Verano 1997
Harry se despertó temprano, apenas había salido el sol. La casa estaba silenciosa, se le hacía extraño, con tanta gente entrando y saliendo era difícil que no hubiera pasos, golpes o voces. Se acercó a la ventana, estirando la espalda mientras se ponía las gafas y entonces lo vio: en el pequeño patio, una figura envuelta en una capa abrigada fumaba despacio un cigarrillo. Tenía al lado una escoba, así que supuso que había aprovechado la oscuridad para volar un rato.
Bajó las escaleras de dos en dos, poniéndose un jersey grueso. Hacía días que quería tener la oportunidad de hablar a solas con Malfoy, pero siempre estaba acompañado por Nott o Zabini.
Le recibió el aire frío del amanecer y el sutil olor a tabaco, que por un momento le devolvieron a las veces que había acompañado a Sirius en el patio mientras fumaba, huyendo de Molly y sus discursos sobre ser una mala influencia.
Se dejó caer junto a él en el césped húmedo de rocío sin decir nada y contempló el rosado amanecer. Malfoy ni se inmutó, tampoco dijo nada, se limitó a ofrecerle el cigarrillo encendido. Harry acercó los labios y aspiró, acariciando de paso sus dedos con ellos. Expulsó despacio el humo hacia arriba, repasando el perfil de su compañero.
— ¿Sigues teniendo problemas para dormir?
El rubio se limitó a asentir con la cabeza. Así había comenzado todo, paseando por el colegio cuando no podían dormir el curso pasado. Después, en sexto, Harry se había pasado el año acosándolo para que le revelara lo que tenía entre manos. Finalmente había acudido a Zabini y Nott, para convencer entre los tres a Malfoy de desertar. Ahora los tres Slytherin estaban bajo la protección de la Orden. Inocentemente, Harry había pensado que viviendo en la misma casa, podrían pasar tiempo juntos, pero no, el rubio le evitaba.
— Sabes que puedes hablar conmigo, como antes... ¿verdad? —preguntó cuidadoso, después de otra calada.
— ¿Por qué?
— ¿Cómo qué por qué?
— ¿Por qué quieres pasar tiempo conmigo?
Harry suspiró con frustración.
— Creía que éramos amigos.
Se calló el resto de lo que realmente pensaba, porque no parecía que fuera el mejor momento. Draco no respondió, se encogió de hombros y encendió otro cigarrillo. Estuvieron un rato más, compartiendo ese cigarrillo y un tercero después. Los sonidos de la casa despertando comenzaron a llegar hasta ellos, podía escuchar a través de la ventana de la cocina a Molly discutiendo con Kreacher.
Malfoy se puso de pie, sacudiendo las virutas de hierba pegadas a su ropa, sin mirar a Harry. Tomó la escoba y entró a la casa, dejándole solo con su malestar.
Dos noches después era Harry el que salía al patio a volar bajo la luna. Llevaba dos días acumulando tensión, se sentía un caldero a punto de hervir. Malfoy apenas salía de su habitación y él... estaba frustrado.
Hizo un par de caídas en picado, disfrutando del corte del viento contra la cara. Al descender en la tercera, lo vio, un punto naranja incandescente y una figura oscura apoyada contra la pared de la casa. Enderezó la caída a tiempo para girar y aterrizar ante él.
— ¿Hoy tampoco duermes?
— Parece que tú tampoco.
Harry se quedó allí de pie, frente a él, las manos ciñendo con tanta fuerza el palo de la escoba que le dolían los nudillos. Draco se limitó a tenderle otro cigarrillo encendido y él optó por tumbarse en el césped a fumárselo, unos pasos más allá.
— Mandaste a mi padre a Azkaban.
— Me disculpé por eso el año pasado muchas veces —respondió, cansado.
Sintió a Draco tumbarse a su lado.
— Lo siento.
— ¿El qué?
— Mis padres y mi tía son responsables de la muerte de tu padrino.
Guardó silencio un momento, sintiendo el retortijón que normalmente le daba al pensar en Sirius.
— Yo soy el responsable por no pensar antes de actuar. Así que no, yo maté a Sirius y te dejé sin padre. Entiendo que no podamos ser amigos.
Escuchó a Malfoy hacer un ruidito de protesta a su lado, pero siguió mirando al cielo que empezaba a clarear.
