"—Lo siento.

—No me interesan tus disculpas.

—¡Lo siento!

—Puedes ahorrártelas.

Era de noche. Lily, que llevaba puesta una bata, estaba de pie con los brazos cruzados frente al retrato de la Señora Gorda, junto a la entrada de la torre de Gryffindor.

—Si he salido es porque Mary me ha dicho que amenazabas con quedarte a dormir aquí."

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, capítulo 33, J. K. Rowling.

— Lily, por favor, solo te pido que me escuches. Cinco minutos.

El tono de súplica era tan inusual en su mejor amigo que no pudo evitar ablandarse un poquito. Asintió, apretando más la bata contra su cuerpo. Severus apretó los labios y la tomó del brazo para meterla en un aula vacía. Lo vio, con ojos sorprendidos, insonorizar la habitación con hechizos que ella no conocía.

— Cinco minutos —le recordó—. Si tardo más Marlene y Dorcas saldrán a buscarme y créeme que te tienen muchas ganas.

— Necesito que me prometas que nada de lo que te diga saldrá de aquí.

— ¿Acaso alguna vez he contado...?

— No te estoy acusando de nada —le cortó, con tono conciliador—. Confío en ti con la vida, pero esto es algo grave.

Ella suspiró y asintió.

— ¿Recuerdas el ataque mortífago que hubo cerca de tu casa a principio de curso?

— Sí, me asustó pensar que iban a por mis padres.

Severus negó con la cabeza.

— Iban a por el mío. Alguien, supongo que Malfoy, pensó que librarme de ese hombre era la manera de atraerme a sus filas. Pero se les fue la mano y mataron a mi madre también.

Lily se tapó la boca con las dos manos, conmocionada.

— ¿Por qué no me lo contaste? —preguntó, estirando la mano para ponerla en su antebrazo.

— No podía. Dumbledore solicitó ser mi tutor y habló conmigo. Está creando un ejército secreto para luchar contra lo que se viene, Lily. Y me ha propuesto que espíe para él.

Ella abrió los ojos, asustada y enfadada a la vez.

— ¡No puede hacer eso! Eres un crío.

— Mataron a mis padres. Haré lo que sea por eliminarlos —le respondió, los ojos llameantes de ira.

— ¿Cómo puedo ayudarte?

El muchacho miró al suelo un minuto antes de hablar.

— Tienes que hacer como que esta conversación no ha existido. Aléjate de mí y ódiame, Lils.

— Sev... —ella apretó más fuerte su antebrazo con los ojos llenos de lágrimas.

— Es lo más seguro, para mi misión y para ti. Prométemelo, por favor.

Ella lo abrazó, por primera vez en sus años de amistad ella rompió esa barrera y lo abrazó y él no pudo evitar devolverle el abrazo y enterrar la nariz en su pelo. Renunciar a ella era lo más duro que le había pedido su tutor que hiciera.

— Lo haré. Pero prométeme tú algo a mí —le murmuró ella, con voz ronca, aún apretando con fuerza su abrazo.

— Lo que quieras, sabes que no puedo negarte nada.

— Cuando todo esto acabe, volverás a mí.

Él apretó un poco más la estrecha cintura y la pegó a él antes de hablar.

— Siempre volveré a ti, Lily. Yo te...

Ella deshizo el abrazo y le tapó los labios con dos dedos.

— Guárdalo y dímelo cuando seamos libres. Prométemelo.

— Te lo prometo.

Lily volvió a abrazarle, muy apretado, y luego salió del aula secándose los ojos. Severus se quedó allí, de pie, mirando la puerta, con la sensación de que algo acababa de cambiar en su destino.

febrero de 1981

Estar encerrada en la casa segura era muy agobiante. Aunque por un lado le daba su propio espacio, y lo necesitaba después de sus últimos encontronazos con James, el silencio era a ratos siniestro. Harry le mantenía entretenida bastantes horas al día, pero aún así, había hechizado los cristales para que desde la calle no se viera nada y se le iban ratos largos delante de la ventana. Se lo vendía a sí misma como seguridad, pero había allí un poco de necesidad de ver normalidad.

Así descubrió que había un hombre que pasaba todos los días al menos tres veces. Al principio pensó que era un vecino, pero al cabo de una semana concluyó que era alguien conocido, que la buscaba. Era algo en su forma de caminar, una familiaridad. Hasta que lo vio, un gesto que había visto montones de veces, un fruncido de cejas, y lo supo.

