, sí una con la cual no deseaba lidiar. Tenía mejores cosas en las cuales emplear su tiempo.

Necesitaba tranquilizarse. Aquél no era el final. Algo podría hacer y ya se le ocurriría el qué.

Había hallado a su cuarto —quinto si se incluía a sí mismo— general marina. Ya solo restaban dos escamas que debían escoger dueños, por lo cual pronto podrían empezar a organizar el ejército y recibirían a su dios dentro de unos pocos años más. Los generales eran siete en total y si el muchacho tuerto tenía un carácter fuerte, tal vez conseguiría que algunos soldados luchasen bajo su mando; de hecho, su herida podía resultar favorable para cautivar a los más curiosos que con suerte no se atreverían a preguntar y se limitarían a pensar que logró ganar una batalla que ellos mismos de seguro habrían perdido. Kanon podía ser positivo bajo ésos parámetros específicos, pero, lo realmente bueno es que podría ser positivo y solo pensar eso resultaba un alivio para el hombre. Debía esforzarse para conseguir el futuro que anhelaba.

Se encontraba sentado en las escalinatas del templo principal intentando resolver sus dilemas internos cuando sintió una explosión proveniente del sitio en donde dejó a aquél muchacho. No de esas explosiones que se ven y se oyen. Duró menos de un segundo, pero fue tiempo suficiente para que Kanon pudiese apreciarlo con claridad: aquél no era un cosmos que simplemente podía despreciar, había sido desarrollado e incluso así su potencial era grande.

Inició el camino de regreso con calma, seguro de que el chico estaría demasiado confundido con la situación como para largarse apenas despertara. No se equivocó, pues cuando llegó al sitio —una formación de arena alta con respecto al resto del territorio— lo localizó aún tendido en el suelo. Mientras se acercaba vio cómo el muchacho alzaba una mano en dirección al cielo que no tardó en caer, por ello decidió apresurar el paso.

Cuando arribó y lo vio nuevamente, entonces despierto, pensó que la expresión tensa del joven se debía a su herida, así como previamente había interpretado el gesto con la mano como un pedido de ayuda. Buscó ser gentil y se arrodilló al lado del chico que no dejaba de verlo fijamente, acercó su mano derecha al rostro ajeno y el joven pareció querer alejarse de su toque. Frunció el ceño muy en contra de su voluntad.

—No te haré daño —se apresuró a aclarar, mas tras oírlo, el muchacho no dejaba de verlo y ni siquiera se molestaba en parpadear. No sabía decir si eso era bueno o malo—. Puedes relajarte —añadió sonriendo de lado, quizás un poco más de lo necesario. De cualquier modo, funcionó.

Con el permiso del muchacho, Kanon llevó su mano a la herida, la cual previamente había tratado sin mucho esfuerzo pensando que el chico podría no sobrevivir dependiendo de cuánta sangre hubiera perdido en el camino. No sabía exactamente qué podía estar doliendo en ese momento, por lo que esperaba que su cosmos fuese un reemplazo apropiado para la anestesia local.

El chico se dispuso a hablar poco después.

—Mi nombre es Isaac, ¿el tuyo?

El hombre de cabello azul se esperaba alguna que otra pregunta, pero no que el interrogatorio comenzara con algo tan… común. Las ocasiones previas habían sido más complicadas, razón por la cual tampoco pensaba quejarse.

—Soy Kanon.

—¿Eres un santo de Atenea? —el general no supo responder con rapidez una pregunta tal, se adelantó al pensar que sería sencillo—. Puedes confiar en mí, soy aprendiz del caballero dorado de Acuario, Camus —añadió con presteza el chico.

La sorpresa de Kanon solo fue en aumento pues entendió que no solo tenía a un muchacho herido al cual sanar, sino que tenía a un posible santo de Atenea enfrente, uno que había sido llevado allí por la voluntad de Poseidón para más inri. ¿Qué se suponía que debía hacer?

Matarlo significaría deshacerse del general que el Kraken escogió.

Dejarlo vivir y ser sincero sobre su situación significaría que el muchacho buscaría regresar a la superficie para continuar con su vida tal cual estaba antes de caer, pues podía escoger rechazar el puesto voluntariamente y Kanon solo debería hacerle olvidar que alguna vez visitó aquél santuario.

Aunque había una tercera opción: engañarlo. El arte del engaño era uno en el cual Kanon se había especializado con el pasar de los años. Era, además, la única opción que se le presentaba como válida de momento.

Se forzó a sonreír en lo que esperaba fuese un gesto aliviado.

—Hace mucho tiempo que no oía ese nombre —eso no fue mentira; para él, la última vez que lo hizo fue cuando Saga tuvo los ánimos de contarle un poco sobre sus compañeros de armas—. Aunque, si bien es cierto que alguna vez yo mismo fui un santo de Atenea —allí comenzó su mentira—, ya no es ése el caso. Uno de los caballeros dorados decidió por cuenta propia que lo mejor para el santuario sería eliminarme, aunque no lo consiguió —el muchacho arrugó la nariz. Kanon pensó que estaba adelantándose—... No sé mucho sobre el caballero de Acuario más allá de su firme lealtad para con la diosa de la guerra, pero, deberías saber que el santuario de Atenea se encuentra corrupto por caballeros sin fe, Isaac.

El chico cerró su ojo bueno y soltó un suspiro.