— Llevo la marca, Potter. El día que esto acabe y la Orden deje de protegerme, seré un paria para los míos y para los tuyos. No tiene sentido que seamos amigos.
— Eso es una idiotez. Yo podría morir mañana, toda esta mierda va de eso al final, es mi vida o la de Él. Y tú —le dijo, girándose hacia él—, tú eres mucho más que esa marca en el brazo.
Malfoy no le contestó, se limitó a mirarle mientras encendía otro cigarrillo.
— Yo te veo, Draco. Te veo ayudando a limpiar, a poner y quitar la mesa, ofreciéndote a cualquier tarea que Molly necesita. Te veo cuando visitas a tu madre en su habitación y tratas de convencerla para que salga. Sé que eres tú el que ordena los libros en la biblioteca y el que impide que Nott y Zabini se enganchen a palos con Ron. Estás haciendo todo lo que puedes para que este encierro sea más llevable y yo...
— ¿Y tú? ... —preguntó Draco en un murmullo, mirándole con ojos brillantes.
— Yo te veo y me alegro de que estés aquí, porque me haces tener esperanza. Y eso me anima a ser mejor persona —soltó de golpe , como si las palabras llevaran tiempo esperando a salir.
— Estás exagerando.
— Estoy siendo sincero contigo.
Draco le miró un momento más y luego desvió los ojos hacia la escoba, apoyada en la pared.
— ¿Volamos?
Asintió, de ninguna manera iba a renunciar a pasar más rato con él. Volaron, Draco tras él, fuertemente sujeto a su cintura. En un momento dado, justo antes de que despuntara el sol, los llevó hasta lo alto de la casa y allí, sentados sobre el tejado, contemplaron el amanecer.
— Gracias.
Lo miró, sin entender.
— Por no rendirte conmigo. Y por tener tanta fe en mí.
Y entonces le sorprendió aún más, estirándose a besarle fugazmente en los labios. Lo miró con los ojos muy abiertos, sonrojado. Draco se limitó a sonreír y encender un cigarrillo y acercárselo a los labios, dejando a Harry rozar sus dedos de ese modo que le daba una pequeña corriente que llegaba hasta el codo.
El verano en Grimmauld Place estaba llegando a su fin. Los tres Slytherin se miraban preocupados entre ellos, sin tener claro cuál iba a ser su futuro si no podían volver a la escuela en septiembre.
— ¿Sigues sin noticias de Potter? —le dijo una tarde Blaise, sentados los tres en la habitación que compartían.
Draco movió la cabeza negativamente, mirando por la ventana, los dedos picando por un cigarrillo.
— La misión es peligrosa, es lo único que sé.
Unos nudillos golpearon la puerta de la habitación. Desde el otro lado, la voz desabrida de la pequeña de los Weasley les sacó una mueca de desagrado a los tres.
— Malfoy, mi madre pregunta si puedes bajar. Por favor —terminó la frase con un falsete imitando la amable voz de su madre.
Draco puso los ojos en blanco, pero no dijo nada, se bajó de un salto de la cama y salió por la puerta.
— Tengo una teoría sobre lo de la misión de Potter —comentó Blaise, tumbado en la cama de Theo.
— Dumbledore lo ha apartado de Draco a posta —murmuró Theo, sentado a los pies de su propia cama, contemplando el largo cuerpo de su amigo.
Blaise se incorporó apoyado en sus codos y lo miró con una mueca decepcionada.
— Esperaba que te pareciera disparatado.
— Me parece muy evidente, nos trajo aquí para que habláramos y tenernos controlados, pero cuando se dio cuenta de que Draco se hacía demasiado cercano a Potter, decidió llevárselo.
Su amigo se acabó de incorporar y gateó hasta él. Le acarició la nuca despacio, con una sonrisa triste.
— Siento que las cosas con Draco no funcionaran.
Theo se movió con brusquedad, apartándose de esa mano que le ponía los pelos de la nuca de punta. Se sentó en la cama de Draco mirándolo ceñudo, las largas piernas encogidas contra el pecho.
— Es lo último que me preocupa ahora mismo.
— Podrías por una vez ser honesto conmigo, joder —se enfadó, cruzando los brazos sobre el pecho—. A veces tengo la sensación de que pensáis que no valgo para las cosas serias. Y esta mierda también me afecta.
Y se levantó y salió golpeando la puerta.