No pensó, impulsada por la soledad o por la alegría de volver a verlo, abrió la puerta y salió a la calle. No fue hasta que estuvo ante él que se dio cuenta de lo imprudente que había sido. Él la miró sorprendido, y después la tomó del brazo.

— ¿Estás loca, Lily? Podrías estar muerta ahora mismo. Vuelve a casa, ya.

El tono de Severus era una curiosa mezcla entre el pánico y el enfado. Aún así se dejó arrastrar con ella, mirando a los dos lados de la calle antes de entrar a la casa.

— ¿En qué estabas pensando? —le gritó cuando estuvieron a salvo en el vestíbulo

— No pensé.

— No puedes permitirte no pensar, tienes un hijo que proteger, maldición.

Lily no le dijo nada, solo lo observó un largo minuto.

— Quítate el glamour, Severus, por favor —le murmuró.

Ante sus ojos reapareció el aspecto de su amigo, la nariz ganchuda, el largo pelo oscuro, las cejas fruncidas sobre los ojos negros. Hacía más de cinco años que no lo tenía a esa distancia, que no sentía su sutil olor a hierbas o veía los largos dedos pálidos que aún la sujetaban por el brazo.

Lo abrazó. Otro gesto impulsivo que a él le pilló por sorpresa, pero no pudo evitar devolverle el abrazo muy estrechamente.

— Pensaba que no volvería a verte, Sev —confesó ella, peinándole el largo pelo con los dedos.

Él no dijo nada, solo apretó los labios y liberó el abrazo, retrocediendo un par de pasos.

— Necesitaba saber que estabas a salvo —murmuró—. ¿Dónde está tu marido?

— Sigue trabajando para la orden.

— ¿Y os deja solos? Potter es imbécil, su sitio está aquí, protegiendo a su familia.

Lily le miró con una sonrisa amarga.

— Está con Sirius... y con Peter.

Se giró y entró a la cocina. Severus le siguió y la encontró sirviendo café en dos tazas.

— ¿Por qué te casaste con él si sabías lo de Pettigrew?

— No lo sé —respondió, dejándose caer en una silla junto a la pequeña mesa—. Me pasé los dos últimos años de la escuela esperando que vieras que lo de ser espía era una locura. Después esperé que al salir me buscaras, luego que reaccionaras con mi compromiso.

— No me culpes a mí, Lily.

Ella le miró con ojos dolidos.

— Elegiste la venganza, Severus. Permíteme que te culpe.

— Y tú casarte por una rabieta.

Los dos se quedaron callados, mirando cada uno hacia un lado mientras daban sorbos a su café.

— ¿Cómo me has encontrado?

— Seguí a Albus, pero no sabía cuál era la casa exacta.

—Me alegro tanto de verte, Sev...

2004

Como auror, una de sus tareas era visitar periódicamente a los mortifagos en libertad, así que sabía perfectamente a dónde se dirigía al salir de casa. No tocó el timbre, directamente aporreó la puerta.

— Auror Potter —le saludó una voz pausada cuando se abrió—. No le esperaba.

— No es una visita oficial. Necesito hablar con usted. Por favor, profesor —pidió con voz ronca.

Severus Snape se apartó de la puerta y le invitó a entrar con un gesto de la mano.

— ¿Puedo ofrecerle una bebida?

— ¿Tenía usted un lío con mi madre? —soltó a quemarropa.

Por primera vez en los años que lo conocía, la cara de Snape se descompuso. Se dejó caer en un sillón como si le hubieran golpeado las rodillas y se llevó la mano al pecho como si le costara respirar. Ese gesto sacó un poco a Harry de su cabreo, porque recordó que el hombre sufría del corazón por las torturas sufridas durante la guerra. Se sentó frente a él y trató de calmarse y de darle tiempo para recuperarse él también.

— He encontrado el diario de mi padre —explicó, más comedido, unos minutos después, cuando su exprofesor pareció volver a respirar con normalidad—. En la última entrada hablaba de separarse cuando la guerra terminara y así tener los dos la oportunidad de ser felices con quienes amaban de verdad.

Snape se frotó la cara y respiró hondo antes de hablar. Su rostro parecía haber envejecido años en esos minutos.

— Hay muchas cosas que no sabe, Potter.

— Y usted es el único que está vivo y puede darme respuestas.

Vio a su antiguo profesor apretar la mandíbula, pero aún así le hizo un gesto con la cabeza para que siguiera hablando.

