La campanilla de la puerta sonó, un sonido brillante y agudo que le recordó a Harry a la primera vez que había entrado en una tienda con Hagrid en el Callejón Diagon. Se secó las manos en los vaqueros antes de caminar unos pasos hasta el pequeño mostrador. Tras él, un muchacho delgado con varios piercings en la cara y un tatuaje de una serpiente, que se movía por sus brazos y cuello, leía una revista de tatuajes muggle.
— Buenas tardes.
El joven levantó los ojos y lo miró con desgana.
— La agenda de hoy está llena, el Dragón no tiene huecos libres hasta dentro de tres semanas.
Harry lo miró con el ceño fruncido. Vio al chico sacar una agenda y una pluma con cara de molestia y abrirla.
— Te puedo dar cita para el día 23.
— No quiero hacerme un tatuaje. Solo quiero hablar un momento con Draco.
— Él no habla con la gente, solo tatúa.
— Vengo desde Inglaterra. Por favor, solo quiero cinco minutos.
El chaval lo miró con los ojos entrecerrados. Finalmente le señaló un sillón en la sala de espera antes de desaparecer contoneándose por el pasillo adornado con fotografías de tatuajes.
Revisó las paredes que le rodeaban, fascinado por las imágenes de tatuajes mágicos. Algunas eran diseños a tinta, otras estaban ya en la piel de los magos y brujas y eran verdaderas obras de arte.
El recepcionista salió, acompañado de una bruja joven con el pelo rosa que le recordó dolorosamente a Tonks.
— La segunda puerta a la izquierda —le dijo sin mirarle antes de centrarse en la chica.
Se levantó con el corazón latiendo muy fuerte. Caminó despacio, retrasando sin querer el momento del encuentro, temeroso en el fondo de la reacción de Draco.
No golpeó la puerta, directamente abrió y entró. Draco estaba de espaldas, aparentemente ordenando algo sobre una mesa.
— Te ha costado cuatro meses encontrarme —le interpeló sin girarse.
— Hola, Draco —le saludó con voz temblorosa.
— Ya me has visto, puedes irte.
— Quiero hablar contigo.
— Pero yo no quiero hablar contigo, no quiero verte. Si por mi fuera, te borraría la memoria y te mandaría con un traslador de vuelta a casa con tu mujer.
— Ya no es mi mujer.
— ¿Y?
— Draco, por favor, cena conmigo, déjame que te explique.
— Llegas cinco años tarde, Potter, no me interesan tus explicaciones. Tus cinco minutos han acabado, tengo un cliente esperando.
— Por favor —murmuró, acercándose más, con Draco todavía dándole la espalda.
La espalda del rubio estaba muy tensa. Por el cuello redondo de su camiseta negra se veían asomar unas llamas con un colorido tan brutal que parecía que su espalda estaba realmente ardiendo. Las mangas remangadas por debajo del codo descuidadamente permitían ver unos antebrazos de tendones marcados y llenos de color. Distinguió flores, sobre todo, cubriendo la zona donde había estado la marca oscura.
— Márchate, Harry. Por favor. Date por perdonado si eso te va a ayudar a dormir por las noches y sigue con tu vida, pero lejos de mí.
— Gírate y dímelo mirándome —pidió a la desesperada.
Despacio, Draco dejó lo que tenía en la mano y se giró hacia él. Lo primero que registró fue el pelo cortísimo, ya no había flequillo cayendo elegantemente sobre la frente, sino apenas una pelusa rubia que endurecía sus rasgos. Lo siguiente fueron los ojos grises mirándole con una mezcla de odio y rencor a la vez que le llegó muy dentro. Tenía la mandíbula tensa y las aletas de la nariz, una de ellas adornada por un aro de plata, dilatadas de furia. Harry supo que se había librado de una maldición porque el rubio no tenía su varita a mano.
— Márchate. Sal de mi vida. Déjame en paz. ¿Lo necesitas más claro?
No contestó, simplemente se quedó un minuto allí, absorbiendo su imagen, hasta que una voz desde la puerta le recordó a Draco que tenía un cliente esperando. Harry respiró hondo, susurró un "Adiós, Draco" y salió.