—Lo imaginaba —una vez más, aquello no era algo que Kanon esperase oír, pero de igual forma no iba a ponerle mala cara—. Mi maestro se encuentra muy preocupado por la situación en el santuario, nunca nos lleva allí, ni a mi compañero de entrenamientos ni a mí. Siempre recibe misiones importantes pero rara vez cumple con las misivas que ordenan su regreso.

Internamente el general se reprochó a sí mismo lo lento que había sido al pensar, ¡si el caballero de Acuario no representaba ningún problema para empezar!, quizás estaba perdiendo el toque...

Desde que Kanon oyó de la separación del onceavo caballero con el santuario, había decidido ignorarlo, cosa que también hizo con Aries llegado el momento y que venía haciendo con Libra desde un principio. Aquellos santos que escogieron alejarse de la orden por propia voluntad no representaban un problema en sus planes, por lo que no gustaba de perder el tiempo con ellos. Eso le quitaba un peso de encima, pues si Acuario fue quien entrenó a ese muchacho sin la influencia de otros caballeros, resultaría mucho más fácil engatusarlo para que creyese lo que más le beneficiaba.

—Tu maestro hace lo correcto entonces —comentó, alejando su mano de la herida pues el chico ya se notaba mejor—. Si regresase sin cuestionar cada llamado, de seguro le esperaría un destino similar al mío —entonces alzó el rostro para ver el mar sobre su cabeza, con sus luces brillantes causadas por el sol y lleno de vida inofensiva.

No era realmente un mal destino, pero sí uno que él no habría escogido de no haber sido forzado a hacerlo.

—¿Puedo saber qué es lo que aquél caballero dorado te hizo, Kanon?

El hombre regresó su atención al muchacho. El ojo sano lo miraba de vuelta con un extraño deje de ilusión. Se repitió que aquello sería sencillo, ésta vez tenía confianza.

—Intentó asesinarme ahogándome en el mar —señaló al cielo—. Al final, lo único que consiguió fue desterrarme —con el tiempo, el general había aprendido que las mejores mentiras son aquellas que contienen cierto grado de verdad, las que consiguen disfrazar la realidad sin ocultarla. El sol no daña la vista si se lo contempla a través de unas gafas oscuras, después de todo.

La reacción del chico, una inspiración de sorpresa, reafirmó su teoría. Tenía casi asegurado a su quinto general marina.


«El Dragón Marino etíope fue enviado bajo mandato de Poseidón a devastar la costa del reino cuyas aguas habitaba.»


Isaac se encontraba descansando sobre la arena. Dejaba que pasase el tiempo mientras observaba el mar moverse encima suyo pues no podía hacer mucho más.

Cuando era chico solía dibujar usando las ventanas de su casa como lienzo. Luego Hyoga le enseñó a «dibujar» sobre la nieve con su cuerpo. Dibujar en la arena era asimilar a éso último, pero después de llenar el terreno con figuras concretas trazadas con sus manos y pies, no tenía ganas de regresar al templo principal ni dirigirse al pilar ártico por resguardo destrozando su trabajo recién terminado.

«¿Lo habré hecho bien?» se preguntaba mientras lamentaba su idea inicial de hacer que la obra fuese tan grande. Estaba en parte seguro de haber respetado todos los caminos que recorrió en el santuario bajo el mar, pero no podía comprobar si los había esparcido correctamente desde su lugar en el suelo. Podía intentar trepar el pilar más cercano pero, nuevamente, para hacer eso primero debía conseguir salir del interior de su laberinto de rayas, cuadrados y corales sin estropearlo. Bastaba un paso en falso para arruinarlo.

Tampoco tenía prisas. No tenía nada urgente de lo cual hacerse cargo y, según Kanon, era mejor así. Al menos hasta que su herida sanase por completo.

Sabía para entonces que no recobraría la vista de su ojo izquierdo, pero aquello le parecía un precio bajo por haber logrado salvar a su compañero. Él habría dado su vida con gusto, pero el dios Poseidón parecía haber decidido salvarlo en señal de que admiraba su valentía y noble corazón, o, eso afirmaba Kanon. Si se hallaba respirando normalmente allí abajo, con las corrientes del mar pasando sobre su cabeza, era porque tal había sido la voluntad del dios de las aguas. Porque únicamente aquellos escogidos eran capaces de llegar con vida hasta su reino, usualmente oculto y prohibido para los habitantes de la superficie.

Aunque, admitía que las costuras en su rostro eran una verdadera molestia. Picaban como las hiedras y tenía prohibido rascarse aun si lo hacía por encima de los vendajes.

Bostezó al cabo de algunos minutos. Bien podía echar una siesta allí, pues sabía que nadie lo molestaría de hacerlo. Kanon se había marchado esa mañana a algún sitio sin aclarar cuando volvería —dijo que pronto, pero eso bien podía significar días dependiendo del motivo por el cual debió irse— y a esas alturas tenía claro que nadie más habitaba el santuario submarino. Llevaba casi una semana allí abajo y solo había visto al hombre de cabello azul caminar por el lugar.

En el mar, un gran banco de peces de escamas doradas decidió cruzar por encima del sitio en donde Isaac descansaba, llamando la atención del chico. El grupo se conformaba por peces de distintos tamaño, algunos que nadaban rápido, otros con calma y algunos más que se separaban de la marcha un instante para regresar a su interior al siguiente.