— Mi madre estaba embarazada. Y mi padre parecía sorprendido.

Los ojos oscuros se empañaron un poco. Harry lo miró incrédulo, jamás habría imaginado a Snape capaz de llorar.

— Potter...

— Snape, por favor —suplicó—. Necesito saber.

El hombre se levantó del sofá para servirse de una tetera, parecía que le había interrumpido justo cuando iba a tomar un té. Sirvió una taza para cada uno con manos temblorosas y volvió a sentarse frente a él.

— Lily lo era todo para mí —habló bajo, mirando a su taza—. Todo lo que pasó en quinto curso, lo que vio en el pensadero... yo busqué la confrontación con su padre, necesitaba que pareciera que Lily y yo nos distanciábamos.

— ¿Por qué?

Snape dio un gran sorbo y miró un punto por encima del hombro de Harry. El auror se giró y se encontró con la foto de una mujer de pelo oscuro y ojos serios, que sonreía suavemente con un niño sentado en sus rodillas.

— Me uní a los mortifagos ese verano. Ellos mataron a mi madre y mi tutor me convenció para vengarme siendo un espía.

— Era usted un crío —le interrumpió Harry.

Su antiguo profesor le miró antes de dejar la taza sobre la mesa e inclinarse un poco hacia delante.

— Usted se enfrentó a Voldemort con once años, Potter —le recordó con aspereza— . A los dos nos metió la misma persona en la guerra. Y lo pagamos con muchas pérdidas personales.

Harry se quedó callado, mirando el fondo de su taza. Era inevitable simpatizar con Snape, porque sabía perfectamente cómo se las gastaba Dumbledore para salirse con la suya.

— Potter... puedo imaginar que ha sido un shock leer el diario de su padre, porque todos hemos contribuido a transmitirle una imagen falsa de ellos.

— No puedo explicar lo que siento, Snape —admitió, todavía sin poder mirarle—. Todo lo que creía sobre mi origen se ha ido a la mierda en unas horas.

— Yo conocía muy bien a su madre y le reproché muchas veces sus acciones respecto a James, pero una cosa es inalterable: ella le amaba a usted por encima de todas las cosas. Nunca dude eso

Los ojos verdes, iguales a aquellos tan amados, le miraron llenos de lágrimas.

— Yo fui el primero en llegar hasta su cuerpo —murmuró—. Lily estaba delante de la cuna, todavía con la varita en la mano. Y créame, yo le había rogado a su madre cuando se quedó embarazada que huyera conmigo del país y ella me dijo siempre que sin usted no iría a ningún sitio.

Se detuvo porque se le quebró la voz y dio un sorbo de té.

— Con el tiempo entendí que habría dado igual lo lejos que hubiéramos huido, Voldemort nos habría encontrado. Pero en ese momento me enfadé, y estuve mucho tiempo enfadado con ella y con usted, porque ella le eligió, sobre mí y sobre... sobre nuestro bebé. Así que por favor, Harry, no se haga eso, no dude del amor de su madre.

El auror se puso de pie y se paseó por la sala, respirando hondo, tratando de calmarse.

— Usted conocía bien a Dumbledore.

— No sé si realmente alguien llegó a conocer bien a Albus, pero sí, creo que lo conocí bastante, para bien o para mal.

— Después de la guerra, Hermione me quiso advertir de que Albus me había manipulado para elegir a Ginny. No lo creí.

— Eligió usted a la señorita Weasley por encima de Draco —afirmó, seco.

Harry detuvo su frenético paseo, sorprendido.

— ¿Cómo lo sabe?

— Draco es mi ahijado, no fue usted el único que le presionó para cambiar de bando, Potter.

Una mano temblorosa pasó por el cabello oscuro, desordenándolo más de lo normal.

— Yo... siento que necesito encontrarlo.

— ¿Para qué?

— Porque sueño con él y tengo la horrible sensación de que hice algo mal, de que perdí parte de los recuerdos de antes de la guerra y que él formaba parte de ellos. Mis padres, usted, Remus, Sirius, todos fueron víctimas de las maquinaciones de Dumbledore y no tuvieron oportunidad de arreglarlo.

— No sé si hay un arreglo posible. Y le entiendo, Potter, de verdad, pero no puedo traicionar a Draco. ¿No debería usted saber dónde está? Su nombre estará en el registro de mortífagos.

— Por lo visto, yo mismo pedí que su nombre fuera borrado.

