Nota: No te voy a mentir, se sintió medio turbio y oscuro, omg; probablemente le haga una segunda parte (?)
I.
Dieciocho años.
Dieciocho años de vida.
Dieciocho años de vida estando en este mundo tan diferente al que vio, conoció, sintió, en el que vivió y murió cuando era un adulto.
Y ahora, era simplemente un adulto joven que acababa de cumplir 18 años. La edad donde él era dueño de sí mismo y sus decisiones, de quien dependía su incierto futuro; de tan sólo pensarlo sonrió con burla.
Y la mejor forma que tenía de celebrarlo, sería bebiendo. Bebiendo hasta perder el conocimiento y como un desquiciado; total, nuevamente le tocó tener padres estrictos que lo criticaban al más mínimo error y, que no les importaba realmente.
El único alivio era que no tenía un hermano como Cheshire, y aunque extrañaba a Ruby, el hermano que le había tocado en esta vida, no era tan malo. Después de todo, fue él quien le ayudó a buscar un lugar donde vivir y quien le estaba ayudando financieramente con el colegio y la comida; en serio le estaba agradecido por ello.
Aunque su hermano era un hombre ocupado y por ello pasaba casi gran parte del tiempo solo. Pero bueno, no es como que él se fuera a quejar, no cuando ya le estaba ayudando bastante con el dinero.
El cual, iba a gastar una parte en su vicio: alcohol.
Palpó el bolsillo de su pantalón, al menos había apartado dinero para este momento que había sido una tortura. Se relamió los labios, no podía esperar más para volver a beber.
Justamente cuando estaba por entrar a la tienda para comprar unas botellas de alcohol, su mirada se desvió a la pequeña presencia sentada a un lado de la entrada. Enzo detuvo sus pasos, curioso por ver ese cabello platinado en lo que parecía ser, un niño.
Entrecerró los ojos para mirar con más detalle al mocoso, aunque la poca iluminación que salía de la tienda y la oscuridad de la noche no le dejaba ver más que ese cabello plateado y lo que parecían unas ropas desgastadas.
Tal vez fue por su casi insistente mirada en él, que el niño levantó el rostro en su dirección.
Dejándolo impresionado y horrorizado.
II.
– Tiene que ser una maldita broma… – fueron las palabras que escaparon de sus labios, sin tiempo de procesar lo dicho o reparar en el hecho de que estaba insultando frente a un menor de edad.
El niño frunció el ceño con recelo, abrazando con más fuerza sus piernas y mirándole con hostilidad brillando en esos rubíes. Enzo reprimió un suspiro y las ganas de reírse de esta situación.
Maldita sea, ¿Por qué él de todas las personas?
Se preguntó Enzo al ver a una versión más pequeña de su intimidante ex cuñado en su vida pasada.
Vaya, la vida definitivamente no lo quería o era dios burlándose de él otra vez.
Respirando profundamente y exhalando para tranquilizarse, lo miró unos segundos más. El mocoso estaba claramente a la defensiva, y fijándose bien, había un hematoma en su mejilla derecha; la sorpresa junto al sentimiento de lástima lo embargaron.
¿Cómo es que su ex cuñado había acabado en tan lamentable estado siendo que, era el más fuerte en su vida anterior?
Desechando la lástima que estaba sintiendo por él, decidió entrar a la tienda. Y cuando salió, ya tenía una bolsa con otras cosas que, no eran alcohol; para su suerte, el niño no se había ido. Así que, preguntarle o sacarle plática simplemente lo cargó como un costal de harina y caminó hacia su departamento.
Luchando con el mocoso en el proceso, porque este no se le cayera y por llegar a casa.
III.
Probablemente el niño ya no tenía fuerzas o simplemente se rindió, pues fue un alivio el ya no sentir los golpes que le daba en la espalda, las patadas y alguna que otra mordida que le propinó. Enzo se felicitó a sí mismo por aguantar a la versión mini de su amargado y aterrador ex cuñado.
Entró al departamento, sintiendo el cansancio mermar en su cuerpo de post-adolescente. Incluso así, dejó al pequeño albino en el sillón individual antes de echarse sobre el otro sillón también individual y suspirar sonoramente; miró de reojo al niño, antes de mirarlo completamente.
Su ropa no sólo estaba desgastada, también estaba sucia y en algunas partes, rota. Sus manos estaban lastimadas y al parecer, estaba descalzo y con los pies sucios.
No lo estaba mirando, pero estaba completamente seguro que ese hematoma en la mejilla seguía ahí. Se sintió perturbado ante su comportamiento dócil y silencioso de ahora, cuando antes estaba más enérgico y agresivo.
Dirigió una mirada a la bolsa de plástico que todavía sostenía y volvió su mirada al niño maltratado, soltando un pequeño suspiro mientras sacaba el pequeño envase de helado que le compró. Levantándose brevemente para dejárselo en su regazo, notando su sobresalto, al que quiso intuir que era por el frío del producto y no otra cosa.