El muchacho siguió con la mirada el nado del grupo en dirección al pilar ártico.

Los tonos amarillos y azules se fueron ocultando detrás de la construcción blanquecina y ese otro tono de amarillo que… No debía estar allí. Antes no estaba allí.

Isaac giró sobre la arena para quedar barriga abajo y ver aquello correctamente, olvidando el tener cuidado con su trabajo. Desde la cima del pilar ártico aquello que no debía estar allí lo miró de regreso. El muchacho sobre la arena tragó grueso e intentó mantenerse lo más quieto posible, inclusive pausó su respiración.

La estructura del pilar no solo se hallaba considerablemente lejos, sino que además su altura resultaba vertiginosa, mas aun con esas el muchacho fue capaz de fijar su vista en la cima y distinguir el cabello rubio y el par de ojos azules que solo podían pertenecer a otro ser humano. Había visto varios con tales rasgos anteriormente pero, sin importar ese detalle, una pequeña esperanza afloró en su cabeza. Pero, aquella persona se ocultó en un segundo, desapareciendo tras el pilar e impidiéndole desechar su idea tras un mejor vistazo.

—¡Es-espera! —cuando Isaac reaccionó, olvidó por completo su previa intención de no ensuciar su obra y se puso de pie para emprender la carrera hacia el pilar ártico.

No le tomó mucho tiempo llegar al monumento oceánico. Una vez se encontró allí dio varias vueltas al pilar observando la cúspide, solo para acabar por convencerse de que allí no había nada ni nadie, ni arriba ni abajo. «Probablemente lo imaginé» se dijo, pensando que ningún humano normal podría haber sobrevivido a una caída desde la cima y además haberse ocultado en el corto lapso de tiempo que a él le tomó llegar allí.

Claro que, también podía no tratarse de un humano común sino… Pero, definitivamente Hyoga no habría sido capaz de hacer eso. El rubio siempre perdía cuando jugaban a las escondidas.

Hallar a su compañero en verdad resultaba sencillo para Isaac, pues antes que verlo, prefería sentirlo. Nunca le reveló el truco al rubio, pero eso es porque también le servía de entrenamiento: en donde consiguiera detectar un cosmos tenue y agitado, el muchacho sabía que encontraría a su amigo. Aunque su rango de percepción no era muy grande, por lo que debía mantenerse concentrado en medio de su andar para asegurarse de no pasarlo por alto.

«No pierdo nada por intentar» con esa idea en mente, cerró su ojo sano y se propuso relajarse. Debía pensar claramente y encontrar a aquella persona o criatura, si es que realmente existía, pues no sabía si se trataba de un amigo o un enemigo. No era momento de acobardarse.

Isaac no requirió de dar un solo paso para sentir aquella presencia a los pocos segundos. Fue un destello brillante a su izquierda que lo impulsó a voltear el rostro en aquella dirección, como si acabase de recibir un golpe proveniente de allí e intentase encarar al culpable. No estaba particularmente cerca, razón por la cual imaginaba que era más fuerte que Hyoga, aunque no se asemejaba ni en broma a la reacción que estudiar a Camus solía ofrecerle. Observar el cosmos de su maestro era como fijar la vista en el sol de mediodía.

A su izquierda vio una roca de tamaño considerable. Supuso que la persona estaría oculta detrás.

Se aproximó con pasos lentos, cautelosos, respirando lenta y suavemente. No sentía miedo, pues el golpe que sintió no se encontraba cargado de malos sentimientos; estaba seguro de que esa persona tenía tanta curiosidad por él, como él tenía por ella. Pero, seguro que esa persona simplemente se hallaba tan confundida como él por haberse topado con alguien más en aquél reino sin vida.

Decidió avanzar con cautela.

—Ah —tan concentrado estaba en la roca, que no notó la caracola reina enterrada en la arena hasta que la planta de su pie entró en contacto con ella, arrebatándole una exhalación sorprendida ante el cambio de textura del suelo. Cuando volvió a alzar su rostro, Isaac se topó una vez más con aquél cabello rubio corriendo ya varios metros lejos de la roca, alejándose de él—. ¡Oye, espera, espera!, ¡no quiero lastimarte!

El muchacho no tardó en tomar carrera mientras gritaba, esperando convencer a aquella persona de que no era alguien malo. Las palabras no parecieron funcionar, por lo que prefirió reservar el aire para respirar mientras trataba de seguir el ritmo del desconocido. No iba a una velocidad inalcanzable, mas era ágil, saltando por sobre y entre las formaciones rocosas y coralinas del camino como si éstas no representasen obstáculo alguno.

Además, varias veces tomaba giros hacia la izquierda donde la visión del perseguidor se ofuscaba. Era bueno escapando. Isaac tenía algunas dificultades a la hora de volver a hallarlo en cada una de esas vueltas que los alejaban más y más, pero, el muchacho no desistió en su búsqueda y persiguió a aquél sujeto hasta que llegó a una roca empinada. Subió a la misma siguiéndole el rastro, pero una vez en la cima debió dar un paso atrás. Cayó de espaldas en parte por el susto y en gran medida por el cansancio, mas no le dio importancia al dolor de la caída. Debió inspirar hondo varias veces para recobrar el aire.

Isaac volvió a trepar la roca solo para confirmar que su vista agitada no le hubiera jugado una mala pasada.