Snape suspiró. Tomó su taza y la apuró con un par de sorbos largos.

— Cuando se publicó su compromiso, Draco decidió que necesitaba alejarse. No está en el país, es todo lo que puedo decirle.

— Por favor, Snape. Ayúdeme a encontrarlo.

El hombre le miró un momento antes de ponerse en pie e ir a por papel y pluma. Escribió con su puntiaguda letra unas señas y se lo tendió.

— Narcissa vive en el sur de Francia, en el viñedo de los Malfoy. Quizá ella pueda ayudarle.

Lo último que esperaba Harry al tocar el timbre en la casa de Narcissa Malfoy era que la puerta se la abriera Luna Lovegood. No se habían visto desde que Luna había ido a una casa segura durante la guerra. Sabía que ella había vuelto a la escuela para el último año, como Draco, mientras él estaba en San Mungo y después ingresaba en la academia de aurores, pero más allá de eso no tenía idea de donde le había llevado la vida.

— Hola, Harry —le saludó ella con una sonrisa, como si se hubieran visto unos días antes.

— Hola, Luna.

— ¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó ella todavía sonriente, pero sin franquearle la entrada.

— Me gustaría ver a la señora Malfoy.

Los ojos azules le examinaron, menos soñadores de lo que recordaba. Luego movió negativamente la cabeza.

— No es buena idea.

— ¿Por qué?

— Porque eres un gilipollas, Potter —intervino una voz más enérgica tras ella.

La mujer alta y de pelo oscuro pasó el brazo por la cintura de Luna y se colocó junto a ella.

— Me gustaría decir que es un placer verte, pero mentiría. ¿Nadie te ha dicho que es cortesía avisar de tu visita antes de aparecer en la puerta de alguien de improviso?

Harry apretó la mandíbula antes de hablar, midiendo sus palabras.

— No he venido a pelear, Parkinson. Ni a molestar a la señora Malfoy, solo quería ayuda para encontrar a Draco.

— Es Lovegood, Potter. Ya imaginaba que no se trataba de una visita de cortesía a una vieja amiga. Respecto a Draco, él no quiere que le encuentres, no te molestes. ¿Qué tal tu esposa, por cierto?

— ¿Y la tuya? Parece que no quieres que hable conmigo.

Vio a Luna girarse hacia su mujer, tomarla de la mandíbula despacio y mirarla de una manera que parecía realmente que se estaban comunicando mentalmente. Luego le sonrió, le acarició el pómulo y se giró a hablar con Harry.

— Demos un paseo.

Enlazó sus brazos y le instó con calma a alejarse de la casa. Caminaron entre los viñedos en silencio unos minutos, Luna acariciando con la mano que tenía libre las lustrosas hojas verdes.

— Lo siento —acabó murmurando al cabo de un rato.

— ¿Qué sientes, Harry? —preguntó con su voz cantarina.

— Hice muchas cosas mal. No sabía que estabais aquí y que os habíais casado.

— No era tu obligación estar para todo el mundo, ya hiciste lo que esperaban de ti.

Harry puso la mano sobre la de Luna posada en su brazo.

— Háblame de ti, de vosotras.

Ella sonrió por su corrección.

— Pansy vino a vivir aquí para acompañar a Narcissa y acabar de recuperarse.

— ¿Lo ha superado del todo?

Luna suspiró y negó con la cabeza.

— Los sanadores dicen que es un milagro que haya conseguido hacer vida normal. Pero no hace magia. Las pesadillas son aterradoras y le dejan varios días casi catatónica. Por eso vivimos aquí, la tranquilidad le va bien.

— ¿Y tú?

— Yo voy tirando.

— No te pega nada decir eso.

— Estás pensando en la Luna de antes de la guerra —le corrigió con la voz suave que usaba años atrás con él—. Todos hemos tenido que crecer. ¿Tú eres feliz?

Se quedó callado un buen rato mientras seguían caminando. Nadie le había hecho esa pregunta antes.

— Supongo que si lo fuera no estaría aquí tratando de arreglar mis errores —admitió finalmente.

Luna le miró de refilón antes de hablar.

— ¿Qué pasa con Ginny?

— Es complicado —refunfuñó.

— Harry... si quieres que Pansy o Narcissa te ayuden vas a tener que ser sincero con ellas. Draco estuvo un tiempo con nosotras cuando te prometiste. Le hiciste mucho daño. Y los Slytherin son personas muy protectoras.

