La visita a Pansy le hizo sentirse un poco más ligero. Los últimos meses, desde que habían vuelto a la escuela y Luna le había contado lo ocurrido, se había sentido terriblemente culpable por el estado de su amiga. Al entrar a su habitación, caminando con más seguridad de la que había sentido en bastante tiempo, encontró una carta sobre la mesa de su escritorio. Sonrió y se dejó caer en la cama con ella.
"Mi querido Draco,
el entrenamiento estos días se está haciendo más duro..."
Fue al día siguiente de terminar los EXTASIS. Estaba desayunando, una tostada con mermelada de arándanos y un té con leche, cuando llegó El Profeta. Nott lo tomó primero y lo vio ponerse pálido al mirar los titulares de la portada.
— ¿Qué ocurre?
Apartó la mirada de Theo cuando oyó a alguien atragantarse en la mesa de enfrente. Vio a Longbottom golpearle la espalda con cuidado a Granger, que miraba el periódico con ojos enormes. Fue en ese momento en el que ella le miró, con un rictus de pena, cuando supo que tenía que ver con Harry.
Estiró la mano y le cogió el periódico a Nott. Agradeció no tener nada en la boca cuando vio los titulares: "El Salvador anuncia su compromiso: se casará en unos meses con Ginevra Weasley".
Soltó el periódico y salió corriendo del comedor. Apenas tuvo tiempo de llegar al baño más cercano y vomitar el desayuno. No volvería a probar los arándanos.
Una mano fría se posó en su frente y otra le alcanzó un trozo de papel higiénico.
— Lo siento, Draco — le murmuró Theo cuando se dejó caer hacia atrás, sentado en el suelo con la cabeza entre las rodillas.
Sintió el tímido abrazo de su amigo. No quería llorar. Era fuerte. Había sobrevivido a la guerra. Era fuerte. No lloraría. No... Un sollozo le ahogó. Se tapó la boca, avergonzado, pero la compuerta ya se había abierto y no pudo parar. El abrazo de Theo se hizo más fuerte y sintió la mano de Blaise posarse en su hombro.
No hablaron, solo le dejaron llorar, desahogarse, apoyándolo con su presencia.
Horas después, unos nudillos golpearon con suavidad la puerta de su habitación. Había conseguido quedarse solo después de decirle a Theo y Blaise que iba a acostarse, pero la realidad es que estaba haciendo su baúl. No iba a quedarse otra semana más allí, aguantando las miradas de pena de sus amigos y los de Harry.
Quiso ignorar la llamada, pero la persona al otro lado no se rendía. Con un suspiro, se acercó y abrió la puerta.
— Lovegood. No esperaba tu visita.
— ¿Puedo pasar?
Se limitó a apartarse y franquearle la entrada. La chica entró en la habitación y miró el baúl abierto.
— ¿Te marchas?
Draco se sentó en la cama y miró a la novia de su mejor amiga. Luna había cambiado, parecía que todo lo que habían pasado le había quitado parte de ese encanto soñador que la caracterizaba.
— He pedido a McGonagall permiso, estoy esperando respuesta.
Luna se sentó junto a él con un suspiro.
— ¿Vas a ir a Francia?
— Supongo, no sé —le respondió sin mirarle.
Las pequeñas manos blancas de Luna entraron en su campo de visión, centrado en su propio regazo, y tomaron las suyas con suavidad.
— ¿Quizá deberías hablar con Harry?
Solo escuchar su nombre sintió que el estómago quería volver a salírsele por la boca. Negó con la cabeza.
— No puedo ni siquiera pensar en ponerme delante de él, Luna —murmuró.
— Ven a casa entonces. Déjanos cuidar de ti cómo cuidaste de nosotras.
Draco la miró de refilón y vio una pequeña sonrisa en el rostro en forma de corazón.
— ¿Creías que no sabría quién pagaba la clínica?
— No deberías, la condición era que no lo supierais.
— No me subestimes, Draco —le riñó con suavidad, sin variar su sonrisa—. ¿Necesitas ayuda con algo?