Encontró que había visto correctamente. Al otro lado de la roca, lo que se apreciaba justo al borde era una fosa, honda y llena de un agua distinta a la del cielo, opaca por la carencia de luz. Pero el agua no era lo único que había allí abajo. Grandes corales de diversos colores brillaban en el agua negra, en la profundidad de la misma. No encontró a la persona con la mirada por más que lo intentó.

No era algo que Isaac no hubiese visto antes. Kanon le dio una guía por el santuario submarino en su segundo día allá abajo, luego de haber cosido su herida —en verdad prefería no pensar mucho en eso, pues había dolido bastante—, y le indicó que la gran fosa de coral marcaba el límite del santuario, aunque aclaró que éste no era el final del reino de los mares.

—Pero no hallarás gran cosa al otro lado, así que, mejor no intentes cruzar por mera curiosidad —había advertido el mayor.

«Técnicamente, no estaría intentando cruzarla» razonó el muchacho mirando los corales al fondo. Pero éstos se hallaban tan hondo y el sitio era tan oscuro que al final suspiró y dio media vuelta, dispuesto a regresar al templo de Poseidón. Nada le aseguraba que aquella persona estuviese ahí abajo en vez de oculta al otro lado de la gran fosa, pues ya no podía sentirla.

Dudaba entre si debía comentar al hombre de cabello azul sobre su encuentro o mantenerlo en secreto, pues al final, no estaba seguro de que hubiese sido real. Aquél sujeto rubio apareció y desapareció de la mismísima nada, aparentemente.

Con pasos intranquilos, el chico caminó de regreso al templo principal. En el trayecto, cayó en cuenta de los caminos zigzagueantes que había tomado para llegar hasta ahí y debió admitir que su mapa improvisado no resultaba en absoluto acorde a la extensión del terreno entre el pilar ártico y el pilar del pacífico norte; por ello, no se lamentó de haberlo destrozado con sus pisadas.


Kanon, hombre nacido en la tierra seca, no fue capaz de vivir recluido en el fondo del mar. Era atrevido, así que escuchaba y observaba a los santos desde lejos, por más temor que tuviese a ser descubierto. Era ambicioso, así que fantaseaba tomar el control de los mares así como el de la tierra, aunque en consecuencia se pusiera a los dioses o el propio mundo en contra. Después de todo, solo tenía una vida por la cual velar desde que decidió desligarse de su hermano y ya no tenía razones para continuar siendo una mera sombra.

—Con ésto debería bastar —Kanon recontó los tres fajos de billetes que el sirio le entregó antes de entregarlos al niño que estaba de pie a su lado, quien los guardó rápidamente en su mochila—. Si toda su mercancía está abordo, nos marchamos cuanto antes —el chico se tomó sus palabras como señal de que debía regresar al barco a dar aviso, así que éso hizo, con pies veloces.

El hombre sirio, en cambio, no correspondió su sonrisa radiante y lo miró con los ojos entrecerrados. Kanon no endureció su expresión pues lo cierto era que aquél tipo de contrabando no lo molestaba, por el contrario, ya que no se trataba de armas (su educación por parte de Saga lo forzó a repudiarlas casi tanto como él) se alegraba de poder ayudar a las personas a moverse entre las sombras de la civilización, como él siempre debió hacer.

—¿Cómo sabré que llegarán a salvo? —inquirió el sirio en un tono desafiante, antes de que sus hombros se hundieran—. Son mi mayor tesoro en el mundo.

Kanon suspiró.

—Mis muchachos me contaron de usted, si no los pierde de vista, puede pedirles a ellos información sobre su tesoro hasta que ellas logren contactarse por sus propios medios. Aunque, claro, no trabajaremos gratis, buen hombre —advirtió, pues sus camaradas de ilícitos se criaron poniendo en juego sus propias libertades a cambio de unas míseras monedas. Él debió enseñarles cuánto valor su esfuerzo —y su libertad— poseía realmente.

A Kanon aquello no le afectaba demasiado ya que él no vivía en la superficie, así que no necesitaba responder ante ninguna ley, gobierno o entidad similar de dónde obtenía ni cómo gastaba sus ingresos económicos. No le interesaba forjar una fortuna en un sitio que repudiaba aun en su añoranza, pero, los jóvenes eran un tema aparte; los pequeños pordioseros que le recordaban a sí mismo antes de entrar en contacto con los tesoros de las profundidades del mar eran un recuerdo constante de la miseria que el mundo tenía para ofrecer a la humanidad; de la miseria que las sociedades tenían para otorgar a las personas. Lo más importante, es que eran jóvenes e influenciables, jóvenes que podrían aceptar un cambio en el mundo que los beneficiaría algún día. Humanos sin dios que llegaban a considerarlo a él como un salvador divino sin necesidad de verlo envestido en una armadura.

—De acuerdo —accedió el sirio luego de un rato y refunfuñó antes de añadir—, se lo agradezco.

—Llegarán a salvo y sin tropiezos, tiene mi palabra —Kanon volvió a sonreír al extender la mano derecha que el hombre no tardó en estrechar.

El hombre griego suspiró cuando abordó la nave, quitando de su cabeza la molesta tela tradicional que utilizaba para mantener un perfil bajo —mismo que su color de ojos y piel no asistía—. Se sentó sobre un contenedor de semillas y estiró los brazos mientras observaba el pobre puerto en que habían echado anclas, las canoas diminutas, las barcas despintadas, los pescadores descalzos con sus redes; el puerto parecía observarlo de regreso, admirando el navío perteneciente a la familia Solo como si fuese un espectro de ensueño, blanco y reluciente.