Harry se paró y la miró un momento.

— ¿Sabes dónde está?

— ¿Qué vas a hacer si lo encuentras?

— Disculparme.

— ¿Para liberar tu conciencia y volver a casa con Ginny?

— No voy a volver a casa con Ginny.

— Pues arregla eso primero. Será más fácil que Pansy te ayude si vienes con un papel en la mano y te machacan los titulares del profeta una temporada, además de protectores disfrutan un poco del sufrimiento ajeno.

Se mudó a la casa Black. La oscura y deprimente casa iba muy acorde con su humor. Luna había acertado al decir que El Profeta le iba a machacar, llevaba una semana comiéndose titulares sobre su divorcio, Skeeter se estaba poniendo las botas a su costa, vengándose de años de negarle entrevistas.

Había cerrado el flu, estaba hasta las cejas de visitas de amigos y familiares tratando de convencerle para que reculara. Obviamente, su orgullo personal había hecho que no diera ninguna explicación sobre sus actos, ni sobre los tres días que había estado fuera de casa, con la consiguiente reprimenda de su jefe. En ese momento estaba suspendido de empleo y sueldo durante dos semanas y las estaba pasando encerrado en casa, apretando los dientes para no pedir al elfo que le trajera alcohol para pasar la siguiente semana inconsciente.

— Amo, ha llegado una lechuza. —la voz gangosa de Kreacher le distrajo de los pensamientos autodestructivos un momento.

— ¿Otra?

— Esta viene de Francia, señor, lleva el emblema de los Malfoy.

La obvia debilidad del elfo por la señorita Cissy le revolvió el cuerpo, pero aún así extendió la mano para que le entregara el sobre. Lo abrió, con manos un poco temblonas.

"Potter,

hasta aquí han llegado las noticias de tu divorcio. Quisiera decirte que lo siento, aunque tú y yo sabemos que sería mentira. Pero no puedo negarle nada a mi esposa, porque a diferencia de ti, yo me casé con quien amaba realmente.

No voy a decirte dónde está Draco, eso sería demasiado fácil, vas a tener que pasar el filtro del mejor amigo para llegar a él. Te adjunto la dirección de la tienda de pociones de Nott en Berlín. Y recuerda que es de buena educación avisar de tu visita.

Saludos,

Pansy Lovegood"

Necesitó cinco cartas para conseguir que Nott accediera a verle. El trato con el pocionista era tan seco como cuando habían coincidido en Grimmauld Place. No era sarcástico y vengativo como Pansy, era simplemente seco como el polvo. Contestó a su primera carta, un pergamino de 50 centímetros, con una nota con un parco "No".

Empujó la puerta de la botica y entró. El olor le recordó al de la casa de Snape, que ahora se dedicaba a fabricar pociones difíciles en su propio laboratorio. Había vuelto un par de veces a visitar a su antiguo profesor, deseoso de saber más del pasado y de su madre. El hombre había sido bastante amable e incluso le había entregado una caja con fotos y cartas.

Avanzó tres pasos hacia el mostrador. El cuarto le detuvo un puñetazo en el estómago, seguido de otro en la cara.

— ¡Blaise! —oyó exclamar a Nott desde la puerta que había tras su mostrador—. Es un auror, aún puede meterte en un lío, idiota.

— Se lo merece. Estoy seguro de que Pansy se contuvo por Luna, por ella directamente le habría maldecido las pelotas.

Harry se enderezó y parpadeó, mirando a los dos hombres. Zabini era un metro ochenta y cinco de músculo, si no supiera que era el comercial de la pequeña empresa habría pensado que se dedicaba a la seguridad. Nott seguía siendo alto y delgado, incluso se peinaba igual que en el colegio. Y fruncía el ceño de la misma manera.

— No he venido buscando bronca —dijo, masajeándose el vientre dolorido—. Entiendo que es vuestro amigo y yo...

— ¿Crees que lo entiendes?, con lo que tú no sabes o no entiendes se podrían llenar varios calderos, Potter. — Le espetó, acercándose, clavándole el índice en el pecho— Draco nos salvó de muchas cosas; pasó días destrozado cuando supo lo de Pansy y lo primero que hizo cuando le permitieron verla fue ofrecerle su casa. Sigue cuidando de ellas aunque sea a distancia. Y nosotros cuidamos de él. Así funciona la amistad tal y como nosotros la entendemos. Así que vete a la mierda, Potter, no sé cómo tienes el valor de aparecer por aquí.