A la hora de irse a la cama, Blaise seguía tenso. Draco se había pasado la cena mirándolos a los dos, tratando de entender qué pasaba.
— Voy a salir un rato a volar, hay buena luna —comentó al aire mientras buscaba su escoba y se marchaba rápidamente.
Blaise estaba tumbado, por una vez en su propia cama. Se acercó a él y se sentó en el filo de la cama. Estiró la mano y se la puso sobre el pecho.
— No es que no te tomemos en serio, Blaise. Es que necesitamos que uno de los tres siga teniendo sentido del humor.
— No soy vuestro payaso —refunfuñó, poniendo una mano sobre la de Theo.
— Eres nuestro optimismo.
Su amigo hizo un sonidito de disgusto, pero tiró de él para tumbarlo a su lado. Contemplaron juntos el viejo techo de madera en silencio.
— Lo de Draco no tenía posibilidades —murmuró Theo—. Siempre ha sido Potter, aunque no lo reconozca ni bajo tortura.
— Lo siento.
Sonrió un poco y apretó ligeramente su mano contra el ancho pecho. Después de un rato, se adormiló y se acurrucó contra Blaise.
Draco volvió a la habitación pasada la medianoche. Sus amigos estaban abrazados en la cama de Blaise, que estaba despierto y miraba a Theo con un gesto que no le había visto nunca.
— ¿Todo bien?—preguntó mientras metía la escoba en el armario.
Blaise se limitó a murmurar un sí y apretar a Theo un poco más contra él.
Primavera 1999
La paciente estaba sentada en un banco del jardín, la mirada perdida entre los árboles. Esperando, como casi cada tarde del último año. Había días en los que ni tan siquiera había sabido qué esperaba, su memoria estaba llena de agujeros. Pero siempre, siempre, cada día, cuando la veía aparecer por el sendero, sonreía.
El sonido de las pisadas en la grava del sendero hizo a la paciente girar su preciosos ojos verdes hacia la casa. Por el camino se acercaba una muchacha rubia, con una larga trenza colgando sobre su hombro y una flor en la mano. Al llegar a la altura de la paciente, se agachó y le tendió la flor.
— Hola —le saludó, con una brillante sonrisa, tomando la flor.
— Buenas tardes, Pansy. ¿Cómo te sientes hoy? ¿mejor que ayer?
Era el mismo intercambio cada tarde, lo que variaba era la respuesta de Pansy.
— Hoy es un buen día. Gracias por el tulipán, este color es aún más bonito que el de ayer.
La rubia se sentó junto a ella y observó también el paisaje.
— El amarillo no te gusta mucho.
Un sonidito de molestia salió de los rosados labios.
— Era rosa, más claro que este. De verdad que es un buen día, Luna.
Vio una luminosa sonrisa aparecer en el rostro de la otra chica. Extendió la mano que tenía libre y tomó con cuidado una de las suyas. Luna apretó con cariño sus dedos.
— El sanador me ha dicho hoy que está contento con mi evolución, que pronto podré ir a casa.
La rubia puso la otra mano sobre las suyas y esperó un poco antes de hablar. Aún así, sus palabras sonaron inseguras.
— Es una gran noticia. Estarás deseando volver a tu vida.
Debería ser así, debería estar deseando volver a su casa, con su familia, retomar todo lo que la guerra había interrumpido. Pero no, con la sanación habían vuelto los recuerdos, esos que la tortura había borrado, y muchos de ellos habría preferido no recuperarlos. Incluido el hecho de que estaba comprometida con un hombre veinte mayor que ella que, pese a su cercanía a los mortífagos, estaba libre y esperándola.
— No quiero volver, Luna —le dijo bajo, apoyando la cabeza en su hombro y aspirando el familiar olor a flores silvestres.
Las dos pequeñas manos blancas y finas apretaron la suya un poco más. Le tembló la voz un poco al preguntar.
— ¿Te quedarás conmigo? ¿A pesar de lo que hice?
— No es culpa tuya. Nunca lo ha sido, tienes que dejar de sentirte culpable.
No podía, era imposible. En sueños seguía reviviendo los gritos y las súplicas de Pansy mientras era torturada delante de ella por los mortífagos que buscaban a Malfoy.