No pudo Kanon lamentar la futura muerte del tradicional hombre sirio, mas pensó en la posibilidad de extender su promesa y salvar a las hijas del fin del mundo terrenal, pues ambas eran de mente joven todavía. Uno de los muchachos tripulantes, de los mayores, se acercó a él mientras meditaba.

—Capitán, esperan sus indicaciones en la proa —advirtió en un perfecto griego el rubio con dientes de lobo que recogió en Bielorrusia —era Lýkos—.

—Diles que leven anclas, llevaremos las cargas a Lymington y las muchachas a Kilve —resolvió Kanon con un bostezo. Otro de los tripulantes, de los menores, que cargaba unas cuerdas por estribor se detuvo apenas un instante al oírlo de paso.

—Uh, detesto el olor de los puertos en Gran Bretaña —comentó el niño de Nigeria con la argolla en la oreja derecha —era Kríkou—.

—Siempre puedes quedarte aquí, grumete —advirtió el griego, para reír a carcajadas cuando el niño regresó a su trabajo negando fervientemente con la cabeza. Al marcharse el niño, Kanon volvió a dirigirse al adolescente—. Tú estás a cargo mientras me echo una siesta. Tienen prohibido molestar a las muchachas o a mí, no pierdan el tiempo discutiendo y recuerden contar que no falte nada ni nadie antes de zarpar, ya saben qué hacer en caso contrario —instruyó antes de levantarse de su asiento improvisado para dirigirse al pequeño cuarto privado que se hallaba en popa, mientras Lýkos anunciaba a gritos que zarparían en diez minutos y todos debían ocupar sus puestos.

Kanon no deseaba mantener a su nuevo general aguardando por él más tiempo del necesario, así que, si al despertar de su siesta se hallaban ya fuera del Mediterráneo, podría hacer que el enorme barco —que parecía recién acabado pese a la enorme cantidad de travesías que realizara— les ahorraría el trayecto a la tierra inglesa que durante esas temporadas estaría cubierta por una espesa niebla. Su hermano le había enseñado las bases de aquél atajo años atrás, como si se tratase del secreto de un mago, pues le hizo jurar que no las compartiría con nadie incluso sabiendo que eso era un imposible para empezar.

A veces el griego añoraba aquellos tiempos de relativa paz e ignorancia, pero cuando se encerraba en su camarote y el símbolo de la familia Solo lo recibía sobre el cabezal de la cama, en el marco de la ventana, en la cobertura de la mirilla, en los decorados del baúl blanco al pie de la cama; entonces, dejaba de extrañar un pasado que no era más que eso. Pues bien podía apreciar sus memorias incluso contra su voluntad, pero, lo más que podía hacer con su poder era distorsionar el espacio, jamás el tiempo.

Así ocurrió que, lejos de las costas de Carbonia, un niño con sus binoculares observaría el engullimiento de un barco por un triángulo de oscuridad, antes de que lograra ocultarse tras unas elevadas formaciones rocosas y nadie le creería que no fue un juego de la luz con su vista porque el barco no volviera a aparecer al otro lado. Al final, carente de toda prueba más allá de su visión, el niño se rindió ante la certidumbre de ilusión que los demás le brindaron.


«Existen alrededor de doce áreas distribuidas entre los trópicos de Cáncer y de Capricornio, denominadas 'vórtices viles'. Éstos puntos se caracterizan por presentar fallas en instrumentos de medición, casos de desapariciones y fuertes eventos geológicos.

El Triángulo del Dragón, que no aparece trazado como tal en ningún mapa, forma parte de esa cadena de vórtices.»


Kanon asomó la cabeza para ver los corales al fondo de la fosa. Lo cierto era que aquello se veía asombroso con su brillo acuoso, pero, no tenía verdaderas ganas de lanzarse para apreciarlo de cerca. Mas lo único que vio allí abajo fueron eso: corales.

El griego echó algunos mechones de cabello azul hacia atrás y dirigió su vista al muchacho que tenía al lado.

—Bueno… ¿Quién sabe? —comentó con una sonrisa socarrona—. Tal vez viste una sirena.

El ojo sano del chico lo observó con asombro un momento ante tal conclusión, aunque rápidamente frunció el ceño. Kanon quiso decirle que no debería hacer eso —ser tan expresivo— porque las suturas en su rostro podrían moverse y causarle más picazón, pero suponía que se merecía una reacción como aquella. En realidad, se la había buscado. El chico de pelo verde había pasado los tres días previos buscando las palabras adecuadas para comentarle que se había topado con alguien en el santuario; alguien que no era Kanon. Se avergonzaba de pensar que el mayor no le creería tanto como que existiera la posibilidad de que se hubiese imaginado el encuentro. Y, cuando por fin se dignó a revelar su secreto, que también a Kanon le costó bastante esfuerzo sonsacar, él iba y optaba por aceptar la segunda inseguridad de Isaac como la opción más plausible.

Aunque el griego era sincero, pues si hubiese alguien más en el santuario, él lo habría sabido desde el primer segundo en aquella persona pusiere un pie dentro. Después de todo, era la voluntad de Poseidón y los monstruos ancestrales lo que escogía a los generales marina, pero el resto de la población y el ejército debían ser seleccionadas por dichos generales y todavía no habían avanzado tanto en el plan. Ni lo harían, hasta que los siete se hallasen reunidos.