— Blaise...

— Déjame de mierdas bienqueda, Theo. ¿A qué viene ahora buscar a Draco, Potter?

— Basta ya, Blaise —impuso por fin Theo, saliendo del mostrador y poniéndole la mano en el pecho a Zabini.

Los ojos de los dos hombres se miraron de un modo que le recordó a cómo se habían mirado Luna y Pansy, como si entre ellos fluyera una conversación mental.

Con un movimiento brusco, Blaise se desembarazó de su mano y se alejó a grandes pasos hasta la trastienda, golpeando la puerta al entrar

— Lamento esto —intentó disculparse Harry.

Nott se limitó a señalar la puerta de la calle tras él. Por un momento, Harry temió que le estuviera echando, sobre todo cuando el pocionista sacó la varita.

— De verdad que yo no... —empezó a argumentar con las manos en alto, queriendo remarcar que iba en son de paz.

— He reservado para comer aquí cerca —le explicó el hombre por fin mientras invocaba su capa—. Así podrás estar tranquilo de que no voy a envenenar tu comida.

Y lo dijo con una seriedad tal que a Harry le quedó claro que ese era el motivo real. Salió a la calle de nuevo y entrecerró los ojos por la luminosidad de la mañana de marzo. La calle en la que Nott tenía su tienda era concurrida, se veían magos y brujas caminando, con aspecto de querer llegar a sus casas a comer.

Nott no dijo una palabra, a Harry, hasta que estuvieron sentados a la mesa y la comida pedida. Cuando el camarero les hubo servido la copa de vino, se puso la servilleta con gestos precisos en el regazo y le miró con ojos duros.

— Muy bien, Potter. Te escucho.

Harry tomó aire, bebió un sorbo de tinto, y comenzó a hablar.

— Estoy buscando a Draco, para intentar disculparme por lo que pasó.

— Eso ya me lo has dicho en tus cartas. En las cinco. Quiero entender por qué ahora.

— Porque creo que me manipularon para dejarle.

Las cejas oscuras de Nott se alzaron, pero permaneció en silencio mientras le dejaban delante una espesa sopa.

— ¿Pretendes que me crea eso? Yo estaba ahí, mientras le escribías cartas de amor a la vez que te comprometías con Ginevra.

— Yo nunca le escribí cartas a Draco —negó Harry con voz ahogada.

— Todos las vimos —insistió Theo.

El auror negó con la cabeza varias veces, inclinándose hacia delante con los ojos brillantes de furia.

— Durante la huida con Dumbledore no había opción. Y tras la batalla me pasé cuatro meses en el hospital. No escribí esas cartas, pasé tiempo muy desubicado. Tardé mucho en tener la cabeza completamente despejada y para entonces ya estaba casado.

Nott le dio una larga mirada y Harry sintió perfectamente clara la sensación de un legeremante tratando de verificar la información. Le dejó hacer, respirando despacio para que la sensación no fuera tan incómoda.

— ¿Sabes qué es lo que más valora un Slytherin, Potter? —le preguntó por fin, tras un par de cucharadas de sopa.

Harry negó con la cabeza, tenso.

— La lealtad. Estaba preparado para reprocharte lo que le estabas haciendo a tu mujer y mandarte de vuelta a casa con un puntapié en el trasero. Pero realmente es cierto, no sabías nada de esas cartas.

El moreno volvió a negar y tomó varias cucharadas de sopa antes de seguir hablando.

— ¿Has encontrado algo raro en mis recuerdos? —preguntó por fin.

— ¿Raro en qué sentido?

— Desde que empecé con esto tengo la sensación de que estuviera liberándome de una niebla. Y sigo sin saber en qué momento tomé la decisión de comprometerme. Siempre he creído que lo tenía poco claro porque estaba recuperándome aún, pero...

— Crees que te hechizaron.

— Ya no sé qué creer. Pero tampoco es lo que me importa.

— ¿Por qué quieres disculparte con Draco después de tanto tiempo?

— Recordé hace unos días que le hice una promesa. Antes de marcharme con Dumbledore, le prometí a Draco que para mí seguiría siendo mucho más que la marca en su brazo. Entiendo que no me creáis, pero necesito ser sincero con él y tratar de luchar por lo que pudimos tener. Me lo debo a mi mismo y se lo debo a él.

— ¿Y si él ha seguido con su vida sin ti?

— Al menos podré decirle que nada de lo que pasó fue culpa suya.