– Cómelo… seguro no has comido nada en todo el día – volvió al sillón, metiendo la mano en la bolsa para sacar unas frituras saladas que compró para él. Desesperándose unos minutos después ante su quietud –. ¿Qué esperas Isuke? Come.
Abrió su bolsa de frituras, metiéndose un puñado a la boca sin cuidado.
–… ¿Cómo sabes… mi nombre?
Enzo casi se atraganta con las papas.
IV.
– ¿Qué? ¿Yo… yo qué?
–… Dijiste mi nombre… y ni siquiera te lo había dicho – Isuke tomó entre sus manos el envase de helado, concentrándose en el frío natural de este, apretando ligeramente los labios antes de levantar la mirada y posarla en el castaño con la mirada incrédula. Sus orbes de sangre se endurecieron al igual que sus facciones en un intento por lucir amenazante pese a sus heridas y su corta edad de 8 años –. ¿Quién eres y… cómo me conoces?
Apretó ligeramente el envase para disimular su temblor, el miedo y la desconfianza que le producía este hombre que, no hacía nada más que mirarlo con incredulidad. Isuke apretó la mandíbula, atento a sus acciones y reacciones.
Los adultos eran aterradores, eran crueles. Y este frente a él, no tenía por qué ser distinto.
– Te estoy…
– Me recuerdas a alguien – suspiró, molesto luego de su sorpresa inicial –. No tenía ni idea de que ese era tu nombre, ¿de acuerdo? – Sacó una hojuela frita, apuntándolo y mirándolo con seriedad (aunque a ojos de Isuke, se veía ridículo) –, así que come ya antes de que eso se caliente.
No le dijo nada más y él tampoco, y sin muchas ganas abrió el helado para empezar a comerlo.
Fue el primer helado que había probado.
V.
– ¿Cuál es tu nombre? – le preguntó, dejándose aplicar una comprensa fría en el hematoma, luego de que el mayor lo bañase (contra su voluntad) y le prestase una camiseta negra. Frunció el ceño al verlo alzar una ceja con escepticismo –. Tú ya sabes el mío, y sería justo saber el tuyo.
¿Sería correcto decirle su nombre? No era como si planease quedarse para siempre a este mocoso, y aunque fuese absurdo, quizá Isuke tenía un hogar.
–… Enzo.
No era como si Isuke fuese a recordar su vida pasada luego de darle su nombre tampoco, y mucho menos, que él fue el causante de su muerte. De sólo pensarlo, le molestaba y le dolía.
En realidad, ¿para qué había traído a Isuke a su casa? ¿Qué pretendía? ¿Hacerla de salvador?
¿…O vengarse?
– Bueno y, ¿Qué hacías en la calle y por qué estabas lastimado? ¿Estabas huyendo, quizá?
– Eso no…
– Me incumbe porque yo te recogí, mínimo merezco saberlo, ¿no crees? – se levantó, cruzándose de brazos, exhausto –. Tu familia…
– Yo no tengo familia – lo cortó bruscamente, mirándolo con seriedad. Abrumadora seriedad para ser un niño de ocho años, aunque Enzo ya estaba un poco acostumbrado a eso (al rostro serio de Isuke) –. Ni padre, ni madre, ni hermanos… a nadie.
– Ya veo…
Si comparaba a esta versión de Isuke con la que conoció, notaba las grandes diferencias entre ambas versiones. El Isuke que su vida anterior, pese a siempre tener un rostro serio o molesto con el mundo, estaba rodeado de personas que lo querían y estimaban, sin contar que su actitud era levemente más suave a comparación de este Isuke.
Que era huérfano, que estaba solo, lastimado y era arisco como un animal salvaje herido…
– No necesito tu lástima, ahórratela.
…Y más insolente.
– ¿Ah? ¿Quién está sintiendo lástima por ti, mocoso?
– Tú.
– Estaba recordando algo. No todo tiene por qué girar en torno a ti – lo miró con una sonrisa molesta antes de estirar su mejilla sana –. Eres un mocoso malagradecido, Isuke.
– ¿E-Entonces por qué n-no…?
– Ni creas que te voy a echar, no soy un desalmado – soltó su mejilla, volviendo a cruzarse de brazos mientras Isuke ponía su mano sobre la zona ligeramente lastimada y lo miraba incrédulo –. Ahora eres mi responsabilidad, quieras o no.
Isuke frunció el ceño, mirándolo con molestia.
– No me voy a disculpar.
– No esperaba que lo hicieras de todos modos – se encogió de hombros, desinteresado antes de darse la vuelta en dirección a su habitación, deteniéndose un segundo para mirarlo con una sonrisa petulante –. Pero tú no te vas a librar de mí.
Sus mejillas ardieron, pero se dijo a sí mismo que era por la molestia que le causaba este adulto idiota.
Ignorando también la calidez en su pecho.
VI.