Terminó el trabajo de aquella tarde como un autómata. Aunque supiera que eso iba a pasar, que era cuestión de días que Potter se presentara en su estudio, su cuerpo no estaba preparado para volver a tenerlo delante. Ni para resistirse a sus súplicas.
Salió de la chimenea de la casa de sus amigos y sin dudarlo se dirigió a la cocina. La puerta estaba abierta y pudo contemplarlos unos segundos antes de que se percataran de su presencia.
Theo daba vueltas despacio con una cuchara de madera a algo que olía muy bien, mientras Blaise le abrazaba por detrás y le hablaba con la barbilla apoyada en su hombro. La imagen le hizo sonreír.
Les había costado. A Blaise le había costado creer en Theo; se habían mudado los tres a Berlín y compartido espacio y cama unos meses hasta que Theo le había pedido a Draco, lleno de remordimiento, que les dejara solos.
Draco había sentido en ese momento ganas de golpearse la cabeza, por no haber visto por sí mismo que sus amigos necesitaban avanzar y establecerse dentro de su relación. Se sintió egoísta y se disculpó millones de veces, con los dos, por su ceguera.
Ese gesto, que Blaise interpretó como que por fin Theo le elegía a él y solo a él, sirvió para colocarles en su lugar como pareja, una pareja bien compenetrada y que, como estaba viendo en ese momento, se amaba intensamente. Y que le querían aún así y le acogían en su casa y su cama cuando necesitaba sentirse cuidado y menos solo. Era terriblemente afortunado de que esos fueran sus amigos.
— ¿Hay cena para uno más? —preguntó por fin apoyado en el marco de la puerta.
Sus amigos se giraron a verle y enseguida Blaise se separó de Theo y caminó hasta su mejor amigo para abrazarle.
— Siempre —le respondió después, besando su mejilla y tomándolo de la mano para acompañarlo a la mesa.
— Ha aparecido por fin —dedujo Theo, ofreciéndole una copa de vino y sentándose frente a él con el ceño fruncido.
— Esta tarde.
— Dime por favor que le has hechizado las pelotas —intervino Blaise, con la copa de vino fuertemente sujeta en la mano.
— Es un auror —le recordó Theo por enésima vez.
— Me importa una mierda —le recordó a su vez su novio, mirándole con intensidad. Después se giró a mirar de nuevo a su amigo e insistió—. ¿Lo hiciste?
Draco negó con la cabeza mientras bebía, disfrutando del relax del buen vino y de la diversión de ver a sus amigos pelear como cuando eran escolares.
— Tampoco le escuché.
— Bien por ti —le alabó Blaise, dándole una palmada en la espalda.
Theo los miró a los dos y suspiró. Odiaba ser el abogado del diablo en ese caso.
— No se va a rendir.
— Me importa una mierda —respondió Draco, con menos resolución de lo que le habría gustado.
— Draco... él no escribió esas cartas —insistió Theo, buscando los ojos de su amigo, que se empecinaba en mirar la madera de la mesa—. Será culpable de muchas cosas, pero sus recuerdos eran claros. Y tiene razón cuando dice que había cosas extrañas en su memoria, pero mi legeremancia no es tan buena como antes.
— ¿Y qué sugieres, Theo, que le perdone sin más? —atacó Blaise, dejando la copa con violencia sobre la mesa.
— No. Y no me hables así.
— Es que de verdad que no entiendo por qué le defiendes —protestó su compañero, elevando aún más el tono—. Tú lo odiabas.
Draco detuvo con un gesto la respuesta de Theo.
— No discutais, por favor —les pidió con tono nervioso.
Blaise echó la silla hacia atrás con violencia y se dirigió al aparador para sacar los platos con mucho ruido. Durante unos minutos, mientras servía la cena, los tres estuvieron callados.
— ¿Crees que debería perdonarle? —preguntó Draco por fin a Theo.
A su lado, Blaise bufó y apartó su plato con violencia, pero su novio lo ignoró y mantuvo la mirada en el gesto de incertidumbre de Draco.