Isaac lo sacó de sus divagaciones al poco rato, más confundido que molesto.

—No pudo ser una sirena, tenía piernas como las nuestras, no aletas —explicó.

Kanon quiso reír, aunque no supo si tal impulso fue causado por molestia o porque en verdad consideraba aquello hilarante. Al menos el chico no se había tomado a mal su comentario. Pensó que lo mejor sería olvidar el suceso, aunque no podía simplemente ignorar el tema. Emprendió camino por el borde de la fosa y aguardó hasta oír los pasos de Isaac detrás suyo. Tenían un lugar al cual dirigirse y prefería llegar allí antes del anochecer; aquella solo era una parada oportuna.

—¿Creciste en el norte, Isaac? —cuestionó a la ligera y ya adivinando la respuesta, pues el acento del chico lo delataba—. Las doncellas con cola de pez son populares por allá, pero, recuerda que nos encontramos en otro sitio.

—¿Qué significa eso?

Kanon volteó el rostro sin dejar de caminar, para apreciar la expresión interesada del muchacho de cabello verde. Se preguntó por un momento si él mismo solía verse así ante los relatos de las aventuras de su hermano años atrás. Esperaba no desilusionar con su respuesta. Así que el mayor se esforzó en adornar la explicación con casi todo lo que sabía sobre aquellos seres mitológicos y más. Similitudes, diferencias, ejemplos; Isaac tampoco dejaba de cuestionar. Entre voces animadas y pasos tranquilos llegaron a su segunda parada.

—Cuando regresemos al templo de Poseidón, te enseñaré que no estaba bromeando —prometió—. Pero ahora, ven, mira ésto.

Habían bordeado la enorme fosa durante varios minutos, hasta que llegaron allí. Isaac se aproximó a su lado, al límite del acantilado. Pareció entender porqué estaban allí y no en otro sitio con bastante facilidad, aunque lo cierto es que aquello era notable: ahí en donde estaban, el hueco entre el santuario y el resto del territorio se hacía un tanto más estrecho. No por ésto la distancia y las diferencias en el nivel del terreno dejaban de impresionar, la posibilidad de una caída era lo menos incitante.

—¿No hay otra manera?

—Dijiste que querías verla.

—Y eso haré —se apresuró a aclarar el muchacho, mirando al mayor con toda la seguridad que era incapaz de dirigir a la grieta submarina.

—Bien, entonces, yo iré primero. Tan solo imítame.

Kanon dio la espalda a la fosa y avanzó varios metros, pues el envión resultaba crucial al momento de saltar aquél precipicio. A él la repetición le había quitado el susto, además de que nunca le tuvo un particular pavor a las alturas para empezar. Volteó media vuelta cuando le pareció haber tomado distancia suficiente y se aseguró de tener la atención de Isaac antes de señalar al suelo bajo sus pies, el chico entendió su mensaje y asintió en respuesta.

El hombre tomó aire y colocó un pie delante del otro, apenas inclinó el torso. Exhaló y empezó la carrera. Como el muchacho poseía cierta consciencia sobre las capacidades de un santo, no se molestó en mantener un ritmo que cualquier persona alcanzaría a apreciar. Aceleró el paso hasta donde lo consideró suficiente y justo un metro antes de la caída se posicionó para saltar, dispuesto a romper con creces cualquier récord mundial que se hallase vigente. Debía cruzar unos veintitrés metros de longitud con aquél acto, después de todo.

Cuando alcanzó el límite de altura sobre la grieta, bajó la vista y alzó los brazos, recordando un poco de su infancia y cuánto disfrutaba arrojarse al mar desde las alturas, ignorante de cualquier peligro que aquello pudiese conllevar. Los corales parecían brillar más a esa distancia. Pero el suelo se movía debajo suyo a gran velocidad, así que se preparó para la caída.

Había calculado correctamente, pues cuando aterrizó al otro lado de la fosa, lo hizo unos cinco metros adentrado en el terreno seguro. Tocó el suelo con pies y manos, pero se levantó rápidamente. Le tomó poco tiempo relajarse antes de voltear y observar la cima del otro lado.

Isaac no se encontraba esperando al borde por alguna señal. Kanon apenas alcanzó a notar que el chico estaba corriendo hacia él cuando éste ya había saltado. No parecía faltarle velocidad. Desde su sitio, el griego alcanzó a ver la emoción en el rostro ajeno, la boca y ojo bien abiertos por la impresión de lo que estaba haciendo. Tampoco parecía haberle faltado impulso a la hora de saltar, pues consiguió una buena altura.

Pero, algo falló.

Isaac se dio cuenta justo antes de llegar al otro lado y Kanon lo imaginó por la manera en que cambió su mirada antes de que ocurriese. El muchacho apenas consiguió tocar tierra con la punta de su pie derecho. De alguna forma lo había conseguido, el cruzar, pero algo había sido insuficiente. Quizás simplemente se asustó al final.

Kanon tuvo los reflejos necesarios para correr hacia el borde y tomar el brazo del chico antes de que éste cayese hacia atrás. Lo jaló hacia sí para alejarlo del peligro. Una vez entendió lo que ocurrió, Isaac se apartó rápido de su agarre, alejándose todavía más de la fosa mientras la miraba con cierto recelo.