(– Te doy dos opciones: la cama o la alfombra.
–…
– Si no me contestas, intuiré que quieres la alfombra.
–… ¿No me harás nada?
– Soy alcohólico, no pederasta. Y me acabas de ofender enormemente.
–… La cama.
– No, ya no, me ofendiste y ahora te toca la alfombra.)
VII.
Como supuso, el sueño no llegaba a él y no lo haría esta noche. Era una de esas raras noches de insomnio, y justamente, debía ser hoy.
Se sentó en la cama, asomándose en la orilla para ver al mocoso, quien tal vez por el cansancio –tanto del estrés como de sus heridas– había cedido al sueño. Le dio un poco de envidia pero al mismo tiempo, alivio como ligera diversión.
Al final, terminó cargándolo y acostándolo en la cama, cerciorándose de que estuviese cómodo y no se despertase. Siendo una suerte el que siguiese durmiendo.
Realmente nunca conoció a Isuke en el pasado, en su vida anterior. Y si lo pensaba mejor, esta era la primera vez que ambos interactuaban y hablaban.
…Pero al mirarlo, una pesadez se asentaba en su pecho.
¿Cómo se atrevía Isuke a reencarnar también pero olvidarlo todo? No era justo, no era justo ser el único que recordaba y cargaba con los recuerdos de una vida previa.
De una muerte dolorosa y trágica por su culpa.
Era demasiado injusto.
IX.
– Quiero que recuerdes que me mataste, Isuke van Omerta.
X.
Lentamente fueron acoplándose el uno al otro, con el pasar de los días que prontamente se convirtieron en semanas. Semanas que se volvieron meses. Y meses que luego se transformaron en años.
La soledad de Enzo se vio echa a un lado luego de acoger a Isuke, y aunque todavía existieran silencios, luego de volver del trabajo –que había conseguido terminada la carrera en administración–, sabía que, había alguien esperando su regreso.
El sólo hecho de tener a alguien esperándolo y con quien compartir tiempo, le alegraba. No quería admitirlo pero, se había encariñado con él.
No es que háyase olvidado el pasado o como si lo hubiera perdonado. Pero…
Tal vez, finalmente, tenía la compañía que tanto quiso en ambas vidas.
Sacudió la cabeza para despejar esos pensamientos sentimentales, insertando la llave para entrar al departamento. El olor a estofado le hizo saber que Isuke había hecho la cena pero el verlo acurrucado en uno de los sillones, dormido, le dibujó una pequeña sonrisa.
Este tonto nuevamente le había esperado.
Cerró la puerta y dejó a un lado su maletín, acercándose para despertarlo y así cenar los dos. Pero apenas acercó su mano a su hombro, rozándolo apenas, alcanzó a escuchar un pequeño sollozo; dándose cuenta más tarde, que Isuke estaba llorando en sueños.
Y cuando trató de llamarlo–
XI.
– Lo siento, Enzo…
XII.
Oh.
Isuke estaba soñando ese momento, ese preciso momento donde él acabó con su vida. Donde todo terminó para él.
Alejó su mano con una expresión en blanco, apartándose del muchachito, sólo para contemplarlo un instante en silencio.
Así que finalmente recordaste.
Una sonrisa amarga asomó sus labios.
Realmente te tomaste tu tiempo, Isuke.
XIII.
Un peso extra sobre él lo despertó de su letargo y le hizo parpadear para despejar el sueño y cansancio, tanto por el trabajo como por saltarse la cena. Un par de gotas cálidas de agua lo hicieron levantar la mirada, hallándose con una mirada arrepentida y desesperada.
Fue gracias a la luz lunar que se filtraba por la cortina, que pudo observar el rostro lloroso del niño que hace 10 años, había acogido. Nunca lo había visto tan vulnerable como en estos momentos, sintiendo como sus dedos se aferraban a las sábanas y el sonido de sus hipidos junto al de su nariz tapada.
– E-Enzo… por favor, no me dejes – le rogó, con la voz entrecortada y hecha un murmullo por el nudo en su garganta –. ¡Lo siento mucho…! – Sollozó, las lágrimas descendiendo por sus mejillas –, Enzo yo… yo… yo…
– No quiero tu perdón, Isuke – suspiró, sentándose en el colchón para mirarlo a los ojos y sujetarlo por los hombros. Limpiando sus lágrimas con la manta, con serenidad y sin prisas –. Pero… mentiría si dijera que no quiero tomar represalias por lo que hiciste.
– Lo siento, lo siento mucho, Enzo, lo siento tanto…
–… Si tanto lo sientes, entonces haz esto por mí.
XIV.
– Quédate aquí… si intentas huir, me enojaré.
XV.
(Paga el precio, Isuke van Omerta).
XVI.
– Lo prometo, yo… ¡Haré lo que sea!
Enzo sonrió, con dulzura al mismo tiempo que acariciaba sus cabellos de plata.
– Buen chico.