Las habían escondido a las dos en una casa segura al final de curso, a Pansy por su conexión con Malfoy, a Luna porque Pansy había dicho que sin ella no iba a ninguna parte. Para Pansy había sido un exilio bienvenido, porque en casa esperaba su padre y un sin fin de sinsabores. Para Luna no, separarse de su padre había sido muy duro y alguien lo supo, así las atraparon.
Una noche, poco antes de Navidad, Luna recibió una lechuza de su padre. Bueno, era la lechuza de su padre, era su letra, no había sospechado en ningún momento que hubiera una trampa. En la carta Xenophilus rogaba por verla, porque estaba enfermo y solo, así que Luna decidió que tenía que verlo. Y Pansy no quiso dejarla ir sola.
Las torturaron por horas, a Luna le dieron tantos golpes que la auror que las encontró la reconoció por el cabello, su cara estaba llena de cortes e inflamada. Aún así estaba consciente y tratando de llegar a Pansy, que había sido cruciada hasta dejarla con los ojos en blanco y un hilo de baba colgando. Ninguna dijo una palabra a sus torturadores.
Las primeras visitas habían sido descorazonadoras, Pansy era una gran muñeca que caminaba y comía sola, pero no hablaba ni reconocía a nadie, ni siquiera sabía su propio nombre. Aún así, en cuanto le dejaron levantarse de la cama, lo primero que hizo Luna fue ir a verla. Le dolió, de un modo infinito y profundo, ver la mirada perdida y entender que era muy probable que esa persona que tanto amaba nunca volvería.
Después de esa primera visita, lloró por horas, abrazada a Neville, su amigo, el que mejor podía entender cómo se sentía porque lo sufría en silencio también con sus padres. Y él fue el que le dio esperanza.
— Visítala, háblale. Sé una constante en su vida, yo he conseguido al menos que mis padres me reconozcan. No te rindas, Luna.
Y eso hizo. Cada tarde iba a visitarla. Y le llevaba un tulipán, las mismas flores que las habían unido tiempo atrás en el invernadero del colegio. El primer día que consiguió una sonrisa de vuelta, se sintió pletórica. El día que de los labios de Pansy salió un susurro que sonó a su nombre...
— Fue culpa mía —insistió Luna—, tendría que haber sabido que mi padre no haría algo así.
Entre la niebla que había empezado a despejarse en su cerebro los meses anteriores, le había dolido especialmente el recuerdo de Luna llorando abrazada al cuerpo de su padre, al que habían imperiado para escribir la carta y a continuación asesinado.
— Yo habría hecho lo mismo si hubiera recibido una carta así de un ser querido, chèrie.
Los brillantes ojos azules de Luna se giraron a mirarla. Era la primera vez que usaba con ella de nuevo el cariñoso apelativo, otro recuerdo recuperado. Se inclinó hacia ella y la abrazó con cuidado, despacio.
Las primeras veces que le había abrazado, Pansy había reaccionado con violencia, gritando y golpeándola con los puños. El sanador le había dicho que el contacto físico activaba recuerdos, que si bien la reacción era terrible, debía perseverar. Pero en esta ocasión no ocurrió, lo único que sintió fue a su pareja devolviéndole el abrazo.
— No quiero volver a casa, Luna, quiero ir a donde tú vayas. Aunque suponga regresar a la escuela.
Hizo un gesto de negación. No había querido ver a nadie más que a ella, no soportaba la idea de que la vieran así, le obsesionaba la idea de haber olvidado algo fundamental. No podía pedirle que volviera con ella a la escuela
— No puedo pedirte algo así. Pero sí creo que debes ver a tus amigos, al menos a Draco. Me pregunta por ti casi todos los días. Les necesitas, Pans. Él necesita perdonarse y tú necesitas a tu mejor amigo, estoy segura de que te ayudaría a recuperar recuerdos, recuerdos bonitos de tu infancia. Los demás también preguntan, pero estoy segura de que Draco es el que más necesita verte.
Se quedó un rato callada, acariciando con el pulgar la mano de Luna. Al despedirse, le dio un beso en la mejilla y ella solo respondió con un "Dile que venga".
Dos tardes después, el sábado, la figura que vio aparecer por el sendero era alta y rubia, pero con el cabello corto y una mueca de nerviosismo. Se puso de pie con cuidado para recibirlo, haciendo visera con la mano para protegerse del sol. Al llegar frente a ella, lo vio dudar, así que abrió los brazos y dejó que su mejor amigo la abrazara, en silencio.