El mayor sabía que no era bueno permitirle aterrarse por algo como eso, así que lo alcanzó pronto y tomó sus hombros para forzarlo a dar la vuelta. Le dio un empujón leve y comenzó a caminar a su lado, guiando el paso.

—Lo has hecho muy bien —aunque no se refería a la ejecución, sino a la confianza, pues la primera vez que él mismo cruzó esa grieta, debió tomar carrera seis veces antes de atreverse a dar el brinco. Temía tanto haber hecho un mal cálculo que continuaba echándose atrás—. Estoy hablando en serio, esperaba tener que ayudarte mucho más que éso.

Isaac no contestó pero su expresión mejoró bastante.


Cada vez que Isaac no lograba superar un entrenamiento, o sus propias expectativas sobre el mismo, sentía un sabor agrio en la boca que le impedía responder a los consejos o felicitaciones de su maestro Camus con nada más que un movimiento de cabeza. Había veces en que ni siquiera se atrevía a verlo a los ojos. Con Kanon le ocurrió algo parecido, no tuvo ni la decencia de agradecerle por salvarlo y emprendieron el camino en silencio.

Anduvieron con calma durante largos minutos por un camino que empinaba, casi media hora transcurrió hasta que la arena comenzara a decorarse con corales, piedras brillantes y… restos de barcos, maderas enormes, telas de vela parcialmente hundidos en los granos blancuzcos. Kanon se disculpó por el «desorden» del sitio a pesar de que él no era su causante e Isaac volvió a no saber cómo responder. En una de las velas, el muchacho logró avistar, aun borroso, el símbolo que siempre sellaba las cartas que su maestro recibía y debió respirar hondo para tragarse el comentario.

—Ya llegamos —la voz de Kanon lo hizo espabilar. El griego se detuvo y extendió una mano hacia el frente bajo, señalando más recuerdos que Isaac podía imaginar sin mucho esfuerzo entre los cangrejos y corales, pilares y losas de mármol desencajados, telas despintadas y trozos de armamento—. Aquí, la gente del mar luchó por última vez hace cientos de años, para proteger a su dios —explicó el mayor mientras volvía a caminar—. Poseidón sintió una gran preferencia hacia las bestias marinas por sobre los humanos desde la era del mito, no lo negaré. En parte, es por la historia de la gloriosa ciudad portuaria de Atenas, pero también, porque las personas son generalmente más débiles que los monstruos marinos a pesar de compartir su origen primordial.

—¿Cómo lograron llegar hasta aquí? —si bien los barcos podían haberse hundido luego, Isaac sabía que no era posible llegar nadando desde la superficie; no solo por la distancia, sino también por la barrera que los pilares del santuario creaban.

—Hasta donde he averiguado, entraron en son de paz.

—Como en Troya.

—Algo así —concedió Kanon al agacharse para recoger un viejo casco blanco—. Ya habían encarado la derrota y Poseidón accedió a dormir para no interferir en el orden del mundo, pero, cuando las personas del mar se negaron a abandonarlo, los atenienses decidieron llevarlos por la fuerza a tierra —el griego suspiró—. Cuando Poseidón estaba dormido, éste sitio estaba inundado, así que debieron llevarlos con la intención de salvarlos. Pero, traicionar al dios en que uno cree significa recibir la peor condena en el Hades. Ellos se decidieron a morir aquí, Isaac, junto a su dios.

El muchacho se adentró a una construcción que carecía de medio techo y un pilar, y tomó asiento en un banco de piedra erosionada que poseía musgo entre las grietas; tal vez fuera una habitación, tal vez el pórtico a un jardín, tal vez el descanso de un baño. No pudo evitar preguntarse si los niños correrían por el lugar y los hombres se pasearían vigilantes; si los niños habrían sido leales a Poseidón hasta el final o las mujeres rogarían por su salvación. Se dijo, no por vez primera, que él no era un santo, sino el aprendiz de uno. Conocía el santuario ateniense con la misma añoranza con que Camus le contaba sobre él, pero, a pesar de hallar similitudes con el pueblo que adoraba a la diosa de la sabiduría por la antigüedad de las construcciones y las calles pequeñas; el aroma a sal primaba sobre el de los maderos encendidos para el horno, la humedad superaba al calor, el blanco del mármol y el verde de los musgos opacaban las losas oscurecidas y polvorientas sobre las que el santo de Acuario hablaba.

—¿Todo ésto rodea al santuario? —Kanon descansó su espalda contra un pilar antes de asentir en su dirección.

—Algunos sectores aguantaron mejor que otros, si quieres verlos —Isaac se preguntó entonces porqué el mayor había advertido que no había nada interesante que explorar en las afueras y Kanon pareció leer su mente—. No quería que vieses los barcos, pero, ya que estamos con aquí, ¿cuántas posibilidades hay de que te hayas cruzado con un fantasma del pasado en mi ausencia?

El griego alzó el casco blanco y, con su diestra en el interior, lo movió de un lado a otro imitando un caminar. Isaac negó, poniéndose de pie.

—Los fantasmas no dejan huellas en el suelo, porque tampoco tienen pies —recordó como si fuese una obviedad—. Quiero dar una vuelta.

Kanon suspiró y dejó el casco sobre el pilar cortado.