Negó con la cabeza, mirando sus manos de nuevo. Sintió a Luna levantarse, recibió un beso en la mejilla y luego escuchó la puerta cerrándose con suavidad.
Una de las cosas que más le gustaban del viñedo familiar era el olor. Era una mezcla de tierra, sol, fertilizante y fruta vieja. Paseaba entre las hileras de vides respirando hondo y sintiendo el sol calentarle la piel. Necesitaba sacarse de encima esa sensación de frío que siempre le daban las mazmorras, agravado por la maraña de sentimientos con los que lidiaba.
Se abrazó a sí mismo, tratando de contener la angustia que se le concentraba en el estómago cada vez que abría el cajón de los sentimientos. Tenía la sensación de estar fracasando, de estar fallándose a sí mismo y al estoicismo que le había salvado la vida hasta ese momento.
Caminó entre las hileras de viñas sin rumbo. A su alrededor todo eran campos secos por el verano, salpicados por algunos árboles aquí y allí, y la casa a la lejanía. Había silencio fuera y él necesitaba que se instalara también dentro de él, para que la voz que le gritaba fracaso continuamente callara.
Tropezó con una piedra. Fue un traspiés nada más, pero le hizo de repente consciente de que llevaba rato caminando sin estar atento a su alrededor. También había perdido eso, su instinto de protección. Entonces lo vio.
A unos cien metros, una figura delgada de cabello oscuro le miraba. Todo dentro de él se agitó y la boca se le llenó de saliva amarga mientras contenía las arcadas. ¿Era él? ¿Había venido a buscarle? ¿Le diría que todo había sido una equivocación y que las promesas que le había hecho seguían en pie?
Dio un paso vacilante, luego otro y otro más, y cuando quiso darse cuenta corría, con el corazón a una velocidad imposible. Pero conforme se acercaba, su alarma interior empezó a decirle que esa piel era muy clara, ese pelo muy liso y la silueta era más alta. Deceleró, bruscamente, y se dobló sobre sí mismo, con las manos temblorosas apoyadas en los muslos y tratando de recuperar la calma.
— ¿Estás bien? —le preguntó la voz conocida a unos pocos metros.
Quiso decir que sí. De verdad que lo intentó, volver a ser el Draco frío, el que era capaz de pensar y sopesar sus opciones a cada paso que daba. Pero no pudo. Se ahogó en un sollozo que le hizo sentir pequeño y ridículo, y luego en otro que le hizo sentir que se estaba partiendo en dos.
Los brazos delgados de su amigo lo enderezaron y atraparon en un abrazo fuerte. Lloró contra él, avergonzado, maldiciendo a Potter y toda su estirpe por haberle reducido a eso, a un ser débil y gimoteante.
Theo no dijo nada. Se limitó a abrazarlo y maldecir también interiormente al jodido héroe, como había hecho un par de semanas atrás en el cuarto de baño.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó por fin Draco al cabo de un rato, despegándose de él y levantando la barbilla en un intento de aparentar dignidad, como si no pudiese ver en la camisa de su amigo el cerco de humedad que había provocado.
— El verano es agradable en el sur de Francia —respondió con las manos en los bolsillos, echando a andar como si estuvieran de nuevo saliendo a caminar por el lago después de un día de estudio.
Draco respiró hondo y se limpió la cara con un pequeño encantamiento que borraría las marcas de mocos y lágrimas y le daría un aspecto menos lamentable. A continuación acompasó sus zancadas a las de su amigo.
— ¿Y Blaise?
— Con Pansy. Tiene buen aspecto.
Asintió, agradeciendo que la conversación fuera en esa dirección.
— El sanador dice que está evolucionando mejor de lo que esperaba, le sienta bien estar aquí —comentó con la voz aún ronca— ¿Os quedáis unos días?
— Mientras nos quieras por aquí. Hasta final de agosto no tengo que estar en Berlín.