— Creo que debes hacer lo que te nazca. ¿Aún conservas las cartas?
Ambos supieron que la respuesta era afirmativa cuando Draco se sonrojó violentamente.
— ¿Quieres al menos entender lo que pasó? eso no te compromete a nada, pero podrías cerrar ese capítulo por fin.
La cabeza rubia asintió lentamente.
— Puedo hacérselas llegar si eso es mejor para ti —le ofreció Theo, acariciando su antebrazo.
Draco miró a Blaise. Si su amigo no estaba de acuerdo, se sentiría fatal creando otro motivo de discusión dentro de la pareja. Los ojos oscuros le mantuvieron la mirada un largo minuto, pero al final asintió, suspirando, mientras recuperaba su plato y terminaba su cena.
Harry soltó la carta que tenía en la mano como si quemara. La cama de la habitación del hotel en la que se hospedaba estaba llena de trozos de pergamino que había leído uno a uno, superando a duras penas las ganas de vomitar. Era su firma, era su letra, pero él no había escrito ni una sola de esas cartas. Había descubierto, con asombro, que algunas llevaban fechas que coincidían con el tiempo que había estado de viaje con Dumbledore buscando los Horrocruxes. Y podía entender mucho mejor la ira de Draco y de las personas a su alrededor, porque estaban llenas de promesas y de planes de una vida juntos.
Sentado en la cama, se echó las manos a la cabeza y se mesó los desordenados cabellos. La persona que había hecho aquello había actuado con maldad, era alguien que odiaba a Draco con toda su alma. No podía ser cosa de Dumbledore, porque el anciano mago había muerto a resultas de las heridas de la batalla, aunque seguramente estuviera implicado en ello. Se frotó la frente con saña, maldiciendo esa niebla que aún se acumulaba en su cerebro y le impedía recordar con claridad los meses desde su salida de Grimmauld hasta su boda, e incluso a veces emborronaba recuerdos de los dos últimos años en la escuela.
Y aún así, aún con lo que le habían hecho, siempre había sabido, en algún lugar de su subconsciente, que estaba traicionando a Draco. Se había despertado muchas mañanas llorando, intentando recordar qué había soñado para sentirse así. Aquel día, mientras rebuscaba en el desván de la casa Black, el día que encontró el diario de su padre, en realidad buscaba algo, algo que no sabía exactamente que era, porque se había levantado aquella mañana con una horrible opresión en el pecho y, por primera vez, el rostro de Draco fijo en su cerebro.
Cuando volvió allí tras su divorcio, a ratos deambulaba por la casa y entró en una habitación con tres camas. Recuerdos de los tres Sly allí tumbados le vinieron a la memoria. Y entonces caminó directo hacia la mesilla de la cama de la derecha. Abrió el cajón y lo encontró: un paquete de cigarrillos y un mechero decorado con su inicial, supuso que olvidados allí cuando acudieron a ayudar en la batalla.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó el pequeño mechero de plata. Desde que estaba en su poder, tenía flashes de Draco encendiendo un cigarrillo con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha. Sonrió porque en ese momento recordó que no había sido consciente de que Malfoy era zurdo hasta que lo vio manejar el mechero.
Los recuerdos se hacían más numerosos y más nítidos, pero seguían siendo inconexos: una escena, un sentimiento, unas palabras... La sensación era como lo que había sentido a punto de cumplir once años cada vez que intentaba hacerse con una de las cartas de Hogwarts que aparecían ante él, anhelo y frustración.
Lo acarició con el dedo, la plata ennegrecida por el tiempo. En ese momento lo vio, una inscripción en la base: "No dejes que se apague tu llama. S".Entonces se le encendió una bombilla, pensando en Snape y en Draco, y se levantó con premura para usar el flu.
— Yo no puedo salir de Reino Unido, Draco —le recordó Severus con gravedad.
— Aún no puedo creer que Potter te pidiera ayuda —rezongó, sentado delante de la chimenea.
— Hay cosas... él confía en mí. Y yo también quiero llegar al fondo de este asunto, por ti. Tienes que dejarlo ir, Dragón. Ven, yo pagaré el traslador.