Se sentaron muy juntos en el banco, el brazo de ella enredado en el suyo como hacían desde niños.
— Luna dice que te van a dar el alta pronto —dijo él por fin, con voz ronca.
— El sanador cree que necesito enfrentarme a la vida cotidiana para sentirme más fuerte. El hospital es una burbuja.
Él asintió, mirando pensativamente al frente.
— Lo entiendo perfectamente. ¿Qué harás? Imagino que no quieres volver a tu casa.
Habían pasado tantas y tantas horas contándose confidencias. Los últimos meses antes de la guerra se había animado a contarle la problemática relación con su padre y el contrato de matrimonio que había firmado para ella. Él ya le había animado entonces a fugarse con Luna.
— Ninguna de las dos puede volver a casa. No lo sé, de momento esperar a que Luna acabe el curso.
Él se rascó el cuello y ella recordó otro detalle de su infancia, era un gesto de duda que lo hacía muy humano y que su padre detestaba.
— Mi madre se ha trasladado al viñedo, estoy segura de que agradecería tu compañía.
No pudo evitar sonreír, los recuerdos de los veranos con Draco y Narcissa en los viñedos de los Malfoy en Francia eran de los más bonitos de su infancia.
— Gracias —Le apretó el brazo con cariño — ¿y tú qué harás?
— Irme, lejos. —Los ojos color tormenta miraron los árboles como si quisieran ver qué había más allá del bosque— Necesito espacios abiertos y un nuevo comienzo.
— ¿Solo?
Una pequeña sonrisa apareció en el delgado rostro.
— Espero que no.
Se quedaron un ratito más allí, en silencio, mientras la luz del día se apagaba.
— Debo volver a la escuela. ¿Te parece bien que vuelva otro día? —preguntó poniéndose de pie y besándole la mejilla.
— Me encantará. Quizá los chicos quieran venir contigo.
La sonrisa de Draco se hizo un poco más grande.
— Hablaré con ellos, estoy seguro de que sí. Y piensa en lo de Francia, Pansy, estoy seguro de que os haríais bien la una a la otra.
La tarde siguiente, Luna entró en el jardín del hospital con una cajita entre las manos y el corazón un poco encogido. Tenía miedo, aunque jamás se lo diría a Pansy, de que una tarde sin verla hubiera cambiado algo, o de que la visita de Draco tuviera un efecto negativo en su reciente estabilidad mental.
Claro que había hablado con él la víspera, en cuanto lo vio entrar al comedor para la cena se levantó corriendo de la mesa, dejando a una de sus amigas con la palabra en la boca. Él le había tranquilizado y dado las gracias por propiciar la visita, con una sonrisa que hacía mucho tiempo que nadie veía en Draco Malfoy.
— Buenas tardes, Pansy —la saludó, besando su mejilla— ¿Cómo te sientes hoy? ¿mejor que ayer?
Los ojos verdes la miraron con fijeza un segundo, haciendo que su estómago se encogiera por la incertidumbre, era la misma mirada de meses atrás cuando no la recordaba.
— ¿Y mi flor? —preguntó con su antiguo tono de niña caprichosa.
Luna soltó aire y sonrió, sentándose junto a ella y dejando en su regazo la cajita. Pansy la abrió con curiosidad y encontró unas bolitas marrones con un pequeño tallo verde.
— Draco me ha hablado de su oferta de acompañar a su madre a Francia. Y he pensado que si te vas podrías plantarlos allí, hasta que pueda reunirme contigo. Así me recordarás.
Pansy cerró la cajita y la dejó con cuidado en el banco. Se giró hacia Luna y contempló sus brillantes ojos azules y su perfecta piel pálida. Estiró las manos y tiró de ella hasta sentarla en su regazo y abrazarla muy estrechamente.
— Aunque mi memoria volviera a fallar, volvería a conocerte y a amarte, Luna. ¿Estás segura de esto? —preguntó, poniendo la mano sobre la caja.
Una de las pequeñas manos de Luna le acarició la mejilla.
— Estoy segura de que será bueno para ti. Te echaré de menos, kitty.
Pansy sintió dentro el calor del cariñoso apelativo, el mismo que usaba su madre con ella de pequeña. Con una sonrisa, se inclinó y besó los suaves labios por primera vez en muchos meses, feliz de poder recordar cada una de las veces que había hecho eso mismo en el pasado.