—Sabes demasiado sobre criaturas que jamás has visto, ¿no crees? —Isaac se mantuvo en silencio pensando en qué responder hasta que el griego lo tomó por los hombros para darle vuelta—. Te acompañaré, andando.


«El Triángulo del Dragón recibe éste nombre por la creencia de que fieros dragones marinos habitan la zona y devoran botes pesqueros y navíos de guerra por igual.»


—Entonces, ¿ya te has decidido?

Kanon acabó de retirar las puntadas del párpado ajeno. El daño en el rostro del chico continuaba siendo notable, la cicatriz que se extendía desde la mejilla hasta la frente se quedaría allí por toda su vida, pero, al menos el párpado estaba entero otra vez.

—Quiero quedarme y ayudar a proteger éste reino —el muchacho abrió su ojo sano y miró al hombre—. Mi maestro me enseñó que debía ayudar a las personas siempre que fuese capaz e incuso cuando no. Si soy necesario aquí, Kanon, entonces voy a quedarme.

El mayor abrió el párpado dañado y ni siquiera se molestó en preguntar al chico si era capaz de ver algo con ese ojo. Resultaba obvio que no lo hacía. Lo más recomendable sería extirpar el globo, pero el griego no tenía la suficiente confianza o conocimientos médicos para hacer algo así.

—¿Sientes algo?, ¿te duele?

—Me molesta —ante eso, dejó el ojo del chico en paz y decidió retomar la conversación previa tras una pausa.

—¿No los extrañarás?

—Claro que lo haré. Pero los conozco bien y ellos pueden vivir sin mí. Además, ya no tengo necesidad de entrenar para conseguir la armadura del Cisne, ¿no es cierto?

—El Kraken te escogió, pero debes ser tú quien lo acepte —Kanon estiró su brazo derecho para alcanzar el parche que había comprado en el puerto de Kilve el día anterior, uno café de estilo pirata.

Lo colocó alrededor de la cabeza de Isaac y juzgó que le sentaba bien. El chico no se quejó.

—Aunque digas eso, no creo cumplir con sus expectativas aún.

Ignorando aquél comentario, Kanon invitó al muchacho de cabello verde a ponerse de pie y éste lo siguió fuera de aquella habitación. El templo de Poseidón era colosal, sobretodo cuando se ignoraba el camino principal desde la entrada hacia el salón del trono; el resto de la construcción parecía ser un laberinto levantado a propósito. Por fuera se veía mucho más equilibrado de lo que realmente era, pues en el interior uno se sentía atrapado en un arrecife o perdido en una caverna subacuática. Más que un templo, parecía el rincón de juegos de extrañas criaturas marinas.

Salieron por el pasillo a uno de los patios interiores que, al igual que los demás, tenía una pequeña fuente en el centro. Desde ése patio en particular podían ver la punta del pilar índico si alzaban la mirada al mar. Fue al hacer ésto que una idea llegó a la mente del general marina: él mismo quizás no fuese capaz de extirpar el globo ocular de su nuevo compañero sin peligro, pero, conocía a alguien que sí podía hacerlo.

Estiró los brazos al frente y luego le dedicó una sonrisa a su nuevo general.

—Si esa es tu decisión, ya va siendo hora de que conozcas al resto de tus compañeros, ¿no te parece?

Había revelado poco sobre ellos, lo suficiente como para que fuesen interesantes y no tanto como para que no dejasen nada que desear en la mente del nuevo general. Eso fue sencillo. Mantener a los otros generales lejos del santuario submarino, en cambio, resultó ser más complicado de lo que hubiese esperado, pues todos sentían curiosidad en mayor o menor medida por el nuevo integrante de su orden. Simplemente tuvo suerte de que el más curioso fuese también el más ocupado con sus asuntos en la superficie.

Isaac contempló un rato las aguas sobre sus cabezas antes de asentir. Resultaba divertida la notable emoción que el muchacho tenía presente en la mirada, misma que fallaba en disfrazar como determinación.

Kanon recordaba haberse sentido así también, tiempo atrás, completamente ilusionado con un futuro que su ser más preciado decidió arrebatarle en su propia cara. No planeaba dejar que ese chico perdiese la ilusión de la misma manera. El general de Dragón Marino no traicionaría esa convicción que ayudaría, de un modo u otro, a conquistar la Tierra por medio del mar; compartirían el ideal de la reivindicación contra la crueldad de Atenea, que nunca estuvo dispuesta a renunciar a su título de deidad guerrera ni siquiera por una mísera tregua con su propia estirpe.


«Se decía que el mismísimo dios Poseidón otorgó a los Dioscuros el poder de rescatar a los marineros que naufragaban en el mar.

Los gemelos hijos de Zeus fueron conocidos como los santos patronos de los marineros.»


N/A: Dios, creo que escribí de más y no suficiente de lo que quería. Igualmente espero que la lectura haya sido entretenida, al menos. Tomé la decisión de incluir una pareja aquí, han tenido un hint en medio de éste capítulo. ¡Acepto cualquier crítica que me ayude a mejorar!

No saben cuánto odio que ff no permita dejar renglones libres, por cierto.

«éstos separadores» contienen información de distintas páginas web:

-Ceto, de Mitología Griega

-Dragones, de Mitología

-Los gemelos que conquistaron las estrellas, de Turismo de las estrellas

-El Triángulo del Dragón, de Mitos, monstruos y leyendas