Caminaron un poco más en silencio, disfrutando de la mutua compañía. Theo siempre había sido la influencia relajante, el calmado. Y en un momento muy crítico durante el verano en el que le marcaron, llegó a pensar que era la persona que necesitaba, que podría enamorarse de él. Lamentaba profundamente que luego otro moreno se hubiera cruzado en su camino y desbaratado su mundo ordenado y planificado.
— Nunca te pedí disculpas —le dijo de pronto.
Los ojos verde pálido le miraron un momento, antes de volver a fijarse en el camino ante él.
— No son necesarias, Draco.
El rubio le tomó del antebrazo para que parara y le mirara.
— Me importas. Mucho, Theodore. Ojalá de otra manera.
Theo puso la mano sobre la suya y apretó, con una pequeña sonrisa.
— Seguiremos enfrentando lo que venga. Juntos.
Ese juntos estuvo haciéndole eco en los oídos durante días. Se sentía bien estar de nuevo los cuatro. Luna procuraba dejarles espacio, haciéndose cargo de los cuidados que Narcissa requería o simplemente ocupándose de tareas en otro punto de la casa, de manera que los Slytherin podían pasar tiempo juntos y tratar de recuperar ese sentimiento de unión que los había hecho sobreponerse a muchas cosas los años anteriores. Pero llegada la noche, Draco dormía solo.
Le costaba dormir. La noche era el momento en el que todo se le venía encima. Y resistía, lo intentaba, trataba de pensar en otras cosas, de no recrearse en los pensamientos intrusivos que le recordaban que Potter no había tenido ningún problema para sustituirlo por una persona a la que él mismo había denominado meses antes como una hermana pequeña.
Aguantaba, apretando los puños hasta clavarse las uñas en la palma, o mordiéndose el interior de la mejilla. Hasta esa noche. En el silencio, se escuchó de repente muy claro un grito. Y otro. Y un llanto.
Agradecía que Pansy durmiera con Luna, porque había escuchado más de una noche los gritos de su amiga por las pesadillas y era algo desgarrador, pero siempre, al llegar a su habitación para intentar ayudar, su novia tenía ya la situación bajo control. La presencia de ánimo de Luna nunca dejaba de sorprenderle. Ya durante el curso, las veces que hablaba con ella sobre el estado de Pansy, le parecía que era muchísimo más dura de lo que todos habían asumido al conocerla cuando comenzaron su relación, pero convivir con ellas había aumentado su respeto por la pequeña rubia.
En aquella ocasión no se levantó. Escuchó los movimientos y los susurros e imaginó a Luna como la había visto otras veces, acunando a Pansy entre sus brazos mientras le hablaba muy bajito y le acariciaba el cabello, con la suave luz de una lamparita de pantalla rosada.
De los cuatro, Pansy era la única que realmente había salido mal parada de la guerra. Cuando la escuchaba por las noches le renacía la angustia por no haber estado para ella, no haberla protegido. Y por ser el responsable de su tortura y la de Luna. De ahí, su pensamiento saltó esa noche a que mientras Pansy era torturada, él jugaba a las casitas con Potter.
La culpabilidad era casi tan mala como el sentimiento de abandono y aquella noche se echó sobre él en olas espesas y asfixiantes. Esconder el llanto contra la almohada no era una opción porque sentía que se ahogaba, así que solo pudo encogerse sobre sí mismo y llorar.
No supo que estaba llorando a gritos hasta que sintió la presencia de Blaise y Theo junto a él. Blaise abrazando su espalda, Theo tratando de abrazarlo por delante.
Le ayudó. Hablar entre hipidos y llantos de todo lo que le pasaba por la cabeza en ese momento y saber que ellos se sentían igual, que para sus dos amigos pasar esos días con Pansy estaba siendo especialmente duro. Y dormir sintiéndose cálido y acompañado.
Al abrir los ojos por la mañana disfrutó unos minutos de esa agradable sensación. Se estiró, se frotó los ojos y miró a los lados. Ahí estaban ellos, dormidos uno a cada lado suyo. No habían hecho eso nunca, y se preguntó por un momento porqué, porqué a pesar de enfrentar de todo juntos, nunca se habían consolado con algo tan simple como dormir juntos también.