— Puedo pagarlo, Severus —protestó—. Miraré las fechas y te digo.
— ¿Te quedarás en casa?
La pregunta vacilante de su padrino le encogió un poco el corazón. No había visto en persona al hombre en más de dos años.
— Por supuesto. Trataré de liberar una semana, ¿te parece?
Severus sonrió, a su manera, y afirmó con la cabeza. Hizo un gesto de despedida con la mano y la conexión se cortó.
Draco se puso de pie, con un gruñido. Todo aquello era un sinsentido. Sintió los brazos de Blaise abrazándolo desde atrás y se pegó a su pecho.
— No estás obligado a hacerlo.
— Lo sé.
— ¿Quieres que vayamos contigo?
Sorprendido, Draco se giró y miró a su amigo.
— ¿En serio?
— Claro que sí. Lo que necesites.
El rubio parpadeó dos veces, como si estuviera conteniendo la emoción, y se estiró para besarle suavemente.
— Sois lo mejor de mi vida, Blay —murmuró sobre sus labios, pasándole los antebrazos por la nuca.
Blaise sonrió y le abrazó. Si le hubieran dicho cuando estaba en la escuela que acabaría siendo parte de ese cálido nudo que era su amistad, que madurarían hasta sentirse los tres cómodos en su relación... Pansy tenía razón cuando le dijo que debería estar orgulloso de sí mismo el día que dio un primer paso del que jamás se había arrepentido.
— Así igual aún tengo la oportunidad de ver a alguien hechizarle las pelotas a Potter —le comentó con una sonrisa traviesa, que Draco respondió con otra.
— Sería épico ver a Severus hacerlo. Pero parece que ahora tiene debilidad por él.
Draco hizo un puchero que sacó una risa de Blaise. Ese hombre tatuado, de apariencia fría y terriblemente fiera, que intimidaba a sus clientes en su trabajo diario por su seriedad, se quedaba en la chimenea cuando estaba con ellos.
— ¿Escuece no ser ya el favorito del profe? —se burló, tomándolo de la cintura para ir en busca de Theo.
Su amigo se limitó a darle un pequeño puñetazo en el brazo y dejarse llevar al dormitorio, en el que Theo les recibió con los brazos abiertos.
A Harry le pilló desprevenido que Snape hubiera conseguido convencer a Draco para viajar a Inglaterra. Pero aún le pilló más desprevenido que viajará acompañado de Zabini y Nott.
Fue como una bofetada en la cara entrar al salón de la pequeña casa y encontrárselos en un triple abrazo mientras Nott besaba a Draco. Sintió un peso en el estómago y recordó las palabras del pocionista el día que comieron juntos: "¿Y si él ha seguido con su vida sin ti?"
Tras él, Snape se aclaró la garganta, haciendo que los tres se separaran, sin mostrar ningún tipo de vergüenza, con miradas y gestos desafiantes hacia él.
— Empecemos.
Severus le tendió un vial a Harry, que se sentó con cuidado en una de las viejas butacas mientras los otros tres lo hacían en el sofá.
— Como hablamos, la poción servirá para relajarle, será más fácil rebuscar en su cerebro si no se rebela.
Sintió claramente el rencor en las palabras de su viejo profesor, evocando sus fallidas clases de oclumancia.
— Si hay un hechizo bloqueando recuerdos o manipulando, puedo intentar deshacerlo, pero será doloroso y necesitaremos más poción. La sensación puede ser desagradable, la describen como salir del cuerpo y verlo desde fuera sin poder controlar nada.
— ¿Es legal esto?
Los cuatro Slytherin torcieron el gesto a la vez.
— Lo importante es que funcione. Le aseguro que no le gustaría hacer esto sin pociones —le espetó Snape, molesto, indicándole con la barbilla el vial que aún sujetaba.
Harry respiró hondo y lo acercó a sus labios. Miró a Draco, que le sostuvo la mirada con el rostro neutro, y lo inclinó, bebiendo hasta la última gota, mientras con la otra mano, metida en el bolsillo de su sudadera muggle, apretaba el mechero.