Conforme el cerebro se le despejaba y empezaba a pensar en levantarse, la luz del día iluminó la respuesta a esa pregunta: él era el ex. Para Blaise había sido complicado todo ese tiempo, mientras era el aguantavelas de ellos y de Pansy y Luna. Después de eso, encerrados en la casa Black, se había percatado de que su amigo, el eterno despreocupado, sentía cosas por Theo.
No tenía claro en qué punto estaban esos dos, no había querido meterse precisamente para no incomodar a Blaise, que era perfectamente capaz de haberse callado sus sentimientos todo ese tiempo solamente por no enfrentar un posible rechazo.
Se levantó con cuidado y, tomando su ropa, abandonó la habitación. Se cambió en el aseo y salió al jardín trasero, en el que las tres mujeres de la casa desayunaban protegidas por una gran sombrilla, aprovechando el fresco de primera hora de la mañana. Compuso una sonrisa, besó la mejilla de su madre, y se sentó con ellas a disfrutar de un zumo recién exprimido y unas tostadas.
Blaise abrió los ojos y se encontró con unos verde muy claro mirándole. Un escalofrío le recorrió al darse cuenta de que el espacio entre ellos estaba vacío y la mano de Theo estaba posada con cuidado en su cadera.
— Buenos días —le murmuró, sin dejar de mirarle, disfrutando de la cercanía.
— Buenos días. ¿Todo bien?
Levantó las cejas, sorprendido.
— Sí. ¿Por?
— No sé. Tú y yo llevamos meses en el limbo, Blaise.
Cerró un momento los ojos, fuerte. Era cierto. Durante el curso habían pasado varias noches juntos, pero eso no había cambiado su día a día. Para él, enamorado hasta las cejas de su amigo, era un sucedáneo que al cabo de unos días escocía, mucho. Pero callaba, siempre callaba y volvía a su cama.
— Theodore... —le habló bajo, incapaz de argumentar nada mientras la mano de su amigo le acariciaba la cintura.
— ¿Vas a venir a Berlín conmigo?
Aquello le pilló por sorpresa y abrió los ojos para mirarlo.
— El dueño de la botica busca un comercial. Se te daría bien.
Theo iba a hacer un aprendizaje con un familiar lejano pocionista que después le vendería el negocio. Hasta ese momento nunca le había pedido nada, mucho menos algo como cambiar de país por él.
— ¿Por qué?
Su amigo suspiró y movió la mano de la cintura al cuello.
— Separarme de ti no me parece una opción.
— Theo... yo no... —cerró los ojos y tomó aire— Si quieres quedarte con Draco lo entenderé, quizá él quiera ir contigo a Berlín y cambiar de aires. Ahora tienes una oportunidad y yo...
Sintió movimiento en el colchón y a continuación los labios de Theo sobre los suyos, cortando sus torpes balbuceos.
— Déjame hablar —insistió, separándose después de unos segundos—. Quiero a Draco como a un hermano, y estoy dispuesto a lo que sea para verlo mejor. Pero no me iré contigo para ser un segundo plato.
— No lo eres.
— Lo he sido hasta ahora, y no trates de decirme que no.
Nott no contestó y se limitó a apretar los labios y negar con la cabeza.
— Vuelve a preguntármelo cuando vayas a irte.
Dos noches después, volvió a ocurrir. Esta vez fue él quien despertó gritando, tan alterado que no sabía dónde estaba y se debatía pataleando contra las sábanas y las mantas como si fueran una trampa mortal.
Los brazos de Theo se envolvieron en sus hombros mientras Blaise sujetaba sus manos y encendía una luz. Trató de despertar, de salir de la pesadilla, pero una parte de él estaba histérica y no podía dejar de gritar y llorar.
— Somos nosotros, Draco —le decía, colocando las pálidas manos sobre sus mejillas oscuras, para que su amigo le enfocara—. Estás bien, todos estamos bien, no pasa nada.
— Pansy —murmuraba entre dientes—, están torturando a Pansy, tenemos que ayudarla, le hacen daño.
Theo lo abrazó por detrás, pasando las manos por su pecho para apoyarlo contra él y miró a Blaise con los ojos llenos de dolor.
— Pansy está bien, Draco, está durmiendo aquí cerca. Tú le ayudaste ya, buscaste a quien pudiera curarla, ¿recuerdas? Y nos pusiste a salvo a Theo y a mí. Cuidaste de todos, Draco, siempre lo haces —continuó Blaise, colocando sus manos sobre las de Draco y acercando sus frentes— Ahora nosotros cuidaremos de ti, amigo.
No lo pensó, simplemente le nació. Besó con cuidado la frente sudorosa, luego las mejillas sonrojadas por el frenesí. Y despacio, muy despacio, fue dejando pequeños besos por toda su cara. Draco pareció por fin empezar a salir del trance y dejó caer las manos hasta su cuello, mientras sus propias manos se colocaban sobre las de Theo en el pecho del rubio.
Una corriente de información fluyó entre ellos cuando sus ojos se conectaron. Había muchos sentimientos en ese momento allí implicados, pero para Blaise prevalecía el cuidar de su amigo y darle consuelo, así que se inclinó de nuevo y le besó en los labios. De primeras Draco no respondió, paralizado, pero escuchó en su oído con claridad la voz de Theo murmurándole.
— Déjate llevar, Draco, nosotros cuidaremos de ti.
Miró a Blaise y lo que vio en los ojos oscuros hizo que usara sus manos, aún colocadas en tras su nuca, para atraerlo y besarlo, mientras Theo comenzaba a besar con suavidad sus hombros y nuca.
No fue un sexo triste. Fue un sexo cálido, suave y pausado, que le hizo sentirse muy querido. Fue un sexo en el que lo que recordaría después no serían los orgasmos, ni los gemidos, sino la sensación de ser acariciado, besado, lamido despacio y abrazado. Recordaría la sensación de formar parte de una lenta coreografía llena de miradas y susurros, de momentos tiernos y de sonrisas. Para Draco, fue un punto de inflexión que le permitió pararse a pensar que no estaba solo, que no lo estaría nunca porque esos eran sus amigos, su familia, y que merecía ser amado y cuidado y aprender a dejarse ir, a soltar el control de vez en cuando.
— ¿Estás bien?
Esa debía ser la pregunta que más veces se hacía en esa casa. Esta vez era Pansy la que se la hacía a Blaise, mientras se sentaba junto a él bajo la sombrilla del jardín a la mañana siguiente.
— Anoche pasó algo... que no sé ahora cómo gestionar — admitió.
Su amiga se sirvió una taza de té y le ofreció otra, que aceptó con un asentimiento mientras apuraba el vaso de zumo de naranja.
— ¿Quieres contarme?
— Nos acostamos. Los tres. Anoche. Y fue el sexo menos sexo que he tenido en mi vida.
Pansy le miró sin acabar de entender.
— No puedo explicarlo, Pans. Draco estaba mal y en ese momento tenía sentido, ¿sabes? como consuelo, para ayudarle.
— Vale, hasta ahí te sigo —le respondió, haciendo una seña con la mano para que continuara hablando.
— El otro día Theo me pidió que me fuera con él a Berlín. Le dije que no sería más su segundo plato. Y ahora aquí estoy, mientras ellos duermen aún abrazados. Y creo que debería sentirme peor de lo que me siento.
Ella sonrió un poco y miró hacia la casa.
— ¿Te irás?
— No lo sé, y menos después de lo de anoche. Quizá es el momento de dejarles espacio.
Su amiga movió la cabeza negativamente y dejó la taza sobre la mesa para tomar un bollo.
— No creo que lo de anoche cambie nada, Blay. ¿Quién dio el primer paso?
— Yo.
— Así que no te viste envuelto en eso como tercera rueda. El sexo es una cosa y las relaciones de pareja son otra, si se aprende a distinguir. Yo diría que Theo te va a respetar más después de esto. Y tú también deberías respetarte más a ti mismo, amigo.
Blaise solo suspiró y continuó con su té, la mirada perdida en el infinito.
